jueves, 7 de octubre de 2010

El Nobel eterno



El eterno candidato ya es el Nobel eterno. Adiós a los chistes: el Nobel ya no es el premio que cualquier escritor puede ganar mientras no se apellide Vargas Llosa. Hoy me desperté en un hotel de montaña, al estilo casa hacienda. Lo primero, como casi cada día, fue leer El País en internet a sabiendas de que el titular del día (de esa hora de la mañana) iba a ser el Nobel de literatura. Yo, como todos, ya casi había perdido la esperanza de esta concesión, así que la noticia casi me sobresaltó. No pude pensar en otra cosa a lo largo del día.

Vargas Llosa representa el perfil casi perfecto de un Nobel, por mucho que él ya haya dicho que es un escritor conflictivo. Para mí representa al autor total: dedicado en exclusiva y con pasión a la escritura y a la lectura, autor prolífico que combina géneros (novela y ensayo, pero también con cruces hacia el periodismo), comprometido con valores sociales y morales de gran calado, con lectores en medio mundo y una perpetua pose de intelectual à la page.

Esta frase, dicha hoy al vuelo en su primera conferencia de prensa, lo resume todo: “El goce que produce la buena literatura es incomparable”. Ahí está resumido el porqué de la alegría que a muchos nos embarga: la literatura es la vida, y es lo que puede dar sentido a la vida misma. Quien no entienda eso no sabrá jamás cuál es la experiencia de placer que puede superar incluso al mismísimo orgasmo. Lea y enmárquelo, por favor:

La literatura es mi manera de vivir, como decía Flaubert. No tendré otra, con sus sumas y sus restas, esa es la felicidad de mi vida. La literatura me ha dado lo mejor que tengo; los amigos, las experiencias. La entraña de mi vocación no es otra que la literatura, y de ella sale todo lo que soy y todo lo que tengo. Es lo mejor que me ha pasado

Vargas Llosa también tiene a sus enemigos inquebrantables, por supuesto. Lo entiendo: no es un outsider, no hace experimentos vacuos, es abierto y tolerante, vive bien y con acomodo, vende muchos libros. Todos los defectos que amotinan a los desolados escritores solitarios. Y además es un liberal que da fulgor al adjetivo, y créanme que sé de qué hablo: vivo en un país rodeado de liberales carcamales, a cuál más beato y pringoso. Y que no leen a Vargas Llosa, por supuesto.

Hace varios años que no he leído otra novela suya, aunque las últimas están en los estantes de mi casa. Pero si lo pienso bien, probablemente es uno de los autores de quien he leído y poseo más obras. Hoy dormiré feliz, porque cuando el lector se siente partícipe del premio constata que no todo está perdido en este mundo. Ni la literatura.

sábado, 17 de julio de 2010

domingo, 27 de junio de 2010

Llamadas telefónicas (7): La nieve

¡Una novelita rusa! La lectura de este cuento ratifica la sensación de mezcolanza que hay en esta recopilación y la dificultad para establecer un nexo común entre las historias. De México a Girona, de París a Moscú, cada itinerario reconduce el libro hacia nuevos terrenos literarios, aunque manteniendo (con matices) un tono particularmente lumpen y alternativo.

La nieve se inserta en la parte de "Los detectives", anunciando lo que será después el grueso de la novelística de Bolaño y la fuerza de los personajes y los hechos que arrasarán cientos de páginas de alto vuelo. Todavía no he comentado aquí ni Los detectives salvajes ni 2666, por lo que no me detendré ni un momento a establecer comparaciones antes de tiempo. Ya vendrán. Si acaso sí percibo resonancias de Una novelita lumpen en las voces de los personajes, en sus quebrantadas vidas y en sus alianzas con personajes de baja estofa.

Este es un cuento de mafias y chicas guapas. Esto es un Simenón breve en una ciudad imposible. Rogelio Estrada, llamado durante su aventura rusa Roger Strada, narra su transitar por el lado oscuro de la vida cuando su familia se muda a Moscú. Joven rebelde y descarriado, se alía con amigos de su misma índole y acaba en las garras de Misha Pavlov, un "mago del hampa moscovita". No tarda en entrar en escena la chica joven y bella, obligada presencia en toda novela negra y que acaba siendo tan inocente como taimada: en este caso es una saltadora de altura de quien se prendan ambos personajes y por la que llegan hasta el duelo final, rematado de forma brusca y lacónica. Sólo la muerte redime en estos argumentos de género, y sólo el texto y la historia responden por sí mismos.

¿Es este el mejor ejemplo de la literatura de Bolaño, de su veta más popular y que le ha dado fama como autor de culto? Quizás. Yo sigo prefiriendo el Bolaño metaliterario, el que habla de literatura haciendo literatura (también aquí, por cierto, no puede evitar referirse a la novela rusa y a Bulgákov). A cuentos como este le hace falta mayor torrencialidad, a no ser que se opte por inscribirse de lleno en la novela negra y en sus leyes, y Bolaño está muy lejos de eso. Quiero decir, parafraseando los títulos, que a "Los detectives" de la segunda parte de Llamadas telefónicas les hace falta ser salvajes, dejarse ir y no pretender establecer mensajes imposibles en apenas veinte páginas.

Como ya ocurre en el resto de la obra del chileno, no es posible ver este libro como una pieza única, desgajada del resto. Todo huele a ensayo, a prueba, a machete abriendo camino y buscando el filón que después le daría el Premio Herralde y más. Como creación de mundos complejos este es un cuento necesario, como manuscrito hallado en una botella es del todo prescindible.
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Cuando una autora decide emprender un tarea titánica ya tiene, de entrada, mi afecto. Aunque sea una autora a la que apenas leo. Proponerse escribir a estas alturas unos nuevos Episodios Nacionales y quedarse tan ancho merece mi aplauso. Creo firmemente en lo imposible.
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El lector habituado a esos mamotretos de centenares de páginas que imitan sin el menor asomo de parodia las novelas góticas o de aventuras del siglo XIX y se convierten casi automáticamente en efímeros pero rentables best sellers (...)

Insobornable, necesario siempre Juan Goytisolo (aunque sea en una crítica insustancial a pie de página)

lunes, 21 de junio de 2010

Saramago y Monsiváis

Me coge con el pie cambiado la muerte de José Saramago y de Carlos Monsiváis, mientras regreso de un viaje por El Salvador y a punto de seguir con el comentario del resto de cuentos de Llamadas telefónicas. Nunca la muerte llega en el momento adecuado, pero estas dos desapariciones simultáneas parecen haberse puesto de acuerdo para que el duelo sea mayor, más contundente.

Hace años que no leo a Saramago. La razón es precisa: las novelas con mensaje, o las novelas metafóricas me parecen ejercicios de una gran simpleza conceptual. Ni la prosa del portugués, bien armada y de lectura agradable, logra atrapar mi interés por historias de ciudadanos que votan en blanco, sobre epidemias que dejan a todo el mundo ciego o sobre un país en el que la gente deja de morir. Estas historias podrían liquidarse como cuentos sugerentes, pero no como novelas más o menos complejas. Tampoco El evangelio según Jesucristo, primera de las obras que leí del autor, logró interesarme lo suficiente como para abundar mucho más en su literatura.

En cambio, el papel de intelectual crítico y comprometido que ha desempeñado Saramago en esta última década, especialmente después del Nobel, me parece su aporte más valioso y perdurable (y que lo emparenta, océano de por medio, con el caso de Monsiváis). En un contexto histórico como el actual, en el que se van perdiendo los referentes doctrinales y en el que gana el relativismo y la acumulación de saberes desordenados, la función del intelectual debería ayudarnos a marcar pautas, fijar ideas, discernir entre la verdad y la mentira, desnudar al hipócrita, romper dogmatismos y abrir nuevos caminos. Saramago, comunista confeso, logró superar la rígida doctrina de su filiación política y hacerse incómodo cuando tocaba: ya sea criticando al régimen cubano por los presos políticos o a Daniel Ortega por su traición al sandinismo, se convirtió en la piedra en el zapato de los nuevos revolucionarios autoritarios. Crítica desde dentro, sí, pero más necesaria incluso que la de aquellos liberales de quienes siempre se espera el mismo discurso.

El riesgo de Saramago era el de aparecer de manera perpetua como un abajo firmante: todos solicitaban su parecer ante cualquier injusticia mundial, y siempre estaba ahí para opinar acerca de lo que se antojara, ya fuera la ocupación israelí en Gaza o la huelga de hambre de Aminatu Haidar. Eludió el riesgo siendo coherente consigo mismo y no respondiendo a ninguna corriente sectaria. Por eso se le escuchaba y se le aplaudía.

Monsiváis era otro referente intelectual de estos años, a quien también habría acompañado Vázquez Montalbán si no hubiera fallecido antes de tiempo. Su voz era menos política que cultural: un derroche de sensatez sobre el México de su tiempo y a través de la crónica como género. Recuerdo ahora, y tengo a mano, un sagaz artículo publicado en Letra Internacional en la primavera de 2005, “Elogio (innecesario) de los libros”, previo a la fiebre del libro electrónico y de donde extraigo este fragmento:

Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales y políticas; vuelve por una hora en poeta o en narrador a quien complementa con la imaginación de lo leído; ayuda a situarse ante el horizonte científico o social; vigoriza el sentido idiomático.

Motivos suficientes, también, para la existencia de un blog sobre libros tan inútil como éste. Sin Saramago y sin Monsiváis, y con todo lo que está por venir.

jueves, 10 de junio de 2010

Nancites 24

1. ¿Por qué tengo la extraña sensación de que el Premio Príncipe de Asturias de las letras se lo dan cada año a la misma persona? Amin Maalouf, Ismaíl Kadaré, Amos Oz, suma y sigue.

2. El fin de Bruguera... Resucitar a los muertos nunca fue negocio, excepto en la ficción. La debacle editorial del Grupo Z, tan perspicaz en otros ámbitos del quiosco, demuestra que este negocio de los libros es de una complejidad suprema. No basta con el ojo felino de Ana María Moix. Quizá Bruguera no logró encontrar su filón, su público exigente, y se perdió en una maraña de novedades con muy poca unidad. Por eso reconozco la labor de, por ejemplo, el Conde de Siruela, capaz de vender un sello de éxito y montar otro nuevo de manera inmediata con un resultado positivo más que evidente. Prestigio, un lector fiel y una colección coherente: tanto y tan poco.

3. Esta frase de Pere Gimferrer: "De la misma manera que en lo más duro de la Guerra Civil las salas de cine estaban llenas, los libros siguen comprándose, incluso en los momentos de mayor postración económica." Viene a cuento de una pregunta y de la constatación de que libro y crisis van cada uno por su lado. Creo que es una verdad incuestionable, que además pone en duda el precepto de que lo primero que cae en los malos tiempos es el ocio o la cultura. Yo mismo leo igual que antes, ergo compro los mismos libros que antes. ¡Y en rústica! En plena recesión, las horas muertas aumentan exponencialmente, y hay que llenarlas con algo más que el sonido de la lluvia (el oficio de oír llover, Marías dixit). Si hay euros para agotar las existencias de iPads, no puedo imaginar que no los haya para pasar páginas de papel.

