domingo, 28 de septiembre de 2008

Tres breves perlas

En mis lecturas oblicuas, sea en el formato que sea, aparecen de vez en cuando pequeñas pinceladas de genio, ideas que conviene archivar aparte y rescatar para los momentos de reposo. Estas son tres de ellas, recogidas entre mis desordenadas notas de apuntes.

1. Al hilo del post anterior, estas declaraciones de Joan Margarit resumen con mucha nitidez una parte de lo que yo intentaba expresar ahí. Suele atraerme esta mezcla de sentido común y capacidad de concretar un posicionamiento, que se mantiene con coherencia en toda su poética:

Las vanguardias significaron el descubrimiento de nuevas maneras de decir que los poetas aplicaron enseguida a sus obras, pero a la vez surgió de allí la posibilidad de una poesía que no decía nada y que tenía que admitirse en nombre de los postulados de la época como testimonio de una actitud de cariz revolucionario. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, a pesar de quedar muy lejos todas aquellas causas y efectos, no ha dejado de haber poetas e intelectuales que atribuyen el nulo interés de muchas personas por poemas que son ininteligibles a la poca preparación o a la insensibilidad de estas personas. Este es un campo donde abundan los intentos de otorgar un papel importante a meras irrealidades, y a esto han contribuido hasta los filósofos, a los cuales la seriedad de las cuestiones que tratan no exime de la insensatez. Este absurdo planteamiento ha provocado el alejamiento de la poesía de muchos lectores y lectoras, en una especie de ceremonia de autodestrucción de algunos intelectuales que parecen aspirar a una poesía que no dice nada leída por nadie. Si se me permite decirlo con un poco de humor, escribir un mal poema que no se entienda es lo más fácil. Escribir un mal poema pero que se entienda es un poco más difícil. Escribir un buen poema que no se entienda es muchísimo más difícil. Y, en fin, escribir un buen poema que se entienda es sólo patrimonio de los clásicos.

Fuente: Entrevista a Joan Margarit, a cargo de Antonio Lafarque. Publicada en El coloquio de los perros.

2. Alan Pauls llegó a la sede de editorial Anagrama con un sueño, ya con el premio Herralde bajo el brazo. Sorprendentemente, los sueños se convierten a veces en realidad:

A fines de 2003, cuando fui a presentar El pasado a España, comparecí en la sede de Anagrama con un bando de exigencias irrenunciables doblado en cuatro bajo el brazo: la lista de todos los libros de los que ayuné durante años y que -pensaba, embriagado por los perfumes del éxito- por fin podría tener sin necesidad de entregar mi vida a la usura. Para mi sorpresa, casi para mi decepción, no hizo falta alzar la voz, ni patalear, ni regatear. Ni siquiera tuve tiempo de desenfundar mi lista. Herralde me miró, leyó todos esos años de codicia acumulada en mis ojos y señaló con un gesto vago una puerta a lo lejos. "Sírvete lo que quieras", le oí decir con suficiencia jamesbondiana, celebrando ese complot entre libros y bares que a menudo protagoniza su Observatorio editorial [se refiere al libro que recoge artículos de Jorge Herralde publicado originalmente en Argentina]. Fui. Me acompañaba Anna Jornet, la jefa de prensa de la editorial, para monitorear la rapiña, suponía yo, o tal vez para que no me perdiera entre los anaqueles. Imagínense: ¡35 años de libros para elegir!

Entré, y juro que no miento: el cuarto que atesora todo el catálogo de Anagrama no ocupa más de la mitad de esta sala. Desplegué mi lista, ya de duelo por todos los libros tildados que ese modesto búnker sin ventanas jamás podría alojar, y empecé a nombrar los títulos con pesadumbre. Y uno a uno fueron apareciendo todos. Digo bien: todos. En un momento tuve una impresión vertiginosa: no importa qué título pidiera, el libro aparecería en el acto. Anna se agachaba, hundía medio cuerpo entre los estantes, desaparecía unos segundos y volvía con el libro en la mano, soplándole más o menos el polvo de la tapa según el año de la edición.

Fuente: artículo de Alan Pauls en "Letra Internacional", primavera 2005.

No está de más aprovechar el momento para mencionar que yo tengo el mismo sueño recurrente, y que después de haber invertido sumas ingentes en la compra de libros de Anagrama, quizá merezco ya el acceso franco por 15 minutos a la sala de marras.

3. La comunión entre pintura, arquitectura y escritura pocas veces da resultados tan regocijantes y bellos como este:

José Saramago ha dicho alguna vez que no cree en el papel del escritor como misionero de una causa, pero que de todos modos éste tiene deberes ciudadanos. Hace poco le escuché decir, en un encuentro celebrado en Santillana de Mar, en España, y dedicado a su propia obra y a la de Carlos Fuentes y Juan Goytisolo, que lo que se exige del escritor en cuanto a semejantes deberes, se parece al "cuaderno de encargos", en el que los albañiles llevan la cuenta de lo que deben hacer cada día. Julien Green, en el diario del último año de su vida, Le grand large du soir (1997-1998), se refiere a unas anotaciones del cuaderno de encargos de un restaurador suizo en 1873, comisionado para reparar un fresco en el techo de una iglesia de Boswil, en Aargau:
Modificar y barnizar el séptimo mandamiento: 3,45 francos.
Ensanchar el cielo y ajustar algunas estrellas; mejorar el fuego del infierno y darle al diablo un aspecto razonable: 3,86 francos.
Retroceder el fin del mundo, ya que se halla demasiado próximo: 4,48 francos.

Modificar los mandamientos, ensanchar el cielo y ajustar las estrellas, atizar las llamas del infierno, disfrazar al diablo con las vestiduras de un pastor de ovejas, retardar el fin del mundo. Ni más ni menos. Un cuaderno de encargos como el que también llevaba Voltaire.

Fuente: Sergio Ramírez, lección inaugural dictada en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua el 12 de marzo de 2008, y editada por la revista "Encuentro" (nº 79), de la misma universidad.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Nada, cero, humo

Iba distraídamente leyendo la crítica escrita por un tal (¡un tal!) Javier Avilés en Hermano Cerdo sobre Nocilla Dream, ese engendro publicitario y publicitado que apareció hace varios meses en el mercado. Y nunca mejor aplicada la palabra mercado, con su olor a tomates y lechugas verdes, y las siempre risueñas verduleras anunciando su mercancía. Pues iba yo avanzando entre líneas por la aguda crítica y de manera descuidada pulsé en el link que remite a una cierta “poesía postpoética”, título suficientemente límpido como para huir raudo hacia el abismo, bien lejos de este mundo de miserias.

Ese simple tecleo sobre el hipertexto me confirmó, en un nanosegundo, los límites tangibles a los que puede conducir una cierta literatura. Ya hice un estudio hace mucho tiempo, olvidado en alguna parte entre resmas de papel de mis estanterías, sobre la literatura de vanguardia y, de manera especial, sobre el cul-de-sac al que posteriormente se llegó cuando algunos aprendices de escritor quisieron imitarla. Ahora, gracias a ese texto de un tal colega de la red, regresa a mis cansados ojos, casi un siglo después, la pertinaz sequía mental de los novísimos escritores del ahora mismo. De hecho, ese link bastaba para no seguir criticando mucho más el libro de marras: hagan clic ahí, hubiera dicho yo (pero claro, yo no soy un tal J.A., para mi desgracia) y dense cuenta de que el autor es el mismo que ha perpetrado esto. Fin.

Me he tomado mi tiempo para elucidar los motivos de la poesía postpoética: investigación de las relaciones entre el arte y las ciencias (no en vano, Fernández Mallo es físico). Es decir, aquello que ya entrevieron con sagacidad Salvat-Papasseit, Sánchez-Juan, Alomar, Foix, Junoy (y sólo por mencionar a mis coterráneos) puesto al día y revisado por la física de hoy. Tuvo su gracia insertar el maquinismo y la electricidad en los poemas de 1920, pero estos ejercicios vacuos de hoy, para consumo de una ínfima minoría autoreferencial, nacen de la nada y a ella van.

La prueba del algodón es fácil: observen cuántos lectores en el metro leen poesía postpoética y vayan contando. Por cada cifra superior a cero estoy dispuesto a regalar libros por correo certificado. Me lo contaba Joan Margarit una vez, con su característica torrencialidad: nadie se emociona con un poema vanguardista (no digamos ya con un prefijo post delante), así que el sentido de esa poesía no es otro que desaparecer. Tuvo genio la corriente iniciática de principios del siglo XX, con todos sus ismos simpáticos, pero insistir en esa línea sólo puede ser ejemplo de una sintomatología grave.

De hecho, tan grave como marca mi lema perpetuo: dedíquense los que no saben hacer buena poesía al vanguardismo, y podrán pasar por genios incomprendidos para el común de los vulgares. Es más: serán elitistas superiores, siempre un escalón por encima de los que siguen cultivando metáforas, sinécdoques y calambures. Pero ya hace tiempo que, escamado, llegué a una conclusión efectiva: lo que no se entiende, no existe. En literatura, claro. Es la mejor seña para caminar por el mundo y, sobre todo, para disfrutar todavía con los libros, con la épica y con la lírica. Cualquier experimento de laboratorio, por muy postmoderno, postlúcido, postgráfico y postarriesgado que sea, no pasará de ser un críptico mejunje para gloria y ornato de su autor, el cual pasará irremisiblemente al olvido en muy poco tiempo: el suficiente para reconocer que no hay un solo lector al que le interese el vacío. No digamos ya el postvacío.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Regreso a la habitación (y una necrológica)

LA NECROLÓGICA

No veo otra manera de comenzar el post que hablando del suicidio de David Foster Wallace, del que me enteré tarde y mal. Para ello sin duda tendría que tener a mano el libro que ahora edita Anagrama (yo no soy Javier Marías y estaría dispuesto a leerlo) de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído. En efecto, no he leído a Foster Wallace, y mucho menos La broma infinita con sus mil y pico páginas: para ello ya tengo a Las benévolas durmiendo por un tiempo antes de volver a la dura tarea.

