viernes, 22 de febrero de 2008

Los Coen reescriben el cine

Tengo todavía en la retina, y ya han pasado cinco días, algunos fotogramas de No country for old men. Lo digo a la americana porque la vi en versión original, como todo en esta vida, y porque todavía no estoy seguro de cuál es la mejor traducción española: No es país para viejos, No hay lugar para los débiles. Entre la opción literal y la otra creo que la segunda puede ajustarse más al sentido de la frase, pero dejo el tema para los expertos.

Voy a admitir, en un tremendo acto de contrición por mi parte, que a día de hoy no he leído ninguna novela de Cormac McCarthy. Tengo otros pendientes en la vida, qué duda cabe. Sin ir más lejos, sigo sin pisar los Estados Unidos más allá de sus aeropuertos para hacer escalas hacia el Sur, pero esto es un acto puramente voluntario y lo primero es fruto de la impotencia lectora, de no poder abarcar todo cuanto se publica en este mundo desbocado. Sé que hay que voltear la vista hacia América en aspectos literarios y reivindiqué eso para mí mismo en un post de hace unos meses: la lista compuesta por Pynchon, DeLillo, Roth y McCarthy marea, pero los minutos escasean y acabo haciendo lo menos meritorio en esta vida: ir a ver la película antes de haber leído el libro. Lo que viene a ser lo mismo que decir que ya no podré leer esta novela, pues no quisiera caer en la terrible realidad de ver las caras de los actores al pasar cada una de las páginas. Pero tengo La carretera, esa sí, en el estante de pendientes.

En todo caso, asisitir durante dos horas al despliegue de imágenes que los hermanos Coen han pergeñado es un tiempo para nada perdido. Incluso aunque, y aquí me voy a permitir un largo excurso, el visionado tenga lugar en uno de esos lugares que sólo la más calenturienta imaginación puede desarrollar. Estoy hablando de un cine que por sí mismo ya es un ejemplo perfecto de estulticia y embrutecimiento social, pero que situado en Managua pasa a ser un monumento a la ostentación malsana. Yo no recuerdo haber visto nunca un lugar de estas características en Barcelona o Madrid, aunque como todo se copia y se emula supongo que a estas alturas ya deben surgir también ahí como setas. Se trata de un cine VIP, en el que recalé por pura necesidad horaria (la sesión que se adaptaba a mis posibilidades sólo se encontraba allá) y no me percaté del hecho hasta que recibí el vuelto de mis pesos. Un cine caro pensado para gente despreciable, que diría Castellanos Moya: desde el mismo instante en que pisé la moqueta ya vislumbré de qué iba el tema: camareros, sillones tipo avión de primera clase, botoncitos para avisar a media película por si nos surge alguna necesidad imperiosa que satisfacer, y un frío que helaba los huesos (pues los cortos de miras acostumbran a pensar que temperatura y precio son constantes progresivas). En esas condiciones no era fácil concentrarse en una película, desde luego: y menos al ver de reojo la clase de clientes que pululaban por la sala, extraídos todos del manual perfecto del pijoaparte, con algunos extranjeros proclives al racismo de clase de por medio. ¿A qué mente perversa se le puede ocurrir este tipo de negocio? ¿Qué insatisfacciones personales lleva a determinadas personas a asistir a este tipo de salas para pedir un sandwich de camembert (¡en Managua!) a media película? Por cierto, el infecto lugar responde por Alhambra.

En fin, que yo iba a escribir sobre la película, y mi espacio y mis ganas van disminuyendo por momentos. Me quedé, precisamente, por la película: cuando comenzaron a llover los primeros fotogramas entendí que ahí enfrente había buen cine. Pero lo mejor de todo, y la causa última de este post, es que toda la obra tiene un mérito fundamental y que se infiere minuto a minuto en cada escena: los Coen han tamizado la novela, han extraído de ella sus elementos literarios más significativos (ojo, no digo argumentales) y los han adaptado al lenguaje cinematográfico que ellos dominan. Quiero decir que, contra lo que suele pasar (directores plastas que ruedan como si el autor estuviera escribiendo sobre la cámara, o directores oportunistas que se apoyan en novelas de éxito para realzar sus películas refritas) los Coen han capturado las esencias del texto y las han traspasado mágicamente a la pantalla. Es difícil decir esto sin caer en una cierta cursilería, por eso hay que sentarse y simplemente ver y escuchar: el ritmo, los planos, los diálogos, todo es meramente literario en esta película pero funciona como cine: nada fácil y todo un reto superado.

Y reitero que no he leído la novela de McCarthy, pero basta con ver esos paisajes fantasmales y esos moteles tan apetecibles (creados y construidos, claro, para que un día exisitieran los McCarthy y los Coen) para pensar que esto y no otra cosa es la literatura norteamericana. La mejor. Y sentir que uno puede escribir un post sobre No country for old men y decir cosas y no haber mentado una sola vez a Javier Bardem: un placer inmenso.

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Cortesías

lunes, 18 de febrero de 2008

Poetas en Granada

El sábado se clausuraba el cuarto Festival Internacional de Poesía de Granada, y por fin me dejé caer por las calles y plazas coloniales de esa ciudad para degustar el ambiente que se vivía por allá. Los días previos hubo gran difusión en los medios y era extraño no saber nada del evento: machaconamente, la televisión repetía un anuncio y un lema naíf ("la poesía es la esperanza") a todas horas.

Ya me considero un experto en estas lides: hace muchos años que asisto a todo tipo de certámenes literarios, en ciudades distantes y con públicos variopintos, así que es difícil que ya nada me sorprenda. Pero la primera impresión fue realmente grata: una superfície nada desdeñable de la plaza central de Granada se cubrió de sillas (la mitad de las cuales se reservó a invitados) y el efecto, con los edificios porticados a los lados y la catedral como testigo imponente, era muy digno. Uno piensa en lugares apropiados para un festival de poesía y puede pensar, sencillamente, en esa plaza. Con los años, como digo, he visto recitales en todo tipo de ambientes; en el metro, por ejemplo. Así que la simbiosis entre la poesía y el ruido la tengo identificada desde hace mucho. Y no voy a recordar el penúltimo recital, ya suficientemente contado aquí, en una impresentable feria del libro de Barcelona bajo un apocalíptico rumor de fondo.

En Granada me esperaba lo peor, es cierto: soy proclive a no tener demasiadas expectativas en estos casos, porque la poesía, así como el sexo, se acaba encontrando en casa y con la mejor calidad de sonido. Es cierto también que tuve que cambiar de sitio justo después del acto previo institucional, porque un niño a mis espaldas emitía alaridos cada pocos segundos, y su madre sólo era capaz de regalarle globos y caramelos para que callara. Pero una vez reubicado y con los lloriqueos como un mar de fondo muy lejano, me dispuse a gozar del espectáculo.

La noche se organizó con la lectura de tres mesas de seis poetas cada una, a los cuales sólo les estaba permitido escoger un único poema. Varios hicieron trampa, pero les perdonamos. Las nacionalidades eran multicolores: islandeses, rusos, serbios, rumanos, y una considerable presencia de suramericanos. Fallaron las dos voces que yo esperaba escuchar, ya que tanto Luis García Montero como Luis Antonio de Villena estaban invitados a la semana poética y no se hiceron presentes esa noche.

Buen sonido, cierta agilidad de lectura (aunque los poetas extranjeros eran releídos después en español por autores nicaragüenses, lo que alargaba la ceremonia) y una diversidad escandalosa de calidades. No anoté todos los nombres y soy incapaz de recordarlos ahora, pero reto a quien estuviera por allá a mejorar mi lista de preferidos: el estadounidense, el chileno, una nicaragüense y un ruso, que leyó un portentoso poema breve sobre un cadáver que levanta cada poco tiempo su lápida para, pasando los dedos por su cara exterior, reconocer todavía el relieve de su propio nombre. A su lado, otros rapsodas cayeron en abismos de lugares comunes y tópicos deleznables, por lo que presiento que un buen número de invitados eran poetas de tercera categoría en sus propios países. Aquí la cantidad (más de un centenar de poetas) jugó en contra del festival, empecinado en consolidarse aunque sea a base de engrandecer sus cifras.

No pudo sorprenderme, decía también, que el sonido de fondo fueran las campanillas de los carretones de heladeros vendiendo su producto, o alguna moto pedorrera que había conseguido llegar hasta los límites de la plaza: a veces pienso si con tanto afinamiento no estaremos consiguiendo que la poesía nunca rompa del todo el cerco del elitismo, así que el ruido de la ciudad no me molesta en absoluto. Viendo la caras de la mayoría de los asistentes pude irme satisfecho: no sé si el tan trillado lema de que en este país todo el mundo es poeta hasta que se demuestre lo contrario es cierto todavía, pero sí que noté un acercamiento humano notable a lo que sucedía en el escenario: que no era otra cosa que voces y palabras. Muchísimo, para los tiempos que corren.

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El Festival fue dedicado este año al poeta Salomón de la Selva, de cuyo espléndido anagrama (un verso perfecto, limpio) me enteré pocos días antes: sol en vaso del alma. Así jugando, voy sacando algunos versos de mis escritores preferidos: rimará viajes, o bien que miren a la vista. En cambio, yo mismo no voy más allá de un simple bajo cedazo.

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La excelente idea del Proyecto Quipu en Perú y la imperiosa necesidad de que los narradores nicaragüenses salgan también, algún día, a la superfície.

lunes, 11 de febrero de 2008

Alemandas I y II

Digámoslo ya de entrada para no caer más tarde en equívocos, y también para que mis insistentes y fieles detractores puedan conocer ya mi opinión desde el primer párrafo y no se vean obligados a seguir leyendo este post: Las benévolas es una gran y excelente novela, de eso ya no me cabe ninguna duda. Con doscientas páginas leídas lo puedo afirmar, y no concibo que ningún lector suficientemente atento, curioso y enterado pueda decir lo contrario. Dejo los peros para luego, que los hay: de momento me interesa sentenciar que Littell ha escrito algo de muchísima fuerza, de alta calidad narrativa: una obra de un autor no sólo en estado de gracia sino con el don de contar historias y empaparse lo suficiente en la bibliografía histórica previa como para que sean de lo más creíble.

Ahora se me aparecen los críticos (pocos y poco sustanciales, todo sea dicho de paso) que se aprestaron a publicar su columna previniéndonos ante la avalancha comercial. Yo, que como todo exalumno de Jordi Gracia atiende a la crítica literaria, estoy ahora capacitado para maldecir a aquellos que con un poco más de insistencia hubieran sido capaces incluso de alejarme definitivamente del libro. ¡Me hubieran apartado, viles criaturas, de este placer actual!