4. Los argumentos contra el iPad van cayendo como gotas malayas, certeros. Este último de Jesús Marchamalo sobre las portadas: "Cada día es más frecuente encontrarse, en trenes y aviones, autobuses y vagones de metro, a lectores que viajan con sus libros electrónicos. No se molesten en curiosear lo que leen porque una de las inesperadas carencias de los e-books es que no tienen cubiertas, lo que impide el diálogo sutil entre quienes se fijan en lo que leen los demás y quienes muestran lo que van leyendo." Es decir: yo mismo no hubiese podido escribir jamás un post como éste. Soy de los que practican el arte de espiar las lecturas de los otros, y no me imagino en la tesitura de estar en un vagón acompañado de máquinas miméticas. ¡Ni de no poder fardar ante el vecino de asiento de tu última adquisición, pasando las tapas antes sus ojos incrédulos! Ciertamente, vamos a menos.

sábado, 5 de junio de 2010

El iPad en el corazón

Ya que todo el mundo habla del iPad, poseyéndolo o no, me temo que no puedo ser menos. De hecho ya creo haberme referido al artefacto aquí mismo, y basta hacer un scroll para comprobarlo. Pero voy a insistir en ello sin haber tocado jamás la pantalla: la ciencia y la modernidad siempre llegan con un año de retraso a Nicaragua (y para muchos, aferrados a la vana fe, la espera probablemente será eterna).

Me despierto hoy con un delicioso artículo de Arcadi Espada en El Mundo. Me interesa siempre leer a los que opinan diferente de mí en algunos temas: por eso suelo leer prensa de todas las tendencias, pues no hay nada más aburrido que ir asintiendo a medida que uno lee un artículo de su columnista de referencia. Prefiero indignarme: es mucho más sano intelectualmente. Pero hoy Espada me ha descolocado, lo cual también es muy positivo. Sabiendo de su querencia por las nuevas tecnologías, que ayudan a facilitarnos la vida en tantos aspectos, no esperaba potra cosa que un elogio del iPad, centrado en todo aquello que lo hace superior al libro o al periódico de papel. Pero jamás imaginé que para ello también se enlodaría en mi terreno: ¡el romanticismo!

Este fragmento, tan sentimental:

Amigo mío: el iPad lo puedes apretar fuertemente contra tu corazón. Un artículo de Steven Pinker. Un email inequívoco. Una foto de cuando eran pequeñas. Y atiende lo que te digo: eso es algo que no harías nunca con un iPhone: entre las exigencias del abrazo está la de un cierto tamaño. No pienses que me he vuelto parisién. Las cosas hay que decirlas ¡Aunque te hagan feliz!

Los que defendemos el formato del libro de papel lo hacemos, y lo asumo desde lo más hondo, por motivos no sólo prácticos sino estéticos. Qué digo: por mucho más que eso, por motivos pasionales. Eso es lo que nos convierte en bichos raros, pues la bibliofilia es el último escalón del lector recalcitrante. Hay algunos que comienzan por ahí y no pasan de ser meros coleccionistas, pero los que tenemos seis u ocho libros en la mesilla, y llegamos siempre hasta la última página, nos podemos permitir el lujo de amar no sólo el texto sino el objeto mismo. Lo que nunca esperaba es que un defensor del iPad acabara por experimentar algo homologable: la pantallita de plasma como elemento erótico o de refinado amor.

Ahora nos van a entender los hijos de Apple cuando pasamos las encuadernaciones bajo nuestras narices, cuando palpamos y acariciamos las tapas durante diez minutos antes de desvirgar la novela, cuando miramos extasiados los lomos de nuestro tesoro en los estantes del comedor. ¡Por fin entiendo yo a los apresurados compradores del iPad! Sería inconcebible para mí que hicieran largas filas por un producto inacabado y mejorable, si no establecieran con él algún tipo de vinculación que hasta ahora se me escapaba, pues yo soy heterosexual y no frecuento otros sexos (y menos al iPad, ¡tan andrógino él!)

Pero en fin, no descarto en absoluto que algún día acabe en mi mesilla, siempre al lado de mis amantes encuadernadas, como una extensión cómoda para determinadas lecturas. Es cierto que las novelas de 1.000 páginas, al estilo de Las Benévolas, me pesan cada vez más en las manos y eso debe ser cosa de la edad, por lo que el tema puede ir a peor con el tiempo. Necesitaré un iPad como quien requiere de un bastón para caminar: no dudo de que uno pueda establecer con el palo de madera una relación fraternal, pero al final siempre será para mí un apéndice coyuntural.

Pero créanme: aun a riesgo de parecer aguafiestas, sigo pensando que a la pantalla le queda mucho por desarrollarse: no se puede llevar a la playa (el sol ciega la pantalla), las caídas al asfalto desde un metro de altura pueden ser mortales, pesa más que un libro de tamaño medio… En cambio, como a Espada, me parece que encontrará su mercado perfecto entre los lectores de periódico: no ensucia las manos, no vuela con el viento, no se deshoja. Sólo falta que los directores de periódico lo entiendan y adapten las ediciones al formato del iPad, y al papel de prensa le quedarán pocos años.

Ahora estoy terminando de escribir estas líneas en un portátil HP 6730b. Una herramienta discreta pero que funciona. No he establecido con ella ninguna relación más allá de la estrictamente laboral y bloguera. Si algún día el iPad la viene a sustituir, ocupará también ese limbo difuso entre la hoja de papel y el electrodoméstico.

Jamás llegarás a libro, forastero.

lunes, 31 de mayo de 2010

Llamadas telefónicas (6): El gusano

Comienza la segunda parte del libro, y entramos de lleno en otro (o el primero) de los submundos de Bolaño: el mexicano. El propio título de esta parte, Los detectives, remite a la novela casi homónima escrita probablemente en esos mismos meses, pero me veo incapaz de precisar las fechas de escritura del cuento y de la novela y de confrontarlas. Las fechas de edición son el único clavo ardiente al que agarrarse, pero para mi desvelo es muy poco: bien es sabido que toda colección de cuentos es una miscelánea que tanto puede haber sido preparada en cinco años como en diez, y la escritura de este cuento puede pertenecer a 1997 o a mucho tiempo atrás.

Volvemos, de nuevo, al mejor Bolaño. Este cuento, a diferencia de los que cierran el primer apartado bajo el título de Llamadas telefónicas, tiene vida propia y se introduce en una delicadísisma relación entre un adolescente solitario y lector, y un adulto más solitario todavía cuya única función es ocupar cada día un banco de una plaza y mirar. Los dos personajes acaban unidos inevitablemente y se establece entre ellos una complicidad de pocas palabras y de gran fuerza, como sólo un gran escritor es capaz de esbozar en apenas una decena de páginas.

De nuevo, también, encontramos las mejores constantes del chileno en una suerte de concentrado antológico. Si alguien me preguntara sobre Bolaño y sólo tuviera diez minutos en su ajetreada vida, casi estoy por decir que le remitiría de inmediato a Sensini o a El gusano. Lea usted y siga viviendo, buen hombre: ahí está el autor y toda la potencial literatura que usted se perdería si se queda en este cuento. Y también sostengo que un lector mínimamente sensible no se quedaría jamás ahí y se vería obligado a investigar más, así que mi recomendación estaría envenenada.

Digo con esto que, dejando aparte la historia de amistad entre ambos personajes (por cierto: siempre el narrador, que es uno de los actores de la historia, es también trasunto del propio Bolaño, llamado en toda la obra Arturo Belano, pero siempre en mi mirada ficcional no tiene ningún interés si eso coincide o no con la biografía del autor), dejando aparte esa historia, digo, hay tanto por escarbar que cualquier meandro acaba siendo tan atractivo como el hilo argumental. Ahí está la aparición mágica de una bella actriz, Jaqueline Andere, que cruza cuatro frases y un autógrafo con el fascinado muchacho y que desata la imaginación del Gusano. También el cine recibe un homenaje estruendoso, ya sea con la pasión con que Belano acude a las sesiones matinales o con la descripción que hace del argumento de una vieja película francesa. Y México parpadea en cada párrafo o a veces se adueña de la página completa con el recuerdo de pueblos o sierras norteñas que el Gusano enumera con hipnótica terquedad. Ya hacia el final del cuento, y cuando éste se refiere a su propia ciudad, aparece el genio narrativo en forma de poema en prosa:

Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que incluso había serpientes que se mordían la cola (...) Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo.

El hombre termina por regresar a su tierra y desaparecer de la vida del muchacho, obviamente, y esto no es ningún spoiler porque no hay otro final posible. Bolaño acierta casi en todo en esta mínima historia de afinidades, de soledades y de imaginaciones. De estos ríos caudalosos nacieron otros mares de cientos de páginas, y es necesario ir a las fuentes. Este manantial es la mejor prueba de ello.
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Una año más no estaré en la Feria del Libro de Madrid, para que así pueda seguir diciendo que una de las cosas que me gustaría hacer en esta vida es ir una vez al menos a la Feria del Libro de Madrid.
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Vicente Todolí, antes de abandonar la Tate Modern: Pero entonces descubrí que el placer de la lectura había desaparecido, que mi placer se había convertido en un trabajo y lo que fuera un puro disfrute sin objetivo alguno se convertía en un trabajo con un objetivo. Entonces me dije: "Prefiero leer sin tener que dar ninguna explicación, disfrutarlo simple y llanamente"

domingo, 23 de mayo de 2010

Llamadas telefónicas (5): Llamadas telefónicas

¿Alguien dijo Monzó? ¡Que venga Quim y lea este cuento! La historia de desamor que en él se narra recuerda poderosamente los breves relatos del catalán, con sus seres anónimos y sus desamparos manchando cada línea, cada breve oración: no hay lugar para el adorno, aquí todo es esencial y cada frase está depurada hasta el extremo:

Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente.

El problema, el gran problema, es que este es un mal cuento. Diré mejor: este es un cuento puramente alimenticio, sin apenas ambición y que semeja más bien un ensayo de cuento, un borrador que algún día quizá habría de convertirse en una gran historia. Lo único que puedo sacar en claro es que a Bolaño no le pega el estilo monzoniano, y basta con comparar la pequeña maravilla que es Sensini con estas Llamadas telefónicas, que aunque den título al libro no pasan de ser un ejercicio de lo más trivial.

La trama se divide en dos partes: la primera no va más allá de describir el enamoramiento de una persona hacia otra, con tintes melodramáticos si no fuera por la sequedad de la prosa. Bolaño destila mala leche, qué duda cabe, y eso salva al conjunto de caer en la telenovela más mexicana de todas. Y el autor, en un amago de autosinceridad, da el paso hacia la segunda parte de manera enfática:

Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar.

La muerte acecha en la segunda mitad del cuento y da un vuelco a la historia, por lo demás del todo predecible. Investigación policial, viaje a la escena del crimen, regreso a casa, resolución del asesinato. Todo ocurre en cinco páginas, así que la historia no da más que para un boceto de guión.

Los detractores de Bolaño, que los hay a patadas (tantos como enfermizos fans) suelen detenerse en este tipo de cuentos para denostar al autor. Y bien que hacen, porque no hay otro sitio por donde segregar su bilis. Este es el peor Bolaño y lo reencontraremos en otras antologías, porque de él se ha publicado ya todo folio que contuviera alguna letra manuscrita. El caudal de libros que Anagrama ha ido publicando, en vida y post mortem, sobrepasa cualquier capacidad para mostrar la brillantez de la creación literaria en todo lo que ya es público. Suelo reiterar en estas ocasiones que para el filólogo y el bloguero es una maravilla tenerlo todo tan cerca, sin tener que rebuscar en archivos ocultos. Para el lector medio es un pésimo favor, porque da argumentos a los enemigos que sólo buscan bulla: que si frases de sujeto, verbo y predicado, que si vocabulario limitado.

