viernes, 22 de junio de 2007

Mis diez mandamientos de la edición literaria

Más allá del catálogo de una editorial (esto es, de la calidad específica de las obras que ofrece), el oficio de editor es un trabajo que requiere de unos principios escrupulosos para que la bondad de los textos se acompañe también del buen hacer en la composición de los libros. Los lectores impenitentes también somos exigentes en ese sentido, y estos son mis diez mandamientos esenciales para todo volumen de creación literaria:

1. No harás portadas grandilocuentes. Por la tapa se sabe lo que hay detrás: a más color y tipografías más grandes, contenidos menos sustanciales. Una portada debe identificar de manera inmediata la editorial a partir de un diseño reconocible. Hay clásicos rotundos en este sentido (Anagrama, El Acantilado, Tusquets, algo menos Alfaguara) y nuevos que recogen el mismo espíritu (Libros del Asteroide). Pero muchas editoriales jóvenes, para romper esquemas, utilizan gráficos pretendidamente modernos que sólo despistan al lector y jamás logran identificarse como sello.

2. No se deshojarán las páginas en tus manos. Es una vieja acusación contra Anagrama, totalmente infundada. Jamás me ha ocurrido nada parecido, pero veo en el metro a lectores que doblan los libros de tal manera que no me extraña que lleguen a los últimos capítulos con varios fascículos en las manos. Sí me ocurrió alguna vez con Lumen, pero sólo al cabo de dos relecturas. Ciertamente, el hilo cosido ya es casi un anacronismo y casi todos acuden a la socorrida cola de pegar.

3. Harás solapas con información del autor. Y si es posible, con foto. Nada peor que iniciar un libro y no encontrarse con una pequeña biografía y la lista de obras imprescindibles del autor. Es un detalle para el lector, un guiño necesario para decirle que lo suyo no es cosa de un día y que después de ese volumen hay más vida. Es la gran pérdida de todo libro de bolsillo, pero hay un uso muy extendido de la solapa en toda buena colección en rústica.

4. Los libros tendrán tamaños manejables. Otros prefieren tipografías de tipo 12 o 13, con lo cual toda novela extensa se convierte en un inmanejable mamotreto. Siempre preferiré una letra pequeña y un tamaño que se adapte a mis manos y que no me obligue a apoyar el libro en alguna parte para descansar. Hay casos curiosos de crecimiento sostenido, como Planeta: es muy gráfico comparar el tamaño de sus premios desde Terenci Moix hasta nuestros días: cada tres o cuatro años los libros crecían unos centímetros, al mismo tiempo que iba creciendo la insulsez de los textos que contenían.

5. No pondrás los índices al principio. Uno de los mandamientos más vulnerados: hay un contagio extendido entre las editoriales por insertarlos al principio, cuando deben ir irrevocablemente al final. Es un contagio, a su vez, de las revistas de quiosco, que en su caso sí es lógico que mantengan ese orden. Pero un libro no es el Muy Interesante: el lector debe entrar en la obra sin muletas, con el cuerpo liberado y la mente en blanco, sin saber que hay capítulos, partes u otras divisiones, sin conocer la extensión de las mismas, sin intuir el orden impreso por el autor: hay que caminar a ciegas hasta donde nos quieran llevar. Anagrama se mantiene como un mohicano solitario frente al magma invasor.

6. No pondrás las notas al final. Al revés que en el mandamiento anterior, las notas deben ser sacadas de su oscura discriminación en las últimas páginas e incorporadas a pie de página, para que puedan ser leídas (o no) al ritmo de la lectura. Nada hay más engorroso que ir pasando páginas atrás y adelante para recibir más información sobre lo que uno lee. El Reino de Redonda ha caído en este error. [Mención aparte merecen los ensayos, que no se incluyen en estos mandamientos literarios].

7. Dejarás los márgenes superiores limpios. Los márgenes deben resplandecer en su blancura, ya que para eso fueron creados. Varias editoriales inscriben en cada página el título del libro (¡como si no supiéramos a cada rato lo que estamos leyendo!) o el nombre del autor. El Acantilado persiste en este vacuo empeño. Lo único que debe contener un margen es el número de página, preferiblemente en la parte inferior, y nada más.

8. Comenzarás cada capítulo en página impar. Cada capítulo, porque así lo ha decidido el autor, es un alto en el camino, y el editor debe respetar esa banca, esa hamaca colgada entre los árboles, haciendo su trabajo: dando un respiro al libro y dejando (si hace falta) una página par en blanco. No hacerlo también induce a pensar en la tacañería del jefe, que quiere ahorrarse papel.

9. Redactarás con esmero el resumen de contraportada. El clásico en esta línea es Roberto Calasso, creando pequeñas piezas maestras de concisión para resumir el contenido del libro. La información debe ser la necesaria para dotar de una atmósfera apetecible su lectura, apoyándose en la medida de lo posible en la literatura comparada, creando redes con otras obras y añadiendo algunas frases de críticos que ya hayan opinado sobre ella. De todas formas, un mandamiento del lector debería ser no leer jamás una contraportada hasta el final, y comparar así su punto de vista con el expresado en ese texto: un ejercicio muy recomendable.

10. Te mantendrás fiel a tus principios. Cuando una editorial cambia de diseño cada pocos años le está diciendo al lector que su producto sigue las modas y no unos principios creativos establecidos desde el día de su fundación. A lo peor, es una muestra de que el diseño era claramente equivocado. Y nada debe haber más estimulante para un editor que llegar a una biblioteca doméstica y reconocer a simple vista el fruto de su trabajo en las estanterías, por los lomos: prueba fehaciente de que el lector también se habrá mantenido fiel a un catálogo determinado y a una manera agradable de leer.

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Las penas de un blogger nica

Entre cuatro y siete horas sin luz a diario. Sin internet dos jornadas completas: un cable roto en la Costa Caribe. Imposibilitado para actualizar el blog, camino hacia la montaña para descansar, leer y escribir. Regreso el jueves 28, si los elementos no impiden mi acceso a la senda.

martes, 19 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 3: El aciago sino de un tal Saul

Bajo este benetiano título se esconde un inspirado cuento marinero que rompe de manera parcial con el género hasta ahora visto en los dos primeros relatos (fantasía y terror) y se adentra en la historia y la relación de hechos verídicos. Así, como voy a explicar, hay dos partes diferenciadas en la historia, no separadas por ningún elemento tipográfico, que dividen hechos propiamente realistas y una larga escena que cubre casi toda la segunda mitad cuya atmósfera asfixiante tiene ecos de literatura de género. Publicado inicialmente en una revista, se editó después en la colección de cuentos Here Comes the Lady del propio autor, cuyos argumentos nacen de un tópico señuelo al estilo de Las mil y una noches: distintos jóvenes narran una historia individual para ganarse el amor de una muchacha.

En este caso, Shiel alude a otro tópico recurrente como es el del manuscrito hallado en una botella: el narrador dice que encontró un documento extraño fechado a inicios del siglo XVII en un arca de archivos bibliotecarios, avanza parte de su contenido y se dispone a transcribir palabra por palabra lo que leyó, aunque advierte:

Modifico unas cuantas de sus expresiones más arcaicas, restituyendo algunas palabras en los lugares en que se ha corrido la tinta”.

Este recurso da paso al relato en sí, que al lo largo de las dos primeras páginas es un rápido repaso por las penurias de juventud de James Dowdy Saul, marinero por vocación que acaba formando parte de la tripulación de balandros y bergantines de reconocidos piratas. Este resumen precipitado peca de algunas incorrecciones temporales, como se nos indica en los notas finales del traductor, pero es prolijo en nombres de capitanes y barcos y parte de la voluntad de aferrarse a hechos reales.

En uno de sus viajes, con rumbo a las colonias españolas de América, acaba siendo apresado por poco tiempo y se instala después en San Juan de Ulloa (antigua Veracruz), donde da inicio el verdadero meollo del cuento: en 1571 la Inquisición llega a las Indias Occidentales (dato fehaciente) y cuatro ministros del Santo Oficio lo vuelven a apresar, esta vez con consecuencias predecibles: juicio sumario, tortura y encierro en un bodegón de un navío.

Intuyo a estas alturas que el buen hacer de Shiel se desparrama en todo su esplendor en los relatos de corte fantástico, cuyas reglas domina y lo acercan, como vimos, a la maestría de Poe. Pero incluso en este cuento más estereotipado (durante su lectura pasan por mi cabeza Conrad, Eco y hasta Pérez-Reverte) hay un elegante savoir faire que sobrevuela cada párrafo, y Shiel también acierta en la pegada corta: sin argumentos enrevesados logra que el lector se interese por la peripecia narrada y continúe la exploración.

A partir de una tempestad desbordada en alta mar, el capitán y sus compinches deciden deshacerse de Saul de una manera cruel, y la narración en primera persona de todo el proceso por el que pasa el protagonista se convierte en un cambio de registro que nos vuelve a acercar hacia una literatura semifantástica, no tanto por lo irreal de la situación narrada como por la sorprendente insistencia de Shiel en detallar ese pasaje con cruel delectación. Es, sin duda, lo mejor del cuento: aquí aparece un Saul que va asumiendo su estado lastimoso y minuto a minuto va acercándose a una muerte que nunca termina de llegar:

No percibía golpe ni sacudida alguna: mas mi corazón entero era consciente de la celeridad de mi caída del mundo (...) Gemir no podía, ni suspirar, ni llorarle a mi Dios, sino que estaba petrificado por la grandeza de mi perecimiento”.

Esta morosidad es la que da un margen para hacer coherente este cuento con los dos anteriores, ya que la agonía de Saul es una reverberación de las agonías previas de otros personajes (Huguenin, Lady Swertha), pero con la salvedad de que aquí el protagonista vive en primer persona esa agonía, y nos es contada sin los ojos intermediarios de otros narradores. No importa saber si hay salvación, porque la propia escritura del texto ya indica que sí: vivió para contarlo.

Por lo demás, no hay alharacas añadidas: lo clásico es aquí un valor y pretender lo contrario sería, simplemente, cambiar de libro.

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Ahora sí, Cueto en su lugar natural.
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Javier Marías denuncia en EPS la contagiosa locura del actual gobierno socialista, que tiene su origen en la locura primigenia del PP. Lo curioso es que, mientras escribía, no cayó en la cuenta de su propio contagio periodístico (fanático, grosero, mentecatez, cenizos, chulos, jodío, mamarrachadas) con la prosa incendiaria de su buen compinche Pérez-Reverte.

sábado, 16 de junio de 2007

Esos queridos malditos

La belleza del arte debe llegar a nuestros sentidos y a nuestra conciencia casi al unísono, y lo digo porque cualquier captación visual o auditiva a nivel artístico (contemplar un Rembrandt o escuchar a Bach) es inmediatamente sintetizada por nuestro cerebro, que intenta explicar el porqué de nuestro éxtasis. Al menos a muchos no nos basta con saber que una escultura nos produce una agradable sensación, nos interesa saber la causa de eso, y a partir de ahí tomamos la historia del arte en consideración y analizamos las partes del todo.

Lo mismo ocurre con la literatura: después de leer a Kafka o a Proust hay algo aparentemente indescifrable que nos susurra que estamos ante una obra maestra, pero hay que cerciorarse de ello y acabamos siendo críticos literarios y peleándonos con otros críticos con opiniones dispares. Todo muy mundano, como se ve.

