jueves, 29 de junio de 2006

El académico Marías


Madrid, 29 jun (EFE).- El novelista Javier Marías, uno de los escritores españoles de mayor prestigio internacional y cuya obra se ha traducido a 34 idiomas, fue elegido esta noche académico de la Lengua, en primera votación y por amplísima mayoría, para cubrir la vacante de Fernando Lázaro Carreter en la Real Academia Española.
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Esto dice la noticia, para escarnio de los críticos nacidos al amparo de odios enfermizos, y para solaz de todos sus lectores. Ya veo las vestimentas desgarradas: que si el peor escritor de todos los tiempos, el que más faltas ortográficas comete, el que fuma más y peor. Es el momento en que reaparecerán de sus guaridas los traficantes de panfletos y, con su afán de protagonismo, esparcirán la bilis por donde sea. Pero ya nadie quita que la Academia (esa institución con regusto a tiempos remotos, a vino un poco añejo) haya realizado un verdadero reconocimiento a uno de los autores más brillantes de este país. No acostumbramos en España a repartir méritos a personas vivas ni a valorar en su justa medida a quienes nos brindan muestras de arte en el formato que sea: somos expertos en denigrar al que sobresale, no por su afán de protagonismo, si no porque (miren ustedes qué simple) escribe novelas hermosas y perdurables.

Mi primer encuentro con Javier Marías ya ha sido explicado, si no en este blog sí en otros espacios que lo han permitido. Corazón tan blanco me fue recomendado por un profesor de literatura (catalana, por cierto) después de leer un cuento mío cuya escena principal le recordaba vagamente (sin duda debía ser vago el recuerdo porque jamás pude identificar mi patibularia historia con la escena que luego leí en la novela) las primeras páginas del libro. Hablo del momento en que, desde una habitación de hotel de La Habana, hay un encuentro entre un hombre y una mujer y unos gritos que llegan de la calle, no muy lejos del balcón. Yo comencé a leer la novela para descubrir esa escena, pero inmediatamente la olvidé para centrarme en la magia de una prosa que iba discurriendo ante mí como un caudal irresistible de imágenes, vocablos y personajes variopintos. Quizá era ese el tipo de literatura que yo andaba buscando entre los autores contemporáneos y que sólo encontraba fragmentariamente fuera de nuestras fronteras.

A partir de ahí, la lectura de sus obras anteriores y posteriores fue una consecuencia inevitable, y recuerdo también momentos ya impresos en mi retina sobre los lugares en que tenía aquellos libros en las manos: subiendo montañas con Mañana en la batalla... a cuestas y leyendo bajo un árbol, en la cama de una habitación fría pirenaica, sobre una roca de grandes dimensiones y una vista al frente de verdes horizontes. Los nuevos descubrimientos llevaron nuevas sorpresas, como el brutal impacto que me causó Negra espalda del tiempo, un libro inclasificable que bebía de diversas fuentes (autobiografía, ensayo, novela de no ficción, cuento) y que sólo puede emparentarse con lo mejor de Sebald, por poner un ejemplo más o menos reciente. Y no digamos esa novela en proceso que es Tu rostro mañana, que no sólo por tamaño sino por profundidad literaria puede quedar como uno de los clásicos de este principio de siglo.

En definitiva, la silla que ahora ocupará Marías dignifica esa institución y esos compañeros de viaje que le tocarán en suerte, sobre los cuáles muchos todavía nos preguntamos qué meritos lingüísticos o literarios los han llevado allí. En este caso sobran los motivos en este blog: los que no lo han hecho, pasen por cualquier librería, busquen en la letra M y háganse con un ejemplar. Frente a la estulticia de los que piensan que ir a la contra es chic y da réditos, a los que estamos de acuerdo en considerar a Marías el gran escritor que es, nos basta con saber que no estamos solos, por fortuna. Triste sería predicar al viento sobre sus virtudes: pero somos tantos los que hemos podido gozar de sus novelas y textos que, al menos, esto nos compensa de tanto ladrido hueco y tanto papel malgastado como hay por ahí.

Javier Marías, académico, y que esto sea sólo el principio.

martes, 27 de junio de 2006

Nancites 10

1. Ayer no descorché ninguna botella de cava para celebrar tan entrañable fecha, 26-6-6. Quizá la razón sea porque no haya cava digno en estas latitudes, o porque me guié por lo que Vila-Matas contó que él mismo haría desde El País: celebrarlo en silencio. De todas maneras, un escalofrío recorrió mi espina dorsal al recordar tamaña concatenación numérica mientras revisaba algunos blogs que recordaban la coincidencia y repasaba por la noche las vidas de Luz Mendiluce, Argentino Schiaffino, Rory Long y tantos otros literatos de la enciclopedia imposible que fue y es La literatura nazi en América. Esas vidas inventadas que luego todavía crecerán y que recuperaré, con esos y otros nombres, en Los detectives salvajes o en la misma 2666, y que convierten cada día de lectura en un motivo precioso para el descorche, para el júbilo de saberse partícipes de un microcosmos tan potente: es por eso por lo que importa tanto conocer la obra de Bolaño en su conjunto, explorando las sendas que se cruzan y que se dispersan. Va por usted, maestro.

2. Más coincidencias: a las ya relatadas sobre la lectura simultánea de Auschwitz, de Rees, y Los olvidados, de Tzouliadis, se estrenó en Managua (con el retraso mayúsculo con el que aquí llega el buen cine) El hundimiento, traducida aquí como La caída. Sólo una noche después cayó en mis manos un viejo ejemplar de Babelia, en el cual destaca un texto de Francisco Casavella a propósito de esa película y sobre la escenificación del nazismo en el arte. Dice, ente otras perlas:

“Toda ficción dramática sobre el nazismo es la puesta en escena de una puesta en escena. De ahí que para nivelar el drama, no para humanizarlo, al caos implacable que relata El hundimiento de Fest se le haya sumado a El hundimiento película la supuesta ingenuidad de la joven secretaria Junge.”
Francisco Casavella, “El cabo atrapado”. Babelia (05-03-05)

El personaje de la secretaria es la gran excusa narrativa del relato cinematográfico: una voz en off, que recobra su imagen al final, sirve para encerrar toda la trama de los últimos días en el búnker de Hitler, pero los ojos son los de una alemana cuya inocencia y culpabilidad entrechocan como trenes de alta velocidad: cree que sus manos no manchadas (acaso sólo de la tinta con la que transcribía los dictados del führer) la salvan de su participación en la masacre. Es la compleja respuesta de tantos miles de ciudadanos que apartaron los ojos del humo de los hornos crematorios:

“(...) la gran mayoría evitó pronunciarse sobre lo que estaba sucediendo, y ésa fue la gran masa de ciudadanos que, durante la posguerra, aseguraría: No teníamos noticia de tal cosa; no vimos nada. (...) Pese a que, en general, la población era muy consciente de lo que estaba sucediendo, fueron, sin embargo, muy pocos los que protestaron ante la deportación de los judíos alemanes, y nadie lo hizo en Hamburgo en octubre de 1941”.
Laurence Rees, Auschwitz. Cap. 2, Órdenes e iniciativas.

Ahí están esos ojos huidizos de la secretaria, esa timidez cómplice del que dice "yo no hice nada" y no sabe que, precisamente, se le acusa de eso: de dimitir de su condición humana y de seguir tecleando, una y otra vez, una vieja máquina de escribir bajo las bombas.

3. Excelente diálogo el que mantienen Javier Cercas y Justo Serna: el lector atento y el autor, frente a frente. Hay un concepto de la literatura en Cercas que me aproxima cada vez más a sus novelas (tengo pendiente, y no por mucho tiempo, La velocidad de la luz), y es la idea de escribir no como “relato de una historia”, sino como “averiguación de una historia”. Esa distinción me parece fundamental, y creo que mucho de eso anida también en la prosa de Marías: la escritura se convierte en la razón de ser del libro, más allá de las intenciones finales que muevan al autor a escoger un tema determinado. Hay una búsqueda permanente (de una verdad, dice Cercas) que contagia al lector para acompañarle en ese proceso, y es una decisión que sólo puede crear lectores inteligentes: puede que esta sea una de las grandes distinciones entra la literatura fast food (que bajo la apariencia de otra búsqueda pertrecha argumentos donde sólo se aguantan las acciones, jamás el proceso que lleva al protagonista a participar en ellas) y esta otra literatura. Sólo hay que orillar el peligro de convertir esas obras en centrípetas muestras de metaliteratura que sólo engrandecen el ego del escriba, que no es el caso. La imagen final que expone Cercas, mediante la figura de una elipsis, sólo puedo definirla como feliz:

“La verdad existe, existe en alguna parte –la verdad histórica, también, desde luego-, pero sólo podemos acercarnos a ella con grandes dosis de humildad, sabiendo que no hacemos más que asediarla, acosarla, sabiendo que nunca la vamos a atrapar, o que sólo la atraparemos elípticamente. Esa elipsis, creo, es la literatura”.

jueves, 22 de junio de 2006

Pequeña estampa urbana

Cuando sobreviene el espanto, que acostumbra a tener una duración infinitesimal, el cuerpo se desarma y sentimos, durante ese lapso instantáneo, que la vida pende de un hilo. Las consecuencias se alargarán después en el tiempo: quizá el insomnio, una fatiga extraña de cuerpo extraño [nota bene: repito el adjetivo con premeditación, y lo aviso para cuando lleguen los censores de la corrección y me saquen la tarjeta], la certeza de haber alcanzado con la yema de los dedos algún límite, algún precipicio por el que no hemos terminado de despeñarnos. Jamás hay tiempo para prepararse ante ello: leemos cada día el espanto de los otros en la prensa, lo observamos en la televisión durante la cena, y siempre nos sentimos ajenos a tanta hemoglobina. Al fin, cuando llega de frente, solo hay tiempo de apartar la cara y ponerlo todo en manos del destino.

Sucedió el domingo, poco más tarde de las nueve de la noche. Managua ya escupe a esas horas los últimos carros hacia sus residenciales protegidos por guardias armados, y la carretera suburbana es un gran fantasma de asfalto. La perspectiva parece nítida por delante pero tampoco hay ganas de acelerar: en esos instantes de domingos destemplados todo se vuelve más moroso, hasta la velocidad. Sólo a la lejos se divisa una mancha pequeña que sale de la mediana central y que avanza algo lenta hacia la calzada. La definición de la mancha es rápida: se trata de un grupo de unas seis o siete personas, jóvenes todas (la cercanía va delimitando sus perfiles) que de manera imprudente parecen querer cruzar la carretera. Todo sucede en una secuencia increíblemente veloz, pero se aprecia, segundos antes del espanto, que algunos ya están en el carril central de tres y que algún otro se agacha como queriendo coger algún objeto. Un grito en el asiento de al lado (por fortuna no me hallo solo) indica que algo va mal. Mi capacidad de discernimiento ante situaciones de este tipo es muy limitada, y requiero de alguien del lugar para que interprete correctamente qué pasa. Sólo alcanzo a desviarme hacia el carril de la derecha, más que nada para no atropellar a nadie: el grupo sigue con el impulso de querer atravesar la calzada y sólo efectúa una parada mínima para que yo cruce ante ellos. Y entonces ya no hay escapatoria, pese al intento de acelerar la máquina.

Una lluvia de piedras se desploma sobre el vehículo, aunque sólo una de ellas logra alcanzar de lleno el objetivo: la ventanilla a mi izquierda explota con un ruido irritante y estruendoso y se deshace en mil añicos, que impelidos por la inercia se desparraman sobre la mejilla, la oreja, el rostro. Cada secuencia se resume en pequeñas frecuencias de segundo, como el momento feliz en que uno, por instinto, cierra los ojos y aparta la cabeza: gesto suficiente para que el daño sea menor del esperado y ni los ojos sufran ni la dirección de la piedra busque el cráneo, que en una diagonal extravagante va a caer (la piedra, de apariencia mineral) en la parte trasera del vehículo. Después de un brusco frenazo, todavía hay tiempo de ver por el espejo al grupo que de nuevo se torna mancha y desaparece por los arrabales de la izquierda, hacia uno de los barrios más peligrosos del sector.