Pero no negaré que en esa época, año 2002, paseaba yo por la FNAC de Barcelona y veía el montón de bromas infinitas, olorosas y relucientes, y fantaseaba con comprarlo y después pasearlo dentro de la bolsa ocre por toda la ciudad, imprudentemente. Hubo críticas entonces que le empujaban a uno a cometer semejante acto, y aún me sorprendo de mi contención. Pero esta corriente de la nueva novela americana (junto a Jonathan Franzen, A.M Homes e incluso Easton Ellis) me atrae y repele a la vez. Ya he tenido ocasión de hablar de ello meses atrás. Quizá La broma infinita pueda ser muy Pynchon y tal, pero como decían maliciosamente ayer por internet, Foster Wallace tenía un terrible parecido al cantante de Jarabe de Palo y sus lloriqueantes fans no lo hubieran hecho mejor la noche en que murió Lady Di. Es lo malo de ser maldito toda tu vida: que a cierta edad, el malditismo comienza a estar muy reñido con las hipotecas. No sé si me explico.

En cualquier caso, Rodrigo Fresán (quién si no) escribe esta otra necrológica que no es una necrológica, pero que es estupenda.

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LA HABITACIÓN

No podía ser de otra forma. Si la literatura tuviera sus casas de apuestas, hubiera hecho una de lo más peculiar: el tercer capítulo de Chesil Beach iba a comenzar en el instante preciso en que terminó el primero, poniendo en evidencia ya de manera definitiva que el segundo era un mero recurso para situar a los personajes en su contexto, para humanizarlos de la manera más académica posible. Hubiera ganado dinero, qué duda cabe. Esta capacidad para adelantarme a los hechos, a los párrafos, no es ningún mérito lector. Sí, hay años de páginas y páginas anteriores, pero hay autores (mejor: hay libros concretos) que parecen escritos como modelos exactos de novela contemporánea. Andamiajes formales, y ya puse el ejemplo de las tuberías. Chesil Beach es una muestra perfecta de ello, aun cuando el riesgo de estas críticas in progress es que en cualquier momento puede haber un quiebre y quedar yo en calzones. Pero hasta ahora el guión sigue los pasos previsibles.

Lo peor de todo esto es que más allá de la estructura perfecta no le encontremos sentido a su aplicación práctica en una obra. Es decir: ¿tiene algún interés para la trama conocer el estado de salud de la madre de Edward? Las páginas que explican el accidente que ella tuvo, tomadas por sí mismas, pueden cautivar como ejemplo de narración con garra, epidérmica, pero en el marco de la novela pueden causar hastío si el lector está esperando la continuación de otra historia. McEwan plantea un buen inicio hasta la página 43, pero prefiere perderse por caminos secundarios durante un largo trecho, y no retoma la vía principal hasta la 91. ¿Qué ha ocurrido entre las páginas 43 y 91? Aparte de la huida de algún lector que ya dejó su huella en la senda expresándolo, hay un montaje de tan alta artificiosidad que todo lo precedente se desmorona con la misma facilidad con que se había construido. Y acto seguido pretende volver a rehacer, pieza a pieza, el resultado de su desaguisado: otra vez estamos en la habitación, frente a la cama, y ahora Florence se quita los zapatos. ¡Cómo si nada hubiese ocurrido durante 48 páginas!

También puede ocurrir, siendo optimistas y creyendo en las habilidades de McEwan, que todo el relato se funda en un cuarto capítulo (luna de miel y embalaje familiar), pero ya será tarde: a esas alturas el lector ya habrá sido puesto sobre aviso y el juego no pasará de ser un puzzle de sencilla hechura.

Hay una diferencia abismal entre esta técnica y los bucles y digresiones que podemos encontrar (por ejemplo, y siempre es el mismo ejemplo) en Marías: aunque la historia no avance en cientos de páginas, o lo haga durante apenas un par de días narrados, todo lo que la historia expande hacia otras ideas es la parte troncal del relato. El excurso como eje de la novela. En cambio, McEwan lo afronta como mero artificio literario: de ahí que se vea obligado a separar en capítulos numerados esas partes, porque de otra manera la estructura se resentiría fatalmente.

Todavía veo otro problema: la morosidad con que se describe cada acción, siendo claramente otro recurso literario, termina por no añadirle ningún plus al relato. ¿Qué necesidad real hay de describir aquellos mismos zapatos hasta la extenuación, cómo los sostiene en cada mano, cómo conjugan con su vestido de bodas, y así sucesivamente? Si el único efecto es el de crear tensión, la jugada no es nada maestra: es una floritura. Los prolegómenos del acto sexual, que se apunta conflictivo, se estiran como chicle para mantener un suspense ciertamente extraño: es como si James Stewart se acercara paulatinamente a la ventana y nunca terminara por agarrar los prismáticos para ver al asesino. Dos horas para llegar al antepecho, imaginen. Pero Hitchcock era mucho más sagaz en estas lides, claro.

No deja de ser interesante, en todo caso, ir revelando estos trucos, pues uno se da cuenta que hasta los buenos escritores caen a veces en el ejercicio vacuo. Quién sabe si la idea primigenia de la novela era buena, pero está claro que el resultado final no está a la altura de sus precedentes.

(continuará)

martes, 16 de septiembre de 2008

Con Ernesto Cardenal

Por fin voy a escribir sobre lo de Cardenal. En esta pequeña patria en la que resido desde hace ya casi 5 años, las noticias que se han sucedido en los últimos meses bastarían para considerar que si hay un solo país vanguardista en este mundo, ese es Nicaragua. Una suma de surrealismo, dadaísmo y unas gotas de expresionismo tropical. No creo que a España lleguen demasiados ecos del vendaval de oportunismo naíf que asola estos lares, ni falta que hace. Pero consideren al menos que algunos sufrimos día a día la aberrante falta de sentido común de la pareja gobernante. Sí, dos: Ortega y señora, o Murillo y señor. Una mezcla de autoritarismo chillón y esoterismo vacuo. Piensen, sin ir más lejos, que uno de los últimos artículos de la señora terminaba con un “luna llena en cuarto creciente”. ¡Y esa gente gobierna!

Pero yo no quiero hablar de política, sino de literatura, como siempre. La penúltima acción dirigida por el establishment (desde presidencia hasta los juzgados locales, en caída libre vertical) es la acusación en contra del poeta Ernesto Cardenal por un asunto del que ya fue absuelto hace poco años. Alguien, a partir de unas declaraciones críticas de éste hacia la pareja gobernante realizadas en Paraguay, desempolvó un enterrado pliego sobre un conflicto de propiedades y condenó al poeta a una multa onerosa. El problema no radica en quién es culpable de qué, sino en la forma en que, arbitrariamente, se busca por dónde agarrar al incómodo orador y darle una reprimenda. La palabra venganza y sinónimos se adaptan como un molde a la secuencia de los hechos.

La respuesta de Ernesto Cardenal, honrosa, ha sido la de negarse a pagar tal sanción y no acceder al chantaje de jueces obtusos. Ante esta postura se le han embargado sus cuentas hasta que no haga efectiva la multa. En este toma y daca estamos, en espera de quién cederá antes, aunque en estos casos siempre es el poderoso quien a corto plazo termina por ganar la jugada, por mucho que la partida continúe y a la larga el resultado acabe siendo al revés. La victoria moral, en estos casos, ya está asegurada.


Por lo pronto, la solidaridad internacional por parte de los colegas ha sido menos tibia de lo que cabía esperar: José Saramago hizo público un comunicado en el que expresa que “Ernesto Cardenal, uno de los más extraordinarios hombres que el sol calienta, ha sido víctima de la mala conciencia de un Daniel Ortega indigno de su propio pasado, incapaz ahora de reconocer la grandeza de alguien a quien hasta un papa, en vano, intentó humillar”. También han firmado en su apoyo, espoleados por Sergio Ramírez, autores como Sealtiel Alatriste, Mario Benedetti, Horacio Castellanos Moya, Luis Antonio de Villena, Eduardo Galeano, Rosa Regàs, Juan Villoro o Mario Vargas Llosa. Éste, precisamente, dio el primer toque de alerta en un artículo reciente acusando a Ortega de violador, entre otras lindezas.

Ya quedan pocos días para la entrega de los Premios Nobel de este año. Una vez más, Cardenal será uno de los nominados, y aunque yo siempre he sido bastante incrédulo sobre esta posibilidad, las circunstancias quizá abonan a que sus números tengan este año más opciones que nunca. Esta lotería, ya se sabe, ha premiado boletos rarísimos a veces. Pero ocurra lo que ocurra, la infamia ya está suelta, para oprobio de los que piensan (y este verbo es muy optimista para ellos) que se puede acallar las voces críticas a base de espantos pecuniarios.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Buscando una voz y una prosa

Navega todavía por mi cabeza la frase de Juan Goytisolo, que me quedó grabada: yo no leo ningún libro que contenga frases como “añadió”, “dijo” o “comentó”. Lo recuerdo a mi manera, claro, porque Juan probablemente se refería a verbos similares y no a estos, pero la idea es precisa. Dejando de lado el hecho de que esto es imposible (supondría rechazar de plano el 99% de la literatura que se hace hoy en día), el envite tiene interés. Yo noto también que cada vez soporto menos la prosa académica, universitaria, con la que se tejen las novelas de aquí y de allá. En Nicaragua, cuando la gente no termina su plato en el restaurante, le pide al camarero que le empaque la comida restante para llevársela a casa. Esto es exactamente: una prosa empacada, lista para consumo doméstico.

