viernes 3 de julio de 2009

10 años no son nada

Va a hacer casi 10 años que la revista The Bookseller publicó un artículo titulado “A toda máquina hacia el 2010”. Lo firmaban Mark Bide, Hugh Look y Mike Shatzhin, y en el libro Opiniones mohicanas de Jorge Herralde se puede leer un compendio de las principales conclusiones que a modo de oráculo apuntaban sus autores. El objetivo del artículo era plantear el futuro de la edición a 10 años vista, en un momento en que las voces agoreras sobre el futuro del libro comenzaban a ser de lo más pesimista.

A no ser que en los meses que quedan hasta 2010 haya un cambio revolucionario, ya se puede afirmar que la mayoría de predicciones han resultado descabelladas. Es interesante hacer ahora el ejercicio de repasar algunas de ellas, pasadas por el cedazo y la traducción de Herralde, con mis comentarios sobre su pertinencia:

1. El lector tiene un tremendo aumento en su capacidad de elegir, al menos el doble de títulos nuevos cada año.

No tengo datos exactos a mano, aunque me atrevo a decir que el número de títulos ha aumentado pero no al nivel que se expresa. También las ediciones, de promedio, acostumbran a tener un número inferior de ejemplares.

2. Libro electrónico generalizado.

No. El porcentaje de mercado que éste representa sigue siendo pequeñísimo.

3. La impresión según pedido se ha generalizado.

No. Esta técnica todavía es más ficticia que el libro electrónico.

4. Más de un millón de libros están disponibles en archivos digitalizados para su entrega inmediata como libros electrónicos o libros impresos, según pedido.

Supongo que la cifra es inferior. Más allá de bibliotecas virtuales infinitas, el libro digital creado exclusivamente para su venta comercial es menor al número de libros editados en papel.

5. Los best-sellers son menos y con menores ventas.

Aunque también hablo por intuición, las avalanchas comerciales de este lustro han sido potentes, desde la saga de Harry Potter hasta la última trilogía de Larsson.

6. Autores importantes han renegociado sus contratos percibiendo hasta el 80% de los ingresos por e-books.

Con relación al punto 2, queda claro que esto todavía es ciencia ficción, aunque no sé si hay alguna excepción al estilo Stephen King.

7. La mayoría de los libros se publican sin pagar adelantos, sólo se pagan a autores muy consolidados.

Es posible, aunque me temo que diez años atrás la cosa no era tan diferente.

8. Autoedición muy común, los autores abren página en la red para relacionarse con la comunidad de lectores.

No. Sólo hay algunos casos de autores con web interactiva, pero son contados.

9. Los lectores editoriales escudriñan la red en busca de autores autoeditados.

Creo que el manuscrito sigue siendo el camino para abrirse paso y publicar un libro. Las obras en internet pertenecen a jóvenes que empiezan o a escritores frustrados.

10. La edición y comercio del libro se concentra en la ficción.

Es cierto que los libros de consulta ya han pasado casi a mejor vida gracias a las enciclopedias virtuales, y quizá este sea el punto más atinado de la profecía. Los ensayos muy especializados van teniendo su espacio en la red, y el libro queda para el ensayo más generalista y, sobre todo, para la ficción.

En fin: quizá la edición es uno de los espacios más conservadores que todavía persiste en el siglo XXI, pero yo tampoco soy nada de izquierdas cuando me meto en este asunto. Nadie es perfecto.
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Leí mucho a Baltasar Porcel en mis años universitarios, cuando la doctora Rosa Cabré recomendaba sus novelas a todos nosotros, alumnos de filología. Ella lo decía con entusiasmo desbordante, y nos contagiaba. Hace años que no he vuelto a Porcel, pero recuerdo el impacto de la mejor prosa catalana que se ha escrito en estos últimos decenios. Una prosa limpia, acerada, siempre viva. Allí está, en algún lugar de Barcelona, esperando el reencuentro casual. Y la certeza de la imposible traducción de unos textos marítimos entre Andratx y la costa catalana: qué difícil traicionar a un maestro.
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El mensajero, siempre tan oportuno.


