miércoles, 22 de abril de 2009

Del gran blog a la pequeña novela


No es fácil ponerse a criticar una novela de un autor a quien uno sigue con interés por su tarea bloguera. De hecho, debe ser la primera ocasión en que acometo algo parecido. Ya he dicho otras veces que Moleskine Literario, de Iván Thays, es uno de mis blogs de cabecera, y en las semanas en las que no he podido seguir la prensa general por internet, me sirve para ponerme al día y en pocos minutos de las novedades del mundillo literario. Hay autores que aparecen asiduamente y sobre quienes comparto mi interés con Iván, y hay ausencias ruidosas que también me satisfacen.

Lo difícil viene cuando uno lleva 100 páginas leídas de su última novela, Un lugar llamdo Oreja de Perro, y se ve en la difícil tesitura de proclamar sinceramente que no le gusta lo que está ahora mismo encima de la mesilla de noche. Se trata de un ejercicio algo doliente, un punto masoquista quizá, pero necesario para aquellos paseantes de La Senda que esperan mi sinceridad. Intentaré dar mis razones, aunque también estarán ahí agazapados mis estrictos gustos literarios, contra los que no hay argumentos que valgan porque son de lo más subjetivo.

Para entendernos rápidamente, recordaré mi dura crítica contra un Premio Herralde reciente, el de Alonso Cueto. Era esa una novela fallida, de pretensiones vanas y de párrafos cercanos a lo cursi, alguno de los cuales ya reproduje textualmente. Salí de ella sin un solo aprendizaje, por lo que no hay más recuerdo que el del tiempo perdido. Esta novela de ahora me retrotrae con enfermiza precisión a esa otra obra, pues las coincidencias son varias: más allá del origen del autor, la trama pretende también aprovechar un trasfondo de la historia reciente peruana como pretexo para insertar una deslavazada peregrinación de un personaje a una zona remota, y revisar así parte de sus desvelos interiores y fracasos vitales.

Pero poco a poco se va dibujando una historia a la que le pesa el mayor de los problemas de buena parte de la prosa actual: no interesa lo que le pueda suceder al personaje narrador. Aunque su llegada a Oreja de Perro promete un asfixiante contacto entre el mundo urbano y el rural, lo que encontramos es una vacua ida y venida del albergue a un cafetín y viceversa, con alguna parada en algún banco roto de la plaza. La estancia en el lugar es de un aburrimiento fatal para el personaje, y el aburrimiento se traslada inevitablemente al lector. Sábanas sucias, perros flacos, viejas con joroba, suelos de tierra. Sí, ya conocemos todas las Orejas de Perro posibles del mundo, pero sin experiencias vitales memorables, la novela transita por un desierto del que no se adivina su fin.

Alguno de los personajes secundarios parece recortado en tijera gruesa. Así, Jazmín aterriza directamente en la cama y en diez páginas pasa a ser una obsesión del protagonista:

Me intriga. Me cansa. Me deja perplejo. (...) Nunca he conocido a una mujer como ella. No estoy preparado para Jazmín.
Te voy a dejar ir, Jazmín, pienso. Te voy a perder.

Pero el lector no ha tenido ni tiempo de asumirla, de construirle un lugar en la historia, de otorgarle un rol discernible entre los otros personajes que pululan alrededor (uno de ellos, Tomás, la persigue inútilmente y lo que podría ser un misterio a resolver se convierte en una sombra difusa, un ser irrelevante.) El fotógrafo Scamarone es un cliché del bebedor compulsivo y hablador nato que poco más puede ofrecer para salvar al elenco.

Hay bifurcaciones en algunas páginas, como la entrevista que le hace el narrador a un hombre que perdió la memoria tras un accidente, que quedan sumergidas como piedras en una pecera, sin más aliento que el de ser decorado en el fondo de la trama. (Por cierto: en la primera línea de la novela se dice que murió uno de sus hijos y en las páginas 49 y 50 son dos los fallecidos.)

Un par de cosas son las que sobresalen por encima del tedio: la evocación de Mónica, ya casi ex-esposa, como el personaje mejor construido de la trama (hay alma en esa mujer, un claro eco de vida), y un estilo sugerente de frase telegráfica y párrafos mínimos, muchas veces de una sola línea, que conforman una manera propia de concebir la escritura, sin florituras y con gran inmediatez formal.

Puede que el resto del libro tenga algún requiebro que me devuelva el interés por lo que pueda ocurrir o lo que pueda llegar a pensar el narrador, y le voy a dar la oportunidad: otros abandonarían aquí el camino, así que el problema ya es doloroso con un centenar de páginas leídas. Más doloroso para los que seguiremos con afán los destellos del Moleskine, pura celebración de la palabra al lado de esta novela que ha logrado despertar en mí muy pocas ilusiones. Y la expectativa era grande, para qué negarlo.
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La nueva editorial Duomo llega con la excelente noticia de la publicación (una vez más!) de la edición española de Granta. Detrás está Valeria Miles, que siempre creyó en el proyecto, ya sea en Emecé o en Alfaguara. Para el próximo año se anuncia la versión iberoamericana de los mejores escritores jóvenes de la década, lo cual es es otro motivo de júbilo.
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¿Por qué no te callas? O mejor: ¿Por qué lees estas pendejadas anacrónicas?

martes, 14 de abril de 2009

La entrometida ficción

Releo con interés unos párrafos que Justo Serna escribió recientemente, acerca de uno de los temas con el que más me gusta naufragar: la relación entre novela e historia, entre realidad y ficción. Lejanos quedan ya los estrambotes que sobre la novela más vendida de Javier Cercas se hicieron a diestra y siniestra. No era para menos: todavía hay gente buscando a Miralles en Dijon.

Es por eso que la aparición del nuevo libro de Cercas ha llamado muchísimo mi atención. De manera esepcial, la supuesta idea inicial de la escritura y el resultado final plasmado en sus páginas ya a la venta. Lo que se fraguó como una novela más, acabó siendo un ensayo sobre el 23-F, pero como no he leído el prólogo (en el que el autor abunda sobre este hecho, o sea, la elección de un género para una historia real) no puedo todavía hacer afirmaciones tajantes. Copio, en todo caso, este párrafo de Serna:

Estoy leyendo a Javier Cercas: en su Anatomía de un instante (2009) –que dedica al 23-F– se plantea estas mismas cosas en su reflexión inicial y, desde luego, aborda qué tipo de libro está escribiendo, a qué género adscribirlo: si una crónica o una novela, si un relato real o una narración con su parte imaginaria. Cercas se pregunta cuál es la fórmula que adopta: cuál es el relato que prefiere para contarnos hechos reales.

Estamos ante una cuerda de funambulismo extremo. Repito que no he leído el libro, pero el sólo hecho de plantearse la posibilidad de escribir sobre un momento histórico y servirse del formato novela para ello, es toda una declaración de principios. Para apreciar mejor el salto mortal, el masaje de Jordi Gracia en Babelia desvela parte del entarimado:

Era una novela sobre hechos reales y en la novela la ficción se mueve con límites, sí, pero se mueve muy a sus anchas porque para eso es una ficción: inventaba un personaje medio espía medio testigo que fabricaba su relato del golpe de 1981 y las razones del golpe. Pero no valía: funcionaba, por supuesto que funcionaba, pero ni satisfacía la genuina exigencia de encajar una historia en una forma literaria única e insustituible, en la que nada sobre ni falte (...) ni cumplía con los deberes de la historia con la plenitud del buen historiador.

¡Ah, la cruda realidad! El autor intenta crear una ficción a partir del 23-F, pero en el camino se da cuenta de la contradicción abismal en la que está cayendo. El personaje que podría servir de nexo entre verdad y mentira se vuelve hueco, por lo que hay que abandonar el empeño y ponerse el traje de historiador. También Serna recuerda bien las duras pullas de Arcadi Espada contra Soldados de Salamina, al hilo del mismo asunto.

Yo no soy taxativo en esto, porque ni soy periodista ni entiendo los géneros como cotos cerrados. ¿No quedamos en que la renovación de la novela del cambio de siglo vendría por los quebrantamientos entre realidad y ficción? Sebald, Marías, Roth... Pero la reflexión in progress de Cercas, mientras va recopilando datos y viendo vídeos de Tejero en el Congreso, es un buen síntoma de los límites de la escritura: la reflexión que quiere hacer sobre la realidad, o sobre alguno de sus protagonistas (Suárez, Gutiérrez Mellado, Carrillo) es tan sustanciosa que la ficción acaba siendo una impostura cursi en toda esta historia. No le cabe a Cercas el formato novela, porque la trama está tan insertada en nuestra conciencia (¡Se sienten, coño!) que ya tiene a los héroes que quería en los mismísimos escaños.

Me niego por ahora a decir más, porque me obligo a mí mismo a leer el libro, siempre y cuando me decida a pagar el transporte aéreo del paquete que me toca pedir a Laie. ¡Maldita realidad!

sábado, 4 de abril de 2009

No escribir

Dice García Márquez, por boca de la todopoderosa Balcells y de su reciente biógrafo, que ya no escribirá más. No escribir más: qué gran tema literario en sí mismo. No hace falta recordar cómo Vila-Matas ha convertido este asunto en una de sus constantes, pero de eso ya he escrito aquí y otros todavía lo han hecho mejor que yo. Viene al caso esta noticia porque, sin que uno se lo proponga, a veces deja de escribir por cualquier causa razonable y eso se convierte en un tema central. El silencio.

Pero de todo ello quizá lo que más me asombra sea la capacidad de un creador para decidir poner fin a su obra, cosa que no sucede muy a menudo. Todavía tengo los ecos en mi cabeza de los fotogramas de El gran Torino, esa enorme película (más enorme para los que hemos seguido fatalmente la trayectoria de Eastwood) en la que el protagonista se despide de su faceta actoral. Un punto final memorable, construido a medida como un testamento notarial: así fui, así quiero que me recuerden.