Algunos rápidos argumentos sobre el porqué de mi defensa de Las benévolas podrían ser los que siguen: capacidad de alternar las escenas más impactantes con descripciones impresionistas del entorno, sin saltos mortales ni quiebres forzados. Personajes que aparecen y desparecen constantemente ante el protagonista, que han sido creados con pocas y precisas pinceladas y que los convierte en seres de carne y hueso, por monstruosas que sean sus decisiones. Minuciosidad en los detalles históricos y en las referencias militares, sin que ello implique una aglomeración indigesta de datos. Y algo que yo siempre valoro: inclusión de momentos próximos al lenguaje poético antes o después de las imágenes más brutales, en un ir y venir del caos a la magia tremendamente atractivo (uno entre mil: Max Aue caza con suavidad un gorrión que se ha metido desorientado en su habitación y lo devuelve al exterior, justo a las pocas horas de haber presenciado incólume la ejecución de cientos de mujeres y niños judíos). Podría añadir otros argumentos, pero ya vendrán.

El salto entre una primera y breve parte, casi a modo de prólogo, hacia esta segunda es sustancial: ya comenté que el tono inicial de la novela me desarmaba como lector y llegué a pensar que mi incursión en Las benévolas podía ser más corta de lo previsto. Pero ahora llega la verdadera narración y la trama argumental es transparente: las tropas alemanas avanzan durante la 2ª Guerra Mundial hacia el este, por Polonia, Ucrania y más allá, primero entre evidentes muestras de autosatisfacción y después con el desastre anunciado que llega con el invierno. Es Historia sabida, sin duda: el riesgo de cualquier novela cuyo desenlace conocemos perfectamente es que todo quede en puro argumento y que nuestro interés decaiga a los pocos capítulos. Sin prosa certera y sin una estructura de orfebre no habría quien pudiera tragarse mil páginas de batallas en el lodo.

Littell ha hecho una proeza: su Aue es un protagonista pero sobre todo es un voyeur, como el lector. Participa activamente de todo cuanto le rodea, pero es la descripción de su sorpresa, o de su pesadumbre, o de su desasosiego la que nos atrapa, la que convierte esta obra en un espejo perfecto ante el que escudriñar nuestras propias miserias, y la que la aparta de ser una simple evocación más o menos ortodoxa de la guerra. Es un tipo capacitado para el análisis intelectual de lo que observa, y eso le hace temible y ambiguamente atractivo: justifica el hedor de la violencia con apuntes morales, con alguna que otra cita de autoridad y siempre impertérrito. Aunque le asquea su entorno, el asco también tiene su espacio en el mundo para, una vez limpio, asombrarse de la belleza de lo que ocultaba.

La narración tiene empuje y mantiene un nivel alto casi siempre. Sólo decae en contadas ocasiones, en momentos en los que frecuenta demasiado la alegoría (las descripciones de sueños, por ejemplo, son un recurso ridículo pero no sólo en Littell: deberían estar prohibidas por imperativo literario.) La traducción es exquisita, pero las trampas que pone el autor cada diez líneas no son de fácil digestión al principio: las palabras alemanas no traducidas, en especial las graduaciones militares, lastran un poco la lectura. Los editores han tenido el detalle de insertar un vocabulario en la última página, pero en un tomo de mil páginas no deja de ser una ingenuidad un poco infantil.

Aunque mi principal objeción radica precisamente en el volumen colosal de hechos, datos, reflexiones y personajes, y esto tiene que ver con una percepción muy personal del hecho literario. Cada vez estoy más convencido de que la contención es una virtud y de que son muy pocos los autores dotados para el despliegue arrollador: para eso hace falta, al menos, un estilo, del que Littell carece o yo no he sabido apreciarlo hasta el momento. Littell sabe contar historias, es cáustico cuando conviene, sabe remontar cuando toca y baja el nivel si la escena anterior nos ha empapado, domina la técnica de la narración, pero en cambio no podría afirmar que su estilo sea inimitable. Diría que es sagaz pero no original, y esto tampoco le perjudica en exceso. Para leer esta novela hay que pensar, como otros han hecho antes, en los autores del XIX y comparar: no creo que Littell salga nada mal parado del envite.

A Las benévolas le voy atisbando ya , sobre todo, la épica: esa que hizo de Guerra y Paz un monumento literario. Un crítico francés se preguntaba dónde colocaremos esta obra dentro de un tiempo, pero me inclino a pensar que tendrá su espacio en cualquier buena biblioteca, porque no siempre se edita algo perdurable: pero me queda mucho por delante y espero que no decaiga mi nivel de asombro.

jueves, 7 de febrero de 2008

Dos momentos nicaragüenses

Coinciden en pocas horas dos noticias que afectan a los dos principales exponentes de la literatura nicaragüense. Como ya he contado otras veces, en este páramo cultural (de alta cultura, se entiende, porque de folklore andamos sobrados) cualquier pequeña aportación es un gran evento, pero ahora las dos noticias tienen su peso específico y también traspasan fronteras.

La primera es la concesión del Premio Bilbioteca Breve a Gioconda Belli. Desde un punto de visto estrictamente comercial, nada que objetar: Gioconda ya estaba publicando en Seix Barral y una voz latina siempre aporta un plus de color a los premios que convocan las editoriales españolas: lo estamos viendo a menudo con otros galardones.

El caso de esta mujer es sintomático: su carrera se desarrolla a través de la poesía, una lírica arrebatada con ciertos influjos modernistas y una característica que le da fama internacional (y que en Nicaragua provoca rasgaduras de sotanas): el erotismo palpable y el sexo en todo su esplendor, especialmente desde el placer femenino. Ya en los 90 decide probar suerte con la novela y el éxito vuelve a ser arrollador, especialmente entre las lectoras más feministas, que la adoran y llevan su voz a distintos países. De ahí nace también una correcta memoria de la época de la revolución sandinista, El país bajo mi piel, que se añade a este subgénero que tan actual sigue siendo por las aportaciones de los personajes políticos que vivieron e hicieron esa época.

Pero créanme que a mi me da una pereza monumental leer la obra en prosa de Gioconda, tan deudora todavía del realismo mágico. El resumen de la novela ganadora del Biblioteca Breve es una excelente razón para salir corriendo de la librería en dirección contraria: una recreación del mito de Adán y Eva, hurgando en sus vidas y describiendo cada paso por el paraíso, manzana incluída. La elección de este tipo de argumentos no deja de ser sospechosa de cierta cursilería, pero que desde un punto de vista comercial tiene sus lectores. Diría que Gioconda quisiera ser la Isabel Allende centroamericana, y su carrera está haciendo.

Creo (aunque nunca lo he constatado de verdad, y quizás solo sea una divagación mía) que el lector nicaragüense se divide en una estricta dualidad: los defensores de Gioconda Belli y los defensores de Sergio Ramírez, como polos irreconciliables. Yo, como buen lector de Sergio, reniego de la prosa melíflua de Gioconda, y creo que a otros les sucede lo contrario. Aun así, tampoco creo que Segio se haya despojado completamente de las influencias, ya malsanas a estas alturas, del realismo mágico, pero sus novelas tienen el don del profesionalismo, del escritor que indaga en los entresijos de la narrativa y que cuida cada frase y cada diálogo con dedicación.

Y ahí llego a la segunda noticia del día: el miércoles pude asistir a la presentación del libro Tambor olvidado, que ya comenté aquí cuando todavía era un proyecto avanzado y Sergio Ramírez nos lo pormenorizó entonces a una treintena de invitados en la Universidad Centroamericana. Ahora llegó por fin el acto público organizado por el Grupo Santillana, con una asistencia mucho más grande de la prevista y que dejó a muchos fuera del auditorio, y ya tengo un ejemplar en mis manos.

Voy a apostar fuerte: este libro es una verdadera revolución para este país, que sabe tanto de eso. A medio camino entre la novela y el ensayo, Sergio se encarga de desmontar el hilo discursivo de la historia oficial de Nicaragua, añadiendo un nuevo factor que va a descolocar (al menos sentimentalmente, que no es poco) a la gente de aquí. Hasta ahora se había dado por buena la versión de que los nicaragüenses del Pacífico son una mezcla de indígenas y conquistadores españoles, pero el libro documenta la influencia que la llegada de los negros africanos tuvo en esa parte de Nicaragua (la influencia en la zona del Caribe ya se daba por descontada). El resultado es que casi todas las manifestaciones culturales del país, que tenían a los indios y a los ladinos como fuente perpetua, pasan a tener unos orígenes que se situan en el continente africano: hablo de la marimba, de la sopa de mondongo, del nacatamal, del quijongo, del gallopinto, incluso el baile del Güegüence (con c lo escribe Sergio) tiene raíces africanas en algunas de sus composiciones musicales. ¡Por no hablar del fenotipo claramente mulato del mismísimo Rubén Darío!

No sé cuánta gente va a leer este libro, pero si este país fuera lo suficientemente atento, lo que aquí se cuenta generaría unas disputas y unos debates en cualquier medio de gran valor. Estaré atento a lo que se publique estos días en la prensa o se diga en la televisión, pero no tengo muchas esperanzas de que esta nueva revolución vaya a cambiar las cómodas costumbres de esta nación aletargada.







lunes, 28 de enero de 2008

Sanando con Rubén Darío

Aprovechando la fiebre (como bien decía alguno en una huella, yo me enfermo mucho: tampoco soy previsor y no frecuento los mejores hábitos de vida sana) me recostaba en el sofá y dedicaba las horas a tres asuntos fundamentales: uno, absorber bastantes horas de TCM, un canal temático de clásicos de Hollywood que emite pequeñas maravillas del cine americano sin descanso. Dos, reflexionar bajo el estímulo de la alta temperatura corporal, con pensamientos que fluyen a través de conexiones sorprendentes uno tras otro, como un juego de lógica cuya solución es imposible de hallar en un estado natural. Y tres, olvidar cualquier texto más allá de la poesía, que en estas condiciones se evidencia como el único género capaz de ser absorbido con una cierta prestancia. O sea: mucho Bogart y mucho Cary Grant, y también bastante Rubén, que aquí en Nicaragua es la poesía que se tiene siempre más a mano.

