lunes, 29 de diciembre de 2008

Cosecha 2008

No hay publicación o suplemento que no dedique estos días sus páginas a repasar lo que ha dado de sí el año, en cualquiera de sus facetas. No iba a ser menos este humilde blog, pero lo haré a mi modo, buscando aquellos chispazos que merecen ser recuperados por algún motivo en el entorno de los libros. No se trata tanto de "Lo mejor de", sino acaso de aquellos instantes fugaces que ahora vienen a mi memoria, obligadamente selectiva y siempre bastante arbitraria.

NOVELA

Ninguno de los libros de éxito me ha interesado lo más mínimo (Ruiz Zafón, Follet, Boyne, siquiera un Larsson que ahora mismo es la compra obligada en las grandes superfícies comerciales). Sí me ocurrió el año pasado con Littell, aunque mi lectura de Las benévolas ha sido casi por entero de 2008 y lo considero, además de un libro de mi actual temporada lectora, uno de los pocos ejemplos acertados en que calidad y buenas ventas se aúnan. No ha sido un buen año: McEwan ha flojeado (y por extensión la literatura british, por mucho que ahora El País la encumbre como la novela del año: quizá hablaré de es en otro post con más calma), lo francés sigue en territorios brumosos por mucho Nobel que le den, y quizá Norteamérica elude el contagio banal con Roth.

Ya al final, Acantilado nos ha servido un plato fuerte: fiel a su tradición de ir presentando en estas fechas obras descomunales (antes fueron los Ensayos de Montaigne o las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand) nos trae ahora una novela del siglo XIX, Las confesiones de un italiano, del joven Ippolito Nievo. Buena prosa para un regalo seguro de Reyes.

POESÍA

Lo nuevo de Caballero Bonald y Joan Margarit (aunque éste último todavía en versión catalana, Misteriosament feliç) son mis recomendaciones más claras. Por cierto: Margarit ha colaborado en la traducción de otro espléndido poemario de Elizabeth Bishop.

ENSAYO

Interesantes aportaciones acerca de lo escrito y lo leído, tanto de Steiner (Los libros que nunca he escrito) como de Bayard (Cómo hablar de los libros que no se han leído.)

EDITORIALES

No siendo un gran año de la edición, el tipo lo aguantan muchas editoriales pequeñas que están haciendo selecciones bastante exquisitas de títulos. Tanto Minúscula como Libros del asteroide me parecen dos buenos ejemplos de catálogo y diseño acertados. De hecho, esta última junto a Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso ganaron un Premio Nacional bien otorgado. Mis dos sellos de referencia, Anagrama y Acantilado, no han presentado grandes riesgos pero mantienen el tipo.

BLOGS

Sin grandes cambios en el mundo bloguero: mis dos grandes referencias continúan siendo Moleskine literario, de Iván Thays, y El lamento de Portnoy, de Javier Avilés. El primero, por ser un compendio de todo aquello que se cuece en la olla de la edición y que me evita la lectura incesante de periódicos y webs de referencia. Además, comparto en un grado sorprendentemente alto sus querencias y afición por determinados nombres. El segundo, por recoger la crítica y el debate sobre aspectos de la literatura que me interesan, siempre con elegancia y buen tino. No frecuento su pasión por determinado cine de género, pero incluso esos posts tienen el valor de la sinceridad: nada frecuente en este mundo virtual. Además, se ha convertido por méritos propios en un reducto de gente que lo siguen con fervor, y los comentarios que abundan no tienen desperdicio.

La sopresa del año ha sido El aprendiz al sol, de J.A. Montano, que aunque no es estrictamente un blog sobre libros, tiene ecos de Bernhard y de Junger, con una mezcla de desparpajo e intelectualismo que lo hace muy recomendable.

EL MILAGRO

Un autor que escribió un libro titulado Coños, y que ganó un premio de novela editada con una portada de Betty Page, hoy es articulista de L'Osservatore romano. Il Miracolo del año.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Los furibundos blogs

Ay, ay, ay. Voy a intentar ofrecer una lectura alternativa de la que se esparce estos días por mis blogs más queridos. Una lectura, digo, del último artículo de Javier Marías en el suplemento dominical de El País. ¡Cuánta vestidura rasgada he podido apreciar en gente respetabilísima! No tiene nada de extraño, por otro lado: que Marías no intenta quedar bien con nadie en sus textos periodísticos es cosa sabida, y que sus opiniones acostumbran a caer como una losa marmórea en los lectores más sensibles es igualmente cierta. Debe ser por eso que me gustan tanto sus afirmaciones extemporáneas: ya leo anticipadamente en ellas las rasgaduras de otros y disfruto como un niño.

Esta vez la provocación ha tocado de lleno el mundo de los blogs. Está en boca de todos la tremenda aversión que el autor tiene por la mayoría de avances tecnológicos que se suceden a ritmo vertiginoso. Quien más, quien menos no estamos tan lejos de eso: juro que sigo sin tener iPods ni cualquiera de esos teléfonos que ahora sirven para sobrevivir en esta vida (comunicarse con otra persona a través de ellos ya es algo superfluo). Y entiendo que pueda leerse como una pataleta de anciano anacrónico una frase de este estilo:

Aproveché para navegar un poco por Internet, por primera vez en mi vida o casi.


¿Se habrá perdido algo en todo este tiempo por entrar en la red hasta casi a inicios del año 2009? Pues sí, seguro, como yo me habré perdido mucho por no leer los libros que él habrá devorado en este mismo lapso y por no escuchar los discos que almacena en sus estanterías. No damos abasto, qué quieren que les diga. La ingenuidad de descubrir hasta ahora que internet es "una enciclopedia de vastedad incomparable, pero de calidad muy dudosa y variable" es apenas una anécdota ante la certeza de saber que pasado mañana regresará a su Olivetti. Con la que es capaz de escribir, por ejemplo, las 1.600 páginas de Tu rostro mañana sin necesidad de pegar, copiar, insertar o cortar (vocabulario básico de word, verbigracia).

Pero la parte que más heridas ha causado es la referida al mundo de los blogs y los foros, que me atañe. No logra entender la gracia de este formato, similar al de un bar y unos insoportables charlatanes, ni la lógica de unos contenidos ombliguistas y unos comentarios zafios y groseros. Como un resorte, mis amigos del gremio han saltado al grito de mi-blog-no-entra-en-esa-categoría, defendiendo el todo por la parte que les toca. Hombre, hombre. Yo también defiendo mis discretas aportaciones en este espacio, y aquí están enterradas sin modificar una coma de lo ya escrito en varios años. Pero de ahí a considerar que los blogs son un formato imprescindible y que no estar atento a ellos supone una merma personal o intelectual hay un trecho. No: hay un abismo.

Lo pondré en cifras, para que quede más científico: entre los millones de blogs que hay colgados en la red, el 99,9% no tiene el menor interés para mí. Mi lectura de blogs se limita a lo sumo a unos 20 de manera regular, y para el resto tengo suficiente con una única visita. Pero esto no es nada significativo: los mismos porcentajes se pueden aplicar a los libros editados, a los programas televisivos o a las obras teatrales estrenadas en un año. Y yo también he sido víctima en algún momento de las zarpas de individuos que consumen su tiempo dejando mensajes insultantes (creo que ellos , más finos, les llaman meadas) en determinados blogs durante un tiempo concreto, porque siempre acaban hartándose del poco caso que se les hace a sus diatribas, o simplemente su capacidad de micción no da para más. Todo ello, descrito por Marías en el artículo, es estrictamente cierto. Parece, pues, que no hace falta ni tener internet en casa para descubrirlo.

Nada de lo cual me exime de no dejar constancia del buen hacer de algunas personas que, a falta quizá de la posibilidad de otros formatos más tradicionales, optaron en su día por el blog y ahí siguen, constantes y esforzados, usando su tiempo en creaciones muy recomendables. Y gratis, que diría Dalí. Pero esta gente anónima, que imagino buena en muchos aspectos de la vida, podría ser igualmente certera en otros espacios: no fue el blog lo que les hizo hombres, sino ellos los que sacaron partido de este instrumento. ¡A ver si ahora resulta que es antes internet que la costilla de Adán! Si algunos hemos escogido el blog como formato es por su inmediatez, flexibilidad (aunque no tanto) y facilidad de acceso. Los efectos colaterales se llevan como una ligera carga que hay que acarrear, pero no me extraña que el odio que algunos destilan acabe manchando los intentos de otros por acercarse a la blogosfera.

Desengañémonos: el blog desaparecerá en pocos años. Ni un responso, por favor: algo mejor lo va a sustituir, y todavía seremos más felices. Y quien entonces siga tecleando en una vieja máquina de escribir puede que acabe encontrándole el gusto a esa nueva tendencia. Aunque si sólo navega pocas horas, va sin brújula y nos atenemos al porcentaje mencionado, reconozco que eso es estadísticamente muy improbable.
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Entré en la librería, hace unos pocos años, y ahí estaba el primer volumen de El día del watusi. Sonreí, pensando en el feroz atrevimiento, suyo y de la editorial, de publicar una trilogía casi simultánea y más que anticomercial. Este hombre me cae bien, pensé. Vestía de negro: otro punto a su favor. Ayer, Francisco Casavella murió a los 45 años. Hay días jodidos en diciembre.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Apuntes de aeropuerto

Acabo de leer la entrevista a Arturo Pérez Reverte que publica el último Babelia, aprovechando la reedición especial de El club Dumas. Nunca pasé, anuncio ya de entrada, de la frontera de La reina del Sur, la única novela que he leído del periodista, novelista y ahora académico de la lengua. Un tipo singular: leído hasta la saciedad en medio mundo pero con la pretensión de elaborar novelas de calidad que orillen la fórmula à la Follet. No reniega del término best seller, aunque su referente parece ser Eco: historias de cultura europea que requieren de documentación abundante y que nacen con vocación de acumular lectores.

Hay un momento en la conversación en que suelta esta frase, irremediablemente previsible en un autor como Pérez Reverte:

Tengo la satisfacción de haber tenido razón en un momento en el que toda la crítica te decía que tenías que escribir lo contrario, novela intimista, sin acción, sin personajes, novela del yo...


El choque sistemático entre la novela culta e introspectiva, metaliteraria, y la novela de historias y acontecimientos. O, lo que es lo mismo y nunca dicen estos autores aunque lo piensan mientras hablan, entre novela aburrida y entretenida. Ellos creen que todo lo que no sea trama de acción y personajes es tiempo perdido. Igualmente, tampoco niego que hay extremos en el otro lado: los que evitan el trasiego de vidas cotidianas y se recrean sólo en la palabra pura o en la literatura que habla de sí misma. Un autor que me está sacando de esta obtusa dicotomía (que al final todos nos acabamos creyendo) es Sebald.