La edad, claro, es una perfecta excusa para echar el cerrojo: antes de que me vea impedido a seguir escribiendo, decido cerrar mi trayectoria, se dice. Sólo falta añadir con broche de oro para rubricar el lugar común. Pero en esta decisión hay algo que me escama fuertemente, ya que si la obra de cualquier individuo no fue pensada desde un inicio como un todo cerrado (como un proyecto coherente), el fin aparece como una decisión apegada a la estricta fatuidad del cuerpo humano. ¿Acaso quería Cela morirse justo al publicar Madera de boj, que ahora parece que compendia de manera exacta su corpus literario?

En el caso del colombiano, me temo que todo sea debido una vez más a la inmediatez de lo inevitable, aunque sólo Balcells haya apuntado certeramente al drama del asunto: ¡sólo este cliente supone el 36,2% de la facturación de la agencia! No escribir ya no es un asunto moral, sino estrictamente comercial.

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Era previsible: qué mejor que un Angrama de ensayo (ni que sea el finalista) para encumbrar a los cielos la postpoesía. La incapacidad de la lírica española actual para abordar la sociedad contemporánea: soy precisamente de los que cree que el día en que todo el mundo lea poesía, ¡pobre poesía!

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Una manera como otra de ordenar una biblioteca (cortesía de J.A. Montano)

sábado, 14 de marzo de 2009

Nancites 17

Tiempo de pecios: cuando las obligaciones no permiten la reflexión, toda escritura se torna un telegrama, una ristra de breves destellos, un árbol de nancites. A veces tengo la sensación de prometer más de lo que puedo ofrecer, y ahora es uno de esos momentos: viajando sin parar no hay lugar para más cosas que el simple ir y volver.

1. ¿He escrito alguna vez que soy un fan insufrible de Lost? Con unos pocos capítulos de la primera temporada tuve suficiente para entender que estaba ante cine del grande. Mejor: ante un guión de primera magnitud. Dejé al cabo de poco tiempo la todavía más insufrible cadencia televisiva (me niego a estar cada martes a las 10 de la noche en el mismo lugar) y me pasé a la colección de DVD. No he acabado la segunda temporada, ya que hay capítulos que he revisado varias veces y sigo a un ritmo de molusco. Es por eso que me niego a leer todo lo referente a Lost, no vaya alguien a desvelarme secretos clave antes de tiempo, con una sola excepción: los posts de Portnoy sobre los libros que aparecen en la serie. Saber qué leen Jack, Sawyer o Ben es una experiencia apta únicamente para los muy mitómanos, pero este tipo de desvelos son los que hacen más intensa la comunión entre adeptos. Además, yo no creo que el futuro final vaya a decepcionarme: estas series están creadas para postergar el fin hasta que el cuerpo aguante, o sea, hasta que el negocio funcione. El disfrute aquí es la lógica de ir avanzando en un laberinto sabiendo que el espacio es finito y que todo llega a su término, pero la ruta ha sido el motivo mismo de la felicidad. Hasta me sorprendo a mí mismo postergando el visionado de decenas de capítulos: es la misma base de las novelas que releemos con placer conociendo de antemano los entresijos de la trama. Ergo los guionistas de Lost han creado un artefacto perdurable.

2. Sergio Ramírez acaba de publicar El cielo llora por mí, una incursión en el género más o menos detectivesco con clave de Caribe nicaragüense y narcotráfico. Iré a por él, claro, pero la noticia está en el viaje que le financia El País para que describa la miseria de Haití (isla de la que debo empaparme yo, por cierto, y si nada lo impide, el próximo verano). Todo comenzó con Vargas Llosa y su viaje al Congo, que llenó las páginas del suplemento dominical de hace pocas semanas. Sergio ya está preparando los bártulos para esta misión, mitad solidaria mitad publicitaria, que puede dar algún resultado de interés. Aunque nunca he sido partidario de la pobreza con famoso, no niego que espero con ganas cada capítulo de esta extraña serie.

3. ¿Puede el espíritu de un catálogo editorial resumirse en cinco títulos? Jorge Herralde cree que sí, o al menos aceptó el reto de Cuadernos para el Diálogo, e hizo el esfuerzo de minimalismo absoluto para concluir que estos cinco libros explican una trayectoria de 40 años:

-Detalles, de Hans Magnus Enzensberger
-Lolita, de Vladimir Nabokov
-Brooklyn Follies, de Paul Auster
-El héroe de las mansardas de Mansard, de Álvaro Pombo
-Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño

En estos ejercicios siempre se pueden hallar rastros significativos del apego a ciertos nombres, pero prima el aspecto más tangible del negocio: las cinco obras han sido éxitos notables de ventas o han signficado el despegue para autores de la casa. Más allá quedan las preguntas sensibles: ¿Son los exautores (Marías, verbigracia) potenciales integrantes de esa lista? (Nadie ha dicho que Pombo se haya ido para siempre). ¿La ausencia de todo miembro del British Dream Team es casual? ¿No era Anagrama la editorial del realismo sucio norteamericano por excelencia? Es por ello que mis cinco títulos, para explicarle a un marciano qué cosa es Anagrama, sería esta:

-Todas las almas, de Javier Marías
-El día de la independencia, de Richard Ford
-El Imperio, de Ryszard Kapuscinski
-El danubio, de Claudio Magris
-Expiación, de Ian McEwan

Tengo mis razones, tan arbitrarias como otras, pero el espíritu de lo que yo entiendo por eso sello está reflejado ahí, para bien y para mal.

4. Que Bolaño sigue muy vivo ya lo dije en un viejo post, La literatura resistente en Blanes. Pero que eso, aparte de un juego literario a partir de uno de sus libros, sea una verdad incontrovertible, ya es otro cantar. La entrada de Andrew Wylie en la puja por los derechos de autor de Bolaño ha acabado trayendo sorpresas, como la aparición de tres nuevas novelas: El Tercer Reich, Diorama y Los sinsabores del verdadero policía. Y por si eso fuera poco, también ha aparecido la continuación de 2666. ¡Cuánta abundancia! ¿Por qué Ignacio Echevarría nunca llegó a conocer esta producción inédita? Es fascinante comprobar que la inacabada historia de Bolaño se convierte en una de sus mejores novelas jamás escritas.

lunes, 23 de febrero de 2009

El retorno

Estaba volando el viernes en un avión tras otro y encadenaba también en mis lecturas varias relaciones poliédricas. Esas lecturas de vuelo son instantes muy irreales: el cansancio obliga al cabo de unas horas a pasar de libros vacuos a revistas no menos vacías, atendiendo solamente al dato anecdótico. Todo es vanidad, que diría Krahe. Estaba en esas, pues, y tenía en mis manos un texto de John Updike publicado en uno de los últimos números de National Geographic, un texto sobre Marte y la influencia marciana en nuestras vidas de hombres nacidos en el siglo XX. Pero ya iba conociendo en mi ordenador portátil el texto con el que se levantarían al cabo de pocas horas los españoles no expatriados, un homenaje de McEwan a Updike muy sutil. Y en un recorte de mi carpeta de hojas sueltas traía la noticia del paradero de Rushdie tras la fatwa: una casita de campo de McEwan en la montaña. Y asi sucesivamente, iba haciendo coincidir sin voluntad todo tipo de nexos entre autores y obras.

Esta irrealidad de los aviones me traslada a un viaje, que quizá ya dejé plasmado por aquí, en el que iba subiendo a un avión tras otro (siempre el mismo trayecto interrumpido) y en cada aeronave me regalaban un periódico de distinta fecha, hasta tres diferentes, por lo que las noticias se iban sucediendo mientras yo lo oteaba todo desde lo alto, como un observador lejano y ajeno a todo lo narrado por los periodistas. Hubo un crimen inexplicable en el primer diario, después se desentrañaban líneas de investigación en el segundo, y al pasar por el finger del último aeropuerto ya habían atrapado al asesino. ¡La vida transcurría sin mí sin necesidad de bajar al quiosco de la esquina a las 8 de la mañana para comprobarlo!

Debo añadir, para no dejar historias sin final, que pagué 50 euros por exceso de equipaje en el aeropuerto de Barcelona. Y es que el libro de Robert Fisk fue estratégicamente colocado en una maleta de dimensiones nada recomendables, aunque los culpables de la tasa también tienen otros nombres y apellidos: W.G. Sebald, Richmal Crompton (en edición del Reino de Redonda, cómo no), Joan Margarit, Iván Thays, y en mucha menor medida Jonathan Littell (llevé la sutil obra Estudis, editada en catalán por Jaume Vallcorba, para comprobar si hay vida más allá de Las benévolas).

De esta última estancia barcelonesa me quedo con la buena atención que hay en las tardes en la librería Documenta, con el feo guardia de seguridad que han puesto en la entrada de La Central del Raval (con lo que nos convierte a todos los clientes en hipotéticos hurtadores de libros), en la siempre buena selección de recomendados de Laie, y en la mentirosa crisis que se descubre al pasear, cualquier día a cualquier hora, por la FNAC de Plaza Catalunya. O por la de Callao en Madrid. Quizá la buena teoría, que he leído en alguna parte, es que todo el mundo se ha lanzado a por la distracción casera y ha aumentado el consumo de DVD y páginas escritas. Y no me olvido del metro, ese espacio de lectura incombustible, con sorprendentes resultados: una señora sacó una mañana del bolso un mamotreto descomunal, que depositó en sus muslos y fue devorando sin respiro. Me emocionó que alguien pueda cargar encima un par de quilos de hojas impresas y los exponga en lugar tan permeable, con evidente incomodidad física. Era Un mundo sin fin de Follet, pero mi emoción no se desgastó por ello.