Pero existe además en cada uno de nosotros (en cada individuo más o menos interesado en picotear de aquí y de allá, en descubrir lo que se cuece en cualquier disciplina) un interés muy personal y para nada transferible acerca de determinadas obras y autores, o corrientes y géneros, situados en las orillas de la calidad. Más allá de aceptar los clásicos y de converger en nombres y apellidos inexorables, cada cual también tiene su listado extravagante de pintores, músicos o narradores que no forman parte del canon establecido pero por quienes sentimos un apego inusitado.

Creo que esto suele pasar mucho con el cine: además de las películas inmortales cuya calidad nadie pone en duda, solemos revisar en la tele o en DVD títulos que harían sonrojar al vecino, pero que a nosotros nos siguen entusiasmando (y no sé si la palabra entusiasmo es demasiado exagerada, ahora que la veo escrita): hay gente, y yo entre ellos, que seguimos amando cierto cine de terror o determinados westerns o películas decididamente freaks que no pasarían la ITV de ninguna academia. Quizá nos hacemos perdonar un poco estas debilidades, pero al final las asumimos con impasibilidad y seguimos felices con los gritos histéricos de púberes muchachas o con el trotar de los caballos y la polvareda que dejan atrás.

Digo todo esto porque hace ya varias semanas que leí un artículo de Justo Serna acerca de un autor que ya ha caído en el malditismo más extremo (creo que sólo por méritos propios) y cuya reivindicación es hoy poco menos que un delito. Parece que cuando a Juan Manuel de Prada le dieron el premio Biblioteca Breve este año, Justo corrió hacia la librería para leerlo de inmediato y lo explicó con detalle en su post. Ahí mismo le reprochaba su evolución tambaleante y sus posiciones personales sobre algunos temas, pero no dejaba de demostrar cierta querencia (y la carrera hacia la librería es la prueba más incriminatoria de todas) hacia un autor ya condenado casi al ostracismo, aun cuando reúne un buen número de lectores.

Prada ya forma parte, creo, de ese núcleo ajeno a la crítica que se instala en las bibliotecas de buenos lectores pero que no hay que reivindicar en voz muy alta, no se vaya a enterar el susodicho vecino (que lee, por otro lado, a Stephen King y sólo lo admite a regañadientes). Pero Justo lo escribió con todas las letras y por eso lo traigo aquí ahora: simplemente porque ya ha demostrado ser un riguroso lector (Conrad, Eça de Queiroz, Auster, Marías...) es que podemos aceptar, y reconocer además con agrado y empatía, sus debilidades.

Mi relación con Prada fue sucumbiendo con el tiempo: si Coños o El silencio del Patinador apuntaban a un escritor exigente y fuera de las modas que entonces abundaban entre la narrativa joven (los Mañas y los Maestre que pudimos habernos ahorrado: quizá sólo Loriga mantuvo el tipo), e incluso con Las máscaras del héroe obtuvo el beneplácito de próceres extravagantes, ya a partir de La tempestad comienza a nacer el Prada cansino y se entierra al autor inquieto. No está de más, ya que Justo no lo explica, recordar el copypast de frases textuales del texto “Venecia, un interior” de Javier Marías, publicado en Pasiones pasadas, y que yo me entretuve en corroborar y señalar con lápiz en mi edición de La tempestad.

Aunque Las esquinas del aire sea un experimento arriesgado y por ello ya encomiable, el resultado es un perezoso pastiche de hagiografía y mermelada, impregnado de esa frase rococó tan del gusto de Prada. No dudo que su adjetivación está por encima de muchos estudiantes recién salidos de la facultad, pero creo que es la pose (sobre todo la pose) lo que me obliga a distanciarme del protegido de Gimferrer.

Viendo su evolución retrospectivamente, no puedo dejar de pensar que Prada fue en el fondo un buen producto de la factoría ABC, que necesitaba urgentemente una nueva pluma para sustituir a los ya convalecientes y después fallecidos Cela y Capmany. Sólo fue necesario un Planeta (la derecha española, con Lara a la cabeza, siempre dispuesta para el sacrificio) y el entorno hizo el resto. Pero no deja de sorprender la continuidad de galardones (Primavera, Biblioteca Breve), aun sabiendo cómo funciona lo de los premios en este país, y uno no puede nunca dejar de preguntarse si no será que todos esos autores malditos en el fondo nos acechan y nos atraen, como Ed Woods cualesquiera, para caer en sus brazos y volver a ser, por un rato, eternos adolescentes.

Pero el colmo para mi aguante ha sido el insensato tono de beatería que ha llenado sus columnas abecedarias en los últimos tiempos, y que como muestra pueden degustarse aquí (el exceso puede producir indigestión). Frases como "la comisión a mansalva de abortos es un crimen abyecto" o "el Papa Wojtyla nos demuestra que existe dentro de nosotros un yacimiento de inexpugnable entereza" me demuestran cuán necesario sigue siendo un Dawkins que nos guíe ante tanta palabrería hueca.

Es por todo ello que invito a Justo a que nos haga partícipes en su blog de la lectura de El séptimo velo para saber si su velo ya se le cayó definitivamente o todavía nuestro querido maldito podrá seguir siendo un escritor furtivamente admirado.

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A esto, en Nicaragua, le llaman libertad de prensa.


miércoles, 13 de junio de 2007

Regreso a la literatura norteamericana

Debo provenir de toda una generación de personas a las que tres simples letras unidas y en mayúsculas (USA) eriza los pelos de sus cuerpos y provoca retortijones en todos sus estómagos. No me he sentido jamás solo en mis desamores y he compartido los odios fraternalmente, y además lo asumo sin dificultad: es parte de mi ser y no abjuraré jamás de los yanquees go home proferidos a voz en grito por las calles de Barcelona, fuera cual fuera el motivo. Crecí odiando todo lo que tuviera algún tufo americanizante y todo iba a parar al final al mismo container: el envoltorio grasiento de la hamburguesa McDonalds, la foto de Reagan y sus misiles, la casita de clase media con perro y garaje, la niña malcriada que esparce los Kellog’s por el suelo, las películas para adolescentes descerebrados. Aún hoy no he pisado jamás territorio norteamericano, ya que nunca he salido del aeropuerto de Miami (en cambio, de Florida para abajo he gastado mucha suela de zapato y mucha llanta neumática).

Pero ya en aquella etapa más crítica vivía con mis contradicciones sin apenas inmutarme: no hay día que no vistiera unos jeans, escuchara a Dylan, revisara westerns por televisión o leyera, pongamos, a Bret Easton Ellis. Nada impedía que yo siguiera detestando el american way of life y que al mismo tiempo gozara sin gozarlo (sin presumir de ello) de cualquiera de sus productos escogidos.

Hoy, tantos años después, quedan los estertores de esos tiempos y algunas actitudes ya muy poco razonadas pero tan firmes como siempre, aunque ya algo matizadas y convenientemente justificadas. “No, yo contra el pueblo nada de nada, sólo contra el gobierno americano”, y sigo mi camino tan campante.

Pero literariamente, y ahí voy, algo se resquebraja en mis convicciones. De un tiempo a esta parte mi interés va girando poco a poco hacia una estética y unos nombres que provienen de las tierras enemigas y que, clandestinamente, voy cultivando como quien poda bonsáis. De vez en cuando es muy gráfico pararse y ver por dónde han caminado los intereses propios: siempre atento a la literatura castellana o catalana, muy inclinado a partir de los 90 a todo lo latinoamericano, amante y esposo de la literatura británica y de la generación Granta, con leves infidelidades hacia lo francés (ay, las femmes fatales), picoteando de literaturas lejanas (Pavic, Oé, Mahfuz, Coetzee) y poco más. Los acercamientos a Estados Unidos fueron muy puntuales y pidiendo perdón de rodillas: el susodicho Easton Ellis, Wolf, Roth, y otras lecturas tangenciales.

Y no es hasta ahora mismo (suenen los claros clarines) que manifiesto con solemnidad (Yo, JacoboDeza...) que, por lo que a la literatura se refiere, acepto con agrado el legado de numerosos autores norteamericanos y que de manera definitiva adopto como lector las corrientes que de allá vienen. Llegó la hora de la aceptación, de que no puedo orillar por más años lo que desde allí se escribe y de que ese submundo literario (uf, DeLillo, Updike, y más Roth, por poner tres columnas corintias) debe formar parte sin más de mi bagaje cultural. O sea, de mi placer absoluto como lector despierto.

Voy a seguir renegando de otras cuestiones gringas, y tampoco tengo ninguna intención por el momento de poner pie en tierra tejana o neoyorquina, pero la literatura es la literatura. Según voy comprobando a través de blogs amigos o de críticos atinados, algo se mueve por esas latitudes y no voy a ser yo quien me impida a mí mismo comprobarlo. Por lo pronto, acabo de recibir el nº de Granta destinado a los mejores narradores jóvenes norteamericanos, y en poco más de una semana me pongo a devorar el último libro de A.M. Homes.

Encima, acaban de otorgarle a Bob Dylan el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, con lo que se cierra el círculo. Una vez se lo hayan dado a Marías, haré campaña para que reciba el Nobel de literatura, y entonces (¡sin banderitas!) entonaré aquello de Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me / In the jingle jangle morning I'll come followin' you y aprenderemos a hablar, ahora sí, en inglés.

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Leo que Marsé, Mendoza, Vila-Matas y Cercas no estarán en Frankfurt: me parece lo más lógico, teniendo en cuenta que jamás nadie los invitó con deseo, sino más bien con la desgana del que se sabe obligado a poner en la lista del convite al familiar incómodo. Auguro un éxito rotundo a la delegación catalana, ahora que se han sacado de encima a los más leídos, más celebrados, más vendidos y más puñeteros literatos.

lunes, 11 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 2: La mujer de Huguenin

El cuento que da título al volumen es, ahora sí, un cuento de terror comme il faut: están todos los elementos necesarios para ser leído adecuadamente en noche oscura, fría y tormentosa, pero con las originalidades propias de este autor que seguimos descubriendo relato a relato. Veamos:

Ya desde un inicio nos sumergimos de nuevo en un contexto cultista que en esta ocasión aprieta sus garras alrededor de la mitología griega. Si en Vaila hallábamos citas bíblicas a cada paso (extraídas del Éxodo, principalmente), aquí el protagonista llega a la isla de Delos y todo se impregna del sabor clásico y arcaizante:

¡Ah, pero para mí sigue siendo –como lo era para ella- Delos, la Sagrada Isla, cuna de Apolo, hijo de Leto! (...) Veo los barcos que trasladan a los sagrados emisarios de Pan-Jonia”.