Ya va siendo de hora de terminar con la falsa disyuntiva de tener que escoger entre dos formas de un mismo arte. Tanto en una como en la otra, que también tienen fronteras porosas, sólo hay autores de peso y otros de relleno: hay artistas y hay escribanos. Sebald, uno de los grandes, demuestra que la pasión por la realidad admite múltiples enfoques, y que la aventura del saber puede esconderse en los más ínfimos detalles y en personas nada heroicas. Pero sin olvidar que el lector no busca espejos, sino reflejos de su propia vida en las de otros, y así poder capturar algún pedazo de todo aquello que nos rodea.

Es lo bueno de encontrar de vez en cuando por la senda a determinados autores: nos impelen a discernir que la literatura se lleva muy bien con el sentido común.
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Cierto: la colección de libros de poesía de El País que ha preparado Caballero Bonald es un artefacto comercial. El vocero de turno del gobierno nicaragüense lo ha dicho con aires de Boskov: bisnes es bisnes. Y también es cierto que la obra de Martínez Rivas puede encontrarse sin problemas en España, por ejemplo en una de las elegantes ediciones negras de Visor y en toda buena librería. Pero ah: esto no esconde que tamaña evidencia es un argumento leve para desprestigiar el prólogo que a la sazón había escrito Sergio Ramírez. Lo que antes de Sergio no era bisnes (ni una voz se alzó en contra del proyecto) ahora es una colección tramada por los oligarcas españoles para ensalzar al prologuista y menospreciar al poeta. ¡Como si a Sergio le hiciera falta un prólogo a estas alturas de la vida! Pero se olvidaron los viejos decimonónicos, una vez más, que Internet puede mandar a los cuatro vientos cualquier prólogo y epílogo al son de una tecla y que la repercusión de todo acto censor es ahora exponencialmente infinito.
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Aeropuerto de Alajuela, Costa Rica, 12 del mediodía, sala de espera. A partir de mañana, Laie, una horchata de chufa, calle Petritxol, La Central, el metro, Babelia en papel, el aroma de sal del puerto, jamón ibérico, diez grados de temperatura, el MACBA, el Teatre Lliure, persianas en las ventanas, tres pisos de escaleras para subir y bajar. Y un Barça-Madrid, un sofá y un padre al lado.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Una obra y un maestro


Es muy habitual encontrarse en los suplementos literarios de la prensa (no digamos en las solapas y contraportadas de los mismos libros) con opiniones sobrepasadas y juicios temerarios. ¡Cuántas obras maestras se descubren cada semana en los quioscos! Ya he mencionado otras veces este exceso crítico y su sentido: si la editorial y la empresa del periódico coinciden, no hay que devanarse los sesos para saber por dónde van los tiros. Pero ya parece normal que el crítico, si no se da ese caso, también opte por cargar los adjetivos y pretenda salir de la aburrida columna que no destaca por nada. Si uno no puede destrozar la obra o encumbrarla como el gran descubrimiento del año, ya me dirán para qué ponerse a escribir. ¡Para eso están los blogs, caray!

Digo esto porque me enfrento a una posible obra maestra (no saben cuanto me cuesta teclear el sintagma, y con cuanto esmero pongo el adjetivo posible delante) y prevengo al lector de que tome mi juicio con el máximo relativismo. Es lo malo de este siglo nuevo, tan deudor del anterior: cuando ya todo es maestro, el verdadero genio pasa completamente desapercibido. Y yo no tengo por qué gritar: quien quiera leer, que lea y que no entienda este post como algo más importante que todo lo que vino detrás.

Comencé esta semana a leer Los emigrados, de W.G. Sebald. Quizá no sea su obra más redonda, pero enfrentarse a este clásico contemporáneo por cualquier esquina ya resulta un placer solemne. No es esta obra una novela, ni un conjunto de relatos, ni siquiera una autobiografía parcial (ni unas memorias oblicuas, Herralde dixit). Por ahora me siento incapaz de clasificarla, aunque eso no me causa el más leve temblor. Sebald construye un mosaico de vidas fugaces, intrascendentes en su estricta cotidianidad, con un único nexo común (y lo adivino más bien, porque estoy en plena lectura): su condición de migrantes y lo que ello supone para su existencia, aunque eso tampoco sea el tema troncal. Pero cada uno de estos fragmentos, de estas historias breves, es un retazo exquisito y con una poética que no se olvida a los pocos días.

Un ejemplo, el primero: el autor llega a la que será su nueva residencia, una mansión de la que alquila una parte y cuyo dueño es un extraño personaje que ocupa el tiempo mirando por la ventana, yaciendo sobre la hierba del patio o cosechando algunas hortalizas de excelente sabor. La casa en sí ya es un hábitat único: un laberinto desvencijado que Sebald describe con un detallismo sorprendente. Es difícil no sentir cierta piedad por este hombre, el doctor Henry Selwyn, ajeno al mundo, apurando ya sus últimos instantes. Y el recuerdo, la memoria, es el hilo por el cual Sebald va desgranando otros detalles que elevan al individuo a ese estatus poético al que me refería. Como la evocación de un viejo amigo suizo, de quien solo llegamos a conocer su pasión por el alpinismo y que acaba siendo clave para capturar los sentimientos de Selwyn: su amigo desapareció en un glaciar años atrás y su recuerdo nos lleva a unas páginas llenas de emoción: pasa el tiempo, Selwyn ya murió en circunstancias que no revelaré, y en la prensa se publica una nota para anunciar el descubrimiento de un cadáver enterrado en el hielo. El párrafo final es estremecedor:

De modo que es así como regresan los muertos. A veces, al cabo de más de siete decenios, emergen del hielo y yacen al borde de la morrena, un montoncillo de huesos limados y un par de botas con clavos.


Unos huesos y unas botas. Unos decenios después, esto es lo que hay. Y la certeza de que esto es lo importante, al fin y al cabo: desvelar a través de la literatura los hitos vitales de alguien, quienquiera que sea, y así entender que la fuerza del existir radica en esos instantes perpetuos, más allá de títulos, medallas, bombos, vanidades y famas efímeras. Treinta páginas valen por toda una vida, por todas las vidas: Selwyn eres tú, amigo.

Anoto también ahora una de las constantes en todos los libros de Sebald, que yo tomaba con precaución pero que me parece otro hallazgo clave: las imágenes repartidas a lo largo del texto son el contrapunto para esos detalles que la narración va esparciendo sigilosamente. No son paisajes, retratos o panorámicas: son destellos visuales que se van adaptando al relato con la precisión del bisturí. En el ejemplo anterior, cuando se describe la casa y su entorno descuidado, la foto nos muestra la maleza en primer término y sólo una intuición de edificio detrás. Son los rastrojos y no los muros lo que importa, porque el interés no es inmobiliario sino sobre el desajuste interior del personaje que allí habita. Y así sucesivamente. La edición de Anagrama tiene el acierto de no dejar las fotografías en páginas solitarias sino insertadas en los párrafos, sin solución de continuidad.

Lo dejo por ahora, pero supongo que retomaré otros comentarios sobre este libro más adelante, sobre esta obra (y déjenme poner el paréntesis para que el efecto no sea tan demoledor, unas palabras de relleno entre sustantivo y adjetivo) maestra.

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He jugado, y he tecleado los tres nombres sobre los que más se ha escrito hasta el momento en esta senda: Javier Marías, Roberto Bolaño e Ian McEwan. La máquina me ha dicho que debo leer a Nathaniel MacKey, y todavía dudo sobre si la máquina es demasiado inteligente o yo un perfecto analfabeto.

lunes, 1 de diciembre de 2008

¡Marsé, coño!



Después de varias ediciones del premio en las que su nombre llegó a sonar como muy probable ganador, por fin Juan Marsé se alzó con el Cervantes. Por una simple cuestión de edad (méritos aparte), los otros finalistas fueron Ana María Matute y José Manuel Caballero Bonald. Si yo me hubiera visto en el crucial dilema de echar un voto a la urna con un solo nombre entre esta terna, me hubiera decidido por este último (a quien por otro lado veo como ganador de la edición de 2010), pero me alegro sinceramente por la elección de Marsé.

Ante un premio gordo como el Cervantes no es fácil sustraerse a los lugares comunes. Uno de ellos exige elucubrar sobre cómo el premio a una persona se expande hacia un grupo generacional, y así el Nobel de Cela lo era igualmente para Delibes y Torrente Ballester. Es un pensamiento ingenuo, qué duda cabe, pero sirve para rellenar blogs e intentar meterse en la mente del jurado. Entonces, ¿para quién más es este premio? Al menos, para el todoterreno Vázquez Montalbán, para Gil de Biedma, para José Agustín Goytisolo, y estirando los músculos al máximo, para Eduardo Mendoza (y si a Dylan le quieren dar el Nobel, ¿por qué no a Serrat el Cervantes?) O sea: un grupito de catalanes que han construido su obra en lengua castellana y que han narrado la realidad más prosaica de Barcelona y alrededores para reconvertirla en una ciudad y un espacio de lo más literario.

No soy un aficionado estricto al realismo, entendido como el reflejo de una cotidianidad que pretende superar la anécdota de barrio. Pero creo que bastante menos a la fantasía pretenciosa o alejada de mis intereses mundanos. Es decir, no he sido nunca un fan de las historias de Aldecoa o Martín Santos, por poner dos ejemplos claros del primer movimiento. Pero mis intereses también dependen del día y del lugar, y he tenido mis momentos Marsé como los he tenido con tantos autores que jamás aparecerían entre mi canon literario. Y añado que al menos los dos últimos intentos fueron, hará ya más de cinco años, totalmente fructíferos. A ello voy.

Leí El embrujo de Shanghai para satisfacer a una persona que me regaló el libro y contarle así mi impresión de lectura. Aunque ya queda algo borrosa en mi recuerdo, la novela me pareció un acertado ejemplo de construcción de dos historias paralelas entre la imaginación y el relato más realista, entre el cine y el despertador de las siete de la mañana. El poder de evocación de unos personajes hacia una realidad superior (la puramente ficcional, artística) tenía una fuerza insospechada en el lenguaje casi simple de Marsé. Ojo: simple no de simpleza, sino de simplicidad: del carpintero que quita astillas y pule su trabajo hasta obtener un perfecto madero desprovisto de alharacas y adornos. Trasladar la magia que provoca en cualquiera de nosotros el entramado de la ficción (la lectura de novelas, la pantalla grande del cine) hacia unos personajes tan inventados como aquello con lo que sueñan, produjo en mí (o eso recuerdo borrosamente) un efecto de atracción.

Al poco tiempo devoré, ya por mi estricta voluntad, Rabos de lagartija. Una gran novela, sin duda, sólo lastrada por un final apresurado y algo trastabillado. Pero lograr que un par de niños alcancen la categoría de toda la infancia del medio siglo no es broma: la enfermedad, la pobreza material, el recurso de la imaginación, los barrios marginales y periféricos, los juegos de calle, crean un conjunto nítido y acertado de toda una generación. Yo, que nací a principios de los 70, no puedo pensar mejor en la edad infantil de mis padres y abuelos que con novelas así. Una fotografía en blanco y negro de nuestro pasado, tamizada por una narración a ratos brutal, a ratos simpatiquísima.