Una recomendación final para los que no han retornado a ninguna parte: en el Carrer de la Palla, a escasos metros de la Catedral de Barcelona, hay una librería de viejo en la que pasé varias veces mirando el escaparate sin atreverme a entrar, quizá para no frustrar mi esperanza de que el librero fuera un extraño personaje de novela gótica entre miles de libros polvorientos, de gafas de culo de vaso y despeinado, de caminar encorvado y con dicción pastosa y algo delirante. Crucé el umbral al fin, y todos mis augurios se vieron cabalmente cumplidos. Un excelente librero gótico, gran hombre y gran reducto de historia en el centro de la ciudad.

domingo, 15 de febrero de 2009

Cuentos verdaderos que contar

Ahora que hace 200 años del nacimiento de medio mundo (Charles Darwin, Edgar Allan Poe, Abraham Lincoln, Mariano José de Larra, Gógol…) también he tenido mi pequeño espacio de recuperación de la memoria. Lo he llenado con el primero de la lista, muy influido por la lectura que un año atrás realicé del libro de Dawkins y alarmado por la ingente cantidad de individuos que todavía osan, sin sonrojo, poner en tela de juicio lo que la ciencia expone y ratifica durante años de investigación.

Creo que aprovecharé mis últimos días barceloneses para comprar uno de esos libros siempre postergados, que pasan por ser inevitables en cualquier biblioteca informada, pero que hasta llegar a los bicentenarios u otros fastos no encontramos la excusa propicia para dar el paso. Acaba de reeditarse El origen de las especies en una edición cuidada y no dejaré pasar el momento para completar mi estantería dedicada a la divulgación científica. Fue Umberto Eco quien, en un artículo que no conservo, propuso una lista de libros divulgativos que todo ser humano debería leer, no sólo para saber más, sino para regocijarse ante la capacidad de algunos científicos por exponer con claridad ideas complejas. La obra de Darwin estaba en la lista.

Mi interés particular por el evolucionismo se relaciona con mi convivencia, durante la mayor parte del año, con una sociedad profundamente religiosa y que basa su fe en un principio inmutable de creación divina. Diez meses al año teniendo como interlocutores a personas con estas ideas le influyen a uno, claro está, pero no para relajar mis convicciones sino para reafirmar la necesidad de difundir el papel que la ciencia tiene hoy en día. Es una cruzada laica pero nada furibunda. No niego que la lectura de Dawkins casi me obliga a predicar por las plazas la buena nueva de que Dios no existe, pero al final acabé por centrar el problema en un hecho básico: el convencimiento a través de la negación es un muro de granito, así que afronto el tema desde la necesidad de difundir verdades que basan su razón en la ciencia, en los experimentos, en la deducción demostrable.

Al caminar por pueblos y calles centroamericanas hay una imagen recurrente, y es la de una persona con un libro bajo el brazo o bien agarrado del lomo. La acotación necesaria, antes de que nadie considere la fortuna de tener un gran pueblo lector, es que ese libro siempre es el mismo. De hecho es El Libro. No es necesario acercarse y ver la cinta ineludible que pende de alguna página interior, para recuperar el versículo, y sus tapas casi siempre azules. Ante esta unanimidad, el resto de obras quedan relegadas a la diversión y entretenimiento meramente intelectuales, ya sea una novela o un ensayo sobre genética: el saber sólo puede estar en un libro, y el resto se usa para matar el tiempo (quien tenga dinero y capacidad de comprensión lectora).

Es por ello que toda teoría no demostrable físicamente y ante las narices de uno pasa a ser un relato de evasión. He escuchado y leído en foros de la región o en conversaciones privadas verdaderas alucinaciones sobre el acelerador de partículas o cualquier invento que todavía esté en proceso. Habrá sido igual en todas las épocas, con la diferencia de que ahora hay elementos mucho más al alcance para contrastar cualquier opinión de café. Me huelo que esta vorágine anticientífica se relaciona con las ventas millonarias de novelas que exponen las más desvariadas conspiraciones terrenales, todo un éxito en esta década. Y supongo que el cambio de milenio influyó decisivamente para que triunfe cualquier teoría del fin del mundo y de la especie.

Por lo tanto aquí estoy, a punto de entrar en la sección de ensayo de una librería, para entender no sólo la base de la teoría de Darwin, sino para intentar explicarla mejor a los demás. Como ocurre con los eternos contadores de cuentos, también es necesario aprender teorías para irlas esparciendo con claridad, sin necesidad de debates estériles que conducen a posturas intransigentes. Frente a la moda de los buses con frase, me apunto a la corriente de la digestión pausada, la mecedora de mimbre y el atardecer, y una voz que dice mientras se balancea arriba y abajo: ven y siéntate, quiero contarte una historia que comenzó hace muchos años...

jueves, 5 de febrero de 2009

El catálogo de arte

Madrid. Al visitante no deja de sorprenderle nunca la grandilocuencia de los edificios y las avenidas, alejadas de una escala humana que las haga transitables. Hoy he hecho una simple visita artística por el paseo del Prado, deteniéndome en cada edificio con exposiciones, y mis piernas sufren el embate del gigantismo. No hay distancia corta aquí, cada destino está más allá de todo lo demás. Si ya hacemos un paseo extra hacia el Retiro nos podemos dar por acabados.

En el Prado luce con esplendor la retrospectiva dedicada a Francis Bacon. Una maravilla, y perdonen el sustantivo tan limpio, pero es que en comparación con películas y libros recientes hay momentos que sobresalen sin necesidad de razones demasiado poderosas. Este paseo por la obra de Bacon cumple con lo que debería ser una buena exposición: entender una trayectoria vital a través de una muestra nada abigarrada (unos 60 cuadros), ofrecer las claves del pensamiento del autor, sus influencias más directas, y permitir la comparación con otros autores de la época. Después de dos horas uno sale sabiendo algo más, y eso bien merece desembolsar ocho euros.


Pero todavía hay algo más: después de este tipo de exposiciones no es fácil sustraerse a la tentación de adquirir el catálogo, que al fin y al cabo no es otra cosa que un buen recurso para complementar los ingresos que al museo le suponen las entradas. Creo que hay un porcentaje nada desestimable de visitantes que incluyen el libro en su visita, amén de otros más prudentes que se quedan con postales o pósters que reproducen algunos cuadros.

Nunca he sido un entusiasta de los catálogos de arte, aunque en mi detenida revisión de aquél comprobé que hay una buena cantidad de elementos que no aparecen en las salas, y aspectos muy necesarios para profundizar en las claves del autor de las que hablaba y que en un paseo de dos horas no pueden ser captados, o el espacio impide que puedan ser transmitidos. ¿Es realmente necesario comprar el catálogo cuando la exposición nos ha emocionado? ¿Leeremos con atención todos esos detalles en casa, una vez el efecto estético haya mermado en nuestro estado de ánimo? Es el temor que me asalta cuando la compra se hace por impulso, y en la compra de catálogos no veo que haya otra razón que ese fervor reverencial hacia un artista que nos ha procurado momentos estéticos de gran altura.

Bacon es inmenso, pero tener un volumen tan inmenso como él a 35 euros en mi estantería es otro cantar. En el Prado, como en el MNCARS, hay catálogos antiguos por doquier de otros artistas que me abruman como Tàpies, Barceló, Tintoretto, Velázquez, Goya... y nunca ha estado entre mis objetivos tener una pinacoteca impresa como sí la tengo de ensayos relacionados con la lingüística y la literatura, por ejemplo. Y es lo que ocurre con los libros relacionados con el cine o cualquiera de las artes plásticas: la belleza sutil de las impresiones fotográficas es inversamente proporcional al desmesurado tamaño que ocupan, y toda reproducción acaba siendo, en el mueble, sólo un vago recuerdo de un misterio que sólo se conoce en una butaca y frente a un escenario, o entre altas paredes y delante de un cuadro, o en una sala oscura y con una pantalla blanca ante los ojos. Entonces el catálogo termina siendo un epitafio obsceno cuando el encanto ya se ha perdido con los años, y sólo la memoria nos devuelve el instante mismo en el que sucumbimos ante el horror de un Inocencio X con el grito congelado.

Madrid. Simples divagaciones entre el infernal tráfico y la paz de un hostal en un quinto piso de la Carrera de San Jerónimo.

lunes, 2 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona Soledad Angustias Socorro

No acostumbro a escribir nada en este blog que no haga referencia, ya sea de manera directa o tangencial, a los libros. Sólo en muy contadas ocasiones, como esta vez, me permito unas palabras al margen para comentar algo que me urge poner por escrito y no hallo otro mejor lugar que este. Tómenlo como un paréntesis o un intermedio, o quizá también los blogs se nutren a veces de estos textos ubicuos y no sea tan raro el lance.

En todo caso, tampoco voy a alejarme mucho del arte porque quiero comentar una película. El sábado fui a ver, por fin, lo último de Woody Allen con extrema precaución, ya que había recibido por doquier críticas variopintas del film. Admiro bastante a este hombre y por ello todo desencanto es más profundo que el que pueda depararme una persona de quien no espero nada. Aun con sus altibajos, no hay película de la cual no haya sacado algún aspecto perdurable, a veces algunas frases sueltas y otras, algunos hallazgos estrictamente cinematográficos (ah, esa pelota y ese anillo de Match Point, quizá de una candidez excesiva pero al fin y al cabo de eso se nutre el cine, de metáforas y fotogramas perfectos que quedan en la retina para siempre. Qué otra cosa puede ser la roca que persigue a Indiana Jones en una cueva, en la primera parte de la saga, y que Cabrera Infante puso de portada en Cine o sardina: así, de pasada, ya hablo de libros).

Este último engendro titulado con tres nombres propios es un despropósito de principio a fin, que alcanza a cada una de sus partes: el mismo título imposible, la horrenda canción que se repite como una letanía a lo largo del metraje (un remix afrancesado de Los Manolos en plena epopeya olímpica), el sonrojante paisaje barcelonés remachado con los tópicos más gastados del turismo de masas, los diálogos vacíos en cada una de las escenas (oír a Bardem repitiendo eso de “en inglés, coño, habla en inglés” a Cruz durante varios minutos exaspera al más calmo de los espectadores), la nula química entre el cuarteto protagonista (que, en su descargo, debe hacer frente a un guión de supermercado), la risible insinuación nacionalista en todo el montaje (el máster en identidad catalana de Vicky es la sima más profunda del pastel)...