Pero Bolaño está mucho más allá de estas Llamadas telefónicas, y no hace falta salir del propio volumen que las encierra para verlo, por poco que uno tenga cierta sensibilidad literaria.
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Hoy es un días de esos felices, en que uno encuentra (por ejemplo) La tentación de lo imposible de Mario Vargas Llosa, en una parada de libros de viejo pero todavía con el recubrimiento plástico intacto, por sólo 180 córdobas, o sea 8 dólares y medio, o sea 6,8 euros.

lunes, 17 de mayo de 2010

Llamadas telefónicas (4): Una aventura literaria

Regreso de El Salvador después de dos semanas de viaje, con demasiados compromisos y poco tiempo para la escritura. Me siento como el alumno que no cumple con sus tareas: ¡No has hecho el comentario de texto, chaval! Es lo que tienen los blogs: uno nunca termina de entender dónde acaba la obligación y dónde comienza el placer.

Es este un excelente cuento con un final mal resuelto. Así de simple. Bolaño acierta con creces en el choque de fuerzas de dos escritores antagónicos, que a lo largo de las páginas se observan desde la distancia y sólo se comunican a través de la crítica literaria. Su mútuo recelo y su larvada enemistad es un delicioso enfrentamiento mudo que sólo puede cerrarse en un encuentro personal como colofón del cuento.

Es el cuento más monzoniano que le he leído a Bolaño, y no sólo por la utilización de iniciales para nombrar a los dos personajes. La críptica relación personal, y en especial el estilo tajante e irónico, sintético, para describir las sucesivas acciones (A y B como dos seres arquetípicos de una sociedad literariamente enferma) recuerdan al Monzó de El porqué de las cosas. B alaba una novela de A y A no halla explicación al repentino aplauso crítico: busca argumentos y sólo encuentra ideas que desecha rápidamente, pues ninguna es digna de ser real. El propio cuento es una serie de posibles respuestas (A o B, como los protagonistas) a cual más disparatada, y todo para demostrar que en el mundillo literario los sables y cuchillos son frecuentes.

También hay aciertos en la siempre postergada posibilidad de verse cara a cara y resolver los enigmas: ni las llamadas telefónicas, ni los encuentros fortuitos pueden concretar un diálogo que sólo se adivina en la última página, cuando al fin B llama a la puerta de A. Justamente, para mí sólo había dos finales estimables, que siguiendo el juego enumero con las mismas letras:

A) B nunca llega a ver a A. La última frase lo coloca frente al timbre, que pulsa, y nunca llegamos a saber si la puerta se abre realmente. Sería un final monzoniano también.

B) B y A se encuentran y establecen un diálogo patético, que quizá no resuelve ninguna duda pero que los hunde más y mejor en el lodazal de la literatura.

Bolaño opta por un final intermedio entre ambos: la puerta se abre y se intercambian cuatro palabras de compromiso. Fin. Creo sinceramente que es la peor resolución posible una vez leído todo lo que antecede: no aporta nada a la historia y la imaginación tampoco puede volar. Se encuentran, sí, y todavía no dialogan. Se rompe el hechizo de la búsqueda pero no se nos da a cambio información adicional. Era mejor no romper el hechizo, o romperlo y abrir la caja de los truenos.

Por lo demás, el cuento está lleno una vez más de frases sutiles y enigmáticas del mejor Bolaño, el que es capaz de soltar perlas como esta:

Después se queda dormido al sol y cuando despierta el parque está lleno de mendigos y yonquis que a primera vista dan la impresión de movimiento pero que en realidad no se mueven, aunque tampoco pueda afirmarse con propiedad que están quietos.
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Hay tres cosas que leería ahora a la carrera, sin pestañear: la nueva edición de Las armas y las letras de Trapiello; Algo elemental de Eliot Weinberger, un collage barroco e inquietante sobre los tesoros del mundo; y Tworki de Marek Bieńczyk, cuyo primer párrafo hace imposible no continuar leyendo:

Es del fondo de mis párpados fríos, del nacimiento mismo del río que han venido al mundo estas palabras. Sí, al principio fue la escritura, no muy bonita, las letras demasiado altas, apretadas, negándose el espacio, conteniendo el ímpetu de las frases. Uno podría decir: no se dan prisa las palabras en llegar al punto; otro: hay algo que las retiene; y todos, sin duda entre ellos yo mismo: querrían volver atrás, dar la vuelta, pero ya no pueden. Hay que darles por fin la oportunidad de llenar toda la línea, de margen a margen a pleno pulmón, ahora que ya todo ha terminado, o que ya da todo igual.

domingo, 2 de mayo de 2010

Llamadas telefónicas (3): Enrique Martín

Es este un cuento extraño. Comenzando por la dedicatoria: no consigo hallar, más allá del nombre de pila, ninguna relación entre Enrique Vila-Matas y este relato. ¿Un guiño a Suicidios ejemplares? ¿Otro guiño mutuo entre Roberto y Enrique, que nunca llegaremos a conocer? El protagonista de este cuento es otro poeta maldito, uno más, que termina sus días colgado de una soga en la trastienda de su librería.

Después de leer tres cuentos cuyo título nos remite al nombre de autores desconocidos y marginales, la intención de Bolaño queda patente en su misma insistencia: hay una especie de fijación en el escritor que queda fuera de los límites del mercado y de las editoriales, y se mitifica de alguna manera la tarea insobornable y a la vez inútil de quien dedica su vida a la escritura pero no obtiene por ello ninguna recompensa tangible. Bolaño da noticia de cada uno de ellos, como si se rodeara de seres enfermos por la literatura y se colara en sus vidas anónimas por cada rendija de sus actos, de sus pensamientos inocuos.

No creo que sea fácil para un lector ocasional entrar en estas historias. Parecen escritas desde la más profunda reflexión sobre el ser artista literario, y cada anécdota contada no es sino un pretexto para preguntarse por qué se escribe si no hay interés comercial en ello. ¿Es la literatura una consecuencia de un cierto extravío vital, o por el contrario, la obsesión por la palabra convierte a los individuos en seres huraños, de difícil trato, con manías que arrastran de por vida? No creo, pues, que un lector interesado en argumentos pueda transitar indemne por estas páginas: pensadas desde la escritura y para los escritores (reales o probables), no hay tregua para quien busque una fácil digestión después de la comida.

Enrique es un poeta que a partir de cierto momento tontea con la escritura más hueca, concretada en colaboraciones para la revista Preguntas & Respuestas, “cuyos temas iban desde los ovnis hasta los fantasmas, pasando por las apariciones marianas, las culturas precolombinas desconocidas, los sucesos paranormales.” La correspondencia epistolar con el narrador se torna incomprensible, como fruto de algún lenguaje criptográfico del que sólo Enrique tiene la clave, mezclando mapas y dibujos con secuencias de cifras misteriosas. Curiosidad: hice algún breve esfuerzo por traducir una serie de números que al parecer se corresponden con una frase, pero fue en vano. No veo que nadie haya hecho el intento en ninguna parte, y supongo que son cifras escogidas al azar para remarcar lo absurdo de la tarea emprendida por el poeta.

Enrique entrega en cierto momento un pliego de hojas al narrador, encomendándole a guardarlo diligentemente sin intentar leerlo. Sólo al final, después del suicidio, se rompe el hechizo: no hay números ni mapas en los folios sino poemas: el entramado de conspiraciones paranoicas se rompe y sólo queda, como restos de un naufragio y como única herencia válida del autor, la literatura.

El mensaje final es diáfano. Pero el cuento sigue siendo extraño, como si todavía hubiera algún detalle que no somos capaces de aprehender. Creo que la fuerza de Bolaño radica también en esto: como si nunca estuviera todo dicho, y como si él fuera el primero en decirlo.
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Muy alegremente, algun colaborador de la Wikipedia publicó hace tiempo que Umberto Eco no escribiría más novelas. Allá quedó el dato, como un rumor certificado que jamás tuvo ninguna fuente de confirmación. Ya lo han cambiado, claro: en la reciente entrevista que le hizo El País desmiente que haya abandonado el género.

viernes, 23 de abril de 2010

Sant Jordi desde el trópico

En la mayoría de librerías centroamericanas que conozco hay un elemento distintivo, que las hace diferentes de las barcelonesas o madrileñas: alguien te da la bienvenida y te pregunta con una sonrisa: ¿qué se le ofrece, le puedo ayudar en algo? Siempre me ha chocado esta actitud, y eso que llevo años viviendo por aquí. La librería es el espacio más adecuado, junto a los laberintos, para perderse por horas y deambular arriba y abajo, sin pretexto ni motivo. Cada vez que traspaso el umbral y me preguntan lo mismo, me quedo igual de atónito: ¿qué puedo responder, si yo nunca vengo a comprar un libro determinado o a visitar una sección temática? A veces quisiera poder decir lo que esperan oír de mí: hacerme el despistado y pedir sugerencias, consejos, que guíen mi destino entre los estantes. ¡No saben la cara de tristeza y desamparo que les queda a esas muchachas cuando les digo que ya voy buscando por mí mismo, que no las necesito!

Digo esto porque ya he pasado por una de esas librerías para hacer mi compra de Sant Jordi. Son libros para regalar a los demás, claro, como yo espero recibir alguno el día 23. No hay tanto para elegir en estas tierras, pero me alegró ver el volumen de Andrés Neuman que ahora ha ganado el Premio de la Crítica. Ahí está, en una bolsa de papel.

Apenas dos personas más deambulaban por la librería: ni rastro de la lujuriosa Diada catalana que ya hace varios años que me pierdo, con empujones, filas para autógrafos y un olor perpetuo a rosas. De joven siempre fui muy estricto con mis tradiciones: Rambla matutina o vespertina para ojear y hojear posibles presas, y vuelta por Laie para confirmar la compra. Tengo la costumbre de escoger siempre el tercer ejemplar de la pila, todavía virgen, y mucho más en fechas en las que la mercancía a la vista sufre los embates de la multitud.

¿Qué haría hoy si estuviera en Barcelona? Prácticamente lo mismo, sabiendo que tendría mucha más sustancia para escoger. Anoten, para los que aún siguen indecisos, la lista de Laie de este año: siempre demasiado decantada hacia los autores autóctonos pero con buen criterio en general: Grossman, Vila-Matas, Tabuchi, Bolaño (El Tercer Reich), la versión original de Solar de McEwan, Stuparich, Ellroy, la obra completa de Gil de Biedma en un volumen, Savinio... Sólo les pido que saluden de mi parte a Marías entre las 11 y las 12 de la mañana.
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JacoboDeza: Mi canon de autores en español de estos últimos años es Javier Marías, Roberto Bolaño y Antonio Muñoz Molina. ¿Cree que se puede ir tranquilo por la vida leyendo a estos tres maestros?