Después de recibir una onírica carta de un amigo que habita la isla y que requiere de su presencia, Huguenin se desplaza hasta allá como quien emprende un viaje iniciático hacia tierras ignotas que prometen alguna aventura singular. Es un recurso tan trillado como efectivo: no se trata de ninguna huida personal (conocemos tan poco todavía del narrador que no podemos avanzar una teoría así), y no puede ser considerado de otra forma que como una excusa literaria para enmarcar ya de entrada un escenario misterioso y extraño. No hace falta recurrir a obras ajenas para encontrar otro ejemplo, basta retroceder un cuento:

A resultas de este mensaje, emprendí viaje hacia el norte (...) con un mar encrespado y un cielo oscuro y amenazador. (...) Hizo una pausa para señalarme a barlovento por la proa una elevación de un gris más oscuro que, según me aseguró, era Vaila.” (Vaila)

De Londres a Delos es todo un viaje (...) Acabé de hecho desembarcando, una noche estrellada, en las arenas que bordean el puerto antaño renombrado de la isla.” (La mujer de Huguenin)

Este inicio, casi calcado en su intención, conduce hacia el encuentro con el amigo perdido, y en ambos casos también la conducta de éste suscita incertidumbre en el lector. Algo pasa, y ese algo indefinido es el juego que siempre ha usado la literatura de género, o el cine durante un siglo, para convencer. Pero falta un tercer elemento: viaje a tierras lejanas, reencuentro con un amigo demudado, y un espacio físico que acoja los hechos sobrenaturales que puedan venir a continuación. La casa misteriosa es fundamental para cerrar el círculo, pues revierte nuestro hogar plácido en un espacio hostil, alterando las normas de lo cotidiano y removiendo nuestras firmes convicciones: también hay espacios abiertos que han actuado en este sentido (pienso como adolescente cuando rememoro los maizales de Stephen King) pero las paredes y techos son un recurso infaltable para nuestra claustrofobia particular. En el caso que nos ocupa, la casa nos amenaza como laberinto:

La mansión era de tipo helénico, pero de planta en verdad disparatada: un desierto más que una vivienda, una casa griega que se multiplicaba en una serie de casas griegas, como objetos vistos a través de lentes angulares”.

Hay un tercer personaje que pronto aparece en el relato, pero como fantasma capaz de trastornar el normal acontecer de los hechos. Al mejor estilo de Poe (de nuevo Poe) la esposa muerta de Huguenin es un retrato inmenso de cuerpo entero (¿Era esta mujer, me pregunté, más bella de lo que pudo nunca serlo mortal alguna... o más repugnante?), y su influencia será decisiva en el viudo para el desarrollo del resto de la historia. El narrador interviene en ella como un voyeur estremecido, pero una decisión suya será el detonante para llegar hasta el desenlace del cuento, que ya no avanzo aquí.

Siendo Vaila una nouvelle más compleja y repleta de elementos accesorios, La mujer de Huguenin es un cuento cerrado y casi perfecto en la ejecución, muy al estilo clásico. Sigo asombrado por el nivel culto de ciertos pasajes, que obligan a otro aparato de notas denso para entender cada referencia mítica: Lamia, Ortigia, Sibila, Hipatia... Este Shiel no es sólo literatura de autobús, y merece la pena que sigamos la tarea con el resto del libro.

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Menos de una década: lo que Mailer dijo sobre la prudente distancia entre los hechos y su escritura ya ha sido oficialmente rota. Que el 11-S iba a tener sus efectos en la literatura posterior era una evidencia, pero me niego a pensar que la última novela de John Updike haya sido el detonante para abrir la veda, que para mí ya se inició, al menos, con Beigbeder (Windows on the world) y, claro, con McEwan (Sábado).

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El triángulo y sus eternos ecos.

viernes, 8 de junio de 2007

Los brazos caídos

Regreso de un breve periplo por tierra adentro y he aprovechado (entre muchas otras ocupaciones que me tienen al límite de la resistencia) para observar de cerca lo que Dawkins sugiere, o mejor instiga, desde su último libro. Qué mejor lugar para ello que esos recónditos parajes en los que, aparte de Dios, no hay mucha más gente que pueda descubrir alguna razón precisa para la existencia humana. El devenir de muchos de mis vecinos no es más que una dura tarea para la que ya parecen preparados desde siempre, como si la creación no hubiera tenido otro sentido que el de comer (mañana, tarde y noche) un huevo, gallopinto y un pedazo de queso.

En la parroquia veía los brazos de cada uno y se me iluminaba la mente: eran brazos, cómo decirlo, alicaídos, con poca prestancia, acaso sumisos. Es curiosa esa fijación mía con los brazos, pero asocio ese par de extremidades al esfuerzo y al trabajo, al ejercicio y la gimnasia, a la escritura y al pincel en mano. Yo miraba fijamente esos brazos dimitidos y no podía ver nada más: lo extraordinario es que dimitían al verse rodeados de imágenes y cirios y ya regresaban a sus casas sin serles devueltos el tono, la rabia, el puñetazo sobre la mesa.

Esta actitud me interesa mucho, y por eso leo ahora a Dawkins, y por eso estoy terminando un largo artículo muy incorrecto que quizá no encuentre editor por ningún lado y acabe colgado en el blog, quién sabe. Recién he terminado los capítulos 2 y 3 de El espejismo de Dios y añado a lo ya dicho estas breves consideraciones (el sueño pesa pero les debo unas palabras):

1. El tono sigue siendo el mismo, a veces demasiado insistente y siempre con la certeza de que aquello que explica es tan evidente que no hay lector que no lo pueda apreciar de un vistazo. Este posicionamiento da que pensar: barrer a escobazos a todos los que han intentado demostrar la existencia de Dios desde distintos puntos de vista (algunos, ciertamente, desde puntos que dan algo de vértigo) sólo suscita la conmiseración del que perdona las faltas. Yo se las perdono a Dawkins, pero admitiendo que esas faltas esconden el esfuerzo por deconstruir cada argumento y ofrecer alternativas. Demasiadas veces se repite una sentencia del tipo "bueno, esto es tan evidente que ya no requiere decir más", o "este argumento es tan desquiciante que no voy a hablar de él" (¡pero mientras escribía esto ya lo sacó a relucir!).

2. El desorden del capítulo 2 tiene una correlación perfecta con la estructurada exposición del capítulo 3: la hipótesis de Dios obliga al autor a un ir y venir por una infinidad de citas, alusiones y experiencias de todo tipo, de la que el lector sale un poco alterado. Sin embargo, el tercer capítulo expone diversos intentos por demostrar la existencia de un ser sobrenatural, todos fallidos y que aportan poco al debate final. Pero esa es la conclusión rápida de Dawkins, no la mía, que debo ser menos dado a las evidencias y cualquier dato me merece una reflexión, incluso aquél expuesto por un personaje que midió las posibilidades de Dios en un 67%. No me negarán que un intento así, literariamente, es de una riqueza extrema, por mucho que desde la ciencia sea aplastado como quien pone un zapato sobre un escarabajo.

3. Tampoco el chascarrillo continuo da muestras de nada, incluso creo que tampoco sirve para ratificar el sentido del humor de Dawkins. Quizá las ironías que hay en casi cada párrafo ayuden al propósito del autor, que no es otro que descalificar cualquier intento de justificación de Dios, pero de nuevo no aportan argumentos para defender la tesis contraria. Pero hay esperanzas, y sería yo el falsario si no lo dijera: los siguientes capítulos servirán para exponer, según avanza en muchas ocasiones, sus postulados.

Recuperado, y con el sueño ya expulsado, volveremos a nuestro nivel habitual.

viernes, 1 de junio de 2007

La mujer de Huguenin 1: Vaila

Entre las tareas pendientes estaba sin duda la inmersión en la biblioteca del Reino de Redonda, que ya pasa de la docena de títulos y que voy coleccionando con disciplina para ir preparando desde ahora mis lecturas de senectud. Pero antes de que las arrugas hagan mella en mi cuerpo decidí iniciar ya la ruta con el primer volumen, este La mujer de Huguenin del que iré comentando sus relatos uno por uno en sucesivas semanas.


Al encararme con una nueva editorial (por mucho que el Rey Xavier I diga que no, que esto es sólo una recopilación de papeles reales y no una empresa) hay que hablar de los alrededores: de las tapas, de las hojas, de la tinta. El oficio de editor me gusta casi tanto como el de escritor, y además de escritor, editor y crítico frustrado también soy un imposible lector de editoriales. Perdón por el excurso, pero siempre me ha parecido asombroso que existan personas que se dedican a leer para ciertos sellos y que su juicio sea decisivo para conformar catálogos. ¡Eso quería ser yo de pequeño, y no astronauta!

La colección regresa a la tapa dura, y utilizo el verbo en pasado porque uno tiene la sensación de que ese tipo de encuadernación pertenece a una época remota, previa a la mercantilización de la letra escrita. Me gusta el minimalismo de la portada pese a la idea de cambiar de color en cada volumen, lo que convierte la estantería en un arco iris muy a lo sixties. Y las hojas, peligrosamente sutiles, hacen que la tinta aparezca casi en relieve, como quien lee en braille. Lástima que se atenga también a esa moda horrible (que Acantilado adoptó, pero jamás Anagrama) de situar los índices al inicio y no al final del libro: ¡yo no quiero saber de antemano qué albergan sus páginas, ni la longitud de cada cuento, ni si hay apéndices al final, hasta llegar a ellos! [no hagan caso a este bibliófilo irredento].

El primer cuento, Vaila, es de hecho casi una nouvelle presentada como la obra más conseguida de M.P Shiell (Lovecraft dijo de ella que era su "indudable obra maestra") y donde podemos apreciar las constantes del autor, quien fuera primer Rey de Redonda. Se trata de una historia fantástica que bordea a ratos el terror, narrada a partir de una prosa barroca perfectamente a tono con el contenido del relato. Creo que la traducción de Antonio Iriarte (quien acaba de traducir en la misma editorial a Vernon Lee) es un pequeño prodigio de concisión y de apego a la voluntad de Shiell, y he saboreado un vocabulario algo añejo que no frecuentaba últimamente. Además el libro cuenta con un aparato de notas muy completo que aporta luz a las numerosas citas textuales del autor.

Hay dos referentes que yo remarcaría para desentrañar el origen de esta literatura, el primero es evidente y el segundo lo apunto como sorpresa personal. No hay duda de que Edgar Allan Poe es un fantasma que sobrevuela cada párrafo del cuento y que su presencia se nota en cada rechinar de puerta. Pero sobre todo hay un Poe que es referente casi exacto (sin que ello suponga copia de nada, sólo hablo de conexión tangencial) y es el que encontramos en La caída de la casa Usher. No hace falta ni haber leído el cuento, basta con recordar a Vincent Price escuchando el crujir de la madera de la vieja mansión y sabremos que este personaje deambula también por la surreal estancia que es a su vez casi único espacio de la historia. Me niego a aceptar, como dicen algunos cánones, que estos espacios casi vivos puedan considerarse personajes de la obra: sólo son espacios, pero su fuerza radica en que condicionan las vidas de cuantos moran en ellos y el relato avanza en función de sus paredes y muros. Si la casa Usher se resquebrajaba al mismo tiempo que aumentaba la insania de su propietario, la mansión de Vaila tiene sus días contados a causa también de una loca mente humana, y no voy aquí a explicar qué extraño mecanismo ocasiona el desplome.

El segundo referente, más sorpendente como digo, es el de Bernhard (que tiene, por cierto, una triste entrada en la Wikpiedia española: que alguien repare el daño), y no por el argumento en este caso sino por el mecanismo de relojería que hace que esta prosa y la suya puedan ser consideradas "prosas enfermizas". Recuerdo, por ejemplo, cómo en Helada un estudiante de medicina llegaba a una lejana aldea para seguir de cerca a un viejo pintor desquiciado, y cómo mostraba su azoramiento ante la evidencia de estar ante una mente complejísima. Nuestro protagonista también va ahora en pos de otro personaje que tanto por sus palabras como por sus reacciones pertenece al submundo bernhardiano, y me da igual si Shiell leyó o no a Bernhard: el hermetismo de Harfager me recuerda profundamente al de ese pintor, aunque la brevedad del género no ayuda en este caso a profundizar demasiado en el perfil.