Pienso un nombre afín a las voluntades de Goytisolo y sólo se me ocurre, a bote pronto, Lobo Antunes. ¿Hay más? Seguro que sí, pero tampoco hay que tomar al pie de la letra la sentencia. El problema es que yo hace años, muchísimos, que no leo nada de Juan Goytisolo: no hallo razones de peso para hacerlo. Ese sí es un problema: encontrar una voz narrativa con la cual me identifique y, como dice Marías, apostar por ella y no preocuparme por lo que me vaya a contar. Todavía son menos las voces precisas que la ausencia de apostillas al estilo “dijo”, vaya que sí.

Lejos de la narrativa, también estoy este fin de semana devorando un breve ensayo heterogéneo, y creo que la voz que hay ahí detrás me atrae lo suficiente como para no importarme demasiado sobre lo que intente convencerme. ¡Y hablo de un ensayo! Y hablo de Oscar Tusquets. El libro, Todo es comparable, es un divertido trasiego por el quebrantamiento de varios lugares comunes y un intento de multiplicar aristas a lo que geométricamente parece inamovible. La tesis, si hay que llamarla de alguna manera, es transparente: los genios (ya sean descubridores científicos o artistas creadores) lo son en tanto son capaces de ligar dos ideas inconexas de manera eficaz.


Ciertamente, el aburrimiento lector nace cuando uno adivina el párrafo siguiente de la novela, cosa que ya dije ayer que me ocurría con la última novela de McEwan (segundo capítulo, para ser exactos). Tusquets da una pincelada de autores (ojo: más heterogéneos aún que el mismo libro) que cumplen según él ese precepto de comparabilidad sorprendente. Lean, lean estos nombres y confiesen que al menos alguna vez han emitido el adjetivo “genial” ante uno sólo de sus destellos: Salvador Dalí, Josep Pla, Groucho Marx, Jardiel Poncela, Tip y Coll.

Más adelante les informo de algunas de las provocadoras ideas del libro, que ahora se me acumulan con estruendosa felicidad.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Las tuberías de playa Chesil

Llegó el problema. Aparece en el segundo capítulo, apenas dejado atrás el planteamiento atractivo que nos presenta McEwan: una pareja en luna de miel con una visión contradictoria del sexo, intuitiva y apremiante la de él, de rechazo y aversión la de ella. Todo avanza con calculado dramatismo hasta el mismo umbral de la habitación, en un primer capítulo que pudiera ser perfectamente un cuento con punto final.

Pero el corte aplicado a la novela le sirve al autor para redactar un ejercicio meramente escolar: un capítulo de presentación de los dos protagonistas, a partir de la descripción de sus familias y de su entorno, de sus estudios y sus quehaceres más allá de Chesil Beach. No puedo dejar de recordar la diatriba de Juan Marsé al premiar el libro de la Janer con un Planeta: se le veían (decía Marsé de la novela) todos los andamiajes y las tuberías. ¡Ajá! Con todas las distancias que quieran entre un novelista y una escribana, McEwan comete el mismo error, dejando al aire la estructura de la obra.

No es fácil reconocer este hecho, al menos para los que defendemos con energía la trayectoria del autor. También intuyo que tanta perfección formal puede convertirse en cualquier página en un quiebre sorprendente (piensen que Mr. Macabre es capaz de eso y de más), pero a efectos del lector que avanza en la lectura, no creo que haya excusa para volverse tan relamido. Tanta coherencia es buena para explicarle a los adolescentes en qué consisten la narrativa y sus artefactos, pero al lector avisado le sobran el cielo raso y las molduras, todas a la vista.

Todo el segundo capítulo es un who’s who familiar. Decían los viejos expertos que para situar al personaje había que presentarlo en toda su plenitud, y eso incluía la genealogía más próxima. Para saber del hijo y hacerlo propio había que contar algo del padre: la novela decimonónica rebosa de ejemplos. Lo curioso es que McEwan aplique la norma a una novela corta, a una historia sutil que no parece admitir bien los circunloquios ni los aditivos superfluos. La historia de la pareja funciona muy bien, pero no su contexto intrascedente.

Tampoco el trasfondo histórico esconde la obviedad del montaje: estamos de los primeros años 60 y en Inglaterra, así que metamos en el texto a Harold Macmillan, la bomba H y la noche de los cuchillos largos. Situados. Pero el precio es alto, y la trama se resiente con tanta tubería suelta por las paredes.

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Las primeras declaraciones de Marías sobre Bolaño. Y nos enteramos de que nunca lee libros de Anagrama, y de que ya está escribiendo algo nuevo y breve.

Nota: avisado por Portnoy de que el enlace ya no funciona, les copio a continuación el fragmento en que Marías habla sobre Bolaño:

-¿Ha leído a Roberto Bolaño?

"No demasiado, por razones un poco... En fin, lamentablemente él ha publicado la mayor parte de su obra en un editorial en la que yo estuve y dejé de estar. Yo terminé un poco mal con esa editorial, tan mal que decidí en un momento dado que no leería más libros publicados ahí (se refiere a Anagrama)."

-¿De verdad?

Sí, pero de todas formas a Bolaño lo he leído, aunque un poco tardíamente, y lo lamento pues sé que, aunque nunca lo conocí en persona, y por lo que yo he visto en varios lugares, él fue muy generoso conmigo en sus declaraciones, me elogió más de una vez, y en ese sentido me da rabia no haber podido corresponderle en vida, pues se lo merecía. Yo creo que está un pelín distorsionado, no se puede uno fiar mucho, pues al haber muerto prematuramente se está produciendo una especie de mitificación que distorsiona su valía. Y ahora no es momento de decir si es tan bueno como dicen sus mitificadores, pero en todo caso, lo que sí me parece es que es un verdadero escritor, lo que no creo que sea tan frecuente hoy en día: uno va leyendo y dice este hombre tiene brío, fuerza y capacidad de interesar al lector, y originalidad. "Los detectives salvajes" y "2666" los encuentro francamente buenos y atractivos. E irregulares también, porque son muy exagerados, pero con partes muy admirables. Además esta mitificación tiene un lado antipático. Me irrita mucho la generosidad con los muertos. Yo estoy convencido de que si él hubiera publicado "2666" mientras estaba vivo, bueno, primero no se hubiera publicado de esa manera, él tenía otro proyecto, y los elogios no habrían sido los mismos. Hablo de la crítica, por ejemplo, o de otros colegas. Entonces cuando alguien muere ya se le puede decir que era un genio, y Bolaño no vivió todo lo que está viviendo después, y probablemente tampoco lo hubiera vivido de seguir vivo. Pasó lo mismo con otro autor, con el cual no llegamos tampoco a conocernos, pero sí nos carteamos, que fue Sebald, y al cual igualmente le he visto elogios desmedidos, que vienen a raíz de su muerte, y me parece injusto para el muerto, es irritante."

domingo, 27 de julio de 2008

El futuro ya no es lo que era

Leo con cierto retraso el artículo sobre el fin de la ciencia ficción publicado en un reciente Babelia. Me temo que aunque el tema pueda parecer un avance de la languidez vacacional (un tema sobre el fin de... es sintomáticamente agostino) creo que da en el clavo sobre un problema profundo de un género mítico. Más que la muerte de la novela anunciada cada cierto tiempo por algunos, lo que probablemente ocurrirá es la muerte de determinados géneros: las novelas del oeste que leía mi padre son historia, como las novelas rosa al estilo Tellado. En el caso de la CF, sin duda se avecinan malos tiempos.

Dice Miquel Barceló, uno de los que más sabe en mi país sobre el tema, que una de las causas del declive puede ser internet. Hay que detenerse ante la frase: internet es hoy la culpable de todos los males, así que una voz más reafirmando el hecho puede parecer insustancial. Pero hay un factor superior que engarza los dos factores con bastante precisión: el lector de CF, además de su interés meramente literario, era un aficionado a la tecnología y a la ciencia en general, por lo que su tiempo libre ha pasado a ser utilizado para navegar por la red. Lo que un libro de Asimov o de Clarke le contaba, hoy lo encuentra en el mismo pack (historia y tecnología) a través de cientos de webs y blogs.

Pero la caída en la venta de libros de CF no ha sido traspasada a otros formatos. Es curioso que el cine siga explotando con gran éxito argumentos típicamente del género, y que la televisión haya reactivado series con un componente fantástico muy atractivo, caso de Perdidos. (Un apunte: la última película de Night Shyamalan es un calco perfecto de cualquier capítulo de The Twilight Zone, y lo digo porque no he leído esta consideración en ninguna parte y a mi me parece de lo más evidente).

Otro elemento interesante que cuenta Barceló es que el atractivo de esas novelas radicaba en la traslación de una ciencia posible hacia un futuro incierto, pero hoy la mayor parte de esos conocimientos infusos (inteligencia artificial, la comunicación a través de la red, etc.) son realidad tangible, y la especulación puede haber perdido el atractivo que antaño tenía. Es lo que el autor llama con gracia "disolución en el contexto".

Pero, además de invertir su tiempo en internet, me pregunto dónde están hoy los lectores de CF, y me imagino que muchos habrán pasado a ser trágicamente seducidos por los nuevos bestsellers de catedrales góticas y muertes diabólicas. Ojalá me equivoque, y quizá este pensamiento sea una conexión malvada hacia una de las afirmaciones que suelen darse para este público: el lector de CF es un lector de segunda, un adulto que no ha superado (literariamente) sus gustos adolesecentes. Ciertamente, ya hace mucho que yo no devoro una novela de CF, y quizá deba remontarme a algo de Bradbury o a una revisión que realicé, hará ya unos diez años, de la primera serie de la Fundación. Pero eso no obsta para que sienta un poco de nostalgia hacia esta decadencia del futuro posible.

