sábado, 1 de julio de 2017

Rumores

Se escuchan rumores de que la Senda, seis años después, volverá a ser transitable. Habrá que permanecer atentos...

sábado, 29 de octubre de 2011

Blog clausurado

Crisantemos, estampitas y oraciones a corazontanblanco@gmail.com

jueves, 7 de octubre de 2010

El Nobel eterno



El eterno candidato ya es el Nobel eterno. Adiós a los chistes: el Nobel ya no es el premio que cualquier escritor puede ganar mientras no se apellide Vargas Llosa. Hoy me desperté en un hotel de montaña, al estilo casa hacienda. Lo primero, como casi cada día, fue leer El País en internet a sabiendas de que el titular del día (de esa hora de la mañana) iba a ser el Nobel de literatura. Yo, como todos, ya casi había perdido la esperanza de esta concesión, así que la noticia casi me sobresaltó. No pude pensar en otra cosa a lo largo del día.

Vargas Llosa representa el perfil casi perfecto de un Nobel, por mucho que él ya haya dicho que es un escritor conflictivo. Para mí representa al autor total: dedicado en exclusiva y con pasión a la escritura y a la lectura, autor prolífico que combina géneros (novela y ensayo, pero también con cruces hacia el periodismo), comprometido con valores sociales y morales de gran calado, con lectores en medio mundo y una perpetua pose de intelectual à la page.

Esta frase, dicha hoy al vuelo en su primera conferencia de prensa, lo resume todo: “El goce que produce la buena literatura es incomparable”. Ahí está resumido el porqué de la alegría que a muchos nos embarga: la literatura es la vida, y es lo que puede dar sentido a la vida misma. Quien no entienda eso no sabrá jamás cuál es la experiencia de placer que puede superar incluso al mismísimo orgasmo. Lea y enmárquelo, por favor:

La literatura es mi manera de vivir, como decía Flaubert. No tendré otra, con sus sumas y sus restas, esa es la felicidad de mi vida. La literatura me ha dado lo mejor que tengo; los amigos, las experiencias. La entraña de mi vocación no es otra que la literatura, y de ella sale todo lo que soy y todo lo que tengo. Es lo mejor que me ha pasado

Vargas Llosa también tiene a sus enemigos inquebrantables, por supuesto. Lo entiendo: no es un outsider, no hace experimentos vacuos, es abierto y tolerante, vive bien y con acomodo, vende muchos libros. Todos los defectos que amotinan a los desolados escritores solitarios. Y además es un liberal que da fulgor al adjetivo, y créanme que sé de qué hablo: vivo en un país rodeado de liberales carcamales, a cuál más beato y pringoso. Y que no leen a Vargas Llosa, por supuesto.

Hace varios años que no he leído otra novela suya, aunque las últimas están en los estantes de mi casa. Pero si lo pienso bien, probablemente es uno de los autores de quien he leído y poseo más obras. Hoy dormiré feliz, porque cuando el lector se siente partícipe del premio constata que no todo está perdido en este mundo. Ni la literatura.

sábado, 17 de julio de 2010

domingo, 27 de junio de 2010

Llamadas telefónicas (7): La nieve

¡Una novelita rusa! La lectura de este cuento ratifica la sensación de mezcolanza que hay en esta recopilación y la dificultad para establecer un nexo común entre las historias. De México a Girona, de París a Moscú, cada itinerario reconduce el libro hacia nuevos terrenos literarios, aunque manteniendo (con matices) un tono particularmente lumpen y alternativo.

La nieve se inserta en la parte de "Los detectives", anunciando lo que será después el grueso de la novelística de Bolaño y la fuerza de los personajes y los hechos que arrasarán cientos de páginas de alto vuelo. Todavía no he comentado aquí ni Los detectives salvajes ni 2666, por lo que no me detendré ni un momento a establecer comparaciones antes de tiempo. Ya vendrán. Si acaso sí percibo resonancias de Una novelita lumpen en las voces de los personajes, en sus quebrantadas vidas y en sus alianzas con personajes de baja estofa.

