viernes, 17 de febrero de 2006

El jardinero mustio

Hace años que tengo clara la disyuntiva que afecta al orden de lectura y visionado de un libro y una película. Por mucho que sea cierto que ver un film de una historia ya leída acostumbra a llevarnos a la decepción (el complejo engranaje de una trama y unos personajes queda diluido ante una hora y media de resumen gráfico), nunca recomendaré a nadie que vea primero la película. Suele pasar que acatando este orden podamos hacer una valoración bastante favorable de ambos, pero a costa de cargarnos el instrumento esencial que las convoca a nuestra vera: la imaginación. Nunca olvidaré mi lectura tardía de El nombre de la rosa, que sin duda me pareció excelente, pero con el añadido de ver a Sean Connery en cada página y ser incapaz de moldear el laberinto ya visitado con el laberinto que me contaba el autor: ¡el traidor pasaba a ser Eco, que no había descrito una biblioteca como la que yo había recorrido, vela en mano, en un monasterio real y palpable!

Ahora me he enfrentado a la versión cinematográfica de El jardinero fiel, habiendo leído ya el libro de John Le Carré cuando se publicó. Iba prevenido, porque uno no es neófito en el asunto y no esperaba para nada ver mi propia versión de lector imaginativo sino la de Meirelles, así que tampoco se me puede achacar una decepción anunciada. Pero las percepciones son las que son, y en este caso la película me pareció peligrosamente banal en comparación con el mecanismo de relojería que Le Carré ejecutaba en la novela. Lo peor que le puede pasar a una historia de espías es que se le entienda todo, y lo que en las páginas impresas era mera sospecha, vericuetos intangibles y complicados enigmas, en la pantalla no pasa de ser una historia amorosa con trasfondo comprometido. Al árbol se le han podado todas las ramas y nos ha quedado un hermoso ejemplar de jardín francés, muy exquisito pero al que se le ven todas las estrías.

Los primeros diez minutos de metraje son para echar a correr: por principio ya acostumbro a ser poco crédulo, pero a veces pienso que a uno lo obligan a comportarse así. El encuentro entre Justin y Tessa se resume en una vulgar muestra del flechazo amoroso convertido en una dosis concentrada de lugares comunes: alumna rebelde + profesor inteligente y atractivo = paseo, mirada a los ojos y cama. Diez minutos. O sea, la historia que nos pasa a todos cada día, al salir a la calle para ir a la oficina. Montarnos la escena a partir de la novela permitía ese plus de difuminación que hace que las cosas tengan mil matices, pero en el cine del siglo XXI lo que cuenta es un buen polvo. Tessa, después de que a ella le hagan decir en el auditorio las mismas frases literales que en la novela (aunque tampoco lo pienso comprobar, pero ofrece una imagen de lección bien aprendida cuando la ocasión ameritaba improvisación, menos Stanislavski y más Corbacho, para entendernos) recorre un largo trecho en una zancada y a partir de ahí hay que hacer verdaderos esfuerzos para creer en su rol.

El argumento político de la novela plantea una cuestión de gran calado: el beneficio empresarial de la industria farmacéutica ante la realidad africana, una contradicción sangrante entre el negocio que supone que haya muchos enfermos y muchas epidemias y el lucro que se obtiene perpetuando la dependencia hacia las medicinas. Los implicados en la amoralidad, además de los dueños y científicos, también son los diplomáticos británicos y, por ende, el gobierno de ese país. Justin, como pieza que se mueve entre el amor por una transgresora solidaria y su puesto en la embajada, siginifica el hilo que entreteje todos los intereses y el que pone de manifiesto las dobles y triples jugadas de los personajes.

Pero la película, como decía antes, nos enseña esta red con demasiada claridad, todo aparece muy diáfano y la línea que separa lo bueno de lo malo está trazada con Rotring y escuadra. Hay poco margen para la duda y uno piensa, saliendo de la sala, que no todo está perdido: una vez más, sólo hay que ir a por los malos para que ganen los buenos. Tessa renace en varias escenas como un fantasma que tiene el don de poner nerviosos a todos: es la perfecta heroína que sola (su supuesto amante no pasa de ser una sombra) reduce al imperio británico para que acepte sus pecados y los expíe. Mucha Tessa para un jardinero tan mustio.

No sería justo si no valorase un cierto afán de modernidad en muchas de las escenas corales, en los ambientes africanos que están bien retratados. Es una mirada muy externa, contemplando el transcurrir de los nativos con un ojo exótico, pero es lo que hay, y aporta sustancia a lo que en conjunto es levedad. Las palabras de quien va a evacuar en avión a la gente que huye de un ataque armado reflejan la sucia realidad: "aquí sólo entran cooperantes", pues no se puede tocar ni cambiar el entorno de trabajo. La niña que se había colado sale del aparato, ante la mirada peprpleja de Justin, y corre, corre por la arena mientras las hélices levantan más polvo, y en esa niña, en sus ojos abiertos y en su sonrisa inerte vemos por un instante la película que pudo haber sido y no fue.

lunes, 13 de febrero de 2006

Nancites 7

1. Dos noticias del mundo de la edición me han devuelto estos días a mi infancia y adolescencia. La primera de ellas, que ya apunté hace un tiempo en el blog, es la recuperación de Editorial Bruguera bajo la dirección de Ana María Moix, y ese curioso premio literario que tiene un jurado conformado por una sola persona (Eduardo Mendoza este año). Mis primeras páginas corresponden a este sello, pero desde mucho antes de que yo llegara a la literatura: Bruguera es en cierto modo la responsable de crear en mí una pasión fervorosa por la letra escrita, y me inicié como tantos: con los tebeos, con el Mortadelo (semanal, súper o extra) que mi padre me compraba en los quioscos de Barcelona y que yo coleccionaba y después repasaba, quizá apuntando también mi afán posterior por la relectura. Y es que los cómics, con sus globos de diálogo llenos de expresiones sorprendentes, nos empujaron a muchos a seguir probando y acabamos en las garras del gato que servía de logo de todos los productos Brugera. Y de ahí a los blogs, veinticinco añitos de nada.