Llegué muy tarde, pues, a Marsé: dejé atrás al pijoaparte y a Teresa, todas sus obras más conocidas (aunque reposa en alguna de mis mesas barcelonesas Un día volveré: buena excusa para hacer honor al verbo y volver al autor), y me he negado como buen aficionado al cine a ver cualquier engendro de Vicente Aranda.

Pero si algo me entusiasma también de Marsé es su pose perpetua de cascarrabias, de antiintelectual militante, poco proclive a opinar de lo que se tercie y de estar obligado a ser abajofirmante de ningún tipo de manifiestos. Para encontrar a Marsé hay que buscarlo en las novelas y poco en los periódicos: que casi nunca sea noticia es una excelente noticia. Y cuando hay que hablar, hacerlo sin remilgos: ¡aún llora Mª de la Pau Janer ante los argumentos torrenciales de Marsé para criticar su panfleto planetario! No dudo que si hay alguien capacitado para soltar un buen adjetivo demoledor detrás de un argumento, ese es Marsé. ¿Adjetivo, dije? ¡Sustantivo, coño! No hay otro escritor más capaz de paralizar a alguien con un vocablo, y es que su carga de razón es la literatura que lleva en sus espaldas.

Ahora, con esta excepción del premio, hasta el suplemento literario de La Prensa nicaragüense lo ha sacado en portada. Su foto ya recorre medio mundo, y fragmentos de sus novelas se expanden al viento. En el Guinardó habrán abierto, imagino, alguna que otra botella de cava. A su salud, maestro.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Días de veneno

Ya sabrán perdonarme los improbables seguidores de este blog, pero estos eventos temporales superan mi capacidad de improvisación. Quiero decir estas luchas callejeras que he vivido de cerca últimamente, y mi silencio posterior. ¡Quién va a concentrarse en la lectura ante el estruendo de las balas! Han sido días de mucha bilis y mucho veneno, acumulados quizás desde hace varios años, porque de otra manera es imposible entender el nivel de animadversión vivido aquí. Entre esto, y un viaje al interior del país que debo iniciar mañana, este blogger se sume en un estado de catarsis temporal. Eso sí: el próximo fin de semana me refugio en la selva y me llevo en la maleta un Sebald para sumergirme en otras historias más lejanas.

Vendrán días mejores, no lo dudo.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Resaca postelectoral

Actualización fotográfica (18/11/08): así están las calles, sin ficción y con mucho ruido.


No están las cosas aquí para ficciones: la sombra de un fraude electoral de enormes dimensiones planea sobre el país. Sumergido en la vorágine de sus efectos (labores obligan) me alejo momentáneamente del blog. Por si a alguien le gustan las matemáticas, las supuestas pruebas del delito están aquí. También para eso sirve internet.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Nancites 15

1. Flecos del Herralde: Iván Thays, desde su moleskine literario, carga las escopetas contra sus detractores y dice que el premio "significa una simpática patadita en el culo a todos los anónimos que desde hace años sentenciaron mi muerte literaria y que me han calificado en blogs-basura de cuarentón fracasado." Es uno de los efectos más visibles de la proliferación de bloggers dedicados a la crítica. Antes, sólo los suplementos de prensa incluían breves recensiones de libros, pero ahora te pueden llegar los tiros desde cualquier página gratuita. No debe ser sencillo prescindir de esos comentarios, fácilmente localizables desde Google y basados más en tirrias personales que en verdaderos argumentos críticos. Ya no son los especialistas en literatura los que se atreven a despotricar o a elogiar un texto: cualquier anónimo ya puede pasar por experto en un tema y dejar constancia por escrito de sus fobias más íntimas. Thays, en sus primeras palabras después del premio, no elude hablar de ellos: ya forman parte del paisaje cotidiano, como las moscas y las hojas secas.


2. Esta pequeña obra de arte que edita Atalanta: Tres novelas en imágenes, de Max Ernst. Un experimento fascinante a partir de grabados y dibujos del autor, fieramente anclados en el surrealismo. Un lenguaje innovador y quizás irrepetible, como corresponde a las ideas grandes y únicas. También en Atalanta, por cierto, han aparecido dos breves joyas raras de Alejo Carpentier como un postre exquisito para este otoño.

3. Hubo una crítica reciente en Babelia a la nóvela póstuma de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante (perdonen la horrible rima.) El título ya era una sorpresiva exageración, merecedora de figurar en una contraportada o una faja de Anagrama: "Una novela genial". Casi nada. Esto aparecía, además, en las dos primeras líneas: "A los suplementos literarios, y no sólo a los españoles, se les critica que "encuentran" una novela genial todas las semanas. Bueno, esta semana es verdad. La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante, es una novela sencillamente genial." La autora de tanta untura era Rosa Pereda. Ahora navego hasta Letras Libres para descubrir la otra cara del asunto: Antonio José Ponte declara sutilmente que, más que una obra póstuma, ésta es una novela prematura. Y pone de relieve lo que a mí siempre me ha hecho recelar de Cabrera Infante, esa pose de stand-up comedian (la expresión también es de Ponte) que se esparce por todas sus páginas, cansinamente. Esta cita del libro como perfecta imagen del comediante: "De todas las comidas del día el desayuno es mi favorita. Favorito que es masculino. Los masculinos son los menos culinos. Culinario." Me siento incapaz de seguir este juego literario. Y también de atisbar el precipicio que hay entre la genialidad y la premura.

4.

La foto de Pablo Hojas a tres autores gruesos. ¡Qué digo autores! Tres personajes puros: Alatriste con su barba recortada, Pantaleón en su madurez infinita, y Deza con la mirada que ya intuye lo que vendrá. Una foto intimidante en su rotunda ficcionalidad. Pero ah, la realidad: basta con que abramos un poco el lente y observemos la segunda foto, con la pareja de ancianos que suben por detrás, indiferentes al trío y ajenos a su empedrado caminar, y el coche de una empresa de mecánica aparcado a la izquierda, que refleja con extraordinaria precisión la raya humilde entre ficción y verdad. Por muy reales que sean los rostros, no hay como un paseo de mañana en Santillana del Mar para reconocer, ahora sí, a Arturo, Mario y Javier.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Promesas rotas


Día histórico: estoy a punto de romper dos de mis viejas promesas. Al hilo de lo que voy viendo en estricto directo por CNN, Barack Obama será el nuevo presidente de los Estados Unidos. Jamás he pisado ese país porque no concibo compartir mi vida con imperios, hamburguesas, Pepsi Diet, fundamentalistas cristianos y analfabetos geográficos. Torpe de mí, ya hace muchos meses (una eternidad) que prometí viajar allí si ganaba el señor Obama. Hice la promesa, claro, cuando el señor Obama no tenía la más mínima posibilidad de ganar unas elecciones presidenciales (sólo yo y Vargas Llosa creíamos en esa fantasía). Hoy es 4 de noviembre y ya no hay vuelta atrás.

La segunda promesa es la de no leer jamás a finalistas de premios literarios. En eso soy muy atlético: al segundo, ni agua, como en las carreras de 1.500 metros. Ya es un esfuerzo leer, tal y como están los premios, a un ganador: imagínense hacerlo con un perdedor. Pero el Premio Herralde me ha dado una gratísima sorpresa por la parte baja del podio: Iván Thays ha sido agraciado con el segundo lugar y eso me sabe a triunfo absoluto, y les cuento el porqué.

Iván Thays es el autor de un blog absolutamente imprescindible y que no hay día que no lea: Moleskine literario. Con actualizaciones constantes, el blog es una recopilación de noticias, rumores, hallazgos y apuntes sobre el mundo de los libros: escritores y editores pasean sin cesar por esa bitácora, con la cual me entero de todo lo que acaece en las páginas y fuera de ellas. La selección que hace Iván entre los suplementos literarios, las notas de prensa y los foros y salones de literatura es de lo más adictivo: no hay post prescindible, cualquier dato es relevante para todo loco letrado, y es una de mis principales fuentes de información.

Pero nunca se conforma con una traslación exacta de la noticia, o de un párrafo sustancial: Iván opina, y aunque sea con una sola frase hábilmente escondida, siempre hay motivo para la sonrisa y para el contrapunto sagaz. No es un blog al uso: entradas breves, yendo al grano, y donde los comentarios son lo menos importante. De hecho, la misma rapidez con que se actualiza la página entierra velozmente cualquier asomo de debate. A mí me importa lo que diga Iván y, sobre todo, su selección noticiosa. Así estoy al día, y me ahorro muchas horas de navegación.

Haber sido finalista (¿es aceptable la expresión haber ganado el premio finalista, o algo similar?) me facilita esta labor de alabanza hacia su trabajo en internet. También me ha ayudado a conocer a otros autores, peruanos y no. Y sin duda compraré Un lugar llamado Oreja de Perro, en cuanto llegue a un aeropuerto español en diciembre y aunque le duela mucho a Daniel Sada. Mi alegría puede relacionarse con un cierto coleguismo: ni conozco al autor ni su obra, pero lo que me interesa es que el Herralde ya comienza a recaer en bloggers, y eso es un síntoma de algo.

Incluso puedo llegar a perdonarle el hecho de considerar el Premio Herralde como "el más prestigioso del idioma", en un arrebato de justificada exaltación. E incluso puedo llegar a perdonarlo por considerar tan bueno a un autor como Alonso Cueto. Pero lo que no le perdonaré es haber conseguido ser mucho más segundón que yo: eso no, nunca y jamás.

domingo, 2 de noviembre de 2008

La arquitectura como excusa

Hay dos maneras, al menos, de enfocar un ensayo: como una tesis sobre un tema específico, elaborando un extenso texto trufado de notas y citas académicas, o como un compendio de ideas, chispazos y provocaciones en forma de breves capítulos, y generalmente presentados como una suma de artículos ligeramente conectados entre sí. Digo esto porque el segundo enfoque siempre me ha parecido la solución fácil para no afrontar un asunto en profundidad: muchos autores se han limitado a recopilar textos ya aparecidos en otros formatos, y a darles un título oportuno. En la ensayística abunda ese espécimen. También es cierto que ese tipo de obra acostumbra a ser muchísimo más digerible que la primera, al menos para colecciones no especializadas, y muchos editores suelen pedirla a sus autores fetiche, como complemento entre novela y novela y para apaciguar la espera.

En la medida de lo posible huyo de esos volúmenes misceláneos, que no llegan a ninguna parte y de los cuales no me queda más que un mohín forzado, a veces incluso una media sonrisa como mucho. Hasta ahora había localizado tres excepciones, tres autores que frecuentan el "ensayo fragmentado" (no hay término exacto para ello, pues "recopilación de artículos" no deja de ser una descripción del contenido pero jamás un género). Enumero:

1. Umberto Eco: aparte de sus novelas y de algún tratado de semiología, es de los autores cuyos ensayos son una excelente muestra de la capacidad por meter asuntos enjundiosos en pocas páginas. Combina ironía, profundidad y brevedad, como hacen siempre las personas inteligentes.