Este es un cuento de mafias y chicas guapas. Esto es un Simenón breve en una ciudad imposible. Rogelio Estrada, llamado durante su aventura rusa Roger Strada, narra su transitar por el lado oscuro de la vida cuando su familia se muda a Moscú. Joven rebelde y descarriado, se alía con amigos de su misma índole y acaba en las garras de Misha Pavlov, un "mago del hampa moscovita". No tarda en entrar en escena la chica joven y bella, obligada presencia en toda novela negra y que acaba siendo tan inocente como taimada: en este caso es una saltadora de altura de quien se prendan ambos personajes y por la que llegan hasta el duelo final, rematado de forma brusca y lacónica. Sólo la muerte redime en estos argumentos de género, y sólo el texto y la historia responden por sí mismos.

¿Es este el mejor ejemplo de la literatura de Bolaño, de su veta más popular y que le ha dado fama como autor de culto? Quizás. Yo sigo prefiriendo el Bolaño metaliterario, el que habla de literatura haciendo literatura (también aquí, por cierto, no puede evitar referirse a la novela rusa y a Bulgákov). A cuentos como este le hace falta mayor torrencialidad, a no ser que se opte por inscribirse de lleno en la novela negra y en sus leyes, y Bolaño está muy lejos de eso. Quiero decir, parafraseando los títulos, que a "Los detectives" de la segunda parte de Llamadas telefónicas les hace falta ser salvajes, dejarse ir y no pretender establecer mensajes imposibles en apenas veinte páginas.

Como ya ocurre en el resto de la obra del chileno, no es posible ver este libro como una pieza única, desgajada del resto. Todo huele a ensayo, a prueba, a machete abriendo camino y buscando el filón que después le daría el Premio Herralde y más. Como creación de mundos complejos este es un cuento necesario, como manuscrito hallado en una botella es del todo prescindible.
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Cuando una autora decide emprender un tarea titánica ya tiene, de entrada, mi afecto. Aunque sea una autora a la que apenas leo. Proponerse escribir a estas alturas unos nuevos Episodios Nacionales y quedarse tan ancho merece mi aplauso. Creo firmemente en lo imposible.
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El lector habituado a esos mamotretos de centenares de páginas que imitan sin el menor asomo de parodia las novelas góticas o de aventuras del siglo XIX y se convierten casi automáticamente en efímeros pero rentables best sellers (...)

Insobornable, necesario siempre Juan Goytisolo (aunque sea en una crítica insustancial a pie de página)

lunes, 21 de junio de 2010

Saramago y Monsiváis

Me coge con el pie cambiado la muerte de José Saramago y de Carlos Monsiváis, mientras regreso de un viaje por El Salvador y a punto de seguir con el comentario del resto de cuentos de Llamadas telefónicas. Nunca la muerte llega en el momento adecuado, pero estas dos desapariciones simultáneas parecen haberse puesto de acuerdo para que el duelo sea mayor, más contundente.

Hace años que no leo a Saramago. La razón es precisa: las novelas con mensaje, o las novelas metafóricas me parecen ejercicios de una gran simpleza conceptual. Ni la prosa del portugués, bien armada y de lectura agradable, logra atrapar mi interés por historias de ciudadanos que votan en blanco, sobre epidemias que dejan a todo el mundo ciego o sobre un país en el que la gente deja de morir. Estas historias podrían liquidarse como cuentos sugerentes, pero no como novelas más o menos complejas. Tampoco El evangelio según Jesucristo, primera de las obras que leí del autor, logró interesarme lo suficiente como para abundar mucho más en su literatura.

En cambio, el papel de intelectual crítico y comprometido que ha desempeñado Saramago en esta última década, especialmente después del Nobel, me parece su aporte más valioso y perdurable (y que lo emparenta, océano de por medio, con el caso de Monsiváis). En un contexto histórico como el actual, en el que se van perdiendo los referentes doctrinales y en el que gana el relativismo y la acumulación de saberes desordenados, la función del intelectual debería ayudarnos a marcar pautas, fijar ideas, discernir entre la verdad y la mentira, desnudar al hipócrita, romper dogmatismos y abrir nuevos caminos. Saramago, comunista confeso, logró superar la rígida doctrina de su filiación política y hacerse incómodo cuando tocaba: ya sea criticando al régimen cubano por los presos políticos o a Daniel Ortega por su traición al sandinismo, se convirtió en la piedra en el zapato de los nuevos revolucionarios autoritarios. Crítica desde dentro, sí, pero más necesaria incluso que la de aquellos liberales de quienes siempre se espera el mismo discurso.

