martes, 4 de septiembre de 2007

Huracán Félix: escrituración en directo


13:30. Algunas embarcaciones desaparecidas. Llega el momento de las evaluaciones de daños: una vez que el huracán se dirige hacia el oeste, la calma vuelve a Puerto Cabezas. Los reportes son confusos: mientras unos hablan de destrucción total, otras fuentes son menos dramáticas. Las casas de esa ciudad son mayoritariamente de madera y poco resistentes. Incluso la Alcaldía y la terminal aérea quedaron sin techos. Termino por ahora mi escrituración: salgo rumbo a Guatemala.

11:50. Destrucción y pérdidas importantes en Puerto Cabezas, pero sólo materiales. Hay un primer muerto confirmado en los Cayos Miskitos. Las fotos de satélite confirman la magnitud del huracán y su entrada en todo el territorio de Nicaragua, aunque se esperan afectaciones leves en la mayoría de departamentos. Los vientos disminuyen de fuerza y la gente comienza a salir a las calles.

08:50. Una señora habla por Radio Ya: hay láminas de zinc volando (techos) y numerosos árboles caídos en Puerto Cabezas. Las calles están desiertas. Algunos muros han caído por las fuertes ráfagas de viento.

08:15. Los datos que llegan de Puerto Cabezas son pocos porque el huracán está azotando de lleno. La radio se descubre como el mejor medio en estos casos, muy por encima de internet (no digamos ya la televisión, repetitiva y sin cintura para estas emergencias). Llueve ligeramente en Managua.

07:25. El huracán ha entrado por la Costa Atlántica entre Puerto Cabezas y el Cabo Gracias a Dios, a la altura de Sandy Bay. El ojo ha seguido desde ayer una trayectoria casi rectilínea hacia el oeste. Desde Puerto Cabezas me informan que el viento está arrancando techos y quebrando árboles. Las calles están vacías, la lluvia es persistente pero no intensa, lo peor son las rachas de viento superiores a 150 km/h. No se reportan víctimas hasta este momento. Las bandas nubosas del huracán van penetrando por todo el territorio nicaragüense. En Managua hay hasta el momento una nubosidad alta que todavía no es amenazante.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La mujer de Huguenin 4: La novia

Llegados a esta cuarta narración, Shiel ya ha presentado sus dos caras más acusadas: la del autor de cuentos de terror que bordean el género fantástico, y la del autor de relatos de corte clásico, cercanos al apunte cotidiano y a las vivencias de ciudad. A este último apartado corresponde La novia, no más que un cuento elaborado a partir de un triángulo amoroso y que, sólo al final, se permite la licencia de incluir una breve escena fantasmagórica como cierre.

En este caso, el intento no da el resultado excelente que vimos en El aciago sino de un tal Saul: si ahí la historia comenzaba a tomar fuste justo cuando se desvanecía el realismo de una aventura marítima y daba inicio el alocado pasaje de un hombre atrapado en las simas de la Tierra, ahora ocurre exactamente lo contrario: cuando ya hemos vivido el drama principal del cuento y prevemos un desenlace acorde, precisamente, con un drama clásico, Shiel se saca de la manga una imposible escena de espíritus malignos:

“Ella lo tenía cogido por los hombros; estaba tendida encima de él, a todo lo largo de la cama; y el cuarto parecía lleno de crujidos y roces muy extraños, como de muselinas almidonadas que se deslizaran en un revuelo tormentoso”.

Sólo hay que fijarse en este vocabulario que incluye crujidos, roces y tormentoso para adivinar que la impostación de la escena final busca su anclaje en un léxico acorde a un modo de describir lo misterioso. No puedo dejar de pensar que, tantos años después, el perro Snoopy ridiculizaría a todos los aprendices que no pueden salir del cliché: “Era una noche fría y tormentosa...”, escribía desde el techo de su caseta. Pero no quisiera aplicar este pensamiento a la obra de Shiel porque sería injusto con lo leído hasta aquí en esta recopilación, aunque no deje de ser relevante semejante cambio de registro cuando se pasa de un melodrama de celos a un barroco anochecer en una habitación con fantasma. ¿Será que el sol resplandeciente no infunde miedo a nadie? (yo llevo cuatro años con la piel requemada: terror puro y cierto).

Lo mejor del relato es el juego que Shiel establece entre los tres protagonistas para que sólo el hombre (Walter) y el propio lector conozcan todas las mentiras y medias verdades que se les cuenta a las mujeres (Rachel y Annie). Vamos siguiendo los esfuerzos de Walter por agradar a ambas sin que una recele demasiado de la otra, aun cuando parece bastante evidente que el juego no podrá mantenerse por mucho tiempo y que la tragedia sobrevendrá en cualquier instante.

No deja de ser curioso también que ante un cuento de infidelidades y subterfugios amatorios, Shiel lo presente con una cita del libro de Job, el protagonista sea un pastor religioso y abunde (como ya ocurría en los anteriores relatos) el elemento espiritual. Quizá es lo que obliga al autor a apostillar:

“Así, si no hubiese sido un puritano, habría sido un Don Juan”.

Y un apunte merece aquí también el tremendo diálogo que se establece entre las dos mujeres cuando ya, al fin, descubren su mutua atracción por el mismo hombre: es el tour de force necesario para pasar, ahora sí, al doble desenlace: la tragedia realista y la coda con fantasma. No es el mejor Shiel, sin duda: la historia tampoco daba para mucho más.

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Mañana salgo rumbo a Guatemala por varios días. Si Félix no lo impide, espero mandarles alguna que otra postal.

viernes, 31 de agosto de 2007

Atonement en imágenes

Yo he venido aquí para hablar de esta película, porque del libro ya hablé en su día:



Hacía mucho tiempo que quería ver a esta chica saliendo de la fuente después de darse un chapuzón iconoclasta. Quizá mi lectura de Expiación se convertirá con el tiempo, a medida que pasen los años y las lecturas, en una fuente en medio de un jardín y una mujer saliendo de ella con un McGuffin en la mano. Todavía tiemblo con esa escena, con la precisión de McEwan al contar los gestos y las miradas de dos personajes ante sí mismos, creciéndose ante sus propios sentimientos. Algún día alguien tenía que agarrar una cámara y filmar: un cuerpo desnudo saliendo del agua, una mirada incrédula ante el desparpajo. Lástima que el zoom no llegue hasta el lector que lee la escena: hubiera sido un guiño genial descubrirnos extasiados ante lo que la literatura puede destilar a veces, sólo a veces, como el amor.

Pero ay: a vuelapluma y con urgencia repaso algunas críticas que ya están llegando a través de la red, y desde El País nos llega un apunte de Enric González (¡cuánto añoro cada vez que busco críticas cinematográficas a Fernández-Santos!) que nos alerta sobre un resultado final de altibajos. Ya veo que será casi imposible en adelante disgregar novela y película, según el primer párrafo de la crítica:

Es difícil encontrarle defectos a Expiación, una espléndida novela de Ian McEwan. Pero resulta bastante fácil encontrárselos a la película, basada en el libro, que abrió ayer la Mostra de Venecia. Expiación no es una mala película, ni mucho menos. Junto a los defectos (una secuencia bélica risible, unas deplorables imágenes finales, algún instante de cursilería), ofrece tensión narrativa, un montaje de calidad y, sobre todo, una historia potentísima.

Ante una película inglesa yo siempre temo que parezca una película inglesa, no sé si me explico. Y Expiación (confío, como Enric, que ese será el título definitivo en español) tiene todas las trazas de ir por ese camino. Más allá de la fuente, el trailer ejemplifica lo que el cine británico tiene de bueno y de malo: frente a una quality muy de marca hay unos difuminados algo insulsos, unos esplendores en la hierba que obligan a fruncir el ceño al espectador y a pensar "esta hierba se ha mantenido así durante decenios", como quien espera ver por fin el rastro de un envoltorio de chicle entre el verde. Pero bueno:

Entre las muchas banalidades que suelen escucharse a la salida de un cine, una destaca por su inanidad: "Me gustó más la novela". En esta ocasión, nadie que haya leído a McEwan y vea la película será capaz de callársela. El director, Joe Wright, y el guionista, Christopher Hampton, pueden alegar atenuantes legítimos. La novela en cuestión es un artefacto literario de gran complejidad y numerosas opciones de lectura, la más profunda de las cuales explora la relación del autor, un dios menor e inseguro, con sus indefensos personajes. Esas sutilezas se resisten a trasladarse a una pantalla. El propio Wright reconoció, tras la proyección, que le había costado mucho adaptar una obra tan densa y que, finalmente, había tratado de ser "fiel a las sensaciones", más que al relato en sí.

Ahí está: son las sensaciones (del lector, añado) las que me dan ánimo y que confío ver reflejadas sobre la pantalla. Yo tampoco sé cómo se pueden reflejar en unas imágenes las complejidades del juego autor + narrador + personaje que narra + personaje narrado, más los otros dioses y diosecitos que me dejo en el tintero. Probablemente sea imposible y con esa convicción voy a ir yo al cine, cuando Atonement llegue a mí. Lástima que la escena bélica reciba un varapalo serio:

Los figurantes se mueven como en un escenario de opereta, forzados a sincronizarse porque a Wright le apeteció sacar la cámara de paseo y embarcarse en un travelling torpe y perfectamente prescindible. La mirada de un pingüino contiene más horror bélico que ese fragmento de la película.

Recordemos que el libro se divide en tres partes y la mía es la primera, aun cuando posiblemente la segunda sea una de las mejores guerras que yo he visto escritas. Pero estoy tranquilo:

Joe Wright (...) consigue por el contrario que la primera parte del filme, la que culmina con la falsa acusación, funcione con extrema precisión.

Ya los fotogramas hablaron y el respeto que antecede a ver las caras de quienes compartieron conmigo horas de placer no es menor que el del lector que sabe que, en poco tiempo, también playa Chesil estará a su alcance.

martes, 28 de agosto de 2007

Umbral


Yo no he leído demasiado a Paco, pero siento que a esta hora algo hay que decir sobre él. Quizá se trata de eso: uno puede ser más o menos leído, pero a la hora de la verdad lo que cuenta es que se acuerden de ti. Es más: yo no he leído Mortal y rosa, que según parece es el referente inexcusable y el libro que a esta hora todos los obituarios sacan a relucir. Pero para mí Umbral era un excelente columnista, por encima de todo. ¡Y qué difícil es serlo, como si eso fuera a ser alguna merma en la consideración de este escritor! Ahora miro alrededor y ya casi no encuentro columnistas de raza, hechos para el apunte diario y absolutamente originales en su prosa, necesarios cada mañana aunque ese día se hayan levantado con el otro pie. Desaparecidos ya Vázquez Montalbán y Haro Tecglen, intuyo que el adiós de Umbral es un punto y final a un estilo generacional formado a partir de las redacciones de los periódicos, de la velocidad de la pluma, de la frase exacta y puntiaguda. Después llegaron las excentricidades de Elvira Lindo o la precisión literaria de Millás, pero siento que ya no es lo mismo.