Aquí estos grupos reciben solamente el nombre de pandillas: no llegan al status de las maras salvadoreñas, verdadero crimen organizado que no se detiene en el delito burdo sino que actúa como una mafia vinculada al narcotráfico y al efecto también narcotizante que produce el poder y la consideración de miembro de un clan. En otras carreteras de otros países las piedras hubieran podido ser pistolas, y nadie desaparecería de la escena en un visto y no visto. Los vecinos que llegaron a socorrernos, mientras la sangre producto de los cortes ya manaba con lenta precisión, lo advertían: no es la primera vez, y se sabe quiénes son.

Tras el espanto todavía hay tiempo para la impotencia: la instantánea (mirar las huellas del delito) y la postergada (aquí jamás aparecen policías ni ambulancias: un Estado desmembrado no tiene cuerpos de seguridad ni médicos que ejerzan sus tareas con eficacia). La denuncia todavía incluyó una pregunta del eterno funcionario ante una máquina de escribir: “¿sólo eso?” Aquí eso es casi nada, porque no hay cadáveres de por medio, y el denunciante presenta demasiado buen aspecto: lo único que pasará es que esa noche ya no acudirá a sus libros diarios y dormirá con sucesivas interrupciones, mientras el espanto todavía vague por su mente y sienta que la vida todavía se queda un tiempo más, alargando los años y los días.

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La increíble y escurridiza historia de Barón Biza y de cómo los blogs crean vasos comunicantes de bella factura.

sábado, 17 de junio de 2006

Una editorial

Anagrama está de estreno: su página web ha sufrido un tratamiento de cutis intensivo y la chica se nos aparece con una belleza desacostumbrada. Sin duda, le hacía falta a esta editorial una apuesta más descarada por la nuevas tecnologías, estando como estaba todavía en los colores apagados y en la actualización demasiado postergada. Los que permanecemos en este limbo centroamericano debemos recurrir a Internet para comer, porque las librerías tienen una oferta sólo para vegetarianos. Pensemos que aquí sólo llega Alfaguara (la más veloz: debe estar al caer el último Vargas Llosa y, faltaría más, el nuevo libro de cuentos de Sergio Ramírez), ejemplares antiguos de Seix Barral (de cuando Cela publicaba allí) y algunas colecciones de bolsillo. Según leía en el suplemento literario de La Prensa, parece que Siruela ha descargado libros en una librería de la capital, cosa rara. Bueno, y los Premios Planeta, que son como la Coca-Cola: no hay aldea ni comunidad en que deje de haber uno. El otro día me recomendaba encarecidamente un librero que me hiciera con lo último de Mari Pau: así la llamaba él, tan amiga.

Por lo tanto, debo conformarme con la baba que resbala por mis comisuras mientras repaso la lista de novedades de mis editoriales fijas. Y el actual trimestre de Anagrama va dejando nostalgias en mi pobre intelecto: Yasmina Reza con En el trineo de Schopenhauer (digan lo que digan, Arte sigue pareciéndome un bofetón irónico de envergadura), Melissa Bank con Un lugar maravilloso (¡la hermana pequeña de Woody Allen, la llaman! Si esta tarde, ay, pudiera pasar por La Central, acariciaría un ejemplar), Julian Barnes con El perfeccionista en la cocina (pese a mis connotadas inclinaciones por al literatura anglosajona, hace tiempo que Barnes dejó de interesarme, y este libro alimenticio no me atrae nada), Vikas Swarup con ¿Quiere ser millonario? (éste es precisamente uno de los alicientes de la criatura de Herralde: descubrir autores completamente desconocidos y poder lanzarse a la piscina con los ojos cerrados: siempre está llena de agua. Además del placer de comprar libros que esperamos desde hace meses, quién no ha experimentado el placer de comprar a ciegas, apostando por un sello del cual esperas un determinado tipo de literatura), y una reedición de perlas de la Generación Beat: Ginsberg, Burroughs y Cassady (en este caso nunca fueron santos de mi devoción, pero es una de las columnas vertebrales de la editorial: tanto como la literatura gay, la generación Granta o la metaficción hispánica).

De la colección gris, me gustaría destacar el libro Tor, del periodista Carles Porta. Se trata de un curioso caso de recreación, entre la novela y el ensayo, sobre un hecho acaecido en una pequeña montaña catalana. No hay aquí diabluras estilísticas ni transgresiones formales: estamos hablando de un libro de corte periodístico pero que cuenta una historia tan brutal y absurda a un tiempo que encoge el alma. El Odio en mayúsculas. Cuando un autor encuentra un hilo y tira de él y se da cuenta de que allí hay historia, debe ser lo más excitante: salvando las quilométricas distancias, recuerdo cuando Capote comienza con una simple entrevista y haciendo una visita al lugar de los hechos, y en un preciso instante dice que piensa quedarse más tiempo allí: ya está vislumbrando la historia de A sangre fría. Carles Porta se fue a Tor a filmar treinta minutos de reportaje y se encontró con un entramado que merecía libro: Tampoco Laurence Rees tuvo suficiente con la televisión, y eso que lo suyo era una serie completa. Demostración perfecta de que a ciertas tramas la imagen les encoge las metáforas y precisan de la letra escrita para derramar sus complejas conexiones.

Y me permitiré hacer un apunte final sobre el Mundial, con la venia que me otorga la publicación de Dios es redondo, de Juan Villoro, en la colección Crónicas. Es mi primer mundial fuera de España y es de los pocos motivos que, en dos años y medio, han estrechado distancias entre mis dos continentes. No hay partido que no sea televisado y esta comunión catódica ocasiona raras sensaciones: los países van metiendo goles y al día siguiente todo el mundo sabe quién ha ganado. Recibo felicitaciones: un 4-0 da mucho de sí. Cierto que en la muerte de Rocío también me dieron el pésame, pero ahora las reacciones son más espontáneas y abren conversaciones:

-Ah, español? Está fuerte, el equipo: vais a llegar lejos.

Mientras espero a Banville, sigo la pelota y miro cómo rueda, y me asomo así a la única realidad que ahora importa.

martes, 13 de junio de 2006

Dos tragedias simultáneas

Hay veces en que se producen agradables coincidencias y nos damos cuenta sobre la marcha, sin acabar de reconocerlas hasta que ya hemos asimilado buena parte de sus efectos. Sin ir más lejos, y mientras sigo adentrándome por el lodo de Auschwitz (lodo debido a su densidad temática y a la incómoda realidad de cada dato, porque el estilo es de una claridad diáfana) he caído en las garras de una pequeña historia incluida en el número 2 de la revista Granta en español. Su autor: Tim Tzouliadis. Su título: “Los olvidados”.

El relato comienza de una manera magistral, con el dibujo de una fotografía de un equipo de béisbol. Se trata de un grupo de ciudadanos norteamericanos que, en plena época de la dictadura estalinista, viajan a la Unión Soviética en busca de oportunidades. Qué excelente broma del destino vista desde el inicio del siglo XXI: los americanos buscan en la URSS el paraíso perdido que, ajeno a los embates de la economía de mercado, les resolverá su situación inestable. Todos viajan con sus conocimientos a cuestas: los obreros de la Ford con su experiencia en fabricar coches, los jóvenes con sus licenciaturas técnicas... Y la apariencia externa del nuevo destino no puede ser más prometedora: salarios mejores, casas acondicionadas para los nuevos trabajadores, vehículos gratis. Cada quién convenció a su vecino para seguir el mismo camino y empezar una nueva vida.

Los primeros meses cumplen con las expectativas. Tanto es así, que en los barrios habitados mayoritariamente por estadounidenses se recrean costumbres del país de origen, como es el caso de la formación de pequeñas ligas de béisbol. El escaparate que ofrece el país a primera vista es alentador, y puede decirse que los inmigrantes viven momentos de felicidad: ninguno de ellos siquiera imagina la inmundicia que se esconde detrás de la cortina.

Poco a poco, el relato se va adentrando en la oscuridad y llegan los espasmos del horror: detenciones arbitrarias, torturas inconcebibles, acusaciones desquiciadas, y para los que han logrado sobrevivir al infierno, el viaje final y casi siempre definitivo hacia el gulag. Del equipo de béisbol, de la foto del inicio, sólo dos personas han sobrevivido y dan su testimonio para la que la palabra de Tzouliadis la transforme en esta pequeña historia brillante, muy estremecedora. Sólo este ejemplo para conocer el alcance de la tragedia: uno de los protagonistas es detenido y llevado ante un adiposo policía de la NKVD, que medio borracho le interroga sobre sus supuestas (y fantasiosas) actividades contrarrevolucionarias. Ante el silencio del interrogado, le ordena ponerse contra la pared y con la mayor tranquilidad y aplomo le descarga tres puñetazos en el costado izquierdo y tres en el costado derecho, a la altura del hígado. El policía se tomaba su tiempo para realizar cada acometida: no había ninguna prisa. El primer día, el acusado logró mantenerse en pie, no así a partir del segundo. Más de cincuenta días aguantó la paliza sin abrir la boca ni firmar ningún papel: descompuesto por dentro, sangraba abundantemente por la nariz, la boca, el culo y los ojos. Al fin, después de otros episodios de crudeza imposible, termina en un tren que atraviesa toda Rusia en dirección a los campos de trabajo helados.

Estos episodios, leídos a la par que el tremendo Auschwitz de Laurence Rees, convocan a la reflexión sobre la magnitud de las tragedias del siglo XX y sobre el impacto que han tenido en la historia transmitida. Es decir, sobre las diferentes miradas que han reunido y la posterior repetición mediática que ha sido agrandada por cualquier soporte: los libros, el cine, el documental televisivo. No en vano, el título de este relato (“Los olvidados”) invita también a pensar en la diferente consideración de las víctimas que han tenido los conflictos pasados. No sólo es cuestión de cifras: los millones de desaparecidos en las estepas rusas entre 1939 y 1945 tienen su traslación en la ingente cantidad de muertos que ocasionó el holocausto nazi, y aquí no hay baremos que valgan. Lo importante es entender la situación en cada contexto y no olvidar que mientras en la Europa nazi se detenía a los judíos y a otros proscritos, en el Moscú estalinista se hacía lo mismo con cualquier sospechoso de ir en contra de los preceptos del partido comunista, y los resultados finales se parecen con alarmante igualdad. Quizá la gran diferencia, y lo explica bien Rees en su libro, es que mientras los alemanes vivían relativamente al margen de la catástrofe (su propia vida no corría peligro, mientras se mantuvieran ajenos a todo) el caso de la Unión Soviética de Stalin era el perfecto ejemplo del régimen de terror: la posibilidad de que un alto dirigente fuera delatado y ejecutado era elevadísima, con lo cual debían demostrar cada día (tres puñetazos a la derecha, tres a la izquierda, sin conmiseración) que ellos eran insobornables.

Valga este breve apunte como recomendación. Ya lo hice en su momento sobre el libro de Rees, pero quien consiga recuperar este ejemplar de Granta podrá sentir aquello que nos sobreviene ante las historias bien contadas: un pequeño escalofrío al reconocernos como humanos, pero tan humanos (desengañémonos) como los que alzaban puños y manos en alto, y herían y cortaban destinos.