No hallo un solo elemento que pueda defender esta película, si no es que el mismo despropósito completo sea la razón para haber sido creada: como un experimento (¡experimentalismo!) para reírse del mal cine y de los malos guionistas (y de paso de Barcelona entera). En esa sesión había unos pocos espectadores que parecieron entender el desaguisado del mismo modo que yo, riendo no en los escasísimos momentos de supuesta comedia, sino en los momentos más hilarantes del quiero y no puedo: o sea, cuando hay que poner cara de circunstancias por indicación del guión.

Al final, no encuentro otro motivo para este film que la subvención. Dice el productor ejecutivo que perseguirá a Allen para que vuelva a hacer otra película en Barcelona, supongo que con más euros de por medio: al menos sabemos que seguramente será mejor que ésta, porque la lista de tópicos parece haberse agotado en este primer intento. Sin Ramblas, Sagrada Familia, Pedrera y Tibidabo, quizá haya posibilidades de que el cine se cuele por la cámara en una segunda ocasión.

Eso sí: si alguien puede ganar un Oscar por veinte minutos de papel de ex-novia histérica es que los milagros todavía existen, al menos para algunos.

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Un problema de peso: el día 20 tengo viaje hacia Managua y quiero meter en mi equipaje el inmenso libro de Robert Fisk, La gran guerra por la civilización, para ver si allí tengo el tiempo que me falta en Barcelona para sumergirme en él. Pero la física se interpone en mi camino, y estoy valorando si la mejor solución es

a) Meterlo en la maleta principal (a expensas de algún chorizo ibérico que ya no alcanzará)
b) Cargarlo en la mochila de mano (para sufrimiento de mi espalda)
c) Acarrearlo en una bolsa de plástico (como si fuera recién comprado en el aeropuerto)
d) Hacer un paquete postal y mandármelo a mí mismo

El viaje es con escalas y largas paradas. ¿Cuál sería tu elección, oh lector incansable?

miércoles, 28 de enero de 2009

Experimentalismos

Una breve provocación a rebufo del duelo



Una de las consecuencias de hacerse mayor es la sutil diferencia con la que nuestra piel reacciona ante distintos vocablos. Si cualquier léxico de palabras con vínculos sexuales obnubila en la adolescencia (y después, una vez puestas en práctica, acaban siendo vocabulario neutro), hay otro grupo que provoca emoción en la sangre púber y, con el tiempo y los años a cuestas, leo esos sustantivos con una prevención no exenta de repulsión. Uno de ellos es experimento y en especial sus derivados: experimentación y experimentalismo. ¡Uf, si ya es un sofoco el solo hecho de teclearlas!

La literatura no ha sido ninguna excepción entre las artes, muy dadas a experimentar, a veces con tino pero casi siempre con gaseosa. Nunca he visto claro que la ruptura, o sea el paso que dan algunos artistas y genios para crear obras que abren nuevas vías y tendencias (y que perduran), sea consecuencia de ninguna experimentación. Al menos conscientemente. Que un artista se siente ante un escritorio, abra el ordenador y el word, y ante una pantalla en blanco piense "voy a experimentar", puede ser motivo de gran alarma para mí. Por lo general, como sucede en la química, el 99% de estos ensayos acaban en fracaso. La gran diferencia estriba en que la química necesita la prueba-error para llegar al 1% final, pero los lectores no necesitamos de libros que son publicados y cuyo único destino final es el de llegar a ninguna parte.

Hubo una época en el siglo XX, fácilmente reconocible en las primeras décadas, muy apegada a la experimentación. Hoy, descontando puntualísimas excepciones, oteamos ese pasado con una sonrisa de perdonavidas, comprobando en qué ha quedado tanto verbo inflamado. Ya he dicho otras veces que ciertos autores siguen rebuscando en lo críptico para esconder la mediocridad. En pintura es muy fácil hallar al estafador: si antes del cuadro abstracto el artista no ha sido capaz de esbozar perfectos dibujos realistas en carboncillo, ya podemos poner la denuncia al 091. En literatura, y más en poesía que en ningún otro género, se puede disimular con mejor suerte (y la razón es la pésima educación literaria de la mayoría, para qué negarlo).

Pero de casi todo esto ya creo haber escrito. Si insisto es porque no atisbo experimentación ni en Bernhard (ah, un día me arrodillaré ante él en un post, no comprendo por qué no lo he hecho todavía), ni en Faulkner, ni en Borges, ni en Bolaño. Lo que yo capto en ellos es puro genio, que siempre antecede a todo intento artificial de ser experimentador: si crean arte puro, nuevo, más complejo que el anterior, es por su capacidad para entender a fondo los mecanismos del lenguaje literario. Un lenguaje que ellos hacen crecer sin invertir las reglas, con la misma materia prima que usaba Cervantes, afilando los puntos de vista, las imágenes, los tiempos narrativos, pero jamás escupiendo sobre ellos. ¡Parece increible que, tantos siglos después, Bolaño todavía pueda ser leído de izquierda a derecha y de arriba abajo! Ni falta hace decir que otros empezaron por quebrar esto, pusieron prefijos como meta o hiper delante de su producción y por ahí corren tan campantes, entre el vacío y la nada.

Por último: ¿es Vila-Matas un experimentador? ¿Él, un autor que se nutre de la literatura previa para crear algo distinto, que penetra sus caminos trillados, sus múltiples aristas, sus mecanismos más formales para desnudar el genio que ya existía ahí dentro, que indaga en el hecho mismo de escribir para hacernos estimar más si cabe lo ya escrito? Que experimenten los otros: yo me quedo con un clásico como este, no vaya a ser que vengan otros insufribles a instaurar el nuevo mundo.

[Coda: de hecho yo iba a escribir sobre la literatura británica y la experimentación, pero me he ido por las ramas: en todo caso, creo que con este post se puede intuir por donde iban a ir mis tiros en los párrafos jamás escritos]

lunes, 19 de enero de 2009

I'm british, pero no tanto

¡Fuego! (acaso sólo una primera bala)

Uno de los fenómenos más publicitados de los últimos años en literatura ha sido el de la generación Granta de 1983, formada entre otros por Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro y Salman Rushdie. Basta añadir algunos pocos nombres más, como Hanif Kureishi, John Banville o John Lanchester, para tener un conjunto de autores hoy tomados como un grupo homogéneo de intereses y estilos. Nada más falso, claro, pero la etiqueta de British dream team, acuñada en España por Jorge Herralde (y denostada ahora por McEwan, por cierto) ha sido un gancho de márketing extraordinadrio. El hecho de que la mayor parte de los autores estén traducidos en Anagrama ayuda a considerar que hay un nexo de unión, ni que sea al menos por el color amarillo de las portadas.

Pero aunque toda generalización sea injusta, es posible que exista un cierto tono común en muchas de estas novelas, de la misma manera que lo hay en múltiples obras norteamericanas escritas durante una década o más (sin ir más lejos, ayer asisitía a la representación de Días mejores de Richard Dresser en Barcelona, y estaba viendo una novela de A.M. Homes). Ha habido muchos períodos recientes de fácil descripción y etiquetaje, con éxitos dispares: el realismo mágico en Latinoamérica, la generación Kronen española, e incluso los imparables catalanes de este inicio de siglo, que sólo ellos, sus editores y yo conocemos.

Asumiendo todo esto, me referiré a determinada literatura inlgesa como un paquete indisociable, para facilitar la comprensión del tema. He sido un lector bastante frecuente de todos los autores mencionados, aunque algunos (McEwan, Amis, Barnes, Rushdie) han estado más tiempo en mi mesilla de noche durante varios años. Y he salido casi siempre bastante satisfecho de la experiencia, por mucho que también soy consciente de no haber estado cerca de obras imperecederas y únicas. Este es el primer error, en cualquier caso: pensar que sólo hay que leer un ideal de novela del que acaso habrá un centenar de obras en la historia de la literatura universal. Así, una vez zampados los cien, ¿qué sería de nosotros? Desconozco si dentro de un siglo alguien seguirá leyendo a Amis, pero en este momento es un plato sumamente provechoso.

El tono al que hacía referencia es quizá el elemento más discernible: historias poco proclives al hecho histórico (en cualquier caso, nunca anteriores al siglo XX), en las que las relaciones entre individuos adquieren la principal razón de ser de la obra (Banville sería el más tentado por la descripción de paisajes), una aparente simplicidad de temas, mucho ámbito urbano, interés por interpretar los conflictos internacionales más acuciantes (la inmigración y los nuevos vecinos de fuera es uno), cierto alarde de ironía y humor desapasionados y, en definitiva, una prosa nada compleja pero también lejana del recurso fácil o banal. Este no estar en ningún bando definido puede ser lo que ponga nerviosos a muchos: ni pretenden emular a Faulkner (y si alguno lo hace no lo consigue) ni apuestan descaradamente por lo comercial. Una línea delgada de difícil tránsito, sin duda.

Pero dejando ya de asumir al grupo como lo que no es, o sea, una generación de intereses y destinos conjuntos, analicemos rápidamente algún espécimen. Para mí, McEwan sigue siendo el más redondo de todos y con una trayectoria más coherente. Expiación no es tan evidente en su construcción, por más que tampoco inaugure nada, pero acierta en la mirada de la niña y en el tránsito hacia las dos etapas posteriores (¡qué alejada la novela de las sagas decimonónicas en las que todo debía ser explicado, y no era aceptable un salto en el tiempo tan vertiginoso!). Sábado me gusta más a medida que más meses transcurren desde su lectura, como los grandes vinos. Lo mejor: bajo la aparente banalidad de la trama hay agazapado un discurso clarividente de lo que nos espera (de hecho, nos esperaba entonces y ya está sucediendo). Chesil beach es simplemente una novela menor, cuya estructura certera no esconde momentos de auténtica ridiculez. Por lo tanto, sigo esperando mucho más de McEwan.

