lunes, 8 de agosto de 2005

Contando baldosas blancas

1. Ay, esa huida sólo aparente de la realidad, ese volver al redil de lo cotidiano para quedarse (¿definitivamente?) e instalarse en el sofá de lo banal. Esa narradora en primera persona se nos está apoltronando en las comodidades de lo que ofrece una vida insustancial, y eso que nos iba prometiendo salidas hacia otras esferas inquietantes... Sí, tienen un plan, todos los de la casa ("tenían un plan. Eso lo recuerdo. Un plan borroso en el que todos, mi hermano también, habían cifrado su destino y puesto su grano de arena, su aporte personal, su visión de la suerte y de los giros de la suerte"), pero salido de gimnasios abúlicos, noches de televisión y peluquerías de barrio. Todo muy lumpen, claro. Estamos perdiendo el rastro de lo extraño, y la chica lo reconoce: "No me gustaba mi vida. Las noches seguían siendo claras y diáfanas, pero yo estaba dejando de ser una huérfana". Incluso cuando repasa su vida con un memorable test de revista (qué gran capítulo) nos manifiesta su pegajoso apego a lo cotidiano, y nos lamentamos de que esa luz nocturna sea tan difusa, de que no aumente su brillo, de que nos vayamos apoltronando nosotros también en la vida de esos personajes sin presente. Ante esto, la metáfora perfecta:

"A veces llegaba y la casa estaba sola. Cuando pasaba esto comía en la cocina, sentada en un taburete blanco, mirando las baldosas blancas de las paredes, contándolas de arriba abajo, y luego contando las hileras, y luego me olvidaba, y luego las volvía a contar. Puedo decir, sin ser irónica, que me aburría".

2. Pero qué gran personaje, ella. Bianca. Si en Monsieur Pain estábamos en pleno quebrantamiento de todas las normas de una novela detectivesca, en Una novelita lumpen nos encontramos ante el desguace de la novela de aprendizaje. Cuántos adolescentes en la literatura abriéndose paso, cuántas vidas poniéndose rebeldes porque los padres ya no son lo que eran, cuántos Kids y cuántos guardianes entre el centeno (guiño: cuántos piercings en el ombligo y cuántas uñas de los pies pintadas para un Humbert cualquiera). Pero esta nuestra Bianca no pretende ponerse rebelde, he ahí la gran diferencia. Va deslizándose con enorme frialdad por ese túnel que separa lo infantil de lo adulto, en un ambiente de calculada hostilidad, y ante eso antepone su aburrimiento y su laissez faire, que nos contagia:

"Ahora soy una persona sencilla y antes, cuando las noches eran igual de claras que el día, también. No me daba cuenta, pero lo era".
3. Según la última versión del diagrama, la relación entre Monsieur Pain y Una novelita lumpen tiene un nivel inferior al de otras relaciones, con línea discontínua. Me parece correcto: las semejanzas, que voy apuntando estos días, presentan todas un carácter bastante leve: ni hay personajes que se repiten, ni argumentos que puedan coinicidir. Lo que ahora me intriga es el color azul con el cual también están escritos los títulos de otras tres obras: Pista de hielo, Estrella distante y Amuleto. ¿Qué tipo de relación explica esta coincidencia cromática? ¿Hay categorías de relaciones, y su orden sería según la intensidad: línea contínua - línea discontínua - color del título? Además, ¿hay alguna explicación para que las dos novelas que estoy comentando, desgajadas del triángulo, se encuentren flotando en ese lugar y no en otro?