jueves, 25 de agosto de 2005

Flan chino Mandarín

Los azares me han llevado estos días a recuperar un viejo Premio Herralde, el de 1996, cuando aún éramos jóvenes y uno compraba Herraldes porque tocaba, porque había que llevarlo bajo el brazo en la estación de metro y abrirlo descuidadamente mientras él o ella estaban enfrente y nos miraban de reojo con envidia, pensando -pensando nosotros que pensaban ellos, claro- en lo tristes y empequeñecidos que se sentían con su Coelho en la falda (¿quién era el Coelho de 1996? ¿Allende, ya? ¿Luis Sepúlveda?).

En fin, que nueve años después me pongo a leer un libro que entonces no me llevé al metro y que reposó todo este tiempo en un cajón. Tiene su gracia eso de comprar novedades y ponerlas en adobe, comprobando después si el tiempo no habrá reducido a cenizas su supuesto valor, si esa obra no era un mero artefacto editorial al rebufo de una moda pasajera. Cuántos Mañas y cuántos dinosaurios muertos a tirachinas nos hubiéramos ahorrado si hubiéramos puesto en remojo muchas páginas y después, al ir a buscarlas, nos hubiéramos quedado con polvo en las manos al pasar la tercera hoja. Así que, con prevención, abrí el cajón y me metí de lleno con Las bailarinas muertas. Estoy en ello todavía, prueba fehaciente al menos de que el libro aguanta y pervive.

Antonio Soler ya dejó hace tiempo Anagrama y es todo un hombre de Destino en lo universal, incluso Premio Nadal el pasado año. Pero se habla poco de Antonio Soler: no veo claros los motivos por los cuales su prosa ha quedado por debajo de la de Zarraluki, por ejemplo. Ni sé tampoco por qué dejó Anagrama. Ahora lo que me interesa es conocer a este escritor e intentar situarlo en el actual panorama de la narrativa española, aunque sea nueve años después.

La primera sorpresa al entrar en el libro es la potentísima imagen que nos asalta apenas hemos traspasado las primeras líneas. Una comparación inquietante, muy poderosa, que crea una zozobra en el lector no avisado. La prosa fluye con un moderado barroquismo, más por la suma de elementos anecdóticos que por un estilo amanerado, y ello ayuda a percibir con más desnudez el bofetón disimulado de Soler: estamos tan metidos en el dato banal y en apariencia inofensivo que nos damos cuenta demasiado tarde de la mano que llega, abierta, a nuestra mejilla. Merece la pena ser explícito, porque tampoco voy a descubrir nada fuera de lugar, y por si acaso anuncio que va a ser solamente en este próximo párrafo.

El narrador va relatando dos historias paralelas sin interrupciones, saltando de la una a la otra con bastante agilidad. En esos dos espacios temporales distintos hay dos recuerdos que se entrelazan por un hilo extremadamente tenue pero, como decía antes, muy cautivador por su infantil crueldad. El primer recuerdo pertenece al ámbito de los juegos de cuando todos éramos niños, y salíamos a la calle y montábamos partidos de fútbol con porterías improvisadas, después de comernos un flan chino Mandarín que nos preparaba nuestra madre. Allí siempre jugaba el gafitas, o el pecoso de turno, o el patoso. En Las bailarinas muertas hay un portero, un chaval, víctima de la polio que se ve obligado a jugar siempre de portero con hierros y correas. Sus caídas en busca de la pelota provocan un ruido característico que se conecta con el segundo recuerdo: el de un cabaret de Barcelona donde trabaja el hermano del protagonista y en cuyo escenario han caído, literal y dramáticamente, varias bailarinas con sus vestidos de lentejuelas. Esos ruidos metálicos aún resuenan en mi cabeza: los herrajes de Tatín, niño desvalido y torpe, sobre el polvo, y el cling-clong de las chapas falsas y cutres de las mujeres que son víctimas del destino o de no se sabe qué extraño virus. El mismo metal con el que están hechos los fracasos, las vidas monótonas de cada quien.

Comentaba antes el alarde de anécdotas que se suman alrededor de personajes variopintos, un despliegue de pequeños freaks de barrio y ciudad, y que puede ser, con muchas páginas por delante, un riesgo importante para la novela. Soler quiere contarnos mucho, y el cúmulo de historias puede ahogar una trama todavía en ciernes, que adolece de una estructura no muy robusta: sabemos todo y nada del Sebas, del Mezcua, del Domínguez, de Ortigosa. Sabemos algo más de la Bella Manolita, de Hortensia Ruiz, del chino Bonilla (el que se parece al dibujo de las cajas de flan chino Mandarín). El narrador pinta a cada personaje con algún dato extravagante, por el cual parece que será conocido en el resto de la obra: esos brochazos tendrán que armarse y los próximos días veremos si lo logra.

Pero la época y el ambiente están bien elaborados, y esa España de inconcreta fecha es la que vivimos o la que nos explicaron, la de posguerra y gris, la de los sueños rotos, la de los cabarets con paredes desconchadas, la del jerséi que sirve de poste para la portería, la del que quiere repetir flan pero, eso sí, siempre que sea Mandarín.

16 comentarios:

Magda dijo...

Que bueno que te gustó ¡Basta de carátulas!, me parece un proyecto interesante.

Tengo Las bailarinas muertas en mi librero, y no lo he leido, creo que en cuanto termine -Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador- (¡vaya título, y su carátula es bella) de Margo Glantz (una muy buena escritora mexicana, además fue mi maestra en la licenciatura), lo haré.

Muchos saludos.

JacoboDeza dijo...