Sí recuerdo ahora con cierta sonrisa el diccionario de literatura que se sacó de la manga como encargo de Planeta (uno de esos encargos raros por lo interesante que resultaba), y cómo estableció el término angloaburrido para el mejor prosista que ha dado este país en los últimos dos decenios. Sus pullas le dieron el aura de incorregible, y quizá por eso también Umbral ha pasado a ser necesario: yo siento un cierto apego por los provocadores, ni que sea porque remueven de vez en cuando las aguas mansas de este país hispanoaburridísimo, aun cuando no compartiera en el fondo casi ninguna de sus críticas mordaces.

No voy a ir directo hacia nunguna librería para ponerme al día sobre su prosa. Me bastaban sus párrafos diarios, primero en El País y después en El Mundo, para empaparme de un lenguaje innovador a la vez que arcaizante, y que supongo fue decisivo para que le acabaran dando el Cervantes. Tampoco es que fuera corriendo cada mañana a por El Mundo porque ese no es mi mundo, pero ahí está la red para solventar urgencias inmediatas. Me quedo, pues, con sus antañazos, sus cuandoentonces y sus jais, con su bufanda al cuello y su impentitente pose de imposible vacilón. Me quedo con eso y ya.

sábado, 25 de agosto de 2007

La moral al descubierto

Les comprendo, están ustedes de vacaciones. Nadie ha querido o podido responder al test de la moral a día de hoy, con lo cual me pongo a la tarea de dar resultados en abstracto, extraídos directamente del libro de Dawkins.

Las situaciones descritas en el anterior post presentaban casos más o menos realistas de actitudes humanas frente a opciones extremas. La vida cotidiana está llena de ellas, aunque no sean tan brutales: a cada momento debemos estar decidiendo (sí o no) entre dos caminos, dos posibilidades, sin poder optar por vías intermedias. Pero en los casos presentados nuestro sentido moral protagoniza la elección, por cuanto optar por una u otra posibilidad demuestra una toma de partido y, por lo tanto, un posicionamiento ante la vida y ante los demás.

El primer caso, que puede parecer ridículo, es un primer peldaño de la escalera: según los datos recogidos por Hauser, el 97% de quienes respondieron la pregunta optaron por salvar la vida del niño a costa de sus pantalones. Lo increíble, según se encarga de señalar Dawkins, es que un 3% prefiera salvar los pantalones, aunque no deja de ser un porcentaje estadísticamente irrelevante: está claro que de una manera general, cualquier ser humano (ateo o religioso) se lanzará al agua.

El segundo caso puede parecer más complejo, pero la estadística es de nuevo abrumadora: el 90% desviará el vagón, matando a uno para salvar a cinco. Pero nuestra moral comienza a temblar cuando el sujeto que se halla atrapado en la vía secundaria deja de ser un ser anónimo y pasa a ser alguien relevante y conocido, por ejemplo un escritor venerado en la senda como Marías. Pero cambien el nombre por Fleming o Beethoven, personas que hayan hecho aportes significativos al desarrollo de la humanidad. Y estoy convencido que el resultado se invertiría si la persona atrapado ya fuera alguien de nuestra familia: aunque este aspecto no aparezca en El espejismo de Dios, reconzco un factor moral de tipo genético que nos obliga a proteger a los miemboros de nuestra estirpe por encima de los demás seres, y por ello casi cualquiera preferiría que murieran cinco o más personas ajenas que su propio padre o hermana. La cuestión puede alargarse de manera perversa para saber hasta dónde sería moralmente aceptable desviar el vagón: ¿un amigo íntimo sobreviviría frente a los cinco? ¿y un amigo más lejano, o un tipo que fue un íntimo timepo atrás pero del cual hemos perdido ya la pista, y por tanto su significado en nuestra vida actual ya es mínimo?

Rizando el rizo, podríamos considerar que en el grupo de los cinco se halla (entre otros cuatro individuos anónimos) una persona que nos hizo daño en su momento, un enemigo. ¿Sacrificaríamos la vida de cuatro para saciar nuestro instinto de devolver el daño sufrido? Todas estas consideraciones, por muy juguetonas que puedan parecer sobre un papel, crean un cierto estado de desasosiego en quienes pensamos en ellas, prueba de que hay un sustrato genético muy definido que reacciona ante cualquiera de estas situaciones.

El cuarto caso presenta una diferencia fundamental que sin duda modificaría de manera contundente la estadística (Hauser no ofrece datos), y la explicación es de gran interés; como explica Dawkins, hay unas raíces kantianas en ella:

"La intuición que compartimos la mayoría de nosotros es que un espectador inocente no debería ser arrastrado repentinamente a una mala situación y ser utilizado para el bien de otros sin su consentimiento. Immanuel Kant articuló estupendamente el principio de que un ser racional nunca debería utilizarse como un medio no consentido para alcanzar un fin, incluso si el fin es en beneficio de otros"

Esta es la diferencia entre el cuarto caso y el segundo, en el cual la persona atrapada no está siendo utilizada para salvar la vida de los otros cinco, sino que sólo tiene la mala suerte de estar en el lugar y el momento equivocados (según Dawkins "es el lateral el que se está utilizando", o sea la vía secundaria). Para tener una conciencia más clara de este asunto, el quinto caso ejemplifica la misma idea con una imagen más precisa: el 97% de los encuestados respondieron que está moralmente prohibido aprovecharse de una persona sana para obtener sus órganos y así salvar a cinco pacientes (sin saber que son unos kantianos de tomo y lomo).

En definitiva, la conclusión del estudio es que no hay diferencias significativas entre religiosos y ateos al responder a las preguntas, y no existe una bondad cristiana superior a la que pueda experimentar un no creyente. El estudio también se realizó entre indígenas kuna de Panamá, adaptando las preguntas a su entorno cotidiano (vagones por cocodrilos) y de nuevo las respuestas fueron similares, estableciéndose juicios morales iguales a los nuestros. Saquen ustedes sus propias conclusiones antes de darse un nuevo chapuzón en las playas de Benidorm.

lunes, 20 de agosto de 2007

El test de la moral

El sexto capítulo de El espejismo de Dios presenta un estudio de caso sobre las raíces de la moralidad, extraído y resumido de una obra del biólogo Marc Hauser. Es uno de los momentos mágicos del ensayo, porque llegar a este punto no ha sido baladí: Dawkins se ha empeñado con bastante precisión en demostrar que el pensamiento religioso, y ahora la moral, hunden sus raíces en la genética y en la teoría de la evolución. Me parece que los argumentos expuestos son suficientes, aunque la teorización del hecho pueda parecer algo compleja: lo es por cuanto se habla de propuestas innovadoras que podrían propagarse desde las páginas de Science o de Nature, y desde este blog no voy a abundar para nada en ello por no ser el lugar adecuado para largas disquisiciones científicas.

Sí voy, en cambio, a hacerme eco de los ejemplos de Hauser, que a todo lector le pueden causar cierto interés. Aunque aquí no pueda permitirme hacer ninguna prueba estadística (las 70 u 80 visitas diarias al blog no van a tomarse la molestia de responder al test, y les comprendo), sí lanzo el envite para aquellos que quieran perder cinco minutos en leer y dejar su huella. Prometo, si hay varias respuestas, sacar cuentas y compararlas en otro post con los resultados ofrecidos por Hauser en tres de los casos siguientes.

La cuestión es fácil: los ejemplos se basan en escenas que hay que tomar como reales y cuyas únicas respuestas pueden ser sí o no. No hay que elucubrar sobre posibles terceras vías, ya que hay que tomar una decisión drástica en cada caso. La enumeración tiene algunos ajustes propios, y no me baso estrictamente en un test modelo, sino que propongo las cuestiones según me interesa a mí, aunque a partir de la lógica de Hauser. Veamos:

1. Ves a un niño que se está ahogando en un estanque y no hay otra ayuda a la vista. Puedes salvar al niño lanzándote al agua, pero tus pantalones se destrozarán en el proceso. ¿Ayudarás al niño?

2. Eres un guardagujas de una vía de tren. Del Sur viene un pequeño vagón descontrolado, y hacia el Norte hay cinco personas atrapadas en la misma vía sin posible escapatoria. Tienes la posibilidad de mover una palanca que te permitirá desviar el vagón a una vía secundaria antes del choque mortal, pero resulta que en esa misma vía hay otro hombre atrapado. ¿Modificarás la trayectoria del vagón (es decir, salvando a cinco y matando a uno)?

3. La situación es la misma que en el punto 2, pero sabes a ciencia cierta que la persona atrapada en la vía secundaria es Javier Marías. ¿Modificarás ahora la trayectoria del vagón?

4. Eres de nuevo un guardagujas. Hay una única vía, un vagón descontrolado y cinco personas atrapadas en esa vía. Pero en esta ocasión hay un puente por encima, al borde del cual hay un señor sentado, tremendamente obeso y fuerte, mirando la puesta de sol. Sabes que si empujas al hombre al paso del vagón, su corpulencia logrará detenerlo (y hacerlo trizas a un tiempo). ¿Empujarás al hombre para salvar la vida de los otros cinco?

5. Cinco personas están en un hospital esperando un trasplante de un órgano distinto cada uno. Se están muriendo porque no hay ningún donante disponible. En la sala de espera hay un hombre sano, y el cirujano se da cuenta de que sus cinco órganos están en buen funcionamiento y son adecuados para el trasplante. ¿Es moralmente permisible matar al hombre sano para salvar a los otros cinco?

Como decía, las personas que quieran contestar a estas cinco cuestiones pueden dejar su huella en la senda y a posteriori comentaré también las implicaciones morales que hay detrás, que ya fueron tan bien descritas mucho antes por Kant. Detrás de todo ello está el intento de Dawkins por demostrar que la moral es un aspecto con el que ya nacemos, absolutamente desligado de la religión.

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Nos lo hizo saber Magda en una huella y ya está colgado también en la web no oficial de Javier Marías: encuentro por todo lo alto con sabor latinoamericano.

viernes, 17 de agosto de 2007

Una novela empantanada

Más allá de las 200 páginas de Este libro te salvará la vida, o sea con poco más de medio libro leído, ya queda claro que A.M. Homes ha optado por una historia de una pretensión que jamás alcanzará su destino. Me explico y, más aún, sin puntos: la moraleja a la que se quiere llegar, y que conforma la guía de la novela, es evidente: les voy a contar la historia de un hombre rico americano, de mediana edad, divorciado y con mucho ocio por delante, al que se le empiezan a torcer las cosas, pero de una manera soslayada, como quien no quiere la cosa, nada de grandes tragedias ni de escenas espeluznantes, todo debe ser digerido como un lento hundimiento en las raíces de la mediocridad, un ser humano que se va dando cuenta de su condición de hombre banal, que no tiene objetivos claros y que vive de la fruslería, de los alimentos orgánicos que toma de desayuno y que sólo habla con su dietista, un ser que pasa por el mundo sin alzar la voz, sin machacar a nadie, sin inventiva, sin sexo, sin vitalidad.

Dejénme respirar aquí (.) Imagínense todo eso, pues, y piensen en una novela de 400 páginas que les vaya a contar tamaña historia con parsimonia, con una cierta delectación en la nimiedad. El cúmulo de anécdotas sin interés es altísimo, y probablemente la gracia resida en seguir acumulando sin parar, hasta llegar a la conclusión (el lector siempre concluye, es inteligente) de que gracias a ese montón de donuts zampados, idas y venidas al médico o a un retiro de silencio, y a una mujer (¡todavía menos interesante que nuestro Richard Novak, faltaría más!) encontrada en el supermercado, el mundo es una porquería.

