sábado, 29 de octubre de 2005

Cartas nómadas (3)

Perquín, 14:06h

...La imagen del desastre son todas esas milpas de maíz destruidas. Con un grupo de mujeres y niños (los niños siempre a punto, siempre dispuestos a montarse en la camioneta) nos deslizamos por el infernal camino cerca del río Lempa, hoy pura piedra y cuatro días atrás una argamasa de lodo y agua. Al entrar en uno de los campos sembrados ya se avistan desde lejos las mazorcas marrones, completamente secas: basta con acercarse e ir desgranando cada planta, abriendo cada elote para comprobar que el maíz ya no servirá ni para hacer harina con que engordar al ganado. Uno tras otro, los campos han quedado arrasados por efecto de la tormenta Stan, pues el agua se estancó por varios días en cada milpa y la humedad destruyó completamente las cosechas. Ya todo es irremediable, pero aquí las sonrisas y las resignaciones se combinan para echarle ánimo al asunto y pensar ya en cómo se podrá alimentar a la familia hasta la próxima oportunidad de siembra. Los cuadernos de los chavales y sus zapatos se compran con el excedente de la cosecha, pero ahora habrá que inventarse otra manera de conseguirlos. Y hasta la próxima tormenta: el desborde del río rompió los diques naturales y acaba de formarse un lago artificial que no sale en los mapas y que no se secará probablemente jamás: los niños ya se bañan ahí y la diversión y los gritos de entusiasmo tras cada chapuzón resisten cualquier intento de desánimo.

La ayuda, claro. Dos días antes de la visita de la Reina (así la llaman todos, la Reina, esperando verla aparecer con cetro y corona descendiendo por las escalerillas del avión) todavía no ha llegado nada. Los cooperantes se mueven con nerviosismo, la seguridad del Estado tiembla y el embajador es un rostro furioso y desencajado. ¿Pero dónde coño están los colchones que tiene que entregar la Reina?
-Se los llevaron las ONG, para repartirlos antes.
-¡Pues que compren más colchones!
Cuando baja del avión una señora que reparte besos y abrazos, los fotógrafos disparan sus flashes y la señora pone cara de fotografiada, hasta que alguien repara en que no es Ella. La secretaria sigue su camino con menos garbo y del avión descienden trajes y corbatas oscuras. Ahora sí: en el centro se observa un vestido y un peinado que avanzan, los mismos que dos horas después estarán repartiendo colchones en una comunidad campesina. La gente se agolpa a su alrededor y un niño con libreta en mano le grita con fuerza "¡Reina, Reina!" mientras con los dedos le hace la seña del que firma algo. La tal Sofía levanta los hombros y hace como que no entiende. "¡Reina, Reina!", insiste la criatura, reclamando su autógrafo. Los matones que la guardan le impiden con sus cuerpos que avance hacia la multitud, y Ella sigue haciendo gestos de incomprensión, con la sonrisa puesta.
-¡Ah pues come mierda, Reina hijueputa!
Y el chaval desaparece bajo las piernas de los adultos, mientras los hombres de negro se llevan a su protegida en volandas hacia otros colchones más confortables.

Don Carmen, se llama. Historia exacta, memoria cautiva. Le escuché sentado en un pedregal frente a su casa, él apoyado en el marco de la puerta. Tras las paredes de adobe veo el movimiento familiar que no se detiene, la olla en el fuego de leña. Cuenta que en ese caserío llegaron los soldados en los años 80 y acribillaron a cuanta persona se puso por delante. Don Carmen tuvo que enterrar a seis criaturas abiertas en canal, y a una mujer embarazada con la barriga cosida a tiros. Con la brutalidad del que ha visto tantas brutalidades, dice que jamás se imaginó que volvería a comer carne de cerdo, porque eso es lo que vio: carne desparramada, no pudo ver personas ni reconoció o no quiso reconocer a nadie. Pero de vez en cuando bromea, es así como puede sobrevivir al desastre. Sólo tiene dos dientes en la mandíbula inferior, una barbilla escasa y cana, y lleva unas botas que muestran los dedos de los pies. Con su voz llenando la tarde, miro de nuevo hacia el interior de la casa y ahora observo una muchacha descalza sentada en una hamaca, y que tiene un libro entre las manos. También observo que su labios van deletreando cada palabra y moviéndose al ritmo de la lectura, de cada frase que va cobrando sentido. No aparta los ojos del libro y yo la sigo mirando por un buen rato, intentando meterme en esa ficción suya que ya, a estas alturas del viaje, se hace tan necesaria ante la realidad desbordante que me inquieta y me supera a cada minuto...

6 comentarios:

Magda dijo...

Jacobo, en Letras libres ha salido una buena reseña (de José Miguel Oviedo, sino me equivoco) sobre La literatura nazi en América de Bolaños, crei que te interesará.

Muchos saludos.

JacoboDeza dijo...

Gracias, Magda. Me lo anoto, aunque quizás espere a su lectura, porque creo que esa será mi tercera incursión de Bolaño, dentro de poco tiempo...

Anónimo dijo...

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