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-¿Y sobre sus vecinos hondureños no va a escribir nada, señor Deza?
-No, amigo. Últimamente tengo una sobredosis de realidad que me obliga a alejarme de la ignominia. Es una recomendación de mi doctor, muy científico él.

martes 16 de junio de 2009

Bloomsday

Échenle la culpa a él

1. Un Bloomsday sin nadie al otro lado de la línea. Esta mañana he realizado mis primeras llamadas por el móvil / celular y no escuchaba la voz de nadie, aunque mis interlocutores sí me escuchaban a mí. Un detalle mágico, sin duda. La falla mecánica (no hay otra opción que llevar el aparato al taller) no puedo verla de otra manera que como un signo, un indicio de algo que todavía se me escapa. Mi voz hablando al vacío, sin correspondencia posible. Alguien al otro lado quizá diciendo "te escucho!" o bien "sí, sí, dime" y yo implorando intuir algún sonido o una voz identificable, un ruido siquiera. Nada: un día completo en ausencia para los demás.

2. Un hachis parmantier para el almuerzo, que ya es pedir en Managua. Mi dieta no admite el frijol diario: lo combino con cocina francesa, catalana o italiana, según las ganas y los restaurantes al alcance. El Ratatouille, un pequeño bistró a orillas de una fea plaza comercial, es uno de los escasos ejemplos de cocina económica, internacional y de calidad. Precio del menú: entre 5 y 7 dólares, sin postre.

3. Metablog


4. Llego a casa a las 6 de la tarde: una enorme rama de uno de mis árboles obstruye parte de la calle, probablemente rota a causa del paso de un camión alto. Imposible arreglar el desaguisado desde el pavimento. Cojo un machete, subo a la tina de mi camioneta y comienzo la tarea: corto una por una las ramas salientes desde la raíz, en una tarea que me exige un esfuerzo descomunal. En ocasiones menos urgentes tengo a un jardinero que hace el trabajo con una pasmosa facilidad, pero yo advierto mi total incapacidad para estos menesteres. Consigo mi objetivo, pero al precio de un fuerte dolor de brazo que mañana pasará factura. Y las ramas, moribundas, en el patio como restos de un despojo natural y único.

5. Temperatura máxima del día: 29.3 grados, y una humedad del 96%. Aun con estos registros, no ha caído ni una gota.

6. El peor anuncio del año: los chocolates Hersheys anuncian, en grandes rótulos en las principales avenidas, que la felicidad es que la película sea mucho mejor que el libro. Textualmente.

7. 10:30 pm, hora de lectura y no de estar tecleando en un blog. Bloomsday is dead.

sábado 13 de junio de 2009

Hacerse un Maigret


Ayer me hice un Maigret en pleno centro de San José. No es nada escatológico: consiste en ir a la librería, buscar en las mesas de ofertas (los maigrets están siempre ahí, al acecho del comprador infrecuente), escoger uno de los volúmenes con una dosis bastante fuerte de azar (yo opté por El perro canelo porque me gustan los perros) y caminar hasta un parque amable para sentarse en un buen banco. Y ya está.

Bueno, luego viene el acto: leer por puro placer y de vez en cuando echar una mirada a las muchachas que corren desenfadadamente haciendo footing. Comenzar y terminar un Maigret de una sentada debería ser una experiencia obligatoria una vez al año. Si hay un libro que merezca ese acercamiento, de abrirlo y no dejarlo reposar hasta llegar a la última página, ese es un Maigret. La cadencia de la historia y de las frases es un acto unitario incuestionable: romper ese hechizo (dejar abandonado el libro a medias, sobre una mesilla) sería un sacrilegio.

A Simenon le pongo muy pocas objeciones a lo largo de estas lecturas: podría achacarle un exceso en dar por sentado que un elemento cotidiano puede ser siempre motivo de sospecha (el propio perro del título es observado con sorpresa por todos los personajes, un simple perro callejero al que nadie prestaría la más mínima atención), o esa rara capacidad, tan naturalmente insertada en la novela policiaca, de ver como algo raro que una camarera se ponga a hacer cuentas detrás de una caja registradora. Pero es el meollo de esta literatura: el autor sabe mucho más que nosotros, y al lector sólo le está permitido averiguarlo en cuentagotas, aunque sea a costa de la cotidianidad.

