viernes, 4 de noviembre de 2005

Cartas nómadas (y 4)

Tegucigalpa, 09:55h

...Ver asomar la cabeza de un ratón entre la hierba del parque central sigue siendo una experiencia insólita para el viajero despistado. Estos bichos francamente horrendos enseñan el hocico con la tranquilidad del que se sabe dueño del lugar y del inquilino que ya ha pagado hace años su vivienda. Estos ratones pasean y campan a sus anchas por la urbe y los paseantes habituales giran la cabeza cuando escuchan el sonido inconfundible del rastreo. Pero esta ciudad es más, mucho más: su calle peatonal, que desemboca directamente en el parque y ante la fachada de la catedral, es un zoco caótico y algo agobiante. Las cuerdas que aguantan los plásticos en forma de techo penden de cualquier farola, de cualquier persiana metálica en los muros. Pasear por allí no es fácil, y más cuando los propios vendedores, en un alarde de contradictoria mercadotecnia, impiden el avance de los potenciales compradores, sentados en taburetes en medio de las aceras y platicando entre ellos, con la confianza que dan varios años de ver cada mañana los mismos rostros y gestos. Todo está en venta: juguetes de plástico, ropa de segunda mano, aparatos de radio, cuchillos, DVD pirateados (aquí no hay top mantas: jamás hay que recoger el material cuando llega la policía porque aquí la piratería no es delito. O sea: los piratas pagan mordidas por serlo, lo que los convierte en individuos respetables). Y siempre hay alguien que parece salido de una película de Visconti, o algún ser extravagante que vivirá acaso en alguna comunidad de vecinos igualmente freaks, a lo Álex de la Iglesia.

Yo salía del cine (uno de los que ya no existen en Europa: cine de barrio sin comodidades ni aderezos, casi un garaje con gradas y una tela enfrente, baratísimo) y afuera caía un diluvio no anunciado. Sin paraguas, sólo había que esperar hasta que la tormenta escampara, apretujado entre el resto de espectadores que tampoco llevaban paraguas porque en Centroamérica nadie lleva nunca: el tiempo es tan imprevisible que comportaría llevar uno permanentemente y eso es demasiado engorroso. Y entonces ese hombre, fornido y con cara de sádico perverso, con encías siempre visibles y palmetazos en mi espalda. Cuando me ocurre algo así siempre adopto la actitud del defensor, pensando que tanta familiaridad sólo puede ser una evidencia del robo que se va a perpetrar a continuación, así que intenté no hacerle mucho caso pero tampoco podía escapar, atrapado entre la calle que ya parecía un arroyo y el resto de cinéfilos que se agolpaban a mi alrededor. Me preguntó lo evidente, ante mi aspecto de blanca tez y mi acento castellano: que de dónde era ("ah, Cataluña! Barça!"), que si andaba sólo por ahí ("no, me espera mi familia numerosa al otro lado de la calle", le iba a decir, no fuera a ser que mi soledad se convirtiera en otro aliciente para el crimen), que si tenía cinco minutos para escuchar algo que quería comentarme ("sólo cinco, y además está lloviendo"). Sin duda estaba acorralado, así que hice ademán de prestarle atención mientras me palpaba los bolsillos, por si acaso. Me pidió prestado un bolígrafo y en un papel anotó cinco cifras: 492.494, 497.508, 504.750, 504.783 y 504.789. Ante este mar de números me preguntó cuál era la superficie en quilómetros cuadrados de mi país. Pensé que alguien le había hecho la misma pregunta a él, o quizás fuera un profesor que lo examinó, y ahora había encontrado la posibilidad de resolver el enigma: ¡estaba ante un español, que seguro que sabía con exactitud la superfície de su propio país! Miré ya con cierta atención los números y, como es de suponer, no tenía ni idea de cuál era la contestación a semejante arbitrariedad, y menos a la salida de un cine y frente a un chaparrón, con ganas de llegar a mi hotel y ponerme a leer un libro. Pero tenía la vaga certeza de que la cifra comenzaba por 504 (quizá una chispa alojada en mi cerebro desde tiempos de la secundaria) y le dije eso, que podía ser cualquiera de los tres últimos números. Y ahí comenzó el baile: atropelladamente, fue contando que la cifra buena era la primera, pero que había que añadirle los 5.014 quilómetros cuadrados de las baleares, lo que nos llevaba a la segunda cifra, a la cual había que añadir la superfície de las Canarias, y así, sumando Ceutas, Melillas, Chafarinas y no sé que islotes más, alcanzabámos la perversa y cabal cifra final de 504.789. Entonces es cuando uno piensa: estoy en Tegucigalpa, al otro lado del mundo, creyendo a ciencia cierta que jamás me encontraré por allí a alguien que conozca ni un centímetro de mi territorio, saliendo de ver una mala película, y con los ratones asomando sus hocicos al más leve requiebro. Y el gañán, con su más histriónica sonrisa, me entregó el papel y se difuminó entre la brisa y las paredes envejecidas del centro, calle abajo. Aquí lo conservo, pensando que Tristan Tzara vive y que el dadaísta puede asomar su nariz, impertérrito, en cualquier esquina...

4 comentarios:

Roberto Iza Valdes dijo...
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Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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