2. La segunda noticia, en clave catalana, es la reaparición de la colección "La cua de palla", que también nos traslada a un buen grupo de lectores hacia nuestro pasado. Yo gocé del último renacimiento que tuvo el invento, a finales de los años ochenta, y aprendí técnicas narrativas que sólo pueden hallarse en la mejor novela de género. "La cua de palla" publicó clásicos negros de Chandler, Simenon, Macdonald, Cain... Y triunfó, entre otros asuntos, por el diseño: portadas reconocibles a larga distancia, en amarillo y negro, con formato de bolsillo, manejable y económico. Vuelve ahora a las librerías con la prudencia que dan la experiencia y las dentelladas de la edición: un par de títulos para este año (el número 1 es El halcón maltés de Hammet) y cuatro previstos para 2007. La colección se inició en los 60 bajo la dirección de Manuel de Pedrolo, una de cuyas obras, Joc brut, tuvo ventas espectaculares, igual que Parany per a una noia, de Sébastien Japrisot, que incluso se recomendaba en algunos institutos de secundaria. ¿Llegarán los jóvenes de hoy a los libros también a través de estas batallas perdidas, o ya no hay esperanza posible?

3. Recomendación: Arcadia publica (otra vez en catalán, pero me imagino una traducción inmediata al español) Una aventura anomenada Europa, de Zygmunt Bauman, casi una coda del tan bien recibido libro de Steiner un año atrás. Más reflexión sobre este continente que ahora debe pedir perdón para conservar libertades y alejar miedos: un precio mucho más alto de lo que parece a primera vista.

4. ¿Quién era ese hombre con zapatos de terciopelo y pantalones y abrigo grises, sentado en el metro frente a mí, con su melena morena recién lavada y un ejemplar de Cuando fui mortal en las manos? Y acto seguido pensé, avanzándome a la posibilidad que hoy he vislumbrado y que algún día me ocurrirá: ¿es posible experimentar ante un lector con libro la misma incomodidad que se siente frente a un anónimo pasajero que lleva el mismo jersey que tú?

viernes, 10 de febrero de 2006

Anochecer con Alan Hollinghurst

Subir hasta la parte Norte de la Diagonal desde el centro tiene el atractivo de conocer al menos dos Barcelonas distintas o dos tipologías de urbanitas, que al fin y al cabo son quienes conforman las ciudades y las moldean con sus cuerpos, sus voces, sus miradas. Hacer una parte de esa ruta en bus supone un cruce violento de escenario, con el propio trayecto como interregno invisible. La Barcelona gótica y arrabalera ya es un barrio promiscuo, de grandes contrastes poco mezclados, y se nota que los paquistaníes van a los suyo, los niños filipinos se relacionan sólo entre sí, los ecuatorianos ponen siempre cara de perdidos. Es difícil ver catalanes entre esos callejones, quizá algún joven alternativo (que por muy alternativo que sea tampoco se mezcla en el mejunje) y viejos apartados de esta sociedad, solos y desamparados, que bajan con sus zapatillas a la calle para comprar en los supermercados regentados por orientales.

Entonces, cuando uno se baja del bus veinte manzanas al Norte, las carnicerías de corderos degollados con la mirada hacia la Meca se transforman en tabernas de diseño para catar vinos, y los locutorios de internet en exquisitas tiendas de Adolfo Domínguez. Las chilabas han dejado paso a los Armani, a los Toni Miró llevados por perchas bien perfumadas. Incluso cuando llego al British Council, destino del día, en su puerta se despiden los alumnos de inglés que son los hijos de los anteriores, altivos y fatuos. Pero así son las cosas: Anagrama presenta los libros anglosajones ahí (los francófonos en el Instituto Francés, la próxima semana viene Amélie Nothomb), en tierra tan extrañamente ajena.

Las facilidades del lugar se agradecen, eso sí: sala de dimensiones humanas, con el autor a poco pasos, traducción simultánea, sonido perfecto. Más de media entrada en la que destacaba el público de habla inglesa, alguno bastante puesto en la trayectoria del autor. Y con sólo 10 minutos de retraso llegó Alan Hollinghurst, para mi sorpresa sin la compañía de Herralde. Poco efusivo, observador y de maneras suaves, escuchó por el audífono la presentación de Justo Barranco, habitual de las páginas de “La Vanguardia”: una presentación sobria pero nada atractiva, más bien escueta.

Hollinghurst venía a presentar la traducción de La línea de la belleza, novela recién aparecida en las librerías de este autor que se dio a conocer a partir de la Generación Granta de 1993, la posterior al grupo de McEwan y compañía, que compartió con Tibor Fischer, Kazuo Ishiguro, Lawrence Norfolk o Philip Kerr. Aunque precisamente esta obra se sitúa en esa década anterior, la del esplendor thatcherista de una Inglaterra rendida a los pies del Dios dinero y en un momento de boom patriótico por el efecto Malvinas. Sólo un elemento empaña la existencia de algunos seres, todavía entonces restringido a ciertas pausa de comportamiento sexual: el Sida. En este ambiente se mueve Nick, el protagonista de esta historia de relaciones con trasfondo político.

La charla (que no conferencia: el acto fue un siempre más ágil toma y daca de preguntas y respuestas) derivó en la primera mitad hacia un discurrir sobre los años ochenta y los efectos de las políticas neoliberales de entonces en el actual presidente laborista, hasta el punto que el propio autor tuvo que verse en la tesitura de decir que él no era politólogo y solamente un simple escritor. La otra mitad tuvo bastante más enjundia, a pesar de la inevitabilidad del recurso: ya es un momento esperado el que, durante una presentación de un libro de marcado tema gay, se le pregunte al autor por este subgénero literario. Hollinghurst no escurrió el bulto, pero derivó en una sentencia implacable: él hace literatura de personajes homosexuales pero no para lectores homosexuales, y contó que su novela The spell, quizá la más cerrada en este asunto, fue la menos vendida, como si hubiera asustado su temática y sus personajes muy declarados.