Hay un par de salvavidas con un autor de referencia: después del verano se publicará en España el libro de memorias de J.G. Ballard, Milagros de vida, y se acaba de inaugurar una prometedora exposición en el CCCB de Barcelona (la cual, ay, no podré visitar) sobre la obra de este autor, con el icónico título "El futuro será aburrido". Hombre, sin CF lo será un poco más, qué duda cabe.

lunes, 21 de julio de 2008

En playa Coco


¿Alguien podía dudar de que el inicio de lectura de Chesil Beach iba a tener lugar en una playa? No en cualquier playa, sin duda: teniendo en cuenta que mi latitud no me permitía acercarme siquiera a Chesil, escogí entre lo más a mano aquella playa que me parece la más tranquila y apacible, adecuada para la lectura de una novela que me tenía en ascuas desde hace varias semanas.

Sé perfectamente que mi nueva lectura de McEwan debía ser Amsterdam, pero tampoco había calculado que uno de mis autores fetiche iba a publicar tan pronto. La apariencia externa de la novela explica bien la situación: muchas menos páginas que Sábado y que Expiación, y un tipo de letra mucho más grande y con márgenes colosales (al menos la segunda edición, que es la mía). ¿Novela menor? Veremos. De todos modos, esa sucesiva poda de páginas también es un estímulo para saber si McEwan se defiende igual en las distancias largas que en las cortas.

Voy a decir muy poco esta vez, porque la lectura apenas comienza y ya habrá espacio en sucesivas entradas. Ahora lo que me interesa es pararme ante la decisión trascendental de un escritor, quizá el grado sumo del dilema: cómo voy a iniciar el recorrido del relato, con qué escena abro la novela. Las primeras quince páginas pueden ser el motor de arranque del libro o una simple excusa de presentación de personajes o de tema. Pero es difícil, después de tanta lectura a nuestras espaldas, que se nos escape la intención del autor: las frases van cayendo ante nuestros ojos, una tras otra, y vamos adivinando qué pretende con apenas unos párrafos.

Algunos creen (ilusos) que un buen inicio es una frase sentenciosa, y para ello dan vueltas y vueltas hasta encontrar la cita citable por excelencia. Otros, que la escena debe ser impactante (que haya sangre, un muerto siempre, algo de semen, un cuchillo en alguna parte o una bala) y con eso ya se tiene asegurada la atención del lector por el resto del libro. Los maestros lo tienen mucho más claro: Umberto Eco sólo quería matar a un monje. Por eso creo que mi maestro (y no he leído ni una sola entrevista sobre Chesil Beach, ni una sola crítica, ni un solo artículo referido a la novela) tuvo claro desde un principio que quería meter en una habitación a un par de recién casados, en plena noche de luna de miel. No hay vuelta de hoja: parece imposible arrancar así el libro y que ese no haya sido el motor de pensamiento para lo que iba a acontecer después. Puedo equivocarme, claro, y por eso lo digo ahora, cuando no sé qué ocurrirá en las página siguientes: así mi penitencia podrá ser más visible.

Hay diferencias cruciales entre este inicio y el de sus últimas obras: Expiación comenzaba de manera compleja, presentando a Briony Tallis en el juego verdad-ficción que McEwan ya anticipaba levemente. No era una escena propiamente dicha, sino un largo excurso para ir trabando el armazón del argumento. Sábado, en cambio, arrancaba desde una habitación matrimonial, pero un elemento sorprendente (un avión que cae) se revelaba después como el símbolo más evidente del mensaje de la obra. En este caso, uno no se imagina a McEwan pensando en su novela a partir de un avión en caída (por mucho que su imagen sea la del 11-S), sino la de escribir una obra precisamente después del 11-S, y qué decir entonces.

En Chesil beach hay una escena, y punto. Punto hasta la página 20. Pero la sustancia que emerge de esa pareja en un hotelito al borde del mar, en la habitación para recién casados, es demasiado potente como para ser tomada como una excusa narrativa. Y el efecto impacta: el vértigo que producen los pensamientos de Edward y Florence, minutos antes de saber lo que inevitablemente debe ocurrir a continuación (una cama, unos cuerpos vírgenes, el horror al vacío) es, cómo decirlo, marca de la casa, aunque ahora ocupe esa marca ya las páginas iniciales. Sólo el no saber en qué época estamos da una extraña pátina de irrealidad a la escena, leída al menos desde un lector actual y anclado a su propio presente.

Y la lectura continuará, aunque ya no en la playa para mi desgracia.

domingo, 13 de julio de 2008

Ochenta

Han pasado muchas cosas en el mundo literario desde mi última aparición, que eran suficientes para ser contadas aquí: ha habido premios, decesos, novedades literarias importantes, lecturas, desengaños, sorpresas. Varias veces he estado tentado de romper el silencio, y tantas otras he reprimido mi ansia por escribir algo. Sencillamente, el entorno no ayudaba y las obligaciones terminaban pasando por encima de las inquietudes. Malos tiempos para la narrativa.

Pero si algo ha ocurrido realmente en todo este tiempo digno de ser recordado (ya no sé si contado, pero en fin, aquí estoy tecleando ante una pantalla) es que mi señor padre cumplió ochenta años hace unas pocas semanas. Esto, y nada más, es lo que termina dando sentido al afán por vivir y compartir luego esa vida, al hecho de verse uno reflejado en quien lo ha criado y le ha enseñado y lo ha empujado a caminar solo, y entender que todos los libros del mundo no narran sino eso: el vértigo de ir creciendo y de verse uno, aunque saludable, ante lo inevitable y lo fatal. No me pongo dramático a lo Rubén (Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror...) sino completamente lúcido recordando esos momentos, esas horas y días de emoción compartida y que ahogan cualquier atisbo de ficción.

Ciertamente, como le sucedió a McEwan después del 11-S, he leído muy poca ficción en estos meses. He seguido rodeado de libros y de textos, pero mayoritariamente han sido ensayos, artículos, divagaciones políticas y otras creaciones similares. No es que no merezcan entrar en la senda: aquí, desde un principio, se ha hablado del mundo del libro (entiéndase: también del objeto encuadernado, y de ahí a su contenido) y de todos sus aledaños, ya sean películas basadas en novelas o reflexiones sobre la crítica literaria. Hace pocos días descubrí una magnífica herramienta, Wordle, que me permitió reflejar en un pantallazo todo lo escrito en el blog durante tres años. Era una manera sencilla y creativa de verse reflejado en un espejo y asumir cuáles son los fantasmas, obsesiones y muletillas que uno pone por escrito. El resultado, que incorporé a la columna derecha y que actualizaré cada cierto tiempo, fue éste, que destaca por el adverbio descomunal que me incitó a continuar con esta locura (más, más, más).

Del resto del vocabulario, no hay demasiadas sorpresas: ya, hay, mi, novela, literatura, publicado, JacoboDeza, siempre, huella, historia, páginas, senda. Y como nombres propios, Marías y Bolaño: no he encontrado otros suficientemente recurrentes.

Y en estas estamos. Sé que tengo promesas incumplidas, que de vez en cuando me recuerdan algunos lectores pertinaces. Y creo saber también que mi asiduidad a partir de ahora tampoco podrá volver a ser la que era, pero intentaré ser exigente y dejar al menos un artículo semanal en la senda. Y quizá más apuntes breves cuando sea necesario. Y así hacia adelante (más y más), que ochenta años no son nada.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Cansancio

Tiempos de hartazgo y estrés. Nada grave, pero los soliloquios sobran en esta coyuntura. Pausa indefinida para el blog. Reclamos, como siempre, en las huellas.

viernes, 22 de febrero de 2008

Los Coen reescriben el cine

Tengo todavía en la retina, y ya han pasado cinco días, algunos fotogramas de No country for old men. Lo digo a la americana porque la vi en versión original, como todo en esta vida, y porque todavía no estoy seguro de cuál es la mejor traducción española: No es país para viejos, No hay lugar para los débiles. Entre la opción literal y la otra creo que la segunda puede ajustarse más al sentido de la frase, pero dejo el tema para los expertos.

Voy a admitir, en un tremendo acto de contrición por mi parte, que a día de hoy no he leído ninguna novela de Cormac McCarthy. Tengo otros pendientes en la vida, qué duda cabe. Sin ir más lejos, sigo sin pisar los Estados Unidos más allá de sus aeropuertos para hacer escalas hacia el Sur, pero esto es un acto puramente voluntario y lo primero es fruto de la impotencia lectora, de no poder abarcar todo cuanto se publica en este mundo desbocado. Sé que hay que voltear la vista hacia América en aspectos literarios y reivindiqué eso para mí mismo en un post de hace unos meses: la lista compuesta por Pynchon, DeLillo, Roth y McCarthy marea, pero los minutos escasean y acabo haciendo lo menos meritorio en esta vida: ir a ver la película antes de haber leído el libro. Lo que viene a ser lo mismo que decir que ya no podré leer esta novela, pues no quisiera caer en la terrible realidad de ver las caras de los actores al pasar cada una de las páginas. Pero tengo La carretera, esa sí, en el estante de pendientes.

