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lunes, 17 de diciembre de 2007

La mujer de Huguenin y 6: El primado de la rosa

Para lennonmacartney, lector

Este malévolo cuento cierra la antología de M.P.Shiel que hemos ido desgranando hasta aquí. Quizá no sea azaroso que cierre el volumen, y es que reúne dos de las características que se han alternado en otras historias: el misterio susurrante que corteja con el terror más clásico y la ironía indisimulada en los díalogos y las acciones de los protagonistas. Hay algunas intervenciones francamente divertidas:

-París es a Londres lo que un diccionario de a chelín es a la Enciclopedia Británica. Todo está en Londres.
-Excepto París -dijo Crooks.


El argumento principal del cuento se introduce en el mundo de las sectas y las sociedades secretas, aquellas sobre las que todos hemos leído algo alguna vez (los francmasones, los rosacruces...) pero cuya existencia nos sigue pareciendo ajena a este aburrido mundo. Crichton Smyth pertenece a una de esas sociedades ultrasecretas, cuyos miembros han sido históricamente dieciséis, ni uno más ni uno menos, y cuyas actividades nunca acaban de dibujarse en la historia con suficiente claridad. E.P. Crooks , que mantiene un romance con la hija de Smyth, se siente cautivado por este grupo sectario y durante meses importuna al miembro de los "Amigos de la Rosa" para que le cuente datos sobre la sociedad.

Resulta cuanto menos curioso este interés humano por determinadas congregaciones, como fue gráfico hace unos años el renacimiento que hubo de todo lo templario y cuanto a él hacía referencia. El primado de la rosa crea dos líneas argumentales paralelas: el noviazgo fatal entre Crooks y la hija de Smyth, y el interés del primero por introducirse en el submundo de lo oculto: ni qué decir cabe que ambas historias convergen al fin en un desenlace redondo.

Los mejores párrafos del cuento se hallan en el trayecto guiado hacia un destino misterioso: Smyth, ante la insistencia de Crooks, acaba por descubririrle un día la existencia de "cierto apartamento en algún lugar de Londres". Su ubicación exacta sólo es conocida por uno o a lo sumo dos componentes de la secta, y así ha sido durante quinientos años. Al acceder Smyth, tiempo después, al puesto de Primado de la Sociedad (cargo superior que hereda tras la muerte del anterior primado) se hace con el conocimiento de ese habitáculo y termina por corresponder a las súplicas de Crooks. Es ahí cuando éste inicia un breve itinerario iniciático, con los ojos vendados y de noche, en carruaje o a pie por algunas calles secundarias de Londres: son estos pasajes lo más certero del relato, creando Shiel un progresivo desasosiego en el lector, que se situa en la perspectiva de Crooks y mira lo que no ven sus ojos ciegos, atrapando con sus otros sentidos cada detalle de la ruta (una campanada horaria, unas pisadas sobre adoquines mojados, el ruido de una máquina) como elemento para saber en qué barrio o zona estamos. Al fin, tras acceder por extraños y siniestros pasillos a habitaciones subterráneas, se desvela el desenlace y el motivo real de la visita.

Este primer libro editado por el Reino de Redonda es un buena recopilación de historias escritas por su primer monarca. Quizá por su imaginativa trama, entre todas ellas, me quedo con El aciago sino de un tal Saul, que ahora se me antoja casi como una mezcolanza entre Verne y Stevenson. El volumen se cierra con varios apéndices bilingües referidos al autor y a la realidad actual del propio Reino, que Xavier I ha querido compartir con sus lectores (que no súbditos) y con los alcatraces, lagartos, gaviotas, cabras y ratas de la isla.
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Sábado 15, FNAC Plaza de Catalunya, 18,30h. Cientos de personas rebuscan entre pilas de libros para hallar el regalo perfecto de estas navidades. Me fijo un rato en los mecanismos de decisión de la mayoría, que se guían tan sólo por un título agresivo o divertido, o por un dibujo o fotografía de portada impactantes. Así como en la sección de música casi todos saben discernir entre un Springsteen y una Chenoa, en la de libros lo mismo sirve un Millás que la recopilación de los mil mejores postres con chocolate de la historia. El informe PISA debería haber comenzado por aquí: el supermercado de la lectura indica, con desgarradora transparencia, que la elección de un buen libro es una dificultad insalvable para muchos compradores, inermes ante la avalancha indescifrable de la palabra escrita.

viernes, 26 de octubre de 2007

La mujer de Huguenin 5: El simio pálido

Tras una desconcertante cita de Aristófanes, Shiel nos vuelve a someter a los influjos de una historia armada con los elementos clásicos del misterio: la mansión de múltiples habitaciones aislada en medio del campo, los extraños ruidos nocturnos que nos impiden el sueño y el monstruo que se intuye durante la trama y que al final irrumpe en el desenlace. Casi como otro guiño hacia los cuentos de Poe, el monstruo aquí es un gorila.