Hay otro elemento clave: la lluvia, el olor del mar, las barcas repicando contra el muelle, la oscuridad de la calle y las ventanas y postigos cerrados. El paisaje no es banal en ningún detalle, no hay descripción inocente: la trama policial podría verse resquebrajada si no hubiera un entorno favorable para que se desarrollara. ¡Qué difícil imaginarse a Maigret paseando entre parques temáticos y franquicias de comida rápida! El chapoteo de sus zapatos sobre el suelo mojado del muelle es la necesaria contrapartida al disparo. Al disparo literario, claro.

Esta reacción omnívora a las novelas de Maigret me ocurre pocas veces. Soy lector lento, reviso cada frase y releo muchas, me detengo ante algunos párrafos y mi mente divaga. Si no me ocurre eso en Simenon no es por una prosa mala que me obligue a avanzar veloz por las páginas: es porque el ritmo narrativo se adapta casi al ritmo vital de una tarde lluviosa de junio. El lenguaje y el tiempo felizmente unidos en un parque centroamericano, en el que jamás habría osado poner el pie Maigret.

domingo 24 de mayo de 2009

Nancites 18

Sigo entre viajes permanentes, con maletas que no tengo tiempo ni de vaciar pues ya estoy poniendo en ellas ropa nueva, y libros en cada rincón vacío de la mochila. Llego en las noches a hoteles destartalados, en ciudades y pueblos remotos, y me dejo caer en la cama vencido por el cansancio. Sueño con intermitencias. La lectura, en estos tiempos, es un milagro.

1. Gris, amarillo... ¡Llega el rojo! (y con dos signos de admiración). Ya hace unos meses que Jorge Herralde anunció la aparición de una nueva colección bajo el sello Anagrama, "Otra vuelta de tuerca", que iba a recuperar obras del catálogo de la editorial que ya eran inencontrables o que merecían una segunda oportunidad más allá de la colección de bolsillo, que siempre sirve para estos fines. Junio es la fecha de salida para los primeros títulos, y uno de ellos es todo un acontecimiento mayor: la publicación en un solo volumen de los cinco libros autobiográficos de Thomas Bernhard (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), que sólo en librerías de viejo podían hallarse y algo descuartizados. Prepárense UPS y DHL, que echarán fuego con mis peticiones literarias por mensajería.

2. Si a Fernández Mallo hay que reconocerle algo es que ha sabido etiquetar a una generación. El País mismo entroniza el nombrecito y lo aplica sin mesura a cuanto tenga que ver con el chocolate espeso. O sea, a todo y a nada, que para eso sirven las etiquetas publicitarias: la generación Kronen (Mañas dixit) también sirvió en su momento para idéntico fin. O la X, todavía más indefinida. Ser etiquetador puede ser un gran mérito, sí, pero ser hacedor de contenidos ya debe ser la hostia.

3. Rafael Conte fue (es y será) lo que yo aspiro a ser algún día de manera plena y radical: un lector. Punto. Como bien contaba Juan Cruz en el obituario, la condición de crítico era secundaria en él. Lo importante era tener un libro en las manos y pasar páginas, horas y horas, como el obrero que va cada mañana a poner ladrillos, uno tras otro. He ironizado varias veces en este blog sobre Conte, diciendo que era el único crítico capaz de valorar un libro sin escribir una sola línea sobre él, y algunos pensaron que era una pulla de mi parte. Nada más lejos de la realidad: siempre he seguido a Echeverría, Gelbenzu y Conte con reverencia episcopal, así que hoy estoy mucho más solo que ayer entre mi biblioteca.

4. Por mucho que Sefarad haya gustado a tantos y a mí me dejó frío, todavía espero la gran novela que Muñoz Molina escribirá con toda seguridad. Parece que ya está en ello y que llegará en 2010.

domingo 3 de mayo de 2009

Una cojera habitual

Continúo leyendo la novela de Iván Thays, y las sensaciones que iba dibujando en mi primera aproximación crítica se me aparecen ahora con total nitidez. Hay dos historias paralelas en este libro, que se alternan y que juegan a solaparse, pero que aun así conforman dos espacios muy diferenciados: la historia más personal del protagonista, con un hijo muerto a sus espaldas y un matrimonio que apunta al fracaso, y otra historia escrita desde el presente, vinculada a su vida profesional y que le lleva hasta Oreja de Perro para escribir unos artículos periodísticos.