Coincidían estos días enfebrecidos con el 141 aniversario del natalicio del poeta, que aquí siempre es noticia, y se hacía coincidir con el “VI Simposio Internacional Rubén Darío” en la ciudad de León. También nos falta poco para que a mediados de febrero tenga lugar una nueva edición del Festival Internacional de Poesía en Granada, al cual pienso asistir este año para brindarles una crónica del evento en el blog. Pero todo este follaje no esconde las miserias en que se mueven los estudios darianos, en un país que le vio nacer y que todavía no ha publicado un intento (no pido más) de obras completas de Rubén con vocación científica. Todo lo más que hay son volúmenes inmensos que recogen sus principales poemarios, y dispersos estudios sobre textos paralelos (cartas, prólogos, manuscritos no clasificados...). Ha sido Galaxia Gutenberg quien, desde España, ha comenzado a editar un primer volumen de este colosal empeño, a cargo del crítico peruano Julio Ortega.

Este sábado, el suplemento literario de “La Prensa” (insulso casi siempre, aunque en ocasiones especiales merezca ser tomado en cuenta a la hora de la siesta) se sumaba al delirio cumpleañero y le dedicó un monográfico ligero. Lo que ocurre en estos casos es que uno ya sabe de antemano que juega con todos los ases: basta con dedicar un número completo a Rubén Darío para que automáticamente la calidad del contenido raye lo sublime. Es lo que hacen de vez en cuando (cada vez menos, todo sea dicho de paso) Babelia, ABCD o El Cultural: aquí te entrego tres inéditos de Alberti y ya estás frito, lector. A su lado, ¡hasta Rafael Conte parece hablar de literatura! Ayer domingo seguía la fiesta con una entrevista a Sergio Ramírez en el magazine del mismo periódico, dedicada tan sólo a glosar la figura de Rubén y a concretar en pocas palabras la genialidad:

Darío creó un lenguaje distinto. Una sensibilidad literaria, una percepción del lenguaje también muy diferente (...) En Nicaragua no había como en otras partes de América Latina un lenguaje estratificado, por clases sociales. El lenguaje es el mismo lenguaje que hemos hablado. Es lenguaje vivo que Darío captó y transformó en literatura.”

Hay anécdotas impagables sacadas de la vida real del poeta que permiten biografías con mucho jugo, proyecto que el propio Sergio tiene en mente. Así, al cadáver de Rubén le fue extraído con mucha precisión el cerebro (“aquí está el depósito sagrado”, decía el cirujano con la víscera en sus manos), pero una pieza tan preciada no podía dejar de ser apetecible para cualquier mitómano, y fue el propio doctor el que escapó con ella en un frasco. La policía lo apresó y el mismísimo presidente de Nicaragua tuvo que intervenir: “Regréselo a la viuda”, ordenó a los agentes. Pocos días después el cadáver recibía sepultura bajo la columna de San Pablo en la catedral de León: la primera vez que yo estuve allí, años atrás, busqué inútilmente una lápida en el suelo. Lo que hay es una escultura de un león y una placa con la firma del autor en la columna, y ya es sitio de peregrinación literaria.

También hasta el año pasado llegaron las veleidades cleptómanas de algunos: de su casa-museo en León desapareció la hoja de bautismo de Rubén, que al cabo de pocas semanas fue devuelta con la misma pulcritud y secretismo con que fue hurtada.

Los últimos días del poeta se suceden entre fuertes ataques de fiebres y dolores. A las nueve de la noche del 7 de febrero de 1916 entra en estado de agonía, y la viuda humedece sus labios con una esponja blanca. A las 10 y quince minutos alguien para su reloj, anunciando lo inevitable. 21 cañonazos se encargan de difundir la noticia por toda la ciudad. La misma cama que le sirvió de último reposo se conserva hoy en el museo. Al fin, cuerpo y también cerebro acabaron enterrados en el mismo lugar, con levita y guantes negros. A partir de ahí la Historia continua, pero en el papel y en las voces de todos los escolares que en Nicaragua siguen aprendiendo de memoria sus más conocidos versos.

Y ya estoy sano y sin fiebre.

miércoles, 23 de enero de 2008

Días de fiebre

Alta temperatura, imágenes difusas, poca claridad de ideas. Cuando no hay lectura, hay fiebre: síntoma inequívoco. Diagnóstico: infección bacterial. Regresamos cuando el cuerpo lo diga.

miércoles, 16 de enero de 2008

Las librerías inciertas

La revista electrónica Carátula, que dirige Sergio Ramírez, publica en su último número un excelente homenaje a W.G. Sebald a cargo de José María Pérez Gay. El trabajo se divide en una larga reseña sobre el autor y sus circunstancias, un comentario sobre cada uno de sus libros y extractos de entrevistas, además de un poema dedicado por Enzensberger. Nunca es tarde para este tipo de trabajos, especialmente desde una publicación virtual pero elaborada desde Managua, ciudad en la que difícilmente se puede hallar ninguna obra de Sebald. Por cierto, que en el consejo editorial de la revista se puede hallar también el nombre cada vez más atractivo para mí de Horacio Castellanos Moya.

Viene esto a cuento no tanto por Sebald (del cual tengo, entre los ya ineludibles compromisos de lectura tomados en este blog, la idea de ir comentando todos sus libros aquí) sino por la irrealidad que se vive en este país, donde una reseña inocente puede convertirse en un factor crucial de frustración. Recomendar la lectura de un libro que no se puede leer es una faena para cualquier incauto. Ya sé que siempre se puede conseguir por correo expreso o gracias a un amigo desprendido, pero los costos de la primera opción o lo difícil que es cultivar amistades tan generosas acaban por hacer imposible la transacción.

Me reí bastante hace pocos días con un reportaje televisivo que no tenía ninguna vocación humorística: de hecho era casi un publireportaje sobre la que pasa por ser la librería más grande de Nicaragua, y que en poco tiempo se trasladará a un nuevo edificio que la convertirá en la segunda librería más grande de toda Latinoamérica. Pues no deja ser ser contradictorio que en un país en el que pocos leen o en el que no se pueden conseguir libros de Sebald se construya tamaño equipamiento: más que nada porque intuyo la dificultad de rellenarlo con volúmenes consistentes, más allá de los saldos que mandan las editoriales y que en España ya no tienen salida.

Un rápido paseo por Hispamer, que así se llama la librería (editorial a su vez) y que el reportaje desarrollaba con la compañía de algunos autores nacionales, sirve para patentizar qué cosa es un establecimiento de este tipo en Managua: un porcentaje alto de los libros expuestos corresponden a bibliografía universitaria, textos técnicos que sirven a los alumnos de cada carrera y que sólo pueden hallar en librerías como estas, abiertas a todo aquello que tenga páginas encuadernadas y una portada. Otra parte de la tienda está enfocada a vender objetos de papelería (coda necesaria: en Nicaragua hay múltiples locales que reciben el nombre de librería pero son sólo tiendas de papelería: otro dato más que indica la noción desdibujada que tiene aquí un libro, como objeto que aglutina papeles y punto). También tienen su espacio los discos compactos, moda ya tan difundida por las nuevas superfícies comerciales en cualquier parte. Al fin encontramos algunas estanterías destinadas a la literatura internacional (obviamente debo pasar antes por encima de las pilas de libros sobre esoterismo, sexualidad, cocina y new age, dejando a un lado el espacio infantil) y el resultado no puede ser más desalentador: más allá de Cabrera Infante, Puig, Vargas Llosa, Allende y algún ejemplar perdido de Alfaguara de cierta enjundia, no hay vida. Cada uno se conforma con lo que tiene, ciertamente, pero la capacidad de Nicaragua para mirarse a todas horas el ombligo es portentosa.

Lo mejor de esta y de alguna otra librería siempre es su espacio patriótico, destinado a un puñado de obras literarias (poesía en especial) y con mucho ensayo, sorprendentemente especializado en cualquier rama de la historia. Pero lo que más abunda son antologías, libros de consulta, supuestas obras completas, y casi siempre en ediciones de dudosa calidad científica. Toda esta amalgama hace muy difícil establecer un perfil del lector medio, ya que quizás ese tipo de individuo no exista aquí: la mayoría son lectores ocasionales, o gente excepcional que acumula lecturas gracias a sus viajes por países colindantes. ¿Cómo conjugar la rarísima aparición de novedades y la presencia de un fondo editorial enquistado (llevo años viendo los mismos ejemplares) con la presencia de seres puestos al día en Bolaño, Marías o Vila-Matas, por nombrar sólo una tercia de españoles? Ningún suplemento literario menciona aquí esos apellidos, y no hay otra forma de estar al día que a través de internet. Ahí quería llegar: sin las revistas literarias virtuales, los foros de discusión y los blogs, algunos países seguirían al margen de lo que ocurre en la realidad escrita. Eso que todos intuimos, aquí se palpa y se huele, y sin la red no habría otra salida que el exilio, al que todos acuden por razones económicas y no precisamente literarias.

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Evito en la medida de lo posible convertir el blog en una necrológica permanente, pero para que yo me llame Ángel González todavía deben pasar muchos siglos.

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Un contundente bofetón a los papanatas y a las fierecillas, desde las entrañas.

viernes, 11 de enero de 2008

Nancites 13

1. La muerte de Pepín Bello, el adiós a una de las generaciones más impactantes de la poesía española. Considero que la del 27 es un punto de contacto excelente para que los estudiantes de secundaria entiendan que la literatura (esa cosa horrorosa) produce también placer estético. Además de los rifirrafes entre Góngora y Quevedo, que también tienen un peso fundamental en el interés de los alumnos desganados, los poemas de Lorca y Alberti provocan (yo lo he visto) despliegue de antenas, apertura de orejas, miradas menos torvas. Es un efecto que no se debe menospreciar, y quizá es fruto de frases como la que dijo Pepín al conmemorar su centenario: Tengo de poeta lo mismo que de marciano. ¡Benditos marcianos aquellos que crearon imágenes tan potentes como para levantar el ánimo de un chaval de 15 años!

2. ¡Viva España! / Cantemos todos juntos / con distinta voz / y un sólo corazón / y tralaralará. Hay momentos en la vida en que incluso el sarcasmo es un recurso demasiado vacío para hacer frente a la nadería. Confieso estar superado por la pasmosa realidad y por la insulsez en la que puede convertirse un país: ni los juegos florales de las aldeas lleidatanas llegaron a tan poco. Cada letra de este engendro, cada trazo mecánico (¡cada píxel!) es la prueba más brutal de los destinos de una nación, o sea, de los destinos de una comunión sentimentaloide. Y que un himno comience con un Viva es la prueba más certera de que es ya un himno muerto al nacer (El Rey ha muerto, viva etc.)

3. Anagrama publicará la última obra de Yasmina Reza, un proyecto que consistió en ser la sombra de un hombre llamado a ser presidente algún día. Lo novedoso es que parece que el señor Sarkozy opina también sobre literatura y apunta algún pensamiento filosófico, cosa que creíamos desterrada en los de ese oficio. Pero lo mejor es que conociendo la fecha de escritura del libro, ¡podemos estar plenamente seguros y confiados de que por ninguna parte aparece Carla Bruni!