José Carlos Mainer: Me parece una buena elección que ratifica, por cierto, el nombre que ha elegido... Por supuesto, se puede andar por la vida con esos tres escritores que seguramente recomendarían, a su vez, a algún otro: a Coetzee, a Borges, por ejemplo...
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Eloy Fernández Porta ha ganado el Anagrama de ensayo con €®O$ y no con Eros. ¡Diversiones generacionales que algunos todavía acuñarán como renovadoras!

domingo, 18 de abril de 2010

Llamadas telefónicas (2): Henri Simon Leprince

Las intersecciones que podemos encontrar a lo largo de la obra de Bolaño (cruces de vías, puentes a desnivel, callejones conectados entre sí) conforman una de las tareas más apasionantes para incentivar el interés del lector curioso. Dicho de una manera atrevidamente reduccionista, hay al menos dos maneras de penetrar en su propuesta literaria: como lector ávido que busca sin freno la calidad más alta lograda por el autor (y que termina gozando con Los detectives salvajes y ese es su fin, su meta perseguida) o como explorador que encuentra parentescos y relaciones entre los distintos textos leídos, y su goce es el de ir armando esa tela de araña.

Roberto Bolaño concebía su tarea como un todo divisible en mil pedazos, y cada pedazo creaba una nueva propuesta de lectura emparentada con las precedentes. Es como un ejercicio sin fin en el que el cuento o la novela anteriores se mejoraban y se hacían más complejas con cada nueva página, pero aún así no nos sirve hacer una lectura estrictamente cronológica para hallarle el sentido. Algunos caminos se olvidaban algunos años y podían reaparecer después, con nueva forma, al cabo de mucho tiempo. El dato definitivo para concluir esto es el caudal de su obra post mortem: al no ser concebida jamás como un corpus acabado, toda su prosa (y su poesía) puede ampliarse hasta el infinito, y sólo el hecho puramente biológico y temporal (la incapacidad de escribir 25 horas al día, incluso para Bolaño) nos impedirá que los libros póstumos sean, efectivamente, infinitos.

El segundo cuento de Llamadas telefónicas tiene múltiples ecos de obras anteriores o posteriores, y aquí sólo me referiré a lo que ya ha sido leído en la senda. El referente más exacto es La literatura nazi en América: el mismo título con nombre y apellido, y el entorno histórico del argumento (años 40) lo describen como un capítulo más de esa obra, desgajado del libro original, así como Ramírez Hoffman, las hermanas Garmendia o Juan Stein cobraban vida en Estrella distante. En ese caso ya vimos que Bolaño incluso llega a la reescritura y ampliación de un texto, pero aquí hablamos de un cuento único (hasta ahora) y que va más allá de una biografía breve.

Se nos cuenta la historia de Leprince durante la Segunda Guerra Mundial, sus contactos con la resistencia francesa o los colaboracionistas de Vichy, y alguna anécdota más. Pero lo que realmente importa es, como en Sensini, su oficio y sus circunstancias: Leprince es otro escritor maldito más, de ínfima difusión, con pocos amigos y que vive a salto de mata. El contexto bélico es la excusa, la condición del hombre es el motivo. Y en el fondo, el sentido de la escritura: escribir para lograr aprehender por qué se escribe.

Literatura dentro de la literatura, y la certeza de que este oficio es muy raro y peligroso. Una joven y fantasmagórica novelista le desvela a Leprince el secreto de su pésima racha: “debe desaparecer, ser un escritor secreto, tratar de que su literatura no reproduzca su rostro”. Leprince no hace caso pero reconoce en esta recomendación la terrible sinceridad de su suerte. El cuento termina con una frase deliciosa, que es consigna para los que le rodean: es necesario que él exista para que los demás perciban el riesgo de todo autor al olvido.
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David Pérez Vega me remite a este viejo cuento, accésit en un premio valenciano y al cual también se presentó Sensini.
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El paso atrás y el salto hacia adelante de Iván Thays.

lunes, 12 de abril de 2010

Llamadas telefónicas (1): Sensini


Que no hay Bolaño menor es cuento sabido: lo han anunciado muchos lectores atentos antes que yo y no insistiré demasiado en la cuestión. Ser escritor todoterreno tiene la desventaja de que algunos puedan considerar que no todo lo que se escribe tiene la suficiente calidad, o que trabajar a destajo sólo es para obreros y no para artesanos. Tampoco ha ayudado la consideración de Bolaño como mito moderno, pues eso crea al mismo tiempo fans viscerales y enemigos íntimos, y el debate se recrudece entre unos y otros. Siempre hay obras maestras y obras de relleno, claro, pero en los escritores de fuste estas últimas sirven para reconocer el camino hacia el cénit, y jamás hay cuento o novela breve de los que no podamos sacar algo de provecho, siendo éstas a su vez el sustrato de lo que se escribiría a continuación.

Llamadas telefónicas es una colección de cuentos del Bolaño currante: ese que escribía con esmerada dedicación para complementar los sueldos de vigilante de camping o de empleado de hotel, y que se presentaba a los premios literarios más insospechados de la geografía española. ¿Alguien puede afirmar sin sonrojarse que un cuento para un premio de provincias ha de ser literatura menor? El prejuicio actúa con extrema puntualidad: tanto necesitaba Bolaño ganar un premio en Alcoy como el Herralde pocos años después, la necesidad era la misma. O sea, la del escritor que quiere vivir de su oficio.

Arranca, pues, este libro de cuentos de la mejor forma posible: una autoparodia en clave nada humorística acerca de la condición del escritor desconocido o maldito. Presenta el narrador a un sosias que es el perfecto espejo de sí mismo, aunque de otra generación: Sensini es un argentino de escaso éxito comercial, con lectores fieles pero reducidos y exiliado en Madrid desde hace años. Para sobrevivir en el mundo de las letras se ve obligado a presentarse compulsivamente a todos los premios literarios de cuentos que se convocan en España, lo cual le permite ganar tiempo y dinero malviviendo con su esposa y una hija adolescente.

No hace falta abundar en la conocida biografía del propio Bolaño: en el prólogo a Monsieur Pain ya contó sus desvelos por ir cazando galardones durante la primera etapa de su carrera. El chileno acompaña al argentino en su cacería y entre ambos se establece una relación epistolar, de Girona a Madrid y viceversa, donde el tema principal (premios y literatura) se va bifurcando hasta que terminan compartiendo una peculiar amistad desde la distancia.

Es Sensini un cuento para escritores frustrados y para cuentistas recalcitrantes, con la feliz moraleja (que aparece ahora, leído desde el paso de los años) de reencontrar a un autor que entonces (de 1997 es la primera edición, pero la historia narrada se fecha a finales de los setenta) era un proyecto más y que ahora es el canon que todos conocemos. De alguna manera, este es el cuento dentro del cuento dentro del cuento: Bolaño narrador hablando de un Bolaño escritor que a su vez se convierte en el autor que aparece en la solapa del libro.

Hay desperdigadas aquí y allá algunas de esas frases que para mí hacen de Bolaño un narrador potente, que huye del tópico y usa quiebros poco aptos para lectores cómodos:

(…) en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano.

A veces se le achaca una cierta desnudez verbal, y sus detractores no dudan en echarle en cara una parquedad de estilo que es, justamente, su mejor seña y acierto: aquí aparece con crudeza, pasando por encima de cualquier artificio y sacando belleza del desnudo (dónde si no iba a estar la belleza). Pero la economía de recursos no influye en la proverbial generosidad del contador de historias: después de este cuento es difícil dejar de ver a Bolaño como lo que fue en vida, y de desmitificar la función del escritor en nuestro entorno. Baste ver, en Sensini, el juego de cambio de títulos para un mismo cuento que iba siendo presentado a distintos certámenes como inédito. La literatura como arte, sí, pero también como triquiñuela. Y como juego. Y como el pan de cada día.

El rompecabezas no se arma al completo hasta después del cuento, en nota a pie de página y como una ajustadísima pieza de relojería: Sensini recibió el Premio de Narración Ciudad de San Sebastián. Les dejo el análisis de esta coda a ustedes mismos.

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Monsieur Pain
Una novelita lumpen: uno, dos, tres, cuatro
La literatura nazi en América: uno, dos, tres
Estrella distante

lunes, 5 de abril de 2010

Las mejores 28 páginas

Tener blog implica tener algo que contar: no hay nada más obtuso que sentarse frente a una pantalla y ponerse a pensar sobre el qué, como en los días en que no ha habido nada que nos altere ni nos cause alguna zozobra, unas páginas que nos emocionen. Pero a veces no esperamos gran cosa de determinado libro y entonces es cuando se obra el milagro: si llegan esas páginas, uno no halla el momento de sentarse por fin ante el ordenador y transmitir al lector su experiencia. Me ha pasado en estos cuatro días de sagrada inmersión en una reserva ecológica, con más de 200 especies de pájaros a mi alrededor y una temperatura ideal para la lectura. Y cuando uno puede recomendar algo, todo el empeño de mantener un blog activo se justifica con creces.

Leo a Sergio Ramírez desde hace años, en principio por una simple razón de inmersión en el lugar donde vivo la mayor parte del año. Paso mis días rodeado de revistas universitarias, publicaciones de academias científicas, ensayos sobre la historia de Nicaragua, colecciones de artículos acerca de la actualidad política, y sobre nada de esto vuelco una línea aquí: es una tarea demasiado formal y sistemática como para encontrar un gramo de diversión en contarles después mis desvelos. Una de mis fuentes de información también es la literatura, obviamente. Sergio aúna su pasado político (y por tanto, su conocimiento exhaustivo de los personajes que hacen historia, y de los que ya la hicieron) y su faceta de escritor, que quedó cortada mientras luchaba en los distintos frentes de guerra y ejercía la vicepresidencia del país en los años ochenta.

La obra de Sergio está enteramente apegada a la realidad de Nicaragua. No puede, y entiendo que tampoco es su intención, hacer de la creación literaria una obra intemporal y por encima de fronteras. Para mí es el gran hándicap con el que se enfrenta: hablar del mundo aunque hable de un terruño, poner en boca de un ciudadano de León palabras que expliquen nuestra condición humana. Sus novelas y cuentos hablan del beisbol nicaragüense, del asesinato del dictador Anastasio Somoza, de un petimetre y a la vez asesino en serie leonés, y al leer cada historia no salimos nunca de esa pequeña patria: Nicaragua es el tema porque así lo ha decidido el autor, y contra eso ya podemos decir misa. Para mí, que escarbo continuamente en la sociología del país, saco mucho en claro con estas novelas, pero yo soy yo y siempre he tenido mis dudas de que estas obras interesen a un público grande.


He comenzado a leer Mil y una muertes, novela publicada en 2004. La primera época de Sergio, que podríamos datar hasta antes de la revolución, es deudora del realismo mágico y de un lenguaje arcaizante, demasiado ornamentado. Renueva su prosa con su obra más extensa, Castigo divino, en 1988: el dominio del diálogo y de la estructura narrativa convierte esta novela en un buen ejercicio de estilo, y a la vez abre la puerta a su prosa más madura y ya desnuda de alharacas, a un estilo no inconfundible pero sí propio. Mil y una muertes reincide en la recuperación de personajes míticos de Nicaragua, con Rubén Darío como máximo exponente, y promete bucear de nuevo en pasajes históricos más o menos conocidos.