No deja de ser curioso el método, que se me ocurre pueda tener un mismo resultado por dos caminos distintos como mínimo: uno, decir que el mundo es una porquería, si quieren en un par de páginas; y dos, describir un listado de porquerías para que lleguemos a la conclusión de que todo lo que nos rodea lo es. En este último caso habremos perdido unas cuantas horas en reconocerlo, conociendo a unos personajes de quien nunca más desearemos saber nada. Ah, la gran comparativa que ya anuncié en otro post: mientras que McEwan en Sábado sí traza las venas de un hombre complejo en su medianía (he ahí la gran dificultad que todo gran escritor debe solventar) y de quién quisiéramos saber qué hace el domingo subsiguiente, Homes logra que odiemos a Richard, la vida de Richard, la novela de Richard e incluso a la autora que lo parió. No niego que esto pueda ser difícil, yo nunca me he puesto a la tarea y quizá tenga su mérito.

Si yo fuera de los que dejan un libro a la mitad, quizá éste sería un buen candidato. Pero quiero llegar al final, siquiera sea para contarlo. De hecho hay una escena sorprendente bordeando la página 200 que parece romper el esquema previo y presentar de una manera directa al protagonista como un héroe anónimo, pero la cena posterior que se describe vuelve a dejarnos en el sopor mefítico.

Ya lo dice claramente la página 163: Richard le pregunta a Anhil, el donutero simpático:

-¿Adónde quiere ir a parar?

Y le contesta el otro:

-Está empantanado.

Como quien habla, en fin, de la novela que lo acoge.

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Los 20.000 libros de Javier Marías y su orden cronológico me están haciendo repensar mi orden alfabético.

jueves, 9 de agosto de 2007

De Tintín a Cardenal

Deben ser las cosas de agosto. Creo que las llaman serpientes: noticias que se cuelan en los periódicos en temporada baja, cuando los protagonistas del mundo deciden hacer una parada (ya en Marivent, ya en Oropesa) y dejan el devenir de los días en manos de aficionados durante tres o cuatro semanas. ¡Y eso que en Nicaragua, por no decir América, no hay vacaciones en estas fechas! Pero el contagio es global, y este dengue melancólico del periodismo se cuela en cualquier periódico al uso.

Acabo de leer en un par de días dos textos (una columna de opinión y un breve artículo) que responden a esta lógica, aun cuando sus autores o actores interesados crean que lo hacen todo muy en serio, ya sea escribir o actuar. El relumbrón del foco les destaca por unos instantes agostinos, antes de que septiembre vuelva a colocar a cada cual en su lugar de origen, o sea en el más completo anonimato.

Explicaba un artículo leído en El País el pasado día 9 que un tal Mbutu Mondondo (lo exótico como atracción inmisericorde, el binomio calor-trópico como gastado recurso veraniego) ha demandado a la sociedad que posee los derechos de Hergé por un libro. Se trata del cómic Tintín en el Congo, ahora fuente del más incorrecto racismo y por tanto merecedor de ser quemado en la hoguera. Ciertamente, no voy a ser yo el que niegue que desde un punto de vista de corrección política, Tintín en el Congo pertenece a una visión colonialista de la invasión belga de ese país, y las frases pronunciadas por los negros allí dibujados o por el propio perro de Tintín ("Venga, pandilla de perezosos, a trabajar") describen el pensar de determinado sector social europeo de aquella época. Hasta aquí nada que objetar.

Pero resulta, una vez más, que el acusador ha pasado por alto una leve circunstancia que altera de manera absoluta sus planes, a no ser que tenga la suerte de toparse con un juez como el del caso Benítez-Gámez, que vive en una realidad virtual: Mbutu no ha querido enterarse de que Tintín en el Congo es una obra de ficción, y de que extrapolar las palabras de Milú al propio Hergé (o sea, que lo que dijo el perro es lo que piensa el autor y de rebote todo Moulinsart entero) es un ejercicio vacuo y sin sentido alguno. Pero es lo que piensan muchos malos lectores: que el autor es un trasunto de los protagonistas de sus obras o viceversa (aquí el orden de los factores ya no altera el resultado), y que los escritores pueden ser acusados por lo que dijeron o hicieron sus personajes.

Es inaudito que a estas alturas todavía haya que recordar reglas elementales de la narratividad. Yo crecí, como tantos, leyendo tintines, y creo que no me he convertido en ningún colonizador, por mucho que resida en una antigua colonia española: y es que si uno empieza a leer desde muy joven va captando que el mundo de los libros es uno, y que el mundo de los Mbutu es otro bien distinto, y que así como cerramos un volumen y a otra cosa mariposa, Mbutu debería darse al oficio contrario: volver a abrir el libro y olvidarse, sólo por esos instantes, de que hay negros que, esos sí, sufren la abominable persecución en el mundo real por ser como son.

La otra información leída, ahora una columna de opinión, se publicó en el diario nicaragüense La Prensa el día 7. Un tal Lacayo arremete contra la candidatura a Premio Nobel del escritor Ernesto Cardenal, presentada como rigen los cánones por la Academia de la Lengua del país y con el auspicio de otros destacados poetas y narradores. Es agosto, y sólo por este motivo me permito transcribir aquí debajo la evacuación de palabras que un tal señor se permite en un día soleado (y de otros que le ceden espacio para ello):

"Cardenal no merece el Premio Nóbel de Literatura. Su obra no ha sido para beneficio de la humanidad. Este vano poeta merece la condena perpetua de colgar en su cuello la imagen de la amonestación que recibió del Santo Papa Juan Pablo II, por mezclar la religión con la inhumana y genocida revolución sandinista."

Más allá de la unanimidad que suele congregar toda candidatura en un país (yo me alegré por Cela, aun cuando mi apuesta siempre hubiera sido por Torrente-Ballester), es exigible un mínimo de coherencia a quien reclama que un autor no sea premiado por su obra. Lacayo juzaga a Cardenal por su vida, por su militancia, por su cristianismo, pero es incapaz de aportar un solo dato para que el corpus poético de Cardenal pueda ser tildado de vano. Pero resulta que el Nóbel de literatura premia la obra del autor, y es posible y me temo que lo que a Lacayo le subleva es que a Cardenal no le hayan nobelizado para el de la Paz: entonces sí sus vanas palabras adquirirían todo su sentido aunque no las compartiésemos. Dice: "Lo que se debe de condenar es su perversión como cristiano y como político." Es la misma perversión de los articulistas que opinan sobre lo que no conocen.

miércoles, 8 de agosto de 2007

El caso Benítez - Gámez

He seguido con mirada circunspecta un nuevo capítulo de lo que podríamos llamar "La verdad de las mentiras", en expresión vargasllosiana, o "Mentiras verdaderas", según el título del ensayo de Sergio Ramírez. Ya toqué el asunto ampliamente cuando se discutió el tema a propósito de Javier Cercas y del fino tejido de gasa que separa sus Soldados de Salamina de la Historia en mayúsculas. Hubo opiniones para todos los gustos: desde los defensores de la nueva novela como ejercicio que rompe géneros hasta los periodistas celosos de su parcela que acusan a los ficcionarios de meterse donde no les llaman.

Ahora nos llega la sentencia de un juez, de la que también se hace eco Arcadi Espada, que obliga a pagar 6.000 euros a Luis Alfonso Gámez en favor del escritor J.J. Benítez por vulnerar su honor. Gámez se encargó de exponer las mentiras contenidas en una producción televisiva del susodicho (hubiera servido igual si las hubiera exprimido de alguno de sus libros) y ahora el juez dice sin decirlo que se puede mentir y encima cobrar por ello. Los novelistas saben mucho del tema, claro, porque viven de eso: con la diferencia (ay, lo sutil) de que pactan con el lector previamente que las mentiras que el uno cuenta, el otro las recibe como tales y, después de arremolinarse bajo las sábanas, consigue tener dulces sueños. Ah, la verdad de las mentiras: desde que las facuces de los lobos se comían a las abuelitas, ¡cuánto camino hemos recorrido, página a página!

Pero Benítez escribe pretendidos ensayos, y ahí tenemos la trampa. Y nada de esto funcionaría si el nivel de credulidad de la humanidad no fuera el que es, porque si somos capaces de llegar a pensar que estamos aquí gracias a un Dios, de qué no seremos capaces. Por ejemplo, de ver este vídeo y de repensar nuestro concepto de la historia. Siempre es mucho más satisfactorio para nuestro ego creer en conspiraciones que en aburridos despertadores sonando implacables a las 7 de la mañana. Pero la respuesta de Benítez es de un desparpajo solemne:

"En esas imágenes, si no recuerdo mal, se decía Imágenes inéditas. ¿Qué significa eso? Imágenes que no se han editado, que no se han publicado, que no son conocidas. Al final del documental venían los créditos, y estaba toda la gente que había participado en la grabación. Lo que a la gente le llama la atención y le preocupa es si ese documental era o no verdad”

Eso: la gente se preocupa de cosas nimias (saber si algo es o no es verdad), cuando lo evidente para el ufólogo sería que nos preocupáramos de digerir el video sin pensar, captando secuencias de imágenes como quien come cortezas de cerdo. Pero resulta que de los miles y miles que ya han visto el vídeo por YouTube, una parte (infinitesimal, si quieren, me sirve igual) ha puesto en duda su convicción previa de que la Luna es un polvazal sin bares ni restaurantes, y ya ha visto la luz mediante edificios erigidos por quién sabe qué lejanas civilizaciones. La historia no es como nos la contaron.

En este blog, a parte de la solidaridad obvia hacia el acusado, me interesa poner de relieve cómo el propio Poder Judicial puede llegar a pasar por alto que lo importante, precisamente, es si lo que ofrece el documental (y por tanto, las aportaciones posteriores de Gámez) es cierto o no. Si no lo es, y hay métodos científicos para saberlo, las palabras de Gámez pasan a ser relevantes y verdaderas. Pero parece que acusar de mentiroso al mentiroso es una vulneración al honor, especialmente cuando el autor mismo subraya que la obra que expone está basada en trucos o en simulaciones de ordenador (y añade, quisquilloso: ¿y a quién le importa eso? Hombre, por lo pronto imagino que a los nueve millones de lectores de su saga troyana, pongamos).

Si esta es la vía, no me extrañaría que cualquier día se acuse a un novelista de mentiroso y el juez de turno redacte una sentencia milimétricamente opuesta: ¿conque usted dice que Miralles está en un asilo de Dijon y que encima chochea? Pues a pagar los seis mil, Cercas!

martes, 7 de agosto de 2007

Nancites 11

Los nancites van creciendo en mi traspatio, madurando y amenazando con su olor pringoso. Pequeños frutos amarillos como estos retazos que, cuando no hay tiempo que perder, nutren la senda de chispeos fugaces.