Estos cuentos pre-cinematográficos (el presente se publicó por primera vez en 1911) son un claro precedente de las influencias que luego tendrían tantos directores de serie B. De hecho, son la fuente de la que bebieron tipos como Roger Corman, capaces de poner imagen sobre imagen los chirridos y las sombras descritas por Poe en cada una de sus historias. El problema es que el terror que hoy se lee (King, pongamos) se nutre a su vez del cine gore ya visto o de películas con muchos efectos especiales. Si la función es conseguir aterrorizar al lector, de veras que se consigue con estas herramientas: pero el lector del siglo XXI, ya tan escamado y resabido, lee un cuento de Shiel casi como si fuera uno de hadas.

Veamos algún ejemplo concreto: Shiel utiliza la primera persona para ir mostrando el estado de ansiedad de la protagonista, recordando cada paso que dio para que nosotros vivamos con la misma intensidad su azoramiento. Así, sabemos a cada momento tanto como ella sabía entonces, y no conocemos la verdad hasta el último momento, así como la mujer también lo supo al final. Y nos deja frases como esta:

Dos horas después, desperté aterrorizada –no sabría decir por qué, pero tan aterrorizada que me encontré sentada en el lecho.

La idea parece hoy infantil: si ella está aterrorizada (¡y lo sabemos porque lo dice!) el lector debe experimentar ese mismo terror. El efecto se busca no tanto por una descripción misteriosa y que hace remover nuestros más íntimos temores, cuanto porque Shiel explica el estado anímico de ella y supone que eso contagiará al lector. Carlos ríe, ergo el lector reirá con él (¡pero no nos cuentan el chiste que ha hecho que Carlos ría!). Sin duda, la señorita Newnes está en un sin vivir a medida que transcurren las páginas, pero es más que dudoso que nos haga partícipes de él a base de remacharnos el hecho. El cine, tiempo después, sí llevó el efecto a altas cotas de identificación: imposible no contagiarnos del pavor de Tippi Hedren cuando camina hacia la escuela, mientras Hitchcock pone pajarillos en el decorado. Ella tiene miedo, nos dice el maestro, y temblamos.

Por lo demás, el in crescendo de la trama no acaba de lograr el efecto deseado: mientras el gorila subyace a lo largo del cuento sólo podemos preguntarnos cuándo dejará de ser sombra y se convertirá en simio peludo, anticipando unos fuegos de artificio finales nada sorprendentes. Sólo la frase final, que me permito transcribir, es un ejercicio curioso que lleva al extremo lo hasta aquí expuesto, y quizá por ello acaba siendo deliciosa:

Y así murió él, y Huggins Lister, y yo quedé viva.

Y yo quedé viva, nos dice, mientras va quedando viva: ni lo hubiésemos sospechado.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La mujer de Huguenin 4: La novia

Llegados a esta cuarta narración, Shiel ya ha presentado sus dos caras más acusadas: la del autor de cuentos de terror que bordean el género fantástico, y la del autor de relatos de corte clásico, cercanos al apunte cotidiano y a las vivencias de ciudad. A este último apartado corresponde La novia, no más que un cuento elaborado a partir de un triángulo amoroso y que, sólo al final, se permite la licencia de incluir una breve escena fantasmagórica como cierre.

En este caso, el intento no da el resultado excelente que vimos en El aciago sino de un tal Saul: si ahí la historia comenzaba a tomar fuste justo cuando se desvanecía el realismo de una aventura marítima y daba inicio el alocado pasaje de un hombre atrapado en las simas de la Tierra, ahora ocurre exactamente lo contrario: cuando ya hemos vivido el drama principal del cuento y prevemos un desenlace acorde, precisamente, con un drama clásico, Shiel se saca de la manga una imposible escena de espíritus malignos:

“Ella lo tenía cogido por los hombros; estaba tendida encima de él, a todo lo largo de la cama; y el cuarto parecía lleno de crujidos y roces muy extraños, como de muselinas almidonadas que se deslizaran en un revuelo tormentoso”.