En todo caso, asisitir durante dos horas al despliegue de imágenes que los hermanos Coen han pergeñado es un tiempo para nada perdido. Incluso aunque, y aquí me voy a permitir un largo excurso, el visionado tenga lugar en uno de esos lugares que sólo la más calenturienta imaginación puede desarrollar. Estoy hablando de un cine que por sí mismo ya es un ejemplo perfecto de estulticia y embrutecimiento social, pero que situado en Managua pasa a ser un monumento a la ostentación malsana. Yo no recuerdo haber visto nunca un lugar de estas características en Barcelona o Madrid, aunque como todo se copia y se emula supongo que a estas alturas ya deben surgir también ahí como setas. Se trata de un cine VIP, en el que recalé por pura necesidad horaria (la sesión que se adaptaba a mis posibilidades sólo se encontraba allá) y no me percaté del hecho hasta que recibí el vuelto de mis pesos. Un cine caro pensado para gente despreciable, que diría Castellanos Moya: desde el mismo instante en que pisé la moqueta ya vislumbré de qué iba el tema: camareros, sillones tipo avión de primera clase, botoncitos para avisar a media película por si nos surge alguna necesidad imperiosa que satisfacer, y un frío que helaba los huesos (pues los cortos de miras acostumbran a pensar que temperatura y precio son constantes progresivas). En esas condiciones no era fácil concentrarse en una película, desde luego: y menos al ver de reojo la clase de clientes que pululaban por la sala, extraídos todos del manual perfecto del pijoaparte, con algunos extranjeros proclives al racismo de clase de por medio. ¿A qué mente perversa se le puede ocurrir este tipo de negocio? ¿Qué insatisfacciones personales lleva a determinadas personas a asistir a este tipo de salas para pedir un sandwich de camembert (¡en Managua!) a media película? Por cierto, el infecto lugar responde por Alhambra.

En fin, que yo iba a escribir sobre la película, y mi espacio y mis ganas van disminuyendo por momentos. Me quedé, precisamente, por la película: cuando comenzaron a llover los primeros fotogramas entendí que ahí enfrente había buen cine. Pero lo mejor de todo, y la causa última de este post, es que toda la obra tiene un mérito fundamental y que se infiere minuto a minuto en cada escena: los Coen han tamizado la novela, han extraído de ella sus elementos literarios más significativos (ojo, no digo argumentales) y los han adaptado al lenguaje cinematográfico que ellos dominan. Quiero decir que, contra lo que suele pasar (directores plastas que ruedan como si el autor estuviera escribiendo sobre la cámara, o directores oportunistas que se apoyan en novelas de éxito para realzar sus películas refritas) los Coen han capturado las esencias del texto y las han traspasado mágicamente a la pantalla. Es difícil decir esto sin caer en una cierta cursilería, por eso hay que sentarse y simplemente ver y escuchar: el ritmo, los planos, los diálogos, todo es meramente literario en esta película pero funciona como cine: nada fácil y todo un reto superado.

Y reitero que no he leído la novela de McCarthy, pero basta con ver esos paisajes fantasmales y esos moteles tan apetecibles (creados y construidos, claro, para que un día exisitieran los McCarthy y los Coen) para pensar que esto y no otra cosa es la literatura norteamericana. La mejor. Y sentir que uno puede escribir un post sobre No country for old men y decir cosas y no haber mentado una sola vez a Javier Bardem: un placer inmenso.

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Cortesías

lunes, 18 de febrero de 2008

Poetas en Granada

El sábado se clausuraba el cuarto Festival Internacional de Poesía de Granada, y por fin me dejé caer por las calles y plazas coloniales de esa ciudad para degustar el ambiente que se vivía por allá. Los días previos hubo gran difusión en los medios y era extraño no saber nada del evento: machaconamente, la televisión repetía un anuncio y un lema naíf ("la poesía es la esperanza") a todas horas.

Ya me considero un experto en estas lides: hace muchos años que asisto a todo tipo de certámenes literarios, en ciudades distantes y con públicos variopintos, así que es difícil que ya nada me sorprenda. Pero la primera impresión fue realmente grata: una superfície nada desdeñable de la plaza central de Granada se cubrió de sillas (la mitad de las cuales se reservó a invitados) y el efecto, con los edificios porticados a los lados y la catedral como testigo imponente, era muy digno. Uno piensa en lugares apropiados para un festival de poesía y puede pensar, sencillamente, en esa plaza. Con los años, como digo, he visto recitales en todo tipo de ambientes; en el metro, por ejemplo. Así que la simbiosis entre la poesía y el ruido la tengo identificada desde hace mucho. Y no voy a recordar el penúltimo recital, ya suficientemente contado aquí, en una impresentable feria del libro de Barcelona bajo un apocalíptico rumor de fondo.

En Granada me esperaba lo peor, es cierto: soy proclive a no tener demasiadas expectativas en estos casos, porque la poesía, así como el sexo, se acaba encontrando en casa y con la mejor calidad de sonido. Es cierto también que tuve que cambiar de sitio justo después del acto previo institucional, porque un niño a mis espaldas emitía alaridos cada pocos segundos, y su madre sólo era capaz de regalarle globos y caramelos para que callara. Pero una vez reubicado y con los lloriqueos como un mar de fondo muy lejano, me dispuse a gozar del espectáculo.

La noche se organizó con la lectura de tres mesas de seis poetas cada una, a los cuales sólo les estaba permitido escoger un único poema. Varios hicieron trampa, pero les perdonamos. Las nacionalidades eran multicolores: islandeses, rusos, serbios, rumanos, y una considerable presencia de suramericanos. Fallaron las dos voces que yo esperaba escuchar, ya que tanto Luis García Montero como Luis Antonio de Villena estaban invitados a la semana poética y no se hiceron presentes esa noche.

Buen sonido, cierta agilidad de lectura (aunque los poetas extranjeros eran releídos después en español por autores nicaragüenses, lo que alargaba la ceremonia) y una diversidad escandalosa de calidades. No anoté todos los nombres y soy incapaz de recordarlos ahora, pero reto a quien estuviera por allá a mejorar mi lista de preferidos: el estadounidense, el chileno, una nicaragüense y un ruso, que leyó un portentoso poema breve sobre un cadáver que levanta cada poco tiempo su lápida para, pasando los dedos por su cara exterior, reconocer todavía el relieve de su propio nombre. A su lado, otros rapsodas cayeron en abismos de lugares comunes y tópicos deleznables, por lo que presiento que un buen número de invitados eran poetas de tercera categoría en sus propios países. Aquí la cantidad (más de un centenar de poetas) jugó en contra del festival, empecinado en consolidarse aunque sea a base de engrandecer sus cifras.

No pudo sorprenderme, decía también, que el sonido de fondo fueran las campanillas de los carretones de heladeros vendiendo su producto, o alguna moto pedorrera que había conseguido llegar hasta los límites de la plaza: a veces pienso si con tanto afinamiento no estaremos consiguiendo que la poesía nunca rompa del todo el cerco del elitismo, así que el ruido de la ciudad no me molesta en absoluto. Viendo la caras de la mayoría de los asistentes pude irme satisfecho: no sé si el tan trillado lema de que en este país todo el mundo es poeta hasta que se demuestre lo contrario es cierto todavía, pero sí que noté un acercamiento humano notable a lo que sucedía en el escenario: que no era otra cosa que voces y palabras. Muchísimo, para los tiempos que corren.

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El Festival fue dedicado este año al poeta Salomón de la Selva, de cuyo espléndido anagrama (un verso perfecto, limpio) me enteré pocos días antes: sol en vaso del alma. Así jugando, voy sacando algunos versos de mis escritores preferidos: rimará viajes, o bien que miren a la vista. En cambio, yo mismo no voy más allá de un simple bajo cedazo.

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La excelente idea del Proyecto Quipu en Perú y la imperiosa necesidad de que los narradores nicaragüenses salgan también, algún día, a la superfície.

lunes, 11 de febrero de 2008

Alemandas I y II

Digámoslo ya de entrada para no caer más tarde en equívocos, y también para que mis insistentes y fieles detractores puedan conocer ya mi opinión desde el primer párrafo y no se vean obligados a seguir leyendo este post: Las benévolas es una gran y excelente novela, de eso ya no me cabe ninguna duda. Con doscientas páginas leídas lo puedo afirmar, y no concibo que ningún lector suficientemente atento, curioso y enterado pueda decir lo contrario. Dejo los peros para luego, que los hay: de momento me interesa sentenciar que Littell ha escrito algo de muchísima fuerza, de alta calidad narrativa: una obra de un autor no sólo en estado de gracia sino con el don de contar historias y empaparse lo suficiente en la bibliografía histórica previa como para que sean de lo más creíble.

Ahora se me aparecen los críticos (pocos y poco sustanciales, todo sea dicho de paso) que se aprestaron a publicar su columna previniéndonos ante la avalancha comercial. Yo, que como todo exalumno de Jordi Gracia atiende a la crítica literaria, estoy ahora capacitado para maldecir a aquellos que con un poco más de insistencia hubieran sido capaces incluso de alejarme definitivamente del libro. ¡Me hubieran apartado, viles criaturas, de este placer actual!

Algunos rápidos argumentos sobre el porqué de mi defensa de Las benévolas podrían ser los que siguen: capacidad de alternar las escenas más impactantes con descripciones impresionistas del entorno, sin saltos mortales ni quiebres forzados. Personajes que aparecen y desparecen constantemente ante el protagonista, que han sido creados con pocas y precisas pinceladas y que los convierte en seres de carne y hueso, por monstruosas que sean sus decisiones. Minuciosidad en los detalles históricos y en las referencias militares, sin que ello implique una aglomeración indigesta de datos. Y algo que yo siempre valoro: inclusión de momentos próximos al lenguaje poético antes o después de las imágenes más brutales, en un ir y venir del caos a la magia tremendamente atractivo (uno entre mil: Max Aue caza con suavidad un gorrión que se ha metido desorientado en su habitación y lo devuelve al exterior, justo a las pocas horas de haber presenciado incólume la ejecución de cientos de mujeres y niños judíos). Podría añadir otros argumentos, pero ya vendrán.

El salto entre una primera y breve parte, casi a modo de prólogo, hacia esta segunda es sustancial: ya comenté que el tono inicial de la novela me desarmaba como lector y llegué a pensar que mi incursión en Las benévolas podía ser más corta de lo previsto. Pero ahora llega la verdadera narración y la trama argumental es transparente: las tropas alemanas avanzan durante la 2ª Guerra Mundial hacia el este, por Polonia, Ucrania y más allá, primero entre evidentes muestras de autosatisfacción y después con el desastre anunciado que llega con el invierno. Es Historia sabida, sin duda: el riesgo de cualquier novela cuyo desenlace conocemos perfectamente es que todo quede en puro argumento y que nuestro interés decaiga a los pocos capítulos. Sin prosa certera y sin una estructura de orfebre no habría quien pudiera tragarse mil páginas de batallas en el lodo.