Pero voy a intentar ser lo suficientemente expresivo para recomendarles no la novela en sí, sino la lectura del primer capítulo. Soy estricto: de la página 25 a la 52, después de un amago de prólogo firmado por Rubén y antes del capítulo dos. Y seré, pues, expresivo: me juego mi honra a que en estas páginas está lo mejor que Sergio Ramírez ha escrito en su vida. Y no sé si alguien se lo ha dicho, o algún crítico ha caído en la cuenta. Pero lo que narran estas 28 páginas de mi edición americana de Alfaguara es de una fuerza y de una lucidez fuera de lo común.

Dos rasgos explican en parte mi admiración: son las páginas menos nicaragüenses de su bibliografía y se meten de lleno en la autoficción. Ya sé que esto no es suficiente para constatar la calidad de nada, pero cuando Sergio ha quebrantado su modelo literario y ha incursionado en nuevas vías, ha aparecido su mejor prosa. Es imposible leer este capítulo y no pensar automáticamente en cualquier obra de Sebald, en la trilogía de Vila-Matas (Bartelby, Montano y Pasavento), en Negra espalda del tiempo de Marías, en Soldados de Salamina de Cercas, o en Sensini de Bolaño (que pronto comentaré). Es la misma escuela, la misma escritura del nuevo siglo, la misma pasión por sacar fuego de una anécdota azarosa y banal. Sergio viaja en 1987 a Polonia por razón de su cargo y se suceden vertiginosamente una serie de casualidades concatenadas que poco a poco van convirtiendo a los hombres y mujeres de los que habla en verdaderos héroes literarios. ¡Y han bastado 28 páginas! Portentoso: describe el siglo XX y escribe desde el XXI, habla de sí mismo y en cada uno de sus pasos recorre el mundo. Llegamos al último párrafo con la piel erizada, y no queremos que el milagro se acabe. Sólo echo en falta algún documento gráfico que certifique lo que aquí se está diciendo, como Sebald o Marías han hecho con acierto.

Pero se acaba: en el segundo capítulo regresa el Sergio más funcionarial, el notario de su país, el escritor empeñado en situar a Nicaragua en el mundo, sin darse cuenta de que su proyección ha tenido lugar cuando ha roto sus preceptos. Por un solo capítulo. Descubrimos, asombrados, que esta es una de las grandezas de la literatura y del genio: pueden venir miles de páginas de historias bien contadas, pero sólo unas pocas son capaces de rozar el cielo, y es en esos momentos cuando nos sentimos afortunados de haber estado ahí, una noche espléndida frente a un bosque nuboso, y de dejar constancia de ello en un blog. Quizá alguien, incluso, nos lea después y busque en alguna biblioteca esas páginas maravillosas. Veintiocho.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Van y lo agarran

Ya me iba de vacaciones pero una noticia en El País me ha dejado un buen rato pegado a la pantalla: Hollywood se plantea dejar de distribuir DVD en España por la piratería. Ante un titular así me temía la avalancha de comentarios de los lectores, que en efecto y a esta hora ya se acercan a los 400. Como el tema tiene implicaciones indirectas con los libros (las descargas de películas en internet pueden ser el preámbulo de las descargas de libros para el iPad en un futuro cercano) me he entretenido en leer las reacciones que el asunto suscitaba.

Voy a copiar algunas frases que la gente ha dejado escritas, casi siempre en un tono jocoso y a la vez visceral, y que ejemplifican muy bien cuál es el razonamiento de quienes ya ven cine sin soltar un euro. Miento: soltando el euro que cuesta el soporte digital en el que quieren archivar la película, y que para ellos ya justifica todo el gasto necesario. Es lo que dice Juan:

Ya pago sus productos con el canon, así que ahora no me pidan que compre sus DVDs.

Creo que voy a utilizar este argumento en mi próxima visita a un restaurante: si me obligan a pagar algún impuesto o tasa (quizás el IVA) pediré que la comida me la regalen. ¡Sólo faltaría, tener que pagar por una langosta si ya tengo que pagar un canon adicional al gobierno! Como en el caso del embargo a Cuba, el canon ha hecho más por la piratería que cualquier otro mecanismo de control, así como el embargo ha afianzado un gobierno dictatorial: se ha convertido en la excusa perfecta para que los piratas puedan justificar contablemente su proceder. Capitán Trueno, pobre como una rata, no ve otra solución:

¿Qué quieren que haga la gente? Le muestran el chocolate todo el rato, pero no le dan el dinero para comprarlo. Van y lo agarran.

¡Van y lo agarran! Esta sentencia sería simple apología del delito si no fuera porque la descarga de películas ya es vista en España (y sentenciada por la ley de propiedad intelctual, aunque no me voy a meter en esos vericuetos) como algo normal. ¡Si lo hace el vecino! Algún día habrá que estudiar, seriamente, cómo internet transformó el concepto de mercadería y el proceso de compra-venta, y de qué manera un producto cultural pasó a ser un caramelo gratuito. Si el formato es copiable (un vídeo, una novela) se rompe la cadena creador - editor/productor - distribuidor y el internauta obtiene el resultado sin costo alguno. Si otros enseres cotidianos pudieran ser copiados sin esfuerzo (una silla, una coca-cola, un Peugeot 205) no dudo que nadie pagaría por ellos, porque seguro que ya habría algún canon en medio que justificaría nuestro impulso. La vieja fotocopiadora no llegó a ser nunca una amenaza real para el libro porque la copia era poco rápida y trabajosa: una cuestión de técnica. También para el pirata es un escollo la poca oferta, como decíamos ayer y como apunta Ciro:

Peor que pagar es no tener nada que piratear. Le pasa al libro electrónico, en el que sí, puedes bajarte un montón de libros, libros que ya tienes y que ya has leído en la mayor parte de los casos, pero no me puedo bajar porque no está ofertado en versión electrónica el último libro que recoge la obra periodística de Vázquez Montalbán.

Además de piratas, exigentes. Pero también previsores: lo dice un lector anónimo con alma de bienhechor:

No quiero pagar 9 euros por ver una película que probablemente no me guste.

Por tanto, me la tomo prestada porque será un bodrio. ¡Cuántas novelas me hubiera ahorrado yo en mi biblioteca si ya supiera de antemano que me iban a defraudar! Regreso al restaurante: este filet mignon probablemente no me guste, así que deje que me lo coma sin abonar la cuenta, muchacho. Lo que no negaré es que el precio de las cosas es relativo, y que las comparaciones pueden ser válidas. Roberto hace el esfuerzo:

Yo resido en el Reino Unido. Me compro CD´s de último lanzamiento por 10 euros (en España 20), películas en DVD por 5 y Blu Ray por 10 (en España 30 euros).¿Libros? en el Reino Unido 7 u 8 euros. Todo esto con el plus de que aquí los sueldos triplican a los españoles. Desde que llegué no he vuelto a piratear nada. Prefiero comprarlo, y si no me gusta pues unos pocos euros pierdo

Soy incapaz de considerar caro un libro de 20 euros, cuando comparo precios con otros productos (perfume, pantalones, cena para dos). Pero sí me parece acertada la relación entre precios de dos países cercanos, aunque no tengan la misma moneda. De todos modos, entre un lanzamiento comercial y la aparición de libros de bolsillo y CD en oferta es de muy pocos meses: es el precio de querer ser el primero o de esperar a que todo se pueda encontrar a 8 o 10 euros.

Dejo el diálogo entre Albert y Morgana para el final, para sentenciar esto con una sonrisa:

-Elvis está muerto, por mucho que me descargue o deje de descargar su música no va a producir más canciones ni evidentemente lo voy a matar de hambre.
-Albert, hombre, con ese criterio, que regalen los cuadros de Van Gogh, ¡Como ya está muerto!

Confío que no venga una horda de filibusteros a ensuciar la senda de huellas, porque hasta el lunes no pasaré la escoba.

sábado, 27 de marzo de 2010

Nancites 23

1. La Historia de la Literatura Española dirigida por José-Carlos Mainer es uno de los proyectos más deslumbrantes de la filología de nuestro país. En treinta años no ha habido nada similar, o sea que casi es el primer proyecto de estas características que veo en vida. La entrevista en Babelia despeja algunas dudas y avanza el plan de la colección, que inicia su publicación por el sexto volumen (1900-1939). Hay dos tomos transversales que probablemente aporten las mejores sorpresas: Historia de las ideas literarias en España y El lugar de la literatura española. El precio, asequible para una obra de esta magnitud, ayuda a dar el paso.

2. Antes de mi reciente estancia en Barcelona, que coincidía con fechas navideñas, me preparé y armé de valor para el espectáculo que me esperaba: decenas de lectores armados con libros electrónicos en el metro y el bus. Nada de esto ocurrió, sin embargo: todo continuaba igual que un año atrás y el boom del eBook no llegó con los Reyes Magos. El Cultural de El Mundo recupera el asunto y difunde que hay 100.000 personas en España que ya disponen del aparato. ¿Pero qué es lo que más descargan los compradores? Al parecer, las novelas románticas de un tal Harlequin, que ni sé quién ni es ni me importa. Las editoriales literarias y de prestigio pronto van a entrar en el negocio, como Anagrama, y es lo único que puede remover el negocio. Para el Kindle de Amazon apenas hay 2.127 libros en español disponibles. Pero todo esto choca con el principal escollo de la red: nadie quiere pagar un duro por productos culturales digitales, y ahí están los amigos de lo ajeno en forma de gremio cibernético pidiendo a la ministra que todo sea gratis. Lo que la música ya está sufriendo desde hace años puede llegar al mundo de los libros: descargas ilegales y viva la Pepa. Aunque con una diferencia, que bien apunta Iván Thays: los escritores nunca han vivido de la creación, así que les tocará seguir ganando los berberechos como oficinistas desganados. Como siempre.

3. No podía ser de otra forma: Agatha Christie dejó 73 libretas de anotaciones, 7.000 páginas para armar los argumentos de sus novelas y que ahora aparecen publicadas e interpretadas. Siempre he sentido un cierto cariño por los escritores araña, que son los que tejen su tela de manera minuciosa y que, en el fondo, lo que menos les interesa es el mismo proceso de la escritura final: lo importante es crear trampas, recovecos, que no quede un hilo suelto. Cada invierno suelo engullir una de sus obras así como hago crucigramas, con sistemática repetición. Pero sumergirme en las 73 libretas sería como ir directamente a las páginas de soluciones, así que proseguiré con mi ritmo anual aunque ya persuadido de que mi querida Agatha no dejaba nada al azar, y no esperaba menos de ella.

4. Me llevo para mi huida de semana santa uno de los viejos libros de relatos de Bolaño, que intentaré comentar aquí uno por uno, y una novela de Sergio Ramírez, de radical obligación lectora si uno vive en Nicaragua.

5. Lo juro: he conocido a una persona con blog literario que no está leyendo Dublinesca.

sábado, 20 de marzo de 2010

Bajo un magma de libros

Regreso de un breve viaje por Guatemala, uno de esos países en los que cada día y a media mañana ya se cuentan unos cuantos muertos de bala, pero que todavía tiene algunas buenas librerías con relación a sus países vecinos. Hay que aprovechar los viajes, ya se sabe: si logras sobrevivir en sus expuestas avenidas, nada mejor que recogerte en un local cerrado (que se sepa, nunca hay muertos en las librerías, no interesan ni a sicarios ni a narcos) y aumentar la colección particular.