2. Rafael Sánchez Ferlosio: un rara avis que abandonó la ficción para meterse en reflexiones luminosas. Le pierde quizás su erudición y su autodidactismo, creyendo que todos somos igualmente eruditos y autodidactas, pero sin dimitir de su pose de enfant terrible. Tengo God & Gun como una de las compras seguras para mi próximo viaje transatlántico.

3. Quim Monzó: aunque llevo unos años sin seguir sus reflexiones sobre la cotidianidad, pone de manifiesto nuestras más terribles contradicciones y nuestra capacidad inquebrantable de hacer el bobo continuamente. Una cura infalible para la vanidad.

Ahora ya puedo sumar un cuarto autor a esta tríada, porque me acaba de proporcionar instantes de gran felicidad lectora: Oscar Tusquets Blanca. Como ya dije recientemente, he devorado Todo es comparable, que encontré por azar en una librería de San José de Costa Rica. Un pequeño festín de sentido común y sabiduría.

Hay que matizar ante todo que Tusquets es arquitecto, y ese es el trasfondo permanente del libro: una reflexión sobre todo lo que rodea el mundo de la arquitectura y por extensión del arte en general. Pero la grandeza de esta obra, y de estos autores que he reseñado hasta aquí, es que no hace falta asumir de entrada ninguno de los conocimientos que ellos dan por entendidos. Es más: a uno le puede importar un carajo todo aquello que pueda tener relación con puentes, caminos y catedrales neogóticas, y verse atrapado por la brillantez de los planteamientos del autor. Porque, ¿no es acaso sugerente conocer una teoría nueva sobre la causa de la inclinación del pavimento de un templo griego? ¿O recibir una lista bastante amplia de pequeños museos que normalmente pasan desapercibidos en grandes ciudades? ¿O incidir en el debate sobre el valor de un original en arte, o lanzar un réquiem por las cada vez más denostadas escaleras?

Oscar Tusquets tiene la gracia de los buenos contadores de historias: plantea una idea, la desarrolla con fluidez y obliga a repensar lo que mayoritariamente dábamos por bueno. También, como en los mejores poemas, no se sale igual de sus textos de como se ha entrado: aunque no estemos de acuerdo con su tesis, el debate está servido. Y es un excelente propagador de la belleza, que siempre es el mejor camino para apasionarnos por algo: el libro está plagado de fotografías para ilustrar cada ejemplo, y entre imagen e idea avanzamos con verdadero placer por sus páginas.

La vocación de Todo es comprable queda reflejada en el prólogo: el único hilo conductor es "relacionar cosas que no vienen a cuento", ya que "todo parece indicar que el misterioso mecanismo de creación que se aplica tanto a la ciencia como al arte nace de relacionar dos fenómenos aparentemente inconexos; y cuanto más inconexos aparecen, más imaginación hace falta para descubrir una afinidad oculta, y más original resulta la creación." Entre la originalidad y la imaginación, precisamente, hallamos esta muestra de genio, que invita a seguir la estela de este arquitecto provocador.

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Una entrevista emocionante. 88 años. Y esta frase de Delibes: El escritor ha muerto antes que el hombre. Uno de los grandes, y muy vivo.

lunes, 27 de octubre de 2008

La inútil tijera en tiempos digitales

Esta historia que voy a resumir me asalta en los estertores del fin de semana, en una de esas tardes domincales tan plácidas (nunca he entendido qué manía le tienen algunos a las tardes del domingo, para mí siempre han sido un remanso excelente para la lectura, la escritura y las musarañas) y en las que uno no espera encontrar muchas sorpresas por internet. En cambio, me ha llegado por doble vía un asunto sobre un libro con bastantes espinas jurídicas y sentimentales, justo antes de irme de viaje por una semana y quedar desconectado de este mundo.

Me permito un inciso: aunque no lo pudiera parecer después de más de tres años de blog, soy un ferviente lector de libros de memorias y biografías. No suelo comentarlos casi nunca, y tampoco ahora me voy a poner a escudriñar las razones. Pero también soy muy selectivo: de un tiempo a esta parte me ha dado por leer, de manera especial, recuentos de vida de los actores de la política española del siglo XX. Leí con lentitud, hace ya años, las memorias de Santiago Carrillo. Hice lo propio hace mucho menos con los dos volúmenes de las memorias de Alfonso Guerra, y estoy metiéndome en el primero de las de Jordi Pujol. Hay dos libros que espero con cierto fervor: la autobiografía, que no ha sido anunciada jamás que yo sepa, de Felipe González, y la que está por salir en breve, de Pasqual Maragall. Dejo para otro día qué lecciones saco yo de todas estas lecturas y el porqué de mi fijación por estos personajes.

De lo que quiero escribir hoy es de este último hombre, expresidente de Catalunya y exalcalde de Barcelona, del cual estaba a punto de salir a la venta un libro biográfico a cargo de Esther Tusquets y Mercedes Vilanova. Es decir, antes de que el propio Maragall publique sus anunciadas memorias. El primer aviso me llegó a través del blog de Arcadi Espada la semana pasada, cuando él mencionó el hecho y contó que había tenido acceso a las galeradas de esa obra. Por lo leído, el libro prometía jugosas declaraciones hechas al amparo de la intimidad con las autoras, y yo me frotaba las manos al adivinar su lectura en las próximas Navidades.

Como decía, ahora me llega por doble vía una rutilante novedad: El País, por un lado, cuenta que la familia Maragall ha impedido que el libro, titulado Pasqual Maragall, el hombre y el político, salga a la luz pública con algunos pasajes que han considerado que no debían haber sido transcritos textualmente. O sea: las entrevistas entre Tusquets y Vilanova con el propio Maragall o con su esposa estuvieron trufadas, por lo que se ve, de momentos de confesión sobre temas sensibles (el Alzheimer que padece el biografiado, su salida intempestiva de la Generalitat, la historia sobre un hermano drogadicto...) y ahora la familia aduce unas "condiciones previas" no firmadas para evitar a toda costa que esas confesiones pasen a tinta indeleble.


Pero por otro lado, de nuevo Arcadi Espada se refiere al mismo libro, que ya ha tenido ocasión de leer por completo, y difunde citas textuales que ya no podremos encontrar los compradores. Todavía más: publica la portada del libro nonato y, por si fuera poco, el ISBN, no vaya a ser que al final todas esas páginas encuadernadas terminen en el limbo de lo inédito. Por ahora, parece que 10,000 ejemplares ya editados van a ser destruidos, gracias a un pacto definido entre la editorial y los Maragall, de manera que lo que llegue a las librerías esta misma semana sea una versión políticamente correcta y sin demasiadas astillas personales. Ante tanta poda, a uno se le van quitando las ganas de gastarse los euros, por mucho que el resto de las páginas añadan datos de interés. Ya me lo contará el propio Maragall en sus memorias, pienso yo, que al fin y al cabo ha sido uno de los políticos más dados a emitir sentencias poco cómodas y sacarse de la manga frases extemporáneas.

Uno de los meollos del asunto ha sido que el libro contenía fragmentos de otro libro, ese sí inédito por los siglos de los siglos, del padre de Pasqual Maragall, Jordi. Un diario íntimo, cargado de opiniones y recuerdos suculentos, pero que la familia ha querido conservar en formol. Lo curioso es que hayan dejado en manos de las dos autoras estas páginas, y que incurran en la inocencia de creer que no van a sacar algún partido de tan interesante material. ¿Qué hacer en estos casos? Tusquets y Vilanova van recibiendo regalos, susurros, confesiones a media voz, confianzas y palmaditas, y a la hora de la verdad se les dice que no pueden publicar nada de eso, editorial mediante. Es el problema de las "biografías oficiales" o toleradas por los biografiados: que ellos se creen con la potestad de poner coto a cualquier salida de tono no adecuada.

Pero lo más interesante del asunto es que, una vez más y gracias a internet, lo impublicable ya se ha esparcido por otras veredas, y por mucho que guillotinen 10.000 ejemplares de papel, un lector atento puede conocer esos aspectos que le han sido mutilados en el manuscrito. Hay ecos de ellos en la red. Le ocurrió al juez que secuestró una edición de una revista satírica española con los príncipes en postura sublime: ¡Fue la portada más vista de la historia, aun cuando no había ninguna expuesta en el quiosco! Este libro sobre Maragall acabará siendo más conocido por lo que no sale en ninguna de sus páginas que por lo realmente editado, y este post no deja de ser un corolario del anterior: no hay papel que resista la inmediatez y la promiscuidad del destello digital.

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Después del huracán Littell, ya me preparo un año antes de la edición española para el huracán Tellkamp. También de ladrillos vive la literatura.

viernes, 24 de octubre de 2008

Qué dolor de papeles

¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!


Ahora que el papel va a desaparecer (un siglo como máximo le están dando de vida en este nuevo Farenheit, y sin necesidad de que suba la temperatura) es el momento para lanzar el último responso por las revistas. Si antes de los libros alguna otra cosa tiene que morir, sin duda son las revistas. La abrumadora e inacabable acumulación de datos de internet va a precipitar, probablemente, que algunos formatos escritos tengan que reciclarse a formatos digitales, y que la acumulación de ejemplares en los quioscos vaya pasando a ser una imagen del pasado.

Yo vengo de ese mundo y de su espejo sentimental: hojear revistas especializadas en lo que sea, mirar portadas, siempre ha sido un pasatiempo en mis caminatas por cualquier ciudad. Esa era la aventura del saber anterior a la red: música, antropología, ciencia, actualidad, cómic, libros, todo mezclado en garitas de pocos metros cuadrados, abigarradamente y en constante actualización, cada día con nuevos números que sustituían a los viejos. Una mezcla, no está de más decirlo, con lo mejor y lo peor, con papel couché y papel satinado. Como internet, vaya.

Imagino que uno de los peores negocios que pueden hacerse en estos momentos es fundar una revista. No creo que ya haya demasiados lectores dispuestos a gastar en conocer aquello que pueden encontrar fácilmente en la red, gratuitamente, y con enfoques diferentes a sólo un click de distancia. ¿Globos aerostáticos en Irlanda? ¿Peces espada en el Índico? ¿Poesía amorosa del XIV? Ya no hay revista especializada que pueda competir con la infinita sucesión de páginas web que multiplican cualquier reportaje impreso. La prensa tuvo que hacerse eco de la nueva era de una manera burda: colocando recuadros al final de los artículos con links transcritos, "para conocer más y ampliar información". ¡Qué manera más vergonzosa de reconocer la derrota!

Digo todo esto porque las revistas de libros también están en horas bajísimas, y uno de los últimos intentos por colocar en el mercado un producto digno parece que ha fracasado. Me refiero a Granta, ese rara avis que en inglés ya ha sobrepasado los cien números y cuya versión española (que no traducción) quiso editar primero Emecé y luego el Grupo Santillana. El último número tiene fecha de un año y medio atrás, y aunque nadie haya certificado la defunción, la simple pérdida de la periodicidad ha acabado con una idea interesante. En Granta no hay crítica literaria, ni opinión, ni artículos sesudos ni entrevistas. De hecho, tampoco hay creación en sentido estricto, entendida ésta como ficción pura. En la revista siempre se ha optado por un género peculiar, el reportaje literario, en cuyas páginas desfilaban los autores asumiendo un yo que acostumbra a ser elidido en sus propias novelas. Las mejores firmas, o casi, hablan de sí mismos en contextos muy específicos, sin renunciar al estilo de cada cual y contando hechos ciertos o recuerdos imborrables. Pero para ello habrá que aprender inglés, que ya toca.