4. Cuando la promesa todavía apuntaba maneras: un interesante ejercicio de memoria, inusualmente honesto, de quien se perdió en las sendas de la pudibundez y pasó de los coños a los velos.

5. Algunos apuntes de interés de los que ya terminaron la lectura de Las benévolas: La mujer justa, Profesor en la secundaria, y la crítica de Ana Nuño en Letras Libres.

miércoles, 9 de enero de 2008

El camino al éxito

Hay preguntas que en sí mismas contienen una respuesta espléndida, que va mucho más allá de lo que el interrogado quiera decir. Hablaba ayer de Las benévolas como el nuevo boom del momento, pero está claro que para el mundo de los libros el éxito ya ha sido sustituido por lo último de Ken Follet. Decía, pues, que este autor ha sido entrevistado coincidiendo con su visita a España y no había mejor pregunta que esta:

¿Cuál es el secreto del éxito de sus libros?

No puedo poner la mano en el fuego, pero creo que la pregunta utilizaba el verbo enganchar, mucho más plástico y adherente que toda la parafernalia de sinónimos (captar la atención, motivar, agradar). De eso se trata: siempre hay algún mecanismo por el cual alguien se engancha a algo, ya sea físico (la nicotina) o meramente espiritual (la promesa de un más allá paradisíaco): las drogas y la religión saben mucho de eso, ¡pero también la literatura! Todos los que quisieran vivir de llenar páginas y que les paguen por ello no cejan en su empeño de encontrar la clave del éxito, el SuperGlu3 que atrapa al incauto y que llena la cuenta bancaria del autor con gran rapidez. La respuesta de Follet es antológica:

Lo importante es tener siempre un problema nuevo y fresco que aparezca para cada personaje de la historia. A medida que resuelven un problema surge otro, y esto hace que los lectores pasen página, se vean inmersos en el mundo de la historia y se olviden del mundo real en el que viven.

La cuestión parece ser meterse en cuantos más problemas mejor: es la misma razón por la cual el cine (comercial, se entiende) evita mostrar al héroe orinando después de levantarse de la cama y en cambio lo enfoca saltando por la ventana, cayendo encima de un toldo, metiéndose en el coche y saliendo a toda velocidad antes de que los perseguidores lo atrapen. La micción es poco problemática, no así la persecución implacable. La novela à la Follet debe parecerse a la construcción de un crucigrama gigante, en el que una palabra lleva a otra y esta a su vez a una tercera, pero nunca acabamos de completar la rejilla: siempre hay una nueva definición, un nuevo problema que resolver para mantener en alto el interés del lector. Sin duda es una táctica acertada: piensen un momento en cualquier best seller y noten la cantidad de problemas que debe resolver el protagonista. Pero Follet especifica con el adjetivo fresco que no sirve cualquier problema cotidiano, el cual nos acercaría irremisiblemente a nuestra aburrida vida diaria y rompería el hechizo que hace que nos olvidemos por unas horas del "mundo real".

También el proceso de creación de la historia tiene su miga: el autor redacta un resumen de 50 páginas durante ¡un año!, que presenta después a la editorial para que sea aprobado. Ya con el plácet bajo el brazo se dispone a escribir el primer capítulo. Lógico: como todo producto de márketing, el creador presenta su obra a la empresa, que debe darle el visto bueno para ser lanzada al mercado.

Hay en todo este proceso simple curiosidad por mi parte, pero no deja de asombrarme la tranquilidad con que se cuenta la película. Se me ocurren varias razones: el lector no tiene el menor interés en conocer el proceso de creación de la novela. El lector admite ya de antemano que su compra está dirigida sólo al placer de pasar el rato. El autor concibe su novela como una diversión, ajena por completo al discurso de la calidad literaria. El mercado tiene suficiente permeabilidad como para colocar en la misma mesa de novedades, por este orden, Marías-Follet-Littell-McCarthy-Millás (visto en FNAC). Así, ¿por qué no desvelar con desparpajo que uno escribe para tener éxito, y lo demás es cursilería?

En febrero, Un mundo sin fin llegará al millón de ejemplares editados en España. Si para ustedes este hecho no merece ninguna atención, olvídense del asunto y este post nunca habrá existido.

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La curiosa traducción de la nueva joya de McEwan, que pierde una preposición en el camino: Anagrama anuncia Chesil Beach para febrero, así que vayan haciendo sitio en el reclinatorio.

lunes, 7 de enero de 2008

Primer asomo a Las benévolas


Ya he comentado otras veces que uno de los grandes hallazgos de los blogs (al menos de éste) es la posibilidad de crear críticas literarias in progress. Contra la costumbre absolutamente unitaria que había hasta el momento de la aparición de este formato virtual, los blogs permiten quebrar una norma encorsetada hasta el extremo, esto es, la publicación de un texto crítico en el momento de finalizar la lectura de un libro. No niego la validez de una crítica así, muy al contrario: para sentar cátedra no hay como explorar el 100% de las páginas de una obra, sacudirlas, magrearlas y ofrecer una conclusión con las herramientas de cualquier escuela de pensamiento. Sigan por ese camino los que pueden y saben.

Pero hay un elemento inherente a la lectura que hasta ahora había sido orillado sin miramientos: hablo de la sensación del lector, que pasa por distintas etapas desde la apertura de las primeras páginas (ya ni hablo de la sensación de ver la portada en la librería, de palparla), la sucesión de capítulos y el cierre del libro, hasta su colocación en la estantería correspondiente. Casi nunca hay una lectura que aguante el mismo de tipo de atención en todas las etapas, no hay lector que juzgue igual un libro en el primer capítulo que en el 24. Hay novelas con inicios magistrales y desarrollos imposibles (La pell freda, ese alucinante bluff internacional ¡antes de Frankfurt!), como las hay que no arrancan hasta la página 100, y a partir de ahí todo es autopista placentera.

La crítica al uso acostumbra a valorar la obra en su totalidad y a dar una valoración en función de las líneas maestras, de la media aritmética que resulta de poner en una balanza lo bueno y en otra lo malo. Pero un blog, ese hilo infinito que no puede obviar el post anterior sin dejar de pensar en el que llegará mañana, permite ir leyendo a medida que se va criticando: el efecto es subyugante, porque el lector sabe que está comentando algo de lo que quizá se desdecirá al cabo de una semana. Miento: de hecho no hace falta desdecirse, porque la opinión sobre las primeras treinta páginas sigue siendo válida siete días después, aunque la obra acabe siendo, en conjunto, tanto un festival como un funeral.

Treinta páginas son las que leí con muchísima atención este fin de semana, no era para menos: en mis manos el sorprendente éxito de Johnattan Littel, un descomunal volumen de casi 1.000 páginas con un peso que dificulta sostenerlo y hacer una lectura cómoda, ya sea en el sofá o la cama (no tengo a mano la báscula, pido el dato de gramaje a quien se preste). Creo que es el primer libro de RBA que leo en mi vida, yo siempre asocio este sello con los fascículos: debe ser injusto pero que cada uno asuma su historia y sus pecados. Vulnera algunos de mis mandamientos literarios: índice al principio, título de los capítulos en cada margen inferior de página, hojas de papel de fumar. Todo es tan excesivo en el libro que apenas uno lleva cuatro o cinco páginas leídas ya siente el peso de todo lo que está por venir. ¿Hay tiempo en esta vida para meterse de lleno en estos libros? Javier Marías abominaba de las novelas actuales que sobrepasaban las 500 páginas, y ya ven en lo que ha quedado su última novela.

Esas treinta páginas acogen el primer capítulo, una especie de introducción a la obra que no puede dejar indiferente a nadie. La primera frase es una de las peores que he leído desde hace tiempo (Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió), y vaya si cuenta: en un desordenado monólogo, el narrador va anticipando un relato del que apenas asoma por ahora algún apunte sobre su participación en la 2ª Guerra Mundial. El tono de perdonavidas que mantiene no es de mi agrado: pretende justificar su postura (de la que nada sabemos por ahora, repito) en base a su percepción de que cualquier otro habría hecho lo mismo en su situación. También parece que con ese recurso el autor se ve impelido a justificar a la vez una novela de ese tamaño, para que nadie abandone a las primeras de cambio: ahí la voz autor/narrador se contagia y a veces veo a Littell, ese jovenzuelo no tan joven de la solapa, señalándome con el dedo y me siento incómodo.

Pero junto al tono también un punto vulgarizante de algunas expresiones, el capítulo esconde algún que otro destello. Hay un fragmento destinado a ser el motivo por el que algunos olvidarán para siempre este regalo de Reyes, y otros como yo habrán caído en la captatio del autor: se trata de una larga secuencia en la que se pormenorizan las estadísticas de muertos alemanes, judíos y bolcheviques de la guerra, con números y con matemáticas, que aproxima la obra a un ensayo del absurdo pero que logra el efecto deseado: absténganse lectores ocasionales, vengan a mí los que puedan aguantar la ristra de documentación y datos comprobables que van a venir a continuación. Salvando las distancias, me recuerda el efecto Eco de El nombre de la rosa: ¿De verdad había tantos millones de lectores capaces de aguantar una frase como En el principio era el Verbo, y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio, en Dios? ¿Cuántos franceses compradores del Goncourt han adornado su sala de estar con Les bienveillantes y siguen tan panchos con su Ken Follet de toda la vida, que vende las mismas páginas pero se entienden?

Lo que estas treinta páginas han corroborado es que mi lectura va a continuar, porque mi intriga puede más que toda la prosa melíflua que sacude el verbo del narrador. Y sobre todo me interesa saber qué hace que una novela como esta sea el boom literario del momento: me quedan 950 páginas para averiguarlo.

miércoles, 2 de enero de 2008

Florentino Ariza hace de Bardem

Aproveché el cambio de año para ver esta versión de El amor en los tiempos del cólera, que llega tanto tiempo después. Como no sabía nada de su rodaje ni de los entresijos que hay detrás de cualquier película, llegué al cine sin ninguna idea previa. Desconzco si hay versiones en distintos idiomas, pero me tocó ver (y escuchar, sobre todo escuchar) unos imposibles diálogos en inglés: o sea, película de abracadabrante colombianidad, con actores españoles y latinos, con niños que pasan por la pantalla y que no saben una palabra de inglés, ¡y durante las más de dos horas de metraje sólo pude escuchar a los actores chapurreando la lengua de Shakespeare!