En este tipo de novelas hay un riesgo que pocos logran superar: es muy difícil que ambos relatos logren interesar por igual al lector. Cuando esto se queda en un mero interés argumental, es decir, que nos sentimos más contagiados por una de las tramas porque cuentan algo con lo que nos identificamos más, el efecto es claro y no merece más comentarios. Pero cuando una de las historias es claramente superior a la otra (por sensibilidad literaria, precisión moral, mayor introspección en los personajes, fluidez narrativa) entonces la obra adolece de una cojera irremediable. La distancia entre una y otra es considerable, y caminamos página a página con piernas a distinta altura.

Es lo que ocurre en Un lugar llamado Oreja de Perro: el triángulo que forman el protagonista, Mónica y Paulo es, por momentos, sublime. La capacidad del autor por traspasar las emociones nos contagia, y cada peldaño de esta relación construye una escalera por la que siempre se sube, temiendo por sus vidas vulnerables, que son las nuestras. El narrador, que cuenta todo en primera persona, sobrepasa su voz bastante altanera y se convierte en esos capítulos en un ser debilitado pero con el aplomo suficiente para armar su pasado como un puzle quebradizo. Buena literatura, al fin.

Por desgracia, esos momentos álgidos se ven ensombrecidos por la segunda trama, centrada en los sucesos de Oreja de Perro y en otros personajes que no logran desprenderse en ningún momento del traje de meros clichés: un fotógrafo pelmazo, una chica embarazada y aprendiz de vidente, y otros seres aún más tangenciales que sólo rellenan un espacio claustrofóbico en el que transcurre la novela. Aquí no hay emoción que traspasar, pues cada anécdota no es sino un intrascendente tránsito hacia la historia verdadera, hacia las reflexiones del narrador acerca de su vida más íntima con su esposa e hijo.

Un ejemplo sacado entre cualquiera de los que impregnan esas páginas:

Abro un ojo. Cierro un ojo. El cuadro cambia de ángulo.
¿Irá Jazmín a la fiesta? Como si eso pudiera importarme ahora.
No importa.

Sin caer en la cuenta de que al lector tampoco le importa lo más mínimo si al protagonista le importa etcétera. Este bucle soporífero es un lastre terrible para el libro, pues el lector va pasando de momentos poéticos de altura (el acercamiento con Mónica en el noviazgo, beso a beso, es un prodigio de contención y sabiduría narrativa) a párrafos de una instrascendencia monumental.

Así que mi conculsión es que lo mejor de Thays está por venir, pues si logra aunar en un volumen sus aciertos y desprenderse de la hojarasca, podando la nueva novela de bagatelas superfluas, leeremos quizá algo importante. Y el día que un autor peruano logre dejar de lado la historia reciente de militares y senderistas (sólo uno!), también habrá que hacer una celebración espontánea.
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El Premio Reino de Redonda de este año ha recaído en Marc Fumaroli, el autor de la introducción a las Memorias de Ultratumba de Chateuabriand (que ya tengo programadas para leer en mi jubilación pirenaica, así de largos y optimistas son mis proyectos). Una vez más, un mérito doble: al autor premiado, indiscutible sabio contemporáneo, y a la editorial española que ha traducido alguna de sus obras , Acantilado.

miércoles 22 de abril de 2009

Del gran blog a la pequeña novela


No es fácil ponerse a criticar una novela de un autor a quien uno sigue con interés por su tarea bloguera. De hecho, debe ser la primera ocasión en que acometo algo parecido. Ya he dicho otras veces que Moleskine Literario, de Iván Thays, es uno de mis blogs de cabecera, y en las semanas en las que no he podido seguir la prensa general por internet, me sirve para ponerme al día y en pocos minutos de las novedades del mundillo literario. Hay autores que aparecen asiduamente y sobre quienes comparto mi interés con Iván, y hay ausencias ruidosas que también me satisfacen.