Citó a Henry James como evidente referencia para escribir el libro (curiosamente, otras dos novelas finalistas del Booker, además de la suya que fue la ganadora en 2004, también mencionaban la influencia de James), y alguien mencionó la película Match Point como otra posible clave de lectura expost, aunque el autor ni siquiera ha visto este último Allen. El público, reservado como los buenos ingleses, no dio más juego y la velada terminó con el aplauso de rigor, para dar paso a lo que interesa: la lectura solitaria y silenciosa. Afuera las calles empezaban a quedar desiertas, y los pájaros del Turó Park ya habían callado desde hacía un buen rato, emigrantes todos ellos que también hicieron escala en esta Barcelona lumpen de la parte alta de la Diagonal.

lunes, 6 de febrero de 2006

Por una caricatura

No quise adjuntar a este blog la imagen más burda de todas: la del musulmán con turbante y mecha encendida, más que nada porque me pareció falaz, tópica y de mal gusto. Pero eso no excluye mi defensa de la libertad para que una revista o diario europeo puedan (si así lo desean) publicarla. Pero sí me pareció acertado el dibujo de ese extraordinario portadista de "Le Monde" que tantas veces ha dado antes en el clavo de la sensatez. Plantu resumió en una sola imagen el eterno conflicto entre los límites de la censura y la capacidad de herir sensibilidades, entre la libertad de expresión y el veto a ciertos temas o personajes. Entonces sí me pareció acertado subir esa imagen al blog y solidarizarme así con los Rushdies, Lmrabets o Van Goghs que de vez en cuando se convierten en chivos expiatorios de causas difusas.

Porque seamos claros: lo que aquí está en juego es mucho más que la simple publicación de una viñeta en un periódico. La reacción desproporcionada, airada y violenta de estos últimos días es una perfecta estrategia de unos pocos con mucha capacidad de persuasión. También en otros lares hay gente que, de manera totalmente pacífica, firma preguntas idiotas sobre derechos, deberes y resquebrajamientos territoriales: la misma persuasión aunque sea con mejores modales. La falsa idea de que el islam es sólo eso (turbas incendiando embajadas) es la misma que hace que un pésimo humorista dibuje a musulmanes con cara de terrorista. Y encrespar ánimos está al alcance de unos cuantos elegidos, que aprovechan cualquier ocasión para invocar supuestos agravios que deben ser respondidos de manera contundente. A Salman Rushdie le sucedió lo mismo: tuvo a su particular Jomeini, necesario para prender el fuego, y el perro del estereotipo quedó suelto. Todos los musulmanes pasaron a ser potenciales asesinos del escritor, convirtiendo a las masas pacíficas (que se levantan cada día, comen, duermen, llevan a los niños a la escuela: muy intransigentes todas, como puede verse) en turbantes con bomba. El dibujante aprovechó su mínimo intelecto para reflejarlo en un papel y conseguir ser un nuevo Rushdie, pero sin arte y sin ninguna gracia.

Hay dos elementos que conviene poner sobre la pantalla para entender mejor la situación: el primero es el papel de las potencias militares occidentales en el mundo islámico. Las reacciones coyunturales que aparecen de vez en cuando no podrían surgir con la misma intensidad de no ser por el esperpento, nada teatral por cierto, que se vive diariamente en Irak. Hay individuos que ahora se ponen la mano derecha en la cabeza, estremeciéndose ante las manifestaciones diarias, mientras con la mano izquierda aprietan el lanzador de mísiles del jet a propulsión. Y otros que pisan banderas danesas y aplauden a suicidas que se llevan por delante autobuses repletos de gente, invocando en los dos casos al mismo Dios. La mecha es muy larga, ciertamente, y habría que investigar quién la encendió primero. Otro elemento fundamental es la concepción radicalmente opuesta entre los actuales Oriente y Occidente. Mientras que el primero ha divinizado el dogma, el segundo lo ha hecho con la ley: y esta es una realidad inamovible, al menos en el siglo XXI. Y entender esta diferencia es clave para entendernos mutuamente: es imposible cambiar este estado de cosas, y por lo tanto hay que convivir con la contradicción. Desde mi óptica de ciudadano español no puedo defender un sistema basado en leyes divinas, con marcada discriminación en muchos ámbitos (la sexual sería la primera de ellas) y con un sistema nada democrático. Incluso defenderé mi opción racionalmente con empeño, de manera que las libertades de las que disfrutamos en mi país no sean puestas en duda o puedan sufrir el más mínimo rasguño. Y si alguna vez viajo a Irán, pongamos, me adaptaré a las normas que hayan decidido imponer allí, y si no me agradan, me quedaré en mi casa. Lucharé por mi espacio cultural, quizá desearé que los demás puedan acceder a algo similar, pero dejaré que cada uno se gobierne a su antojo: ni tiraré bombas en casa del vecino ni prohibiré aquello que aquí está completamente admitido. Y siempre preferiré cometer un error que rebajar el nivel de libertades para no repetir ese mismo error.

Mucho se habla ahora de encuentro de culturas o, desde el otro lado del precipicio, de enfrentamiento entre civilizaciones. Qué manía la de pensar en maximalismos siempre: o conmigo o contra mí. ¿Alguien ha pensado que quizá es mejor dejar que cada uno construya su camino, y que los puentes de concordia se tienden cuando nadie quiere imponer nada a su vecino, siquiera su visión de la realidad inmediata? ¿Con qué legitimidad se puede pedir que nos dejen publicar anatomías completas del cuerpo de Mahoma mientras invocamos el derecho de invasión en territorios milenarios? El respeto al otro, a la persona que tenemos enfrente o al lado, es quizá un buen inicio para todo el embrollo, sin que nadie me obligue a cambiar mi pensamiento por ello. La frase volteriana, algo manida ya, sigue siendo digna de esculpirse en mármol: no estoy de acuerdo en absoluto en lo que usted dice, pero daría mi vida porque usted lo pueda seguir diciendo. Yo creo que no daría mi vida por casi nada, pero quiero seguir teniendo el derecho de decidir sobre ella y sobre mi propio futuro. Incluso creo, humildemente, que Alá debe estar bastante de acuerdo en esto.