Porque de eso se trata, en Guatemala y en Laie, y sobre eso quiero escribir algo. Siempre he sospechado de los hombres y de las mujeres a las que no les gusta atesorar libros. Hablo de personas lectoras, contrastadamente cultas, que se ufanan de terminar un volumen y regalarlo al primero que pasa. O peor aún: que visitan mi casa de Managua, permanecen unos días en ella y escurren el bulto depués dejándome como premio un libro que jamás se me ocurriría leer. Se llevan su ropa, sus zapatillas y hasta el dentrífico, pero les pesa demasiado la novela y no quieren cargar con sus personajes.

El motivo principal de sospecha es la manifiesta sensación de que sus lecturas son poco menos que ratos de ocio, experiencias que comienzan al abrir la tapa y se cierran al pasar la última página. El fin de la historia como justificación de su labor. Así que terminan, el objeto se vuelve redundante porque no han pensado siquiera en la posibilidad de que llegue un día en el que, por azar, sientan la necesidad de releer aquello que un día les cautivó. Sin posibilidad de relectura no concibo pasar a la acción: convertir la lectura en acto único y fugaz es perder todo el placer de retornar al lugar de los hechos, como volvemos siempre al pueblo de la infancia para recorrer de nuevo sus (nuestras) calles.

En mi caso, con dos viviendas que distan miles de kilómetros entre sí, tengo dos bibliotecas. Si tuviera cuatro casas no hace falta decir cuántas librerías tendría: sumen ustedes mismos. Sé que viajar con libros es cuestión de quilos, y además caro desde que Iberia obliga a pagar por la segunda maleta facturada (ni su presidente sabe que esta decisión ha hecho un daño irremediable a la lectura, pues entre la terrible decisión que se avizora de cargar pantalones o un libro no creo que nadie opte por la desnudez). Sé también que en mis correterías por el mundo he perdido equipaje, y el último volumen que me extraviaron las compañías aéreas fue El Danubio de Magris, que tendré que volver a comprar algún día. De todo esto soy consciente. Pero sigo creyendo que la posesión física del libro es parte del acto de leer, no su correlato forzoso.

Probablemente los que pensemos cosas así seamos seres extraviados, pero reconforta reconocer de vez en cuando a un sosias que lo expone abiertamente. Leo a través de la web de Anagrama las primeras páginas de Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet (¡que ya quiero tener entre mis manos y en mis estantes!). La cita inicial del libro de Charles Nodier podría encabezar este blog: "Después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos." Pero es que en la página 15 arremete el emperador Juliano con estas precisas palabras, que de nuevo hay que copiar con cincel: "Unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros." E imagino que hay otras repartidas a lo largo de las siguientes páginas.

Cuenta Bonnet que llegó a tener su baño repleto de libros, por lo que ya era imposible usar la ducha y había que lavarse con las ventanas abiertas, para evitar la condensación. Eso sí: sólo la cabecera de la cama aparecía libre de estanterías, no le fuera a pasar como al compositor Charles-Valentin Alkan, que murió aplastado por su propia biblioteca mientras dormía. A esto se le suele llamar una muerte tonta, pero es difícil imaginar una muerte más insigne: yo que vivo en zona sísmica la mayor parte del año, justo encima de una falla, debería ponerme a la labor y parapetarme en la noche bajo toneladas de hojas impresas, no sea que una simple lámina de zinc culmine mis días y sea ella y sólo ella la causa de mi deceso. Morir por la literatura, y en sentido estrictamente literal: quizá sea eso y no la relectura la causa de mi ardor acumulativo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Adiós al siglo XX


Ante la muerte de uno de los grandes, sólo sirve el regreso a sus páginas y hay que huir del lamento. Delibes ya había dejado la escritura voluntariamente hace años, así que su cuerpo y su mente ya eran sólo para sus hijos, para sus amigos: a ellos les corresponde la tristeza y el desamparo. Al resto sólo nos puede inundar la felicidad de contar con una biblioteca rotunda y unas novelas de castellana sinceridad.

Era el último vivo: sin Cela y sin Torrente Ballester (otros incluirían a Umbral, y no lo discutiré) la novela del siglo XX ya forma parte de la historia. Delibes dejó de escribir porque él, de alguna forma, se sabía protagonista de un pasado que ya no estaba en las librerías, que ya no contaba para los cánones actuales. El siglo XXI es de Marías y de Bolaño, y hay todavía autores como Muñoz Molina que hacen de puente gramatical entre la lengua de los maestros y la renovada prosa que viene y vendrá.

Como todos, yo leí a Delibes en el Instituto, siempre lectura obligada del bachillerato de esos años. Incluso la aproximación al autor pertenece a ese rango de un pasado ya extraviado, aunque luego recuerdo que leí Diario de un jubilado y de eso no hace tanto. Cuando la lectura proviene del aula de clases es imposible sustraerse a la consideración de clásico: leíamos a Quevedo, a Góngora, a Lorca, a Galdós, y leíamos a Delibes. Nuestras lecturas de placer y ocio iban por otros rumbos, buscando la vanguardia postmoderna y la sorpresa a cada página, huyendo del realismo rancio. Hasta que crecimos y nos cansamos de tanto Kronen y tanta contracultura fatua, volviendo al redil de la buena literatura, de este o de otro siglo.

Hoy la prensa de internet recupera cosas enormes: entrevistas al escritor sereno y en su etapa final, fotografías deslumbrantes, fragmentos de vídeos y audio, de textos de sus obras. Los obituarios de la era digital ya no son un artículo de compromiso escrito antes del último suspiro, sino un despliegue de enlaces por los que fluye todavía la sangre. Los blogs se sumarán al festín, y en esto creo que hemos dado un paso para la derrota definitiva de la muerte.

No hubo Nobel para Delibes porque lo ganó Cela: ya lo he dicho otras veces y no hay que darle más vueltas. El próximo galardón a un autor español será para Marías, y faltan pocos años: así se completará el ciclo y las dos generaciones tendrán su reconocimiento merecido. Hace días me preguntaba quién leía hoy a Cela, y me pregunto quién lee a Delibes. A juzgar por las fotos del adiós, un buen puñado de españoles, o de vallisoletanos. Pero tampoco sé quién lee a Góngora, así que nunca hay que hacer preguntas de las que jamás obtenemos respuesta: sólo planteárselas a uno mismo y obrar en consecuencia.

martes, 9 de marzo de 2010

El principio de Fin

Leer dentro de un avión en un vuelo que dura unas 12 horas es tarea casi obligada. No veo muchas alternativas ante la perspectiva de permanecer sentado en una butaca, frente a minipantallas que proyectan películas no aptas para miopes y comidas empaquetadas de difícil digestión. Dejando aparte las bibliotecas, el avión debe ser el espacio que más lectores reúne por metro cuadrado: siempre me fijo en mis vecinos y no hay ninguno que no opte, durante algunas horas, por sumergirse en cualquier tipo de libro. Abundan, claro, las guías sobre el lugar de destino, pero también los pesadísimos tomos de Follett o Brown, como si la perspectiva de las siguientes 12 horas requiriera de un ocio voluminoso (¡qué horror, deben pensar algunos optimistas, el quedarse a las seis horas de trayecto sin más páginas por delante!)

Yo recuerdo haber leído en un avión y en las salas de espera de los aeropuertos a McEwan, a Millás, a Muñoz Molina, a Simenon, a Perec, a Powell. Cito nombres a quienes ubico perfectamente en mi memoria fotográfica, o a sus novelas en este caso: hay libros de los que nunca olvidaremos el momento en que fueron abiertos por primera vez o la roca de playa sobre la que fueron leídos. No es el avión un lugar apetecible, ciertamente: el aire acondicionado agarrota las hojas y las cubiertas, como si en las manos tuviéramos un pliego recién salido de la nevera, y no se recupera hasta varias horas después del aterrizaje: aun así, me entregué a la tarea con la lentitud habitual.

Mi elección para este viaje fue Fin, de David Monteagudo, con la deliciosa portada de Leonard Beard. Siempre hay un porqué en cada elección, e imagino que esta vez me apetecía lo que suele llamarse una lectura amable, que es una manera idiota de llamar con otro adjetivo a la lectura fácil. Uno siempre presupone estas cosas, porque ante un autor nuevo sólo puedo atender a las críticas de otros lectores previos, pero nada parecía indicar que esta novela tuviera enjundias escondidas. Quería una historia, hechos, personajes, y una editorial de prestigio: ¡Ahí estaban!

Como no terminé el libro de una sentada (aunque una sentada de doce horas con cinturón abrochado da para eso y más) lo seguí apurando en destino, y ahora haré trampa: sólo escribiré brevemente acerca de las cien primeras páginas, así no rompo el hechizo de los que no han leído la novela, y servirá para explicar mi ansiedad durante ese lapso de tiempo.

Primero: más que una novela esto es una obra de teatro, una dramaturgia de diálogos continuos en escenarios estáticos (aunque sea dentro de un coche que avanza) que sólo puedo imaginarme sobre un escenario. Incluso veo el juego de luces, la tramoya, el cambio de escenas. Y aunque Monteagudo domina el fraseo corto y ágil, el conjunto adolece de un realismo estandarizado, sin más sorpresas que el momentáneo cambio de tono de algún personaje que se enfada, y alguna respuesta que chirría si hacemos la prueba de declamarla en voz alta. Nadie habla de nada interesante, porque el autor pretende reflejar al ciudadano medio que somos todos en circunstancias cotidianas. Y sin embargo seguimos leyendo: es el truco bien elaborado de saber que el lector creará empatía con el grupo de amigos y de no caer en la tentación de describir paisajes o estados de ánimo de más de dos párrafos, así no hay lector que se resista.

Segundo: su mejor baza radica en la construcción de un trasfondo levemente misterioso, aunque ya tengo dudas de que esto no sea una consecuencia de leer en la faja el género al que se adscribe la novela, o sus referentes. Pero la idea de partida es buena: una reunión nocturna generacional de una vieja pandilla en un albergue de montaña. Gente conocida que no se habla desde hace tiempo en un lugar inhóspito, con todo lo que eso puede desencadenar. Vamos conociendo al grupo por parejas o tríos, mientras acuerdan la cita y van llegando al punto de encuentro. De nuevo los trucos son conocidos, pero son los que han servido desde siempre para este tipo de obras: la noche, la oscuridad, la incertidumbre, el miedo.

Tercero: el lector espera algo, algún hecho que rompa la normalidad de la cita. Pero de nuevo tengo dudas: si alguien lee el libro sin ningún referente previo, no sé si llegaría tan campante a la página 100, después de haberse hartado de diálogos sobre la inmigración, modelos de coches y urbanizaciones ilegales. Romper con esto y entrar a un nivel de lectura distinto, que descoloque al incauto, puede ser el acierto que explique las nueve ediciones que colecciona Monteagudo, y las que vendrán.

Pero para eso ya hay que pasar a la página 101, como quien dice. Y esto, probablemente, ya sea otro cuento.

