jueves, 9 de agosto de 2007

De Tintín a Cardenal

Deben ser las cosas de agosto. Creo que las llaman serpientes: noticias que se cuelan en los periódicos en temporada baja, cuando los protagonistas del mundo deciden hacer una parada (ya en Marivent, ya en Oropesa) y dejan el devenir de los días en manos de aficionados durante tres o cuatro semanas. ¡Y eso que en Nicaragua, por no decir América, no hay vacaciones en estas fechas! Pero el contagio es global, y este dengue melancólico del periodismo se cuela en cualquier periódico al uso.

Acabo de leer en un par de días dos textos (una columna de opinión y un breve artículo) que responden a esta lógica, aun cuando sus autores o actores interesados crean que lo hacen todo muy en serio, ya sea escribir o actuar. El relumbrón del foco les destaca por unos instantes agostinos, antes de que septiembre vuelva a colocar a cada cual en su lugar de origen, o sea en el más completo anonimato.

Explicaba un artículo leído en El País el pasado día 9 que un tal Mbutu Mondondo (lo exótico como atracción inmisericorde, el binomio calor-trópico como gastado recurso veraniego) ha demandado a la sociedad que posee los derechos de Hergé por un libro. Se trata del cómic Tintín en el Congo, ahora fuente del más incorrecto racismo y por tanto merecedor de ser quemado en la hoguera. Ciertamente, no voy a ser yo el que niegue que desde un punto de vista de corrección política, Tintín en el Congo pertenece a una visión colonialista de la invasión belga de ese país, y las frases pronunciadas por los negros allí dibujados o por el propio perro de Tintín ("Venga, pandilla de perezosos, a trabajar") describen el pensar de determinado sector social europeo de aquella época. Hasta aquí nada que objetar.

Pero resulta, una vez más, que el acusador ha pasado por alto una leve circunstancia que altera de manera absoluta sus planes, a no ser que tenga la suerte de toparse con un juez como el del caso Benítez-Gámez, que vive en una realidad virtual: Mbutu no ha querido enterarse de que Tintín en el Congo es una obra de ficción, y de que extrapolar las palabras de Milú al propio Hergé (o sea, que lo que dijo el perro es lo que piensa el autor y de rebote todo Moulinsart entero) es un ejercicio vacuo y sin sentido alguno. Pero es lo que piensan muchos malos lectores: que el autor es un trasunto de los protagonistas de sus obras o viceversa (aquí el orden de los factores ya no altera el resultado), y que los escritores pueden ser acusados por lo que dijeron o hicieron sus personajes.

Es inaudito que a estas alturas todavía haya que recordar reglas elementales de la narratividad. Yo crecí, como tantos, leyendo tintines, y creo que no me he convertido en ningún colonizador, por mucho que resida en una antigua colonia española: y es que si uno empieza a leer desde muy joven va captando que el mundo de los libros es uno, y que el mundo de los Mbutu es otro bien distinto, y que así como cerramos un volumen y a otra cosa mariposa, Mbutu debería darse al oficio contrario: volver a abrir el libro y olvidarse, sólo por esos instantes, de que hay negros que, esos sí, sufren la abominable persecución en el mundo real por ser como son.

La otra información leída, ahora una columna de opinión, se publicó en el diario nicaragüense La Prensa el día 7. Un tal Lacayo arremete contra la candidatura a Premio Nobel del escritor Ernesto Cardenal, presentada como rigen los cánones por la Academia de la Lengua del país y con el auspicio de otros destacados poetas y narradores. Es agosto, y sólo por este motivo me permito transcribir aquí debajo la evacuación de palabras que un tal señor se permite en un día soleado (y de otros que le ceden espacio para ello):

"Cardenal no merece el Premio Nóbel de Literatura. Su obra no ha sido para beneficio de la humanidad. Este vano poeta merece la condena perpetua de colgar en su cuello la imagen de la amonestación que recibió del Santo Papa Juan Pablo II, por mezclar la religión con la inhumana y genocida revolución sandinista."

Más allá de la unanimidad que suele congregar toda candidatura en un país (yo me alegré por Cela, aun cuando mi apuesta siempre hubiera sido por Torrente-Ballester), es exigible un mínimo de coherencia a quien reclama que un autor no sea premiado por su obra. Lacayo juzaga a Cardenal por su vida, por su militancia, por su cristianismo, pero es incapaz de aportar un solo dato para que el corpus poético de Cardenal pueda ser tildado de vano. Pero resulta que el Nóbel de literatura premia la obra del autor, y es posible y me temo que lo que a Lacayo le subleva es que a Cardenal no le hayan nobelizado para el de la Paz: entonces sí sus vanas palabras adquirirían todo su sentido aunque no las compartiésemos. Dice: "Lo que se debe de condenar es su perversión como cristiano y como político." Es la misma perversión de los articulistas que opinan sobre lo que no conocen.

5 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

En México sí hay vacaciones en estas fechas, querido Jacobo, quince deliciosos días, ya el lunes inician las labores de nuevo, aunque las escuelas privadas -primarias y secundarias- inician hasta el 20.

¿Sabes? a veces pienso que esto de Tintín en el Congo, así como que apresaron a un niño francés por traducir Harry Potter y cosas semejantes, son pagadas por las mismas editoriales. Nada como la publicidad y más en temporada baja, las "serpientes". Pero bueno, quizá sólo es mi mente suspicaz.

Un abrazo.

Alberto Chimal dijo...

Buenos días y felicidades por la bitácora...

Provengan de donde provengan, me parece que campañas como las de Lacayo y Mondondo son en cierto modo ejemplos de la busca de una especie de fama satelital, subalterna, dependiente por entero de la fama de otros. Algo es mejor que nada, dirán tal vez, y la época exige la adoración de la fama, de cualquier fama.

Un saludo y suerte.

JacoboDeza dijo...

¡Quince días de vacaciones! ¡Qué son esos, comparados con los casi tres meses de asueto total de los niños españoles!

Gracias, Magda, por tu aporte: debe ser cierto. Ahora que hay que llenar páginas y son pocos los actores disponibles, la publicidad entra de soslayo sin que los periodistas de turno se enteren, y así se cuelan tintines, potters y otros personajes que ya venden por sí mismos. Creo que fue Sánchez Ferlosio (pero quizá me equivoco) quien dijo que sólo iba a creer lo que dice un periódico cuando éste tuviera 37 páginas y media: es curioso cómo siempre hacen coincidir la paginación con múltiplos de cuatro, incluso en agosto.

Y Alberto refuerza el tornillo: quién sería Lacayo sin Cardenal, Mbutu sin Hergé: por eso los segundos no necesitan responder, porque su obra habla por ellos.

Saludos

Apostillas literarias dijo...

Acá los niños no tienen 15 días, Jacobo, tienen de vacaciones poco más de dos meses. Los que tenemos 15 días somos nosotros, los adultos que trabajamos.

Muchos saludos.

JacoboDeza dijo...

Aclarado, Magda: en México, como en cualquier parte, lo que hay que hacer es regresar a la infancia.

Saludos