viernes, 3 de febrero de 2006

La literatura subterránea

Una de mis aficiones subterráneas, además de leer cuando viajo en metro, es la de fijarme en los libros que leen los demás viajeros. No puedo evitarlo, y quizá rompo con ello alguna regla no escrita de indiscreción excesiva, pero como un imán mis ojos son atraídos por cualquier objeto con páginas. El juego comienza con los dos o tres segundos iniciales de observación: tiempo suficiente para echar un rápido vistazo a la portada (a veces ni eso, al lomo solamente, pues la perspectiva desde la que se atisba un reflejo o un brillo obliga a un esfuerzo de cuello, a un requiebro de los hombros entre los apretujones) e intentar adivinar, con rápidas asociaciones del siguiente tipo, la lectura:

- Si este libro tiene el lomo negro, y además tiene un grosor muy pequeño, y si las letras blancas del lomo, ilegibles desde mi distancia, ocupan toda su longitud, y si quien lo está leyendo es una muchacha de mediana edad pero joven todavía, que a pesar de los traqueteos del vagón no levanta la mirada de la hoja (ergo le añade una clara pasión al hobby y busca una cierta calidad literaria que supere la inane comercialidad, pero sin llegar a bucear en los clásicos, y que por tanto debe comprar normalmente en las mesas de novedades de un Fnac, y se siente atraída por nombres ligados a un lejano exotismo), entonces, sin lugar a dudas, está leyendo Sueño profundo, de Banana Yoshimoto.

Cuando, tres o cuatro paradas más allá, la muchacha (bueno, tampoco es tan joven: mujer) se abre paso para salir del vagón, no tiene más remedio que acercar su libro al pecho y se manifiesta con contundente claridad la imagen de la portada, que me obliga a su vez a sonreír y a seguir con más afán si cabe con mi Bolaño. Tres segundos, no más. El porcentaje de aciertos suele ser sorpresivamente elevado, y quizá debería pensar en ir a uno de esos programas de televisión que muestran destrezas varias e individuos con aficiones rarísimas. A veces no puedo dar con el título exacto, pero me acerco lo suficiente como para concretar el estilo y el género (me sucede con los best-seller, cuya profusión me impide estar al día de todo cuanto se publica), y en cualquier caso hay unos parámetros mínimos que son los que me otorgan las victorias habituales:

  • Chico joven informal con mochila pero arreglado, normalmente sin gafas, poco peinado o despeinado a secas, soltero pero con relaciones ocasionales, un pendiente en una oreja: Grimpow, de Rafael Ábalos.
  • Mujer entre los treinta y los cuarenta, reloj en la muñeca, aspecto moderno y un punto seductor, lleva el “20 minutos” bajo el brazo y no siempre va con libro, levanta nerviosamente los ojos de la página y se fija en cualquiera que pasa por su lado o roza su pierna: Pasiones romanas, de Mª de la Pau Janer.
  • Chica que va por los veinticinco, camiseta Desigual y pantalón Bershka y bolso al hombro, se sienta correctamente (la espalda recta), nunca dice “perdón” cuando se levanta pero se abre paso con mucha discreción, pasa desapercibida como lectora aunque no como chica: Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • Hombre o mujer indistintamente de mediana edad, tiene trabajo bien remunerado por su aspecto, a veces lleva auriculares con bossa nova, nunca viaja sin “El País” (se compra de lunes a miércoles todos los discos de Mozart) y mira mal a los que hacen gestos ostentosos o gritan, jamás votará a un partido de derechas: un libro de Anagrama los días pares, uno de Tusquets los impares.

Hace años que ya no veo a gente vieja con novelitas del oeste, que todavía se pueden encontrar en los mercados de segunda mano. Yo he llegado a emocionarme sinceramente viendo en un autobús a un señor con la novela pegada a los ojos, descifrando con mucha dificultad cada galope, cada disparo. Por eso, pese a la críticas que tantas veces hacemos a los que leen lo que nosotros jamás compraremos, la elección de leer y no limitarse a mirar la oscuridad del túnel merece todo mi apoyo moral. Y no es porque tenga que ser obligado: es simplemente que esa elección libre ha sido tomada antes de salir de casa (el libro bien metido en el bolso o la mochila) para distraerse en el recorrido y superar el simple vagar, el acontecer mundano, el diario ir y venir. Lo importante, como pretendía Conrad, es que gracias a la palabra escrita podamos oír, sentir y, sobre todo, ver, “captando una fase transitoria de la vida del torrente inexorable del tiempo”.

¿Hombre joven que camina hacia la madurez, canas que se esparcen, incrédulo y exigente, viajero y coleccionista, callado y sentimental? Un libro de Marías, sin duda.

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Entre Rushdie y esto, muy pocos años de diferencia y muy poco camino recorrido.

lunes, 30 de enero de 2006

En un lugar de Manhattan

Llovía a cántaros frente al Teatre Lliure, una noche desapacible de frío y humedad pese a la cual se congregó una buena cantidad de público en la sala. Este año todo viene con morbo, desde que se promocionan estúpidos boicots, se usan papeles salmantinos como proyectiles y se discute sobre el nombre de la niña: nación, nacionalidad, comunidad nacional. O sea, que no sé si toda esa gente dispuesta a salir en una noche de perros estaba atacada por un desbordado interés hacia el teatro o llegaban para demostrar apoyo a una causa concreta. Yo, tan iluso como siempre, había comprado mi entrada por la curiosidad de ver reflejada en una tarima la novela de Cervantes, acaso para comprobar si eso es posible o si el director lo había dejado todo en una reflexión sobre su hipotética puesta en escena.

Hace años que no acudía a ver una obra de Els Joglars, aunque la razón sea una simple incompatibilidad de fechas con sus estrenos. Sigo pensando que ejecutan un trabajo inteligente, con guiones más profundos de lo que la anécdota parece esconder, y eso a pesar de que el teatro histriónico o paródico me interesa más bien poco. Albert Boadella siempre ha jugado con ese doble reclamo: unas historias totalmente enlazadas con la realidad del momento (las ejecuciones del franquismo, la intromisión de lo católico en todos los ámbitos sociales, y en especial la cosmovisión del catalán medio a partir de grandes mitos de la farándula del siglo XX: Pujol, Pla y Dalí) y que retratan un conjunto de fobias más profundas que definen las líneas maestras de este rincón del mundo, tan pequeño él. Pero ahora le tenía ganas a esta obra por su conexión directa con lo literario y con ese monumento de la novelística universal.