Lo difícil viene cuando uno lleva 100 páginas leídas de su última novela, Un lugar llamdo Oreja de Perro, y se ve en la difícil tesitura de proclamar sinceramente que no le gusta lo que está ahora mismo encima de la mesilla de noche. Se trata de un ejercicio algo doliente, un punto masoquista quizá, pero necesario para aquellos paseantes de La Senda que esperan mi sinceridad. Intentaré dar mis razones, aunque también estarán ahí agazapados mis estrictos gustos literarios, contra los que no hay argumentos que valgan porque son de lo más subjetivo.

Para entendernos rápidamente, recordaré mi dura crítica contra un Premio Herralde reciente, el de Alonso Cueto. Era esa una novela fallida, de pretensiones vanas y de párrafos cercanos a lo cursi, alguno de los cuales ya reproduje textualmente. Salí de ella sin un solo aprendizaje, por lo que no hay más recuerdo que el del tiempo perdido. Esta novela de ahora me retrotrae con enfermiza precisión a esa otra obra, pues las coincidencias son varias: más allá del origen del autor, la trama pretende también aprovechar un trasfondo de la historia reciente peruana como pretexo para insertar una deslavazada peregrinación de un personaje a una zona remota, y revisar así parte de sus desvelos interiores y fracasos vitales.

Pero poco a poco se va dibujando una historia a la que le pesa el mayor de los problemas de buena parte de la prosa actual: no interesa lo que le pueda suceder al personaje narrador. Aunque su llegada a Oreja de Perro promete un asfixiante contacto entre el mundo urbano y el rural, lo que encontramos es una vacua ida y venida del albergue a un cafetín y viceversa, con alguna parada en algún banco roto de la plaza. La estancia en el lugar es de un aburrimiento fatal para el personaje, y el aburrimiento se traslada inevitablemente al lector. Sábanas sucias, perros flacos, viejas con joroba, suelos de tierra. Sí, ya conocemos todas las Orejas de Perro posibles del mundo, pero sin experiencias vitales memorables, la novela transita por un desierto del que no se adivina su fin.

Alguno de los personajes secundarios parece recortado en tijera gruesa. Así, Jazmín aterriza directamente en la cama y en diez páginas pasa a ser una obsesión del protagonista:

Me intriga. Me cansa. Me deja perplejo. (...) Nunca he conocido a una mujer como ella. No estoy preparado para Jazmín.
Te voy a dejar ir, Jazmín, pienso. Te voy a perder.

Pero el lector no ha tenido ni tiempo de asumirla, de construirle un lugar en la historia, de otorgarle un rol discernible entre los otros personajes que pululan alrededor (uno de ellos, Tomás, la persigue inútilmente y lo que podría ser un misterio a resolver se convierte en una sombra difusa, un ser irrelevante.) El fotógrafo Scamarone es un cliché del bebedor compulsivo y hablador nato que poco más puede ofrecer para salvar al elenco.

Hay bifurcaciones en algunas páginas, como la entrevista que le hace el narrador a un hombre que perdió la memoria tras un accidente, que quedan sumergidas como piedras en una pecera, sin más aliento que el de ser decorado en el fondo de la trama. (Por cierto: en la primera línea de la novela se dice que murió uno de sus hijos y en las páginas 49 y 50 son dos los fallecidos.)

Un par de cosas son las que sobresalen por encima del tedio: la evocación de Mónica, ya casi ex-esposa, como el personaje mejor construido de la trama (hay alma en esa mujer, un claro eco de vida), y un estilo sugerente de frase telegráfica y párrafos mínimos, muchas veces de una sola línea, que conforman una manera propia de concebir la escritura, sin florituras y con gran inmediatez formal.