El segundo problema, que ya viene siendo un problema cinematográfico cotidiano, es encontrarse una vez más con el rostro de Javier Bardem encarnando a un personaje archiconocido. Todos tenemos ya interiorizado a Florentina Ariza desde hace lustros, cada uno con sus rasgos imaginarios propios y su voz inconfundible (¡y en español y sin subtítulos!), y les aseguro que mi Florentino no tenía la cara de Bardem. Pero ya no hay salida: a partir de ahora ya tenemos un arquetipo, otro Reynaldo Arenas, otro Sampedro que añadir a la nómina. Soy incapaz de ver a Javier Bardem sin pensar en Javier Bardem: no sé si sólo me ocurre a mi, pero siempre veo al actor y jamás al personaje. Creo que me pasa también con Paul Newman y con Robert Redford, pero el malestar es inferior. Y no dudo de su capacidad interpretativa, pero esa cara tan amanerada, tan grandilocuente, tan cargante incluso, llena la pantalla y desaparece lo demás: supongo que eso debe ser el cine y por ello este tipo de actores gana Óscars.

La novela de García Márquez era una firme candidata a no ser llevada nunca al territorio del cine. Si somos capaces de olvidarnos por un instante de la desbordante historia de amor, el lenguaje usado ahí le pertenece sólo a la literatura, y fuera de ella sólo hay argumento: all you need is love, por seguir usando la koiné. Un caso clínico es la última novela de Gabo, donde una limpieza a fondo de los artificios de la sintaxis y el vocabulario nos deja incluso sin argumento: ni putas tristes, ni viejos pederastas, ni nada de nada. Si El amor en los tiempos del cólera (la novela) funciona como un reloj suizo es porque hay una feliz sintonía entre el fondo y la forma, un acierto de engarce entre el signifcante y sus significados, y toda la retórica a su alrededor. Realismo mágico, sí, cuando éste era aún un género singular y único, todavía sin los plastas imitadores.

También habrá mucha gente que no haya leído el libro y que verá en la película una arrebatada historia de amor eterno: puede que ese sea el público perfecto, capaz de divertirse con ella tanto como con Lo que el viento se llevó. Los quiebros, sorpresas y diálogos ingeniosos de Gabo tienen su efecto también en la pantalla, aunque el flujo narrativo de su prosa haya quedado enterrado (y bien está ahí) en las páginas de papel.

Ni falta hace apostillar que determinados autores (más aún: determinadas novelas) no permiten imágenes a la altura del texto: si el Quijote ha naufragado mil veces, y volverá a hacerlo, en cualquier otra versión que no sea la de Cervantes, también un Corazón tan blanco cinematográfico no podría alcanzar nunca el nivel de lo escrito. Aún así hay gente que siempre se empeña, como el pobre Vicente Aranda destrozando año tras año cualquier novela de Marsé. Les gustó tanto lo leído que quieren hacernos partícipes de ello, sin pensar que lo mejor sería que nos recomendaran el libro y que dedicaran su tiempo a crear guiones a medida para el séptimo arte.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Los restos del 2007

Aprovecho este último post del año para pasarme por el Moleskine de Ivan Thays y hacerme eco de una divertida lista: los mejores eventos del 2007 en el ámbito literario, que aparecen en una columnita a la derecha. Ni falta hace decir que tienen un sesgo marcadamente latinoamericano, pero me sirven para hacer un poco de balance a mí también de lo que ha dejado de sí este año que se nos muere.

Yo he votado, sin pestañear, por el éxito absolutamente impredecible de la novela de Vasili Grossman, Vida y destino. Dejando aparte los óbitos naturales o más o menos asumibles de escritores de todo pelaje, el éxito de un libro tan fuera de los cánones y la modas merece ser recordado como un hecho importante: al fin y al cabo, si de leer se trata, qué mejor que considerar un éxito este boom de ventas y no cualquier evento de artificios y canapés. El lector apostó y decidió, y pocas veces una decisión tuvo tan alta dosis de sentido común.

En la lista hay eventos locales que jamás cruzarán una frontera: la Feria del Libro de Lima quizá influyó mucho a los limeños, pero me temo que ni eso. Bogotá39 sirvió para reunir a un puñado de buenos escritores jóvenes, pero la promesa sigue abierta. La Feria de Guadalajara fue la Feria de Guadalajara de todos los años, así como la Navidad llega imperceptiblemente cada 25 de diciembre. ¿Hay en serio un equipaje que llevarse de tanta fanfarria? ¿Hay, más allá del mercadeo editorial, un cúmulo de enseñanzas que los autores puedan sacar de estas ferias de vanidades?

Los premios, otro apartado eterno de greatest hits, comprende el Nobel más aburrido de los últimos tiempos, no tanto por la calidad en sí de la premiada, sino por la sensación que deja de unos académicos estancados en la novela más canónica. Cierto que otros años ha habido escapadas hacia ninguna parte (Jelinek), pero eso no hace más que sumar cierto caos a un premio que hace años que ha perdido el rumbo. El Cervantes de Gelman tampoco debe causar excesiva sorpresa, conociendo el perfil de anteriores galardonados y a la espera de que las generaciones de 1950/60 alcancen la edad suficiente para ser merecedoras del reconocimento. Una vez más, el Herralde pone el ojo en Latinoamérica, que tan buen resultado ha dado con los casos de Pauls o Bolaño en su día, aunque el efecto pretendido ya resulta un punto artificial (véase el aburrido Cueto como ejemplo de la necesidad de continuar una línea que no halla Bolaños en cada temporada).

Que en una lista así todavía pueda aparecer un cumpleaños de Gabo pone de relieve lo difícil que es superar lugares comunes: no hay periódico en el mundo que no hablara del hecho, como si no pudiéramos seguir leyendo sus viejas y excelentes obras sin tener que estar soplando velitas a cada rato. Y, en fin, que Bolaño ya tenga éxito en Estados Unidos también demuestra el largo despertar de ciertas civilizaciones, encerradas como marmotas en invierno y tan poco atentas a lo que ocurre unos quilómetros al sur.

Quizá al final resultará que la noticia más relevante sea el atinado texto de Horacio González, del que el Moleskine se hace eco también en un post, y que anticipa la prematura muerte de los blogs: "¿Una era del posblog? En este último caso, me refiero a una nueva etapa que permita rehacer la responsabilidad pública en la escritura, una suerte de era pos blog, donde se piense nuevamente la inevitable combinación entre escritura personal y escritura pública."

Pensaré sobre ello en 2008, y lo contaré en el blog.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Un asco exquisito


Tenía por lo menos tres razones para leer este libro. La primera enlaza con mi interés evidente por conocer la literatura de autores latinoamericanos, a ser posible minoritarios y fuera de los circuitos más públicos. Quizá esto último no sea del todo cierto en el caso de Castellanos Moya, ya bastante familiar para los más atentos a lo que ocurre en ese continente, y quizá lo de latinoamericano también le venga pequeño: el autor nació en Honduras, se crió en El Salvador, pasó su juventud en México y acabó viviendo en los Estados Unidos. Ante tal movimiento perpetuo no puedo menos que esbozar una sonrisa y sentirme muy próximo a este apátrida desconsolado.

La segunda razón radica en el subtítulo de la novela: nada menos que "Thomas Bernhard en San Salvador", o sea, una correlación imposible que puede ser suficiente para atraer mi mirada a una portada así en La Central del Raval. Si hay una ciudad imposible en el mundo esa es San Salvador, que he recorrido en los últimos años de pies a cabeza, y si hay un autor maldito por excelencia ese es Bernhard, a quien escogería si alguien pusiera un revólver en mi sien y me obligaran a recitar los cinco novelistas más importantes del siglo XX.

Si todavía me faltara una razón más, esa la encontraría en la nota final del libro, un pequeño epílogo de Roberto Bolaño que loa las bondades de la novela. Tírense de cabeza a la piscina si una obra latinoamericana viene con el espaldarazo de Bolaño, conocedor como pocos de todo lo que se cocinaba en ese pedazo de tierra.

El asco es una novela de poco más de 100 páginas escrita en un único párrafo, un largo monólogo de un tal Edgardo Vega (nombre ficticio de un individuo real, aunque cueste creerlo) que se cita en un bar con un trasunto del autor. Edgardo es un salvadoreño exiliado por convicción que se ve obligado a regresar a su pútrida patria por el fallecimiento de su madre. Ese retorno, amparado por el hermano que todavía vive en el país, se convierte en una verdadera pesadilla para él: una pesadilla imaginada por la enfermiza mente del mismo Edgardo, que convierte todo cuanto ve y le rodea en ejemplos de la más absoluta bajeza moral. La realidad de El Salvador le supera y se convierte en el más acérrimo crítico de sus ciudadanos y sus costumbres.

El efecto de la narración, del ritmo del monólogo y de su sintaxis es demoledor. Lo que comienza como críticas divertidas y más o menos asumibles (la diatriba contra la marca de cerveza nacional, Pílsener, es regocijante) acaba siendo un catálogo de torpedos contra todo lo que se le pone por delante: la educación y las universidades salvadoreñas, los periódicos salvadoreños, la comida salvadoreña, los monumentos y la cultura salvadoreña, las noches de fiesta y juerga de los salvadoreños. No hay títere que quede con cabeza: según la solapa, Castellanos Moya tuvo que exiliarse del país una vez publicada la obra, y se entiende cuando nuestras sociedades siguen siendo incapaces de comprender la diferencia entre la ficción y la realidad.

Además del discurso próximo a Bernhard, es imposible no acordarse de otra gran novela anterior publicada en 1995 (la que nos ocupa es de 1997) por J.A. González Sainz, Un mundo exasperado, que fue premio Herralde. Las fórmulas superlativas recuerdan el discurso del protagonista de esa obra, incapaz de ver aspectos positivos en una sociedad que arrastra sus días con telenovelas, perros que no dejan dormir por las noches, jóvenes imbéciles que pasan sus fines de semana en discotecas y señoras gordas y maleducadas. La exageración, a medida que avanzan las páginas, mantiene el listón a una altura tan elevada que no hay lenguaje capaz de ir más allá de lo que dice la página 17:

"el lugar más insoportable que pueda existir" (pág. 17)
"una barbaridad de tales dimensiones" (pág. 36)
"no hay nada que me resulte más detestable" (pág. 44)
"lo más calamitoso de todo, lo que resulta una ignominia descomunal" (pág. 60)
“nunca había sentido una náusea de tal envergadura” (pág. 117)
“nunca había visto mujeres más lamentables” (pág. 119)

Y podría escoger otras docenas de ejemplos al azar que sitúan cada experiencia como la peor, la nunca superada en decrepitud. Ni falta hace decir que San Salvador no es esto, pero a los ojos del protagonista lo puede ser e incluso llegar a ser creíble su discurso. Tampoco está de más apuntar lo obvio, y es que un libro así puede ser escrito sobre cualquier ciudad del mundo: pero no basta con hacer un listado negro de las necedades que nos asolan, sino que al menos hay que escribir tan bien como Castellanos Moya.