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Misterios de internet

Ayer, lunes 12 de junio, este blog tuvo un total de 657 visitas. Ante el asombro de su autor por el incremento de lectores, se procedió a la búsqueda del culpable y se halló en este enlace. En este caso, la cortesía se tornó avalancha.

sábado, 10 de junio de 2006

En la residencia

(Cuarta parte)

El tercer capítulo de Sábado presenta algunos aciertos de peso. Quizá el primero esté relacionado con la inmediata asociación que le sobreviene al lector respecto a su anterior novela. Ciento cincuenta páginas es lo que tarda el eco de Expiación en llegar a esta obra: tampoco es que esto fuera en sí mismo necesario, pero la sensación de recuperar algo estimable siempre es gratificante. Esa cena familiar en el castillo de Gramatticus recuerda los banquetes en casa de los Tallis, esas escenas tan británicas de gente alrededor de una mesa (no cualquier mesa: con sus candelabros y sus servilletas de lino) contándose sus éxitos y fracasos y, sobre todo, sus rencillas personales y sus odios soterrados. Briony asistía impávida a esos banquetes, como Daisy asiste incómoda a las intervenciones de su abuelo, que le recrimina asuntos literarios (recordemos que Briony, al inicio de la novela, también expresa sus dotes artísticas a través de la escritura de una obra teatral) y extiende una densa capa de neblina en los humores de la mesa. Esos rencores viejos, esas miradas torvas en familia, son aspectos que McEwan borda con los instrumentos del gran escritor.

El segundo acierto se produce en los estertores del capítulo, con la visita de Henry Perowne a la residencia donde su madre anciana reposa los embates del Alzheimer. Ya sabemos que todo eso ocurrirá desde hace horas: insisto de nuevo en el peligroso juego que el autor establece con el lector, adelantándole los acontecimientos porque no son nada más que propuestas de agenda que el protagonista quiere cumplir ese día, planes para un sábado más del calendario personal. Esa anticipación elimina cualquier elemento de sorpresa y el escritor debe someterse, desnudo, a la prueba de la calidad: su prosa debe aguantar el peso de la historia prevista y ser igualmente jugosa, apetecible para el que va leyendo e intuye lo que puede ocurrir al doblar la página. En esta línea, el episodio de la enferma y su hijo es de una sensibilidad estremecedora: de manera especial, cuando él se sienta enfrente de la anciana y sigue el curso de sus divagaciones en un duermevela consciente, atento por un lado a las inconexas frases de su interlocutora y por el otro navegando en sus preocupaciones mundanas, que esperan a la salida del asilo. Qué extrema contrariedad: la madre, a los diez segundos de despedir a su hijo, ya no recordará su cara, su recién acabada visita, su existencia; él regresará para preparar la cena y continuar el día a día que para Henry Perowne sigue siendo real, reconocible.

“En este momento, por culpa del calor y el edredón que tiene debajo, siente los ojos pesados y no puede evitar cerrarlos. Y su visita acaba de empezar”.

Esa modorra que le entra mientras ella habla sin sentido le escuece porque se ve a sí mismo vulnerando una norma básica, la del adulto que no presta atención a las palabras de su madre, ahora ya ilógicas e inconexas. Por un momento también él se ve en la otra posición, siendo un viejo padre frente al hijo músico que sólo piensa en marcharse a tocar un blues y escapar del monólogo surreal.

(continuará)

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La disyuntiva de Javier Marías es peliaguda: aceptar significa sentarse al lado del Excmo. Sr. D. Martín de Riquer Morera, Excmo. Sr. D. Antonio Colino López, Excmo. Sr. D. Miguel Delibes Setién, Excmo. Sr. D. Carlos Bousoño Prieto, Excmo. Sr. D. Manuel Seco Reymundo, Excmo. Sr. D. Francisco Ayala y García Duarte, Excmo. Sr. D. Valentín García Yebra, Excmo. Sr. D. Pere Gimferrer Torrens, Excmo. Sr. D. Gregorio Salvador Caja, Excmo. Sr. D. Francisco Rico Manrique, Excmo. Sr. D. Antonio Mingote Barrachina, Excmo. Sr. D. José Luis Pinillos Díaz, Excmo. Sr. D. Francisco Morales Nieva, Excmo. Sr. D. Francisco Rodríquez Adrados, Excmo. Sr. D. José Luis Sanpedro Sáez, Excmo. Sr. D. Víctor García de la Concha, Excmo. Sr. D. Eduardo García de Enterría y Martínez-Carande, Excmo. Sr. D. Emilio Lledó Iñigo, Excmo. Sr. D. Luis Goytisolo Gay, Excmo. Sr. D. Mario Vargas Llosa, Excmo. Sr. D. Eliseo Álvarez-Arenas Pacheco, Excmo. Sr. D. Antonio Muñoz Molina, Excmo. Sr. D. Ángel González Muñiz, Excmo. Sr. D. Juan Luis Cebrián, Excmo. Sr. D. Ignacio Bosque Muñoz, Excma. Sra. Dª Ana María Matute, Excmo. Sr. D. Luis María Anson Oliart, Excmo. Sr. D. Fernando Fernán Gómez, Excmo. Sr. D. Luis Mateo Díaz, Excmo. Sr. D. Guillermo Rojo, Excmo. Sr. D. José Antonio Pascual, Excma. Sra. Dª Carmen Iglesias, Excmo. Sr. D. Claudio Guillén, Excmo. Sr. D. Luis Ángel Rojo, Excma. Sra. Dª Margarita Salas Falgueras, Excmo. Sr. D. Arturo Pérez-Reverte, Excmo. Sr. D. José Manuel Sánchez Ron, Excmo. Sr. D. Carlos Castilla del Pino, Excmo. Sr. D. Álvaro Pombo y García de los Ríos, Excmo. Sr. D. Antonio Fernández Alba y Excmo. Sr. D. Francisco Brines.

No aceptar supone conformarse a pasar el resto de tu vida sentado a orillas de Juan Ranz, Víctor Francés y Jacobo Deza. Que no es poco.

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Arduina dio el aviso, y el verbo se hizo carne: La crisis trujimán, Arbustos y prisiones, La hoguera del secreto, y lo que nos queda por venir.

martes, 30 de mayo de 2006

Descodificando

Por fin cumplí con mi deber de ciudadano del mundo. Reconozco que muy tarde, cuando ya tantos millones de ecos pululan por esta red, y no digamos ya tantos other millions que lo hacen en el esperanto moderno. Cuando ya no quedaba nada más por decir y el hartazgo nos produce somnolencia, me sumo a la avalancha y dejo mis bytes aquí, en este recodo de la senda, pero intentando no reproducir el sintagma nominal (lo digo ahora que escribo estas primeras líneas, no sé si lo conseguiré) cuya sola mención haría subir un poco más el contador de Google: solidarios sí, pero no tontos.

No seré a estas alturas un gruñidor quejoso, entre otros motivos porque no vengo hoy a hablar de literatura ni de arte, sino de libros y cine. Y después de ver la película, tengo clarísimo que mi decisión fue la correcta. Me negué siquiera a abrir la primera página en su día, confiando en el criterio literario de la gente de quien realmente me fío, y esperé a que la palabra se hiciera imagen. Ahí estaba uno, pasando dos horas y media de distracción y evitando varias horas de inútil esfuerzo (soy un lector lento), pues uno ya no lee sólo para divertirse sino que necesita otros estímulos. Lo visto ayer, pues, confirma las sospechas: aquí no hay ni construcción de personajes, ni reflejo de angustias personales, ni búsquedas de destinos y sentidos últimos, siquiera un intento de aproximarse a la condición humana. Esto no es más que una acumulación de peripecias, una tras otra, para llegar a la traca final. Un castillo de fuegos artificiales.

Los elementos para que yo gozara de algo así estaban esparcidos sobre la mesa, y debo decir que me sorprendí de que se conjugaran todos con tal sincronía: siempre me han gustado los cohetes y las mascletás, también los crucigramas y los acertijos, tuve pasión en mi adolescencia por todo lo oculto, en mi biblioteca hay algún que otro libro sobre templarios y sobre la inquisición. ¡Incluso Tom Hanks no me desagrada! Entonces, ¿qué razón había para no jugar a este juego? Este cine de palomitas es necesario para mantener una industria del espectáculo que cumple su función, y de la cual todos, un día u otro, nos beneficiamos. El simple goce de quien se deja engañar y se somete a la atracción de las fórmulas infalibles (asesinatos + códigos secretos + conspiraciones + propaganda efectiva) sirve para cualquier tarde de domingo, y no hay que darle muchas más vueltas.

Sólo merece la pena detenerse un rato a pensar por qué algunas de estas construcciones adquieren valor social y otras pasan desapercibidas. Qué hace que un libro escrito a partir de fórmulas trilladas se propulse en las listas de ventas y contagie a todos. He escuchado a amigos decirlo con la voz bien alta y sin tapujos: “No es un gran libro, pero...”. Ah, ese pero: en esa adversativa se esconde el animal irracional que todos llevamos dentro, sacándolo a pasear en cuanto la corriente nos alcanza y nos lleva por su avenida. Nadie parece admitir que sea un buen libro, pero la resistencia no ha sido suficiente. Lo dicen muchos después del sexo: “No fue el mejor polvo de mi vida, pero...”. Si a lo que se viene es a disfrutar, ¿quién le va a poner etiquetas de calidad al párrafo, al meneo circunstancial? En este caso, el engranaje de captación es la secuencia de criptogramas que nos desvelan el siguiente eslabón de la cadena, y nuestro afán humano por concluir la secuencia nos atrapa de una manera diría que casi científica. Una obra así podría haber sido diseñada por un ordenador: el escritor mete los ingredientes y la máquina los mezcla, hasta sacar un producto que juega con un instinto muy primario, el deseo de saber qué hay detrás de la cortina.

Y todavía me interesa sacar a flote alguna de las trampas, por simple deformación profesional. Esta película, de la que Hitchcock hubiese salido con los nervios a flor de piel (todo en ella es un amasijo de McGuffins, uno tras otro) lo cuenta todo sin explicar nada. Es decir: la aureola de sabiduría con la que se envuelve (así es el misticismo, tan vacuo como su origen) siquiera disimula que toda la búsqueda no tiene donde sujetarse. Alguien ha escondido un secreto para que el lector-espectador juegue, independientemente de que los protagonistas no tengan razón alguna para hacerlo. El pobre viejo que muere al iniciarse la historia ha encriptado ese secreto hasta el infinito, pero no para la pobre Audrey Tatou, sino para que cada uno de nosotros resolvamos el jeroglífico. Y sólo al final, en una escena que no sé cómo queda reflejada en la novela, se nos guiña el ojo (e intuyo que esa no era la intención inicial) a través de un pie que la protagonista mete en el agua y que se hunde sin milagros. Ahí, en esta inmersión, queda al descubierto toda la impostura, con exactitud metafórica: el señor Brown, en todas las páginas anteriores, no ha hecho otra cosa que ir metiendo los pies en el agua y caminar, caminar sobre ellas y regodearse de su hazaña, pero al final nos da un codazo y nos dice: “amigo, todo tenía su truco”. El mago enseñando sus trampas: ¡nadie pagaría por otra actuación! Pero nos hemos dejado seducir tanto por lo lúdico que ya importa poco, a esas alturas, que nos muestren la carta marcada. Ya se sabe: esto no es arte ni es literatura. Pero.

martes, 23 de mayo de 2006

Nancites 9

1. Lo que contó John Irving en su reciente visita a Barcelona tiene, sin lugar a dudas, mucho interés, y lo reseñan bien en Bluelephant's ballad. Cada escritor tiene sus manías y sus estrategias a la hora de afrontar una nueva novela, y éstas pueden ser tan contradictorias como escritores y novelas haya:

"Primero trabajo por algún tiempo en la frase de cierre, dijo, luego empiezo a acomodar palabras sobre ella y a los pocos meses tengo un bosquejo de un capítulo de cierre. Una vez ahí, cuando sé cuál será la conclusión, cuando conozco qué personajes importarán y cuales tomarán parte en la construcción de ese último texto, empiezo a escribir intentos de primeros y segundos capítulos, siempre recordando esa última frase, siempre viéndola al fondo. Yo sé que me va a tomar tiempo, seis, siete años, pero también sé mi frase de cierre, sé que el armatoste ya está dispuesto y que yo estoy sólo rellenando. Para terminar me basta poner una frase tras otra hasta alcanzar esa primera que decidí. Yo no sé volar a ciegas. No me imagino cómo hacen los novelistas que no saben qué va a ocurrir. No los entiendo."