1. Acabo de leer un viejo texto (no tanto: es de 2005) de George Steiner, que publicó la revista Letra Internacional bajo el título "Rabia a los libros". Excelente, si se me permite usar tan rotundo adjetivo. Es una mirada sentimental, bastante pesimista a mi parecer, sobre el futuro del libro como objeto y sobre la libertad de expresión. Concluye Steiner que el acto de leer (la lectura como hombre-con-alpargatas-sentado-en-un-sillón) se circunscribirá cada vez más a un acto privado bastante raro, y en todo caso con un olor como de vino añejo. Las nuevas generaciones ya no leen en silencio, como dice una encuesta: el 80% de los adolescentes norteamericanos necesitan música de fondo para estudiar. También internet, y eso ya no sé si lo dice Steiner o lo digo yo, ha servido para elaborar tesis y trabajos de fin de curso desde casa, sin tener que ir a la tediosa biblioteca a consultar tomos. También existe una editorial, Penguin si mal no recuerdo, que edita libros sin aparato de notas porque se pueden consultar directamente en la red. Cada dos por tres aparecen debates sobre el fin del libro, pero que Steiner lance la voz de alarma me intresa más: quizá porque su visión de Europa, como la de Magris, siempre da en el clavo, y uno piensa si también ahora.

2. Iván Thays expresa exactamente lo mismo, casi de manera literal, que lo que escribió Justo Serna hace unos meses en su blog: "Me había jurado no leer más otro libro de Juan Manuel de Prada. Cada uno que leía suyo iba decepcionándome más y más hasta terminar sin concluír la lectura del último, La vida invisible, pese al interés que me despertó su contratapa. Sin embargo, heme aquí esperando que mi querido Sergio se anime a traer a Lima El séptimo velo, la novela de Juan Manuel de Prada que ganó el último Seix Barral."

3.
Sepan que mi excitación por ver Atonement va en aumento, y no hay día en que no repase un fotograma o una nota de prensa. Espero mucho de esta película, casi tanto como lo que me dio la novela, y es que McEwan ordenó todos los elementos para que el cine pudiera lucirse, llegado el momento. ¡Es su turno, Mr. Wright!

4. ¿Rentrée, dicen? Ahi va: Don DeLillo, Kenzaburo Oé, Enrique Vila-Matas, Claudio Magris, Jonathan Littell, Roberto Calasso, Imre Kertész, Paul Auster y, claro, Javier Marías. Es sólo un primer listado escueto, pero hay mucha sustancia e interés, aunque para la gente que como yo no hacemos vacaciones en agosto, lo de la rentrée ya huele sólo a marca de perfume.

jueves, 26 de julio de 2007

Senderos interruptus

Sabrán perdonar ustedes la hojarasca que se acumula por todos los recodos de la senda, sin cuidador que los mime. Entre la energía eléctrica que se nos va y los viajes múltiples de quien suscribe, hay una dejadez inadmisible. Llegará el día en que todo volverá a resplandecer y que podremos seguir paseando sin hierbajos a nuestro alrededor: mientras, pasaremos el rastrillo de vez en cuando, si los elementos nos son favorables.

sábado, 14 de julio de 2007

Amic Joan

Con discreción y con tino, Cristina Sama anota en uno de los árboles de El Bosque la aparición del último número de El Coloquio de los perros, dedicado íntegramente a Joan Margarit. Un hallazgo, todo un trabajo de excelencia y reconocimiento hacia uno de los tres o cuatro poetas vivos más importantes del estado español, sea en la lengua que sea.

Conozco a Joan desde que yo era un chaval, por una simple cuestión de proximidad geográfica (unas cuantas calles separaban nuestras respectivas viviendas catalanas). Es por ello que me ha emocionado leer cada dedicatoria personal, desde sus amigos a su familia inmediata, y he rebuscado algunos textos que yo había escrito sobre su poesía. Este, por ejemplo, después de verle y escucharle en la televisión barcelonesa hace unos pocos años:

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Nueva sesión de altura en BTV, ayer por la noche: conversación con Joan Margarit, uno de nuestros poetas vivos más importantes.

De las numerosas perlas oídas, baste una muestra para certificar el sentido común de un poeta inmerso en la realidad, esquivo siempre a reclamarse a sí mismo con ese apelativo, si es que se trata de apuntar una profesión. La suya es la de arquitecto, y ser poeta es una manera de ir por la vida, de mirar alrededor y de dialogar con el mundo.

Para Margarit, la claridad es esencial en todo poema. Uno de los principales males de la poesía en el siglo XX fue, a raíz de las vanguardias, la aparición de unas corrientes literarias fundamentadas en la incomprensión de los textos. Lo que las vanguardias tuvieron de movimiento de ruptura también lo tuvieron de subversión del lenguaje, hasta transformarlo en algo ininteligible. A eso se apuntaron mumerosos aprendices de escritor, y encontraron un buen filón: se dedicaron a escribir poemas y a decirle a muchas personas que no los podían entender, que lo suyo era demasiado sublime como para estar a la altura de la población más cotidiana. O sea: en un país con 10, 20 o 30 años de democracia detrás, donde todo el mundo lee (un libro, el diario, el BOE) y vota con libertad, hay que decirle a alguien "lo siento, usted no es capaz de entender la poesía que yo escribo". Y ante ello, Margarit se subleva.

La poesía no cae del cielo, la poesía está esperando en cada rincón. Debajo de una mesa de un bar, detrás de una farola, en un árbol en mitad del bosque. El poeta va por la vida despierto ante cualquier detalle que le pueda sugerir que allí hay un poema, como el cazador que sigue rastros, sonidos, olores, y por ello intuye que por allí cerca hay una presa. El trabajo viene después, y esa intuición (no pasa nada si le llamamos inspiración) de dos o tres segundos, se convierte luego en un trabajo de meses.

La poesía es arte, porque jamás entramos en un poema y salimos de él de la misma manera (a no ser que estemos ante un mal poema). Eso pasa con el entretenimiento, que está ahí y cumple su función. Pero ante un poema no podemos ser los mismos después de haberlo leído. Y la magia de la poesía está en que lloramos y estamos felices de haber llorado, porque hemos aprendido algo, hemos ordenado algo en nuestro interior que nos hace ser mejores, o enfrentarnos con nuevas herramientas a una situación ya vivida. Y jamás un poema será leído igual dos veces: el poema es una partitura, y cada concertista le imprime su carácter, así como una composición de Beethoven es diferente en cada interpretación.

La poesía mala no es inocente, y no es admisible: de la misma manera que no dejamos la basura en mitad de la calle y la llevamos al contenedor, también hay que hacerlo con la mala poesía y los malos poetas, los que escriben para no ser entendidos. Y es que el poema tiene sentido cuando hay una persona que lo estaba esperando para ser leído, sin saber que les iba destinado.

Joan Margarit acaba de publicar Càlcul d'estructures en catalán, pero toda su anterior obra se encuentra traducida al español. Cuánto tardan ya ustedes en llegar a la librería de esta senda y leer.

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Ahora ya hay otro libro de por medio, Casa de misericordia, pero esas ideas expresadas en una entrevista permanecen tan válidas como antes. Háganse un favor inmenso y atrapen sus versos como quien remueve el viejo trastero de la casa, hallando pequeños tesoros ocultos por el tiempo. Yo no puedo entrar en un poema de Joan Margarit y salir de él sin cambiar: es por ello que en cualquiera de mis bibliotecas (la barcelonesa, la tropical) siempre hay al menos un libro suyo en el estante de lecturas inmediatas, por si acaso las cosas se tuercen.

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La noticia de la semana es la llegada a las librerías del último volumen de Harry Potter, y lo es hasta para la versión española del Wall Street Journal. Lógico: cuando hablamos de negocios, hasta las páginas de un libro cotizan en los mercados. Pero hay una incertidumbre sobre el final del libro, y una inquietud sobre si su revelación puede quebrantar los dividendos. Ahí es cuando se nota que ciertos redactores económicos desconocen las reglas de la literatura: Harry Potter ya murió hace tiempo, cuando su autora puso el límite de siete volúmenes a la saga (aunque ella, un Dios como cualquier otro autor, lo pueda resucitar si se le antoja en cualquier momento). También está la duda sobre si los lectores, al conocer el desenlace, preferirán no comprarlo: esa es otra de las reglas, la que explica que con un Alonso Quijano muerto y remuerto sigamos empecinados en comenzar esas líneas que dicen "En un lugar de la mancha...", y otros dejen al pobre Harry a merced de su anunciada defunción, sin ir siquiera al velorio.

sábado, 7 de julio de 2007

Un donut glaseado, por favor

Antes de comenzar a escribir este post, me he visto obligado a entrar en el American Donuts (versión más naif si cabe que el Dunkin Donuts) y zamparme dos piezas glaseadas, para ponerme en órbita. Después de más de 100 páginas leídas de Este libro te salvará la vida me siento incapaz de decir nada sin la dosis exacta de producto estandarizado. Conste, y lo escribí, que en ciertos momentos de nuestra existencia necesitamos recurrir a cierto tipo de literatura, como quien (siguiendo el ejemplo alimenticio) cena hoy una pizza y mañana un plato de legumbres estofadas. El cuerpo me pedía hace un par de semanas una novela norteamericana y remarcaba el adjetivo con acento gringo: una novela muy norteamericana, con vidas aburridas de individuos que aprietan un botón y salen dólares a mansalva, que circulan con coches último modelo por residenciales vacíos, divorciados con hijos (¡cómo no!), con dietistas particulares pero que comen, como quien no quiere la cosa, donuts de Randy's.

No hace falta añadir que encontré esta secuencia en A.M. Homes, a quien etiquetaron en su día como la enfant terrible de la nueva literatura gringa y que en esta obra debe haberse convertido en el corderito mayor de toda la saga que se supone que ella representa. Esta historia claiforniana destila azúcar por todas las páginas, un azúcar glaseado que impregna cada nueva anécdota vital de Richard Novak y que deja un regusto a esos donuts tan industriales, o es que ahora acabo de comerme dos y me repiten.

Debo confesar que había transitado por las primeras treinta páginas y era imposible no recordar vagamente la lectura de Sábado, de McEwan. Richard, al igual que Henry Perowne, se levanta una madrugada y ocurre un hecho circunstancial, extraño y un poco surreal: si allí era un avión cayendo suavemente por culpa de una avería, aquí es un dolor extraño en el cuerpo que nunca se describe con precisión, y que acontece al mismo tiempo que un agujero en la colina del resdiencial va creciendo de tamaño, como un hoyo que la Tierra absorbe a pasos agigantados. Los dos hombres miran por el ventanal y ven la misma vida aburrida, sólo quebrantada por estos hechos irrelevantes que suponen un pequeño disfraz a tanta mediocridad junta.

Pero no nos engañemos: Homes no es McEwan, y si éste lograba paulatinamente conformar un estándar de vida medio de un ciudadano británico, con su familia bien definida y sus problemas siempre en mente (un retrato perfecto de ti, que me lees años después del 11-S), Richard se convierte ya con 50 páginas en un hombre pintado con brocha gorda, insulso como él solo, sin pensamientos interiores que aguanten tres párrafos, ajeno a cuanto personaje pasa por su vida (el donutero es lo más cercano a un ser racional) e incapaz, ya no él sino Homes, de crear un arquetipo recordable.