La novela funciona, e incluso añadiría que merece la pena leerla: este lenguaje provocador y ajeno a las modas literarias también es un soplo muy fresco para los que buscamos con ahínco romper con el realismo mágico tan pretérito. Yo también soy, como todo defensor de Bernhard, un lector levemente enfermizo a quien este tipo de contundencia verbal le parece un hallazgo retórico. Eso sí: después regresen de nuevo a Bernhard y sigan gozando como siempre de lo sublime.

lunes, 17 de diciembre de 2007

La mujer de Huguenin y 6: El primado de la rosa

Para lennonmacartney, lector

Este malévolo cuento cierra la antología de M.P.Shiel que hemos ido desgranando hasta aquí. Quizá no sea azaroso que cierre el volumen, y es que reúne dos de las características que se han alternado en otras historias: el misterio susurrante que corteja con el terror más clásico y la ironía indisimulada en los díalogos y las acciones de los protagonistas. Hay algunas intervenciones francamente divertidas:

-París es a Londres lo que un diccionario de a chelín es a la Enciclopedia Británica. Todo está en Londres.
-Excepto París -dijo Crooks.


El argumento principal del cuento se introduce en el mundo de las sectas y las sociedades secretas, aquellas sobre las que todos hemos leído algo alguna vez (los francmasones, los rosacruces...) pero cuya existencia nos sigue pareciendo ajena a este aburrido mundo. Crichton Smyth pertenece a una de esas sociedades ultrasecretas, cuyos miembros han sido históricamente dieciséis, ni uno más ni uno menos, y cuyas actividades nunca acaban de dibujarse en la historia con suficiente claridad. E.P. Crooks , que mantiene un romance con la hija de Smyth, se siente cautivado por este grupo sectario y durante meses importuna al miembro de los "Amigos de la Rosa" para que le cuente datos sobre la sociedad.

Resulta cuanto menos curioso este interés humano por determinadas congregaciones, como fue gráfico hace unos años el renacimiento que hubo de todo lo templario y cuanto a él hacía referencia. El primado de la rosa crea dos líneas argumentales paralelas: el noviazgo fatal entre Crooks y la hija de Smyth, y el interés del primero por introducirse en el submundo de lo oculto: ni qué decir cabe que ambas historias convergen al fin en un desenlace redondo.

Los mejores párrafos del cuento se hallan en el trayecto guiado hacia un destino misterioso: Smyth, ante la insistencia de Crooks, acaba por descubririrle un día la existencia de "cierto apartamento en algún lugar de Londres". Su ubicación exacta sólo es conocida por uno o a lo sumo dos componentes de la secta, y así ha sido durante quinientos años. Al acceder Smyth, tiempo después, al puesto de Primado de la Sociedad (cargo superior que hereda tras la muerte del anterior primado) se hace con el conocimiento de ese habitáculo y termina por corresponder a las súplicas de Crooks. Es ahí cuando éste inicia un breve itinerario iniciático, con los ojos vendados y de noche, en carruaje o a pie por algunas calles secundarias de Londres: son estos pasajes lo más certero del relato, creando Shiel un progresivo desasosiego en el lector, que se situa en la perspectiva de Crooks y mira lo que no ven sus ojos ciegos, atrapando con sus otros sentidos cada detalle de la ruta (una campanada horaria, unas pisadas sobre adoquines mojados, el ruido de una máquina) como elemento para saber en qué barrio o zona estamos. Al fin, tras acceder por extraños y siniestros pasillos a habitaciones subterráneas, se desvela el desenlace y el motivo real de la visita.

Este primer libro editado por el Reino de Redonda es un buena recopilación de historias escritas por su primer monarca. Quizá por su imaginativa trama, entre todas ellas, me quedo con El aciago sino de un tal Saul, que ahora se me antoja casi como una mezcolanza entre Verne y Stevenson. El volumen se cierra con varios apéndices bilingües referidos al autor y a la realidad actual del propio Reino, que Xavier I ha querido compartir con sus lectores (que no súbditos) y con los alcatraces, lagartos, gaviotas, cabras y ratas de la isla.
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Sábado 15, FNAC Plaza de Catalunya, 18,30h. Cientos de personas rebuscan entre pilas de libros para hallar el regalo perfecto de estas navidades. Me fijo un rato en los mecanismos de decisión de la mayoría, que se guían tan sólo por un título agresivo o divertido, o por un dibujo o fotografía de portada impactantes. Así como en la sección de música casi todos saben discernir entre un Springsteen y una Chenoa, en la de libros lo mismo sirve un Millás que la recopilación de los mil mejores postres con chocolate de la historia. El informe PISA debería haber comenzado por aquí: el supermercado de la lectura indica, con desgarradora transparencia, que la elección de un buen libro es una dificultad insalvable para muchos compradores, inermes ante la avalancha indescifrable de la palabra escrita.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Reivindicación (o casi) de Agatha Christie

Ya que venimos de la montaña y todavía estamos bajo los efectos de la laxitud, bueno será ponernos intrascendentes y recuperar a una autora denostada por muchos y considerada, al menos, como algo ajeno a la literatura de calidad. Agatha Christie no puede dejar indiferente: o se la ama y se leen sesenta o setenta de sus novelas a lo largo de una época de nuestra vida, o se la detesta y se la juzga como un apéndice de los bestsellers al uso. También sus ediciones españolas clásicas contribuyeron al funambulismo: entre quiénes consideraban los diseños de Molino como pequeñas obras de arte del diseño y los que veían esas novelitas como subproductos de quiosco para jubiladas eternas, hay un vacío sin red.

Salí hace más de una semana a pasear por Barcelona y me metí en la librería de viejo de la calle Canuda. (Por cierto: una vez dentro me enteré de que su sótano, que alberga parte de la mercancía, parece ser un lugar de cierta fama gracias a la evocación lireraria que hizo de él un tal Ruiz Zafón, que quizá les suene). Aparte de conseguir algunos volúmenes de los que ya había perdido la pista me agencié un librito más (creo que el décimo de mi biblioteca) de Agatha Christie: fue un ramalazo inmediato, aprovechando que el montón de ejemplares se encuentran muy a mano y justo en la entrada del local. Conocidas por todos mis proverbiales rectitud y detallismo, no compré uno cualquiera sino El enigmático Mr. Quin, que siguiendo el orden de la lista de obras publicadas en cualquier contraportada de la colección, era la siguiente que faltaba en mi colección.

La fortuna quiso que precisamente esta obra sea un pequeño modelo de todo lo escrito por la autora, o mejor, una novela paradigmática que resume con precisión las constantes de Agatha Christie. Más que de una novela, se trata de una colección de casos criminales reunidos por capítulos y cada uno de los cuales podría ser a su vez motivo de una novela por sí mismo, sólo añadiendo descripciones, algunos personajes secundarios y diálogos más complejos. Basta con leer un sólo capítulo para hacerse una idea cabal de lo que pretendía esta autora: un juego de deducción entre ella y el lector para conocer quién es más inteligente, si la que esconde el nombre del criminal o el que consigue descifrarlo antes del último capítulo. Este tour de force es el que justifica la existencia de este tipo de literatura, porque a quien no pretende nada más, tampoco nada más se le puede pedir. Pero a mí siempre me han gustado los crucigramas y después los sudokus, así que es obvio que me pueda atraer en determinados momentos la obra criminalística inteligente.

La secuencia de cualquiera de los capítulos (y por extensión, de cualquier otra novela) es constante: varios personajes se nos presentan e interactuan a lo largo de pocas páginas. Las descripciones son someras, pues sólo interesan los detalles que los puedan identificar. Alguien de ellos es asesinado en circunstancias que plantean muchas dudas y problemas de apariencia irresoluble. Otro personaje, llámese Poirot, Marple o Tupence, va sacando conclusiones a partir de interrogatorios y hallazgos en la escena del crimen. Pero la clave del acierto de las novelas la expresa en El enigmático Mr. Quin el personaje de Satterthwaite, quien admite que Mr. Quin tiene "la misteriosa facultad de mostrarle lúcidamente cuanto haya usted podido escuchar con sus propios oídos". O sea: que la trampa es poca, ya que todo lo que se describe en la primera parte de cualquier novela basta para deducir su conclusión, y es el lector, incauto, el que no sabe recomponer las piezas del puzzle.

Aquí lo que cuenta es la ingeniosidad, y participar del juego para adultos como si nos fuera la vida. Cualquier otro acercamiento a Agatha Christie es desmotivador, incluso la propia lectura de unas ediciones plagadas de erratas y de malas impresiones, de letras que bailan y hojas que amarillean peligrosamente. Pero debe ser parte del juego también: el par de euros que me costó el libro de segunda mano compensa la inversión: los cincuenta ya me los gastaré, Vallcorba mediante, en los ensayos de Montaigne.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Pausa

Tomo un recodo de la senda por unos días y me llevo sólo libros, lejos de computadoras e internet. Montaña, bosques, ríos y mucho camino por delante. Regreso a la civilización el día 10 de diciembre.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Salón de peluquería

Entre los agravios históricos de la ciudad de Barcelona está el de no haber podido consolidar jamás un buen Salón del Libro. Créanme: los intentos han sido múltiples e incluso esforzados, pero esta ciudad (que lee bastante, sólo hace falta ir en metro para saberlo) no puede disponer de una feria destinada a dar a conocer el producto anual de las editoriales. Entre el 21 y el 25 de noviembre se realizaba una nueva edición de un Salón del Libro que nadie conoce pero que ahí está, aguantando el tipo hasta que la fórmula sea sustituida por otra y así sucesivamente. Sea como fuere, la tarde del sábado me presenté ante las puertas del pabellón para comprobar, una vez más, que la industria editorial no cree en este tipo de eventos organizados en su propia ciudad.

El acceso al recinto fue una prueba que desanimaría al más convencido. Probablemente, yo era el primer individuo que pretendía entrar pagando al salón: todas las personas que cruzaban el control de seguridad tenían invitaciones en sus manos, y cuando saqué mis euros del bolsillo el muchacho que me atendía no daba crédito. El interrogatorio que me hizo fue toda una declaración de principios: ¿Pero no tiene usted el carné de bibliotecas? No. ¿Y el carné del Barça? No. ¿El carné joven? Ni mis canas hicieron mella en su intento de que yo entrara sin pagar (¿dónde se ha visto, pensaría el jovenzuelo, desembolsar unas monedas para ver unos cuantos volúmenes en estanterías? ¿Cómo le explicaba que yo resido con un pie en América y otro en Europa, y que por ello no puedo tener carnés absurdos?). Por fortuna, y me imagino que para agilizar la cola, la persona que iba a mis espaladas me ofreció una invitación que le sobraba.