Littell ha hecho una proeza: su Aue es un protagonista pero sobre todo es un voyeur, como el lector. Participa activamente de todo cuanto le rodea, pero es la descripción de su sorpresa, o de su pesadumbre, o de su desasosiego la que nos atrapa, la que convierte esta obra en un espejo perfecto ante el que escudriñar nuestras propias miserias, y la que la aparta de ser una simple evocación más o menos ortodoxa de la guerra. Es un tipo capacitado para el análisis intelectual de lo que observa, y eso le hace temible y ambiguamente atractivo: justifica el hedor de la violencia con apuntes morales, con alguna que otra cita de autoridad y siempre impertérrito. Aunque le asquea su entorno, el asco también tiene su espacio en el mundo para, una vez limpio, asombrarse de la belleza de lo que ocultaba.

La narración tiene empuje y mantiene un nivel alto casi siempre. Sólo decae en contadas ocasiones, en momentos en los que frecuenta demasiado la alegoría (las descripciones de sueños, por ejemplo, son un recurso ridículo pero no sólo en Littell: deberían estar prohibidas por imperativo literario.) La traducción es exquisita, pero las trampas que pone el autor cada diez líneas no son de fácil digestión al principio: las palabras alemanas no traducidas, en especial las graduaciones militares, lastran un poco la lectura. Los editores han tenido el detalle de insertar un vocabulario en la última página, pero en un tomo de mil páginas no deja de ser una ingenuidad un poco infantil.

Aunque mi principal objeción radica precisamente en el volumen colosal de hechos, datos, reflexiones y personajes, y esto tiene que ver con una percepción muy personal del hecho literario. Cada vez estoy más convencido de que la contención es una virtud y de que son muy pocos los autores dotados para el despliegue arrollador: para eso hace falta, al menos, un estilo, del que Littell carece o yo no he sabido apreciarlo hasta el momento. Littell sabe contar historias, es cáustico cuando conviene, sabe remontar cuando toca y baja el nivel si la escena anterior nos ha empapado, domina la técnica de la narración, pero en cambio no podría afirmar que su estilo sea inimitable. Diría que es sagaz pero no original, y esto tampoco le perjudica en exceso. Para leer esta novela hay que pensar, como otros han hecho antes, en los autores del XIX y comparar: no creo que Littell salga nada mal parado del envite.

A Las benévolas le voy atisbando ya , sobre todo, la épica: esa que hizo de Guerra y Paz un monumento literario. Un crítico francés se preguntaba dónde colocaremos esta obra dentro de un tiempo, pero me inclino a pensar que tendrá su espacio en cualquier buena biblioteca, porque no siempre se edita algo perdurable: pero me queda mucho por delante y espero que no decaiga mi nivel de asombro.

jueves, 7 de febrero de 2008

Dos momentos nicaragüenses

Coinciden en pocas horas dos noticias que afectan a los dos principales exponentes de la literatura nicaragüense. Como ya he contado otras veces, en este páramo cultural (de alta cultura, se entiende, porque de folklore andamos sobrados) cualquier pequeña aportación es un gran evento, pero ahora las dos noticias tienen su peso específico y también traspasan fronteras.

La primera es la concesión del Premio Bilbioteca Breve a Gioconda Belli. Desde un punto de visto estrictamente comercial, nada que objetar: Gioconda ya estaba publicando en Seix Barral y una voz latina siempre aporta un plus de color a los premios que convocan las editoriales españolas: lo estamos viendo a menudo con otros galardones.

El caso de esta mujer es sintomático: su carrera se desarrolla a través de la poesía, una lírica arrebatada con ciertos influjos modernistas y una característica que le da fama internacional (y que en Nicaragua provoca rasgaduras de sotanas): el erotismo palpable y el sexo en todo su esplendor, especialmente desde el placer femenino. Ya en los 90 decide probar suerte con la novela y el éxito vuelve a ser arrollador, especialmente entre las lectoras más feministas, que la adoran y llevan su voz a distintos países. De ahí nace también una correcta memoria de la época de la revolución sandinista, El país bajo mi piel, que se añade a este subgénero que tan actual sigue siendo por las aportaciones de los personajes políticos que vivieron e hicieron esa época.

Pero créanme que a mi me da una pereza monumental leer la obra en prosa de Gioconda, tan deudora todavía del realismo mágico. El resumen de la novela ganadora del Biblioteca Breve es una excelente razón para salir corriendo de la librería en dirección contraria: una recreación del mito de Adán y Eva, hurgando en sus vidas y describiendo cada paso por el paraíso, manzana incluída. La elección de este tipo de argumentos no deja de ser sospechosa de cierta cursilería, pero que desde un punto de vista comercial tiene sus lectores. Diría que Gioconda quisiera ser la Isabel Allende centroamericana, y su carrera está haciendo.

Creo (aunque nunca lo he constatado de verdad, y quizás solo sea una divagación mía) que el lector nicaragüense se divide en una estricta dualidad: los defensores de Gioconda Belli y los defensores de Sergio Ramírez, como polos irreconciliables. Yo, como buen lector de Sergio, reniego de la prosa melíflua de Gioconda, y creo que a otros les sucede lo contrario. Aun así, tampoco creo que Segio se haya despojado completamente de las influencias, ya malsanas a estas alturas, del realismo mágico, pero sus novelas tienen el don del profesionalismo, del escritor que indaga en los entresijos de la narrativa y que cuida cada frase y cada diálogo con dedicación.

Y ahí llego a la segunda noticia del día: el miércoles pude asistir a la presentación del libro Tambor olvidado, que ya comenté aquí cuando todavía era un proyecto avanzado y Sergio Ramírez nos lo pormenorizó entonces a una treintena de invitados en la Universidad Centroamericana. Ahora llegó por fin el acto público organizado por el Grupo Santillana, con una asistencia mucho más grande de la prevista y que dejó a muchos fuera del auditorio, y ya tengo un ejemplar en mis manos.

Voy a apostar fuerte: este libro es una verdadera revolución para este país, que sabe tanto de eso. A medio camino entre la novela y el ensayo, Sergio se encarga de desmontar el hilo discursivo de la historia oficial de Nicaragua, añadiendo un nuevo factor que va a descolocar (al menos sentimentalmente, que no es poco) a la gente de aquí. Hasta ahora se había dado por buena la versión de que los nicaragüenses del Pacífico son una mezcla de indígenas y conquistadores españoles, pero el libro documenta la influencia que la llegada de los negros africanos tuvo en esa parte de Nicaragua (la influencia en la zona del Caribe ya se daba por descontada). El resultado es que casi todas las manifestaciones culturales del país, que tenían a los indios y a los ladinos como fuente perpetua, pasan a tener unos orígenes que se situan en el continente africano: hablo de la marimba, de la sopa de mondongo, del nacatamal, del quijongo, del gallopinto, incluso el baile del Güegüence (con c lo escribe Sergio) tiene raíces africanas en algunas de sus composiciones musicales. ¡Por no hablar del fenotipo claramente mulato del mismísimo Rubén Darío!

No sé cuánta gente va a leer este libro, pero si este país fuera lo suficientemente atento, lo que aquí se cuenta generaría unas disputas y unos debates en cualquier medio de gran valor. Estaré atento a lo que se publique estos días en la prensa o se diga en la televisión, pero no tengo muchas esperanzas de que esta nueva revolución vaya a cambiar las cómodas costumbres de esta nación aletargada.







lunes, 28 de enero de 2008

Sanando con Rubén Darío

Aprovechando la fiebre (como bien decía alguno en una huella, yo me enfermo mucho: tampoco soy previsor y no frecuento los mejores hábitos de vida sana) me recostaba en el sofá y dedicaba las horas a tres asuntos fundamentales: uno, absorber bastantes horas de TCM, un canal temático de clásicos de Hollywood que emite pequeñas maravillas del cine americano sin descanso. Dos, reflexionar bajo el estímulo de la alta temperatura corporal, con pensamientos que fluyen a través de conexiones sorprendentes uno tras otro, como un juego de lógica cuya solución es imposible de hallar en un estado natural. Y tres, olvidar cualquier texto más allá de la poesía, que en estas condiciones se evidencia como el único género capaz de ser absorbido con una cierta prestancia. O sea: mucho Bogart y mucho Cary Grant, y también bastante Rubén, que aquí en Nicaragua es la poesía que se tiene siempre más a mano.

Coincidían estos días enfebrecidos con el 141 aniversario del natalicio del poeta, que aquí siempre es noticia, y se hacía coincidir con el “VI Simposio Internacional Rubén Darío” en la ciudad de León. También nos falta poco para que a mediados de febrero tenga lugar una nueva edición del Festival Internacional de Poesía en Granada, al cual pienso asistir este año para brindarles una crónica del evento en el blog. Pero todo este follaje no esconde las miserias en que se mueven los estudios darianos, en un país que le vio nacer y que todavía no ha publicado un intento (no pido más) de obras completas de Rubén con vocación científica. Todo lo más que hay son volúmenes inmensos que recogen sus principales poemarios, y dispersos estudios sobre textos paralelos (cartas, prólogos, manuscritos no clasificados...). Ha sido Galaxia Gutenberg quien, desde España, ha comenzado a editar un primer volumen de este colosal empeño, a cargo del crítico peruano Julio Ortega.