¿Esperaba yo más que esto? ¡En absoluto! De hecho, y descansen sus posaderas antes de seguir leyendo, es un verdadero placer leer aquí y ahora esta novela. Cuando yo pedía una novela norteamericana me estaba refieriendo precisamente a esto, ya que reconociendo lo que ya leía o lo que dejaba atrás, no deseaba ahora nada de género fantástico, ni de tesis, ni siquiera una novela de gran trabajo lingüístico. Después de tres días con brócoli y pescado azul ¿quién no va a pedir una Pizza Hut de un telefonazo? Me cuesta más caro a través de DHL, pero el libro que yo quiero llega en tres días a mi domicilio, y Este libro te salvará la vida me ha salvado por unos días de mi inquietud y ha resulto el antojo. Es una obra altamente recomendable para tiempos muertos, para leer desacansando: estos diálogos no son para pensar, sino para que transcurran ante nuestros ojos al ritmo de la vida en las calles de L.A. No, claro que Richard no es Henry: es sólo una más de las almas desclasadas que abundan a millones en ese territorio cinematográfico.

Después de A.M. Homes nunca leería a A.M. Homes. Pero me ocurre casi con cualquier escritor: necesito un buen tiempo de reposo y a otra cosa, lo más contradictoria posible. Pero este tipo de prosa no la encuentro en español, a no ser a través de cualquier autor que imita esas historias aun cuando vive en Vallecas. Por eso hay que subir hacia el Norte de vez en cuando y leer, y pensar que eso también forma parte de nuestra literatura actual.

miércoles, 4 de julio de 2007

Novela vs Dios

Unas cuantas horas (lo que dura un apagón diario en Nicaragua) es lo que ha tardado Fernando Savater en entrar al trapo con mi propuesta del último post. No es que Savater haya leído mi blog (Dios le libre), sino que las circunstancias se conjuran a veces, de una manera muy laica, para que haya curiosas coincidencias en el tiempo. Yo propongo, Savater dispone, aunque el orden de los factores no merezca en este caso más atención que la mera simbiosis del azar.

Escribe hoy Savater en El País acerca del último libro de Dawkins y de tantos otros ensayos publicados recientemente sobre religión. Todos ellos alegatos en contra, ciertamente, pero conviene no pasar por alto esta profusión de argumentos, ideas y propuestas dirigidas hacia un mismo tema. Las ventas parece que también funcionan: la traducción española de The God delusion ha llegado a los 10.000 ejemplares, cifra muy alta para un ensayo de peso. Pero nuestro filósofo no lo ve claro en su ya perenne socarronería:

En ese catálogo, los autores anglosajones destacan por su agresividad y también por un cierto candor misionero en su refutación de las viejas creencias.

¡Como si no hicera falta todavía refutar y refutar (y digo más: refutar hasta la saciedad) las viejas creencias! Yo pongo la tele y aparecen, en un canal tras otro, predicadores de corbata ante públicos entregados y aullantes, en escenografías de cartoné y micrófonos sensibles al alarido. Todo eso pasaría a todas horas ante mis ojos si me dedicara a la sana labor de sentarme en un sofá con un mando a distancia en la mano, pero mi dedicación a la lectura me impide ocupar mi tiempo en esos esperpentos. En todo caso digo que el fundamentalismo en América campa por sus anchas, y por mucho candor que le echemos al asunto no hay que bajar la guardia y debemos seguir refutando la ilusión agazapada en sotanas y altares.

Pero Savater, más adelante y después de insistir en el vano empeño de querer convertir a los fieles a base de racionalismo, aporta unas palabras que yo esperaba desde hace tiempo:

Me parece que la religión es un tipo especial de género literario, como la filosofía, y combatirla como una plaga más sin atender los anhelos que expresa es empobrecedor no sólo para la imaginación, sino hasta para la razón humana.

Ahí está el hilo invisible que une dos mundos distantes gracias a la misión paralela que aportan a la sociedad. Es duro reconocerlo, pero de la misma manera que la religión puede ser un excelente consuelo para muchos, la literatura también. Así vista, la religión se convierte en una especie de mitología moderna, en una summa de historias inventadas a base de vírgenes que conciben hijos sin sexo previo, Lázaros que resucitan, almas que ascienden a los cielos, panes y peces multiplicados y tantos otros capítulos que formarían una novela ciertamente extensa. Pero Savater no habla del mal que ese tipo de literatura genera en la sociedad, probablemente porque no cree en ello, de la misma forma que no cree (y yo con él) que todo lector masculino de Lolita sea a partir de la última página un pederasta potencial. Ese es el riesgo de etiquetar la religión como un género literario: que acaba siendo tan inocente como un poema de Gloria Fuertes.

En cambio, sí creo que la literatura puede servir en muchos casos para suplantar una visión aterradora del mundo (con sus guerras, nuestras muertes y tanta vacuidad doméstica y cotidiana), como la religión puede servir para montar argumentos que alivien tantas penas. Pero ah, mientras que los lectores separamos sabiamente verdad y ficción, la religión se empeña en conformar una verdad impostada que sustituya a la que desde Darwin quedó mucho más clarificada. Por eso mi réplica a Savater: lo empobrecedor para la raza humana no es eliminar de un plumazo los géneros literarios (nadie lo propone), sino dejar como verdades otros géneros que pertenecen al territorio de la más absoluta ficción.

Arcadi Espada responde también el artículo de Savater con certera precisión y desde otro punto de vista. Pero yo lo tengo claro: entre el Evangelio de San Mateo y la Recherche, ya hice mi elección.

sábado, 30 de junio de 2007

¿Quién crea al creador?

El cuarto capítulo de El espejismo de Dios llega al meollo del asunto, a la refutación científica de por qué es “casi seguro” (las comillas son mías para remarcar el curioso concepto textual que usa Dawkins en el libro) que Dios no existe. Si previamente había presentado y refutado diferentes hipótesis sobre la existencia de un ser sobrehumano, ahora explica con bastante detenimiento cuál es la principal razón para dejar de creer en ello, o para que el lector pueda reafirmarse en su propio ateísmo. El adverbio que antepone siempre al adjetivo pone de manifiesto que no hay un final definitivo para este asunto, pero las probabilidades se decantan de manera muy clara hacia la propuesta del autor.

El problema está en que esta razón, por mucho que tenga un nombre sencillo (selección natural) es un proceso complejo que debe ser argumentado con un lenguaje científico, a riesgo de caer en una divulgación para legos que parezca sacada del Discovery channel. Dawkins entra al trapo y convierte algunas páginas del capítulo en fatigosas elucubraciones para y sobre sus colegas, en especial cuando escribe sobre el principio antrópico y la etérea teoría del multiuniverso. Pero tiene el acierto de incluir un resumen final en seis puntos que concretan sus postulados y la conclusión que ofrece al lector. Contra mi actitud habitual (no suelo transcribir largos párrafos de obras ajenas), me parece que en este caso es muy interesante copiar esos seis puntos y, aunque el paseante de la senda no vaya a leer el ensayo, pueda al menos cavilar un poco sobre ellos y hacerse una idea de uno de los argumentos más básicos del libro:

1. Uno de los grandes retos para el intelecto humano, a lo largo de los siglos, ha sido explicar cómo aparece en el Universo la compleja e improbable apariencia de diseño.

2. La tentación natural es atribuir a la apariencia de diseño el propio diseño. En el caso de un artefacto creado por el hombre, como un reloj, el diseñador realmente fue un inteligente ingeniero. Es muy tentador aplicar la misma lógica a un ojo o a un ala, a una araña o a una persona.

3. La tentación es falsa, porque la hipótesis del diseñador genera inmediatamente el problema de quién ha diseñado al diseñador. Todo el problema con el que empezamos fue el de explicar la improbabilidad estadística. Obviamente, no es solución postular algo incluso más improbable. Necesitamos una “grúa”, no un “gancho celestial”, porque solo una grúa puede realizar la tarea de trabajar gradual y plausiblemente desde la simplicidad hacia la, de otra forma, improbable complejidad.

4. Con mucho, la grúa más ingeniosa y poderosa descubierta es la evolución darwiniana mediante la selección natural. Darwin y sus sucesores han demostrado cómo las criaturas vivientes, con su espectacular improbabilidad estadística y su apariencia de diseño, han evolucionado desde unos inicios simples mediante lentas y graduales etapas. Ahora podemos decir con seguridad que la ilusión del diseño en las criaturas vivientes es simplemente eso, una ilusión.

5. Todavía no tenemos una grúa equivalente para la física. La teoría de un cierto tipo de Multiuniverso podría, en principio, hacer por la física el mismo trabajo explicativo que el darwinismo hizo por la biología. Este tipo de explicación es en apariencia menos satisfactoria que la versión biológica del darwinismo, porque requiere mayores cantidades de suerte. Pero el principio antrópico nos faculta a postular mucha más suerte que con la que se siente confortable nuestra limitada intuición humana.

6. No deberíamos perder la esperanza de que apareciera una grúa mejor en la física, algo tan poderoso como es el darwinismo para la biología. Pero incluso en ausencia de una grúa casi totalmente satisfactoria similar a la biológica, las relativamente débiles grúas de que disponemos en el presente son, cuando se conjugan con el principio antrópico, autoevidentemente mejores que la autoderrotada hipótesis del gancho celestial de un diseñador inteligente.

A partir de aquí, dejando por sentada la casi inexistencia de Dios, el libro se adentrará en el aspecto que más me interesa: ¿Por qué, a pesar de todo, hay religión en prácticamente todo el mundo? ¿Por qué ese triunfo de lo falso? No sé si Dawkins pondrá ejemplos paralelos sobre el arte, que pueden ser bastante inútiles para la evolución de las especies pero que ahí están, para hacernos la vida más feliz. Un extraordinario triunfo de lo falso ha sido la literatura, y en especial la novela: 500 páginas para llenar vacíos, los mismos que llena Dios para millones de almas. Dios contra la Novela: este es mi tema, sin lugar a dudas.

jueves, 28 de junio de 2007

Intermezzo

Las penas de un blogger nica 2

Sí: todo siempre puede ser peor. Diagnóstico: infección gastrointestinal. Síntomas catastróficos. Guarden cama, por favor. En proceso de recuperación, esperando que mañana pueda volver a transitar por la senda, aunque débil y con pocos electrolitos.

viernes, 22 de junio de 2007

Mis diez mandamientos de la edición literaria

Más allá del catálogo de una editorial (esto es, de la calidad específica de las obras que ofrece), el oficio de editor es un trabajo que requiere de unos principios escrupulosos para que la bondad de los textos se acompañe también del buen hacer en la composición de los libros. Los lectores impenitentes también somos exigentes en ese sentido, y estos son mis diez mandamientos esenciales para todo volumen de creación literaria:

1. No harás portadas grandilocuentes. Por la tapa se sabe lo que hay detrás: a más color y tipografías más grandes, contenidos menos sustanciales. Una portada debe identificar de manera inmediata la editorial a partir de un diseño reconocible. Hay clásicos rotundos en este sentido (Anagrama, El Acantilado, Tusquets, algo menos Alfaguara) y nuevos que recogen el mismo espíritu (Libros del Asteroide). Pero muchas editoriales jóvenes, para romper esquemas, utilizan gráficos pretendidamente modernos que sólo despistan al lector y jamás logran identificarse como sello.

2. No se deshojarán las páginas en tus manos. Es una vieja acusación contra Anagrama, totalmente infundada. Jamás me ha ocurrido nada parecido, pero veo en el metro a lectores que doblan los libros de tal manera que no me extraña que lleguen a los últimos capítulos con varios fascículos en las manos. Sí me ocurrió alguna vez con Lumen, pero sólo al cabo de dos relecturas. Ciertamente, el hilo cosido ya es casi un anacronismo y casi todos acuden a la socorrida cola de pegar.