Lo más interesante de Vaila radica en todo lo que aporta a la literatura fantástica, que no siendo aspectos muy novedosos sí dejan entrever un claro dominio de las reglas clave: la llegada del protagonista a una tierra ignota (¡ay, cuántos Piñols perdimos por el camino!), los entes fantasmales que pululan por el lugar (Lady Swertha, Aith), el decorado tenebroso, un misterio de fondo que no se resolverá hasta las últimas páginas, y un protagonista que mira este mundo con ojos de perplejidad, que son los del lector. También sorprenden los guiños intelectuales mediante palabras extranjeras no traducidas y las citas literarias o bíblicas que contiene, dándole al conjunto un aire de relato culto y alejándolo de la consideración de este género como literatura popular.

Javier Marías se vio en la obligación (léase esto como un simple juego literario) de difundir la obra de Shiell, y qué mejor que editar algunos de sus textos. Hubiera podido pasar que la calidad de este Rey no diera para sacar sus obras a la luz, pero no es el caso. Lo extraño es que hasta ahora hayamos tenido la oportunidad de conocer a este interesante autor ya elogiado por H.G. Wells o Hammet, de quien profundizaremos tras la lectura de los siguiente cuentos.

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Anda, los donuts!


miércoles, 30 de mayo de 2007

Mis problemas con Sánchez-Piñol

Comentaba Javier Marías recientemente en uno de sus artículos semanales para EPS sus problemas con determinadas películas de cine: le ocurría que iba a verlas por recomendación efusiva de amigos y se encontraba con aburridísimas secuencias y con historias descabelladas, posmodernísimas pero sin sustancia alguna. Le pasó, y de ahí el artículo, con Babel, una mixtura algo indigesta de historias cruzadas que van por tantos sitios que al final no conducen a ninguna parte. Y sucede que, a menudo, la crítica se vuelca en favor de estas creaciones, aplaudiéndolas y asegurando que son un nuevo camino narrativo que no había sido explorado hasta entonces (!), y el público acata la moda y forma largas colas ante los cines para ver esa nueva maravilla. Lo más curioso es que, a fuerza de autoconvencimiento, salimos de la sala con las palmas ya entrenadas para chocarlas entre sí (plas, plas) y continuar la cadena con otros amigos, porque a nosotros, como a todo el mundo, también nos ha gustado la peli.

Pero no hace falta salirnos de la senda para retratarnos en otras materias: los libros y la literatura son también un excelente caldo de cultivo para la aparición de exégetas dispuestos a vendernos gatos por liebres y a encumbrar novelas que se convierten en los éxitos del año. Y no hablo de críticos profesionales: también el boca-oreja puede funcionar para estos fines, y la consideración que ha tenido este método para recomendar libros es espeluznante. "Ha sido un éxito logrado a partir del boca-oreja", se dice, como si eso bastara para que automáticamente la obra se vista de calidad indiscutible. "No ha sido por recomedación crítica", dejando a los pobres que ejercen este oficio como tontos que dedican sus vanas horas a explicar por qué una novela es buena o no lo es sin que esto tenga ninguna importancia: ya se encargarán las bocas locuaces o las orejas sensibles de decidir lo que hay que leer y de sentar cátedra popular.

Esto me pasó a mí, pues, con Sánchez-Piñol, como bien saben los sufridos senderistas que paseaban conmigo un año atrás. Fue en parte la crítica, pero de manera muy especial las voces cercanas, la razón por la que me acerqué a la novela y leí. El post que escribí entonces se quedó a medio camino ya que me encontraba en pleno proceso lector, y quedó en el aire una tímida esperanza y el deseo que todas mis objeciones se fueran diluyendo con el pasar de las páginas. Meses después y ya digerido el proceso, la realidad (tan cruda ella) se empeña de nuevo en poner los pies sobre la tierra.

Soy claro: lo de Sánchez-Piñol ha sido un bluff de proporciones catalanescas, como sólo los catalanes podemos saber (somos una nación y al mismo tiempo no, todo en uno). A la literatura catalana le hacía falta un Sánchez-Piñol, qué duda cabe, atravesada ya la etapa Monzó, superada la época Porcel y asumiendo a duras penas la fase Pàmies. Había que buscarlo, como fuera. Y apareció en el sitio menos pensado, en "La Campana" y con algunas palmadas en la espalda de amigos y conocidos. Ya sólo había que esperar a que los catalanes que leen libros en su lengua materna acudieran a la librería y, apiadándose de su suerte (sólo hay que ver las mesas de novedades en esa lengua para comprender nuestro sino) buscaran la novedad y rezaran mucho.

La pell freda fue el libro necesario escrito en el momento oportuno. Quiero decir, aburriéndoles a ustedes, que era la novela postpujolista por excelencia, o la neomaragalliana que la nueva catalanidad abierta al mundo necesitaba. Ya escribí que puede ser una de las novelas menos catalanas de los últimos tiempos, y esto al menos es un valor que hay que reconocerle: tanto el espacio geográfico como los personajes (los dos o tres mal contados que hay) pertenecen a la literatura escandinava, por así decirlo. No hay banderas, ni Ramblas, ni gentes mirándose el ombligo. Pero a partir de ahí, la nada.

Que estamos muy solos y con mucha hambre lo prueba que esta obra sea un gran éxito y que además sea traducida a múltiples idiomas. Esto se explica por esa visión internacionalista del hecho literario y porque hay unas cuotas de exportación en lengua catalana que hay que vender fuera como sea. También Vallcorba, yendo al otro extremo, compra cada año sus cuatro, seis o nueve traducciones checas, polacas y húngaras. Sánchez-Piñol estaba allí y eso bastó para que una trama de asedio monstruoso triunfara de manera sorprendente. Sigo mostrando mi aprecio por el arranque conradiano de la novela, pero hablo de 30 páginas: el resto de las casi 300 es un repetitivo ataque y contraataque de seres infernales que salen del océano y que obligan a dos individuos a preparar defensas a cuál más absurda. Por favor, seamos sinceros: no hay absolutamente nada más. A cualquiera que me habla del "análisis psicológico" de los dos personajes le explico quién era Flaubert, y a quien me intenta demostrar "la complejidad de la estructura" de la novela le hablo de un tal Faulkner, y así.

No me esperaba tan poco de ese viaje. A mí no me desagrada tampoco la literatura de ciencia ficción, y no hay que recurrir a grandes maestros para reconocer que Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo es muy superior en originalidad, en estructura y en ambición. No hay escolar catalán que no lea hoy esa novela, y ya veremos cuánto dura la sobrealimentación de Sánchez-Piñol (quizá lo que duró la aparición de su segunda novela, sobre la que ya no veo tantos alardes). Y lo más importante: Pedrolo, él sí, sabía cómo terminar un libro y una historia.

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Ante la aparición de este nuevo y magnífico número de la revista Granta, uno se pregunta si este mismo ejercicio será posible, y qué resultados se obtendrían, con un ejemplar dedicado a los mejores jóvenes novelistas en lengua española. Incluyo, cómo no, a todos los latinoamericanos en el mismo pack. Espero que los editores recojan la idea.


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Punto y final: veneno y sombra y adiós.

sábado, 26 de mayo de 2007

Los sin Dios

Vamos a hablar, y mucho, de esta obra de Richard Dawkins recién traducida al español con el título de El espejismo de Dios. Algunas voces comentan la importancia de este ensayo y el antes y el después que comporta, aunque mi tradicional escepticismo (ya sea con Dios o con las novedades bibliográficas) me impida ver que Dawkins haya cruzado alguna línea a partir de la cual el mundo ya es otro. Simplemente, al menos con lo poco que llevo leído, estamos ante una buena recopilación de datos y citas sobre lo que antes ya se ha dicho sobre el tema, y llegando a algunas conclusiones originales con las que aún no me he topado.



La pretendida novedad de la obra choca contra la evidencia de la cantidad de autoridades a las que el propio Dawkins alude y que comenta profusamente. Mucho chiste fácil también, todo hay que decirlo, y algunas anécdotas relevantes. Hay dos prevenciones que me asaltan ya de entrada y que expongo:

La primera es el excesivo uso del lenguaje incisivo para convencer al lector de las bondades de su discurso. La violencia verbal disimulada como razonamiento conclusivo (tanto que no hace falta demostrarlo) no dice nada bueno del autor. El inicio del capítulo 2 es una diáfana muestra de este ejercicio:

"El Dios del Antiguo Testamento es posiblemente el personaje más molesto de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto e implacable monstruo; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichosamente malévolo".

Esta ristra de adjetivos incita a pedir pruebas concluyentes de tales apreciaciones, por mucho que el efecto buscado sea el de sacudir conciencias o levantar dudosas polémicas. La prueba puede ser el libro completo, pero es una respuesta insatisfactoria: immediatamente después del insulto hay que poner las evidencias sobre la mesa, o retractarse. Si Dios es sadomasoquista, que no tengo por qué dudarlo ni por qué asumirlo, Dawkins está obligado a explayarse sobre ello y no a quedarse saciado por su valentía verbal.

El segundo pero hace referencia al desorden temático que afecta al ensayo. Aunque en apariencia se sigue un discurso por partes, el tema es lo suficientemente amplio y complejo como para que el hilo deba ser bastante visible, con trazas en el camino. Al contrario, hay muchas ideas y también atajos o correlaciones que dan medida de esa complejidad pero sin una ruta clara. Parece que la mejor manera de demostrar la inexistencia de Dios sea acumulando pequeñas citas que acaben construyendo una montaña de opiniones, y la misma acumulación se convierta en dato inefable.

Pero estas prevenciones no afectan a mi recomendación sobre la lectura del libro. Al revés: creo que Dawkins es honesto, y eso aporta un plus de credibilidad que sus defectos nunca terminan por borrar. A pesar incluso de su tono incisivo que a ratos se transforma también en doctrinal: su convicción acerca de lo que dice, y su necesidad por ganarse la complicidad lectora, obligan a prestar atención a cada nuevo párrafo y a intentar separar el grano de la paja.

Hay cuatro mensajes de concienciación en el párrafo que definen bien el propósito del autor: se puede ser feliz e intelectual y moralmente realizado siendo ateo; el proceso de selección natural de las especies es la mejor explicación para cuanto nos rodea; los niños ni nacen ni son religiosos, y hay que reivindicar el orgullo del ateísmo. Avanza también que su obra está destinada, de manera especial, a los que no piensan como él y está tan convencido de su labor que asegura que después de su lectura no puede haber nadie que pueda pensar igual. Esta inocente seguridad quizá podría convertirse en mi tercera prevención al libro, puesto que no hay sector más eternamente convencido de su posición que el de los fervientes beatos.

En el primer capítulo realiza una necesaria distinción entre teísmo, deísmo y panteísmo, para demostrar lo absurdo de la afirmación de que Einstein era religioso. Eso le conduce, meandros aparte, a la denuncia del exagerado respeto que se tiene hoy día por la religión y expone el ejemplo más palmario de cuantos han sucedido en los últimos meses: la publicación de las viñetas de Mahoma en un diario danés y la furibunda reacción que ocasionó en el mundo musulmán, pero de manera especial la azucarada actitud de algunos políticos europeos frente a este pulso y la ridícula apelación al respeto entre culturas.