Vale la pena contrastar estas declaraciones con las que hizo Javier Marías en la presentación de Tu rostro mañana 1, en Barcelona, junto a Juan Villoro en 2002:

"A veces he recordado esa imagen de los escritores que trabajan con mapa; es decir, que saben de antemano cuántos capítulos va a haber, cuántos personajes, qué le pasa a cada uno de ellos, cuándo y quién va a morir, quién no. Saben el camino que tienen que recorrer y en el mapa encontrarán dónde están los ríos, los desiertos, etcétera. Ése no es mi caso, me aburriría mucho si así fuera. Tendría la sensación de que redactaba solamente y el proceso de averiguación, entendido como el proceso de la historia, carecería de interés: si conozco la historia desde el principio, ¿para qué voy a escribirla? Yo trabajo más bien con brújula. Eso no quiere decir que uno no sepa a dónde va, porque la brújula justamente nos lo indica, pero lo que no se sabe es cuándo se va a encontrar uno con los ríos, con los desfiladeros, o si no va a haber siquiera ríos, desfiladeros, etcétera. Todavía me sorprenden mucho —en parte los envidio y en parte los compadezco— los colegas que dicen que los personajes se les rebelan, que cobran vida propia. Yo digo: "¡Esto no puede ser, son entes de ficción!" No me puedo imaginar un personaje que haya inventado diciendo: "Pues me quedo unas páginas más y te jodes, Marías". Esto a mí no me pasa."

Entre la creación de un final anticipado de Irving y la brújula sin mapa de Marías hay otras sendas infinitas para la creación, y noto que cada vez me interesa más conocerlas: deben ser cosas de la edad. Pero, ¿cualquier argumento o trama es encajable en toda opción? Estoy seguro de que no: la idea de que el fondo crea la forma es tan atractiva como el hecho de pensar que un escritor que aplica un método no puede narrar sobre cualquier asunto, sino que está supeditado a un cierto tipo de historias. No exagero: escribir una novela negra de género sin conocer el final, a lo Irving, sería muy difícil. ¿Qué narrador podría dirigir a sus detectives y asesinos hacia un desenlace que se le va descubriendo a cada página, sin saber quién es quién hasta poco antes de escribir la palabra fin? El juego permite múltiples variantes, y diversión asegurada: ¿qué escritores entre nuestros favoritos usan uno u otro método, o cualquier nueva bifurcación? Yo puedo saber a ciencia cierta cuál usa Ian McEwan, y no he leído ninguna declaración suya al respecto.

2. Lo más impresionante de la foto es la sonrisa imperturbable del hombre de gafas. Cualquiera, en su circunstancia, miraría de reojo hacia las llamas y mostraría un rictus espantado. Pero el hombre sigue agarrando el papel con el índice y el pulgar, la mirada siempre al frente, ¡y no se quema! Sin duda, me quedan muchos milagros por descubrir acerca de El código da Vinci, pero nunca me hubiera imaginado que la incombustibilidad de sus lectores (ya sean convencidos o apóstatas) fuera una consecuencia directa de varias horas dedicadas a la fútil persecución de lo sublime.


3. Me entero por el siempre avisado Iván Thays de la reedición de García Márquez, historia de un deicidio, de Vargas Llosa. Estuve buscando hace algunos años éste y otro de sus libros inencontrables, El pez en el agua, que desde hace unos meses volvió a aparecer también en las librerías. Coincide todo esto, ni falta hace decirlo, con la publicación en España (espero que a Centroamérica llegue en pocas semanas) de su última novela: si la leo, cosa bastante probable, será por los capítulos en que habla de España y de su espectacular transformación en los años 80, pasando de un país pueblerino marcado por la represión y los prejuicios a una democracia moderna. Qué extraño que ese momento histórico no haya dado aún una gran novela de peso, más allá de pequeñas aportaciones de interés, y que sea precisamente un peruano el que colateralmente haga una aportación al asunto. No hablo, claro, de ambientaciones, sino de explicaciones acerca de un país que revienta y de unos ciudadanos que descubren, de pronto, que la vida era otra cosa.

4. Me traigo la idea del blog de Arcadi Espada y modifico el destinatario: un lugar en el mundo para el crítico Manuel García Viñó.

viernes, 19 de mayo de 2006

El affaire García Viñó

El día 14 de octubre de 2005 se publicó en este blog un artículo en referencia a un texto de Manuel García Viñó sobre Javier Marías, de cuya existencia me avisó muy amablemente Magda. En la columna de la derecha (sección archivos) cualquier lector puede buscar el artículo, el enlace y los numerosos comentarios que suscitó el asunto. Cuando parecía que todo esto era ya historia, un lector comunicó a García Viñó la existencia del artículo y de paso la de este blog, a cuya llamada acudió el interpelado de inmediato con una respuesta que subo hasta el cuerpo principal de la página. Sin recortes ni modificaciones, pero con los comentarios de quien suscribe, estas son las palabras de Manuel García Viñó (los corchetes y cursivas son míos, la mayonesa y el ketchup son suyos):

Documento “trampolín”

Un amigo ha encontrado ese blog y me comunica su existencia. Supongo se me permitirá caminar por esa “senda de los libros” un breve espacio, [no hay muros aquí y el tránsito es libre] para defenderme de tantas insidias, calumnias y sandeces como se han vertido sobre mí.

Procuraré la máxima brevedad y espero que quienes me lean comprendan que en mis palabras se trasluzca un ligero cabreo.

Empezaré, creo que lógicamente, por la necia y vacía Anacrusa, que me llama loco, patán y bilioso resentido -¿sabrá ella lo que significan esos tres epítetos?-, sin haberme echado la vista encima, sin haber leído uno solo de mis cien libros [el 14 de octubre yo conté en el ISBN 74 y me informan ahora de que ya son 77: pero no niego que usted llegará a los cien tan campante] y sin saber que soy, como ella, doctor en Derecho por la universidad de Bolonia, doctor en Filología Hispánica por la de Sevilla y licenciado de en Física Teórica por Heidelberg. Soy también el único español, en toda la historia, [¿la historia de España? ¿la de Europa? ¿la universal?] que más se ha ocupado –veinte libros- del género literario novela, desde los puntos de vista histórico, crítico, sociológico y estético. [en este punto estoy abrumado por las cantidades; todo suma en usted: títulos académicos, libros, puntos de vista. Más y más]

El único español que ha publicado una “Teoría de la Novela” (Barcelona, Anthropos 2005). Mi libro “Mundo y trasmundo de las leyendas de Bécquer” lo publicó el más grande filólogo español del siglo XX, Dámaso Alonso, en la Biblioteca Románica Hispánica de Editorial Gredos, algo así como la capilla Sixtina de los estudios filológicos españoles, donde a usted no la dejarían ni barrer el suelo. [el único, el más grande, la capilla sixtina: hay sintagmas que se recuestan en el colchón con su obesidad grasienta. Más y más]

Continúo por el tontorrón que se escandaliza de mis nulas, o casi nulas y confesadas, relaciones con Coetzee, a propósito de las cuales Jacobo Deza miente, como en tantas otras cosas, pero da igual. Señor Paco, usted, que sí ha leído a Coetzee, y a Pérez Reverte y El código da Vinci, ¿ha leído a Fray Luis de León, el mejor prosista de la lengua española; a San Juan de la Cruz, el mejor poeta; a Fray Luis de Granada, a Quevedo, a Gracián, la Picaresca, Cervantes, Herrera (el primer crítico literario de nuestra lengua), a Lope, a Villegas, etc., etc. ¡Pues entonces, gilipollas!!! A mí, y teniendo en cuenta lo que yo busco, me ha bastado hojear a Coetzee, a quien por supuesto respeto, para saber que no me tiene nada que decir. [sería un verdadero milagro que Coetzee le tuviera algo que decir a usted. De hecho, Coetzee escribe precisamente para que personas muy distintas de usted le lean] Yo no leo para estar al día, señor Paco. Yo leo con una intención muy determinada. Tampoco leo novelas para enterarme de su tema y argumento. Leer así, como usted, como ustedes, hacen, es una torpeza que jamás conducirá a la posesión de una formación humanística. Le diré lo que he leído en los últimos diez años… ¡Como para tener tiempo de leer a Coetzee y los demás que anuncia Babelia! He leído y releído, solamente, Presocráticos, Nietzsche, Idealismo Alemán y Cosmología. [toma ya. Un crítico literario con 77, 100 o quien sabe cuántos libros que procura no leer literatura]

Jacobodeza es el clásico tipo de fulano al que su idolatrada madre, por quererlo demasiado, lo desgració para toda la vida. “Jacobodezito, hijo, le diría una y otra vez, tú eres muy gracioso. ¡Y cuánto sabes!” Y el desdichado se lo creyó y así ha llegado hasta aquí para evacualla en el extrarradio (cagarla fuera, diría Anacrusa, la muy basta). Aprenda a citar con propiedad o no cite: Era así: “¡Caramba, dijo el cartero, / tres libros de Marrodán / y estamos a dos de enero!” Todas las citas que hace de mí, las hace mutiladas o tergiversadas. Y, por supuesto, eligiendo las dos menos contundentes entre varios cientos. En dos o tres ocasiones me achaca haber dicho lo contrario de lo que dije. Yo sostengo que Javier Marías es quien peor escribe o ha escrito nuestra lengua en todos los tiempos y lugares. [a estas alturas uno piensa si hay que seguir leyendo o no: la prosa superlativa y biliosa produce ardor de estómago] Y lo he demostrado en mi libro “La Gran Estafa: Alfaguara, Planeta y la novela basura”, Ed. Vosa. Pero casi no hace falta leer mis seiscientas páginas (no sólo sobre Marías, claro; también sobre otros/as). Sólo por haber escrito, en El Semanal, que “ETA asesinó a un concejal sevillano con su mujer incluida” es para descalificarlo para toda la vida. ¿Y esto? Dice que alguien está en un gran almacén y: “Entró en la sección viril y se echó unas gotas de aroma en el envés de sus sendas manos”. Sección viril, aroma por perfume y ¡el envés de sus sendas manos!... Este es el rebuzno más poderoso que se ha escrito en lengua española. No tiene remisión posible… En fin, pedante de mierda, a ver si tiene usted lo que tienen las personas dignas y no tienen los payasos: le reto a sentarse conmigo a una mesa con la obra de Marías que usted quiera delante, a ver si es capaz de justificar los cientos de confusiones, coces al diccionario, chistes involuntarios, pruebas de retraso mental y chorradas que yo le señalaré. Mi dirección es: ligeia@auna.com. [gracias por la invitación, pero declino su oferta: a estas alturas he contabilizado un necia y vacía, un tontorrón, un gilipollas, un fulano y un pedante de mierda. Con este ajuar no acostumbro a debatir con nadie]

No voy a contestar ni a Potno ni a Magda ni a Anonymous, tan tontos y analfabetos como para acompañar dignamente a Jacobo Berzas, digo Deza. Anónymous, además, inmoral, al dejar una cita por la mitad.

Finalmente, gracias a Javier por su defensa de mi postura y de la racionalidad de que carecen los otros, pero ¿por qué motivos oscuros o, mucho menos, envidia? ¿Tanto cuesta admitir que alguien actúe simplemente por amor a la literatura, a la verdad y a la justicia? [¿no era Scarlett O'Hara quien pronunciaba una frase así?] ¿Tan raro resulta que luche por ellas sin fines bastardos? Ya sería de por sí estúpido envidiar a un Forrest Gump e la literatura como es Javier Marías, pero es que si lo de la envidia se refiere a su éxito mediático y económico tengo la prueba de que no es, no puede ser, así: quien quiera puede buscar en cualquier hemeroteca el número de mayo de 1965 de la revista “Humanidades”. Contiene un estudio de mis tres primeras novelas y una entrevista conmigo, en la, que, entre otras cosas, decía lo siguiente -¡en 1965!-: “aspiro a ser un escritor de minorías, y mis ambiciones de venta no pasan de aquel número de ejemplares que mi editor necesite para no perder dinero y publicarme el siguiente libro”.

