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lunes, 26 de septiembre de 2005

Lolita en boca de todos

Pocas obras maestras se prestan tan fácilmente al tópico y al lugar común como Lolita. Incluso los que no han leído Lolita -la inmensa mayoría- son capaces de hablar de la novela como si la conocieran a fondo y pudieran emitir juicios categóricos. Pero no juicios literarios, claro: más bien prejuicios sobre el tema y el trasfondo que envuelve la obra, que ya es un mito indiscutible del siglo pasado.

Este es el terrible lastre que debe soportar Lolita a 50 años vista, el de ser calificada no sólo como una obra de arte que pervive y que nos sobrevivirá, sino como una historia con temas y personajes que pueden ser destripados por cualquiera que pasaba por allí: ¿Quién no sabe quién es Lolita? ¿Quién no conoce a Humbert, aunque no recuerde ni su nombre? ¿Quién no es capaz de agarrar el bisturí y ¡zas!, sajar sin contemplaciones todo aquello que hemos visto en el cine o nos ha llegado de oídas pensando que eso, exactamente, es lo que debe estar escrito, palabra por palabra, en las páginas del libro?

Déjenme adornarles con este fragmento de un despacho de la agencia Efe, que después he visto en internet firmado también por la agencia AP, publicado tal cual en varios medios latinoamericanos (las cursivas son mías):

“Después de tres generaciones, los lectores siguen atraídos por los pasajes iniciales de la obra de Nabokov, más poesía que prosa. Por el contrario, con igual fuerza les repele Humbert, un abusador de menores que prácticamente mantuvo cautiva a su hijastra; resulta tan despreciable hoy como en 1955”.

Ese es el meollo del asunto. Siempre arranca el periodista de turno con el masaje circunstancial a la obra, para que parezca que está escribiendo el artículo con el volumen en una mano y tecleando en el ordenador con la otra; pero no tarda demasiado en sacar su lado más apegado a la realidad (ahí ya suelta el libro, le incomoda tanta ficción) y con las dos manos aporrea el teclado: Humbert es un personaje repelente, diría el buen ciudadano, más que inadmisible. Imagínense, un abusador de menores, ¡un pederasta, un pedófilo!, cómo es posible que exista todavía hoy esta prosa (miento: poesía, según el masaje previo), protagonizada por un ser despreciable y al que entre todos debemos, como mínimo, ir a arrestar de inmediato. Sólo le falta añadir: ¡A la cárcel con él!.

Supongo que el fracaso tremendo que de ahí se deriva debe surgir de la educación literaria que hemos recibido todos. En primer lugar, pocas veces se ha enseñado a leer para buscar las fuentes del placer estético, sino por una simple obligación que en tantos casos origina aburrimiento y tedio definitivos. Y en segundo lugar, el puritanismo católico en que tantos se criaron les obligó a insertar la moral no sólo en las fronteras de su vida cotidiana sino también en todo lo que estaba a su alcance. A la literatura también le tocó su turno y, aunque sea de manera más o menos inconsciente, se le aplicó el mismo valor y el mismo criterio que se aplica para nuestras realidades inmediatas. Entonces, ¿qué diferencia hay entre Humbert Humbert y Michael Jackson? Ninguna, porque los policías de la moral no sólo apuntan contra un cantante engreído (y ni falta hace decir que ahí apuntan bien) sino que también lo hacen contra el personaje de Nabokov, sin darse cuenta o sin querer entender que a lo que realmente apuntan es a las páginas de una novela.

Hay un artículo excelente de Vargas Llosa en el cual, aprovechando que las cosas son como son y se juzga como se juzga, alienta a la creación de páginas con materiales horrendos, provocativos, inmorales y execrables. ¡Qué mejor que la literatura para sublimar los fantasmas interiores! ¡Qué mejor que un loco pueda proyectar sus deseos más abyectos en un libro y verlos satisfechos ahí! Otro gallo nos cantaría: pero como en todas partes se lee por obligación y con parámetros de moral obtusa, se siguen cometiendo las mismas tropelías en las calles y en las plazas de los pueblos. Total, parece que no son más graves que las que acontecen en un libro escrito hace 50 años.

Se pregunta más abajo el periodista: “¿Por qué un protagonista pedófilo sigue atrayendo al público?”. Me debería preguntar yo: ¿por qué la gente sigue insistiendo en comprar cada día la prensa con la cantidad de guerras que los corresponsales nos narran sin respiro? Pues precisamente porque no sólo el tema es el baremo único en toda clasificación. Si no, acabaríamos comprando un libro por el simple hecho de que narra la historia de un hombre que va a caballo por las tierras de La Mancha (nunca me compraría yo un libro así), y despreciaríamos lo que desprecian los que celebran aniversarios: la magia, la palabra, el sentimiento, la estética, la profundidad, la forma. O sea, todo aquello que también es literatura.