Hola Magda,

parece que ese nuevo blog sobre carátulas (o sobre libros, en definitiva) ha arrancado con fuerza, y lo que he visto me ha gustado. Gracias por tu aviso desde Apostillas.

Ojalá comentes tu lectura de Glantz en tu blog o por aquí: estuve a un paso de comprar El rastro hace un par de años y quisiera saber si esta última novela merece la pena. Creo que ha escrito ensayos sobre literatura comparada: un buen dato que me inclina a querer saber más.

Saludos.

Magda dijo...

El rastro es muy buena, Jacobo. Y sí, en cuanto la termine hago una reseñita, lo prometo. Hasta ahora me está gustando, pero llevo muy poco, mejor llego al final.

Nos vemos pronto.

Anacrusa dijo...

A mí El rastro me pareció muy poquita cosa. Muy poco documentada. Muy... no se cómo decirlo sin que se me interprete mal, sin que parezca peyorativo el comentario, que no lo es, porque me gustó y me entretuvo, pero es enormemente femenina y quizás sea muy ilusa, pero creo que la gran literatura no puede ser femenina o masculina, no puede estar presente, en todo momento, el sexo del autor.

Odio comparar y es injusto, no se debe, pero minetras leía El rastro, no pude dejar de acordarme de Delibes.

En fin, es una humilde opinión, que no suelo...

Magda dijo...

El rasatro, Anacrusa, no es de lo mejor de Glantz, a mi tambien me gustó, no me fascinó. No le sentí "enormemente femenina", quizá por defecto mio, jamás me fijo en si es femenina o masculina, sino en su contenido. Pero la releeré con esta perspectva que mencionas para ver si percibo eso de "enormemente femenina" y así podré comentar con fundamento ;)

Loriana dijo...

Jamás nos vamos a poner de acuerdo con El rastro, ;-).

Como lo mencioné en javiermarias.es hace mucho, a mí me gustó. El ejercicio reiterativo, sus variaciones en un mismo tema, aprovechando que, creo, las Goldberg estaban por ahí, me pareció bien logrado. Tendría que releerla para hacer un comentario más fundamentado ahora. Sobre la documentación en cuestiones musicales, que me imagino que es a lo que te refieres Ana, pues, la verdad es que no puedo decir, :-). Sobre Delibes, recuerdo que ya lo habías comentado alguna vez y desde entonces quiero leer Cinco horas con Mario.

Aquí los comentarios que hicimos algunos, Magda, Jacobo, por si quisieran verlos (Magda: aquí firmo como Beatriz):

http://javiermarias.es/foro/viewtopic.php?TopicID=1405&page=0#8789

Sobre la novela de los zapatos, una amiga que disfrutó con El rastro me ha dicho que no le ha convencido nada. Así que ya nos contarás, Magda.

Saludos a todos.

Loriana dijo...

Lo olvidaba, sobre Luis Sepúlveda: ¿es tan malo como para ponerlo junto a la Allende y el innombrable de Coelho?
No sé nada de él, menos leído algo, pero me regalaron hace un par de años Desencuentros y desde entonces sigue en la estantería.

JacoboDeza dijo...

Esa inclinación femenina de cierta literatura (entendiendo como peyorativa en este caso la unión entre el sustantivo literatura y el adjetivo femenina) ya es un temor que tenía con Glantz. El título Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador es toda una declaración de principios, pero sigo sin descartar nada: también conozco a otra persona que decía que le gustó El rastro.

En "El refugio" hay una crítica muy negativa de su última novela a cargo de Tagendiebe (no sé si utiliza algún otro nick en otra parte). Copio un fragmento:

"No sé que quiere realmente con este libro. No sé si es biográfico o no, pero no he sabido o querido ver qué desea mostrar. Aquí no he visto para nada su exploración en las palabras y alrededor de ellas".

Leeré con más calma el enlace al foro Marías, creo que será suficiente para hacerme una idea más clara de por dónde se mueve Glantz.

De Luis Sepúlveda leí hace años Un viejo que leía novelas de amor: un perfecto pastiche de lo que es el nuevo realismo mágico. Ya decía Bolaño que hay que temer, y mucho, a los herederos del boom: pretender copiar hoy a García Márquez produce novelas naïf, azucaradas, relamidas. Hay que apostar decididamente por la generación de los Pauls, Volpi y Aira y olvidarse del artificio absurdo de eternizar lo ya sabido.

Qué rizomáticas están ustedes: y yo que hablaba de Antonio Soler... :-)

Magda dijo...

Gracias Loriano, me encantó tu comentario del foro. Gracias por él enlace.

Jacobo, tienes toda la razón, disculpa por favor. En lugar de hablar de Soler, nos hemos puesto rizomáticas inconscientemente.

Gracias por permitirlo.
Un fuerte abrazo.

JacoboDeza dijo...

Nada de disculpas, faltaría más: si este no es el jardín de los senderos que se bifurcan, debe ser la senda de los jardines que se multiplican. ¡Hay que perderse conscientemente por ellos!

Magda dijo...

Eres encantador. Gracias.

lukas dijo...

Voy a leerlo ahora, de Soler no conozco nada, así que probaré, aunque no creo que sea buena mezcla con lo otro que ando leyendo. Un saludo!

JacoboDeza dijo...

Lukas, la próxima semana añadiré algo más sobre la lectura que estoy haciendo de Soler. Lo digo por si prefieres esperar a tener algún otro elemento crítico, pero en fin, tampoco te recomiendo que te vayas guiando por mis comentarios, no vayamos a convertir esta senda en camino único o en one way. ¡Nada más lejos de mi intención!

Anónimo dijo...

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