La primera media hora es un trabajo coral de varios actores a partir de un ensayo del Quijote (¿metateatro?). La directora, una argentina muy posmoderna, pretende montar una obra vanguardista lo más alejada posible del texto original, como si escenificar un clásico a la manera clásica fuese lo más pedante a lo que se pudiera llegar. Para ello inventa un Quijote mujer que tiene una relación de lesbianismo con otro Sancho femenino, y desplaza a los personajes al tiempo actual en una Mancha de rascacielos: las torres gemelas como nuevos molinos contra los que lucharán los Mohammed Atta del futuro (ahora que acabo de escribir este nombre pienso en los rastreadores informáticos de la inteligencia secreta, que perseguirán este blog por mentar vocablos prohibidos). Este gran disparate escénico pone de manifiesto también la vacía profundidad de muchas apuestas artísticas del momento: la originalidad se vende bien, sobre todo porque se puede disimular entre todas las supercherías del mercado actual. Entonces, ¿para qué seguir las líneas de un texto de hace 400 años si lo podemos maquillar convenientemente para que parezca escrito ayer? Ante este estado de cosas, Boadella se rebela y lanza un divertido azote contra la posmodernidad más exacerbada.

Cruzada esa media hora de despropósitos intelectuales llega en motocicleta ese gran actor que es Ramón Fontseré, grande también como Sánchez Mazas en la película de Trueba. Que un solo actor consiga ser Jordi Pujol y Alonso Quijano en pocos años no es cosa despreciable: y este Quijote que se despliega en el escenario durante el resto de la obra es de una sentimentalidad a prueba de lanza. Aunque nace de un mundo de estricto realismo (no es más que un interno de un sanatorio que para integrarse en la sociedad realiza tareas de fontanería, bajo el seguimiento de sus psiquiatras y de las pastillas) su locura no deja de ser metafórica, y a la vez es un juego metaliterario, éste sí, nada afectado: es un lector del Quijote que ha aprendido de memoria todos los diálogos del libro y que deriva en un nuevo loco, no a causa de las novelas de caballerías, sino de la propia novela cervantina.

Y a su lado un Sancho también enorme: Pep Vila, que borda el personaje del esquizofrénico que, pese a todo, intenta poner los pies en el suelo. Ambos forman una pareja espléndida, contagiada de vivacidad y al mismo tiempo de una melancolía penetrante, que deja al espectador siempre con la duda de si ponerse a reír ante cada sarcasmo o apiadarse de estos locos románticos, utópicos y entrañables.

Las dos horas de función recogen algunos de los momentos más característicos del Quijote, en el mismo orden que el de los capítulos (desde las primeras salidas hasta la llegada a Barcelona) y en dos horas sin pausa. La cuestión de fondo es si existe la posibilidad de llevar con éxito esta novela total a un escenario: queda claro que la intención de Boadella no ha sido tanto explicar el Quijote como criticar su uso indiscriminado como arquetipo válido para todo (y por tanto, como amigo cercano que es, lo podemos desmontar a voluntad y construir Quijotes verdes, homosexuales, groseros, profundos, infantiles, estratosféricos, submarinos, mozambiqueños y lo que nos plazca: da para un roto y para un descosido), mientras nos vamos alejando más y más del texto hasta banalizarlo por completo. Es elocuente la escena en que la directora argentina lanza con desprecio un ejemplar de la novela diciendo que ella no necesita libros para montar obras, siquiera un Quijote para montar el Quijote. Pero cuando llega nuestro fontanero y comienza a hablar con la lengua del siglo XVII arranca la música: ante tanta verborrea previa, la literatura apenas necesita diez segundos para imponer su verdad, que es la misma de la que están hechas las grandes obras de todos los tiempos.

viernes, 27 de enero de 2006

Fraudes

Me han asaltado, con el margen temporal de un solo día, dos noticias en la prensa que, aparentemente, no tienen ningún tipo de relación entre ellas. Las diferencias son notables: una habla de ciencia y otra de literatura. Una corresponde a las páginas de sociedad y otra a las de cultura (aunque esta distinción sea del todo arbitraria: es la consecuencia de considerar a la ciencia en este país como un cajón de sastre en el que igual despega una sonda hacia Plutón como aparece una ballena en el Támesis). Una merece una sincera condena y la otra ni la más leve reconvención. Pero en todo caso las dos noticias merecen figurar en la lista de los fraudes más toscos que se pueden llegar a cometer, casi con luz y taquígrafos y sin esconder la mano, hasta el punto que la percepción fraudulenta, sobretodo en el caso del literato, queda difuminada y ya parece de lo más normal y común. Parece como si en este mundo de listillos ya se aceptara que el listillo que sobresale por encima de los demás no es que sea más denunciable, sino que aporta un plus de celebridad al grupo.

Decía el titular de la primera noticia lo que sigue: "Un médico noruego lleva cinco años publicando datos absurdos". Después de frotarme los ojos, seguí leyendo: "Algunos artículos contienen falsedades que puede detectar un profano". Esta información, magnificada al hilo del escándalo previo del coreano que inventó experimentos sobre clonación, ha llegado a cinco columnas y con foto. Pero a diferencia de su colega asiático, que siendo un buen experto en su materia pudo engañar a otros expertos de su mismo nivel, el noruego publicaba artículos en "Lancet" que no eran demasiado relevantes para el gremio médico. Hasta que se descubrió que "se había sacado de la manga a 908 pacientes, y de forma tan chapucera que 250 de ellos tenían hasta la misma fecha de nacimiento". También publicó dos fotografías distintas de dos casos de cáncer epitelial, cuando eran la misma y con diferentes grados de aumento al microscopio.