Dawkins también pide que el libro ocasione una cadena de reacciones y que haya un levantamiento de los silenciados ateos: no sé si este hilo que comienzo pueda responder a eso, pero será mi modesta contribución a la causa.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Paréntesis caribeño

Imposibles conexiones desde el trópico humedo. Seguiremos sudando hasta el día 25. El sábado 26 volvemos a la brisa de la senda. Vale.

sábado, 19 de mayo de 2007

La hora azulona



Después de leer con desesperante terquedad la novela, recorrí durante unos días lo que en internet se ha publicado sobre ella. Voy directo a los blogs, claro: allí se encuentra hoy en día la sustancia de la crítica, cada vez más alejada de los periódicos impresos que eligen sus libros a partir de componendas empresariales (y que echan a sus echevarrías a las primeras de cambio, cuando el crítico hace un mohín poco agradable). Contamos además con una incombustible y a ratos excitante troupe peruana, uno de los grupos más vivos que ejercen desde los blogs literarios aunque también algo endogámicos, como ya dije en cierta ocasión. Y encontré mucho material en Bata japonesa, que elabora una respuesta a una crítica previa de Javier Ágreda con el respaldo de casi 80 comentarios sin desperdicio. El propio Iván Thays ya dejó impresa su opinión en el blog Sin plumas, y me quedo todavía con otra crítica contundente publicada en Parcela de cielo: con eso me basta, por ahora.

Lo cierto es que uno desea comenzar hablando de la sensación que le deja la lectura de La hora azul antes de ponerse a destazar el argumento y sus inconsistencias varias. Decir, por ejemplo, que este sea probablemente el peor Premio Herralde en muchos años y el libro menos anagrama (el adjetivo es límpido y claro) de cuantos hayan pasado por mis manos en tapas grises. No desentonaría con un sello planetario en su lomo, ahora que hasta Pombo se pasó al rojo incendiario: no sé en qué andarían pensando Vila-Matas o mi amigo Clotas al galardonar este manuscrito, si no es acaso que Grandes miradas merecía tener un acompañante en el catálogo.

Es difícil superar el primer capítulo, exactamente al revés de lo que le sucedía a Sánchez Piñol (sobre quien volveré, pues debo cerrar el círculo iniciado el año pasado) que después de un inicio fulgurante se dedicaba durante 300 páginas a matar monstruitos. Alonso Cueto nos introduce en una familia de la alta sociedad limeña utilizando la vana prosa de la alta sociedad limeña: ¡quizá pensando que la credibilidad depende de impostar la frase haciéndola vacía, para que ese mundo vacío lo parezca más! El resultado, en estos casos, siempre es indiscutiblemente el mismo: personajes, historia y libro se contagian mutuamente de lo inane y el lector asiste impertérrito al desmoronamiento. Leamos, por ejemplo:

Mi esposa Claudia. Es curioso llamarla así. Como a una extraña. Su nombre ondulante me recordaba la forma de un arco iris, o al menos así se lo dije el día que la conocí en una fiesta hace veinte años”. (p.15)

No hay registro en el libro del bofetón que merecería un hombre por decir sandeces de este nivel, y es que probablemente Claudia (y con ella todas las claudias del libro) quedan extasiadas ante la prosa vaticana (el adjetivo es de Arcadi Espada) que inunda cada párrafo del libro. Sólo desciendo quince líneas:

Tenemos dos hijas bastante adorables (es la palabra que se me ocurre ahora al mencionarlas)”.

El chirrido del adverbio sólo antecede al tremendo pensamiento que encierra el paréntesis, y así hasta la extenuación. La novela está escrita en primera persona y se acumulan, página a página, los despropósitos semánticos. En descargo del autor hay que valorar al menos la utilización de la frase corta, concisa, que evita barroquismos que ya hubieran hecho ilegible el conjunto. Todas las escenas coinciden en esa vacuidad de gente mal trazada, personajes que abren y cierran puertas sonámbulamente y que viajan en coche por las avenidas de Lima sin parar, por la avenida Wiesse y por delante de la estatua de Mariátegui.

El argumento nace de un hecho real: la atracción que un militar siente por una muchacha detenida, la fuga de ésta y el interés que por la historia siente el hijo del militar, que decide recuperar su pasado desentrañando el hilo y buscando a Miriam, la joven ayacuchana. Hay un interregno en la obra que coincide con los capítulos más logrados: la búsqueda de Miriam en su lugar de origen y el contacto entre dos mundos opuestos, la certeza de ver al protagonista haciendo de detective pero en el fondo (ese fondo que se empeña Cueto en mostrar con la cucharilla en la boca del lector) descubriendo un fragmento del pasado reciente de su país, y viéndose a sí mismo como un ser tan prescindible como la propia novela indica. Después, el encuentro con ella en la capital, como he leído en algún blog y suscribo, es el pistoletazo de salida para el melodrama puro y definitivo con el que Cueto certifica el final de la obra.

La hora azul es una muestra de lo fácil que es dilapidar una historia prometedora: para elevar a categoría una anécdota vital es necesario mucho oficio, mucha voluntad para trascender lo banal y extraer conclusiones universales. Esta novela peruana se queda en eso, en peruana sólo, en prosa desde y para los ya convencidos: como si una novela de la guerra civil española se escribiera para sus vencedores y vencidos pero jamás para los millones que nos miraban desde algo más lejos, y es que afuera de España también continuaba la vida. En el Perú de Cueto sólo hay peruanos, y el argumento se termina en el mismo ombligo del autor, sin apostar a convertir a Adrián Ormache y a Miriam en grandes vencedores o grandes perdedores, tanto da, pero grandes. Por desgracia, acaban siendo personajes de novela: de ahí venían y allí se quedaron, sin traspasar jamás el umbral de lo verdadero y de lo perdurable.

La reiteración de escenas también forma parte de todo el entramado: los encuentros con Jenny en la antesala de la oficina, los almuerzos en restaurantes varios con empresarios, y esos interminables ires y venires por las pistas y avenidas de Lima que provocan un sopor indecible. Poco más hay que añadir en esta rápida pincelada: también provoca sueño tener que escribir sobre aquellos libros que no levantan el vuelo y que caen, exhaustos, en el fondo de las bibliotecas.

jueves, 17 de mayo de 2007

La enciclopedia libre

Las novedades tecnológicas llegan a mí siempre con cierto retraso, por eso fui un blogger tardío (cuando ya tantos se habían avanzado a la moda antes que yo), seguí comprando discos de vinilo cuando todo el mundo escuchaba CDs, o después me enganché al CD portátil cuando ya, en las calles, veía a la gente con unos aparatos llamados MP3 o así, que todavía forman parte de mi incierto futuro. Sigo siendo de los últimos en adaptarme al alud de máquinas modernas, aunque tampoco lo considero ninguna resistencia a los nuevos tiempos: llega un día en el que, sin más, hago el cambio de una formato a otro y no me pongo a llorar como el poeta, porque cualquier tiempo tecnológico pasado fue, simplemente, anterior.

Es por eso que hasta ahora mismo no me he metido en serio en los entresijos de la Wikipedia, ese invento surgido de internet que ya me ha apasionado de manera extraña: y es que estas pasiones tan inmediatas tienen algo de impostado, como de flechazo fugaz que corre el riesgo de perder el interés al cabo de poco tiempo. Pero mientras dure, creo que voy a participar del juego en la medida de lo posible.

La idea es de por sí atractiva: convertirnos todos en aprendices de Diderot y ser partícipes de un proyecto abierto, plural, libertario, pero todo dentro de un orden necesario. Cada uno de nosotros, por el simple hecho de registrarse de manera rápida y gratuita, puede introducir nuevas fichas en la enciclopedia o modificar las que ya existen. La edición española cuenta ya, mientras escribo, con 232.662 entradas alfabéticas, pero la cifra no me abruma para nada. Es más, creo que el conocimiento mundial (en español) no puede reducirse a un número tan insignificante, así que intuyo que todo el trabajo está aún por hacer y yo no llego tan tarde esta vez.

Se me pasan por la cabeza varias preguntas o inquietudes ante esta summa barroca en constante crecimiento. La primera, sin duda, es saber quién está detrás de todo ello o quién maneja los hilos (quién modera, se dice en este contexto) para que el invento no se desmorone ante la visita de los inevitables saboteadores. La red, como la calle, está llena de graffiteros dispuestos a sacar su spray a las primeras de cambio y pervertir la idea original: qué mejor y más fácil para estos graciosos, frente a la enciclopedia del conocimiento, que llenarla de mentiras y datos falsos. Ayer mismo, en una rápida navegación, leí que el Premio Cervantes 2006 había sido otorgado a una tal Juana de la Cuadra por obra y gracia, supongo, de algún enemigo de Gamoneda. Limpié yo mismo el excremento, pero no creo que la misión de los usuarios de la Wikipedia sea barrer cada día el lugar y convertirnos en guardias de seguridad permanentes, y es por eso que uno se pregunta: ¿hay alguien ahí o estamos solos? ¿Es habitual tropezarse con abanderados del boicot y con sus huellas esparcidas por toda la casa?

La segunda cuestión, mucho más gratificante, consiste en pensar sobre el contenido global de la enciclopedia y sobre el peso relativo que tienen las materias y los conceptos que hay en ella. Es decir: suponiendo que estadísticamente los usuarios se dividen por un igual entre científicos, literatos, humanistas, sociólogos, y un largo etcétera de perfiles que son, a su vez, una correlación del perfil medio del ciudadano del mundo que usa internet; entonces, digo, el resultado no parece que vaya a estar muy inclinado hacia una disciplina concreta, sino que se repartirá entre los intereses babélicos de todos los colaboradores. Así, las 232.662 entradas (puede que en dos párrafos que llevo escritos la cifra ya haya aumentado) serán una muestra muy gráfica de lo que preocupa o interesa a la mayoría de los hombres y mujeres de hoy. Vaya, al menos a mí no se me ocurrirá introducir el concepto "Fractal" si es un tema que me aburre sobremanera, pero para otro debe ser su pasión, viendo además cómo la entrada existe y es de una precisión asombrosa.

Llego, pues, al meollo: tecleo "Javier Marías" y puedo leer una completa biografía con un listado de todos los libros por él publicados y todos los premios que le han sido otrogados. Pero eso es sólo el principio: hay entradas también para el "Reino de Redonda" e incluso para el "Premio Reino de Redonda". Sin salir de mi éxtasis, tecleo "Roberto Bolaño" y vuelve a aparecer una buena página biográfica y la lista de obras casi completa (yo mismo me encargo de actualizarla con La universidad desconocida y El secreto del mal). ¡Pero además hay entradas específicas para 2666 y Los detectives salvajes, en los que se cuentan los argumentos de cada novela!

Estos ejemplos me bastan para reconocer que la Wikipedia es un espacio óptimo para las obsesiones personales de cada uno. Aunque muchos lo pongamos en duda, ni el Reino de Redonda ni 2666 son elementos fundamentales para el devenir de la humanidad, pero la enciclopedia los recoge al mismo nivel que cualquier otro término mayor y necesario. Algún lector fatalmente tocado por la literatura de Marías y Bolaño (acaso paseante ocasional de la senda) ha querido compartir su insomnio con el resto del mundo y sentenciar su pasión en una enciclopedia, nada menos. El editor de Larousse, si hubiéramos querido convencerlo de la necesidad de incorporar tales términos a su producto, nos hubiera lanzado un tomo completo en la cabeza. Ahora no hay editor, ni editorial, ni papel: ¿dónde está el límite, pues?