3. Harás solapas con información del autor. Y si es posible, con foto. Nada peor que iniciar un libro y no encontrarse con una pequeña biografía y la lista de obras imprescindibles del autor. Es un detalle para el lector, un guiño necesario para decirle que lo suyo no es cosa de un día y que después de ese volumen hay más vida. Es la gran pérdida de todo libro de bolsillo, pero hay un uso muy extendido de la solapa en toda buena colección en rústica.

4. Los libros tendrán tamaños manejables. Otros prefieren tipografías de tipo 12 o 13, con lo cual toda novela extensa se convierte en un inmanejable mamotreto. Siempre preferiré una letra pequeña y un tamaño que se adapte a mis manos y que no me obligue a apoyar el libro en alguna parte para descansar. Hay casos curiosos de crecimiento sostenido, como Planeta: es muy gráfico comparar el tamaño de sus premios desde Terenci Moix hasta nuestros días: cada tres o cuatro años los libros crecían unos centímetros, al mismo tiempo que iba creciendo la insulsez de los textos que contenían.

5. No pondrás los índices al principio. Uno de los mandamientos más vulnerados: hay un contagio extendido entre las editoriales por insertarlos al principio, cuando deben ir irrevocablemente al final. Es un contagio, a su vez, de las revistas de quiosco, que en su caso sí es lógico que mantengan ese orden. Pero un libro no es el Muy Interesante: el lector debe entrar en la obra sin muletas, con el cuerpo liberado y la mente en blanco, sin saber que hay capítulos, partes u otras divisiones, sin conocer la extensión de las mismas, sin intuir el orden impreso por el autor: hay que caminar a ciegas hasta donde nos quieran llevar. Anagrama se mantiene como un mohicano solitario frente al magma invasor.

6. No pondrás las notas al final. Al revés que en el mandamiento anterior, las notas deben ser sacadas de su oscura discriminación en las últimas páginas e incorporadas a pie de página, para que puedan ser leídas (o no) al ritmo de la lectura. Nada hay más engorroso que ir pasando páginas atrás y adelante para recibir más información sobre lo que uno lee. El Reino de Redonda ha caído en este error. [Mención aparte merecen los ensayos, que no se incluyen en estos mandamientos literarios].

7. Dejarás los márgenes superiores limpios. Los márgenes deben resplandecer en su blancura, ya que para eso fueron creados. Varias editoriales inscriben en cada página el título del libro (¡como si no supiéramos a cada rato lo que estamos leyendo!) o el nombre del autor. El Acantilado persiste en este vacuo empeño. Lo único que debe contener un margen es el número de página, preferiblemente en la parte inferior, y nada más.

8. Comenzarás cada capítulo en página impar. Cada capítulo, porque así lo ha decidido el autor, es un alto en el camino, y el editor debe respetar esa banca, esa hamaca colgada entre los árboles, haciendo su trabajo: dando un respiro al libro y dejando (si hace falta) una página par en blanco. No hacerlo también induce a pensar en la tacañería del jefe, que quiere ahorrarse papel.

9. Redactarás con esmero el resumen de contraportada. El clásico en esta línea es Roberto Calasso, creando pequeñas piezas maestras de concisión para resumir el contenido del libro. La información debe ser la necesaria para dotar de una atmósfera apetecible su lectura, apoyándose en la medida de lo posible en la literatura comparada, creando redes con otras obras y añadiendo algunas frases de críticos que ya hayan opinado sobre ella. De todas formas, un mandamiento del lector debería ser no leer jamás una contraportada hasta el final, y comparar así su punto de vista con el expresado en ese texto: un ejercicio muy recomendable.

10. Te mantendrás fiel a tus principios. Cuando una editorial cambia de diseño cada pocos años le está diciendo al lector que su producto sigue las modas y no unos principios creativos establecidos desde el día de su fundación. A lo peor, es una muestra de que el diseño era claramente equivocado. Y nada debe haber más estimulante para un editor que llegar a una biblioteca doméstica y reconocer a simple vista el fruto de su trabajo en las estanterías, por los lomos: prueba fehaciente de que el lector también se habrá mantenido fiel a un catálogo determinado y a una manera agradable de leer.

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Las penas de un blogger nica

Entre cuatro y siete horas sin luz a diario. Sin internet dos jornadas completas: un cable roto en la Costa Caribe. Imposibilitado para actualizar el blog, camino hacia la montaña para descansar, leer y escribir. Regreso el jueves 28, si los elementos no impiden mi acceso a la senda.

martes, 19 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 3: El aciago sino de un tal Saul

Bajo este benetiano título se esconde un inspirado cuento marinero que rompe de manera parcial con el género hasta ahora visto en los dos primeros relatos (fantasía y terror) y se adentra en la historia y la relación de hechos verídicos. Así, como voy a explicar, hay dos partes diferenciadas en la historia, no separadas por ningún elemento tipográfico, que dividen hechos propiamente realistas y una larga escena que cubre casi toda la segunda mitad cuya atmósfera asfixiante tiene ecos de literatura de género. Publicado inicialmente en una revista, se editó después en la colección de cuentos Here Comes the Lady del propio autor, cuyos argumentos nacen de un tópico señuelo al estilo de Las mil y una noches: distintos jóvenes narran una historia individual para ganarse el amor de una muchacha.

En este caso, Shiel alude a otro tópico recurrente como es el del manuscrito hallado en una botella: el narrador dice que encontró un documento extraño fechado a inicios del siglo XVII en un arca de archivos bibliotecarios, avanza parte de su contenido y se dispone a transcribir palabra por palabra lo que leyó, aunque advierte:

Modifico unas cuantas de sus expresiones más arcaicas, restituyendo algunas palabras en los lugares en que se ha corrido la tinta”.

Este recurso da paso al relato en sí, que al lo largo de las dos primeras páginas es un rápido repaso por las penurias de juventud de James Dowdy Saul, marinero por vocación que acaba formando parte de la tripulación de balandros y bergantines de reconocidos piratas. Este resumen precipitado peca de algunas incorrecciones temporales, como se nos indica en los notas finales del traductor, pero es prolijo en nombres de capitanes y barcos y parte de la voluntad de aferrarse a hechos reales.

En uno de sus viajes, con rumbo a las colonias españolas de América, acaba siendo apresado por poco tiempo y se instala después en San Juan de Ulloa (antigua Veracruz), donde da inicio el verdadero meollo del cuento: en 1571 la Inquisición llega a las Indias Occidentales (dato fehaciente) y cuatro ministros del Santo Oficio lo vuelven a apresar, esta vez con consecuencias predecibles: juicio sumario, tortura y encierro en un bodegón de un navío.

Intuyo a estas alturas que el buen hacer de Shiel se desparrama en todo su esplendor en los relatos de corte fantástico, cuyas reglas domina y lo acercan, como vimos, a la maestría de Poe. Pero incluso en este cuento más estereotipado (durante su lectura pasan por mi cabeza Conrad, Eco y hasta Pérez-Reverte) hay un elegante savoir faire que sobrevuela cada párrafo, y Shiel también acierta en la pegada corta: sin argumentos enrevesados logra que el lector se interese por la peripecia narrada y continúe la exploración.

A partir de una tempestad desbordada en alta mar, el capitán y sus compinches deciden deshacerse de Saul de una manera cruel, y la narración en primera persona de todo el proceso por el que pasa el protagonista se convierte en un cambio de registro que nos vuelve a acercar hacia una literatura semifantástica, no tanto por lo irreal de la situación narrada como por la sorprendente insistencia de Shiel en detallar ese pasaje con cruel delectación. Es, sin duda, lo mejor del cuento: aquí aparece un Saul que va asumiendo su estado lastimoso y minuto a minuto va acercándose a una muerte que nunca termina de llegar:

No percibía golpe ni sacudida alguna: mas mi corazón entero era consciente de la celeridad de mi caída del mundo (...) Gemir no podía, ni suspirar, ni llorarle a mi Dios, sino que estaba petrificado por la grandeza de mi perecimiento”.

Esta morosidad es la que da un margen para hacer coherente este cuento con los dos anteriores, ya que la agonía de Saul es una reverberación de las agonías previas de otros personajes (Huguenin, Lady Swertha), pero con la salvedad de que aquí el protagonista vive en primer persona esa agonía, y nos es contada sin los ojos intermediarios de otros narradores. No importa saber si hay salvación, porque la propia escritura del texto ya indica que sí: vivió para contarlo.

Por lo demás, no hay alharacas añadidas: lo clásico es aquí un valor y pretender lo contrario sería, simplemente, cambiar de libro.

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Ahora sí, Cueto en su lugar natural.
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Javier Marías denuncia en EPS la contagiosa locura del actual gobierno socialista, que tiene su origen en la locura primigenia del PP. Lo curioso es que, mientras escribía, no cayó en la cuenta de su propio contagio periodístico (fanático, grosero, mentecatez, cenizos, chulos, jodío, mamarrachadas) con la prosa incendiaria de su buen compinche Pérez-Reverte.

sábado, 16 de junio de 2007

Esos queridos malditos

La belleza del arte debe llegar a nuestros sentidos y a nuestra conciencia casi al unísono, y lo digo porque cualquier captación visual o auditiva a nivel artístico (contemplar un Rembrandt o escuchar a Bach) es inmediatamente sintetizada por nuestro cerebro, que intenta explicar el porqué de nuestro éxtasis. Al menos a muchos no nos basta con saber que una escultura nos produce una agradable sensación, nos interesa saber la causa de eso, y a partir de ahí tomamos la historia del arte en consideración y analizamos las partes del todo.

Lo mismo ocurre con la literatura: después de leer a Kafka o a Proust hay algo aparentemente indescifrable que nos susurra que estamos ante una obra maestra, pero hay que cerciorarse de ello y acabamos siendo críticos literarios y peleándonos con otros críticos con opiniones dispares. Todo muy mundano, como se ve.

Pero existe además en cada uno de nosotros (en cada individuo más o menos interesado en picotear de aquí y de allá, en descubrir lo que se cuece en cualquier disciplina) un interés muy personal y para nada transferible acerca de determinadas obras y autores, o corrientes y géneros, situados en las orillas de la calidad. Más allá de aceptar los clásicos y de converger en nombres y apellidos inexorables, cada cual también tiene su listado extravagante de pintores, músicos o narradores que no forman parte del canon establecido pero por quienes sentimos un apego inusitado.

Creo que esto suele pasar mucho con el cine: además de las películas inmortales cuya calidad nadie pone en duda, solemos revisar en la tele o en DVD títulos que harían sonrojar al vecino, pero que a nosotros nos siguen entusiasmando (y no sé si la palabra entusiasmo es demasiado exagerada, ahora que la veo escrita): hay gente, y yo entre ellos, que seguimos amando cierto cine de terror o determinados westerns o películas decididamente freaks que no pasarían la ITV de ninguna academia. Quizá nos hacemos perdonar un poco estas debilidades, pero al final las asumimos con impasibilidad y seguimos felices con los gritos histéricos de púberes muchachas o con el trotar de los caballos y la polvareda que dejan atrás.

