viernes, 9 de enero de 2009

Nancites 16

1. Acertado y gracioso ejercicio el que realizó El síndrome Chéjov: no conformándose con acatar los resultados que los críticos de Babelia dieron sobre los mejores libros de 2008, se puso a indagar en la web (en papel no aparecían esos datos) cada respuesta dada a la encuesta, una por una. Las contradicciones puestas de relieve desmontan la pretendida seriedad del trabajo. Pero me interesa también constatar con qué facilidad se puede etiquetar una novela (Chesil beach, en este caso) como la mejor del año, por el simple hecho de que más personas la hayan nombrado en su lista y acumule puntuaciones, cuando quizá otra ha sido la mejor para menos gente pero con más énfasis, sumando los diez puntos en más de un caso. ¡Con qué cara nos van a encontrar cuando leamos, en el mismo diario, encuestas sobre la crisis económica o el cambio climático! ¿O será que la ciencia no alcanza a las páginas de los suplementos? Tampoco ayuda el hecho de que los participantes sean personas que pasaban por allí (Prisa es muy grande) y, por tanto, meros lectores. Hasta el punto de que Lluís Bassets, por ejemplo, acabe diciendo que la última novela de Eduardo Mendoza ha sido lo mejor que ha leído en el año. ¡Pues otro año echado a perder, compañero!

2. Anagrama llegará a los 40 años de vida en el mes de abril. Lo celebraré, vaya que sí: pocas editoriales me han dado más alegrías en mi vida lectora, o quizá mejor, pocas me han dado gato por liebre en menos ocasiones. La efeméride tendrá dos guindas: la creación de una nueva colección para recuperar textos ahora difíciles de encontrar (con ediciones distintas y recopilaciones de textos quizá nunca presentadas así) y una limpieza de cara para las portadas. Para los puristas como yo será equivalente al lifting que tuvo El País hace un par de años: muy esperado pero aquí nos encontrarán, con los dientes afilados, aguardando el momento de criticar el cambio (el único que jamás le perdonaré al periódico, dicho sea de paso, es haber liquidado la viñeta de Máximo). La nueva colección se explica así en la página web:

En mayo de este año emprenderemos una nueva colección, con ocho o diez títulos al año muy escogidos, «otra vuelta de tuerca» en nuestro catálogo, relanzando obras excelentes pero desaparecidas en librerías, o bien agrupando en un tomo varios títulos, con afinidades obvias, de un autor. Su característica común es que, en su día, nos parecieron de edición inevitable, y que ahora lo siguen siendo.


3. Para el Nadal de este año hay una expresión exacta para calificar mi estado de ánimo: ni fu ni fa (ya saben: si el amor no es fou, entonces no es ni fu ni fa). ¡Qué bostezo monumental ante un novelón de Maruja Torres en estado de ombliguismo, autoreferencialidad y esto-que-escribo-me-interesa-solo-a-mi!. O sea: puede llegar a interesarme Maruja en algunos artículos (aunque el desparpajo de su excelsa alumna Elvira Lindo terminó por apagar su llama), puedo llegar a disfrutar como un niño ante una aventura egipcia de Terenci Moix, y puedo reir mucho y muy inteligentemente ante una andanada política de Vázquez Montalbán. Pero elaborar un mejunje celestial de íntimos amigos quizá pueda ser una buena terapia personal, ¡aunque me niego a participar de los desarreglos emocionales de los demás cuando me los envuelven en tapas duras y hojas impresas! Hay una fórmula mejor y que nos saldría más barata: el diario personal con candado y llave, que se guarda en el fondo de un cajón.

4. Acabo de hacerle caso a Félix de Azúa, que hace poco escribió una breve columna sobre la necesidad de hacer limpieza de bibliotecas al iniciar un nuevo año. Se trata de podar nuestra estantería de libros que han envejecido muy mal, o que ya no entendemos cómo han ido a parar a nuestra habitación. Pero el ejercicio ha sido bastante infructuoso: sólo he podido deshacerme de seis ejemplares, todos en lengua catalana, producto de donaciones que me hicieron años atrás: libros que uno nunca ha escogido y que amenazan con inundar el espacio que reservamos a obras mayores. Lo peor es comprobar que nadie quiere el regalo de retorno: en la librería de viejo de calle Canuda no quieren más libros porque están inundados de ellos. ¿Qué destino les depara a estas obras nunca leídas, de trascendencia inexistente, más allá de un contenedor de color azul? No he podido dar ese último paso fatal, así que ahora duermen entre el polvo de un altillo al que sólo se accede por escalera interpuesta. Un entierro en vida.

2 comentarios:

Folken dijo...

Puede probar para deshacerse de los libros con el BookCrossing. Como dice mi madre: Siempre hay un tiesto para una mierda.

JacoboDeza dijo...

Cierto, es una opción, pero también me da una pereza monumental cargar libros para ir a dejarlos en un lugar determinado. Y siempre queda un poso de protección infantil, pensando lo desvalidos que quedarán a la intemperie...