Mi enhorabuena una vez más a Jacobo Deza por haber escrito: “lo dicen los lectores que son los que más saben”. Hay que ser necio y navegar por las más espesas brumas del desconocimiento, para hacer esta afirmación. [no: me basta simplemente con no ser el mejor licenciado en Física Teórica por Heidelberg de todos los tiempos y lugares habidos y por haber. Fíjese cuánto ha ganado la física teórica sin la participación de este humilde lector]

Un saludo a Javier. Manuel García Viñó.

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Y esta fue la carta. Las personas aludidas en ella sabrán perdonar el hecho de haberlas obligado a subir hasta aquí, sin su consentimiento. Pero no seré yo quien quite una coma o corrija una palabra del Único Español: ahí queda, para lumbre y ornato de las futuras generaciones.

martes, 16 de mayo de 2006

Capote


Comenzaré por el final: lo más extraordinario de esta película es lo menos cinematográfico de ella, lo que más la aleja del cine puro y la acerca a la página escrita. Cuando Capote espera el desenlace de la historia y se debate entre la necesidad de desear la muerte del protagonista y ahuyentar ese malaje con el sentimiento, asistimos a una excelente descripción del diálogo tan actual (todavía ahora) sobre ficción y realidad. Capote desea terminar su novela, titularla, darle un sentido último, pero su elección–invención, la non fiction novel, le obliga a avanzar al ritmo en el que la realidad también avanza, adecuando el tiempo literario al tiempo cronológico en el que va relatando hechos y dándoles forma. Está más preso que el asesino, buscando la llave que le permita salir del laberinto tan fecundo en el que se ha metido.

Esa es la magia de la película, la que al final nos llevamos a casa envuelta en papel de celofán y queda gratamente impresa en la memoria. El resto no es más que retazos de una excelente historia contada con gran oficio: hay una secuencia en el que un fondo musical muy neoyorquino (ya no sé si es un ragtime o un jazz muy ligero, tanto da: puro New York) va subiendo de intensidad mientras se proyectan consecutivamente cuatro imágenes fijas que nos llevan al lugar en el que se toca esa música: el paisaje de rascacielos, las calles de la ciudad, las escaleras del club... y ya estamos en la fiesta, a todo volumen. Así comienza también Psicosis, hasta que nos metemos por la ventana en una habitación indiscreta mientras los amantes se ponen la ropa.

De lo que me siento incapaz es de escribir sobre Philip Seymour Hoffman, porque la maestría de su reencarnación es tan descomunal que a partir de ahora jamás veré a otra persona cuando piense en Capote que a este agraciado actor. Si Capote no fuera como es él me sentiría decepcionado: yo quiero que el escritor se parezca a Seymour Hoffman, quiero que se ría igual que él, que su pose mientras bebe whisky con los amigos sea exactamente esa y no otra. Este ser inventado del celuloide está a la altura de los mejores personajes literarios y es casi seguro que la realidad debe ser mucho más descafeinada que la ficción que emana de este Capote.

La invitación a la lectura de A sangre fría es otro de los estímulos que se extraen de las casi dos horas de metraje. No es nada sencillo esto: la película cuenta todo el proceso de escritura del libro, y por lo tanto cualquier motivo sorprendente (sobre la trama, sobre la evolución de los hechos, sobre su final) queda puesto en evidencia. Tampoco es que esto sea tan malo: qué triste sería leer libros sólo para que nos muestren la pirotecnia que hay en algunos fragmentos de cada novela. La invitación es, pues, a disfrutar de lo que a todo espectador se le antoja como gran literatura, como arte. Se encienden las luces de la sala y el paso siguiente, obligado, es ir a la librería: nos importa poco que ya hayamos visto la horca, como tampoco nadie se pregunta por la cama en la que muere Alonso Quijano antes de leer a Cervantes: lo que vamos a buscar es el placer que proporciona la palabra bien escrita, y después de ver la película nos embarga la sensación de que nos urge recuperar ese clásico, empaparnos de la técnica que convierte una obra aparentemente sencilla en maestra.

¿Y quién iba a pensar que esto llenaría una sala de cine precisamente aquí, donde debe ser tan difícil (todavía no lo he probado) encontrar A sangre fría? Es posible que muchos entraran a ver una película de gángsteres, de high society y de balas perdidas, pero se llevaron la excelente lección de ver literatura y no salir trasquilados: con que hayamos ganado un solo lector habrá valido la pena el viaje.

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La Razón de la sinrazón a veces produce artículos destacables: como coda al texto anterior, este apunte sobre realidad y ficción que anota nombres como Easton Ellis, Vila-Matas, Sebald, Cercas o Eco, y que es capaz de no mencionar ni una sola vez a Capote.

jueves, 11 de mayo de 2006

Un médico y sólo un médico

(Tercera parte)

¿Y si Henry Perowne fuera un contador de la propiedad? Pocas veces se da un ejemplo tan claro como el presente de la necesidad de otorgar una profesión específica a un personaje. Si Perowne fuera una decorador, un analista de software (¡incluso un escritor!) esta novela no sería posible o se derrumbaría como un castillo de naipes. Veamos la fórmula: desde las primeras páginas se nos anuncia una secuencia de hechos que van a suceder durante un sábado cualquiera. Sabemos que Perowne se levantará, irá a jugar a squash con un colega de trabajo, comprará pescado, hará la cena para su hija (que viene de regreso de París...). Mientras escribo esto no sé si en realidad el día transcurrirá por esta senda marcada, pero en cualquier caso, las variaciones que puedan producirse, fruto del azar o de la voluntad expresa, lo serán sobre ese plan ya trazado por un ciudadano común. El mismo plan que nos encierra a todos cada jornada en un destino prefijado. Ante este abismo de monotonía, la novela no puede transcurrir solamente por la narración de las actividades anunciadas: nadie, ni el lector pero tampoco el mismísimo autor, aguantaría el hartazgo de leer o escribir un tratado jurídico sobre hechos acaecidos:

-¿Dónde estuvo usted la mañana del 15 de febrero a las 9.25 am?
-Peloteando en una pista de frontón, señor juez.

Hay que buscar, pues, otras vías de escape para que el armatoste literario se sustente. Y ahí es donde aparece la importante elección de la profesión. McEwan decide que Perowne sea doctor, y más específicamente un neurocirujano. El protagonista conoce el cuerpo y la mente humana lo suficiente como para adivinar en cada personaje y en sí mismo una reacción culpable, una enfermedad escondida, un gesto sospechoso, un amago de indecisión. Cualquier rictus se convierte en una prueba de cargo, y eso convierte la obra en lo que pretendía ser: un análisis de las reacciones de un hombre de hoy en una sociedad como la actual. Poco interesa Henry Perowne: nos interesa el hombre que hay en él y su circunstancia.

Siguiendo con el ejemplo del squash, hay una reación típica de lector avisado que se produce con matemática precisión. Desde el inicio de la jornada, Perowne nos anuncia su intención, como cada sábado, de ir a jugar con su colega. El lector se imagina que en veinte o cuarenta páginas va a pasar lo predecible: una larga descripción de un partido de squash jugado entre amigos. Esto, por sí solo, nos estremece ligeramente: qué descripción puede haber más aburrida que la de una pelota dando tumbos por las paredes, en un deporte que debe interesar a un puñado de personas. Avisar sobre algo sin interés es un riesgo del que pocos pueden salir bien librados: si me entregan una novela y me dicen que trata sobre un tipo que salta y salta a la comba, sin parar, devolveré el regalo. Pero una vez ya puestos en el ritmo de la novela no es tan fácil dejarlo, e incluso hay un prurito de interés por ver cómo sale airoso el autor de semejante envite. La solución no puede ser otra que la de crear una subtrama que acabe por imponerse por encima de los peloteos, que sólo actuan como sonido de fondo de un objetivo mucho mayor. Todo esto provoca que el Perowne médico ejerza su función con exactitud, y que cada reacción tenga su cumplida descripción profesional:

"El pulso más lento de Perowne aumenta unos instantes al oír el reproche: un arranque de cólera es como un latido adicional, una puñalada perjudicial de arritmia."

La cólera, la amistad, el empeño, la debilidad, el desencanto, el miedo, la frustración: estos son los grandes temas del squash, y me quedo corto.

(continuará)

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"El libro pasa, pero las imágenes son poderosas", dice el cristiano. Pocas veces se expone con tanta crudeza la invisibilidad de lo escrito, la nula presencia del lector en nuestra sociedad. Tanto da que se refieran al código Da Vinci: ciertamente, los 40 millones de ejemplares vendidos son papel ("manifiestos, escritos, comentarios, discursos") frente a la avalancha de fotogramas que se nos viene encima. Y añade: "Las películas llegan a las masas, también a quienes tienen poca formación y carecen de recursos críticos para distinguir qué es ficción y qué es realidad".

¡Acabáramos! El peligro ya no son los intelectuales que piensan y sentencian, sino las masas que responden instintivamente a los estímulos: ellas, y sólo ellas, serán capaces algún día de apreciar lo que los primeros ya saben desde hace siglos: que la realidad está en el cine y en los libros, y que la religión ha construído sobre sí misma una ficción de portentosas y alucinantes dimensiones.

jueves, 4 de mayo de 2006

Lo indecible

Cuando uno se plantea escribir, ya sea una obra de ficción o un ensayo, en algún momento puede verse en la tesitura de tener que contar algo acerca de aquello que le disgusta, sobre un tema oscuro sobre el cual hay que decir algo. Ciertamente, no son tantas las novelas que orillan el instante que eriza la piel (el cine sabe mucho de eso), y la mayoría, ya sea para mantener el ritmo literario o ya porque el autor crea que su propuesta se ve reforzada por esa escena, apuestan por momentos que luego pasan a ser los más recordados, cuando las páginas han reposado unos años y nos llegan chispazos de esa lectura, diálogos memorables o situaciones que perviven en la memoria.

Lo más duro debe ser plantearse escribir sobre lo que atañe directamente al corazón (tanto el simbolismo que representa como la víscera misma) y convertir eso en tema. No me imagino yo escribiendo sobre atrocidades que afectan a los seres humanos, incluso quizá ni a los animales: no descarto nada, claro, pero el hecho de anticipar mi estado anímico en el momento de verter tinta sobre un papel me obliga a optar por la vía más cómoda. Hay escritores que admiten que lo pasan mal cuando les toca escribir sobre determinados hechos, y su insistencia me asombra (y luego, como lector, puede llegar a deslumbrarme: así me sucedió con La ciudad y los perros, de Vargas Llosa). Recuerdo ahora al simpático Terenci Moix comentando sus encierros temporales para escribir sobre, pongamos, la vida de Josefina Bonaparte, y sus sollozos ante cada folio completado, su identificación con el personaje y su incapacidad para despojarse en la vida real, al menos en el transcurso de la escritura, de lo ficticio o pasado.

Digo todo esto porque estoy enfrentándome, y todavía voy por el primer capítulo, al Auschwitz de Laurence Rees, un éxito de ventas y de crítica del pasado año. El empujón definitivo me lo dio Justo Serna, al calificar en su desaparecido blog a esta obra como una de las más imprescindibles de la cosecha anual de 2005, pero ya antes había decidido lanzarme por el abismo. Lo que sucede ante un ensayo así es que uno ya vislumbra el agujero negro desde la portada y sabe cuál es el camino que lleva al infierno. Las sorpresas que depara una novela quizá aumentan el shock sentimental por lo inesperadas, pero adivinar la trama y estar esperando la descripción de la infamia produce un desasosiego creciente.

