En este tipo de novelas hay un riesgo que pocos logran superar: es muy difícil que ambos relatos logren interesar por igual al lector. Cuando esto se queda en un mero interés argumental, es decir, que nos sentimos más contagiados por una de las tramas porque cuentan algo con lo que nos identificamos más, el efecto es claro y no merece más comentarios. Pero cuando una de las historias es claramente superior a la otra (por sensibilidad literaria, precisión moral, mayor introspección en los personajes, fluidez narrativa) entonces la obra adolece de una cojera irremediable. La distancia entre una y otra es considerable, y caminamos página a página con piernas a distinta altura.
Es lo que ocurre en Un lugar llamado Oreja de Perro: el triángulo que forman el protagonista, Mónica y Paulo es, por momentos, sublime. La capacidad del autor por traspasar las emociones nos contagia, y cada peldaño de esta relación construye una escalera por la que siempre se sube, temiendo por sus vidas vulnerables, que son las nuestras. El narrador, que cuenta todo en primera persona, sobrepasa su voz bastante altanera y se convierte en esos capítulos en un ser debilitado pero con el aplomo suficiente para armar su pasado como un puzle quebradizo. Buena literatura, al fin.
Por desgracia, esos momentos álgidos se ven ensombrecidos por la segunda trama, centrada en los sucesos de Oreja de Perro y en otros personajes que no logran desprenderse en ningún momento del traje de meros clichés: un fotógrafo pelmazo, una chica embarazada y aprendiz de vidente, y otros seres aún más tangenciales que sólo rellenan un espacio claustrofóbico en el que transcurre la novela. Aquí no hay emoción que traspasar, pues cada anécdota no es sino un intrascendente tránsito hacia la historia verdadera, hacia las reflexiones del narrador acerca de su vida más íntima con su esposa e hijo.
Un ejemplo sacado entre cualquiera de los que impregnan esas páginas:
Abro un ojo. Cierro un ojo. El cuadro cambia de ángulo.
¿Irá Jazmín a la fiesta? Como si eso pudiera importarme ahora.
No importa.
Sin caer en la cuenta de que al lector tampoco le importa lo más mínimo si al protagonista le importa etcétera. Este bucle soporífero es un lastre terrible para el libro, pues el lector va pasando de momentos poéticos de altura (el acercamiento con Mónica en el noviazgo, beso a beso, es un prodigio de contención y sabiduría narrativa) a párrafos de una instrascendencia monumental.
Así que mi conculsión es que lo mejor de Thays está por venir, pues si logra aunar en un volumen sus aciertos y desprenderse de la hojarasca, podando la nueva novela de bagatelas superfluas, leeremos quizá algo importante. Y el día que un autor peruano logre dejar de lado la historia reciente de militares y senderistas (sólo uno!), también habrá que hacer una celebración espontánea.
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El Premio Reino de Redonda de este año ha recaído en Marc Fumaroli, el autor de la introducción a las Memorias de Ultratumba de Chateuabriand (que ya tengo programadas para leer en mi jubilación pirenaica, así de largos y optimistas son mis proyectos). Una vez más, un mérito doble: al autor premiado, indiscutible sabio contemporáneo, y a la editorial española que ha traducido alguna de sus obras , Acantilado.