[Esto podría ser un falso read in progress. Si me obligan a ello, quizá prosiga con el resto del relato]

martes, 2 de marzo de 2010

140 caracteres como máximo

Los días de cambio de ubicación geográfica, saltando entre continentes, son vacíos existenciales que quedan ahí, suspendidos en un limbo. Dejo atrás España una vez más y regreso a Centroamérica, dispuesto a recuperar mi cotidiana normalidad.
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Una de las consecuencias del boom digital ha sido la progresiva miniaturización del texto escrito, acorde con los tiempos de inmediatez que requiere nuestra urgente sociedad. Hay al menos dos razones que se aducen para llegar a este desbroce: la primera es que en pantalla no se puede leer cómodamente, aunque eso ya está puesto en duda por los nuevos formatos tipo Kindle. La segunda es que hoy la gente tiene poco tiempo y que no está para largas parrafadas. ¡Me hace mucha gracia este análisis! Los mismos que dicen esto son capaces de pasarse largas horas viendo televisión, haciendo sobremesas de tertulia vacua o esperando en largas filas de vehículos que no avanzan ni a tiros. Imagínense el tiempo del que yo dispongo, sin tele, sin tertulia de café y sin coche.

Uno de los artefactos más sobrevalorados en esta avalancha de lo breve si breve dos veces breve es Twitter. Cuando ya el formato blog se adivinaba demasiado proceloso, con entradas que ocupaban diversos párrafos, vino el sabio a constreñir nuestra labia a 140 caracteres. Lo que tengas que decir, dilo telegráficamente. El mundo reducido al mensaje instantáneo, al destello inmediato y reciclable, a la frase solemne.

Para pensar ya están los otros. Pero no deja de alarmarme la gran cantidad de buenos blogueros que se han pasado al formato micro. La tentación es grande, sin duda: lanzar flashes publicitarios, de autobombo o simplemente avisos circunstanciales que se superponen a la avalancha de otros mensajes que nos llegan por los medios más peregrinos. Quizá en el formato periodístico, el de la noticia bomba, pueda tener algún sentido el twitteo, pero también lo han adoptado quienes hasta no hace muchos años pensaban que la prosa profunda, cargada de contenido, era el clímax de la literatura.

Sea como sea, la historia literaria también está cargada de adeptos al fogonazo, desde mucho antes de la aparición de internet. ¡Parece que nuestros decimonónicos tampoco tenían tiempo de nada! La greguería de Ramón pasa por ser el ejemplo más sintomático de una tendencia del todo sobrevalorada. La parte lúdica de este tipo de frases es jugosa, claro, como lo puede ser un sudoku en momentos de abulia. Pero de ahí a considerar que una greguería está al mismo nivel que un buen cuento ya es otro cantar. Y hablo de cuentos de verdad, porque en ese campo también se han sucedido los amagos vanguardistas, y destaca por encima de todos la eterna frase de Monterroso con su dinosaurio: es difícil econtrar ejemplos más evidentes de cómo la sugestión colectiva puede ensalzar algo que no pasa de ser un simple fuego pirotécnico. No hay día en que alguien no hable de la genialidad de este autor citando el texto, cuando la genialidad de Monterroso no se demuestra precisamente por su cuento twitter.

Con mucha más enjundia, dos autores a quienes ahora venero también distraen de vez en cuando sus neuronas con hallazgos verbales de una o dos líneas, pero siempre su brillo sobresale en párrafos más trabajados. Sanchez Ferlosio o Trapiello, eternos autores de pecios, son demasiado inteligentes como para quedarse en la calderilla y cultivan la descripción meditada y el reposado mirar, por mucho que su obra sea fragmentaria en conjunto y muy miscelánea. La calidad de un texto no tiene medidas, es decir, no tiene corsés: es por ello que hay tan pocos columnistas de prensa realmente excitantes, de obligada lectura. Atenerse a un número de palabras implica que no siempre se está a la altura del mandato, porque no todo se puede expresar en 587 vocablos. Menos todavía en 140 caracteres, a no ser que haya que avisar que algo se quema.

Mucho me temo que el twitteo es perfecto para los que jamás han sabido construir una subordinada sustantiva. Por fin se puede escribir sin saber escribir, así como ahora hay aparatos de cocina pensados para los que no saben distinguir entre un sofrito y un estofado. La escritura como un don genético de las nuevas generaciones, a expensas de un clic. Para todos esos, 140 caracteres todavía me parecen excesivos.
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¿Debo ser el único individuo que dispone en su estantería de la colección completa de Granta en español? Sea como fuere, el número de octubre de este año merece más atención que la habitual: por fin una selección de los mejores autores jóvenes en lengua española, a la manera de lo que ya se hace cada diez años en la edición inglesa y que dio a conocer internacionalmente a McEwan, Amis o Barnes. Ya tengo algún nombre en mente.

lunes, 22 de febrero de 2010

Cuesta de Moyano

He estado cuatro días en Madrid y no he visto a Trapiello. Esto en sí mismo ya es una noticia. Cada vez que regreso a Madrid, e intento hacerlo al menos una vez al año, sigo teniendo la misma sensación de estar metido en un cuadro de Gutiérrez Solana. No encuentro por ningún lado la profiláctica pátina de diseño que impregna cada calle de Barcelona, que la hace tan higiénica y a la vez tan irreal. En Madrid tengo la sensación de que al doblar cada esquina voy a tropezarme con un escritor, y no uno de nueva hornada: con Ramón, con Valle o con el mismísimo Baroja. Supongo que esto tiene relación con la zona por la que me muevo en mis paseos, siempre Sol y alrededores, y lo más lejos que llego es al Paseo del Prado y al Retiro. Entre museos de jamón, teatros de comedias españolísimas, hombres anuncio buscando piezas de oro, tabernas de vino y tapa, carteles de corridas y putas tristes en Montera, parece que el tiempo no transcurre o lo hace a un ritmo distinto al de mi ciudad.

Para tropezarme con Trapiello lo tenía relativamente fácil: bastaba con alargar mi viaje hasta el domingo y darme un paseo por el Rastro. También intento siempre coincidir con Marías, cruzando como quien no quiere la cosa por la plaza en la que habita, pero jamás he logrado que él salga del portal mientras yo paso por delante. Al fin y al cabo, lo del Madrid literario debe ser un imaginario azuzado por lecturas y pinturas y no un espacio real, pero no puedo evitar la misma sensación cada vez que piso la ciudad.

El sábado a media mañana, camino del Retiro, decidí entrar por la puerta de Moyano, con lo cual me obligaba a pasar por delante de la treintena de casetas de libros que a esa hora estaban todas abiertas. Hay pocos libreros que presenten género de calidad (primeras ediciones, obras de culto) y sí mucho resto de bibliotecas jubiladas. Casi todo el material corresponde a ediciones de la segunda mitad del siglo XX, de nulo interés bibliófilo y de editoriales comerciales (Bruguera, Planeta, Seix-Barral) pero que sirve para hallar a buen precio alguna obra que puede estar descatalogada.

Lo mejor de estos paseos, más que detenerse en cada lomo, consiste en escrutar el tipo de personal que por allí se deja caer. Mayoritariamente es gente de mediana edad o de edad ya avanzada, con pinta de buscar alguna oferta plausible y que no repara demasiado en el valor literario del producto. Son lectores habituales pero poco dados a separar grano y paja: vi a gente que así como le hincaba el diente a Agatha Christie lo hacía con Umbral, la cuestión es tener lectura para la tarde a un precio más que módico. El 90% de mis vecinos eran hombres, lo cual hacía aún más decrépito el pasear.

Y lo mejor de la mañana ocurrió en una de las casetas: su dueño, un viejo de mucho temple y pocas fuerzas, comenzó a destripar cajas de cartón que con toda seguridad provenían de algún domicilio cuyos dueños habían decidido deshacerse de su biblioteca (supongo, para ser más preciso, de algún difunto cuyos hijos estaban liquidando los estantes del padre, que tan esmeradamente los fue llenando y ordenando en vida y que ahora, de un día para otro, pasaban a ser kilos de papel inservible). Asistir en la cuesta de Moyano a uno de estos momentos es todo un espectáculo, patético y atractivo a la vez: mientras el viejo iba desparramando el contenido de las cajas encima de unas mesas, sin tiempo siquiera para colocar la mercancía en un cierto orden, unos veinte hombres se agolpaban alrededor a la caza de quién sabe qué volumen preciado. Me asomé al banquete, como un ave de rapiña más, y sólo acerté a ver novelas de bajo costo, colecciones de libros de periódico y cintas de VHS, pero la escena sugería que alguna joya debería estar escondida en algún lugar, pues los herederos (en su ignorancia supina) habrían empaquetado entre los libros de bolsillo alguna que otra perla cotizada. Me quedé diez minutos por ahí, contemplando el mal trato que deban los individuos a la mercancía y cómo alguno salía con algo entre las manos, sin duda no el diamante en bruto por el que había peleado inútilmente.

Proseguí mi paseo hacia el Retiro, para matar las horas previas al avión que partía hacia Barcelona. Me quedó un gusto acre en la boca, como si tanto papel añejo acumulado hubiera llegado a mis entrañas, y como si la visión de esas pilas de libros que un día fueron objeto preciado y hoy material de derribo me hubieran puesto melancólico. Ni los gorriones lograron aplacar mi inquietud.

lunes, 15 de febrero de 2010

Nancites 22

1. Dos entrevistas suculentas que han caído en mis manos estos últimos días, congelado en las alturas de los Pirineos. En un reciente Babelia, un ejercicio de equilibrismo impactante con James Ellroy: la encargada del espectáculo circense es Rocío Ayuso, que a lo largo de dos páginas escucha al escritor y transcribe las provocaciones mayores que éste va desgranando. Nunca había sentido el más mínimo interés por Ellroy, que acaba de publicar nuevo libro de mil páginas en Ediciones B, y cada vez frecuento menos la novela negra. Pero frente al autor de género más o menos intrascendente (acabamos de vivir otra semana sobre el tema en Barcelona que pasó con más pena que gloria) Ellroy emerge como un destroyer francamente inquietante. Se reconoce como autor magistral y genio, sin medias tintas. Acostumbrados a la moda imperante del relativismo y la mentira piadosa, impacta su concluyente dictamen. Autodidacta, lector obsesivo, animal de zoológico según su ex-mujer, y amante de la historia, la música clásica, las mujeres, el boxeo, las novelas policiacas y los perros. Ojo al dato: de su último libro escribió 400 páginas para armar su estructura y 150 de notas, de las cuales salió el producto final. Un outsider en toda regla: lo amas o lo odias, y yo todavía estoy en la duda.

2. La segunda entrevista en la contraportada de La Vanguardia del día 11. Sólo un ejercicio más que banal para tener una primera aproximación de David Monteagudo, pero me ha servido: ¡el obrero escritor! No había indagado todavía en el autor más allá de todo lo escrito sobre Fin, y hasta ahora no había llegado a mí una sola declaración o foto. Me sorprendo una vez más: diez manuscritos en el cajón, editores que le niegan una y otra vez la posibilidad de publicar, hasta que uno cae en manos de Vallcorba y se convierte en el éxito del año (ya he visto la séptima edición). Pero Monteagudo, a lo Ellroy, dice que siempre había estado convencido de que le llegaría el éxito. Dos ególatras en tan poco espacio de tiempo es demasiado incluso para mí, pero me han dejado pensando sobre cómo el triunfo también puede depender del coraje y de la inmodestia. Con dos pares. Aprovecharé mi próximo vuelo a Managua para leer la novela, pues no se me ocurre mejor lugar para ello que entre bandejas de comida (pasta or chicken?) y asépticas salas de espera.