En efecto, dan ganas de ponerse a meter entradas para cada libro de nuestro autor favorito, y después para describir a los personajes (Jacobo Deza!), e ir llenando así páginas de información no sé si irrelevante, pero al menos tanto como lo pueda ser este blog. No sé si ese es verdaderamente el objetivo fundacional de la Wikipedia, pero está claro que dejar en manos de los internautas la tarea de definir las prioridades del conocimiento humano obliga a replantearse qué demonios es eso de "conocimiento". Para que se entienda: las noticias más visitadas ayer por los lectores de "El País digital" llevaban por título "Sexo oral a cambio de votos", "Los pasajeros, al desnudo" y "La más chula de Madrid", mientras la portada se empeñaba en dilucidar el problema de las listas de Batasuna o los últimos coletazos del juicio del 11-M. Eso es el conocimiento: el de usted, el mío y el del editor de "El País digital". De ahí el temor y a la vez el encanto de esta Wikipedia sin orden de prioridades, que crece así porque yo lo digo.

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No tengo noticia todavía de la traducción española, pero el maestro regresa este año con un nuevo libro. Algunos recordarán la disección de Sábado hecha aquí, novela que sigo defendiendo contra los elementos y a pesar de todo. Pero antes, bisturí en mano y cual Henry Perowne, le abriremos el lomo a Amsterdam en los próximos meses: recuérdenme la promesa.

martes, 15 de mayo de 2007

Bibliotecas heredadas

El artículo de Javier Marías en el EPS de este último domingo me obliga a regresar al autor. Es el destino de las personas obsesivas como yo, que tropezamos varias veces con los mismos Bolaños o Marías y cada caída es una nueva victoria, y así hasta el infinito.

La historia es emotiva: la biblioteca de Sir Peter Russell (fallecido hace menos de un año) ha sido subastada recientemente por una de esas empresas dedicadas al lucrativo negocio de vender restos de vidas, fragmentos materiales de lo que un día fue el hogar de alguien y que ahora, sin su dueño, pasan a ser objetos inútiles y un engorro para los herederos, si es que los hay. Varios de los volúmenes que allí convivían (hoy ya sería mejor usar el sintagma "que allí se almacenaban", visto el triste fin de sus días) fueron donaciones del propio Marías, que dedicaba sus libros al buen amigo y le mandaba regularmente las ediciones extranjeras de Tu rostro mañana, a quien por cierto ya va dedicada la obra desde la imprenta. Como todas las historias emotivas, el final es melancólico: el "lote Marías" acaba siendo comprado por inescrupulosos y voraces tiburones que, a su vez, revenderán después a mayor precio la mercancía para mantener el negocio de los libros de viejo.

Quizás sea esto, apunta Marías, lo que permite que al fin y al cabo podamos todos entrar en una de esas librerías y encontrar pequeños tesoros, con dedicatorias a mano y rarezas varias, y que no sólo vayan pasando de mano en mano, de amigo a amigo.

Muchas veces he pensado en mi pequeña biblioteca barcelonesa de poco más de 500 volúmenes, de seguro la parte material de ese domicilio a la que tengo más apego, dejando aparte a un viejo oso de peluche. Y tantas veces me he preguntado sobre el destino de esa colección, que en algunos años duplicará o triplicará el número de ejemplares, y que me sobrevivirá sin ninguna duda. La solución fácil es dejarla al cuido de alguien cercano, un familiar directo (no digamos ya un hijo, heredero por excelencia) pero sabemos que nadie podrá dedicarle el entusiasmo con el que hemos ido incorporando cada libro, sabiendo de manera indiscutible quién nos regaló ese, o dónde compramos aquel otro. Recuerdo cada circunstancia de cada novela y de cada ensayo, y a estas alturas me sobrecoge esta certeza porque no ha sido nada planificado: sólo la memoria, que es fatalmente selecta, se encarga de mantener viva en el recuerdo esa parte de mi historia personal.

Yo, en un tiempo juvenil, me dediqué con bastante ahínco a perseguir autores en pos de una firma, y mi biblioteca acoge bastantes dedicatorias de puño y letra de gente variopinta. Hay, cómo no, un par de Marías (Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana 1) aunque he tenido otras oportunidades y no he querido abusar. Tengo el Cela planetario también con firma, quién sabe si eso tendrá hoy algún valor. Pero además de literatura hay un libro sobre ajedrez firmado por su autor, Anatoly Karpov (¿qué habrá sido de Karpov?). También Carmiña Martín Gaite estampó su rúbrica en La reina de las nieves, y el amigo Joan Margarit puso bellas palabras en Els motius del llop.¡Hasta Justo Serna me mandó un libro de Conrad dedicado por aquél para el desconocido JacoboDeza, que agradecí de veras! Creo que lo último fue una rúbrica de Amélie Nothomb que ahora tengo en la sucursal de Nicaragua.

Pues todo esto y más ocupa un buen espacio de una sola habitación, pero el espacio sentimental traspasa los muros y me pone en la tesitura de pensar qué ocurrirá con esas miles de hojas encuadernadas, un verdadero regalo envenenado para un no-lector. Hay mucha mezcolanza, cierto, pero cada vez se va asemejando más a un proyecto de biblioteca de autor, con obsesiones visibles, querencias extravagantes y ausencias notorias que espero ir completando todavía. Casi todo es moderno, desde los años ochenta, pero hay algun volumen concreto de literatura catalana de los años veinte.

Sir Peter ya tiene su estimado legado en manos de desconocidos, otros dedos que marcarán con sus huellas las páginas que él alguna vez leyó. En tiempos de bookcrossings y otras globalizaciones, todavía emociona reconocernos en los que, libro a libro y página a página, conformamos una vida rodeados de nuestra prole escrita.

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Aunque ya lo digo a toro muy pasado, el premio Reino de Redonda atina una vez más con la decisión del jurado. Ya marea ver la lista de premiados (Elliot, Coetzee, Magris...) y sólo faltaba Steiner, que según el enterado M. Rodríguez Rivero compitió muy de cerca con Eco. En los orígenes de este blog, cuando JacoboDeza jugaba literariamente con otros apellidos y esta senda todavía no era de libros sino de elefantes, escribí una reseña de la presentación del libro La idea de Europa en la librería La Central de Barcelona. Les recupero aquí la prehistoria como quien dice "si es que yo ya sabía lo que iba a ocurrir con Steiner..."

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Cortesías de los amigos.

sábado, 12 de mayo de 2007

Tres tardes con Sergio

Parece necesario aclararlo, pero no hay grandes motivos a los que acudir: viajes, intensa labor para resolver en tiempos breves, falta de aliento, domicilios inestables, bibliotecas andantes. Los libros siempre sufren los embates de la prisa: van y vienen, en maletas atiborradas que no pasan los controles de peso por su culpa. Pero ya intuimos un sedentarismo mayor que nos permite romper el candado, abrir la verja de nuevo y caminar, como si fuese ayer, por la enigmática senda.

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Acabo de pasar tres tardes con Sergio y aún me dura el ensalmo. Con Sergio Ramírez, claro. Este hombre, de ojos tristísimos y hablar pausado, tiene la capacidad asombrosa de captar la atención sin ningún aspaviento, sin quebrantos ni salidas de tono. Se agradece hoy, con todo lo que nos rodea: yo vivo sumergido en el grito, en las alarmas de los coches de mi vecina, en el altavoz de enfrente. Han sido tres sesiones de tres horas cada una, y cruzar la puerta del Instituto de Historia de la UCA ha sido como meterse en la sacristía laica y amanecer en otra latitud.


La convocatoria era muy restringida y pude instalarme ahí a última hora: me acompañaban historiadores, bailarinas, musicólogos, investigadores (públicos) pero, por encima de todo, poetas y escritores. Fue muy ilustrativa la presentación de cada una de las 49 personas que asistimos al conversatorio: había, según mis cálculos aproximados, un poeta y medio por metro cuadrado. A medida que se iban presentando yo escudriñaba la cara de cada uno de ellos y no lograba identificar a ningún literato conocido, pero todos escribían. Probablemente, en sus ratos de ocio, deben ser abogados, médicos, vendedores y peluqueros, pero lo importante es que escriben y que por eso estaban en la sala, o así lo juraban. Creo que ya dije en otro recodo que en Nicaragua todo el mundo es poeta hasta que se demuestre lo contrario: no fui yo quien les enmendó la plana a estos optimistas porque, aunque no lo confesé públicamente, me sentí casi como ellos, hermanado y a punto de anunciar que Jacobo tiene blog una vez más.

Pues esta vez Sergio no venía a hablarnos de sus ficciones sino que la cita era para presentar ampliamante su próximo ensayo, Tambor olvidado. Yo no recuerdo que en España se realicen (o es que a mi no me invitan) sesiones similares, en las que un autor, meses antes de publicar su próxima obra, ofrece un adelanto de ésta a un selecto grupo de personas. Sergio llegó con el manuscrito encuadernado y desgranó, durante esas nueve horas y tres días, los pormenores del libro. Es una experiencia gratificante por cuanto uno se cree en posesión de un secreto especial, del que sólo unas pocas decenas de hombres y mujeres conservarán memoria en las siguientes semanas. ¡Yo sé lo que cuenta el próximo libro de Sergio!, dan ganas de proclamar por la calle.

Pues lo digo en el blog: yo sí sé que Tambor olvidado es un intento de visibilizar un debate que en Nicaragua, por varias razones, ha quedado orillado en el ámbito intelectual: el de la influencia africana en las más diversas formas de la cultura e identidad de este país. Lo bueno de este tipo de ensayos es que situan el prurito nacionalista en su justo lugar, que es el de las pasiones irracionales. Ahora resulta que los elementos más significativos de este pequeño país, y que todos elevan como distintivos de lo más autóctono (¡indígena!) provienen no ya de la colonia española, sino de los yolofes africanos: el gallopinto, la marimba, la carne en vaho, el güegüence o Rubén Darío (mestizo triple él). A nadie le había interesado sacarlo a la luz hasta ahora, no fuera a ser que el nivel de emotividad patria bajara unos peldaños y se advirtiera la artificiosidad de las fronteras de estos países independizados en 1821, o sea anteayer. La mezcla de culturas y de influencias históricas ha originado una identidad actual que es fruto de ese mejunje, pero la venta del producto se ha realizado siempre como si existiera una raza propia y una cultura nueva, iniciada por seres que crearon un país desde cero.



¡Qué bello sería que mis otras patrias asumieran sus legados y dejaran por unos siglos de lanzarse dardos identitarios! Pero ese ya es un caso perdido: el que ahora me ocupa sí puede tener consecuencias palpables, o eso es lo que espera Sergio: que el libro sea polémico, que no se cierre ahí y que dé paso a otras aportaciones paralelas que acaso contradigan algunas de las tesis de éste. Por lo pronto, el primer capítulo ya está colgado en la red a través de la revista electrónica Carátula (número 15, sección "Hoja de ruta") y podemos hacernos una primera idea del tema.