El salón sólo ocupaba un único pabellón de la Feria de Barcelona, lo cual ya es bastante sospechoso. A primera vista la disposición de los stands se correspondía con la de cualquier feria al uso, pero un primer paseo daba cuenta del tipo de editoriales que estaban presentes: algunos grandes grupos empresariales (Planeta, SM, Círculo de Lectores), un puñado de pequeñas editoriales minoritarias y casi todas en lengua catalana, y paradas con ediciones de libros vinculadas a instituciones públicas (gobiernos autonómicos, diputaciones). La lista de expositores del programa de mano es completamente engañosa: casi una tercera parte son revistas culturales que sólo presentan un ejemplar de muestra. Ni rastro de Anagrama, El Acantilado, Tusquets, Cátedra, RBA, Plaza y Janés, Quaderns Crema, Alfaguara, Hiperión, Austral, y un larguísimo etcétera de empresas que son la columna vertebral de la edición en este país. O sea, un Salón del Libro sin libros, por mucho que los anuncios previos hablaran de centenares de editoriales presentes y de no sé cuántos miles de títulos a disposición.

Ni falta hace añadir que varios stands estaban destinados a ofrecer absurdos juegos para los niños, a servir cafés letales para el estómago o a vender (el límite de la desfachatez) gominolas y piruletas por si entre pasillo y pasillo nos entraba el antojo. Propongo para la próxima edición salones anejos de masajes y peluquería, para aprovechar el tiempo y darle al lugar el tono acorde que se merece. En un lateral se reconstruyó parte del stand que sirvió para presentar la cultura catalana al público de Frankfurt: y digo parte porque imagino, optimista como soy, que ese engendro sólo era una miniaturización del despliegue que se realizó en la ciudad alemana. Unos metales en forma de libro abierto colgados del techo, una televisión repitiendo una y otra vez el tontorrón discurso de Monzó, otras pantallas que reproducían entrevistas a escritores catalanes, y poco más. En definitiva, que uno iba ya de salida cuando se me ocurrió mirar el programa de actividades: recital comentado de Joan Margarit a las cinco de la tarde en el café de las letras.

Como tampoco hay indicadores por ninguna parte, busqué durante varios minutos el dichoso café: vi que la grosería ya no tenía límites al entender que unas cuantas mesas y sillas era el lugar acordado, y palidecí al pensar que en ese espacio iba a declamar el amigo Joan ante el ruido incesante que surgía de todo el pabellón. David Castillo, el moderador, pensó con tino que lo más óptimo era unir el recital de Margarit y el de Feliu Formosa, previsto para las seis, y salir del paso lo más raudo posible.

No era fácil, pero Joan Margarit siempre tiene la facultad de hacerme reconciliar con todo. Ni la pésima sonoridad, ni la incomodidad del sitio, ni el entorno fantasmal rebajaron la fuerza que tiene su poesía y sus intervenciones. Recordó que sólo en una ocasión tuvo que hacer frente a un recital en condiciones todavía peores: en la estación de Portbou, donde se suicidó Walter Benjamin, mientras los trenes cruzaban por su lado y en una comisaría de policía que había al lado se interrogaba a gritos a los detenidos. Joan estuvo pletórico, también como siempre, y contó anécdotas jugosas como la del viejo edificio en el que vivía de pequeño, en plena plaza Calvo Sotelo (hoy Francesco Macià, pero reivindicó el antiguo nombre porque allí siguen habitando los mismo fachas de toda la vida): en ese edificio tenía su apartamento Gironella, que en esa época escribía por las noches Los cipreses creen en Dios al tiempo que iba lanzando colillas al patio del chaval Margarit; debajo, el señor Lara comenzaba a crear su editorial con cuatro duros, y todavía en el entresuelo una niña a la que llamaban Tita correteaba por la escalera, sin saber que un día se convertiría en baronesa de Thyssen.

Pero lo mejor de Joan Margarit es su sentido común y su realismo al hablar de literatura: no entiende la interrelación de las artes, algo al parecer tan moderno (arquitectura poética, literatura musical, teatro pictórico) y reivindica una poesía poética, que es lo más difícil. Para escribir poesía hay que tener, principalmente, una vida: e implicarse en ella hasta el fondo, porque de allí sale el sentido de todo verso. Esa es la razón por la que Joan escribe mucho y es capaz de publicar un libro anual: él vive y se desvive por los demás. Se despidió contra todo pronóstico con un poema de Machado, para dar a entender que la mejor forma de comprender la poesía es leyéndola, y que toda la historia de la filosofía ya está encerrada en tantos libros de versos. David Castillo, haciéndose perdonar por el desaguisado, recordó la razón de la separación de los Beatles, cuando ya cada uno tocaba por su lado y no eran capaces de saber qué canción acababan de interpretar: antes de que nos pasara con los poemas de Maragrit y Formosa (el ruido ya era un vendaval) nos marchamos entre aplausos.

Salí reconfortado, sabiendo que unos poemas habían justificado completamente la visita y esquivando la larga cola que se había formado ante la mesa en la que, minutos después, firmarían libros Millás y Boris Izaguirre. Puse pies en polvorosa, claro.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Contra Littell, por supuesto

¡Ya tardaban! Mi sosegada y nunca bien ponderada ecuanimidad comenzaba a impacientarse a la vista de que llevábamos ya más de un año desde la publicación del libro en Francia, y unos meses desde la llegada de los primeros bosquejos traducidos o notas de prensa, y dos ya desde que los primeros ejemplares de RBA iban cayendo en nuestras principales librerías. O sea, que el libro del año llevaba ya mucho tramo recorrido ¡y todavía no habían aparecido los insobornables e infaltables críticos españoles para cargarse la novela tout court!

Yo no daba crédito, claro: no conozco un solo caso en la historia de la literatura mundial en el que todo libro con un cierto olor de éxito comercial (ya sea obra maestra o puro artificio) no haya tenido su espejo deformante inmediato, su aguafiestas necesario. ¿Qué sería de la literatura sin ellos? Por fortuna, dan mucho juego y deben ser parte indispensable de la existencia de los mismísimos blogs literarios, pues algo hay que decir cada día. Algunas veces han servido, esos agoreros, para avisarnos convenientemente de la existencia de papel reciclable al estilo Dan Brown, y cuánto se agradece habernos apartado de la inercia de la masa que acudía a su librero a por el volumen. Pero también, tantas veces, han despotricado contra las novelas de Eco, de Marías o de Vargas Llosa, tanto da: si había indicios de ventas superlativas, había que sacar el cuchillo y destripar portadas, sobrecubiertas y páginas interiores, no fuera a ser que nos identificaran con compradores de esos libelos de tanto éxito. Ya saben: la gente es tonta por lo general, y si demasiada gente se pone de acuerdo en algo, la tontería se acumula y nos puede contagiar (¡a los que no somos tontos!).

Pues ya tardaban, digo, a sentenciar el libro de la temporada y a convertirlo en el bluf del siglo: con un año de por medio desde su nacimiento, lo más atinado hubiese sido aprender francés y leerse Les bienveillantes, que tiempo había. Pero al fin, Juan Bonilla ha vuelto a poner orden en la casa y se pregunta, con la retranca también habitual en estas ocasiones, quién es el autor intelectual de Las benévolas. Una vez leída la obra, Bonilla se extraña de cómo una "prosa nada fresca, a menudo confusa, poco dotada para enganchar a nadie" se haya convertido en la sensación de las letras francesas y más allá. Y encima con 1.000 páginas y con un mensaje como mínimo sospechoso, atrayendo al lector hacia el siempre lodoso terreno de las causas del mal y convirtiendo al asesino en un ser humano como tú y como yo.

Confieso que soy incapaz de definir qué es aquello "que engancha a alguien": quizá habrá sistemas razonables, que dejo en manos de los técnicos, para penetrar en la psique de un lector y conducirle por el campo que un autor ha trillado previamente. No tengo ni idea por ahora de si yo me engancharé a Las benévolas: lo que sí sé es que mi 25 euros invertidos (miento: 23,75 en mi ejemplar de la FNAC) lo han sido gracias a algunas de estas consideraciones:

Mario Vargas Llosa: "Son páginas que quitan el habla".
Le Nouvel Observateur: "Nunca en la historia reciente de la literatura había mostrado un debutante tal ambición de propósitos, tal maestría en la escritura. (...) Una nueva Guerra y paz".
Jorge Semprún: "El acontecimiento del siglo".
Lire: "Todo un shock... Páginas dotadas de una fuerza increíble, de una diabólica dimensión épica".
Les Échos: "Una obra impresionante, apasionante".

Pero esta sucinta muestra nunca será nada para los necesarios bonillas que deben advertirnos que todos, sin excepción, estaban equivocados. No deja de ser extraño que esa suerte de hipnosis colectiva se pretenda romper tan tarde, cuando ya se han vendido millones de copias en medio mundo y quién sabe cuantas miles en España. Cuando el éxito comercial ya es un hecho y no hay vuelta atrás. Menos mal que siempre habrá un español al quite frente al afrancesamiento que nos asola. También Anagrama y El Acantilado estaban equivocadas, por cierto, ya que leyeron la novela hace más de un año y pujaron por ella.

Dejo para el mes de enero mi lectura, y ahí me tocará dirigir mis palmas hacia Bonilla o hacia Semprún: sea quien sea el que tenga la razón, uno se enternece al comprobar que al final todos los protagonistas de la trama (el autor mediático, el coro laudatorio y el aguafiestas pertinaz) ya han hecho su aparición y que el ciclo, una vez más, se cierra sin fisuras.

lunes, 19 de noviembre de 2007

2666 en escena


Voy a decirlo ya de entrada, no vaya a ser que después se me acaben los adjetivos o me atragante con ellos: lo que pude ver el viernes por la noche en el Teatre Lliure de Barcelona fue casi magistral, y diría que fue unos de esos momentos (largos, más de cinco horas) en que la genialidad se expresa ante uno al desnudo, mediante imágenes, voces y silencio. Escribo tras un recomendable reposo de un par de noches, por si acaso mi opinión más inmediata, a la salida del teatro, pudiera ser tamizada luego por la objetividad que da el tiempo, implacable para acabar situando a cada uno y a cada cosa en su sitio. Nada que hacer: lo que fue destello el viernes sigue siendo puro recuerdo de belleza el domingo.