Del resto, y dado que esto es un blog y no un ensayo y soy incapaz por ahora de detallar remotas lecturas, anuncio en destellos que Rushdie es inmenso a ratos y abusa del delirio en otros. Me divirtió Barnes en Una historia del mundo... pero no he abundado en su proyecto. Amis también me atrapó en La información aunque siento que ha bajado algo su ambición. Banville es quizá el mejor esteta del grupo, de afilada pluma. Tengo pendientes a Ishiguro y Kureishi, espero que por poco tiempo.

En fin: en ningún caso he tenido que dejar libros a medias o abominar de alguien. En los tiempos que corren, eso ya es bastante. No encuentro parangón en la literatura española con un grupo así, y eso debe ser bueno para los ingleses: si comparo con la generación Millás - Montero - Muñoz Molina - Landero, ganan los otros. Si rebusco en su mismo hogar editor, sólo veo a Chirbes - Gopegui - Giralt Torrente - Magrinyà - Puértolas, y vuelven a vencer. Me pasa igual con los franceses o los italianos, aunque la batalla se pone fea si pienso en norteamericanos. Pero hasta ahí nadie me ha convencido de que me olvide del dream team y pase a otra cosa, cuando esa otra cosa que me ofrecen es más insípida, descafeinada y edulcorada.

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La diferencia entre un lector normal y un lector enfermizo es precisa: el primero comprará el lote del 40º aniversario por el libro de Auster, y el segundo lo hará por el catálogo con la foto de Jorge en la portada.

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Me espera una semana de evasión en las montañas pirenaicas. Reabrimos en siete días, pero las huellas están a su disposición las 24 horas.

viernes, 9 de enero de 2009

Nancites 16

1. Acertado y gracioso ejercicio el que realizó El síndrome Chéjov: no conformándose con acatar los resultados que los críticos de Babelia dieron sobre los mejores libros de 2008, se puso a indagar en la web (en papel no aparecían esos datos) cada respuesta dada a la encuesta, una por una. Las contradicciones puestas de relieve desmontan la pretendida seriedad del trabajo. Pero me interesa también constatar con qué facilidad se puede etiquetar una novela (Chesil beach, en este caso) como la mejor del año, por el simple hecho de que más personas la hayan nombrado en su lista y acumule puntuaciones, cuando quizá otra ha sido la mejor para menos gente pero con más énfasis, sumando los diez puntos en más de un caso. ¡Con qué cara nos van a encontrar cuando leamos, en el mismo diario, encuestas sobre la crisis económica o el cambio climático! ¿O será que la ciencia no alcanza a las páginas de los suplementos? Tampoco ayuda el hecho de que los participantes sean personas que pasaban por allí (Prisa es muy grande) y, por tanto, meros lectores. Hasta el punto de que Lluís Bassets, por ejemplo, acabe diciendo que la última novela de Eduardo Mendoza ha sido lo mejor que ha leído en el año. ¡Pues otro año echado a perder, compañero!

2. Anagrama llegará a los 40 años de vida en el mes de abril. Lo celebraré, vaya que sí: pocas editoriales me han dado más alegrías en mi vida lectora, o quizá mejor, pocas me han dado gato por liebre en menos ocasiones. La efeméride tendrá dos guindas: la creación de una nueva colección para recuperar textos ahora difíciles de encontrar (con ediciones distintas y recopilaciones de textos quizá nunca presentadas así) y una limpieza de cara para las portadas. Para los puristas como yo será equivalente al lifting que tuvo El País hace un par de años: muy esperado pero aquí nos encontrarán, con los dientes afilados, aguardando el momento de criticar el cambio (el único que jamás le perdonaré al periódico, dicho sea de paso, es haber liquidado la viñeta de Máximo). La nueva colección se explica así en la página web:

En mayo de este año emprenderemos una nueva colección, con ocho o diez títulos al año muy escogidos, «otra vuelta de tuerca» en nuestro catálogo, relanzando obras excelentes pero desaparecidas en librerías, o bien agrupando en un tomo varios títulos, con afinidades obvias, de un autor. Su característica común es que, en su día, nos parecieron de edición inevitable, y que ahora lo siguen siendo.


3. Para el Nadal de este año hay una expresión exacta para calificar mi estado de ánimo: ni fu ni fa (ya saben: si el amor no es fou, entonces no es ni fu ni fa). ¡Qué bostezo monumental ante un novelón de Maruja Torres en estado de ombliguismo, autoreferencialidad y esto-que-escribo-me-interesa-solo-a-mi!. O sea: puede llegar a interesarme Maruja en algunos artículos (aunque el desparpajo de su excelsa alumna Elvira Lindo terminó por apagar su llama), puedo llegar a disfrutar como un niño ante una aventura egipcia de Terenci Moix, y puedo reir mucho y muy inteligentemente ante una andanada política de Vázquez Montalbán. Pero elaborar un mejunje celestial de íntimos amigos quizá pueda ser una buena terapia personal, ¡aunque me niego a participar de los desarreglos emocionales de los demás cuando me los envuelven en tapas duras y hojas impresas! Hay una fórmula mejor y que nos saldría más barata: el diario personal con candado y llave, que se guarda en el fondo de un cajón.

4. Acabo de hacerle caso a Félix de Azúa, que hace poco escribió una breve columna sobre la necesidad de hacer limpieza de bibliotecas al iniciar un nuevo año. Se trata de podar nuestra estantería de libros que han envejecido muy mal, o que ya no entendemos cómo han ido a parar a nuestra habitación. Pero el ejercicio ha sido bastante infructuoso: sólo he podido deshacerme de seis ejemplares, todos en lengua catalana, producto de donaciones que me hicieron años atrás: libros que uno nunca ha escogido y que amenazan con inundar el espacio que reservamos a obras mayores. Lo peor es comprobar que nadie quiere el regalo de retorno: en la librería de viejo de calle Canuda no quieren más libros porque están inundados de ellos. ¿Qué destino les depara a estas obras nunca leídas, de trascendencia inexistente, más allá de un contenedor de color azul? No he podido dar ese último paso fatal, así que ahora duermen entre el polvo de un altillo al que sólo se accede por escalera interpuesta. Un entierro en vida.

viernes, 2 de enero de 2009

Casavella, de entre los muertos

Ya me perdonarán que mi primer post de 2009 tenga un título tan funerario y que me ponga a escribir, precisamente, de un muerto. Pero como siempre que me doy a una tarea similar es con un motivo claro de homenaje, quizá tampoco haya mejor manera de comenzar el año que honrando a alguien que ya no está.

Hace un par de semanas incluí un contrapunto en uno de mi posts sobre el deceso, intempestivo y jodido, de Francisco Casavella. Tan intempestivo para él, a su edad esplendorosa, y tan intempestivo para lectores como yo, que aún no habíamos tenido ni tiempo para meternos de lleno (y como, según parece, sería muy recomendable) en su obra. Me pilló muy lejos su Premio Nadal y, al pasar los meses y regresar por fin a Barcelona, ya estamos en vísperas de otro galardonado. Y la trilogía de El día del watusi, que está hoy en edición accesible de bolsillo en un solo volumen, me acecha todavía desde las estanterías de La Central (ejemplar único en la sede del Raval este mismo lunes: no se me vayan a adelantar.)

El caso es que, como un autor terco que se niega a irse del todo en un momento álgido, su nombre ha rebrotado en varios artículos desde El Periódico de Catalunya, en una serie de respuestas que tuvieron su espoleta en un texto original, a modo de obituario, de Ramón de España. Valga decir aquí que este autor lleva años haciendo de outsider y de horma del zapato desde esas páginas, y lo celebro: su prosa es aparentemente inocua (igual te habla de un cómic con pasión como te revienta a un autor de culto que De España tilda de sobrevalorado) pero hay una tensión subyacente, nunca sabes por dónde te saldrá y cada artículo es una pieza única y original.

El día 18 de diciembre, Ramón de España se encargó de apoyar la noticia de la muerte de Casavella con una necrológica valiente. Evitando los lugares comunes y las lamentaciones impropias (que en todo caso deben quedar como reducto exclusivo de sus familiares: nada hay más espúreo que la lágrima fácil del cronista externo), se encargó de informar a sus lectores sobre algunas circunstancias de la vida del novelista, muy pertinentes para entender por qué un hombre puede morir a los 45 años. Me puede pasar a mí, piensa uno al saber la noticia, y es relevante que el periodismo me explique si estoy a tiempo de evitarlo. De España, que además tenía una cierta amistad con Casavella, escribió sobre el ritmo de excesos que éste llevaba y cómo esa actitud le iba provocando una merma en su salud, hasta el punto de definir el comportamiento del autor como autodestructivo:

Sus excesos habían derivado en un serio aviso y los médicos le habían prohibido el alcohol, el tabaco y todo tipo de sustancias recreativas, con lo que se enfrentaba al futuro sin entusiasmo. (...) Pero algo, nunca sabré exactamente qué, le arrastraba a esos bares en los que podía pasarse la vida (sin, por ello, dejar de cumplir sus compromisos con editores y lectores).


Ningún otro periódico informó de estas circunstancias. En El País hubo una necrológica olvidable, por intrascendente, de Ignacio Vidal-Folch. Sólo De España cogió el toro por los cuernos y detalló lo que él conocía por su relación con Casavella. No hizo falta esperar demasiado para las airadas reaccciones: el 24 de diciembre se publicó una respuesta, firmada por Joan Riambau, Xavier Antich, Javier Pérez Andújar y Emili Manzano en la que negaban las afirmaciones vertidas en el artículo inicial ("chismes de pacotilla", "chismorreo impropio") y acusaban a De España de indigno. Todavía ha habido nuevos aportes en días posteriores, como el de Joan Barril justo al finalizar el año, escogiendo el carril de enmedio y haciendo de funambulista para dejar contentos a unos y a otros.