Esta modalidad de fraude, basado en la creencia de que el resto del mundo es estúpido y no podrá detectar nuestra artimaña, funciona desde siempre: es la base de cualquier engaño, creerse uno más listo que el de al lado y confiar en que no nos pillarán. Pero la tentación ya atrae hasta a las insignes lumbreras que usan sus conocimientos para engatusar de manera más chic: ¿quién va a saber -piensan- si una fórmula, un algoritmo o una secuencia de cifras son un barullo azaroso? Si cuento esto es porque me parece un argumento de lo más novelesco, quizá de la obra que, a este paso, jamás escribiré. Me imagino un personaje de otro ámbito profesional construyendo una falacia bien trabajada (no como la del patoso nórdico) y difundiéndola como verdad incontrovertible: un historiador cambiando los datos verificables e inventando guerras y batallas; un profesor de secundaria explicando a sus alumnos leyes imposibles de la física; un político presentando proyectos de urbanismo ficticios (me temo que esta posibilidad no sea tan absurda). Pero estos casos, que serían calificados de fraudes indiscutibles, pierden su denominación al ser trasladados a la literatura, aunque haya que matizarlo. Para ello quiero hacer referencia a la segunda noticia.

Decía el titular en este caso: "El negro literario recupera la firma". Es la historia de un tal Manuel Manzano, dedicado durante años a escribir para otros, a esconder su nombre bajo la rúbrica de gente famosa y disimular así la incapacidad de estas celebridades para juntar sujetos y predicados coherentemente. No es nada nuevo, dice el negro: ya Víctor Hugo o Isaac Asimov tenían a escritores contratados para que les hicieran algunos trabajos, y es "un pacto comercial aceptado y remunerado". Ahora sale del anonimato y publicará una novela con su nombre y apellido, que supongo que tendrá un cierto éxito a juzgar por su capacidad para convertir en best-seller cualquier nuevo engendro salido de sus manos. El hombre, según especifica el artículo, tiene hipoteca y dos hijos, y la alternativa es clara: camarero, paleta o escritor, y escogió su destino.

Todo esto también me interesa para ajustar el enfoque respecto de la novela que estoy leyendo de Bolaño, y su relación con el mundo del fraude: La literatura nazi en América no es otra cosa que una enciclopedia inventada, un ordenado panorama de vidas no vividas, recurriendo siempre a las técnicas de la verosimilitud aunque sin apenas esconder la más fina ironía que lo invade todo. ¿Pero es esto un fraude? En absoluto, claro. Desde el mismo instante en que leemos la primera línea, el primer carácter discernible de una obra literaria, nos instalamos en otro mundo paralelo en el que las normas que sirven para el nuestro quedan derogadas. La condición es que esa obra se edite, como es el caso, en una colección que no sea de ensayo. Al saltar del texto a lo que comienza a ser externo (autor, tapas, editorial, librería, y más allá) ya nos metemos en el territorio de lo real, y ahí el engaño ya no es admisible: así, el doctor caradura y el negro gris no sólo mienten o esconden verdades sino que se enriquecen por ello (adiós hipotecas). Mientras tanto Bolaño, con su capacidad inventiva y su guiño perenne al lector, se ríe de todos ellos desde las alturas e imagina, crea y construye nuevas verdades literarias. Como Borges, sin ir más lejos.
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La fierecilla domada, o fragmentos para una nueva historia de la infamia (selección realizada a partir del último número de la revista "Lateral"):

1. "Como activistas “fieras”, ahora no tenemos tiempo de hacer propuestas, de plantear alternativas".
2. "Respecto a lo que podríamos llamar nuestro canon, preferimos escurrirnos como cuando nos preguntó por nuestra alternativa".
3. "Rosa Regás, a nuestro juicio, merece nuestro rechazo como persona, por su trayectoria progre".
4. "Sabemos de óptima tinta que nuestro boletín fue el causante de que se desechase la idea de llevar a Almudena Grandes y a Javier Marías a la Academia".

Pero eso sí, modestia aparte, como siempre:

5. "Estamos seguros de actuar por amor a la literatura, y eso es algo que hemos demostrado, en nuestra labor crítica y en nuestra obra personal".

lunes, 23 de enero de 2006

Blogs que vienen y van

Escribo al trasluz de la noticia que leía hace unos días: Justo Serna ha decidido cerrar su blog y seguirá escribiendo a través de otros medios más tradicionales (prensa, libros), al margen de mantener actualizada su página académica. En sí misma, la noticia no es más ni menos novedosa que la del cierre de cualquier otro medio escrito al que acudimos regularmente, ya sea a través del quiosco o de internet: pero quizá la punzada que sentimos los que allí aterrizamos a menudo (los habituales que acabamos por hacernos un sitio en esas páginas y al cabo de un tiempo nos tomamos la libertad de aplaudir, criticar o añadir algo a lo ya dicho por el creador, incluso de reprocharle de que hable de ese tema y no del otro, incluso del de más allá) merezca una pequeña reflexión sobre el asunto.

No voy a esconder mi incredulidad inicial ante ese blog: ya el título, "Los archivos de Justo Serna" me sonó rimbombante en su día (¿los archivos de la corona? ¿de Salamanca?) y un punto egocéntrico, como le parece siempre a quien suscribe su invento con un nombre ficticiamente literario, y ve que otros exponen al sol su verdadera identidad. Hasta que descubrí que el problema era mío pasaron unos pocos posts: los suficientes para comprobar que los textos de Justo Serna acostumbraban a dar en el clavo y mis gustos y opiniones no se diferenciaban demasiado de los suyos. Su blog pasó a formar parte de mis favoritos e intenté no pasar por alto ningún artículo, o recuperar los que por falta de tiempo había dejado de lado en su momento.

El formato de ese blog, en cualquier caso, difería bastante de la idea mayoritaria que uno tiene sobre este submundo: Serna escribía textos bastante extensos que en nada hacían referencia a sus peripecias personales. Entiéndase: a las anécdotas vitales y retazos de vida que pueblan la blogosfera y que convierten muchas páginas en diarios y bitácoras de gente común, y a quienes quizá su streap-tease permanente convierte en seres algo más identificables. La idea de superar el anonimato, ni que sea con pseudónimo, alegra a demasiada gente: millonarios por un día, los cinco minutos de fama. En un reciente artículo, Javier Marías se admiraba de la gente que conecta su webcam y enfoca los segundos vitales (las horas, los días y meses) de su aburrido devenir, la cotidianidad más rala y simple. Pero aún eran más admirables en su locura las personas que se conectaban a internet para seguir el día a día de esos seres mundanos y de sus platos por lavar, sus camas por hacer y sus bostezos retransmitidos en vivo y en directo. ¡Qué tiempo ganado si esa necesidad de conocer historias ajenas, de personajes actuando, se vertiera en la lectura de buenos libros, que proporcionan justamente ese material con vocación artística añadida! Pero el hiperrealismo triunfa, y la mayoría cree que va a encontrar más placer en el lecho de una muchacha desvergonzada que bajo las sábanas de Madame Bovary: placer inmediato para un presente fugaz.