Sólo hay que fijarse en este vocabulario que incluye crujidos, roces y tormentoso para adivinar que la impostación de la escena final busca su anclaje en un léxico acorde a un modo de describir lo misterioso. No puedo dejar de pensar que, tantos años después, el perro Snoopy ridiculizaría a todos los aprendices que no pueden salir del cliché: “Era una noche fría y tormentosa...”, escribía desde el techo de su caseta. Pero no quisiera aplicar este pensamiento a la obra de Shiel porque sería injusto con lo leído hasta aquí en esta recopilación, aunque no deje de ser relevante semejante cambio de registro cuando se pasa de un melodrama de celos a un barroco anochecer en una habitación con fantasma. ¿Será que el sol resplandeciente no infunde miedo a nadie? (yo llevo cuatro años con la piel requemada: terror puro y cierto).

Lo mejor del relato es el juego que Shiel establece entre los tres protagonistas para que sólo el hombre (Walter) y el propio lector conozcan todas las mentiras y medias verdades que se les cuenta a las mujeres (Rachel y Annie). Vamos siguiendo los esfuerzos de Walter por agradar a ambas sin que una recele demasiado de la otra, aun cuando parece bastante evidente que el juego no podrá mantenerse por mucho tiempo y que la tragedia sobrevendrá en cualquier instante.

No deja de ser curioso también que ante un cuento de infidelidades y subterfugios amatorios, Shiel lo presente con una cita del libro de Job, el protagonista sea un pastor religioso y abunde (como ya ocurría en los anteriores relatos) el elemento espiritual. Quizá es lo que obliga al autor a apostillar:

“Así, si no hubiese sido un puritano, habría sido un Don Juan”.

Y un apunte merece aquí también el tremendo diálogo que se establece entre las dos mujeres cuando ya, al fin, descubren su mutua atracción por el mismo hombre: es el tour de force necesario para pasar, ahora sí, al doble desenlace: la tragedia realista y la coda con fantasma. No es el mejor Shiel, sin duda: la historia tampoco daba para mucho más.

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Mañana salgo rumbo a Guatemala por varios días. Si Félix no lo impide, espero mandarles alguna que otra postal.

martes, 19 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 3: El aciago sino de un tal Saul

Bajo este benetiano título se esconde un inspirado cuento marinero que rompe de manera parcial con el género hasta ahora visto en los dos primeros relatos (fantasía y terror) y se adentra en la historia y la relación de hechos verídicos. Así, como voy a explicar, hay dos partes diferenciadas en la historia, no separadas por ningún elemento tipográfico, que dividen hechos propiamente realistas y una larga escena que cubre casi toda la segunda mitad cuya atmósfera asfixiante tiene ecos de literatura de género. Publicado inicialmente en una revista, se editó después en la colección de cuentos Here Comes the Lady del propio autor, cuyos argumentos nacen de un tópico señuelo al estilo de Las mil y una noches: distintos jóvenes narran una historia individual para ganarse el amor de una muchacha.

En este caso, Shiel alude a otro tópico recurrente como es el del manuscrito hallado en una botella: el narrador dice que encontró un documento extraño fechado a inicios del siglo XVII en un arca de archivos bibliotecarios, avanza parte de su contenido y se dispone a transcribir palabra por palabra lo que leyó, aunque advierte:

Modifico unas cuantas de sus expresiones más arcaicas, restituyendo algunas palabras en los lugares en que se ha corrido la tinta”.

Este recurso da paso al relato en sí, que al lo largo de las dos primeras páginas es un rápido repaso por las penurias de juventud de James Dowdy Saul, marinero por vocación que acaba formando parte de la tripulación de balandros y bergantines de reconocidos piratas. Este resumen precipitado peca de algunas incorrecciones temporales, como se nos indica en los notas finales del traductor, pero es prolijo en nombres de capitanes y barcos y parte de la voluntad de aferrarse a hechos reales.

En uno de sus viajes, con rumbo a las colonias españolas de América, acaba siendo apresado por poco tiempo y se instala después en San Juan de Ulloa (antigua Veracruz), donde da inicio el verdadero meollo del cuento: en 1571 la Inquisición llega a las Indias Occidentales (dato fehaciente) y cuatro ministros del Santo Oficio lo vuelven a apresar, esta vez con consecuencias predecibles: juicio sumario, tortura y encierro en un bodegón de un navío.