Este sábado, el suplemento literario de “La Prensa” (insulso casi siempre, aunque en ocasiones especiales merezca ser tomado en cuenta a la hora de la siesta) se sumaba al delirio cumpleañero y le dedicó un monográfico ligero. Lo que ocurre en estos casos es que uno ya sabe de antemano que juega con todos los ases: basta con dedicar un número completo a Rubén Darío para que automáticamente la calidad del contenido raye lo sublime. Es lo que hacen de vez en cuando (cada vez menos, todo sea dicho de paso) Babelia, ABCD o El Cultural: aquí te entrego tres inéditos de Alberti y ya estás frito, lector. A su lado, ¡hasta Rafael Conte parece hablar de literatura! Ayer domingo seguía la fiesta con una entrevista a Sergio Ramírez en el magazine del mismo periódico, dedicada tan sólo a glosar la figura de Rubén y a concretar en pocas palabras la genialidad:

Darío creó un lenguaje distinto. Una sensibilidad literaria, una percepción del lenguaje también muy diferente (...) En Nicaragua no había como en otras partes de América Latina un lenguaje estratificado, por clases sociales. El lenguaje es el mismo lenguaje que hemos hablado. Es lenguaje vivo que Darío captó y transformó en literatura.”

Hay anécdotas impagables sacadas de la vida real del poeta que permiten biografías con mucho jugo, proyecto que el propio Sergio tiene en mente. Así, al cadáver de Rubén le fue extraído con mucha precisión el cerebro (“aquí está el depósito sagrado”, decía el cirujano con la víscera en sus manos), pero una pieza tan preciada no podía dejar de ser apetecible para cualquier mitómano, y fue el propio doctor el que escapó con ella en un frasco. La policía lo apresó y el mismísimo presidente de Nicaragua tuvo que intervenir: “Regréselo a la viuda”, ordenó a los agentes. Pocos días después el cadáver recibía sepultura bajo la columna de San Pablo en la catedral de León: la primera vez que yo estuve allí, años atrás, busqué inútilmente una lápida en el suelo. Lo que hay es una escultura de un león y una placa con la firma del autor en la columna, y ya es sitio de peregrinación literaria.

También hasta el año pasado llegaron las veleidades cleptómanas de algunos: de su casa-museo en León desapareció la hoja de bautismo de Rubén, que al cabo de pocas semanas fue devuelta con la misma pulcritud y secretismo con que fue hurtada.

Los últimos días del poeta se suceden entre fuertes ataques de fiebres y dolores. A las nueve de la noche del 7 de febrero de 1916 entra en estado de agonía, y la viuda humedece sus labios con una esponja blanca. A las 10 y quince minutos alguien para su reloj, anunciando lo inevitable. 21 cañonazos se encargan de difundir la noticia por toda la ciudad. La misma cama que le sirvió de último reposo se conserva hoy en el museo. Al fin, cuerpo y también cerebro acabaron enterrados en el mismo lugar, con levita y guantes negros. A partir de ahí la Historia continua, pero en el papel y en las voces de todos los escolares que en Nicaragua siguen aprendiendo de memoria sus más conocidos versos.

Y ya estoy sano y sin fiebre.

miércoles, 23 de enero de 2008

Días de fiebre

Alta temperatura, imágenes difusas, poca claridad de ideas. Cuando no hay lectura, hay fiebre: síntoma inequívoco. Diagnóstico: infección bacterial. Regresamos cuando el cuerpo lo diga.

miércoles, 16 de enero de 2008

Las librerías inciertas

La revista electrónica Carátula, que dirige Sergio Ramírez, publica en su último número un excelente homenaje a W.G. Sebald a cargo de José María Pérez Gay. El trabajo se divide en una larga reseña sobre el autor y sus circunstancias, un comentario sobre cada uno de sus libros y extractos de entrevistas, además de un poema dedicado por Enzensberger. Nunca es tarde para este tipo de trabajos, especialmente desde una publicación virtual pero elaborada desde Managua, ciudad en la que difícilmente se puede hallar ninguna obra de Sebald. Por cierto, que en el consejo editorial de la revista se puede hallar también el nombre cada vez más atractivo para mí de Horacio Castellanos Moya.

Viene esto a cuento no tanto por Sebald (del cual tengo, entre los ya ineludibles compromisos de lectura tomados en este blog, la idea de ir comentando todos sus libros aquí) sino por la irrealidad que se vive en este país, donde una reseña inocente puede convertirse en un factor crucial de frustración. Recomendar la lectura de un libro que no se puede leer es una faena para cualquier incauto. Ya sé que siempre se puede conseguir por correo expreso o gracias a un amigo desprendido, pero los costos de la primera opción o lo difícil que es cultivar amistades tan generosas acaban por hacer imposible la transacción.

Me reí bastante hace pocos días con un reportaje televisivo que no tenía ninguna vocación humorística: de hecho era casi un publireportaje sobre la que pasa por ser la librería más grande de Nicaragua, y que en poco tiempo se trasladará a un nuevo edificio que la convertirá en la segunda librería más grande de toda Latinoamérica. Pues no deja ser ser contradictorio que en un país en el que pocos leen o en el que no se pueden conseguir libros de Sebald se construya tamaño equipamiento: más que nada porque intuyo la dificultad de rellenarlo con volúmenes consistentes, más allá de los saldos que mandan las editoriales y que en España ya no tienen salida.

Un rápido paseo por Hispamer, que así se llama la librería (editorial a su vez) y que el reportaje desarrollaba con la compañía de algunos autores nacionales, sirve para patentizar qué cosa es un establecimiento de este tipo en Managua: un porcentaje alto de los libros expuestos corresponden a bibliografía universitaria, textos técnicos que sirven a los alumnos de cada carrera y que sólo pueden hallar en librerías como estas, abiertas a todo aquello que tenga páginas encuadernadas y una portada. Otra parte de la tienda está enfocada a vender objetos de papelería (coda necesaria: en Nicaragua hay múltiples locales que reciben el nombre de librería pero son sólo tiendas de papelería: otro dato más que indica la noción desdibujada que tiene aquí un libro, como objeto que aglutina papeles y punto). También tienen su espacio los discos compactos, moda ya tan difundida por las nuevas superfícies comerciales en cualquier parte. Al fin encontramos algunas estanterías destinadas a la literatura internacional (obviamente debo pasar antes por encima de las pilas de libros sobre esoterismo, sexualidad, cocina y new age, dejando a un lado el espacio infantil) y el resultado no puede ser más desalentador: más allá de Cabrera Infante, Puig, Vargas Llosa, Allende y algún ejemplar perdido de Alfaguara de cierta enjundia, no hay vida. Cada uno se conforma con lo que tiene, ciertamente, pero la capacidad de Nicaragua para mirarse a todas horas el ombligo es portentosa.

Lo mejor de esta y de alguna otra librería siempre es su espacio patriótico, destinado a un puñado de obras literarias (poesía en especial) y con mucho ensayo, sorprendentemente especializado en cualquier rama de la historia. Pero lo que más abunda son antologías, libros de consulta, supuestas obras completas, y casi siempre en ediciones de dudosa calidad científica. Toda esta amalgama hace muy difícil establecer un perfil del lector medio, ya que quizás ese tipo de individuo no exista aquí: la mayoría son lectores ocasionales, o gente excepcional que acumula lecturas gracias a sus viajes por países colindantes. ¿Cómo conjugar la rarísima aparición de novedades y la presencia de un fondo editorial enquistado (llevo años viendo los mismos ejemplares) con la presencia de seres puestos al día en Bolaño, Marías o Vila-Matas, por nombrar sólo una tercia de españoles? Ningún suplemento literario menciona aquí esos apellidos, y no hay otra forma de estar al día que a través de internet. Ahí quería llegar: sin las revistas literarias virtuales, los foros de discusión y los blogs, algunos países seguirían al margen de lo que ocurre en la realidad escrita. Eso que todos intuimos, aquí se palpa y se huele, y sin la red no habría otra salida que el exilio, al que todos acuden por razones económicas y no precisamente literarias.

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Evito en la medida de lo posible convertir el blog en una necrológica permanente, pero para que yo me llame Ángel González todavía deben pasar muchos siglos.

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Un contundente bofetón a los papanatas y a las fierecillas, desde las entrañas.

viernes, 11 de enero de 2008

Nancites 13

1. La muerte de Pepín Bello, el adiós a una de las generaciones más impactantes de la poesía española. Considero que la del 27 es un punto de contacto excelente para que los estudiantes de secundaria entiendan que la literatura (esa cosa horrorosa) produce también placer estético. Además de los rifirrafes entre Góngora y Quevedo, que también tienen un peso fundamental en el interés de los alumnos desganados, los poemas de Lorca y Alberti provocan (yo lo he visto) despliegue de antenas, apertura de orejas, miradas menos torvas. Es un efecto que no se debe menospreciar, y quizá es fruto de frases como la que dijo Pepín al conmemorar su centenario: Tengo de poeta lo mismo que de marciano. ¡Benditos marcianos aquellos que crearon imágenes tan potentes como para levantar el ánimo de un chaval de 15 años!

2. ¡Viva España! / Cantemos todos juntos / con distinta voz / y un sólo corazón / y tralaralará. Hay momentos en la vida en que incluso el sarcasmo es un recurso demasiado vacío para hacer frente a la nadería. Confieso estar superado por la pasmosa realidad y por la insulsez en la que puede convertirse un país: ni los juegos florales de las aldeas lleidatanas llegaron a tan poco. Cada letra de este engendro, cada trazo mecánico (¡cada píxel!) es la prueba más brutal de los destinos de una nación, o sea, de los destinos de una comunión sentimentaloide. Y que un himno comience con un Viva es la prueba más certera de que es ya un himno muerto al nacer (El Rey ha muerto, viva etc.)

3. Anagrama publicará la última obra de Yasmina Reza, un proyecto que consistió en ser la sombra de un hombre llamado a ser presidente algún día. Lo novedoso es que parece que el señor Sarkozy opina también sobre literatura y apunta algún pensamiento filosófico, cosa que creíamos desterrada en los de ese oficio. Pero lo mejor es que conociendo la fecha de escritura del libro, ¡podemos estar plenamente seguros y confiados de que por ninguna parte aparece Carla Bruni!