Puede que el resto del libro tenga algún requiebro que me devuelva el interés por lo que pueda ocurrir o lo que pueda llegar a pensar el narrador, y le voy a dar la oportunidad: otros abandonarían aquí el camino, así que el problema ya es doloroso con un centenar de páginas leídas. Más doloroso para los que seguiremos con afán los destellos del Moleskine, pura celebración de la palabra al lado de esta novela que ha logrado despertar en mí muy pocas ilusiones. Y la expectativa era grande, para qué negarlo.
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La nueva editorial Duomo llega con la excelente noticia de la publicación (una vez más!) de la edición española de Granta. Detrás está Valeria Miles, que siempre creyó en el proyecto, ya sea en Emecé o en Alfaguara. Para el próximo año se anuncia la versión iberoamericana de los mejores escritores jóvenes de la década, lo cual es es otro motivo de júbilo.
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¿Por qué no te callas? O mejor: ¿Por qué lees estas pendejadas anacrónicas?

martes 14 de abril de 2009

La entrometida ficción

Releo con interés unos párrafos que Justo Serna escribió recientemente, acerca de uno de los temas con el que más me gusta naufragar: la relación entre novela e historia, entre realidad y ficción. Lejanos quedan ya los estrambotes que sobre la novela más vendida de Javier Cercas se hicieron a diestra y siniestra. No era para menos: todavía hay gente buscando a Miralles en Dijon.

Es por eso que la aparición del nuevo libro de Cercas ha llamado muchísimo mi atención. De manera esepcial, la supuesta idea inicial de la escritura y el resultado final plasmado en sus páginas ya a la venta. Lo que se fraguó como una novela más, acabó siendo un ensayo sobre el 23-F, pero como no he leído el prólogo (en el que el autor abunda sobre este hecho, o sea, la elección de un género para una historia real) no puedo todavía hacer afirmaciones tajantes. Copio, en todo caso, este párrafo de Serna:

Estoy leyendo a Javier Cercas: en su Anatomía de un instante (2009) –que dedica al 23-F– se plantea estas mismas cosas en su reflexión inicial y, desde luego, aborda qué tipo de libro está escribiendo, a qué género adscribirlo: si una crónica o una novela, si un relato real o una narración con su parte imaginaria. Cercas se pregunta cuál es la fórmula que adopta: cuál es el relato que prefiere para contarnos hechos reales.

Estamos ante una cuerda de funambulismo extremo. Repito que no he leído el libro, pero el sólo hecho de plantearse la posibilidad de escribir sobre un momento histórico y servirse del formato novela para ello, es toda una declaración de principios. Para apreciar mejor el salto mortal, el masaje de Jordi Gracia en Babelia desvela parte del entarimado:

Era una novela sobre hechos reales y en la novela la ficción se mueve con límites, sí, pero se mueve muy a sus anchas porque para eso es una ficción: inventaba un personaje medio espía medio testigo que fabricaba su relato del golpe de 1981 y las razones del golpe. Pero no valía: funcionaba, por supuesto que funcionaba, pero ni satisfacía la genuina exigencia de encajar una historia en una forma literaria única e insustituible, en la que nada sobre ni falte (...) ni cumplía con los deberes de la historia con la plenitud del buen historiador.

¡Ah, la cruda realidad! El autor intenta crear una ficción a partir del 23-F, pero en el camino se da cuenta de la contradicción abismal en la que está cayendo. El personaje que podría servir de nexo entre verdad y mentira se vuelve hueco, por lo que hay que abandonar el empeño y ponerse el traje de historiador. También Serna recuerda bien las duras pullas de Arcadi Espada contra Soldados de Salamina, al hilo del mismo asunto.

Yo no soy taxativo en esto, porque ni soy periodista ni entiendo los géneros como cotos cerrados. ¿No quedamos en que la renovación de la novela del cambio de siglo vendría por los quebrantamientos entre realidad y ficción? Sebald, Marías, Roth... Pero la reflexión in progress de Cercas, mientras va recopilando datos y viendo vídeos de Tejero en el Congreso, es un buen síntoma de los límites de la escritura: la reflexión que quiere hacer sobre la realidad, o sobre alguno de sus protagonistas (Suárez, Gutiérrez Mellado, Carrillo) es tan sustanciosa que la ficción acaba siendo una impostura cursi en toda esta historia. No le cabe a Cercas el formato novela, porque la trama está tan insertada en nuestra conciencia (¡Se sienten, coño!) que ya tiene a los héroes que quería en los mismísimos escaños.

Me niego por ahora a decir más, porque me obligo a mí mismo a leer el libro, siempre y cuando me decida a pagar el transporte aéreo del paquete que me toca pedir a Laie. ¡Maldita realidad!