Acotaciones finales: la implicación de Sergio en todas las sesiones y su apertura para recibir comentarios, que anotaba pacientemente para incluirlos (o no) en la obra. La impaciente locuacidad de los nicaragüenses, que opinan sobre lo que se tercie y que, aunque a veces agoten al más predispuesto, aportan simpatía al asunto. El libro será editado en septiembre por Aguilar.

viernes, 4 de mayo de 2007

Se confirman los rumores: el 12 de mayo arrancamos la maleza y despejamos el camino

sábado, 21 de octubre de 2006

Un relato que se hizo novela

Al afrontar este cuarto Bolaño (recapitulemos: Monsieur Pain, Una novelita lumpen y La literatura nazi en América ya han pasado por la senda y en este orden) uno ya siente poco a poco la llegada del cosquilleo previo al orgasmo que vendrá. Estas lecturas no pueden ser tomadas sino como los prolegómenos del acto mayor y definitivo, aquel que terminará con un número de cuatro cifras y a partir del cual todo lo demás será silencio, o acaso jadeos leves que rememorarán las horas de placer ya perdidas. Pero como decía mi profesor de latín, Post coitum, alter coitum (los petimetres decían Post coitum animal triste), así que después de Bolaño siempre nos quedará algún Marías para mantener nuestra infidelidad literaria hasta que la muerte nos separe de los libros.

La secuencia lógica no podía llevarme a otro encuentro que al de Estrella distante, una novela breve cuyo origen proviene de La literatura nazi... y que deja una sensación de deja vu profunda. Mi locura lectora ha llegado estas noches al paroxismo de mantener mis dos manos y rodillas ocupadas a un tiempo: mientras sostenía un ejemplar de Estrella distante con los dedos, las palmas aguantaban abierto otro ejemplar de La literatura nazi... sobre los muslos. Los vecinos que atraviesan la calle y miran el porche de mi casa deben pensar que conviven con un esquizofrénico, o con un individuo de doble personalidad: mis ojos alternaban a un tiempo los párrafos de un libro y de otro, escudriñando las diferencias que existen entre las frases originales y las más extendidas y trabajadas de la nueva novela. Es una experiencia que recomiendo: pocas veces se dan las circunstancias para conocer el proceso creativo de un autor, y para ir viendo cómo una historia de 26 páginas se transforma en una novela de 150.

Ahora, con el poso que va dejando Estrella distante, percibo que "Ramírez Hoffman, el infame" (cuento original) se me antoja ya como un relato algo destemplado, quizá frío y con demasiados cabos sueltos. Posiblemente sea un efecto evidente, al leer ahora cómo unos personajes que no pasaban de ser retazos van cobrando vida autónoma, incluso algunos secundarios que antes eran pinceladas gruesas ya van formando parte del elenco de inolvidables de Bolaño. Y además, con nombres distintos: las tremendas hermanas Garmendia (antes Venegas), el taller literario de Juan Stein (antes Juan Cherniakovski), y el propio Ramírez Hoffman que ahora se transforma en Carlos Wieder. Y quizá todavía lo más importante para lectores esquizoides: Roberto Bolaño, narrador de la primera historia, ya se desdobla, desde una nota previa a la edición, en un tal Arturo B.

Veamos algunos breves ejemplos de cómo el autor repite estructuras enteras, especialmente en las primeras páginas de la novela, pero amplía anécdotas, diálogos, detalles que van creando una trama menos esquemática:

LLNEM: La carrera del infame Ramírez Hoffman debió comenzar en 1970 o 1971, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.
ED: La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.

LLNEM: Y no hay cadáveres, o sí, hay un cadáver, un cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Magdalena Venegas, pero únicamente ese, como para probar que Ramírez Hoffman es un hombre y no un dios.
ED: Y nunca se encontrarán los cadáveres, o sí, hay un cadáver, un solo cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Angélica Garmendia, mi adorable, mi incomparable Angélica Garmendia, pero únicamente ese, como para probar que Carlos Wieder es un hombre y no un dios.

LLNEM: Al principio una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Silencioso. Venía del mar y poco a poco se iba acercando a Concepción.
ED: Al principio era una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Calculé que venía de una base aérea de las cercanías, que tras un periplo aéreo por la costa volvía a su base. Poco a poco, pero sin dificultad, como si planeara en el aire, se fue acercando a la ciudad, confundido entre las nubes cilíndricas (...)

Esta reescritura se desarrolla de forma incesante sobre la base exacta del anterior relato. No hay una idea nuevamente elaborada, sino que Bolaño modifica algunas oraciones, extiende otras, pero sobre todo añade detalles que antes nos eran sustraídos. En este tramo de la senda ya podemos comenzar a apreciar al Bolaño cosmogónico (perdón por la palabra) que entiende su obra como un todo, como un proceso de reescritura permanente al cual se van añadiendo nombres, modificando espacios, sumando nuevas raíces que van tejiendo una encrucijada de idas y venidas. Pero en mi cabeza resuena la pregunta de por qué precisamente esta historia y no otra, cuando a mí me dejaron más huella otros personajes de La literatura nazi, y no precisamente este aviador poético que traza estelas de humo como versos. Sí, la imagen es muy plástica, pero más allá de las acrobacias no veo grandes motivos para elevar a categoría de libro único esta trama leve. Claro está que la trama de Una novelita Lumpen tampoco permite grandes alharacas, pero hay algo forzado en esta recreación, quizá no tanto una necesidad literaria cuanto una necesidad editorial: quién sabe. De todas formas, ya sea por la sensación de cosa vista de la que hablaba, o ya porque los personajes demuestran grandes dosis de desgana, el conjunto adolece de una melancolía que acaba afectando al lector (ese que sigue con dos libros a cuestas, ajeno a lo que propague la vecindad). Y repito que ahora, al menos, se ha logrado mejorar un cuento que tenía pleno sentido en el marco de una enciclopedia ficticia, como biografía absurda de un poeta absurdo, creando pequeñas subtramas que, por momentos, brindan esos destellos que sólo los escritores de raza repiten a lo largo de su obra.

Ojo: la lectura sigue, y no puedo aventurar si hay un quebrantamiento del relato original en algún punto del camino. Lo que sí queda claro es que esta es una historia muy chilena, y no sé por ahora si es su novela chilena, como Los detectives... es su obra mexicana. Por ambición y por extensión supongo que no: pero este comentario continuará en otro momento.

lunes, 16 de octubre de 2006

Planeta y literatura: el reencuentro


Tanto es mi asombro que he tenido que dejar mi cuerpo en 24 horas de reposo para decir algo. Álvaro Pombo acaba de ganar el Premio Planeta. Ni más ni menos. Y en un momento en que todos habíamos ya desechado la posibilidad de volver a hablar del asunto (al menos en un blog de literatura), teniendo a medio redactar un nuevo post sobre Bolaño, aquí me veo regresando al evento más descacharrante de las letras hispanas. Un año atrás ya hice una declaración, que de alguna manera era una historia sentimental, sobre mi encuentro adolescente con el premio: mis primeras novelas adultas están marcadas en parte por los nombres de Terenci Moix, Juan Eslava o Torrente Ballester (de ahí a la saga/fuga ya fue tan sólo un salto mortal el que me llevó, ya sí, a reconocer lo sublime de lo banal). Pero con la misma suerte que tuve siendo niño o adolescente en esa época (los últimos bandazos del TBO, el Mortadelo semanal, los cómics adultos de Cimoc, y lejos, muy lejos de las consolas desconsoladas), me apiadé de los nuevos lectores de hoy que, empujados por la marea comercial, navegan al encuentro de Schwartzs, Freires, Posadas y Janers: infelices ellos, pues, que no vivieron un cierto esplendor.

Pero cuando ya nadie daba un céntimo por el invento, Pombo le pone unos cuernos descomunales a Herralde y decide embolsarse 601.000 euros para que acto seguido El Corte Inglés venda centenares de ejemplares de su última novela. Ante todo me permito dudar de la hazaña por dos aspectos sutiles: uno, Pombo escribe novelas con lentitud y desde Contra natura sólo ha transcurrido un año; y dos, Pombo es el escritor que mejor titula en este país, con permiso de Javier Marías, y esta obra, tanto en su título falso como en el definitivo (El año del gato y La fortuna de Matilda Turpin, respectivamente) no presenta ningún hallazgo del tamaño de El héroe de las mansardas de Mansard, El metro de platino iridiado o Telepena de Celia Cecilia Villalobo. Mucho me temo que estemos de nuevo ante el libro alimenticio que todo escritor consagrado debe idear en algún momento de su vida para pasar los restos con cierta comodidad bancaria. Lo peor de Cela, de Marsé o de Vargas Llosa está en el Planeta.

Es curioso lo que le ocurre a Pombo: siendo un escritor alabado por la crítica, construyendo tramas con personajes terriblemente actuales, diálogos desbordantes de socarronería, sigue siendo un autor poco comentado y supongo que poco leído. No llega al extremo de Javier Tomeo (sobre quien nadie habla pero que publica con religiosa puntualidad en Anagrama su novelitas minimalistas) pero no deja de ser paradigmático. Resurgió hace un año por razones extraliterarias, por el morbo del homosexual declarado que entra con banderilla a desmenuzar el tema y a ventilar armarios, y sin que muchos se dieran cuenta por fin de lo grande que es. La deuda pendiente que muchos tenemos con Herralde (ya lo decía Bolaño, que había crecido con su catálogo y se había nutrido de él) es que nos haya presentado a unos cuantos Pombos y que el goce sea nuestro. Es por ello que algo me duele también la cornamenta, aunque me imagino que todo estaba medio pactado y que volverá al redil de Narrativas Hispánicas: quién va a imaginárselo bajo el sello de Planeta, más allá del premio.

Todavía no sé si leeré este libro, reitero mis prevenciones: en diciembre, cuando lo pueda palpar realmente y haya tenido tiempo de atender opiniones de amigos (los que por aquí dejan sus huellas, esos visitantes ocasionales y entrañables) decidiré, y para eso quedan otros libros en el camino.

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El retraso es mío, señor Thays, no se preocupe.

jueves, 12 de octubre de 2006

Pamuk en los laureles


La generación de Javier Marías ya gana premios Nobel, así que la cosa está al caer. Orhan Pamuk hizo buenos la mayoría de los pronósticos y se embolsó el millón y pico de euros que le corresponden como ganador. Es reveladora la introducción que Rosa Montero hizo de su entrevista con el autor en EPS, hace pocas semanas: "He aquí un hombre que, con bastante probabilidad, ganará el Nobel de Literatura en los próximos años". Era cuestión de días.

En esa entrevista, ahora recuperada desde la página principal de la web de El País, aparece Pamuk desde el principio como un quisquilloso interrogado, hasta el punto de que sus precauciones acaban siendo divertidas. "Ese es su problema, usted sabrá qué quiere preguntar...", le espeta a la Montero, cuando previamente ha querido saber hasta el tipo de papel en que se imprime EPS. Y la entrevista deriva hacia aspectos políticos, que son los que al fin y al cabo le han aupado hasta el suplemento dominical, y los que también le han posibilitado ganar un Nobel. El futuro ya no es lo que era, y el Nobel tampoco: ya no basta con escribir bien, hay que intentar ser, pongamos, un puente cultural entre Oriente y Occidente, ahí es nada. La Frase, que colecciono como mariposas ensartadas en agujas, lo expresa bien claro este año:

La búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha descubierto nuevos símbolos para el choque y el entrelazamiento entre las culturas.