Digo todo esto porque hace ya varias semanas que leí un artículo de Justo Serna acerca de un autor que ya ha caído en el malditismo más extremo (creo que sólo por méritos propios) y cuya reivindicación es hoy poco menos que un delito. Parece que cuando a Juan Manuel de Prada le dieron el premio Biblioteca Breve este año, Justo corrió hacia la librería para leerlo de inmediato y lo explicó con detalle en su post. Ahí mismo le reprochaba su evolución tambaleante y sus posiciones personales sobre algunos temas, pero no dejaba de demostrar cierta querencia (y la carrera hacia la librería es la prueba más incriminatoria de todas) hacia un autor ya condenado casi al ostracismo, aun cuando reúne un buen número de lectores.

Prada ya forma parte, creo, de ese núcleo ajeno a la crítica que se instala en las bibliotecas de buenos lectores pero que no hay que reivindicar en voz muy alta, no se vaya a enterar el susodicho vecino (que lee, por otro lado, a Stephen King y sólo lo admite a regañadientes). Pero Justo lo escribió con todas las letras y por eso lo traigo aquí ahora: simplemente porque ya ha demostrado ser un riguroso lector (Conrad, Eça de Queiroz, Auster, Marías...) es que podemos aceptar, y reconocer además con agrado y empatía, sus debilidades.

Mi relación con Prada fue sucumbiendo con el tiempo: si Coños o El silencio del Patinador apuntaban a un escritor exigente y fuera de las modas que entonces abundaban entre la narrativa joven (los Mañas y los Maestre que pudimos habernos ahorrado: quizá sólo Loriga mantuvo el tipo), e incluso con Las máscaras del héroe obtuvo el beneplácito de próceres extravagantes, ya a partir de La tempestad comienza a nacer el Prada cansino y se entierra al autor inquieto. No está de más, ya que Justo no lo explica, recordar el copypast de frases textuales del texto “Venecia, un interior” de Javier Marías, publicado en Pasiones pasadas, y que yo me entretuve en corroborar y señalar con lápiz en mi edición de La tempestad.

Aunque Las esquinas del aire sea un experimento arriesgado y por ello ya encomiable, el resultado es un perezoso pastiche de hagiografía y mermelada, impregnado de esa frase rococó tan del gusto de Prada. No dudo que su adjetivación está por encima de muchos estudiantes recién salidos de la facultad, pero creo que es la pose (sobre todo la pose) lo que me obliga a distanciarme del protegido de Gimferrer.

Viendo su evolución retrospectivamente, no puedo dejar de pensar que Prada fue en el fondo un buen producto de la factoría ABC, que necesitaba urgentemente una nueva pluma para sustituir a los ya convalecientes y después fallecidos Cela y Capmany. Sólo fue necesario un Planeta (la derecha española, con Lara a la cabeza, siempre dispuesta para el sacrificio) y el entorno hizo el resto. Pero no deja de sorprender la continuidad de galardones (Primavera, Biblioteca Breve), aun sabiendo cómo funciona lo de los premios en este país, y uno no puede nunca dejar de preguntarse si no será que todos esos autores malditos en el fondo nos acechan y nos atraen, como Ed Woods cualesquiera, para caer en sus brazos y volver a ser, por un rato, eternos adolescentes.

Pero el colmo para mi aguante ha sido el insensato tono de beatería que ha llenado sus columnas abecedarias en los últimos tiempos, y que como muestra pueden degustarse aquí (el exceso puede producir indigestión). Frases como "la comisión a mansalva de abortos es un crimen abyecto" o "el Papa Wojtyla nos demuestra que existe dentro de nosotros un yacimiento de inexpugnable entereza" me demuestran cuán necesario sigue siendo un Dawkins que nos guíe ante tanta palabrería hueca.

Es por todo ello que invito a Justo a que nos haga partícipes en su blog de la lectura de El séptimo velo para saber si su velo ya se le cayó definitivamente o todavía nuestro querido maldito podrá seguir siendo un escritor furtivamente admirado.

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A esto, en Nicaragua, le llaman libertad de prensa.


miércoles, 13 de junio de 2007

Regreso a la literatura norteamericana

Debo provenir de toda una generación de personas a las que tres simples letras unidas y en mayúsculas (USA) eriza los pelos de sus cuerpos y provoca retortijones en todos sus estómagos. No me he sentido jamás solo en mis desamores y he compartido los odios fraternalmente, y además lo asumo sin dificultad: es parte de mi ser y no abjuraré jamás de los yanquees go home proferidos a voz en grito por las calles de Barcelona, fuera cual fuera el motivo. Crecí odiando todo lo que tuviera algún tufo americanizante y todo iba a parar al final al mismo container: el envoltorio grasiento de la hamburguesa McDonalds, la foto de Reagan y sus misiles, la casita de clase media con perro y garaje, la niña malcriada que esparce los Kellog’s por el suelo, las películas para adolescentes descerebrados. Aún hoy no he pisado jamás territorio norteamericano, ya que nunca he salido del aeropuerto de Miami (en cambio, de Florida para abajo he gastado mucha suela de zapato y mucha llanta neumática).

Pero ya en aquella etapa más crítica vivía con mis contradicciones sin apenas inmutarme: no hay día que no vistiera unos jeans, escuchara a Dylan, revisara westerns por televisión o leyera, pongamos, a Bret Easton Ellis. Nada impedía que yo siguiera detestando el american way of life y que al mismo tiempo gozara sin gozarlo (sin presumir de ello) de cualquiera de sus productos escogidos.

Hoy, tantos años después, quedan los estertores de esos tiempos y algunas actitudes ya muy poco razonadas pero tan firmes como siempre, aunque ya algo matizadas y convenientemente justificadas. “No, yo contra el pueblo nada de nada, sólo contra el gobierno americano”, y sigo mi camino tan campante.

Pero literariamente, y ahí voy, algo se resquebraja en mis convicciones. De un tiempo a esta parte mi interés va girando poco a poco hacia una estética y unos nombres que provienen de las tierras enemigas y que, clandestinamente, voy cultivando como quien poda bonsáis. De vez en cuando es muy gráfico pararse y ver por dónde han caminado los intereses propios: siempre atento a la literatura castellana o catalana, muy inclinado a partir de los 90 a todo lo latinoamericano, amante y esposo de la literatura británica y de la generación Granta, con leves infidelidades hacia lo francés (ay, las femmes fatales), picoteando de literaturas lejanas (Pavic, Oé, Mahfuz, Coetzee) y poco más. Los acercamientos a Estados Unidos fueron muy puntuales y pidiendo perdón de rodillas: el susodicho Easton Ellis, Wolf, Roth, y otras lecturas tangenciales.

Y no es hasta ahora mismo (suenen los claros clarines) que manifiesto con solemnidad (Yo, JacoboDeza...) que, por lo que a la literatura se refiere, acepto con agrado el legado de numerosos autores norteamericanos y que de manera definitiva adopto como lector las corrientes que de allá vienen. Llegó la hora de la aceptación, de que no puedo orillar por más años lo que desde allí se escribe y de que ese submundo literario (uf, DeLillo, Updike, y más Roth, por poner tres columnas corintias) debe formar parte sin más de mi bagaje cultural. O sea, de mi placer absoluto como lector despierto.

Voy a seguir renegando de otras cuestiones gringas, y tampoco tengo ninguna intención por el momento de poner pie en tierra tejana o neoyorquina, pero la literatura es la literatura. Según voy comprobando a través de blogs amigos o de críticos atinados, algo se mueve por esas latitudes y no voy a ser yo quien me impida a mí mismo comprobarlo. Por lo pronto, acabo de recibir el nº de Granta destinado a los mejores narradores jóvenes norteamericanos, y en poco más de una semana me pongo a devorar el último libro de A.M. Homes.

Encima, acaban de otorgarle a Bob Dylan el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, con lo que se cierra el círculo. Una vez se lo hayan dado a Marías, haré campaña para que reciba el Nobel de literatura, y entonces (¡sin banderitas!) entonaré aquello de Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me / In the jingle jangle morning I'll come followin' you y aprenderemos a hablar, ahora sí, en inglés.

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Leo que Marsé, Mendoza, Vila-Matas y Cercas no estarán en Frankfurt: me parece lo más lógico, teniendo en cuenta que jamás nadie los invitó con deseo, sino más bien con la desgana del que se sabe obligado a poner en la lista del convite al familiar incómodo. Auguro un éxito rotundo a la delegación catalana, ahora que se han sacado de encima a los más leídos, más celebrados, más vendidos y más puñeteros literatos.

lunes, 11 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 2: La mujer de Huguenin

El cuento que da título al volumen es, ahora sí, un cuento de terror comme il faut: están todos los elementos necesarios para ser leído adecuadamente en noche oscura, fría y tormentosa, pero con las originalidades propias de este autor que seguimos descubriendo relato a relato. Veamos:

Ya desde un inicio nos sumergimos de nuevo en un contexto cultista que en esta ocasión aprieta sus garras alrededor de la mitología griega. Si en Vaila hallábamos citas bíblicas a cada paso (extraídas del Éxodo, principalmente), aquí el protagonista llega a la isla de Delos y todo se impregna del sabor clásico y arcaizante:

¡Ah, pero para mí sigue siendo –como lo era para ella- Delos, la Sagrada Isla, cuna de Apolo, hijo de Leto! (...) Veo los barcos que trasladan a los sagrados emisarios de Pan-Jonia”.

Después de recibir una onírica carta de un amigo que habita la isla y que requiere de su presencia, Huguenin se desplaza hasta allá como quien emprende un viaje iniciático hacia tierras ignotas que prometen alguna aventura singular. Es un recurso tan trillado como efectivo: no se trata de ninguna huida personal (conocemos tan poco todavía del narrador que no podemos avanzar una teoría así), y no puede ser considerado de otra forma que como una excusa literaria para enmarcar ya de entrada un escenario misterioso y extraño. No hace falta recurrir a obras ajenas para encontrar otro ejemplo, basta retroceder un cuento:

A resultas de este mensaje, emprendí viaje hacia el norte (...) con un mar encrespado y un cielo oscuro y amenazador. (...) Hizo una pausa para señalarme a barlovento por la proa una elevación de un gris más oscuro que, según me aseguró, era Vaila.” (Vaila)

De Londres a Delos es todo un viaje (...) Acabé de hecho desembarcando, una noche estrellada, en las arenas que bordean el puerto antaño renombrado de la isla.” (La mujer de Huguenin)

Este inicio, casi calcado en su intención, conduce hacia el encuentro con el amigo perdido, y en ambos casos también la conducta de éste suscita incertidumbre en el lector. Algo pasa, y ese algo indefinido es el juego que siempre ha usado la literatura de género, o el cine durante un siglo, para convencer. Pero falta un tercer elemento: viaje a tierras lejanas, reencuentro con un amigo demudado, y un espacio físico que acoja los hechos sobrenaturales que puedan venir a continuación. La casa misteriosa es fundamental para cerrar el círculo, pues revierte nuestro hogar plácido en un espacio hostil, alterando las normas de lo cotidiano y removiendo nuestras firmes convicciones: también hay espacios abiertos que han actuado en este sentido (pienso como adolescente cuando rememoro los maizales de Stephen King) pero las paredes y techos son un recurso infaltable para nuestra claustrofobia particular. En el caso que nos ocupa, la casa nos amenaza como laberinto:

La mansión era de tipo helénico, pero de planta en verdad disparatada: un desierto más que una vivienda, una casa griega que se multiplicaba en una serie de casas griegas, como objetos vistos a través de lentes angulares”.