Los archivos de Justo Serna eran, pues, de digestión lenta. No eran simples apuntes de consumo rápido, sino que algunos de esos textos tenían una cierta vocación de permanencia, y eso era lo que le daba un cierto aire de blog raro, ajeno a los usos y costumbres de los bloggers que pululan alrededor. Recojo una frase del autor publicada el 9 de enero sobre su oficio circunstancial: "Yo había ideado mi bitácora como un laboratorio de ideas personal, como un depósito en el que archivar ciertos análisis aún incompletos susceptibles de convertirse en ulteriores ensayos". Ese artículo, redactado bajo la excusa de escribir sobre "Periodista Digital", está en la base de la decisión tomada ahora de echar cerrojo al blog: y uno de los elementos que allí reseñaba, que ahora me interesa mucho resaltar, es el hecho de que esta moda o afición o como quiera llamársele tiene sus tuberías y conductos muy a la vista; sus cañerías que conducen directamente a las alcantarillas, quiero decir. Debajo de los autores que escriben y de los pocos o muchos lectores que con amabilidad aportan sus comentarios, hay rugidos y gritos de nicks que viven de ello: del ruido y de la furia. Viven de ello aquí, porque se supone que fuera de internet deben de tener algún trabajo provechoso pero seguramente aburridísimo. Si no, no se entiende la propagación de estos especímenes en tantas páginas y su voluntad inquebrantable de ser las moscas cojoneras que también tienen sus cinco minutos de gloria efímera. Por fortuna, este blog todavía ha sido ajeno al fenómeno (supongo que bastará con hacer referencia a ello para que las moscas se sientan atraídas por la miel, o acaso esto sea tan insulso que ni con promesas azucaradas vengan al panal, es lo más probable), pero hay lugares en que la rabia expulsa a todo inocente que se atreve a acercarse al asunto. El blog de Arcadi Espada es uno de los ejemplos supremos, en donde convive la opinión más civilizada con el retumbar del insulto y la humedad del salivazo. Mi limitado discernir no acierta a veces a comprender algunas cosas, pero acepto la imposibilidad de penetrar en las mentes de quienes reiteran sus visitas a determinados sitios con la única misión de provocar sismos: quizá es muy divertido pero no le veo gracia por ningún lado. Pero lo más increíble es que a un blog como el de Justo Serna también le salieran algunas tuberías del muro: gente que sistemáticamente discrepaba de todo cuanto allí se escribía (y que por tanto debieran buscar otras aguas en las que bañarse: yo no compro el ABC ni mando cartas a su director quejándome de que sean tan carcas) no cejaba en su empeño de regodearse en su propia bilis. Es un fenómeno colateral que habrá que analizar: ¿dónde estaba esa gente antes de que se crearan los blogs? ¿qué era de sus vidas? Porque parece que varios han encontrado el sentido de su existencia gracias al pataleo diario, y si cierra un blog, saltarán ágilmente al de al lado para insistir en su dosis de vitriolo crónico.

Pero lo que yo quería decir es que Justo Serna nos ha enseñado algo a muchos (bastantes más de los que le escribían, los comentaristas son pocos al lado de las visitas calladas) y es el aprecio por la palabra bien dicha, el apunte preciso y una selección de temas y asuntos nada gratuita. Esperemos que sea cierto eso de que algunos artículos terminen en ensayos más elaborados, pues creo que también somos muchos los que agradeceremos que ante tanta bulla haya un espacio para el reposo y la reflexión. ¿Quién dijo adiós? Hasta luego, Justo.

miércoles, 18 de enero de 2006

Nancites 6

1. La desaparición de "Lateral": otro signo más de los tiempos. Me sigue sorprendiendo la cantidad de revistas literarias y de pensamiento que pueblan los quioscos mejor surtidos. Jamás veo a nadie comprar "Revista de Libros" o "Letras Libres", y cuando llevo mi "Granta" a caja pongo cara de pedir perdón: es por ello que otra revista que cierra persiana no me viene de nuevo en absoluto. "Lateral" incorporaba los artículos que yo suelo pedirle a una revista de este tipo y a la vez era una de las menos manejables por su incómodo tamaño. Mihály Dés, su director, se duele de que en once años de vida la publicación no haya merecido un solo premio, siquiera figurar en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Cataluña. Lo mejor de todo, su sentido del responso: "¿qué demonios se puede decir en una ocasión como ésta que no sea afirmar la decadencia cultural y moral de Occidente, preguntarse dónde vamos a ir a parar, o clamar, con Edith Piaf, que non, je ne regrette rien?". Yo sólo lloré una vez por la desaparición de una revista, y era de crucigramas.

2. Hablando de revistas, los que vaguen estos días por Barcelona no dejen de pasar por "La Central" para inspeccionar una de las mesas de la sala principal: se trata de un pequeño homenaje a "McSweeneys", la publicación estandarte de la nueva narrativa norteamericana en forma de relato breve. Nunca hasta ahora había tenido el placer de palpar alguno de sus números, cuya búsqueda siempre había sido inútil en España. Ahora ya tenemos recopilaciones traducidas de algunos de los textos publicados anteriormente (David Foster Wallace, Jonathan Lethem, Rick Moody...), pero todos saben que la gracia de "McSweeneys" es extasiarse por cada uno de los diseños que inventa el editor. No hay un número de la revista que se parezca a otro, y si mi queja de "Lateral" era por su tamaño demasiado grande, lo de "McSweeneys" es la pura locura del arte contemporáneo aplicada a la página escrita: ejemplares en forma de pósters desplegables, cuentos escritos en el lomo, estuches con peine de regalo (hay un ejemplar de este número en "La Central", a ver quien es el primero que se lo lleva). Y es que leer, no sé si leeremos, pero divertirnos...