Intuyo a estas alturas que el buen hacer de Shiel se desparrama en todo su esplendor en los relatos de corte fantástico, cuyas reglas domina y lo acercan, como vimos, a la maestría de Poe. Pero incluso en este cuento más estereotipado (durante su lectura pasan por mi cabeza Conrad, Eco y hasta Pérez-Reverte) hay un elegante savoir faire que sobrevuela cada párrafo, y Shiel también acierta en la pegada corta: sin argumentos enrevesados logra que el lector se interese por la peripecia narrada y continúe la exploración.

A partir de una tempestad desbordada en alta mar, el capitán y sus compinches deciden deshacerse de Saul de una manera cruel, y la narración en primera persona de todo el proceso por el que pasa el protagonista se convierte en un cambio de registro que nos vuelve a acercar hacia una literatura semifantástica, no tanto por lo irreal de la situación narrada como por la sorprendente insistencia de Shiel en detallar ese pasaje con cruel delectación. Es, sin duda, lo mejor del cuento: aquí aparece un Saul que va asumiendo su estado lastimoso y minuto a minuto va acercándose a una muerte que nunca termina de llegar:

No percibía golpe ni sacudida alguna: mas mi corazón entero era consciente de la celeridad de mi caída del mundo (...) Gemir no podía, ni suspirar, ni llorarle a mi Dios, sino que estaba petrificado por la grandeza de mi perecimiento”.

Esta morosidad es la que da un margen para hacer coherente este cuento con los dos anteriores, ya que la agonía de Saul es una reverberación de las agonías previas de otros personajes (Huguenin, Lady Swertha), pero con la salvedad de que aquí el protagonista vive en primer persona esa agonía, y nos es contada sin los ojos intermediarios de otros narradores. No importa saber si hay salvación, porque la propia escritura del texto ya indica que sí: vivió para contarlo.

Por lo demás, no hay alharacas añadidas: lo clásico es aquí un valor y pretender lo contrario sería, simplemente, cambiar de libro.

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Ahora sí, Cueto en su lugar natural.
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Javier Marías denuncia en EPS la contagiosa locura del actual gobierno socialista, que tiene su origen en la locura primigenia del PP. Lo curioso es que, mientras escribía, no cayó en la cuenta de su propio contagio periodístico (fanático, grosero, mentecatez, cenizos, chulos, jodío, mamarrachadas) con la prosa incendiaria de su buen compinche Pérez-Reverte.

lunes, 11 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 2: La mujer de Huguenin

El cuento que da título al volumen es, ahora sí, un cuento de terror comme il faut: están todos los elementos necesarios para ser leído adecuadamente en noche oscura, fría y tormentosa, pero con las originalidades propias de este autor que seguimos descubriendo relato a relato. Veamos:

Ya desde un inicio nos sumergimos de nuevo en un contexto cultista que en esta ocasión aprieta sus garras alrededor de la mitología griega. Si en Vaila hallábamos citas bíblicas a cada paso (extraídas del Éxodo, principalmente), aquí el protagonista llega a la isla de Delos y todo se impregna del sabor clásico y arcaizante:

¡Ah, pero para mí sigue siendo –como lo era para ella- Delos, la Sagrada Isla, cuna de Apolo, hijo de Leto! (...) Veo los barcos que trasladan a los sagrados emisarios de Pan-Jonia”.

Después de recibir una onírica carta de un amigo que habita la isla y que requiere de su presencia, Huguenin se desplaza hasta allá como quien emprende un viaje iniciático hacia tierras ignotas que prometen alguna aventura singular. Es un recurso tan trillado como efectivo: no se trata de ninguna huida personal (conocemos tan poco todavía del narrador que no podemos avanzar una teoría así), y no puede ser considerado de otra forma que como una excusa literaria para enmarcar ya de entrada un escenario misterioso y extraño. No hace falta recurrir a obras ajenas para encontrar otro ejemplo, basta retroceder un cuento:

A resultas de este mensaje, emprendí viaje hacia el norte (...) con un mar encrespado y un cielo oscuro y amenazador. (...) Hizo una pausa para señalarme a barlovento por la proa una elevación de un gris más oscuro que, según me aseguró, era Vaila.” (Vaila)

De Londres a Delos es todo un viaje (...) Acabé de hecho desembarcando, una noche estrellada, en las arenas que bordean el puerto antaño renombrado de la isla.” (La mujer de Huguenin)