Pero me imagino que las entrevistas a escritores, y lo digo desde mi tierna inocencia, deben servir para instigar la lectura de sus libros. Hay al menos una frase ahí que pudiera ser la espoleta por la que algunos huyéramos corriendo a la librería si tuviéramos acaso librerías cercanas con Pamuks. Dice:

"Y para poder sacar esa esencia común a la superficie, hay que escribir más allá de las ideas comunitarias, hay que escribir libre de ellas, desde el sentido básico y universal de lo humano. Y hacer esto no es muy común. De ahí la soledad del escritor, no porque seas un individuo especial y único, sino porque tienes que esforzarte en escribir desde fuera de las miradas limitadoras de las diversas ideologías comunitarias."

Es ciertamente bella esa idea del escritor situado por encima de lo "comunitario", empeñado en escudriñar en lo inefable, en ese sentido universal de lo humano. De hecho, dudo de que una buena novela pueda estar anclada en las corrientes de pensamiento comunes, y no hay otra posibilidad para crear obras perdurables que centrar la mirada en el ser humano. Una frase así, tan fácil de leer, no aguntaría en los labios de muchos escribas contemporáneos.

Pese a lo previsible, otro día más en que la literatura ocupa portadas de prensa.

martes, 10 de octubre de 2006

Silencio en la senda

Parece que todo fue cumplir un año y las dificultades para actualizar la página se multiplicaron. La primera no es broma, y la conté por aquí: creo vivir en el único país de Latinoamérica en el que la generación de energía no satisface la demanda de los consumidores, lo que obliga a cortes diarios de dos, cuatro o hasta ocho horas de luz. Este es ya un país a oscuras, en el más estricto sentido de la palabra. No hay duda de que es mucho más grave verse obligado a tirar la carne de res a la basura que mantener al día un blog, pero todo duele. Máxime cuando hay paseantes que todavía vienen de vez en cuando y encuentran los márgenes de la senda con maleza, sin nadie que los limpie del olvido.

Pero esta no es la única excusa: quizá la verdadera dependa de una preposición, así de simple. Vivir para la literatura es una maravilla, pero no llena estómagos: y vivir de ella no está al alcance de mis posibilidades, siquiera de mis própósitos. Así que me conformo últimamente con leer y releer, y no puedo hacer partícipe a nadie de mis desvelos: pero algo de optmismo debe quedar en el hecho de no tirar la persiana, y mantener el lugar abierto. Quizá se recupere la calma algún día, vuelvan las ovejas al redil, el tiempo se expanda y yo recupere mi pulso. Quién sabe.

De todas maneras, paseo por internet a trompicones y alcanzo a ver la lista de los diez mejores libros de los últimos diez años, en Letralia. Sin tiempo ni luz para analizar nada, ahí van estos exabruptos prescindibles:

1. Los detectives salvajes: Tanto da que sea el primero o el segundo, visto lo que viene después. La novela mexicana por excelencia de final de siglo. En sólo diez años, un clásico. Se leerá cuando pasen otros siglos.

2. 2666: Por ella voté, quizá por lo simbólico: póstuma, inacabada, desbordante. Estos tres adjetivos apuntan hacia una literatura nueva, alejada del formalismo más estricto y abierta a la torrencialidad, aun cuando el escritor se quede a medio camino en el empeño. La ironía definitiva: la mejor novela no está terminada ni revisada, y por tanto todavía está por escribir.

3. La fiesta del chivo: Justamente el envés de la novela anterior: el crítico excelso construye su obra con arquitrabes, rosetones y muros de mampostería. Otra obra maestra del género de la novela dictatorial. Quizá la mejor de Vargas Llosa desde la Catedral.

4. Soldados de Salamina: Cercas es un tipo listo, muy listo. Un juego travieso con la memoria histórica, con nuestro pasado guerrero, un atinado apunte sobre la literatura como forma de recrear la verdad y la mentira de nuestras vidas. Una ficción de lo más real, a flor de piel.

5. Delirio: Sin tiempo para navegar por lo banal.

6. Historia universal de la destrucción de los libros: El titulo es mas largo que el comentario.

7. La sombra del viento: Lo más excepcional es que a estas alturas de la historia alguien siga considerando que este es un libro, no ya destacado, sino legible. Pirotecnia y fuegos de artificio, malabarismo, magia potagia, palabrería, humaredas perdidas, neblinas estampadas.

8. Tu rostro mañana: Un octavo lugar inmerecido para una trilogía escandalosamente buena. Es imposible que no acabe siendo lo mejor de Marías, aquello por lo que debe ser recordado y que pasado mañana le servirá para ganar el Nobel.

9. Sefarad: Indigesto como pocos, y lo más amanerado de Muñoz Molina. Ni unos pocos destellos logran salvar una mezcolanza aburridísima, que pretende mucho y nada logra. Incluso Plenilunio es mejor, que ya es decir.

10. Travesuras de la niña mala: La dudosa afición por considerar bueno lo último de lo último. Dentro de diez años diré qué me pareció.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Escarcha en la piel

Había una expectativa alta, para qué negarlo, al afrontar la lectura de La pell freda, el inimaginable éxito de Albert Sánchez Piñol, y no tanto por sus más de veinte ediciones y 100.000 ejemplares vendidos en catalán cuanto por las palabras elogiosas de ciertas personas. Y no hablo de Vila-Matas (“Me persigue después de haberlo leído. Un libro espléndido”) ni del editor de Frankfurt que quizá había tomado algo esa noche (“Es la maravilla de las maravillas. Estoy completamente fascinado”): hablo de gente que antes ha hablado bien de autores que para mí ya son obligados, alguno de los cuales ha transitado ya por esta senda, y en cuyo criterio confío.

Lo dicho: iba yo con la esperanza de encontrar una pequeña revolución en las letras catalanas, tan faltas de patadas en el culo a tanta mansedumbre nacional y tan ensimismadas en su lengua que pareciera que todas las novelas hablan de los mismo. O sea: de sí mismas. El gran problema de muchos autores es que por el mero hecho de escribir en catalán (subvención mediante) ya han convertido la literatura y su lengua en un fin en sí mismo. Hacían falta al menos estas páginas para reivindicar una escritura de la que el lector excluye toda connotación lingüística, sabiendo que aquello que lee podría haber estado escrito en neerlandés. Es esta una obra que rompe fronteras, y no es poco en este pequeño microcosmos humano.

Pero, ¿hay algo más aparte de esta característica externa al argumento? ¿Hay material para reconocer a una nueva pluma brillante? ¿Es Sánchez Piñol el nuevo novísimo de la literatura catalana? Mucho me temo que seguiremos a la espera después de leer, no sin perplejidad, más de 100 páginas de la novela.

El arranque de La pell freda no puede ser mejor: la expectativa que crea el primer capítulo, apenas 20 páginas, hay que anotarlo en los méritos del autor. Juro que a mí me dan a leer esos párrafos en unos folios anónimos y apuesto una buena suma a que son de Conrad. Es más: creo que es imposible leer esas primeras páginas y no pensar en Conrad, y no me imagino a Sánchez Piñol escribiéndolas sin tener a su lado un ejemplar de algún libro marítimo de Conrad. Esto es un elogio, claro: no es tan fácil recrear a los maestros y montar una trama novedosa a partir de clásicos, contemporáneos o no. La descripción de los paisajes y la charla escueta con el capitán del navío nos permiten adentrarnos en los rasgos morales de los personajes, superando el mero realismo para construir una mágica escena que trasciende un tiempo y un lugar. Lean, por ejemplo (la traducción es mía):

“Si alguna cosa lo definía [al capitán] eran los ojos. Cuando miraba a alguien no existía nada más en el mundo. Ponderaba a los individuos con criterio de entomólogo y las situaciones con carácter de experto. Algunos confundirían esto con la severidad. Yo creo que aquella era su manera de aplicar los ideales tolerantes que escondía en la recámara de su espíritu. Nunca confesaría su amor al prójimo con palabras, pero a él dedicaba todos sus actos”

Y así sucesivamente, mientras el barco avanza hacia una isla remota fuera de las líneas comerciales en la que el protagonista piensa descender, para dedicarse durante un año a observaciones atmosféricas. Esa construcción es también la construcción del miedo: una buena lección de cómo a través de la literatura se puede conformar una emoción y transmitirla al lector, a sus poros o a sus hormonas. Técnicamente, la frase corta y precisa (a veces con un dudoso gusto por las comparaciones forzadas) ayuda a engarzar la forma y el fondo, a crear una atmósfera cómplice que esconde más de lo que enseña.

Pero el segundo capítulo es un bandazo tan escolar, tan perfecto en su ejecución, que deja al aire una carta marcada. Podría ser un fullero inocente, y que en toda la baraja sólo tuviera ese naipe trucado: pero cualquiera pone sus sentidos alerta dispuesto a no dejar pasar otra trampa. Y es que para justificar el hecho de por qué ese hombre está allí en ese momento debe recurrir a su pasado y contarnos una historia, más que irrelevante, sobrera: el lector necesita en todo caso que algunas pistas a lo largo del libro le puedan ayudar a conformar una vida completa, pero no a tragarse un who’s who para nada creíble. Una verdadera lástima: todo lo que Sánchez Piñol ha conseguido con maestría a lo largo de un breve capítulo desaparece en una chistera cuando se torna ejecutor formal, didáctico, aburrido, en suma.

Ese parche en el pantalón que supone el segundo capítulo podría obtener un zurcido completo y así olvidarnos del roto: para eso quedan trescientas páginas por delante, y los ecos del primer capítulo todavía resuenan. Pero un nuevo error, y éste ya sí definitivo y no sujeto a un solo capítulo, viene a definir lo que el libro va a ser a partir de ahora: Sánchez Piñol abandona el crescendo de tensión y la magia de lo aún por contar para abrir cortinas, telones y paredes falsas y mostrarnos al desnudo el supuesto horror del decorado. A partir de aquí nace una novela de monstruos, batallas y disparos con la que, posiblemente, hubiese gozado de lo lindo a mis tiernos quince años. Es inaudito ver cómo un escritor pierde la lógica del suspense y se aboca desaforado hacia las más fáciles vías del grito y de la sangre, y es más inaudito todavía saber que esto provoca escalofríos al mismísimo Pere Gimferrer. Estoy por recomendar un Stephen King a todos los seguidores de Sánchez Piñol: al menos el estadounidense nunca engañó a nadie, que se sepa, y le dijo terror al terror. Pero La pell freda quiere beber al mismo tiempo de lo fantástico (Lovecraft?), lo horrendo, lo misterioso y lo salvaje, y la sangre siempre mancha más que cualquier anhelo de detective inglés. El trasfondo de la isla solitaria, las brumas, el bosque y el faro quedan como un mero decorado para dejarnos a todos mucho más que fríos.

Y no creo para nada que esta sea una mala novela. De hecho, no pienso dejar a medias su lectura, porque no creo que la trama aguante un cíclico combate nocturno y un reposo diurno durante 300 páginas y no sé cuantas jornadas, y supongo que quizá otro giro inesperado pueda relanzar el asunto. De momento, la acción arrasó con todo y habrá que ver si Sánchez Piñol, a su vez, logra acabar con ella.