Ahora mismo estoy ante la conquista de Polonia y los procesos previos que llevaron a miles de personas a Auschwitz: la indecente separación de las personas entre germanos, polacos y judíos; la creación de los guetos; la deleznable prosa que emana de los discursos y las sentencias de los capitostes nazis ante las dificultades para ejecutar los procesos migratorios que limpiaran la región. Pero aun siendo tan pegajoso este lodo, el barro que viene promete hundirnos hasta el cuello. No por sabida la historia es menos cruel, y especialmente ante un ejemplo del más horroroso de los crímenes que puedan cometerse: el de exterminar a todo un pueblo, una cultura o una sociedad: un genocidio que responde a su estricta definición.

Pero ese horror llega a su punto culminante ante la realidad necesaria: no hay genocidios abstractos sino personas con nombre y apellidos que los sufren, algunas que lo pueden llegar a contar. La técnica de Rees se basa fundamentalmente en la entrevista directa con víctimas y verdugos para conocer el detalle y no esconder nada de lo ocurrido. No sólo para evitar repeticiones (y quién es capaz de asegurarlo) sino para descifrar hasta qué punto el ser humano puede convertirse en el más perfecto planificador de la crueldad: en este libro no hay monstruos ni arpías ni alimañas, sino hombres y mujeres de carne y hueso conscientes de sus actos. No hay lavados de cerebro, ni sectas peligrosas: hay seres que deciden por su voluntad y muchos que, cincuenta años después, repetirían los mismos actos execrables. ¿Cómo no vamos a penetrar con bisturí en esta mancha indeleble, en este genoma deforme que quizá todos llevamos dentro? Hay una pregunta desconcertante en la introducción del libro: quién sabe cómo actuaríamos cada uno de nosotros en circunstancias límite. Habría que cuestionárselo antes y después de la lectura.

Los detalles llegarán y el poso de Auschwitz será largo y profundo, lo anticipo, como otra mancha que se frota y nunca desaparece: qué asqueroso puede resultar el deber de recordarnos como humanos, y qué necesario a su vez.

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Dos cortesías: una y otra.

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Léxico para Amor en vilo, el último poemario de Pere Gimferrer, en la crítica que Albert Romà le dedica en El Periódico de Catalunya: desajustes, mal uso, torpeza, afectado, rígidos, errores, acartonamiento, tosca interpretación de los clásicos, rimas catastróficas, ejercicio escolar, desaciertos, decoración farragosa y kitsch. El tal Romà sigue trabajando para El Periódico: no hay vínculos entre Seix Barral y el Grupo Z, que se sepa.

martes, 18 de abril de 2006

Sábado por la mañana

(segunda parte)

Vosaltres no sabeu què és guardar fustes al moll, escribía a principios de siglo Salvat-Papasseit. En efecto: vosotros no sabéis lo que significa guardar maderos en el muelle, y me pongo el sombrero vanguardista para decir, después del relax, que vosotros no sabéis lo que es estar en un pequeño paraíso, bajo un cielo infinitamente estrellado y un silencio hondo, en una montaña lejana y fresca. Por supuesto que yo sí deseo que lo sepáis algún día, porque estas jornadas de asueto recién transcurridas no suceden a menudo, y las felices circunstancias no acostumbran a converger en el tiempo con tanta precisión, todas a una. Buena comida, mucha reflexión, más lectura si cabe.

Allí estaba, pues, con Henry Perowne, viviendo con él, quitándome las legañas y orinando como él: hay en este Sábado un tempo tan preciso y marcado que la asimilación con el personaje es obligada. Una rápida revisión de las 100 primeras páginas nos expone ante tres planos distintos pero que se conjugan como una única trama narrativa. El pase de uno a otro puede darse entre uno y otro párrafo, o a veces en uno solo:

1. El plano principal, que forma la urdimbre de la novela, es la vida de un hombre vulgar (o sea, usted y yo) durante un sábado completo. El gran peligro para el escritor, ni falta hace decirlo, es la dificultad que puede entrañar hablar de hechos insustanciales, que forman el 90% de nuestra cotidianidad: sacarse las sábanas de encima, hurgar en el ropero, tirar de la cadena. Otros ejemplos válidos hay en la historia de la literatura y de las letras en general (un día en la vida de...) y por tanto no cualquiera puede meterse en el embrollo a riesgo de aburrir a las vacas. Ian McEwan sale bien parado de este primer lance; quizá muy bien parado, añadiría. El primer recurso de ofrecer un elemento sorprendente, ya descrito aquí con anterioridad, es un buen gancho para prevenirnos sobre la falsa idea de que el destino está escrito: quizá Henry Perowne entre por la puerta y le caiga la lámpara encima, y la cautela del lector se mantiene alerta ante la posibilidad de un trauma inminente.

2. Un segundo plano sería el repaso de la vida de Henry a partir de los pensamientos que éste tiene durante ese sábado, minuto a minuto. Todo funciona hasta aquí con perfecta regularidad: coge la raqueta de squash y piensa; pone a cero el volumen de su televisor y piensa; cambia la marcha de su Mercedes y piensa. Siempre piensa en sus hijos (el y ella, dos opuestos casi de manual: el bluesman rebelde sin horarios y mal estudiante, la lectora intelectual que encarrila su vida desde París) y en su mujer, en su estatus social, y sobretodo en su trabajo. El nivel de refinamiento con que describe cada operación y cada posible paciente demuestra el trabajo serio de un buen escritor: si el protagonista es cirujano habrá que empollarse un tratado de cirugía y ver la vida a través del bisturí. Henry no sabe salir de su formación académica, que ha acabado siendo después su pasión laboral, y ve aneurismas por todos lados: cada rostro es analizado a través de ojos profesionales que diagnostican y no sólo descubren enfermedades: también rasgos curiosos, comportamientos que merecen ser aprehendidos.

3. Finalmente hay un tercer plano que sobrevuela la narración con menor fuerza pero que uno teme que acabe siendo el elemento que haga más ruido, o aquel por el cual acabará siendo conocida y criticada la novela. Henry no puede abstraerse de la realidad nacional y mundial y sus reflexiones también giran entorno a los acontecimientos políticos de ese sábado, que no es uno cualquiera: es el 15 de febrero de 2003, cuando tienen lugar en medio mundo las multitudinarias manifestaciones en contra de la guerra de Irak. Henry observa a la gente que se prepara en la calle con sus pancartas y opina: y aquí es imposible valorar la literatura de McEwan al margen de las opiniones de McEwan. Si nuestro inglés favorito no hubiera dado entrevistas y explicado claramente sus puntos de vista sobre el tema, podríamos considerar que la visión de Henry Perowne no pasa de ser la de un ciudadano acomodado que mantiene unas posiciones más o menos conservadoras, amén de peligrosamente demagógicas (las frases que va soltando, al estilo de “antes una invasión que la tortura bajo el régimen de Saddam” producen ya un cierto rubor). Pero es que McEwan ha dejado en los magnetófonos lindezas de este estilo: “Creo que fue lamentable que después de los atentados de Madrid el gobierno anunciase la retirada de las tropas de Iraq” (El Cultural, 13-12-05). Ante esta perspectiva, se me hace imposible separar al autor del protagonista, al narrador omnisciente de su personaje descrito. Y sin duda esto es un lastre para ciertos fragmentos del libro, que por otro lado vuela con precisión en la mayoría de páginas.

La conclusión sería que preferimos al literato puro, pero eso iría en contra de mi pretensión de buscar la gran novela del 11-S. ¿Es posible escribir hoy de un ciudadano corriente sin pensar en unas torres que caían hace pocos años? McEwan parece creer que no, y actúa en consecuencia, aunque de momento el perfil de la reflexión política alcance en Sábado unos límites muy poco definidos y trazados con brocha gorda, a la espera de que este día avance y podamos leer una evolución más profunda de lo que este personaje pretende.

(continuará)

miércoles, 12 de abril de 2006

El círculo vicioso

La del miércoles no era una noche cualquiera: concierto de gala en el teatro nacional Rubén Darío, nada menos que el Réquiem de Mozart interpretado por coro, orquesta y cantantes centroamericanos, y el aroma de las veladas mágicas. Lástima que el comportamiento de muchos espectadores sea tan incongruente con el elevado nivel de lo que se ofrece: aquí, como en tantos sitios de España, también hay caramelito, teléfono, tos y pisadas de tacón por la alfombra. Pero nada quita el embeleso ante los momentos cumbre, ante la Lacrimosa escalofriante resonando en la sala mientras Mozart ya agonizaba en su lecho, hombre culpable como todos.

Pero dejemos la música para otras sendas y vayamos al meollo del día: paseaba yo por ese locus amenus hacia el cual de vez en cuando acudo a reposar (menos que antes: las obligaciones acechan) y leía algunos mensajes sobre un hecho inequívocamente español, como la tortilla de patatas: para los que no sepan, existe allí un club de lectura descomunal (cientos de miles de socios) cuya única obligación es la de comprar cada dos meses al menos un libro. Que se sepa, hasta el momento nadie persigue al que no lo lea, basta con pagar y apoderarse del volumen. Tamaña incongruencia en un país de escasos niveles de lectura, si comparamos cifras con el resto de Europa, no puede producir otra cosa que perplejidad. Veamos algunas causas, posibilidades, acertijos:

El gancho para entrar en el club es una agresiva publicidad combinada con la militancia de viejos socios que buscan amigos que quieran unírseles. Respecto a lo primero, hay páginas en cualquier suplemento dominical que anuncian una veintena de títulos a un precio irrisorio. Es la bienvenida de cualquier nuevo espacio: un anzuelo irresistible que nos mantenga atrapados ahí por un par de años. Sobre lo segundo, es excitante la cantidad de primos hermanos o parientas lejanas que pueden tener como única vinculación su pertenencia al club: cual testigos de Jehová en busca de almas por restaurar, llaman a nuestra puerta y después del café nos invitan a pertenecer al clan. Para ellos hay alguna cubertería de regalo, pero para nosotros el premio mayor: horas de lectura asegurada y con contrato firmado.

Hace mucho tiempo tuve mi momento de gloria: es imposible escribir este blog y no poder dejar constancia en el currículo del hecho de haber estado allí. Así que escogí mis tres títulos de bienvenida y agoté mis dos años de permanencia. Mi elección fue una novela menor y prescindible de Delibes, el último de los libros de cuentos escritos por García Márquez y una novela (déjenme respirar antes de escribirlo) de Susana Tamaro. No había mucho más donde elegir, pero lo mejor fue la respuesta asombrada del voluntarista vendedor que escuchó mi tríada y la anotó: ¡yo era un excelente lector, muy apegado a la calidad! Yo sí era un buen cliente, alguien entendido en la materia. En ese primer minuto de tomar conciencia del paso definitivo que había dado tuve ya un pequeño espasmo de arrepentimiento, pero no acostumbro a renegar con tanta rapidez de mis propias decisiones.

Otra de las claves del éxito es la posibilidad de que los libros lleguen a casa, envueltos en plástico y con olor a tinta, sin tener que pasar por la librería. Fue mi única objeción posible ante las dentelladas del vendedor, muy bien entrenado en esta lid: pero su respuesta me desarmó hasta tal nivel que fui incapaz de seguir maniobrando para quitármelo de encima. ¡Por fin podría ahorrarme el engorro de tener que buscar el libro entre miles de volúmenes, dejar de hacer colas ante la caja y poder dedicar mis tardes de sábado a otras actividades menos tediosas! Y precisamente yo, que en Barcelona dedico siempre esos días y horas de la semana a uno de mis placeres preferidos: ¡hacer crujir las maderas de La Central!

Como puede imaginarse, seguí recibiendo durante dos años (pero sin puntualidad y con cambios constantes de vendedor) un nuevo ejemplar mientras sacaba cinco o seis de mis librerías favoritas. Justamente todo aquello (casi todo aquello) que jamás se me ofertaba en la revista del club, que orillaba lo más selecto y rompedor de las narrativas británica o americana, que desconocía a los autores que yo frecuento y que me dan los placeres para seguir resistiendo. Dos años tardé, pues, en escapar del círculo vicioso y sentirme liberado, de nuevo solo ante la capacidad de elección tan desmesurada que me caracteriza y confiando en mis libreros, esos sí, voluntarios de la imaginación.