Este inicio, casi calcado en su intención, conduce hacia el encuentro con el amigo perdido, y en ambos casos también la conducta de éste suscita incertidumbre en el lector. Algo pasa, y ese algo indefinido es el juego que siempre ha usado la literatura de género, o el cine durante un siglo, para convencer. Pero falta un tercer elemento: viaje a tierras lejanas, reencuentro con un amigo demudado, y un espacio físico que acoja los hechos sobrenaturales que puedan venir a continuación. La casa misteriosa es fundamental para cerrar el círculo, pues revierte nuestro hogar plácido en un espacio hostil, alterando las normas de lo cotidiano y removiendo nuestras firmes convicciones: también hay espacios abiertos que han actuado en este sentido (pienso como adolescente cuando rememoro los maizales de Stephen King) pero las paredes y techos son un recurso infaltable para nuestra claustrofobia particular. En el caso que nos ocupa, la casa nos amenaza como laberinto:

La mansión era de tipo helénico, pero de planta en verdad disparatada: un desierto más que una vivienda, una casa griega que se multiplicaba en una serie de casas griegas, como objetos vistos a través de lentes angulares”.

Hay un tercer personaje que pronto aparece en el relato, pero como fantasma capaz de trastornar el normal acontecer de los hechos. Al mejor estilo de Poe (de nuevo Poe) la esposa muerta de Huguenin es un retrato inmenso de cuerpo entero (¿Era esta mujer, me pregunté, más bella de lo que pudo nunca serlo mortal alguna... o más repugnante?), y su influencia será decisiva en el viudo para el desarrollo del resto de la historia. El narrador interviene en ella como un voyeur estremecido, pero una decisión suya será el detonante para llegar hasta el desenlace del cuento, que ya no avanzo aquí.

Siendo Vaila una nouvelle más compleja y repleta de elementos accesorios, La mujer de Huguenin es un cuento cerrado y casi perfecto en la ejecución, muy al estilo clásico. Sigo asombrado por el nivel culto de ciertos pasajes, que obligan a otro aparato de notas denso para entender cada referencia mítica: Lamia, Ortigia, Sibila, Hipatia... Este Shiel no es sólo literatura de autobús, y merece la pena que sigamos la tarea con el resto del libro.

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Menos de una década: lo que Mailer dijo sobre la prudente distancia entre los hechos y su escritura ya ha sido oficialmente rota. Que el 11-S iba a tener sus efectos en la literatura posterior era una evidencia, pero me niego a pensar que la última novela de John Updike haya sido el detonante para abrir la veda, que para mí ya se inició, al menos, con Beigbeder (Windows on the world) y, claro, con McEwan (Sábado).

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El triángulo y sus eternos ecos.

viernes, 1 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 1: Vaila

Entre las tareas pendientes estaba sin duda la inmersión en la biblioteca del Reino de Redonda, que ya pasa de la docena de títulos y que voy coleccionando con disciplina para ir preparando desde ahora mis lecturas de senectud. Pero antes de que las arrugas hagan mella en mi cuerpo decidí iniciar ya la ruta con el primer volumen, este La mujer de Huguenin del que iré comentando sus relatos uno por uno en sucesivas semanas.


Al encararme con una nueva editorial (por mucho que el Rey Xavier I diga que no, que esto es sólo una recopilación de papeles reales y no una empresa) hay que hablar de los alrededores: de las tapas, de las hojas, de la tinta. El oficio de editor me gusta casi tanto como el de escritor, y además de escritor, editor y crítico frustrado también soy un imposible lector de editoriales. Perdón por el excurso, pero siempre me ha parecido asombroso que existan personas que se dedican a leer para ciertos sellos y que su juicio sea decisivo para conformar catálogos. ¡Eso quería ser yo de pequeño, y no astronauta!

La colección regresa a la tapa dura, y utilizo el verbo en pasado porque uno tiene la sensación de que ese tipo de encuadernación pertenece a una época remota, previa a la mercantilización de la letra escrita. Me gusta el minimalismo de la portada pese a la idea de cambiar de color en cada volumen, lo que convierte la estantería en un arco iris muy a lo sixties. Y las hojas, peligrosamente sutiles, hacen que la tinta aparezca casi en relieve, como quien lee en braille. Lástima que se atenga también a esa moda horrible (que Acantilado adoptó, pero jamás Anagrama) de situar los índices al inicio y no al final del libro: ¡yo no quiero saber de antemano qué albergan sus páginas, ni la longitud de cada cuento, ni si hay apéndices al final, hasta llegar a ellos! [no hagan caso a este bibliófilo irredento].