Las revistas de libros han adolecido tradicionalmente de un esquema muy encorsetado, que los suplementos literarios de la prensa han repetido hasta la saciedad: un buen puñado de críticas, alguna entrevista y columnas de opinión, reportajes, amén de algún inédito extraño en contadas ocasiones. Es el caso de Revista de libros (quizá la que mejor honra su nombre, pues dedica mucho espacio a ensayos y no-ficción además de la tradicional crítica de novelas) o de Delibros, o de Leer. Yo reconozco no haber comprado casi nunca una de estas revistas, aunque he hojeado muchas, y cuando estoy en España sigo la actualidad a través de Babelia o El Cultural en papel, y me basta.

La mejor fórmula la han hallado revistas como Letras Libres, a mi juicio de lo mejor que hay ahora en los quioscos: aunque no especifique que se trata de una publicación sobre libros, es la más cercana a una biblioteca de bibliotecas, que no habla "de libros" y sí "sobre lo que nos cuentan los libros" y que se traduce en artículos que provocan, incitan y asumen debates muy actuales. En esa línea también están Letra internacional, la incombustible y a veces muy espesa Revista de Occidente, y la no menos condensada Archipiélago, de cuyo interés depende mucho el tema de su monográfico.

Llevo dos párrafos enumerando títulos y ya noto el peso del papel encima de mí. Nuevamente, no puedo vislumbrar mucho futuro a tanta encuadernación, y tampoco puedo ver cómo coexistirán dos versiones, en papel y en bits, sin que la primera pierda todo el sentido de su ser. Yo paso diez meses al año fuera de España y puedo estar al día de literatura tanto como un español: es sólo el romanticismo el que me lleva a comprar cada sábado "El País" cuando estoy allí, pero no el saber. Quizás la comodidad también, pero por poco tiempo: no dudo que llegará el artefacto que se pueda usar desde el sofá con una horchata en la mano. Y no seré yo quien levante un dedo para lamentarlo, porque el futuro jamás ha hecho caso de mis melancolías. Y está bien que así sea.

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Sin ruido y a tientas he puesto al día algunas secciones del blog: incluí, por fin, algunas etiquetas para buscar nombres propios sobre los cuales he escrito algo sustancial. Los blogs amigos se ordenan ahora según la actualización que hagan sus autores. Y hay un pequeño espacio de viejas glorias en el que recupero a golpe de ratón viejos posts, ya sea porque me gustaron a mí o porque ahí se acumularon (y se acumulan) decenas de huellas de los lectores-paseantes. Se admite cualquier otra sugerencia sobre esta lista subjetiva.

lunes, 20 de octubre de 2008

Expiación en el cine

Los azares han hecho coincidir mi final de lectura de Chesil Beach con el estreno de la película Expiación en Nicaragua. Imagínense el ritmo que llevamos aquí: hasta ahora, y casi de forma clandestina, la película llega a este país, cuando supongo que ya medio mundo la ha bajado antes por internet sin mayores problemas. Yo, que en eso sigo siendo un anacrónico y un romántico (todavía es hora de que baje algún archivo que tenga más de 10 megas de tamaño) busqué la sesión más nocturna del sábado y me dispuse a ver en imágenes lo que un día fue pura magia literaria.

La impresión inmediata, a la salida del cine, es que había visto una buena película. Muy buena, diría. Por mucho que yo recordara la trama de la novela casi al detalle, de una manera un poco obsesiva, en la pantalla pude ver otra obra: una historia pensada cinematográficamente y usando todos los trucos que el buen cine pone a disposición de los directores inteligentes. Hay mucho esteticismo, sí, pero la fotografía rebosa belleza en varios momentos y hay escenas perdurables: de manera muy especial, la panorámica de la playa con los soldados esperando que lleguen los barcos para ir de regreso a su país, y una sola cámara volando por encima y deteniéndose en hombres que matan caballos, hombres desangrándose, hombres borrachos apurando las últimas botellas, hombres que entonan himnos patrióticos. Esta épica grupal, que en la novela más bien se esparce durante la caminata de los tres soldados hacia la playa, es un momento fascinante.



Bien, pero yo no quiero explayarme demasiado haciendo crítica de cine, no hoy. Quizás sólo dos apuntes específicos sobre lo visto: la Briony Tallis que yo imaginé era casi igual que la de la película (físcamente y en sus gestos), lo cual no deja de producir una sensación algo desconcertante. Y el epílogo final, que en el libro es lo peor y un apósito muy mal insertado, revive en pantalla con un sabio montaje de cámara fija y fondo negro, enmarcado por la grandísima Vanessa Redgrave. En contraposición con los complejos planos anteriores, esta solución consigue convertir lo que en McEwan era un final demasiado redondo en un atractivo apunte contemporáneo.



Lo menos logrado, también desde un punto de vista cinematográfico, es el exceso de secuencias en flash-back, que intuyo como una dificultad para el guionista a la hora de contar en dos horas una trama muy hábil en cuanto a juego temporal. No hablo de cada parte de la obra (de hecho, Expiación es en sí misma un flash-back completo, quitando los últimos cinco minutos en presente real): me refiero a las mínimas estampas que se reiteran para subrayar lo acontecido, o incluso a las historias contadas desde dos puntos de vista, que no pasan de ser gratuitas muestras de montaje lúdico.

Pero lo más duro de todo ha sido comprobar que el mismo autor que ha sido capaz de escribir esta historia, absorbente y con muchas aristas, es el responsable de esa otra novela de playa, luna de miel y polvo malogrado. ¿Qué tenue línea separa el trabajo artesano y delicado de ese otro inmediato y muy comercial? ¿Cómo se pueden dar esos bandazos en apenas seis años? De Expiación a Chesil Beach sólo hay un Sábado de por medio, y parece que hayan transcurrido siglos.
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Otra salchicha de Frankfurt: la suculenta entrevista a Andrew Wylie, quizá el agente literario más poderoso y temido. Una verdad como un puño: el compadreo permanente en España entre editores y agentes, que Wylie interpreta con toda crudeza como un acto de corrupción. ¡Cierto! Piensen ustedes en apellidos como Lara, Seix, Barral, Herralde, Castellet, Tusquets, De Moura, y un largo etcétera: ¡más famosos que el 90% de los autores que publican! No esconderé su inteligencia, capaz de amaestrar al más diestro agente y pactar supuestos beneficios a quienes estos representan. Pero el autor, siempre el tercero en discordia, acaba siendo el triste convidado de piedra.

Por cierto: Wylie se queda a partir del 4 de noviembre con los derechos de Bolaño, e imagino que en Anagrama no habrá hecho ni pizca de gracia.

jueves, 16 de octubre de 2008

¿Regresar al Planeta?

A menudo me sorprendo a mí mismo. Sin ir más lejos, ayer noche, cuando leía con mucha distancia (la que tomo desde hace años frente a toda la parafernalia que rodea la literatura comercial) quién había sido el ganador del Premio Planeta. Hay que estar informado, pese a todo, y procuro estar siempre atento a lo que ocurre entre las bambalinas de la edición. Pero la sorpresa es más bien la reacción que me ha sobrevenido al leer las declaraciones de Savater y al averiguar de qué trata la novela: ¡hasta me han dado ganas de volver a leer un Premio Planeta!

Hacía ya muchos años, como dejé escrito en cierta ocasión, que había abandonado al premio, cuando llegó a formar parte incluso de mi formación literaria. A medida que el tamaño de los libros iba creciendo, disminuía la calidad de lo que encerraban. Es curiosa esta correlación inversa: cuando ya no cupieron en mi estantería (creo que Maruja Torres ya no tenía las medidas adecuadas entre listón y listón de madera) abandoné definitivamente el despropósito hecho letra.

Pero supongo que ha influido en mi nueva percepción la noticia que apenas llegaba un día antes: la concesión del Premio Nacional de Narrativa a El mundo de Millás, lo que permitió la sorna del todopoderoso señor Lara al decir que quizá ya no se equivocaban tanto con los veredictos. Todavía un año atrás era Pombo quien se llevaba los laureles, removiendo las aguas de la fidelidad editorial. ¿Son ciertos estos nuevos caminos del Planeta? ¿Hay un verdadero intento por recuperar la buena literatura para aquellos que sólo leen un libro (ese) al año, o es una nueva estrategia comercial, cuando la anterior ya estaba languideciendo?

Sigo muy escéptico con el valor de este premio (de hecho, con el valor de cualquier premio, incluido el 20 blogs que debería ganar Portnoy), pero la victoria de Savater ya me ha hecho dudar un poco más. Tengo al autor como uno de los más agudos, divertidos, sagaces y preclaros pensadores que han pasado por España, y un polemista excepcional. Autor quizá demasiado prolífico, su salto a la novela ya se dio 14 años atrás cuando acompañó a Vargas Llosa en el trono de honor del mismo premio (pero yo no compro jamás finalistas de nada, así que me lo perdí).

Esta nueva novela tiene todos los ingredientes para que pueda interesarme su lectura: además de tener detrás a un autor lúcido, la obra se presenta como una historia detectivesca, con sus dosis de intriga y aventura, sin desechar elementos de metafísica a lo largo de las páginas. Decía Guelbenzu ayer: "La novela detectivesca que le gusta a Fernando es la clásica: la habitación cerrada, el asesinato anunciado..." ¡La que me gusta a mí! Una novela escrita por el placer de leer, y me viene a la memoria la magia de La infancia recuperada y de todas las lecturas que nos han hecho lo que somos. Esta imagen del intelectual que se mete a narrador y escoge este género novelesco me recuerda de inmediato a Umberto Eco, lo que termina por redondear mi extraño interés por la obra.

Quizás no haya una gran ambición en esta novela, y Savater ya ha declarado que escribirla le ha supuesto poder desembarzarse a ratos de manifiestos sobre la lengua, partidos políticos de nuevo cuño y mil historias más en las que anda metido. Pero hasta el último artículo de prensa del filósofo me parece recomendable: siempre hay alguna frase, alguna salida, que merece la pena releer. De pronto también me llegan los ecos de los artículos de Oscar Tusquets (sobre los que tengo pendiente un comentario), que sin ser maravillas literarias tienen una profundidad y un vitalismo de lo más recomendable, savaterianos diría.

Se pregunta Guelbenzu también: "¿Será este libro la plasmación de aquella enunciada aproximación entre la narración detectivesca y la narración especulativa?" No podría jurar que lo vaya a corroborar por mí mismo, pero tampoco pondría las manos en el fuego de que no vaya a hacerlo algún día.