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Para que no se entierre el comentario en las profundidades de la senda, subo hasta aquí lo dicho por Matías Pailos como respuesta al post "La literatura resistente en Blanes", pues hay tela que cortar:

"Ahhh... y bué: se murió, nomás. Este post es algo del resarcimiento a los que nos sentimos acreeditados como viudas lloronas de Bolaño. Como agridulce compensación, parece (cuentan las malas lenguas, que no sé si serán malas pero suelen estar bien informadas) que hay en su arcón una suerte de novela poética (que suena a algo entre Max Jacob y 'La muerte de Virgilio', pero, siendo Bolaño, mucho más ágil) de extensión que no le va en zaga a '2666'. Ojalá."

martes, 4 de abril de 2006

Nancites 8

1. El premio Anagrama de ensayo se viste de literatura y de intelectualidad. Según me han contado mis gargantas profundas, es un tomazo de aquí te espero y con densidad de datos, profundo. Es uno de esos libros que sale ya como ganador: el fin del castrismo se avecina y hay que ir sacando a la luz todo lo que en este último medio siglo se ha cocido en la isla. Más allá de Cabrera Infante o de Carpentier, hay mucho nombre entre tinieblas y muchos papeles que necesitan una sacudida de polvo. Es lo más triste de la política, cuando ésta fagocita todo el pensamiento y el creador se ve abocado a optar por una lista, por un grupo de semejantes, de manera comprometida o no. Dice Rafael Cruz que con la llegada de la Revolución había tres grandes líneas intelectuales: la liberal, la católica y la comunista. ¡Imagínense, tener que meterse (o peor, que te metan) en cualquiera de ellas! Después, el pensamiento único o el exilio. A view to a kill, un panorama para matar: desde el Caribe, desde estas tierras tan extremadas, nos llegará en un mes esta aportación tan valiosa y necesaria.

2. Travesuras de la niña mala, lo último del ya septuagenario Vargas Llosa, está en ciernes. Mucho se ha escrito sobre la diferencia del primer Mario que conocimos con La ciudad y los perros y el último, pero el oficio del buen escribir (y el oficio del buen lector, muy especialmente) no se pierde así como así. Por internet ya circulan las casi seguras portada y contraportada de Alfaguara, que aquí incluyo por la densidad temática extrema que se nos avecina: “Este libro narra la pasión amorosa de un hombre, Ricardo Somocurcio, por una mujer perversa y calculadora que sólo busca satisfacer sus ambiciones. Pero ésta no es sólo la novela de una pasión íntima que ocupa más de tres décadas de la vida de Ricardo, es también la crónica de un tiempo fascinante en dos continentes: Europa y América del Sur. Como telón de fondo contemplamos la historia peruana desde 1950 hasta 1987, con sus vaivenes entre democracia y dictadura. Y a la vez, el París de los años sesenta con sus grandes pensadores del momento (Sartre, Camus); el fascinante Londres de los setenta con la eclosión de la cultura hippie, la droga, la música pop y el amor libre; el Japón de los grandes traficantes, y finalmente la España de mediados de los ochenta”

3. ¿Es Jordi Gracia nuestro nuevo Ignacio Echevarría? Defenestrado el último, Gracia ya accedió a la crítica hispánica en "Babelia" por la vía grande, ocupándose de algunas de las novedades más interesantes. Por cierto, que su premio Anagrama de hace un par de años también tiene enjundia y le muestra como lo que realmente es: un profesor de la facultad de filología de Barcelona que se mete a crítico para redondear su aura ensimismada. En Babelia recetó la versión comentada de Corazón tan blanco, que yo no compraré porque acabaría teniendo una biblioteca monotemática (versión Anagrama, versión Alfaguara, edición de bolsillo...) pero envidiaré a los que sí lo van a hacer. Allí se apunta la relación entre la novela y el Macbeth de Shakespeare, Elide Pitarello mediante, y se abre la puerta al estudio de las referencias literarias en la obra de Marías, tan jugoso, tan inexplorado aún.

4. El libro que Daisy Perowne le recomendaría encarecidamente a su padre.

miércoles, 29 de marzo de 2006

Una luz en el horizonte

Los que ya me conocen de sobras (o sea, que han leído con alarmante asiduidad los casi 70 posts que por aquí se han ido acomodando) saben a ciencia cierta que yo iba a comenzar la lectura de Sábado un sábado. Nadie que me conozca lo suficiente podía albergar ni un gramo de duda sobre la ritualización de mis quehaceres literarios, y por eso busqué este fin de semana el lugar idóneo (cabaña en medio del bosque) para inaugurar uno de los principales pantanos del año, una de las novelas que con más ansias estaba deseando afrontar. Lo lamentable es que por allí cerca se celebraba una boda campestre, y los ecos de la despiadada música se metían por las rendijas de las ventanas: pero ni aun así. Uno, que es terco no ya por genética sino casi por definición enciclopédica, fue a lo suyo.

Volver a McEwan es un regreso al hogar y a la cama adaptada a la espalda, después de tanto colchón muelle y tantas sábanas con naftalina. Es la sensación que aparece cuando nos reencontramos con uno de nuestros escritores favoritos, cuando el poso de una buena lectura anterior nos anticipa la posible recuperación de placeres que pocas veces, muy pocas, están al alcance: un vino de cosecha añeja, un paisaje estremecedor por su belleza salvaje, un polvo con los cinco sentidos en alerta, una novela que permanece en el recuerdo. Por ahí precisamente, en algún hueco de la memoria, se conserva el aroma de Expiación y de sus circunstancias, como pueden ser sus primera páginas transitadas en el aeropuerto de Miami, en una de esas interminables esperas post 11-S.

Y era sábado, y era Sábado. Ya tengo la primera conciencia para apuntar algunas pautas de las primeras 30 páginas, mínimos destellos que tendremos que ir corroborando:

1. Henry Perowne es un neurocirujano común y corriente, como todos los neurocirujanos que pueblan los hospitales de medio mundo. Profesional, serio, dedicado en cuerpo y alma a su oficio. Se levanta una madrugada sin sueño, con una extraña sensación de ánimo y desvelo, y sin razón aparente se dirige a la ventana del dormitorio procurando no despertar a su esposa, que duerme a su lado. A pesar del frío exterior, Henry contempla el silencio y la quietud de la noche durante unos breves minutos y divaga, suficiente tiempo para que McEwan esboce en pocas páginas la vida de nuestro protagonista: estampas familiares, obsesiones laborales (excelente la descripción de sus últimos pacientes, con una frialdad muy british) y preocupaciones globales. Ya lo conocemos, y ha bastado una abertura de ventana y un mirar a lo lejos.

2. Pero hay en McEwan un elemento fundamental que se repite en sus novelas y que aquí ya encontramos en estos prolegómenos, en una primera escena que denota cierta pasividad y que, llevada al cine, sería una escena de relleno para enlazar otras más jugosas. Pero no: como yo ya he jugado a este juego antes, sé perfectamente que uno no se puede adormecer en ninguna página de nuestro inglés predilecto: la sensación de “aquí va a pasar algo” es permanente, y cada segundo cuenta antes de despeñarnos por el abismo. Ese decorado insustancial siempre esconde un filo de navaja, una lengua bífida asomando por debajo de la cama.

3. El elemento perturbador, pues, no tarda en llegar: Henry observa en la lejanía, por encima de los edificios londinenses, un destello y una luz que avanza. Frente a las primeras deducciones (un meteorito, un cometa) debe recapacitar ante lo inevitable de la visión: un avión tiene un motor o un ala ardiendo y se desliza con un ruido martilleante hacia el aeropuerto de Heathrow. McEwan tensa la cuerda al límite al entablar un fuerte discurso con el azar: pocas cosas tan absurdas puede haber como salir a la ventana y ver un avión derribado, lo cual no impide que eso sea perfectamente posible. Lo difícil es hacerlo creíble, y esas páginas lo consiguen: el asombro y la extrañeza de Henry es la del lector, es el punto de vista del ciudadano común e insomne que sin previo aviso experimenta un rasguño en su monotonía: “Entre tantos millones tiene que haber personas que se asoman a la ventana cuando normalmente deberían dormir (...) Que sea él y no otra es arbitrario”. Pero él se asoma y descubre, y se sorprende y exige saber más, y es entonces cuando hay novela.

4. Ya hace tiempo que busco la gran novela sobre el 11-S (lo dejé escrito) y no sé si ya estoy metido en ella. De todos modos ya hay una consecuencia que Henry explicita con tino: “Todo el mundo coincide en que las líneas aéreas parecen distintas desde entonces, predatorias o condenadas”. Cierto: ver un aparato de esos en el cielo (los de Tegucigalpa parece que quieran rascarse la barriga con las antenas, yo me agacho instintivamente cuando me sobrevuelan por la calle) ya no puede comportar la inocencia antigua del niño que imagina y se transporta con ellos a lugares misteriosos: “Hace casi dieciocho meses que la mitad del planeta presenció una y otra vez a los cautivos invisibles conducidos a través del cielo hacia la matanza”. Y si el mundo ya no es lo que era, ¿cómo van a ser iguales las novelas? ¿Se lo habrá preguntado McEwan, y nos va a contar en qué nuevo panorama estamos? Yo todavía sigo con mis ojos esa luz centelleante que desaparece poco a poco en la lejanía y que nos transporta a todos, viajeros o no, vivos o muertos.

(continuará)

miércoles, 22 de marzo de 2006

La literatura resistente en Blanes

ROBERTO BOLAÑO
Santiago de Chile, 1953 – Blanes, 2041

Escritor de prestigio, alabado por la crítica y un cada vez más numeroso grupo de seguidores que lo adoran y lo imitan, su vida y su obra pueden dividirse en dos grandes etapas: una primera, la más conocida, que arranca con algunas obras menores y una obra inclasificable, La literatura nazi en América, que le presenta al gran público como un autor de difícil inserción en la tradición literaria del momento y como un outsider arriesgado, valiente, poco proclive al halago y al autobombo. Después de publicar varias obras conocidas y de recibir algún que otro premio (el Herralde por Los detectives salvajes le confirma como uno de los mejores escritores de su generación), publica en el año 2004 una de sus cumbres creativas, 2666, obra de más de un millar de páginas con la que concluye esa primera etapa prolífica y de ascenso permanente.

El segundo Bolaño aparece con una desaparición: el autor chileno, después del esfuerzo que le supone la redacción de 2666, decide alejarse un tiempo del primer plano literario y viaja durante casi dos años por los continentes americano y africano. Hay muy pocos testimonios que hayan logrado verlo, acaso una sombra en la noche, en ese período: por orden cronológico de las apariciones se le sitúa en una cantina algo tétrica de Managua; cruzando una calle empedrada de Antigua, Guatemala; en un bus repleto de México DF (el testigo sólo vio su faz unos segundos, sus gafas redondas y un cigarro apagado en los labios); conduciendo una vieja camioneta por los arrabales de Tetuán; tomando una taza (un niño berebere dice que té, un viejo barbudo que café) en un perdido oasis del Sahara. Y así se suceden algunas declaraciones más, a cual más inconcreta sobre el paradero de nuestro autor.

En 2006, sin explicar los motivos ni el destino que lo desdibujó durante tantos meses, reaparece con dos nuevos manuscritos bajo el brazo: El afán desmedido y Una mancha en la almohada. El éxito de ambas obras, publicadas al mismo tiempo, provoca artículos elogiosos, tesis sobre el nuevo rumbo de su literatura, debates televisivos que indagan en su vida privada. Roberto Bolaño vuelve a conceder entrevistas y sugiere que su adiós temporal era un deseo de “encontrar la verdad bajo cada adoquín, sobre cada tapizado de sofá”. Estas y otras declaraciones no hacen sino acrecentar el misterio y las ganas de saber más de sus lectores.