Yo sí tomaré partido: la reacción furibunda de estos cuatro firmantes (por otro lado, y todo hay que decirlo, de trascendencia mínima en sus respectivos oficios) es de una candidez que tira para atrás. La horrible moda de lo políticamente correcto, que obligaría a pensar diez veces una frase antes de escribirla, es la muerte de la literatura y del periodismo. ¿Acaso piensan estos señores que la existencia de un hilo conductor entre drogas, alcochol y Casavella puede afectar a la estima de la obra literaria de éste? Quizás sí en cándidas ánimas sensibleras, pero jamás en uno solo de sus muchos lectores. La moralina que destila cada frase de la respuesta (hablan de memoria ultrajada) da una grima paralela a la de los sermones de un domingo de adviento. Y no han entendido (porque su obtusa moral les ha impedido una lectura desprejuiciada del texto de Ramón de España) que la necrológica era en realidad un homenaje certero, exento de compadreos, desnudo de ditirambos y de una honestidad furibunda.

Créanme que ese artículo de Ramón de España hizo crecer mi admiración por Casavella, al situarlo en un plano absolutamente inmediato y nada idealizado. El escritor en la calle. El escritor frente a sus miedos, sus logros, sus miserias. Y ante él, su obra permanente que no puede desligarse de su circunstancia vital. ¡Cómo íbamos a entender a Baudelaire, a Poe, a Bukowski fuera de su propio contexto! De ahí a la librería ya sólo hay un paso: leer, entender, trascender la anécdota. Literatura, le llaman a eso. Un autor y su obra. Y nada más.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Cosecha 2008

No hay publicación o suplemento que no dedique estos días sus páginas a repasar lo que ha dado de sí el año, en cualquiera de sus facetas. No iba a ser menos este humilde blog, pero lo haré a mi modo, buscando aquellos chispazos que merecen ser recuperados por algún motivo en el entorno de los libros. No se trata tanto de "Lo mejor de", sino acaso de aquellos instantes fugaces que ahora vienen a mi memoria, obligadamente selectiva y siempre bastante arbitraria.

NOVELA

Ninguno de los libros de éxito me ha interesado lo más mínimo (Ruiz Zafón, Follet, Boyne, siquiera un Larsson que ahora mismo es la compra obligada en las grandes superfícies comerciales). Sí me ocurrió el año pasado con Littell, aunque mi lectura de Las benévolas ha sido casi por entero de 2008 y lo considero, además de un libro de mi actual temporada lectora, uno de los pocos ejemplos acertados en que calidad y buenas ventas se aúnan. No ha sido un buen año: McEwan ha flojeado (y por extensión la literatura british, por mucho que ahora El País la encumbre como la novela del año: quizá hablaré de es en otro post con más calma), lo francés sigue en territorios brumosos por mucho Nobel que le den, y quizá Norteamérica elude el contagio banal con Roth.

Ya al final, Acantilado nos ha servido un plato fuerte: fiel a su tradición de ir presentando en estas fechas obras descomunales (antes fueron los Ensayos de Montaigne o las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand) nos trae ahora una novela del siglo XIX, Las confesiones de un italiano, del joven Ippolito Nievo. Buena prosa para un regalo seguro de Reyes.

POESÍA

Lo nuevo de Caballero Bonald y Joan Margarit (aunque éste último todavía en versión catalana, Misteriosament feliç) son mis recomendaciones más claras. Por cierto: Margarit ha colaborado en la traducción de otro espléndido poemario de Elizabeth Bishop.

ENSAYO

Interesantes aportaciones acerca de lo escrito y lo leído, tanto de Steiner (Los libros que nunca he escrito) como de Bayard (Cómo hablar de los libros que no se han leído.)

EDITORIALES

No siendo un gran año de la edición, el tipo lo aguantan muchas editoriales pequeñas que están haciendo selecciones bastante exquisitas de títulos. Tanto Minúscula como Libros del asteroide me parecen dos buenos ejemplos de catálogo y diseño acertados. De hecho, esta última junto a Barataria, Global Rhythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso ganaron un Premio Nacional bien otorgado. Mis dos sellos de referencia, Anagrama y Acantilado, no han presentado grandes riesgos pero mantienen el tipo.

BLOGS

Sin grandes cambios en el mundo bloguero: mis dos grandes referencias continúan siendo Moleskine literario, de Iván Thays, y El lamento de Portnoy, de Javier Avilés. El primero, por ser un compendio de todo aquello que se cuece en la olla de la edición y que me evita la lectura incesante de periódicos y webs de referencia. Además, comparto en un grado sorprendentemente alto sus querencias y afición por determinados nombres. El segundo, por recoger la crítica y el debate sobre aspectos de la literatura que me interesan, siempre con elegancia y buen tino. No frecuento su pasión por determinado cine de género, pero incluso esos posts tienen el valor de la sinceridad: nada frecuente en este mundo virtual. Además, se ha convertido por méritos propios en un reducto de gente que lo siguen con fervor, y los comentarios que abundan no tienen desperdicio.

La sopresa del año ha sido El aprendiz al sol, de J.A. Montano, que aunque no es estrictamente un blog sobre libros, tiene ecos de Bernhard y de Junger, con una mezcla de desparpajo e intelectualismo que lo hace muy recomendable.

EL MILAGRO

Un autor que escribió un libro titulado Coños, y que ganó un premio de novela editada con una portada de Betty Page, hoy es articulista de L'Osservatore romano. Il Miracolo del año.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Los furibundos blogs

Ay, ay, ay. Voy a intentar ofrecer una lectura alternativa de la que se esparce estos días por mis blogs más queridos. Una lectura, digo, del último artículo de Javier Marías en el suplemento dominical de El País. ¡Cuánta vestidura rasgada he podido apreciar en gente respetabilísima! No tiene nada de extraño, por otro lado: que Marías no intenta quedar bien con nadie en sus textos periodísticos es cosa sabida, y que sus opiniones acostumbran a caer como una losa marmórea en los lectores más sensibles es igualmente cierta. Debe ser por eso que me gustan tanto sus afirmaciones extemporáneas: ya leo anticipadamente en ellas las rasgaduras de otros y disfruto como un niño.

Esta vez la provocación ha tocado de lleno el mundo de los blogs. Está en boca de todos la tremenda aversión que el autor tiene por la mayoría de avances tecnológicos que se suceden a ritmo vertiginoso. Quien más, quien menos no estamos tan lejos de eso: juro que sigo sin tener iPods ni cualquiera de esos teléfonos que ahora sirven para sobrevivir en esta vida (comunicarse con otra persona a través de ellos ya es algo superfluo). Y entiendo que pueda leerse como una pataleta de anciano anacrónico una frase de este estilo:

Aproveché para navegar un poco por Internet, por primera vez en mi vida o casi.


¿Se habrá perdido algo en todo este tiempo por entrar en la red hasta casi a inicios del año 2009? Pues sí, seguro, como yo me habré perdido mucho por no leer los libros que él habrá devorado en este mismo lapso y por no escuchar los discos que almacena en sus estanterías. No damos abasto, qué quieren que les diga. La ingenuidad de descubrir hasta ahora que internet es "una enciclopedia de vastedad incomparable, pero de calidad muy dudosa y variable" es apenas una anécdota ante la certeza de saber que pasado mañana regresará a su Olivetti. Con la que es capaz de escribir, por ejemplo, las 1.600 páginas de Tu rostro mañana sin necesidad de pegar, copiar, insertar o cortar (vocabulario básico de word, verbigracia).

Pero la parte que más heridas ha causado es la referida al mundo de los blogs y los foros, que me atañe. No logra entender la gracia de este formato, similar al de un bar y unos insoportables charlatanes, ni la lógica de unos contenidos ombliguistas y unos comentarios zafios y groseros. Como un resorte, mis amigos del gremio han saltado al grito de mi-blog-no-entra-en-esa-categoría, defendiendo el todo por la parte que les toca. Hombre, hombre. Yo también defiendo mis discretas aportaciones en este espacio, y aquí están enterradas sin modificar una coma de lo ya escrito en varios años. Pero de ahí a considerar que los blogs son un formato imprescindible y que no estar atento a ellos supone una merma personal o intelectual hay un trecho. No: hay un abismo.

Lo pondré en cifras, para que quede más científico: entre los millones de blogs que hay colgados en la red, el 99,9% no tiene el menor interés para mí. Mi lectura de blogs se limita a lo sumo a unos 20 de manera regular, y para el resto tengo suficiente con una única visita. Pero esto no es nada significativo: los mismos porcentajes se pueden aplicar a los libros editados, a los programas televisivos o a las obras teatrales estrenadas en un año. Y yo también he sido víctima en algún momento de las zarpas de individuos que consumen su tiempo dejando mensajes insultantes (creo que ellos , más finos, les llaman meadas) en determinados blogs durante un tiempo concreto, porque siempre acaban hartándose del poco caso que se les hace a sus diatribas, o simplemente su capacidad de micción no da para más. Todo ello, descrito por Marías en el artículo, es estrictamente cierto. Parece, pues, que no hace falta ni tener internet en casa para descubrirlo.

Nada de lo cual me exime de no dejar constancia del buen hacer de algunas personas que, a falta quizá de la posibilidad de otros formatos más tradicionales, optaron en su día por el blog y ahí siguen, constantes y esforzados, usando su tiempo en creaciones muy recomendables. Y gratis, que diría Dalí. Pero esta gente anónima, que imagino buena en muchos aspectos de la vida, podría ser igualmente certera en otros espacios: no fue el blog lo que les hizo hombres, sino ellos los que sacaron partido de este instrumento. ¡A ver si ahora resulta que es antes internet que la costilla de Adán! Si algunos hemos escogido el blog como formato es por su inmediatez, flexibilidad (aunque no tanto) y facilidad de acceso. Los efectos colaterales se llevan como una ligera carga que hay que acarrear, pero no me extraña que el odio que algunos destilan acabe manchando los intentos de otros por acercarse a la blogosfera.