Hay un tercer personaje que pronto aparece en el relato, pero como fantasma capaz de trastornar el normal acontecer de los hechos. Al mejor estilo de Poe (de nuevo Poe) la esposa muerta de Huguenin es un retrato inmenso de cuerpo entero (¿Era esta mujer, me pregunté, más bella de lo que pudo nunca serlo mortal alguna... o más repugnante?), y su influencia será decisiva en el viudo para el desarrollo del resto de la historia. El narrador interviene en ella como un voyeur estremecido, pero una decisión suya será el detonante para llegar hasta el desenlace del cuento, que ya no avanzo aquí.

Siendo Vaila una nouvelle más compleja y repleta de elementos accesorios, La mujer de Huguenin es un cuento cerrado y casi perfecto en la ejecución, muy al estilo clásico. Sigo asombrado por el nivel culto de ciertos pasajes, que obligan a otro aparato de notas denso para entender cada referencia mítica: Lamia, Ortigia, Sibila, Hipatia... Este Shiel no es sólo literatura de autobús, y merece la pena que sigamos la tarea con el resto del libro.

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Menos de una década: lo que Mailer dijo sobre la prudente distancia entre los hechos y su escritura ya ha sido oficialmente rota. Que el 11-S iba a tener sus efectos en la literatura posterior era una evidencia, pero me niego a pensar que la última novela de John Updike haya sido el detonante para abrir la veda, que para mí ya se inició, al menos, con Beigbeder (Windows on the world) y, claro, con McEwan (Sábado).

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El triángulo y sus eternos ecos.

viernes, 8 de junio de 2007

Los brazos caídos

Regreso de un breve periplo por tierra adentro y he aprovechado (entre muchas otras ocupaciones que me tienen al límite de la resistencia) para observar de cerca lo que Dawkins sugiere, o mejor instiga, desde su último libro. Qué mejor lugar para ello que esos recónditos parajes en los que, aparte de Dios, no hay mucha más gente que pueda descubrir alguna razón precisa para la existencia humana. El devenir de muchos de mis vecinos no es más que una dura tarea para la que ya parecen preparados desde siempre, como si la creación no hubiera tenido otro sentido que el de comer (mañana, tarde y noche) un huevo, gallopinto y un pedazo de queso.

En la parroquia veía los brazos de cada uno y se me iluminaba la mente: eran brazos, cómo decirlo, alicaídos, con poca prestancia, acaso sumisos. Es curiosa esa fijación mía con los brazos, pero asocio ese par de extremidades al esfuerzo y al trabajo, al ejercicio y la gimnasia, a la escritura y al pincel en mano. Yo miraba fijamente esos brazos dimitidos y no podía ver nada más: lo extraordinario es que dimitían al verse rodeados de imágenes y cirios y ya regresaban a sus casas sin serles devueltos el tono, la rabia, el puñetazo sobre la mesa.

Esta actitud me interesa mucho, y por eso leo ahora a Dawkins, y por eso estoy terminando un largo artículo muy incorrecto que quizá no encuentre editor por ningún lado y acabe colgado en el blog, quién sabe. Recién he terminado los capítulos 2 y 3 de El espejismo de Dios y añado a lo ya dicho estas breves consideraciones (el sueño pesa pero les debo unas palabras):

1. El tono sigue siendo el mismo, a veces demasiado insistente y siempre con la certeza de que aquello que explica es tan evidente que no hay lector que no lo pueda apreciar de un vistazo. Este posicionamiento da que pensar: barrer a escobazos a todos los que han intentado demostrar la existencia de Dios desde distintos puntos de vista (algunos, ciertamente, desde puntos que dan algo de vértigo) sólo suscita la conmiseración del que perdona las faltas. Yo se las perdono a Dawkins, pero admitiendo que esas faltas esconden el esfuerzo por deconstruir cada argumento y ofrecer alternativas. Demasiadas veces se repite una sentencia del tipo "bueno, esto es tan evidente que ya no requiere decir más", o "este argumento es tan desquiciante que no voy a hablar de él" (¡pero mientras escribía esto ya lo sacó a relucir!).

2. El desorden del capítulo 2 tiene una correlación perfecta con la estructurada exposición del capítulo 3: la hipótesis de Dios obliga al autor a un ir y venir por una infinidad de citas, alusiones y experiencias de todo tipo, de la que el lector sale un poco alterado. Sin embargo, el tercer capítulo expone diversos intentos por demostrar la existencia de un ser sobrenatural, todos fallidos y que aportan poco al debate final. Pero esa es la conclusión rápida de Dawkins, no la mía, que debo ser menos dado a las evidencias y cualquier dato me merece una reflexión, incluso aquél expuesto por un personaje que midió las posibilidades de Dios en un 67%. No me negarán que un intento así, literariamente, es de una riqueza extrema, por mucho que desde la ciencia sea aplastado como quien pone un zapato sobre un escarabajo.

3. Tampoco el chascarrillo continuo da muestras de nada, incluso creo que tampoco sirve para ratificar el sentido del humor de Dawkins. Quizá las ironías que hay en casi cada párrafo ayuden al propósito del autor, que no es otro que descalificar cualquier intento de justificación de Dios, pero de nuevo no aportan argumentos para defender la tesis contraria. Pero hay esperanzas, y sería yo el falsario si no lo dijera: los siguientes capítulos servirán para exponer, según avanza en muchas ocasiones, sus postulados.

Recuperado, y con el sueño ya expulsado, volveremos a nuestro nivel habitual.

viernes, 1 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 1: Vaila

Entre las tareas pendientes estaba sin duda la inmersión en la biblioteca del Reino de Redonda, que ya pasa de la docena de títulos y que voy coleccionando con disciplina para ir preparando desde ahora mis lecturas de senectud. Pero antes de que las arrugas hagan mella en mi cuerpo decidí iniciar ya la ruta con el primer volumen, este La mujer de Huguenin del que iré comentando sus relatos uno por uno en sucesivas semanas.


Al encararme con una nueva editorial (por mucho que el Rey Xavier I diga que no, que esto es sólo una recopilación de papeles reales y no una empresa) hay que hablar de los alrededores: de las tapas, de las hojas, de la tinta. El oficio de editor me gusta casi tanto como el de escritor, y además de escritor, editor y crítico frustrado también soy un imposible lector de editoriales. Perdón por el excurso, pero siempre me ha parecido asombroso que existan personas que se dedican a leer para ciertos sellos y que su juicio sea decisivo para conformar catálogos. ¡Eso quería ser yo de pequeño, y no astronauta!

La colección regresa a la tapa dura, y utilizo el verbo en pasado porque uno tiene la sensación de que ese tipo de encuadernación pertenece a una época remota, previa a la mercantilización de la letra escrita. Me gusta el minimalismo de la portada pese a la idea de cambiar de color en cada volumen, lo que convierte la estantería en un arco iris muy a lo sixties. Y las hojas, peligrosamente sutiles, hacen que la tinta aparezca casi en relieve, como quien lee en braille. Lástima que se atenga también a esa moda horrible (que Acantilado adoptó, pero jamás Anagrama) de situar los índices al inicio y no al final del libro: ¡yo no quiero saber de antemano qué albergan sus páginas, ni la longitud de cada cuento, ni si hay apéndices al final, hasta llegar a ellos! [no hagan caso a este bibliófilo irredento].

El primer cuento, Vaila, es de hecho casi una nouvelle presentada como la obra más conseguida de M.P Shiell (Lovecraft dijo de ella que era su "indudable obra maestra") y donde podemos apreciar las constantes del autor, quien fuera primer Rey de Redonda. Se trata de una historia fantástica que bordea a ratos el terror, narrada a partir de una prosa barroca perfectamente a tono con el contenido del relato. Creo que la traducción de Antonio Iriarte (quien acaba de traducir en la misma editorial a Vernon Lee) es un pequeño prodigio de concisión y de apego a la voluntad de Shiell, y he saboreado un vocabulario algo añejo que no frecuentaba últimamente. Además el libro cuenta con un aparato de notas muy completo que aporta luz a las numerosas citas textuales del autor.

Hay dos referentes que yo remarcaría para desentrañar el origen de esta literatura, el primero es evidente y el segundo lo apunto como sorpresa personal. No hay duda de que Edgar Allan Poe es un fantasma que sobrevuela cada párrafo del cuento y que su presencia se nota en cada rechinar de puerta. Pero sobre todo hay un Poe que es referente casi exacto (sin que ello suponga copia de nada, sólo hablo de conexión tangencial) y es el que encontramos en La caída de la casa Usher. No hace falta ni haber leído el cuento, basta con recordar a Vincent Price escuchando el crujir de la madera de la vieja mansión y sabremos que este personaje deambula también por la surreal estancia que es a su vez casi único espacio de la historia. Me niego a aceptar, como dicen algunos cánones, que estos espacios casi vivos puedan considerarse personajes de la obra: sólo son espacios, pero su fuerza radica en que condicionan las vidas de cuantos moran en ellos y el relato avanza en función de sus paredes y muros. Si la casa Usher se resquebrajaba al mismo tiempo que aumentaba la insania de su propietario, la mansión de Vaila tiene sus días contados a causa también de una loca mente humana, y no voy aquí a explicar qué extraño mecanismo ocasiona el desplome.

El segundo referente, más sorpendente como digo, es el de Bernhard (que tiene, por cierto, una triste entrada en la Wikpiedia española: que alguien repare el daño), y no por el argumento en este caso sino por el mecanismo de relojería que hace que esta prosa y la suya puedan ser consideradas "prosas enfermizas". Recuerdo, por ejemplo, cómo en Helada un estudiante de medicina llegaba a una lejana aldea para seguir de cerca a un viejo pintor desquiciado, y cómo mostraba su azoramiento ante la evidencia de estar ante una mente complejísima. Nuestro protagonista también va ahora en pos de otro personaje que tanto por sus palabras como por sus reacciones pertenece al submundo bernhardiano, y me da igual si Shiell leyó o no a Bernhard: el hermetismo de Harfager me recuerda profundamente al de ese pintor, aunque la brevedad del género no ayuda en este caso a profundizar demasiado en el perfil.

Lo más interesante de Vaila radica en todo lo que aporta a la literatura fantástica, que no siendo aspectos muy novedosos sí dejan entrever un claro dominio de las reglas clave: la llegada del protagonista a una tierra ignota (¡ay, cuántos Piñols perdimos por el camino!), los entes fantasmales que pululan por el lugar (Lady Swertha, Aith), el decorado tenebroso, un misterio de fondo que no se resolverá hasta las últimas páginas, y un protagonista que mira este mundo con ojos de perplejidad, que son los del lector. También sorprenden los guiños intelectuales mediante palabras extranjeras no traducidas y las citas literarias o bíblicas que contiene, dándole al conjunto un aire de relato culto y alejándolo de la consideración de este género como literatura popular.

Javier Marías se vio en la obligación (léase esto como un simple juego literario) de difundir la obra de Shiell, y qué mejor que editar algunos de sus textos. Hubiera podido pasar que la calidad de este Rey no diera para sacar sus obras a la luz, pero no es el caso. Lo extraño es que hasta ahora hayamos tenido la oportunidad de conocer a este interesante autor ya elogiado por H.G. Wells o Hammet, de quien profundizaremos tras la lectura de los siguiente cuentos.

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Anda, los donuts!