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Dos noticias veloces y conexas que llegan de Frankfurt: según una encuesta realizada a un millar de profesionales del sector editorial, en 2018 los soportes digitales superarán en facturación al libro de papel. Coelho ya ha puesto una edición gratuita de El alquimista en su web.

O sea: hasta después de haber vendido 100 millones de ejemplares encuadernados ofrece una propina digital. No estamos tan mal.

martes, 14 de octubre de 2008

Bésame el vibrato

[Este comentario incluye detalles que desvelan un aspecto fundamental de la trama de Chesil Beach, de Ian McEwan]

Hay una vieja recomendación, aplicable a todo aprendiz de escritor, que sugiere que un acto sexual jamás debe ser descrito de manera explícita y pormenorizada en una novela. Se entiende que esto aplica para cualquier novela que no sea de género erótico, aunque me temo que también en estos casos habría que retomar esta enseñanza para evitar cierta novela fisiológica, que inserta descripciones de órganos y posturas gimnásticas creyendo que eso excita a alguien. Así que la regla es acertada: dedíquense a hacerlo y no a leerlo, sería la cita citable para enmarcar.

Pienso esto a raíz del tercer capítulo de Chesil Beach, definitivo naufragio de esta fallida novela, sobre la cual ya tengo claro dónde se ubica el tremendo agujero en la quilla, luego se lo cuento. Antes quiero demostrar hasta qué punto una escena de sexo novelizada puede llegar a extremos ridículos a través de una doble vía: un vocabulario casi humorístico (a la par que ruborizante) y una traducción endeble, y eso que estamos hablando de Jaime Zulaika.

Este diálogo, por ejemplo, entre Edward y Florence, antes de que él le chupe los dedos de la mano a ella y después de que Edward haya posado la suya en la entrepierna de su esposa:

-Tienes una cara preciosa y un carácter hermoso y codos y tobillos sexis, y una clavícula, un putamen y un vibrato que todos los hombres tiene que adorar, pero tú me perteneces totalmente y yo me alegro y estoy orgulloso.

-Muy bien, puedes besarme el vibrato -dijo ella.


Sepan que he repasado varias veces los prolegómenos y la continuación de estas palabras y no he hallado por ningún lado la más leve muestra de ironía en ellas. Caso que la hubiera, el error sería peor todavía: McEwan se vería incapaz de sustraerse al andamiaje melodramático de la escena y de romper limpiamente la tensión con una dosis de humor, que llegara al lector sin dudas sobre ese efecto. Estos putamen y vibrato, de los que ni la RAE puede dar cuenta precisa, producen la misma sensación que un acoplamiento de micrófono durante una conferencia: por mucho que haya justificaciones técnicas o imponderables, el daño ya está hecho. Aunque hubiera una intención de romper el ceremonioso ritual de la pareja con un diálogo chispeante, lo que quedan son chispas, sí, pero de pólvora mojada.

Este ejemplo no es sino el culmen de una larguísima sucesión de manos que tocan, labios que aprietan y penes que se endurecen. Y todo ello para llegar a la escena que parece justificar la novela entera, y que desarma definitivamente el engranaje de obra vista de todo el artificio: la impaciencia de Edward deriva en una más que previsible eyaculación precoz (la otra opción y cara opuesta de la misma moneda, la impotencia, era la segunda posibilidad), y asistimos al despliegue de gotas de semen por el cuerpo de Florence y su huida pavorosa hacia la playa.

O sea: una simple anécdota sexual (la primera noche en cama que deriva en una frustrada consumación) se erige como el elemento hacia el cual han confluido más de 100 páginas previas. El disfraz también es de lo más ralo: como entre la cena y el orgasmo rápido sólo pasan sesenta minutos, por decir un número, la cadencia de todos los movimientos se alarga hasta la extenuación, haciendo que el lector piense: ¡pero háganlo de una vez y pasemos a otra cosa! En medio, el ya comentado flash back totalmente previsible.

En definitiva: es difícil que el libro pase a mi memoria como algo más que una corrida adornada con elementos de melodrama. Y teniendo en cuenta las frases que se citaban en la faja del libro (recuerdo una de Isabel Coixet, y estoy por jurar que una del mismísimo Guelbenzu, aunque no la conservo) voy a sumergirme pronto en estas opiniones tan divergentes a la mía para saber qué se le puede sacar a esta obra que, para mí, no da más que lo poco que enseña.

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Un Booker ¡que parece otro Nobel!
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Cortesías

sábado, 11 de octubre de 2008

Académicos: ¡ustedes ganan!

Ni yo, ni tú, hemos leído jamás a Le Clézio, claro que no. Es más: a estas horas (viernes 10, a las 19:20 de la tarde, después de unos días de completa desconexión tecnológica) la página de wikipedia sobre Literatura de Francia no recoge ninguna entrada con ese nombre entre los más destacados escritores, aunque una lista más amplia de 474 autores en francés sí lo toma en cuenta. Esta incongruencia podría ser debida a su origen franco-mauriciano, aunque su página dedicada en la propia wiki dice que nació en Niza, o sea que no hay excusa para que no esté listado entre los autores de la gran Francia. En fin: un lío que de nuevo demuestra que nuestros estimados suecos nos han dejado con el culo al aire.

¿Roth, Magris, Kundera, Vargas Llosa, Fuentes? Serénense, calmen sus ansias: un académico es un espécimen capaz de hurgar entre lo más profundo de la literatura para sacar de ahí, como arqueólogo ante una nueva excavación, la pieza más extraña que imaginarse pueda. Los que año tras año insistimos en la quiniela no escarmentamos nunca: volvemos una y otra vez a lo trillado (o sea, a los autores fetiche y a las plumas que imaginamos como perfiles ideales) y ellos se empeñan en tomar el camino menos evidente y sacarse el as de la manga. Ganó la banca, otra vez, y lo reconozco.

No termino de verle el sentido pleno a este Nobel, y supongo que debe ser por la inmediatez obligada de mi comentario. Hay unas constantes sospechosas en la última década: este cosmopolitismo apátrida (¿de dónde es Naipaul? ¿es Coetzee más australiano que sudafricano?), este europeismo migratorio, estos temas supraliterarios y militantes sobre los problemas de nuestro mundo (ecología, choque de culturas...) Pareciera que la literatura esencial, la que se justifica por sí misma como arte más allá de la elección de los temas, no tiene mucho espacio en estos premios de ahora. Qué se dice por encima del cómo se dice: quizá una de las claves para comprender el veredicto.

Lo más sorprendente para mi ha sido, leyendo esta tarde y en diagonal algunas crónicas de prensa, que hay una cierta tendencia a considerar que este premio es un espaldarazo a la literatura francófona. ¡Mon dieu! ¡Y precisamente viendo el estado en el que se encuentra la literatura en lengua francesa! Cierren los ojos y vayan pensando nombres, aunque no recuerden si alguno de ellos ya murió o está en plena liza: Robbe-Grillet, Houellebecq, Echenoz, Nothomb, y ya comienzo a toser nerviosamente. ¿Littell? Ah, Beigbeder... Y paro de contar. Ciertamente, jamás hubiera apostado por un Nobel de Francia a estas alturas, y ya van 14.

Otra prueba excelente del paso cambiado con el que el galardón nos cogió a todos es la pobre edición en español de sus libros. Un rápido repaso en Laie nos indica que es más fácil comprar un libro de Le Clézio en francés en pleno centro de Barcelona que en español. Apenas Tusquets, Seix-Barral y Versal se atrevieron con él y de manera parcial, aunque en su descarga está el nulo interés que suscitó entre los lectores de España. Ocurre con no pocos franceses: Anagrama ya hace años que intenta colarnos a Echenoz y no hay manera.

Por último, en esta breve impresión muy inmediata, siempre hay que ir a parar a la frase de cada año, la que arman los académicos con un evidente afán para que no entendamos nunca por qué ha ganado Le Clézio y no otro:

El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante.


Fuera y debajo: incomprensibles adverbios para una justificación oscura, misteriosa. Tanto como este premio extraño que nos invita a descubrir a este autor, à tout de suite, que no es poco.

sábado, 4 de octubre de 2008

Nancites 14

1. No hay entrevista, conferencia o charla en la que Javier Marías no vaya soltando, desde hace un año, la frase fatídica: no más libros. La última, en las jornadas de la Fundación Juan March y con estas palabras:

Quizá me falta distancia o quizá estoy equivocado pero mi sensación es que después de este libro ya no me queda nada, ni en extensión, ni en complejidad. En realidad todo me da ya bastante igual porque mi sensación es que he hecho lo máximo que podía hacer y, al menos ante mí mismo, ya he cumplido


Pero al lector no le asalta, creo, ni un soplo de melancolía: es el efecto de reconocer, sin necesidad de que el autor lo vaya machacando una y otra vez, que ante el monstruoso efecto de Tu rostro mañana no hay secuela que valga. Más intimidatorio es para el escritor, sin duda: saber que uno ha llegado a la cima antes de los 60 y que quizás hay otro tercio de vida por delante que hay que replantear con nuevas costumbres. Ya he cumplido: puro vértigo en la sentencia.

2. A través de Portnoy me entero de la creación de la nueva página web de Enrique Vila-Matas. Diseño limpio y bastante funcional. Y ya era hora, porque pienso en un autor bloguero y no se me viene a la cabeza otro apellido que el suyo, por mucho que él no tenga blog: pero sus escritos se me asemejan cada vez más a un dietario (¡voluble!) siempre inacabado. Pero hoy recibo las novedades de Laie por correo y me encuentro esto, sobre lo cual pregunto a personas mucho más dotadas que yo sobre el vilamatismo, ya que busco y busco y no lo veo ni en la web:



3. El 9 de octubre es la fecha definitiva para la concesión del Nobel de literatura. ¡Cómo me gusta este ritual de cada año! Yo siempre hago mis apuestas una semana antes, así que mi lista de ahora la encabeza Philip Roth e incluso Thomas Pynchon casi al mismo nivel (porque ya le toca a un norteamericano), pero doy muchas oportunidades a Claudio Magris y a Amos Oz (un apellido tan sonoro y extravagante como Oé, Mafuz, Pamuk, y eso siempre cuenta). Por mucho que me esfuerce, sigo sin ver que el Nobel vaya destinado a la literatura en lengua española, para lo cual partírían con ventaja Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, sin olvidar la locura que supondría premiar al poeta Cardenal en el actual contexto. Siempre hay espacio para las sorpresas, y lo más raro sería que se acabara premiando al que tiene más números, pero ahí les dejo la oportunidad de aumentar sus ingresos en tiempos de commodities y créditos contaminados.