Este montaje de Àlex Rigola y Pablo Ley es lo más importante que ha pasado por la escena catalana (entiéndase: con director y actores catalanes) en la última década, y detengo mi ansia para no retroceder más atrás. Sólo soy capaz de compararlo con una obra que vi hace ya doce años en el Festival Grec 95 dirigida por el gran Robert Lepage, Les sept branches de la rivière Ota, que también Marcos Ordóñez ha recordado en su crítica de Babelia (paréntesis necesario: Ordóñez, este Echevarría de la crítica teatral, es una de las perlas semanales de Babelia, y aunque ustedes no frecuenten los teatros no dejen de leer su columna). Sin duda, Lepage todavía está unos pasos más allá de Rigola, pero a nivel de la escena catalana, repito, no hay comparación posible con este inmenso e infrecuente 2666.

Vaya por delante que llegué a las puertas del Lliure todavía con dudas, porque yo no he leído aún la novela y sabía que la obra me destriparía el argumento por completo. Como ya saben los sufridos lectores del blog, después de cuatro obra leídas de Bolaño sigo a mi ritmo, dejando para el final los platos fuertes que además, cronológicamente, también son los últimos. Pero qué caray: llego a Barcelona después de 70 horas de viaje, trabajo como un poseso toda la semana, paso frío, me duele la rodilla derecha ¿y no voy a ir a ver 2666 en esta probablemente única oportunidad? 20:00 horas, primera fila y a gozar.

La obra se divide, como la novela, en cinco partes y entre ellas se producen pausas de diez minutos. Como Rigola avisa en el programa de mano, "hemos intentado traspasar al espectáculo el espíritu de la novela, lo que no es del todo malo porque si después alguien la quiere leer comprobará que la gran cantidad de información y de historias que hemos dejado de lado convierten esta empresa en utópica, y que su espíritu radica en un todo y no en sus partes o fragmentos". Queda claro que se trata de una selección de momentos de la novela con la voluntad de ofrecer una aproximación al universo Bolaño y la primera parte, la de los críticos, ya expresa claramente la fórmula utilizada por el director: en un espacio casi minimalista aparecen los personajes que buscan a un tal Archimboldi, pero en vez de mantener diálogos o conversaciones a tres o cuatro bandas se dedican a recitar fragmentos de la novela, hablando el uno del otro en tercera persona. Se trata de mantenerse fiel al libro, evitando crear conversaciones ficticias no escritas expresamente por Bolaño. El efecto resultante es un acierto completo: al espectador le cuentan una historia como si fuera un largo cuento para adultos, y el secreto está también en la magnífica interpretación del elenco del Lliure, que facilita que sigamos el hilo de un argumento denso y metaliterario, de gente que escribe y habla sobre gente que escribe. En una pizarra acrílica los personajes van anotando durante la escena los nombres, los lugares y las características de Archimboldi, por dónde pasó y con quién se relacionaba. Esta búsqueda me llevó a pensar en Estrella distante, otra investigación literaria en pos de Carlos Wieder, que a su vez remite al episodio de Ramírez Hoffman en La literatura nazi en América: las relaciones complejas que ya se han ido desgranando aquí y en otros blogs.

La segunda parte es la más poética de las cinco: ya estamos en Santa Teresa, frente a un decorado por el que se intuye la cercanía del desierto. Amalfitano y su hija cuentan su propia historia familiar y conversan con una pareja de mexicanos chulescos y amenazantes. Pero aquí hay mucha presencia de lo onírico, como si sobre toda la escena planeara una irrealidad permanente pese a los tragos de Tequila y el olor de la pólvora. Es el inicio del descenso a los infiernos, que anticipa que lo peor está por venir. Es interesante la radicalidad del cambio argumental, desde un inicio intelectualizado que lo acerca también a las novelas de Vila-Matas hasta el hueco que se va abriendo para que entren los hedores de la violencia: es quizá este terreno todavía transfronterizo el que permite que la poesía aparezca en todo su esplendor, incluso cuando la absurda llegada de un Boris Yeltsin carnavalesco se transforma en un momento de suave y cuidada ironía.

La parte de Fate suelta el embrague y nos ofrece al Rigola más conocido, capaz de hacer bailar a sus actores al ritmo de la gasolina de Daddy Yankee y al mismo tiempo crear imágenes corales de un preciosismo brutal, como la que ilustra el programa de mano: un boxeador dando derechazos a la cabeza de un hombre colgado del techo, una joven masturbándose entre el delirio de sus compinches, periodistas deportivos que indagan sobre feminicidios en la ciudad, prostitutas y borrachos: no hay tregua en esta parte. Prácticamente todo el tiempo la escena se sitúa en un cubículo asfixiante, donde los actores se mueven sin espacio pero, paradójicamente, con una soltura y un individualismo que les impide interactuar en la realidad: es el sálvese quien pueda, el taparse los ojos y caminar hasta donde nos lleve la corriente.


La cuarta parte, la de los crímenes, quizá encierra el único gran error de toda la obra, de ahí el casi magistral del inicio. Es una impresión muy personal, sin duda, y no noté esa noche que fuera demasiado compartida por mis vecinos de butaca. Los primeros quince minutos todavía mantienen el aliento limpio: un cadáver en medio del desierto y unos policías corruptos y perdonavidas que pasean a su alrededor. Los pinches y los güeys van y vienen a lo largo de los diálogos y se nos informa de la realidad de lo que ocurre en Santa Teresa / Ciudad Juárez. Y llega el éxtasis en forma de diez minutos que hubieran podido recuperar, con más fuerza si cabe, la poética ya diseminada hasta aquí pero que se convierten en la escena más discutible de todo el montaje: mientras en el fondo del escenario se proyecta el listado de mujeres víctimas de la violencia masculina, con nombres y edad, el cadáver sanguinolento recupera el aliento pero sólo para mostrar el sufrimiento de sus últimos minutos en vida: se retuerce y grita mientras imaginamos que la muchacha va siendo apaleada, golpeada y violada por quién sabe cuántos hombres. Es una patada al estómago del espectador en toda regla, una imaginería tan evidente que rompe la contención mantenida por Rigola hasta aquí. Ya sé, porque uno es moderno y lee blogs, que esas páginas de Bolaño incluyen descripciones aberrantes, pero traspasar esto al teatro implica tomar una decisión: o lo pongo en imagen o sólo dejo pistas. Rigola ha optado, durante diez minutos, por poner negro sobre blanco y salpicarnos con la sangre, pero más que eso, obligarnos a escuchar durante un lapso interminable los gritos desgarrados de la víctima. Poco después van saliendo los actores a depositar cruces de madera a lo largo y ancho del escenario, y es imposible mantener los ojos secos: se ha logrado, claro que sí, impresionar al espectador, pero a un precio muy alto. Todavía hay una coda para rematar la tarea: de nuevo frente al cadáver, los policías van desgranando con el rostro impasible una ristra de frases machistas y nauseabundas, y cuando cae el telón hay un silencio en la grada que se corta con cuchillo. Digo, pues, que a mi modo de ver es un error esta solución visceral, pero no puedo negar que el efecto es demoledor y que no hay nadie en su sano juicio que pueda salir de esta cuarta parte con el cuerpo en reposo y la mente relajada.

La última parte vuelve a situarnos frente al grandísimo teatro: el encuentro de Archimboldi es un regreso al inicio de la obra y al placer de contar y que nos cuenten historias, por mucho que a estas alturas ya llevemos más de cuatro horas de escenas. Aparecen también otras obsesiones de Bolaño repartidas por su bibliografía: los nazis y la guerra, el sufrimiento, la literatura como forma de vida, las apariciones y desapariciones, el azar, la dignidad. En un escenario que hubiera firmado el mismísimo Peter Brook, una cinta corrediza ejemplifica el paso del tiempo y la metáfora del transcurrir de nuestras vidas, mientras al fondo se proyectan imágenes del desgraciado siglo XX. El círculo se va cerrando, y aunque ya sabemos dónde está Archimboldi nadie parece ser quien dice que es. La imagen final es soberbia, como casi todo ya: Archimboldi corre cada vez más rápido por la cinta hacia ninguna parte, pero adelante, siempre adelante, huyendo de esta vana realidad que también es capaz de lo peor, de los crímenes más horrendos a la vez que la literatura busca su espacio en el mundo, su sentido, su razón de ser. Telón.

Salen los actores cuatro veces a saludar, demasiado poco para esta maravilla. Tampoco escucho bravos, probablemente porque es la una y media de la madrugada y nuestro estómago todavía sufre los embates de la cuarta parte. ¿Cómo gritarle bravo a la evidencia del mal absoluto? Pero hay sensación de que algo grande ha ocurrido mientras la foto de Roberto Bolaño se proyecta al fondo, y me sobrecojo.

Háganse un favor espléndido: 2666 todavía está en cartel hasta el día 25 (el espectáculo completo se ofrecerá de jueves a domingo). Los vuelos en España y en Europa están baratos, vengan a Barcelona y no se pierdan este espectáculo. La obra girará en el 2008 a Sevilla y Málaga (febrero) y a Las Palmas y Granada (marzo). Están avisados, y todavía hay entradas.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Nancites 12

1. Veinticinco años de Premio Herralde dan para mucho. Tanto como para confirmar que lo que fue creado como un premio destinado a revitalizar la nueva narrativa de España ha terminado siendo unos de los principales galardones a nivel latinoamericano. No sé si lamentarlo por España o alegrarme por Latinoamérica, pero lo cierto es que el cambio es de lo más insidioso y refleja el momento actual de las letras españolas: de los jóvenes Marías, Azúa, Pombo, Molina Foix o García Sánchez hemos pasado a los Bolaño, Bayly, Pauls o Villoro, quizá porque el relevo generacional de nuestras letras nunca acabó de darse por completo. Herralde lo expresa así en el libreto conmemorativo: "El premio ha descubierto, alentado o ptenciado a destacadas figuras de la "nueva narrativa española" y también, y muy especialmente en los últimos años, de la literatura que surge en tantos países de América Latina". Los intentos del Nadal o del Planeta también quedaron aguados: Mañas, Maestre, Prada o Freire no pasaron, diez o doce años después, a consolidar una literatura de altos vuelos. Me temo, pues, que lo de Anagrama sea no sólo una estrategia comercial sino también una estrategia pragmática e ineludible.

2. Ahora que ya no va a ser, lo cuento: yo tenía la intención de editar un blog bajo el título 2666, que sería una lectura in progress de la novela, casi página por página. Se trataría no tanto de explicar la trama cuanto de ir desgranando las emociones sentidas durante el proceso de lectura, casi un experimento. Aunque la idea es otra bien distinta, me entero de que el blog ya existe.

3. Y sin salir del tema, un plan para esta noche.