3. ¡Necesito poner orden en el universo Bolaño! Desde aquellos tiempos pretéritos del triángulo mágico, las novelas y libros de Bolaño han seguido cayendo como hojas de un otoño eterno: nada más poético que un autor desaparecido y una obra en constante aumento, contraviniendo las reglas más elementales del tiempo y de la razón (aunque para Herralde el hecho no tenga nada de poesía y sí mucho de crematístico). Digo que quiero poner orden, y es que ya me he perdido entre el aluvión de novedades: ¿Es posible establecer un orden estricto de escritura entre todo lo publicado? ¿Alguien tiene los deberes hechos?

4. Lo diré con menos de 140 caracteres: ¡Tengo que escribir un post contra Twitter, y tengo que hacerlo pronto!

lunes, 8 de febrero de 2010

Cela (con perdón)

Recibo en mi casa la digitalización de los manuscritos originales de todas las novelas de Camilo José Cela, catorce en total, desde La familia de Pascual Duarte hasta Madera de boj: un verdadero aluvión de hojas y folletos escaneados, y un festín para cualquier lector interesado en el proceso creativo de una obra literaria. Este DVD, al alcance de cualquiera por menos de 30 euros, es algo bastante inusual como producto para el gran público: no conozco precedentes en un autor español del siglo XX, aunque es posible que alguien me saque de mi despiste.

A ello ha contribuido, sin duda, la existencia de una Fundación dedicada al escritor y que ha mantenido en alto la idea de que Cela es el súmmum de las letras hispánicas, y este reverencialismo se machaca siempre con la frase "el último Nobel español", como coletilla que lo justifica todo. Sea como sea, e independientemente de la consideración que cada cual tenga por el Cela escritor, el acceso a sus textos escritos a máquina y a mano, con borrones y rectificaciones, es un placer al que pocas veces podemos asomarnos.

No está de más decir que escribir hoy sobre Camilo José Cela, en un blog supuestamente moderno y que adora la prosa de Bolaño o Marías, puede parecer un brindis al viento. Hay que pedir perdón por ello, pues poco hay más demodé en la actualidad literaria que nuestro flamante Nobel. No ayuda a mejorar el panorama su omnipresente figura de obsceno provocador, su pasado de connivencia con la dictadura, el mediocre trabajo de encargo proveniente de otro régimen desalmado (La catira), el juicio por plagio en un Planeta amañado (La cruz de San Andrés)... Esta faceta gris de Cela ensombrece lo que para mí representa su mejor baza: el empeño por huir del adocenamiento literario y cultivar una nueva vanguardia formalista nada complaciente con el lector.

Siempre he dudado sobre cuán leído ha sido el autor, más allá de la preceptiva lectura obligada de bachillerato: sus salidas de tono y su pose de perpetuo cascarrabias lo convirtieron en un personaje popular, pero siendo sinceros: ¿Quién se ha atrevido a leer Oficio de tinieblas 5 desde la primera a la última página? ¿Quién lee hoy Cristo versus Arizona? Su voluntad de transgredir y superar el realismo tan boyante en ese momento, incrustándolo en una atrevida búsqueda de nuevas formas escritas, es su mejor carta de presentación. Muchos alegan que eso es puro artificio formal, que esconde una nula capacidad para contar historias (por eso sus mejores relatos son los de sus obras de viajes, reales como la vida misma). Para mi gusto, también Torrente Ballester investigó en esa línea y consiguió hallazgos superiores, pero ese es otro cantar.

Lo cierto es que ahora, con la digitalización, se puede acceder a la infrahistoria del escritor, que incluye múltiples notas y apuntes en fichas marginales y que en conjunto componen un corpus francamente apetecible. Vemos retazos nada románticos: frases escritas al vuelo en papeles con el membrete de la Renfe o del Hotel Intercontinental de a saber qué ciudad. Hojas de letra abigarrada cruzadas por líneas que van y vienen hacia fragmentos añadidos. Y versiones varias de un mismo párrafo (he llegado a contar cinco versiones distintas, con cambios más o menos sustanciales, del inicio de Madera de boj).

Apenas estoy picoteando por el DVD con poco orden y de manera lúdica, pero afrontar cualquier estudio sobre una de estas novelas y no tener que desplazarse a Iria Flavia es un gran avance. Uno más de las nuevas tecnologías, y un acierto que la Fundación Camilo José Cela lo haya hecho público de una manera tan accesible.

viernes, 29 de enero de 2010

Juguete roto

He seguido a Arcadi Espada desde hace bastante tiempo, pero mi verdadera adicción nació a partir del blog "Diarios", que mantuvo activo durante unos cuantos años en internet y que acabó convirtiéndose en un par de volúmenes editados. Aunque la idea de fondo fuera la crítica de la prensa y el metaperiodismo, el blog le servía para arremeter contra sus principales fobias: el nacionalismo (en especial el catalán), la moderación de mucha gente hacia las viles formas de terrorismo (el mirar hacia otro lado) y la socialdemocracia. Aunque mi actitud ante la vida no coincidía muchas veces con sus postulados, me atraía la provocativa mirada de Espada y me instigaba intelectualmente a rebatir sus escritos. Yo, ante la inteligencia, tome el color o la ideología que sea, me quito el sombrero.

Arcadi Espada es un ser inteligente. Como Andrés Trapiello, pongamos. Cierto que le pierden a menudo las formas, y no por la vehemencia sino por el sincretismo: desentrañar alguno de sus textos o frases requiere un ejercicio mayúsculo de interpretación, porque aquello que parece expresar no suele coincidir con la lectura más soterrada que esconde cada sentencia, siempre hay algo más debajo. Quizá haya un poco de masoquismo en el lector habitual de Espada, quién sabe. Lo cierto es que después he procurado seguirlo en sus columnas de "El Mundo" y en algún que otro libro publicado, casi siempre con gozo.

Le faltaban dos cosas para la posteridad: un gran proyecto periodístico moderno, al que ahora me referiré, y un gran libro de fondo, que todavía está pendiente. Quiero decir que, por ahora, sus libros han sido breves obras, casi manuales, sobre sus ideas acerca del periodismo o sobre temas en los que ha pensado e investigado, pero sin profundizar verdaderamente. Como si no tuviera tiempo, vamos. Sólo Raval es un reportaje algo más completo y cerrado, pero el resto son ideas brillantes acumuladas que requerirían una tesis más compleja. Pero Arcadi escribe así: escueto, con frase breve y punzante, buscando la comparación sorprendente y sagaz, y parece que no esté para tochos profundos a lo Pinker.

Personaje polémico y provocador, lanzó a finales del año pasado, arropado por un grupo de jóvenes periodistas, un nuevo medio de comunicación: Factual era un diario escrito exclusivamente para internet y con acceso restringido a los suscriptores de pago ("el periodismo no se vende, el periodismo se compra", era el lema de lanzamiento), y con un ideario estimulante. Yo, que he sido lector incansable de periódicos desde que tengo uso de razón, entiendo como nadie la necesidad de renovar el medio y desvincularlo de los grandes intereses empresariales. Un diario creado para internet era una apuesta arriesgada, pero si alguien podía liderarla en este país era Arcadi Espada.

El miércoles 27 estuve en la redacción de Factual, en la zona alta de Barcelona y cerca de la pastelería Sacha, como no podría ser de otra manera. Nada que ver con las parafernalias surgidas de las correrías de Redford y Hoffman: una planta baja comercial reconvertida en una redacción blanquísima, con Arcadi en una pecera y una sala de reuniones de pequeñas dimensiones. Mucho joven sobradamente preparado, ordenadores de diseño y la inmediatez que siempre se adivina en este tipo de espacios: alguien descubre algo en la pantalla, muchos se arremolinan entorno, algún grito y cada quien de nuevo a su mesa.

Me levanto al día siguiente y leo en Factual que Arcadi tira la toalla. Problemas con el concepto original del periódico y dificultades para financiarlo: libertad y dinero, el problema de todos. ¿Tiene sentido continuar en la aventura sin el capitán? Un proyecto como este iba asociado de manera radical con el mensajero, y muerto éste, el barco puede zozobrar en cuestión de horas. Nada de esto se nos dijo en la visita a la redacción: las aguas entraban en la bodega pero alguien tapaba los boquetes para que no se notara hasta el jueves.

¿Era todavía pronto para impulsar un producto virtual de pago? Los grandes medios han fracasado en esta línea y tuvieron que abrir sus webs a todo tipo de público. Pero Factual incorporaba algunos elementos de valor añadido: el concepto de Tercera Cultura como sección, la visión cientifista del mundo, un uso acertado de los links en cada noticia, el doble formato entre periódico diario y actualización inmediata... aunque también adolecía de falta de profundidad en muchos temas, selección de noticias muy discutible, contenidos algo escasos y un diseño limpio pero demasiado esquemático.

Lo dicho: sin Espada, muchos compañeros irán desapareciendo y todo parece indicar que al proyecto no le queda mucha vida, si es que no está muerto ya. Pero habrá que cuidarse con un nuevo proyecto futuro, porque otro fracaso no habrá suscriptor que lo aguante, nos hemos vuelto demasiado suspicaces. Por lo pronto, yo bajé hasta Sacha y me zampé (perdón: degusté) un croissant de crema y una coca de vidrio. Porque la vida sigue, qué caramba.
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Si mi pidieran que escogiera una foto de un solo escritor, una que reflejara lo mejor y lo peor de la literatura, sus gozos y sus sombras, sin duda sería ésta, de sobras conocida:



Y no lo he dicho hasta hoy, el peor día para decirlo.

viernes, 22 de enero de 2010

Excusa para mi silencio

Haití, claro. Estuve una semana en la isla durante el pasado mes de agosto, recorriendo de punta a punta este pedazo de la América africanizada. El caos absoluto que se narra en el periodismo de Coronel Tapioca llega intermediado por la mirada de asombro de quien tiene un ático en Madrid con todos los enseres en su lugar. Nadie dice, porque a nadie interesa tras un terremoto, que los niños haitianos iban siempre bien vestidos por la calle y que los mercados informales funcionaban, incluso sin Estado y en la precariedad inherente a un país en vías de desarrollo. Una de estas mañanas vi la foto de un linchamiento, como quien asiste al espectáculo pornográfico del día. La miseria necesita podredumbre para seguir siendo miseria, y las cámaras deben apuntar a ella: cuando las personas pierden la dignidad, la prensa se ha avanzado y la ha perdido desde hace mucho tiempo. Y esto que escribo no pretende minimizar la tragedia de Haití: la amplifica, para quien quiera y sepa leer entre líneas.

Ante las tragedias humanitarias hay que hacer como en los quirófanos: no molestar y dejar trabajar al cirujano. Pero en las tragedias humanitarias siempre hay micrófono interpuesto, con el argumento de que ayudará a sensibilizar a la población. Cierto: en la estación de tren ya hay máquinas expendedoras para echar monedas por Haití, pero la reflexión queda sepultada ante el instinto básico. ¡Si fueran sólo monedas lo que necesitaran! Pero esta es la tercera tragedia en seis años, en el mismo lugar y ante el mismo escenario internacional. Construir un Estado y unas instituciones requieren, después de la ayuda inmediata y de la reconstrucción, algo más. Mucho más. Más que nada porque la cuarta tragedia está al llegar.

[No puedo actualizar el blog con la agilidad que quisiera, porque Haití también me tiene ocupado por razones laborales. La literatura, en estas condiciones, puede esperar]