Desengañémonos: el blog desaparecerá en pocos años. Ni un responso, por favor: algo mejor lo va a sustituir, y todavía seremos más felices. Y quien entonces siga tecleando en una vieja máquina de escribir puede que acabe encontrándole el gusto a esa nueva tendencia. Aunque si sólo navega pocas horas, va sin brújula y nos atenemos al porcentaje mencionado, reconozco que eso es estadísticamente muy improbable.
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Entré en la librería, hace unos pocos años, y ahí estaba el primer volumen de El día del watusi. Sonreí, pensando en el feroz atrevimiento, suyo y de la editorial, de publicar una trilogía casi simultánea y más que anticomercial. Este hombre me cae bien, pensé. Vestía de negro: otro punto a su favor. Ayer, Francisco Casavella murió a los 45 años. Hay días jodidos en diciembre.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Apuntes de aeropuerto

Acabo de leer la entrevista a Arturo Pérez Reverte que publica el último Babelia, aprovechando la reedición especial de El club Dumas. Nunca pasé, anuncio ya de entrada, de la frontera de La reina del Sur, la única novela que he leído del periodista, novelista y ahora académico de la lengua. Un tipo singular: leído hasta la saciedad en medio mundo pero con la pretensión de elaborar novelas de calidad que orillen la fórmula à la Follet. No reniega del término best seller, aunque su referente parece ser Eco: historias de cultura europea que requieren de documentación abundante y que nacen con vocación de acumular lectores.

Hay un momento en la conversación en que suelta esta frase, irremediablemente previsible en un autor como Pérez Reverte:

Tengo la satisfacción de haber tenido razón en un momento en el que toda la crítica te decía que tenías que escribir lo contrario, novela intimista, sin acción, sin personajes, novela del yo...


El choque sistemático entre la novela culta e introspectiva, metaliteraria, y la novela de historias y acontecimientos. O, lo que es lo mismo y nunca dicen estos autores aunque lo piensan mientras hablan, entre novela aburrida y entretenida. Ellos creen que todo lo que no sea trama de acción y personajes es tiempo perdido. Igualmente, tampoco niego que hay extremos en el otro lado: los que evitan el trasiego de vidas cotidianas y se recrean sólo en la palabra pura o en la literatura que habla de sí misma. Un autor que me está sacando de esta obtusa dicotomía (que al final todos nos acabamos creyendo) es Sebald.

Ya va siendo de hora de terminar con la falsa disyuntiva de tener que escoger entre dos formas de un mismo arte. Tanto en una como en la otra, que también tienen fronteras porosas, sólo hay autores de peso y otros de relleno: hay artistas y hay escribanos. Sebald, uno de los grandes, demuestra que la pasión por la realidad admite múltiples enfoques, y que la aventura del saber puede esconderse en los más ínfimos detalles y en personas nada heroicas. Pero sin olvidar que el lector no busca espejos, sino reflejos de su propia vida en las de otros, y así poder capturar algún pedazo de todo aquello que nos rodea.

Es lo bueno de encontrar de vez en cuando por la senda a determinados autores: nos impelen a discernir que la literatura se lleva muy bien con el sentido común.
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Cierto: la colección de libros de poesía de El País que ha preparado Caballero Bonald es un artefacto comercial. El vocero de turno del gobierno nicaragüense lo ha dicho con aires de Boskov: bisnes es bisnes. Y también es cierto que la obra de Martínez Rivas puede encontrarse sin problemas en España, por ejemplo en una de las elegantes ediciones negras de Visor y en toda buena librería. Pero ah: esto no esconde que tamaña evidencia es un argumento leve para desprestigiar el prólogo que a la sazón había escrito Sergio Ramírez. Lo que antes de Sergio no era bisnes (ni una voz se alzó en contra del proyecto) ahora es una colección tramada por los oligarcas españoles para ensalzar al prologuista y menospreciar al poeta. ¡Como si a Sergio le hiciera falta un prólogo a estas alturas de la vida! Pero se olvidaron los viejos decimonónicos, una vez más, que Internet puede mandar a los cuatro vientos cualquier prólogo y epílogo al son de una tecla y que la repercusión de todo acto censor es ahora exponencialmente infinito.
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Aeropuerto de Alajuela, Costa Rica, 12 del mediodía, sala de espera. A partir de mañana, Laie, una horchata de chufa, calle Petritxol, La Central, el metro, Babelia en papel, el aroma de sal del puerto, jamón ibérico, diez grados de temperatura, el MACBA, el Teatre Lliure, persianas en las ventanas, tres pisos de escaleras para subir y bajar. Y un Barça-Madrid, un sofá y un padre al lado.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Una obra y un maestro


Es muy habitual encontrarse en los suplementos literarios de la prensa (no digamos en las solapas y contraportadas de los mismos libros) con opiniones sobrepasadas y juicios temerarios. ¡Cuántas obras maestras se descubren cada semana en los quioscos! Ya he mencionado otras veces este exceso crítico y su sentido: si la editorial y la empresa del periódico coinciden, no hay que devanarse los sesos para saber por dónde van los tiros. Pero ya parece normal que el crítico, si no se da ese caso, también opte por cargar los adjetivos y pretenda salir de la aburrida columna que no destaca por nada. Si uno no puede destrozar la obra o encumbrarla como el gran descubrimiento del año, ya me dirán para qué ponerse a escribir. ¡Para eso están los blogs, caray!

Digo esto porque me enfrento a una posible obra maestra (no saben cuanto me cuesta teclear el sintagma, y con cuanto esmero pongo el adjetivo posible delante) y prevengo al lector de que tome mi juicio con el máximo relativismo. Es lo malo de este siglo nuevo, tan deudor del anterior: cuando ya todo es maestro, el verdadero genio pasa completamente desapercibido. Y yo no tengo por qué gritar: quien quiera leer, que lea y que no entienda este post como algo más importante que todo lo que vino detrás.

Comencé esta semana a leer Los emigrados, de W.G. Sebald. Quizá no sea su obra más redonda, pero enfrentarse a este clásico contemporáneo por cualquier esquina ya resulta un placer solemne. No es esta obra una novela, ni un conjunto de relatos, ni siquiera una autobiografía parcial (ni unas memorias oblicuas, Herralde dixit). Por ahora me siento incapaz de clasificarla, aunque eso no me causa el más leve temblor. Sebald construye un mosaico de vidas fugaces, intrascendentes en su estricta cotidianidad, con un único nexo común (y lo adivino más bien, porque estoy en plena lectura): su condición de migrantes y lo que ello supone para su existencia, aunque eso tampoco sea el tema troncal. Pero cada uno de estos fragmentos, de estas historias breves, es un retazo exquisito y con una poética que no se olvida a los pocos días.

Un ejemplo, el primero: el autor llega a la que será su nueva residencia, una mansión de la que alquila una parte y cuyo dueño es un extraño personaje que ocupa el tiempo mirando por la ventana, yaciendo sobre la hierba del patio o cosechando algunas hortalizas de excelente sabor. La casa en sí ya es un hábitat único: un laberinto desvencijado que Sebald describe con un detallismo sorprendente. Es difícil no sentir cierta piedad por este hombre, el doctor Henry Selwyn, ajeno al mundo, apurando ya sus últimos instantes. Y el recuerdo, la memoria, es el hilo por el cual Sebald va desgranando otros detalles que elevan al individuo a ese estatus poético al que me refería. Como la evocación de un viejo amigo suizo, de quien solo llegamos a conocer su pasión por el alpinismo y que acaba siendo clave para capturar los sentimientos de Selwyn: su amigo desapareció en un glaciar años atrás y su recuerdo nos lleva a unas páginas llenas de emoción: pasa el tiempo, Selwyn ya murió en circunstancias que no revelaré, y en la prensa se publica una nota para anunciar el descubrimiento de un cadáver enterrado en el hielo. El párrafo final es estremecedor:

De modo que es así como regresan los muertos. A veces, al cabo de más de siete decenios, emergen del hielo y yacen al borde de la morrena, un montoncillo de huesos limados y un par de botas con clavos.


Unos huesos y unas botas. Unos decenios después, esto es lo que hay. Y la certeza de que esto es lo importante, al fin y al cabo: desvelar a través de la literatura los hitos vitales de alguien, quienquiera que sea, y así entender que la fuerza del existir radica en esos instantes perpetuos, más allá de títulos, medallas, bombos, vanidades y famas efímeras. Treinta páginas valen por toda una vida, por todas las vidas: Selwyn eres tú, amigo.

Anoto también ahora una de las constantes en todos los libros de Sebald, que yo tomaba con precaución pero que me parece otro hallazgo clave: las imágenes repartidas a lo largo del texto son el contrapunto para esos detalles que la narración va esparciendo sigilosamente. No son paisajes, retratos o panorámicas: son destellos visuales que se van adaptando al relato con la precisión del bisturí. En el ejemplo anterior, cuando se describe la casa y su entorno descuidado, la foto nos muestra la maleza en primer término y sólo una intuición de edificio detrás. Son los rastrojos y no los muros lo que importa, porque el interés no es inmobiliario sino sobre el desajuste interior del personaje que allí habita. Y así sucesivamente. La edición de Anagrama tiene el acierto de no dejar las fotografías en páginas solitarias sino insertadas en los párrafos, sin solución de continuidad.

Lo dejo por ahora, pero supongo que retomaré otros comentarios sobre este libro más adelante, sobre esta obra (y déjenme poner el paréntesis para que el efecto no sea tan demoledor, unas palabras de relleno entre sustantivo y adjetivo) maestra.

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He jugado, y he tecleado los tres nombres sobre los que más se ha escrito hasta el momento en esta senda: Javier Marías, Roberto Bolaño e Ian McEwan. La máquina me ha dicho que debo leer a Nathaniel MacKey, y todavía dudo sobre si la máquina es demasiado inteligente o yo un perfecto analfabeto.

lunes, 1 de diciembre de 2008

¡Marsé, coño!