4. ¿Cuántas veces, reconózcanlo, han introducido su nombre completo en google para confirmar que sí existen? Ese ejercicio, más allá del egocentrismo que puede llegar a suponer, depara a veces hallazgos imprevistos, como el que me llevó a recuperar una vieja carta escrita por mí (por mi alter ego, se entiende) a José Agustín Goytisolo. La Universidad Autónoma de Barcelona recibió en depósito toda la correspondencia del poeta (más de 3.000 documentos), que ahora están digitalizados y al alcance de cualquiera en internet. A mi, que siempre me han tildado de acumulador de bagatelas mis convencinos, me sorprendo ahora de que alguien pueda almacenar semejante número de papeles, y que incluso mi carta no hubiera ido a parar, después de la lectura, directamente al cubo de la basura. En fin, no les voy a revelar cuál de los 3.000 documentos es el que salió de mis manos, pero les puedo asegurar que en mis ratos libres ni soy Fidel Castro ni Paco Ibáñez ("cuídame el lobito")

5. Cortesías desde Assilah

domingo, 28 de septiembre de 2008

Tres breves perlas

En mis lecturas oblicuas, sea en el formato que sea, aparecen de vez en cuando pequeñas pinceladas de genio, ideas que conviene archivar aparte y rescatar para los momentos de reposo. Estas son tres de ellas, recogidas entre mis desordenadas notas de apuntes.

1. Al hilo del post anterior, estas declaraciones de Joan Margarit resumen con mucha nitidez una parte de lo que yo intentaba expresar ahí. Suele atraerme esta mezcla de sentido común y capacidad de concretar un posicionamiento, que se mantiene con coherencia en toda su poética:

Las vanguardias significaron el descubrimiento de nuevas maneras de decir que los poetas aplicaron enseguida a sus obras, pero a la vez surgió de allí la posibilidad de una poesía que no decía nada y que tenía que admitirse en nombre de los postulados de la época como testimonio de una actitud de cariz revolucionario. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, a pesar de quedar muy lejos todas aquellas causas y efectos, no ha dejado de haber poetas e intelectuales que atribuyen el nulo interés de muchas personas por poemas que son ininteligibles a la poca preparación o a la insensibilidad de estas personas. Este es un campo donde abundan los intentos de otorgar un papel importante a meras irrealidades, y a esto han contribuido hasta los filósofos, a los cuales la seriedad de las cuestiones que tratan no exime de la insensatez. Este absurdo planteamiento ha provocado el alejamiento de la poesía de muchos lectores y lectoras, en una especie de ceremonia de autodestrucción de algunos intelectuales que parecen aspirar a una poesía que no dice nada leída por nadie. Si se me permite decirlo con un poco de humor, escribir un mal poema que no se entienda es lo más fácil. Escribir un mal poema pero que se entienda es un poco más difícil. Escribir un buen poema que no se entienda es muchísimo más difícil. Y, en fin, escribir un buen poema que se entienda es sólo patrimonio de los clásicos.

Fuente: Entrevista a Joan Margarit, a cargo de Antonio Lafarque. Publicada en El coloquio de los perros.

2. Alan Pauls llegó a la sede de editorial Anagrama con un sueño, ya con el premio Herralde bajo el brazo. Sorprendentemente, los sueños se convierten a veces en realidad:

A fines de 2003, cuando fui a presentar El pasado a España, comparecí en la sede de Anagrama con un bando de exigencias irrenunciables doblado en cuatro bajo el brazo: la lista de todos los libros de los que ayuné durante años y que -pensaba, embriagado por los perfumes del éxito- por fin podría tener sin necesidad de entregar mi vida a la usura. Para mi sorpresa, casi para mi decepción, no hizo falta alzar la voz, ni patalear, ni regatear. Ni siquiera tuve tiempo de desenfundar mi lista. Herralde me miró, leyó todos esos años de codicia acumulada en mis ojos y señaló con un gesto vago una puerta a lo lejos. "Sírvete lo que quieras", le oí decir con suficiencia jamesbondiana, celebrando ese complot entre libros y bares que a menudo protagoniza su Observatorio editorial [se refiere al libro que recoge artículos de Jorge Herralde publicado originalmente en Argentina]. Fui. Me acompañaba Anna Jornet, la jefa de prensa de la editorial, para monitorear la rapiña, suponía yo, o tal vez para que no me perdiera entre los anaqueles. Imagínense: ¡35 años de libros para elegir!

Entré, y juro que no miento: el cuarto que atesora todo el catálogo de Anagrama no ocupa más de la mitad de esta sala. Desplegué mi lista, ya de duelo por todos los libros tildados que ese modesto búnker sin ventanas jamás podría alojar, y empecé a nombrar los títulos con pesadumbre. Y uno a uno fueron apareciendo todos. Digo bien: todos. En un momento tuve una impresión vertiginosa: no importa qué título pidiera, el libro aparecería en el acto. Anna se agachaba, hundía medio cuerpo entre los estantes, desaparecía unos segundos y volvía con el libro en la mano, soplándole más o menos el polvo de la tapa según el año de la edición.

Fuente: artículo de Alan Pauls en "Letra Internacional", primavera 2005.

No está de más aprovechar el momento para mencionar que yo tengo el mismo sueño recurrente, y que después de haber invertido sumas ingentes en la compra de libros de Anagrama, quizá merezco ya el acceso franco por 15 minutos a la sala de marras.

3. La comunión entre pintura, arquitectura y escritura pocas veces da resultados tan regocijantes y bellos como este:

José Saramago ha dicho alguna vez que no cree en el papel del escritor como misionero de una causa, pero que de todos modos éste tiene deberes ciudadanos. Hace poco le escuché decir, en un encuentro celebrado en Santillana de Mar, en España, y dedicado a su propia obra y a la de Carlos Fuentes y Juan Goytisolo, que lo que se exige del escritor en cuanto a semejantes deberes, se parece al "cuaderno de encargos", en el que los albañiles llevan la cuenta de lo que deben hacer cada día. Julien Green, en el diario del último año de su vida, Le grand large du soir (1997-1998), se refiere a unas anotaciones del cuaderno de encargos de un restaurador suizo en 1873, comisionado para reparar un fresco en el techo de una iglesia de Boswil, en Aargau:
Modificar y barnizar el séptimo mandamiento: 3,45 francos.
Ensanchar el cielo y ajustar algunas estrellas; mejorar el fuego del infierno y darle al diablo un aspecto razonable: 3,86 francos.
Retroceder el fin del mundo, ya que se halla demasiado próximo: 4,48 francos.

Modificar los mandamientos, ensanchar el cielo y ajustar las estrellas, atizar las llamas del infierno, disfrazar al diablo con las vestiduras de un pastor de ovejas, retardar el fin del mundo. Ni más ni menos. Un cuaderno de encargos como el que también llevaba Voltaire.

Fuente: Sergio Ramírez, lección inaugural dictada en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua el 12 de marzo de 2008, y editada por la revista "Encuentro" (nº 79), de la misma universidad.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Nada, cero, humo

Iba distraídamente leyendo la crítica escrita por un tal (¡un tal!) Javier Avilés en Hermano Cerdo sobre Nocilla Dream, ese engendro publicitario y publicitado que apareció hace varios meses en el mercado. Y nunca mejor aplicada la palabra mercado, con su olor a tomates y lechugas verdes, y las siempre risueñas verduleras anunciando su mercancía. Pues iba yo avanzando entre líneas por la aguda crítica y de manera descuidada pulsé en el link que remite a una cierta “poesía postpoética”, título suficientemente límpido como para huir raudo hacia el abismo, bien lejos de este mundo de miserias.

Ese simple tecleo sobre el hipertexto me confirmó, en un nanosegundo, los límites tangibles a los que puede conducir una cierta literatura. Ya hice un estudio hace mucho tiempo, olvidado en alguna parte entre resmas de papel de mis estanterías, sobre la literatura de vanguardia y, de manera especial, sobre el cul-de-sac al que posteriormente se llegó cuando algunos aprendices de escritor quisieron imitarla. Ahora, gracias a ese texto de un tal colega de la red, regresa a mis cansados ojos, casi un siglo después, la pertinaz sequía mental de los novísimos escritores del ahora mismo. De hecho, ese link bastaba para no seguir criticando mucho más el libro de marras: hagan clic ahí, hubiera dicho yo (pero claro, yo no soy un tal J.A., para mi desgracia) y dense cuenta de que el autor es el mismo que ha perpetrado esto. Fin.

Me he tomado mi tiempo para elucidar los motivos de la poesía postpoética: investigación de las relaciones entre el arte y las ciencias (no en vano, Fernández Mallo es físico). Es decir, aquello que ya entrevieron con sagacidad Salvat-Papasseit, Sánchez-Juan, Alomar, Foix, Junoy (y sólo por mencionar a mis coterráneos) puesto al día y revisado por la física de hoy. Tuvo su gracia insertar el maquinismo y la electricidad en los poemas de 1920, pero estos ejercicios vacuos de hoy, para consumo de una ínfima minoría autoreferencial, nacen de la nada y a ella van.

La prueba del algodón es fácil: observen cuántos lectores en el metro leen poesía postpoética y vayan contando. Por cada cifra superior a cero estoy dispuesto a regalar libros por correo certificado. Me lo contaba Joan Margarit una vez, con su característica torrencialidad: nadie se emociona con un poema vanguardista (no digamos ya con un prefijo post delante), así que el sentido de esa poesía no es otro que desaparecer. Tuvo genio la corriente iniciática de principios del siglo XX, con todos sus ismos simpáticos, pero insistir en esa línea sólo puede ser ejemplo de una sintomatología grave.

De hecho, tan grave como marca mi lema perpetuo: dedíquense los que no saben hacer buena poesía al vanguardismo, y podrán pasar por genios incomprendidos para el común de los vulgares. Es más: serán elitistas superiores, siempre un escalón por encima de los que siguen cultivando metáforas, sinécdoques y calambures. Pero ya hace tiempo que, escamado, llegué a una conclusión efectiva: lo que no se entiende, no existe. En literatura, claro. Es la mejor seña para caminar por el mundo y, sobre todo, para disfrutar todavía con los libros, con la épica y con la lírica. Cualquier experimento de laboratorio, por muy postmoderno, postlúcido, postgráfico y postarriesgado que sea, no pasará de ser un críptico mejunje para gloria y ornato de su autor, el cual pasará irremisiblemente al olvido en muy poco tiempo: el suficiente para reconocer que no hay un solo lector al que le interese el vacío. No digamos ya el postvacío.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Regreso a la habitación (y una necrológica)

LA NECROLÓGICA

No veo otra manera de comenzar el post que hablando del suicidio de David Foster Wallace, del que me enteré tarde y mal. Para ello sin duda tendría que tener a mano el libro que ahora edita Anagrama (yo no soy Javier Marías y estaría dispuesto a leerlo) de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído. En efecto, no he leído a Foster Wallace, y mucho menos La broma infinita con sus mil y pico páginas: para ello ya tengo a Las benévolas durmiendo por un tiempo antes de volver a la dura tarea.