El primer cuento, Vaila, es de hecho casi una nouvelle presentada como la obra más conseguida de M.P Shiell (Lovecraft dijo de ella que era su "indudable obra maestra") y donde podemos apreciar las constantes del autor, quien fuera primer Rey de Redonda. Se trata de una historia fantástica que bordea a ratos el terror, narrada a partir de una prosa barroca perfectamente a tono con el contenido del relato. Creo que la traducción de Antonio Iriarte (quien acaba de traducir en la misma editorial a Vernon Lee) es un pequeño prodigio de concisión y de apego a la voluntad de Shiell, y he saboreado un vocabulario algo añejo que no frecuentaba últimamente. Además el libro cuenta con un aparato de notas muy completo que aporta luz a las numerosas citas textuales del autor.

Hay dos referentes que yo remarcaría para desentrañar el origen de esta literatura, el primero es evidente y el segundo lo apunto como sorpresa personal. No hay duda de que Edgar Allan Poe es un fantasma que sobrevuela cada párrafo del cuento y que su presencia se nota en cada rechinar de puerta. Pero sobre todo hay un Poe que es referente casi exacto (sin que ello suponga copia de nada, sólo hablo de conexión tangencial) y es el que encontramos en La caída de la casa Usher. No hace falta ni haber leído el cuento, basta con recordar a Vincent Price escuchando el crujir de la madera de la vieja mansión y sabremos que este personaje deambula también por la surreal estancia que es a su vez casi único espacio de la historia. Me niego a aceptar, como dicen algunos cánones, que estos espacios casi vivos puedan considerarse personajes de la obra: sólo son espacios, pero su fuerza radica en que condicionan las vidas de cuantos moran en ellos y el relato avanza en función de sus paredes y muros. Si la casa Usher se resquebrajaba al mismo tiempo que aumentaba la insania de su propietario, la mansión de Vaila tiene sus días contados a causa también de una loca mente humana, y no voy aquí a explicar qué extraño mecanismo ocasiona el desplome.

El segundo referente, más sorpendente como digo, es el de Bernhard (que tiene, por cierto, una triste entrada en la Wikpiedia española: que alguien repare el daño), y no por el argumento en este caso sino por el mecanismo de relojería que hace que esta prosa y la suya puedan ser consideradas "prosas enfermizas". Recuerdo, por ejemplo, cómo en Helada un estudiante de medicina llegaba a una lejana aldea para seguir de cerca a un viejo pintor desquiciado, y cómo mostraba su azoramiento ante la evidencia de estar ante una mente complejísima. Nuestro protagonista también va ahora en pos de otro personaje que tanto por sus palabras como por sus reacciones pertenece al submundo bernhardiano, y me da igual si Shiell leyó o no a Bernhard: el hermetismo de Harfager me recuerda profundamente al de ese pintor, aunque la brevedad del género no ayuda en este caso a profundizar demasiado en el perfil.

Lo más interesante de Vaila radica en todo lo que aporta a la literatura fantástica, que no siendo aspectos muy novedosos sí dejan entrever un claro dominio de las reglas clave: la llegada del protagonista a una tierra ignota (¡ay, cuántos Piñols perdimos por el camino!), los entes fantasmales que pululan por el lugar (Lady Swertha, Aith), el decorado tenebroso, un misterio de fondo que no se resolverá hasta las últimas páginas, y un protagonista que mira este mundo con ojos de perplejidad, que son los del lector. También sorprenden los guiños intelectuales mediante palabras extranjeras no traducidas y las citas literarias o bíblicas que contiene, dándole al conjunto un aire de relato culto y alejándolo de la consideración de este género como literatura popular.

Javier Marías se vio en la obligación (léase esto como un simple juego literario) de difundir la obra de Shiell, y qué mejor que editar algunos de sus textos. Hubiera podido pasar que la calidad de este Rey no diera para sacar sus obras a la luz, pero no es el caso. Lo extraño es que hasta ahora hayamos tenido la oportunidad de conocer a este interesante autor ya elogiado por H.G. Wells o Hammet, de quien profundizaremos tras la lectura de los siguiente cuentos.

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Anda, los donuts!