El riesgo de Saramago era el de aparecer de manera perpetua como un abajo firmante: todos solicitaban su parecer ante cualquier injusticia mundial, y siempre estaba ahí para opinar acerca de lo que se antojara, ya fuera la ocupación israelí en Gaza o la huelga de hambre de Aminatu Haidar. Eludió el riesgo siendo coherente consigo mismo y no respondiendo a ninguna corriente sectaria. Por eso se le escuchaba y se le aplaudía.

Monsiváis era otro referente intelectual de estos años, a quien también habría acompañado Vázquez Montalbán si no hubiera fallecido antes de tiempo. Su voz era menos política que cultural: un derroche de sensatez sobre el México de su tiempo y a través de la crónica como género. Recuerdo ahora, y tengo a mano, un sagaz artículo publicado en Letra Internacional en la primavera de 2005, “Elogio (innecesario) de los libros”, previo a la fiebre del libro electrónico y de donde extraigo este fragmento:

Gracias a la lectura, cada persona se multiplica a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las opiniones morales y políticas; vuelve por una hora en poeta o en narrador a quien complementa con la imaginación de lo leído; ayuda a situarse ante el horizonte científico o social; vigoriza el sentido idiomático.

Motivos suficientes, también, para la existencia de un blog sobre libros tan inútil como éste. Sin Saramago y sin Monsiváis, y con todo lo que está por venir.

jueves, 10 de junio de 2010

Nancites 24

1. ¿Por qué tengo la extraña sensación de que el Premio Príncipe de Asturias de las letras se lo dan cada año a la misma persona? Amin Maalouf, Ismaíl Kadaré, Amos Oz, suma y sigue.

2. El fin de Bruguera... Resucitar a los muertos nunca fue negocio, excepto en la ficción. La debacle editorial del Grupo Z, tan perspicaz en otros ámbitos del quiosco, demuestra que este negocio de los libros es de una complejidad suprema. No basta con el ojo felino de Ana María Moix. Quizá Bruguera no logró encontrar su filón, su público exigente, y se perdió en una maraña de novedades con muy poca unidad. Por eso reconozco la labor de, por ejemplo, el Conde de Siruela, capaz de vender un sello de éxito y montar otro nuevo de manera inmediata con un resultado positivo más que evidente. Prestigio, un lector fiel y una colección coherente: tanto y tan poco.

3. Esta frase de Pere Gimferrer: "De la misma manera que en lo más duro de la Guerra Civil las salas de cine estaban llenas, los libros siguen comprándose, incluso en los momentos de mayor postración económica." Viene a cuento de una pregunta y de la constatación de que libro y crisis van cada uno por su lado. Creo que es una verdad incuestionable, que además pone en duda el precepto de que lo primero que cae en los malos tiempos es el ocio o la cultura. Yo mismo leo igual que antes, ergo compro los mismos libros que antes. ¡Y en rústica! En plena recesión, las horas muertas aumentan exponencialmente, y hay que llenarlas con algo más que el sonido de la lluvia (el oficio de oír llover, Marías dixit). Si hay euros para agotar las existencias de iPads, no puedo imaginar que no los haya para pasar páginas de papel.

4. Los argumentos contra el iPad van cayendo como gotas malayas, certeros. Este último de Jesús Marchamalo sobre las portadas: "Cada día es más frecuente encontrarse, en trenes y aviones, autobuses y vagones de metro, a lectores que viajan con sus libros electrónicos. No se molesten en curiosear lo que leen porque una de las inesperadas carencias de los e-books es que no tienen cubiertas, lo que impide el diálogo sutil entre quienes se fijan en lo que leen los demás y quienes muestran lo que van leyendo." Es decir: yo mismo no hubiese podido escribir jamás un post como éste. Soy de los que practican el arte de espiar las lecturas de los otros, y no me imagino en la tesitura de estar en un vagón acompañado de máquinas miméticas. ¡Ni de no poder fardar ante el vecino de asiento de tu última adquisición, pasando las tapas antes sus ojos incrédulos! Ciertamente, vamos a menos.