Después de varias ediciones del premio en las que su nombre llegó a sonar como muy probable ganador, por fin Juan Marsé se alzó con el Cervantes. Por una simple cuestión de edad (méritos aparte), los otros finalistas fueron Ana María Matute y José Manuel Caballero Bonald. Si yo me hubiera visto en el crucial dilema de echar un voto a la urna con un solo nombre entre esta terna, me hubiera decidido por este último (a quien por otro lado veo como ganador de la edición de 2010), pero me alegro sinceramente por la elección de Marsé.

Ante un premio gordo como el Cervantes no es fácil sustraerse a los lugares comunes. Uno de ellos exige elucubrar sobre cómo el premio a una persona se expande hacia un grupo generacional, y así el Nobel de Cela lo era igualmente para Delibes y Torrente Ballester. Es un pensamiento ingenuo, qué duda cabe, pero sirve para rellenar blogs e intentar meterse en la mente del jurado. Entonces, ¿para quién más es este premio? Al menos, para el todoterreno Vázquez Montalbán, para Gil de Biedma, para José Agustín Goytisolo, y estirando los músculos al máximo, para Eduardo Mendoza (y si a Dylan le quieren dar el Nobel, ¿por qué no a Serrat el Cervantes?) O sea: un grupito de catalanes que han construido su obra en lengua castellana y que han narrado la realidad más prosaica de Barcelona y alrededores para reconvertirla en una ciudad y un espacio de lo más literario.

No soy un aficionado estricto al realismo, entendido como el reflejo de una cotidianidad que pretende superar la anécdota de barrio. Pero creo que bastante menos a la fantasía pretenciosa o alejada de mis intereses mundanos. Es decir, no he sido nunca un fan de las historias de Aldecoa o Martín Santos, por poner dos ejemplos claros del primer movimiento. Pero mis intereses también dependen del día y del lugar, y he tenido mis momentos Marsé como los he tenido con tantos autores que jamás aparecerían entre mi canon literario. Y añado que al menos los dos últimos intentos fueron, hará ya más de cinco años, totalmente fructíferos. A ello voy.

Leí El embrujo de Shanghai para satisfacer a una persona que me regaló el libro y contarle así mi impresión de lectura. Aunque ya queda algo borrosa en mi recuerdo, la novela me pareció un acertado ejemplo de construcción de dos historias paralelas entre la imaginación y el relato más realista, entre el cine y el despertador de las siete de la mañana. El poder de evocación de unos personajes hacia una realidad superior (la puramente ficcional, artística) tenía una fuerza insospechada en el lenguaje casi simple de Marsé. Ojo: simple no de simpleza, sino de simplicidad: del carpintero que quita astillas y pule su trabajo hasta obtener un perfecto madero desprovisto de alharacas y adornos. Trasladar la magia que provoca en cualquiera de nosotros el entramado de la ficción (la lectura de novelas, la pantalla grande del cine) hacia unos personajes tan inventados como aquello con lo que sueñan, produjo en mí (o eso recuerdo borrosamente) un efecto de atracción.

Al poco tiempo devoré, ya por mi estricta voluntad, Rabos de lagartija. Una gran novela, sin duda, sólo lastrada por un final apresurado y algo trastabillado. Pero lograr que un par de niños alcancen la categoría de toda la infancia del medio siglo no es broma: la enfermedad, la pobreza material, el recurso de la imaginación, los barrios marginales y periféricos, los juegos de calle, crean un conjunto nítido y acertado de toda una generación. Yo, que nací a principios de los 70, no puedo pensar mejor en la edad infantil de mis padres y abuelos que con novelas así. Una fotografía en blanco y negro de nuestro pasado, tamizada por una narración a ratos brutal, a ratos simpatiquísima.

Llegué muy tarde, pues, a Marsé: dejé atrás al pijoaparte y a Teresa, todas sus obras más conocidas (aunque reposa en alguna de mis mesas barcelonesas Un día volveré: buena excusa para hacer honor al verbo y volver al autor), y me he negado como buen aficionado al cine a ver cualquier engendro de Vicente Aranda.

Pero si algo me entusiasma también de Marsé es su pose perpetua de cascarrabias, de antiintelectual militante, poco proclive a opinar de lo que se tercie y de estar obligado a ser abajofirmante de ningún tipo de manifiestos. Para encontrar a Marsé hay que buscarlo en las novelas y poco en los periódicos: que casi nunca sea noticia es una excelente noticia. Y cuando hay que hablar, hacerlo sin remilgos: ¡aún llora Mª de la Pau Janer ante los argumentos torrenciales de Marsé para criticar su panfleto planetario! No dudo que si hay alguien capacitado para soltar un buen adjetivo demoledor detrás de un argumento, ese es Marsé. ¿Adjetivo, dije? ¡Sustantivo, coño! No hay otro escritor más capaz de paralizar a alguien con un vocablo, y es que su carga de razón es la literatura que lleva en sus espaldas.

Ahora, con esta excepción del premio, hasta el suplemento literario de La Prensa nicaragüense lo ha sacado en portada. Su foto ya recorre medio mundo, y fragmentos de sus novelas se expanden al viento. En el Guinardó habrán abierto, imagino, alguna que otra botella de cava. A su salud, maestro.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Días de veneno

Ya sabrán perdonarme los improbables seguidores de este blog, pero estos eventos temporales superan mi capacidad de improvisación. Quiero decir estas luchas callejeras que he vivido de cerca últimamente, y mi silencio posterior. ¡Quién va a concentrarse en la lectura ante el estruendo de las balas! Han sido días de mucha bilis y mucho veneno, acumulados quizás desde hace varios años, porque de otra manera es imposible entender el nivel de animadversión vivido aquí. Entre esto, y un viaje al interior del país que debo iniciar mañana, este blogger se sume en un estado de catarsis temporal. Eso sí: el próximo fin de semana me refugio en la selva y me llevo en la maleta un Sebald para sumergirme en otras historias más lejanas.

Vendrán días mejores, no lo dudo.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Resaca postelectoral

Actualización fotográfica (18/11/08): así están las calles, sin ficción y con mucho ruido.


No están las cosas aquí para ficciones: la sombra de un fraude electoral de enormes dimensiones planea sobre el país. Sumergido en la vorágine de sus efectos (labores obligan) me alejo momentáneamente del blog. Por si a alguien le gustan las matemáticas, las supuestas pruebas del delito están aquí. También para eso sirve internet.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Nancites 15

1. Flecos del Herralde: Iván Thays, desde su moleskine literario, carga las escopetas contra sus detractores y dice que el premio "significa una simpática patadita en el culo a todos los anónimos que desde hace años sentenciaron mi muerte literaria y que me han calificado en blogs-basura de cuarentón fracasado." Es uno de los efectos más visibles de la proliferación de bloggers dedicados a la crítica. Antes, sólo los suplementos de prensa incluían breves recensiones de libros, pero ahora te pueden llegar los tiros desde cualquier página gratuita. No debe ser sencillo prescindir de esos comentarios, fácilmente localizables desde Google y basados más en tirrias personales que en verdaderos argumentos críticos. Ya no son los especialistas en literatura los que se atreven a despotricar o a elogiar un texto: cualquier anónimo ya puede pasar por experto en un tema y dejar constancia por escrito de sus fobias más íntimas. Thays, en sus primeras palabras después del premio, no elude hablar de ellos: ya forman parte del paisaje cotidiano, como las moscas y las hojas secas.


2. Esta pequeña obra de arte que edita Atalanta: Tres novelas en imágenes, de Max Ernst. Un experimento fascinante a partir de grabados y dibujos del autor, fieramente anclados en el surrealismo. Un lenguaje innovador y quizás irrepetible, como corresponde a las ideas grandes y únicas. También en Atalanta, por cierto, han aparecido dos breves joyas raras de Alejo Carpentier como un postre exquisito para este otoño.

3. Hubo una crítica reciente en Babelia a la nóvela póstuma de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante (perdonen la horrible rima.) El título ya era una sorpresiva exageración, merecedora de figurar en una contraportada o una faja de Anagrama: "Una novela genial". Casi nada. Esto aparecía, además, en las dos primeras líneas: "A los suplementos literarios, y no sólo a los españoles, se les critica que "encuentran" una novela genial todas las semanas. Bueno, esta semana es verdad. La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante, es una novela sencillamente genial." La autora de tanta untura era Rosa Pereda. Ahora navego hasta Letras Libres para descubrir la otra cara del asunto: Antonio José Ponte declara sutilmente que, más que una obra póstuma, ésta es una novela prematura. Y pone de relieve lo que a mí siempre me ha hecho recelar de Cabrera Infante, esa pose de stand-up comedian (la expresión también es de Ponte) que se esparce por todas sus páginas, cansinamente. Esta cita del libro como perfecta imagen del comediante: "De todas las comidas del día el desayuno es mi favorita. Favorito que es masculino. Los masculinos son los menos culinos. Culinario." Me siento incapaz de seguir este juego literario. Y también de atisbar el precipicio que hay entre la genialidad y la premura.

4.

La foto de Pablo Hojas a tres autores gruesos. ¡Qué digo autores! Tres personajes puros: Alatriste con su barba recortada, Pantaleón en su madurez infinita, y Deza con la mirada que ya intuye lo que vendrá. Una foto intimidante en su rotunda ficcionalidad. Pero ah, la realidad: basta con que abramos un poco el lente y observemos la segunda foto, con la pareja de ancianos que suben por detrás, indiferentes al trío y ajenos a su empedrado caminar, y el coche de una empresa de mecánica aparcado a la izquierda, que refleja con extraordinaria precisión la raya humilde entre ficción y verdad. Por muy reales que sean los rostros, no hay como un paseo de mañana en Santillana del Mar para reconocer, ahora sí, a Arturo, Mario y Javier.