Pero no negaré que en esa época, año 2002, paseaba yo por la FNAC de Barcelona y veía el montón de bromas infinitas, olorosas y relucientes, y fantaseaba con comprarlo y después pasearlo dentro de la bolsa ocre por toda la ciudad, imprudentemente. Hubo críticas entonces que le empujaban a uno a cometer semejante acto, y aún me sorprendo de mi contención. Pero esta corriente de la nueva novela americana (junto a Jonathan Franzen, A.M Homes e incluso Easton Ellis) me atrae y repele a la vez. Ya he tenido ocasión de hablar de ello meses atrás. Quizá La broma infinita pueda ser muy Pynchon y tal, pero como decían maliciosamente ayer por internet, Foster Wallace tenía un terrible parecido al cantante de Jarabe de Palo y sus lloriqueantes fans no lo hubieran hecho mejor la noche en que murió Lady Di. Es lo malo de ser maldito toda tu vida: que a cierta edad, el malditismo comienza a estar muy reñido con las hipotecas. No sé si me explico.

En cualquier caso, Rodrigo Fresán (quién si no) escribe esta otra necrológica que no es una necrológica, pero que es estupenda.

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LA HABITACIÓN

No podía ser de otra forma. Si la literatura tuviera sus casas de apuestas, hubiera hecho una de lo más peculiar: el tercer capítulo de Chesil Beach iba a comenzar en el instante preciso en que terminó el primero, poniendo en evidencia ya de manera definitiva que el segundo era un mero recurso para situar a los personajes en su contexto, para humanizarlos de la manera más académica posible. Hubiera ganado dinero, qué duda cabe. Esta capacidad para adelantarme a los hechos, a los párrafos, no es ningún mérito lector. Sí, hay años de páginas y páginas anteriores, pero hay autores (mejor: hay libros concretos) que parecen escritos como modelos exactos de novela contemporánea. Andamiajes formales, y ya puse el ejemplo de las tuberías. Chesil Beach es una muestra perfecta de ello, aun cuando el riesgo de estas críticas in progress es que en cualquier momento puede haber un quiebre y quedar yo en calzones. Pero hasta ahora el guión sigue los pasos previsibles.

Lo peor de todo esto es que más allá de la estructura perfecta no le encontremos sentido a su aplicación práctica en una obra. Es decir: ¿tiene algún interés para la trama conocer el estado de salud de la madre de Edward? Las páginas que explican el accidente que ella tuvo, tomadas por sí mismas, pueden cautivar como ejemplo de narración con garra, epidérmica, pero en el marco de la novela pueden causar hastío si el lector está esperando la continuación de otra historia. McEwan plantea un buen inicio hasta la página 43, pero prefiere perderse por caminos secundarios durante un largo trecho, y no retoma la vía principal hasta la 91. ¿Qué ha ocurrido entre las páginas 43 y 91? Aparte de la huida de algún lector que ya dejó su huella en la senda expresándolo, hay un montaje de tan alta artificiosidad que todo lo precedente se desmorona con la misma facilidad con que se había construido. Y acto seguido pretende volver a rehacer, pieza a pieza, el resultado de su desaguisado: otra vez estamos en la habitación, frente a la cama, y ahora Florence se quita los zapatos. ¡Cómo si nada hubiese ocurrido durante 48 páginas!

También puede ocurrir, siendo optimistas y creyendo en las habilidades de McEwan, que todo el relato se funda en un cuarto capítulo (luna de miel y embalaje familiar), pero ya será tarde: a esas alturas el lector ya habrá sido puesto sobre aviso y el juego no pasará de ser un puzzle de sencilla hechura.

Hay una diferencia abismal entre esta técnica y los bucles y digresiones que podemos encontrar (por ejemplo, y siempre es el mismo ejemplo) en Marías: aunque la historia no avance en cientos de páginas, o lo haga durante apenas un par de días narrados, todo lo que la historia expande hacia otras ideas es la parte troncal del relato. El excurso como eje de la novela. En cambio, McEwan lo afronta como mero artificio literario: de ahí que se vea obligado a separar en capítulos numerados esas partes, porque de otra manera la estructura se resentiría fatalmente.

Todavía veo otro problema: la morosidad con que se describe cada acción, siendo claramente otro recurso literario, termina por no añadirle ningún plus al relato. ¿Qué necesidad real hay de describir aquellos mismos zapatos hasta la extenuación, cómo los sostiene en cada mano, cómo conjugan con su vestido de bodas, y así sucesivamente? Si el único efecto es el de crear tensión, la jugada no es nada maestra: es una floritura. Los prolegómenos del acto sexual, que se apunta conflictivo, se estiran como chicle para mantener un suspense ciertamente extraño: es como si James Stewart se acercara paulatinamente a la ventana y nunca terminara por agarrar los prismáticos para ver al asesino. Dos horas para llegar al antepecho, imaginen. Pero Hitchcock era mucho más sagaz en estas lides, claro.

No deja de ser interesante, en todo caso, ir revelando estos trucos, pues uno se da cuenta que hasta los buenos escritores caen a veces en el ejercicio vacuo. Quién sabe si la idea primigenia de la novela era buena, pero está claro que el resultado final no está a la altura de sus precedentes.

(continuará)

martes, 16 de septiembre de 2008

Con Ernesto Cardenal

Por fin voy a escribir sobre lo de Cardenal. En esta pequeña patria en la que resido desde hace ya casi 5 años, las noticias que se han sucedido en los últimos meses bastarían para considerar que si hay un solo país vanguardista en este mundo, ese es Nicaragua. Una suma de surrealismo, dadaísmo y unas gotas de expresionismo tropical. No creo que a España lleguen demasiados ecos del vendaval de oportunismo naíf que asola estos lares, ni falta que hace. Pero consideren al menos que algunos sufrimos día a día la aberrante falta de sentido común de la pareja gobernante. Sí, dos: Ortega y señora, o Murillo y señor. Una mezcla de autoritarismo chillón y esoterismo vacuo. Piensen, sin ir más lejos, que uno de los últimos artículos de la señora terminaba con un “luna llena en cuarto creciente”. ¡Y esa gente gobierna!

Pero yo no quiero hablar de política, sino de literatura, como siempre. La penúltima acción dirigida por el establishment (desde presidencia hasta los juzgados locales, en caída libre vertical) es la acusación en contra del poeta Ernesto Cardenal por un asunto del que ya fue absuelto hace poco años. Alguien, a partir de unas declaraciones críticas de éste hacia la pareja gobernante realizadas en Paraguay, desempolvó un enterrado pliego sobre un conflicto de propiedades y condenó al poeta a una multa onerosa. El problema no radica en quién es culpable de qué, sino en la forma en que, arbitrariamente, se busca por dónde agarrar al incómodo orador y darle una reprimenda. La palabra venganza y sinónimos se adaptan como un molde a la secuencia de los hechos.

La respuesta de Ernesto Cardenal, honrosa, ha sido la de negarse a pagar tal sanción y no acceder al chantaje de jueces obtusos. Ante esta postura se le han embargado sus cuentas hasta que no haga efectiva la multa. En este toma y daca estamos, en espera de quién cederá antes, aunque en estos casos siempre es el poderoso quien a corto plazo termina por ganar la jugada, por mucho que la partida continúe y a la larga el resultado acabe siendo al revés. La victoria moral, en estos casos, ya está asegurada.


Por lo pronto, la solidaridad internacional por parte de los colegas ha sido menos tibia de lo que cabía esperar: José Saramago hizo público un comunicado en el que expresa que “Ernesto Cardenal, uno de los más extraordinarios hombres que el sol calienta, ha sido víctima de la mala conciencia de un Daniel Ortega indigno de su propio pasado, incapaz ahora de reconocer la grandeza de alguien a quien hasta un papa, en vano, intentó humillar”. También han firmado en su apoyo, espoleados por Sergio Ramírez, autores como Sealtiel Alatriste, Mario Benedetti, Horacio Castellanos Moya, Luis Antonio de Villena, Eduardo Galeano, Rosa Regàs, Juan Villoro o Mario Vargas Llosa. Éste, precisamente, dio el primer toque de alerta en un artículo reciente acusando a Ortega de violador, entre otras lindezas.

Ya quedan pocos días para la entrega de los Premios Nobel de este año. Una vez más, Cardenal será uno de los nominados, y aunque yo siempre he sido bastante incrédulo sobre esta posibilidad, las circunstancias quizá abonan a que sus números tengan este año más opciones que nunca. Esta lotería, ya se sabe, ha premiado boletos rarísimos a veces. Pero ocurra lo que ocurra, la infamia ya está suelta, para oprobio de los que piensan (y este verbo es muy optimista para ellos) que se puede acallar las voces críticas a base de espantos pecuniarios.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Buscando una voz y una prosa

Navega todavía por mi cabeza la frase de Juan Goytisolo, que me quedó grabada: yo no leo ningún libro que contenga frases como “añadió”, “dijo” o “comentó”. Lo recuerdo a mi manera, claro, porque Juan probablemente se refería a verbos similares y no a estos, pero la idea es precisa. Dejando de lado el hecho de que esto es imposible (supondría rechazar de plano el 99% de la literatura que se hace hoy en día), el envite tiene interés. Yo noto también que cada vez soporto menos la prosa académica, universitaria, con la que se tejen las novelas de aquí y de allá. En Nicaragua, cuando la gente no termina su plato en el restaurante, le pide al camarero que le empaque la comida restante para llevársela a casa. Esto es exactamente: una prosa empacada, lista para consumo doméstico.

Pienso un nombre afín a las voluntades de Goytisolo y sólo se me ocurre, a bote pronto, Lobo Antunes. ¿Hay más? Seguro que sí, pero tampoco hay que tomar al pie de la letra la sentencia. El problema es que yo hace años, muchísimos, que no leo nada de Juan Goytisolo: no hallo razones de peso para hacerlo. Ese sí es un problema: encontrar una voz narrativa con la cual me identifique y, como dice Marías, apostar por ella y no preocuparme por lo que me vaya a contar. Todavía son menos las voces precisas que la ausencia de apostillas al estilo “dijo”, vaya que sí.

Lejos de la narrativa, también estoy este fin de semana devorando un breve ensayo heterogéneo, y creo que la voz que hay ahí detrás me atrae lo suficiente como para no importarme demasiado sobre lo que intente convencerme. ¡Y hablo de un ensayo! Y hablo de Oscar Tusquets. El libro, Todo es comparable, es un divertido trasiego por el quebrantamiento de varios lugares comunes y un intento de multiplicar aristas a lo que geométricamente parece inamovible. La tesis, si hay que llamarla de alguna manera, es transparente: los genios (ya sean descubridores científicos o artistas creadores) lo son en tanto son capaces de ligar dos ideas inconexas de manera eficaz.


Ciertamente, el aburrimiento lector nace cuando uno adivina el párrafo siguiente de la novela, cosa que ya dije ayer que me ocurría con la última novela de McEwan (segundo capítulo, para ser exactos). Tusquets da una pincelada de autores (ojo: más heterogéneos aún que el mismo libro) que cumplen según él ese precepto de comparabilidad sorprendente. Lean, lean estos nombres y confiesen que al menos alguna vez han emitido el adjetivo “genial” ante uno sólo de sus destellos: Salvador Dalí, Josep Pla, Groucho Marx, Jardiel Poncela, Tip y Coll.

Más adelante les informo de algunas de las provocadoras ideas del libro, que ahora se me acumulan con estruendosa felicidad.