4. Cuando la promesa todavía apuntaba maneras: un interesante ejercicio de memoria, inusualmente honesto, de quien se perdió en las sendas de la pudibundez y pasó de los coños a los velos.

5. Algunos apuntes de interés de los que ya terminaron la lectura de Las benévolas: La mujer justa, Profesor en la secundaria, y la crítica de Ana Nuño en Letras Libres.

miércoles, 9 de enero de 2008

El camino al éxito

Hay preguntas que en sí mismas contienen una respuesta espléndida, que va mucho más allá de lo que el interrogado quiera decir. Hablaba ayer de Las benévolas como el nuevo boom del momento, pero está claro que para el mundo de los libros el éxito ya ha sido sustituido por lo último de Ken Follet. Decía, pues, que este autor ha sido entrevistado coincidiendo con su visita a España y no había mejor pregunta que esta:

¿Cuál es el secreto del éxito de sus libros?

No puedo poner la mano en el fuego, pero creo que la pregunta utilizaba el verbo enganchar, mucho más plástico y adherente que toda la parafernalia de sinónimos (captar la atención, motivar, agradar). De eso se trata: siempre hay algún mecanismo por el cual alguien se engancha a algo, ya sea físico (la nicotina) o meramente espiritual (la promesa de un más allá paradisíaco): las drogas y la religión saben mucho de eso, ¡pero también la literatura! Todos los que quisieran vivir de llenar páginas y que les paguen por ello no cejan en su empeño de encontrar la clave del éxito, el SuperGlu3 que atrapa al incauto y que llena la cuenta bancaria del autor con gran rapidez. La respuesta de Follet es antológica:

Lo importante es tener siempre un problema nuevo y fresco que aparezca para cada personaje de la historia. A medida que resuelven un problema surge otro, y esto hace que los lectores pasen página, se vean inmersos en el mundo de la historia y se olviden del mundo real en el que viven.

La cuestión parece ser meterse en cuantos más problemas mejor: es la misma razón por la cual el cine (comercial, se entiende) evita mostrar al héroe orinando después de levantarse de la cama y en cambio lo enfoca saltando por la ventana, cayendo encima de un toldo, metiéndose en el coche y saliendo a toda velocidad antes de que los perseguidores lo atrapen. La micción es poco problemática, no así la persecución implacable. La novela à la Follet debe parecerse a la construcción de un crucigrama gigante, en el que una palabra lleva a otra y esta a su vez a una tercera, pero nunca acabamos de completar la rejilla: siempre hay una nueva definición, un nuevo problema que resolver para mantener en alto el interés del lector. Sin duda es una táctica acertada: piensen un momento en cualquier best seller y noten la cantidad de problemas que debe resolver el protagonista. Pero Follet especifica con el adjetivo fresco que no sirve cualquier problema cotidiano, el cual nos acercaría irremisiblemente a nuestra aburrida vida diaria y rompería el hechizo que hace que nos olvidemos por unas horas del "mundo real".

También el proceso de creación de la historia tiene su miga: el autor redacta un resumen de 50 páginas durante ¡un año!, que presenta después a la editorial para que sea aprobado. Ya con el plácet bajo el brazo se dispone a escribir el primer capítulo. Lógico: como todo producto de márketing, el creador presenta su obra a la empresa, que debe darle el visto bueno para ser lanzada al mercado.

Hay en todo este proceso simple curiosidad por mi parte, pero no deja de asombrarme la tranquilidad con que se cuenta la película. Se me ocurren varias razones: el lector no tiene el menor interés en conocer el proceso de creación de la novela. El lector admite ya de antemano que su compra está dirigida sólo al placer de pasar el rato. El autor concibe su novela como una diversión, ajena por completo al discurso de la calidad literaria. El mercado tiene suficiente permeabilidad como para colocar en la misma mesa de novedades, por este orden, Marías-Follet-Littell-McCarthy-Millás (visto en FNAC). Así, ¿por qué no desvelar con desparpajo que uno escribe para tener éxito, y lo demás es cursilería?

En febrero, Un mundo sin fin llegará al millón de ejemplares editados en España. Si para ustedes este hecho no merece ninguna atención, olvídense del asunto y este post nunca habrá existido.

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La curiosa traducción de la nueva joya de McEwan, que pierde una preposición en el camino: Anagrama anuncia Chesil Beach para febrero, así que vayan haciendo sitio en el reclinatorio.

lunes, 7 de enero de 2008

Primer asomo a Las benévolas


Ya he comentado otras veces que uno de los grandes hallazgos de los blogs (al menos de éste) es la posibilidad de crear críticas literarias in progress. Contra la costumbre absolutamente unitaria que había hasta el momento de la aparición de este formato virtual, los blogs permiten quebrar una norma encorsetada hasta el extremo, esto es, la publicación de un texto crítico en el momento de finalizar la lectura de un libro. No niego la validez de una crítica así, muy al contrario: para sentar cátedra no hay como explorar el 100% de las páginas de una obra, sacudirlas, magrearlas y ofrecer una conclusión con las herramientas de cualquier escuela de pensamiento. Sigan por ese camino los que pueden y saben.

Pero hay un elemento inherente a la lectura que hasta ahora había sido orillado sin miramientos: hablo de la sensación del lector, que pasa por distintas etapas desde la apertura de las primeras páginas (ya ni hablo de la sensación de ver la portada en la librería, de palparla), la sucesión de capítulos y el cierre del libro, hasta su colocación en la estantería correspondiente. Casi nunca hay una lectura que aguante el mismo de tipo de atención en todas las etapas, no hay lector que juzgue igual un libro en el primer capítulo que en el 24. Hay novelas con inicios magistrales y desarrollos imposibles (La pell freda, ese alucinante bluff internacional ¡antes de Frankfurt!), como las hay que no arrancan hasta la página 100, y a partir de ahí todo es autopista placentera.

La crítica al uso acostumbra a valorar la obra en su totalidad y a dar una valoración en función de las líneas maestras, de la media aritmética que resulta de poner en una balanza lo bueno y en otra lo malo. Pero un blog, ese hilo infinito que no puede obviar el post anterior sin dejar de pensar en el que llegará mañana, permite ir leyendo a medida que se va criticando: el efecto es subyugante, porque el lector sabe que está comentando algo de lo que quizá se desdecirá al cabo de una semana. Miento: de hecho no hace falta desdecirse, porque la opinión sobre las primeras treinta páginas sigue siendo válida siete días después, aunque la obra acabe siendo, en conjunto, tanto un festival como un funeral.

Treinta páginas son las que leí con muchísima atención este fin de semana, no era para menos: en mis manos el sorprendente éxito de Johnattan Littel, un descomunal volumen de casi 1.000 páginas con un peso que dificulta sostenerlo y hacer una lectura cómoda, ya sea en el sofá o la cama (no tengo a mano la báscula, pido el dato de gramaje a quien se preste). Creo que es el primer libro de RBA que leo en mi vida, yo siempre asocio este sello con los fascículos: debe ser injusto pero que cada uno asuma su historia y sus pecados. Vulnera algunos de mis mandamientos literarios: índice al principio, título de los capítulos en cada margen inferior de página, hojas de papel de fumar. Todo es tan excesivo en el libro que apenas uno lleva cuatro o cinco páginas leídas ya siente el peso de todo lo que está por venir. ¿Hay tiempo en esta vida para meterse de lleno en estos libros? Javier Marías abominaba de las novelas actuales que sobrepasaban las 500 páginas, y ya ven en lo que ha quedado su última novela.

Esas treinta páginas acogen el primer capítulo, una especie de introducción a la obra que no puede dejar indiferente a nadie. La primera frase es una de las peores que he leído desde hace tiempo (Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió), y vaya si cuenta: en un desordenado monólogo, el narrador va anticipando un relato del que apenas asoma por ahora algún apunte sobre su participación en la 2ª Guerra Mundial. El tono de perdonavidas que mantiene no es de mi agrado: pretende justificar su postura (de la que nada sabemos por ahora, repito) en base a su percepción de que cualquier otro habría hecho lo mismo en su situación. También parece que con ese recurso el autor se ve impelido a justificar a la vez una novela de ese tamaño, para que nadie abandone a las primeras de cambio: ahí la voz autor/narrador se contagia y a veces veo a Littell, ese jovenzuelo no tan joven de la solapa, señalándome con el dedo y me siento incómodo.

Pero junto al tono también un punto vulgarizante de algunas expresiones, el capítulo esconde algún que otro destello. Hay un fragmento destinado a ser el motivo por el que algunos olvidarán para siempre este regalo de Reyes, y otros como yo habrán caído en la captatio del autor: se trata de una larga secuencia en la que se pormenorizan las estadísticas de muertos alemanes, judíos y bolcheviques de la guerra, con números y con matemáticas, que aproxima la obra a un ensayo del absurdo pero que logra el efecto deseado: absténganse lectores ocasionales, vengan a mí los que puedan aguantar la ristra de documentación y datos comprobables que van a venir a continuación. Salvando las distancias, me recuerda el efecto Eco de El nombre de la rosa: ¿De verdad había tantos millones de lectores capaces de aguantar una frase como En el principio era el Verbo, y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio, en Dios? ¿Cuántos franceses compradores del Goncourt han adornado su sala de estar con Les bienveillantes y siguen tan panchos con su Ken Follet de toda la vida, que vende las mismas páginas pero se entienden?

Lo que estas treinta páginas han corroborado es que mi lectura va a continuar, porque mi intriga puede más que toda la prosa melíflua que sacude el verbo del narrador. Y sobre todo me interesa saber qué hace que una novela como esta sea el boom literario del momento: me quedan 950 páginas para averiguarlo.