miércoles, 22 de marzo de 2006

La literatura resistente en Blanes

ROBERTO BOLAÑO
Santiago de Chile, 1953 – Blanes, 2041

Escritor de prestigio, alabado por la crítica y un cada vez más numeroso grupo de seguidores que lo adoran y lo imitan, su vida y su obra pueden dividirse en dos grandes etapas: una primera, la más conocida, que arranca con algunas obras menores y una obra inclasificable, La literatura nazi en América, que le presenta al gran público como un autor de difícil inserción en la tradición literaria del momento y como un outsider arriesgado, valiente, poco proclive al halago y al autobombo. Después de publicar varias obras conocidas y de recibir algún que otro premio (el Herralde por Los detectives salvajes le confirma como uno de los mejores escritores de su generación), publica en el año 2004 una de sus cumbres creativas, 2666, obra de más de un millar de páginas con la que concluye esa primera etapa prolífica y de ascenso permanente.

El segundo Bolaño aparece con una desaparición: el autor chileno, después del esfuerzo que le supone la redacción de 2666, decide alejarse un tiempo del primer plano literario y viaja durante casi dos años por los continentes americano y africano. Hay muy pocos testimonios que hayan logrado verlo, acaso una sombra en la noche, en ese período: por orden cronológico de las apariciones se le sitúa en una cantina algo tétrica de Managua; cruzando una calle empedrada de Antigua, Guatemala; en un bus repleto de México DF (el testigo sólo vio su faz unos segundos, sus gafas redondas y un cigarro apagado en los labios); conduciendo una vieja camioneta por los arrabales de Tetuán; tomando una taza (un niño berebere dice que té, un viejo barbudo que café) en un perdido oasis del Sahara. Y así se suceden algunas declaraciones más, a cual más inconcreta sobre el paradero de nuestro autor.

En 2006, sin explicar los motivos ni el destino que lo desdibujó durante tantos meses, reaparece con dos nuevos manuscritos bajo el brazo: El afán desmedido y Una mancha en la almohada. El éxito de ambas obras, publicadas al mismo tiempo, provoca artículos elogiosos, tesis sobre el nuevo rumbo de su literatura, debates televisivos que indagan en su vida privada. Roberto Bolaño vuelve a conceder entrevistas y sugiere que su adiós temporal era un deseo de “encontrar la verdad bajo cada adoquín, sobre cada tapizado de sofá”. Estas y otras declaraciones no hacen sino acrecentar el misterio y las ganas de saber más de sus lectores.

En los diez años siguientes escribirá un monumental volumen de poesía, Los minutos amargos, que muchos emparentan con lo que 2666 significó para la narrativa, y que en este caso desnuda al Bolaño más sentimental y cruel a un tiempo, más amoroso y despiadado. Se recuerdan las elogiosas críticas que el libro recibió de Caballero Bonald, de García Montero o de Joan Margarit, y también cómo en Chile fue recibido primero con cierto estupor y después, con el poso de la lectura digerido, con ditirambos desmedidos. Se han repetido hasta la saciedad las imágenes de Isabel Allende llorando amargamente ante las cámaras cuando le preguntaron por Bolaño, y fue incapaz de emitir un solo comentario más allá de los sollozos.

También en esa misma etapa escribe el libro de relatos Imbéciles apócrifos y la miscelánea de textos Cuando lleguen las olas. Le piden conferencias y cátedras en universidades de medio mundo, pero él prefiere seguir en su Blanes de adopción, que ya no abandonará hasta el fin de sus días.

La novela Réquiem por Arturo Belano, de nuevo una obra de muy amplias ambiciones y paginación, se traduce a más de treinta idiomas y le convierte en un clásico viviente, amparado ya por las Academias de varios países (la española le ofrece un asiento con la letra H mayúscula, que él rechaza a través de un famoso escrito publicado en “El País” bajo el título de “La letra muda”).

En 2021 se le concede el premio Cervantes, a pesar de lo cual aún conserva su aura de escritor para minorías, siendo esto una falsedad por cuanto sus libros permanecen siempre entre los más vendidos en cualquier lista. Y sólo un año después se le otorga el Premio Nobel por “su inventiva, que traspasa las fronteras de lo humano y lo artístico, y por su capacidad de construir mundos alternativos donde lo real y lo imaginario forman un todo indivisible”. Todavía se recuerda la llamada que el Rey de España, Felipe VI, le hizo a los pocos minutos de saberse la noticia: “Roberto, la Corona es una fiel lectora de tu obra”.

En los últimos años de su vida todavía publicará diversos volúmenes, tanto de poesía como de narrativa (Qué es una de sus novelas más aplaudidas, al igual que el poemario Infinitas luces), pero se refugiará en un silencio personal que le apartará de la prensa y de cualquier aparición pública. Se dice que, póstumamente, habrá material publicable durante varios años, tanta es la cantidad de apuntes que albergan los cajones de su escritorio. También los blogs, ese invento sustantivo de principios de siglo y que hoy son el principal motor del debate literario, recogen su testamento y rejuvenecen, día a día, la bibliografía de Bolaño: las huellas y las sendas de la red son las que mantienen hoy vivos el recuerdo y la lectura de nuestro querido compañero chileno.

8 comentarios:

Joana Pol dijo...

Pues me muero de curiosidad por saber, si ciertamente no eres periodista ni escritor (dices que la literatura no es tu actividad remunerada), ¿qué eres en realidad? Perdona la indiscreción, no puedo evitarlo!!! :-)

Portnoy dijo...

Me hubiesen gustado esos años más de Bolaño, que la realidad no nos ofendiese con sus injusticias y su sordidez.
Me ha gustado leerlo escrito de tu mano.
Un saludo

Paco dijo...

¡Qué bien si fuera verdad! Ahora me he quedado con las ganas de leer ese Réquiem.
Un saludo.

JacoboDeza dijo...

Sabrán perdonar ustedes este experimento literario, que sin duda sólo es homenaje (y que no será el último, a medida que me vaya adentrando en el resto de su obra). Qué sensación tenía al escribirlo, muy a vuelapluma, sobre todo lo que estaba por venir: cuántas páginas no escritas, cuánto hemos perdido todos.

Joana, como dijo un espía ante esa pregunta: no puedo decir lo que soy, porque me delataría, ni no decirlo, porque sospecharían de mí.

Gracias por vuestras palabras.

Joana Pol dijo...

Jajaja, qué misterioso!!!

Salgado Boza dijo...

Quizás Bolaño haya dicho eso de 'no puedo decir lo que soy, porque me delataría, ni no decirlo, porque sospecharían de mí', o también Archimboldi en alguno de sus volúmenes como 'La perfección ferroviaria' o 'Bifurcaria bifurcata'. Un abrazo desde el horroso Shile y desde mi blog, un abrazo por el maravilloso texto. ¡Salud y destrucción!

Matías Pailos dijo...

Ahhh... y bué: se murió, nomás. Este post es algo del resarcimiento a los que nos sentimos acreeditados como viudas lloronas de Bolaño. Como agridulce compensación, parece (cuentan las malas lenguas, que no sé si serán malas pero suelen estar bien informadas) que hay en su arcón una suerte de novela poética (que suena a algo entre Max Jacob y 'La muerte de Virgilio', pero, siendo Bolaño, mucho más ágil) de extensión que no le va en saga a '2666'. Ojalá.

Anónimo dijo...

Qué buen comentario. Desde ya me pongo a leer su blog de arriba abajo. La imagen de Isabel Allende llorando es grandiosa!!!

Saludos