En los diez años siguientes escribirá un monumental volumen de poesía, Los minutos amargos, que muchos emparentan con lo que 2666 significó para la narrativa, y que en este caso desnuda al Bolaño más sentimental y cruel a un tiempo, más amoroso y despiadado. Se recuerdan las elogiosas críticas que el libro recibió de Caballero Bonald, de García Montero o de Joan Margarit, y también cómo en Chile fue recibido primero con cierto estupor y después, con el poso de la lectura digerido, con ditirambos desmedidos. Se han repetido hasta la saciedad las imágenes de Isabel Allende llorando amargamente ante las cámaras cuando le preguntaron por Bolaño, y fue incapaz de emitir un solo comentario más allá de los sollozos.

También en esa misma etapa escribe el libro de relatos Imbéciles apócrifos y la miscelánea de textos Cuando lleguen las olas. Le piden conferencias y cátedras en universidades de medio mundo, pero él prefiere seguir en su Blanes de adopción, que ya no abandonará hasta el fin de sus días.

La novela Réquiem por Arturo Belano, de nuevo una obra de muy amplias ambiciones y paginación, se traduce a más de treinta idiomas y le convierte en un clásico viviente, amparado ya por las Academias de varios países (la española le ofrece un asiento con la letra H mayúscula, que él rechaza a través de un famoso escrito publicado en “El País” bajo el título de “La letra muda”).

En 2021 se le concede el premio Cervantes, a pesar de lo cual aún conserva su aura de escritor para minorías, siendo esto una falsedad por cuanto sus libros permanecen siempre entre los más vendidos en cualquier lista. Y sólo un año después se le otorga el Premio Nobel por “su inventiva, que traspasa las fronteras de lo humano y lo artístico, y por su capacidad de construir mundos alternativos donde lo real y lo imaginario forman un todo indivisible”. Todavía se recuerda la llamada que el Rey de España, Felipe VI, le hizo a los pocos minutos de saberse la noticia: “Roberto, la Corona es una fiel lectora de tu obra”.

En los últimos años de su vida todavía publicará diversos volúmenes, tanto de poesía como de narrativa (Qué es una de sus novelas más aplaudidas, al igual que el poemario Infinitas luces), pero se refugiará en un silencio personal que le apartará de la prensa y de cualquier aparición pública. Se dice que, póstumamente, habrá material publicable durante varios años, tanta es la cantidad de apuntes que albergan los cajones de su escritorio. También los blogs, ese invento sustantivo de principios de siglo y que hoy son el principal motor del debate literario, recogen su testamento y rejuvenecen, día a día, la bibliografía de Bolaño: las huellas y las sendas de la red son las que mantienen hoy vivos el recuerdo y la lectura de nuestro querido compañero chileno.

viernes, 17 de marzo de 2006

Revisitando a Bolaño

Estaba en casa de un amigo, en la parte alta de San Salvador. Pequeño jardín con vistas a la metrópoli cochambrosa, guardia bien armado que vigila el acceso a la calle, y la familia: tres hijos, un perro. La mujer me comenta que los niños andan peleados, y la causa me sobrecoge: ya ha llegado también aquí el último volumen de Harry Potter y hay carreras y codazos por leer el único ejemplar de la casa. Se lo van pasando y lo devoran, uno ya ha llegado a la mitad en dos días (unas 300 páginas, calculo) y controlan el tiempo que cada quien tiene para evitar que otro lo sobrepase. Muy pronto el perro también va a pedir su cuota, seguro.

Pues estos días ha tocado nuevo viaje y mucha ocupación sin horarios. Hasta ayer la capital estaba en ascuas por un resultado electoral, y a las ocho de la tarde volaban hierros, gases lacrimógenos y alguna que otra bala. Yo me lo miraba impasible por la televisión, en riguroso directo, apartado ya del tumulto y acostado en medio de un surreal bosque de pinos. O sea, el bosque era muy cierto y las piñas también, pero esos saltos mortales (del peligro próximo a la letargia soñolienta) acaban repercutiendo en mi cuerpo y debe ser por eso que las bacterias encuentran accesos francos, hallándome sin apenas defensa que oponer.

Pero he tenido tiempo de pensar algo sobre libros digeridos, sobre ese último Bolaño que ya dejé por aquí apuntado y que sigue rondando mi cerebro. Tengo que admitir que casi nunca dejo un libro a medias, y como acostumbro a creer fuertemente en mis elecciones, no doy tregua hasta confirmar que aquello que leo se acerca a mis primeras hipótesis de fe. Pasa a menudo que uno está leyendo algo que no acaba de interesarle, o de no poder vislumbrar hacia dónde nos lleva esa historia, pero siempre mantengo la esperanza de una remontada, de algún saque de esquina en la página 257 que acabe entrando en el fondo de la red. Después siempre ocurre que lo que comienza mal suele acabar peor, pero yo sigo ahí, inasequible al desaliento. Ahora tengo por fin un motivo para sentir cierto orgullo de mi terquedad: esta literatura nazi de la que hablo me pilló muy desprevenido, y aunque ya tenía referencias de por dónde iba el libro (no las de contraportada, que nunca leo antes de las 100 primera páginas, otro de mis absurdos ritos literarios) me vi atrapado en una telaraña de historias desbocadas, sin sentido y completamente alucinantes. Cada biografía me descolocaba más que la anterior, siendo como son mentiras muy ciertas sobre los límites de la literatura, sobre los locos que pululan por estos mundos, sobre gente que escribe y escribe y no deja huella, que pasa creyéndose Borges o Rabelais y que sólo emite destellos imprecisos, obras desalmadas.

¡Y qué cambio se produce cuando esa reiteración, después de las 8 o 10 primeras puntadas, se convierte en 20 o 30 estocadas más! Lo que inicialmente era un borroso panorama de personajes prescindibles, va tomando cuerpo y se alza ágil por encima de la mera anécdota. El salto es gradual pero ya con cierta perspectiva se torna también mortal, como mis últimos viajes: a medio libro yo necesitaba que se ampliara esa amalgama de gente vil, que no parara la lista de infames que publican supuestas novelas de tesis, vanguardistas, rompedoras, únicas, tan reales como el montón de mamotretos que pueblan las mesas de novedades de El Corte Inglés. Menuda visión la de Bolaño: esas falsas biografías son trasuntos de verdades absolutas, de hombres y mujeres americanos (y europeos y marcianos) que están aquí, entre nosotros y con otros nombres, que también nacen en 1945 y mueren en 2016, pongamos; en Cartagena de Indias o en Dakota del Sur; y uno va conociendo la suerte de esas docenas de individuos y mira luego por la ventana y los ve a todos. Bolaño dejó impresos allí, para la posteridad, todos los retazos de vida posibles que acaban montando el puzzle de los fantasmas literarios que somos y serán. Yo no podía dejar esas páginas y de releer esas bio-bibliografías locas, juiciosas.

Ya tengo el ejemplo exacto para confirmar que mi idea no era tan equivocada: jamás hay que dejar un libro a medias, no vaya a ser que, como en este caso, después de varias hojas las tapas comiencen a aletear y el ejemplar de Seix Barral alce el vuelo como un pájaro. Ahora también me parece que Vila-Matas está intentando escribir desde hace mucho años precisamente esta obra, esta rara avis que tiene pocas comparaciones y menos libros de igual fuste. ¿Saben cuál es uno de los mayores elogios para el invento? Cuando uno, al leerlo, quiere inventar también y escribe sobre otros fabuladores imposibles, quiere emular y copiar al maestro. Cuando la lectura nos lleva a la escritura íntima y nos vemos impelidos a anotar cuatro párrafos en un cuaderno: ¡Qué pocas obras nos obligan a coger el lápiz y a pasarlo por encima de la hoja de papel! Bolaño es capaz de eso y, como augura mi otro acto de fe, de mucho más.

miércoles, 8 de marzo de 2006

El viaje tortuoso

La larga desconexión de la senda tiene nombres comunes: viaje trasatlántico con parada no prevista (¿no se han encontrado nunca, al llegar a un aeropuerto de tránsito, con que les digan que su siguiente vuelo está cancelado? Pues eso: contratiempo desesperante y noche extra de hotel con gastos pagados) e infección bacteriológica (llegar y vencer: ni dos días pasaron hasta que las bacterias tomaron el control de mi aparato digestivo y me mandaron a la cama con casi 40º de fiebre, apenas salgo ahora de mi debilidad corporal). Es otra forma de llegar a destino: darse cuenta de que hay azares que todavía nos pueden obligar a dormir en un país extraño o a hacerlo en nuestra propia cama con una temperatura dislocada, en ambos casos siendo huéspedes extraños de nuestro cuerpo, y todo con el escaso margen de tres días. Tanta vivencia debe ser excelente para crear literatura, cada vez tengo menos excusas para ponerme algún día a ello.

Antes, seguían ocurriendo cosas en el mundo, en mi país. Una vez más se vendía una nueva entrega de las aventuras de Harry Potter y nos obligó a los que nos dedicamos a pensar sobre estas cuestiones a otra reflexión (la quinta o sexta) sobre las ventas de los libros, la lectura, el alejamiento de los jóvenes hacia ella y tantos otros temas que nos entretienen unas horas. Los profetas del fin de los tiempos tomarán este éxito como una excepción dentro del páramo cultural, pero yo he ido agrandando mi sonrisa a medida que se iban publicando tomos: reconozco mi escepticismo inicial (extensible a todo éxito espectacular devorado por mayorías) pero la realidad acaba haciendo mella incluso en mi relativismo proverbial. Cada vez aplaudo con más entusiasmo las colas de niños, las lecturas en vivo del libro, los disfraces carnavalescos de magos y todo el marketing que se monta alrededor, sabiendo como sé (niños y no tan niños hay a mi alrededor que también están en esas colas) que al final el triunfo será el de la literatura y el de la imaginación, y por ende, el del placer lector de miles de criaturas. ¡Y qué más se puede pedir que hacer feliz a un niño!

Hace unos días leía (quizá dentro de ese avión interruptus, quién sabe a estas alturas de la fiebre) una entrevista a Alberto Manguel y expresaba su satisfacción no sólo porque se lea, sino porque precisamente se lea eso. Es decir, que lo de Harry no es un mal libro y que el fenómeno tiene una base sólida por ese camino. ¿Serán más listos los infantes de hoy, accionistas de Telefónica del mañana, que sus propios padres, que harían las mismas colas por comprarse un Dan Brown o un Paulo Coelho? Si así fuera, hay que ser optimistas: esta generación no acepta mercancía fraudulenta y exige que no le tomen el pelo.

También salía yo de Occidente y uno de sus grandes referentes penetraba en las salas de proyección, saltando de la página a la pantalla: Melissa P. ya ha sido encarnada por la nínfula Valverde y, con ella, el sexo (el referente al que me refiero, obviamente) regresa a la obsesión masculina que arrastramos desde Lolita, por lo menos. La adolescente pura que entra en lo prohibido por la autopista, sin rodeos, ya es un tema algo trasnochado. Esta Melissa no aporta nada nuevo, pero lo viejo que lleva tampoco sabe a fresa ni a chocolate: ese dejarse llevar para acabar en escenas coreográficas de grupo (es la excelente definición que, sin darse cuenta, anotó la Valverde sobre su personaje) produce una somnolencia algo triste, como ver guerras en los telediarios y dormirse con el ruido de las balas. Hay una contradicción flagrante entre la propuesta y el resultado: Melissa no sabe decir no y para ello asistimos impasibles al cúmulo de gimnasia gratuita que no da placer ni al espectador ni al lector, y menos a la protagonista. Hace unos años leí la versión original La vie sexuelle de Catherine M., otro giro más reflexivo pero igualmente terco en enumeración de posturas, de detalles. Cuando el todo es insignificante, el detalle pasa a ser una reiteración abusiva, un recordatorio al lector de que las historias requieren tejidos más resistentes.

Al fin, esta desconexión puede deberse también a nuevas dificultades para actualizar esta senda, que también requiere de estímulos fuertes para abrirse paso. El tiempo, los viajes, todo influye, pero aun con menos regularidad, que nadie dude de que seguiremos caminando, mientras sea necesario escribir y contar.