3. Enrique Vila-Matas, esta semana en "El País": "Hace unos días, entré en un diario-blog peruano de carácter literario y ese blog me llevó a otro, y acabé entrando en un tercer blog". La noticia podría ser que Vila-Matas lee blogs, como yo, pero no: la noticia real es que hay muy buenos blogs peruanos. En mi revisión de favoritos no suele escapárseme el Moleskine de Iván Thays, a través del cual llegamos a un sinfín de gente interesante: César Silva Santisteban, Javier Agreda, José Donayre, Santiago Roncagliolo, Luis Hernán Castañeda, Claudia Ulloa, Carlos Sotomayor, Patricia de Souza, Leonardo Aguirre, Luis Eduardo García, Gustavo Faverón, Paolo de Lima, Ezio Neyra, Alonso Rabí, etc. Por cierto, que a quien también hacía referencia Vila-Matas en su artículo era a Enrique Prochazka. Ya parece una liturgia virtual el que todos los blogs peruanos tengan enlaces entre ellos mismos, como un bucle infinito del cual es muy difícil salir, en una espiral endógena de nacionalismo extravagante. No me imagino a mí mismo incluyendo una columna a la derecha bajo el epígrafe "Blogs españoles", como si eso ya fuera por sí solo marchamo de calidad o planteamiento estético. ¿Hay algún peruano que pueda explicarme qué le pasa a Perú últimamente?

4. Viene algo floja la temporada: si lo más destacable va a ser la nueva novela de Pérez-Reverte, o la de Easton Ellis, mejor será regresar a los clásicos. Sólo me seduce algo el regreso de John Irving y un inédito de Amos Oz en Siruela. Y la reedición, por fin, de la única obra inencontrable de Bolaño en Acantilado: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce.

5. Lo más terrible para un escritor debe ser lo que a mí me ocurre con Antonio Gala: me interesa tanto lo que dice (infatigable conversador en "El loco de la colina", mordaz, incisivo) como tan poco lo que escribe (pedante, relamido, azucarado). En eso gana Mario: sigo leyendo sus novelas mientras pongo a cero el volumen de sus ideas políticas, y el silencio es de lo más relajante.

lunes, 16 de enero de 2006

Los Mendiluce

Recapitulemos: hace pocos meses comentaba aquí las impresiones de lectura acerca de Monsieur Pain y Una novelita lumpen, del maestro Bolaño. La primera es una novela que bebe de las fuentes de la literatura detectivesca, de los cuentos de Poe y de los ambientes del mejor cine francés: una historia muy original que plantea una búsqueda imposible y que acaba siendo un recorrido por la ciudad de París con ecos de su propio pasado surrealista. Destaca la maravillosa descripción de ambientes y la creación del protagonista, un hombre atormentado que se dirge hacia ningún lugar en busca de la resolución de un misterio que no acabará nunca de ser desvelado. La segunda novela es radicalmente distinta, por mucho que en el ya famoso diagrama queden extrañamente unidas: quizá más por su unívoca individualidad que por sus características comunes, y acaso por su trasfondo urbano de ciudades reconocibles. Aquí, Bianca es la heroína de esta historia de aprendizaje que recibe los golpes del destino, y como ya dije anteriormente (perdón por la autocita), "va deslizándose con enorme frialdad por ese túnel que separa lo infantil de lo adulto, en un ambiente de calculada hostilidad, y ante eso antepone su aburrimiento y su laissez faire, que nos contagia". Una buena manera de introducirse en la cosmología de Bolaño, sin duda.

Ahora estoy entrando en una tercera obra, La literatura nazi en América. Y digo bien, porque una de las mejores ventajas que tienen los blogs es la posibilidad de ir haciendo crítica literaria como un work in progress, a medida que se van pasando páginas. Puede que haya diferencias entre la primera impresión que nos causa un libro y el dictamen final que hacemos una vez que el lomo ya luce en la estantería. Por eso me gusta dejar ideas después de las primeras cuarenta o cincuenta páginas, con el riesgo asumido que eso supone para la credibilidad del autor que las suscribe, pero como ya sabemos a qué juego jugamos, mi salto es con red. Tengo la nueva reedición de Seix-Barral, y poco añadiré sobre la portada a lo ya dicho en la web de referencia para estos asuntos: el oportunismo y la nula creatividad de los diseñadores apostaron por la relación fácil entre título y foto, y ahí está el resultado.

La primera impresión de esta novela (¿novela?) no es tan directamente positiva como la que tuve con las anteriores. Y el énfasis que le voy dando a este carácter circunstancial o provisional de mi veredicto está calculado: creo que mi opinión al terminarla será mucho más benevolente. La razón es sencilla: es muy difícil opinar sobre un trabajo creado a partir de breves piezas que, para su comprensión total, requieren de una lectura completa. Estamos ante una colección de pequeñas biografías ficticias que, tomadas de una en una, no pasan de ser pequeños ejercicios literarios sin mucha enjundia, y quiero creer que una visión de conjunto ofrecerá elementos para contribuir a su descripción como obra total. No hay duda de que Bolaño tiene el don de la palabra: cada frase está en su lugar y cada idea nos mueve hacia alguna sensación o gesto (una sonrisa, asco, intranquilidad, duda), pero una novela no puede basar su armadura (y el guerrero que lleva dentro) en una colección de lectores arqueando cejas o sintiéndose intranquilos. Hace falta trabarlo todo con una mayor complejidad y alcanzar la categoría de obra que construye espacios propios, personajes insustituibles y que aborda los grandes temas de la humanidad. Ahí es nada. Y estoy seguro (ahí va la apuesta) de que Bolaño lo hará también en este libro: para ello dejaré que las hojas vayan deslizándose entre mis manos hasta un próximo comentario.

Mientras, me quedo con lo puesto. Arranca La literatura nazi en América con las biografías de la familia Mendiluce, argentinos de temprana vocación literaria, viajeros más o menos forzados y con conexiones ocasionales con la política nacional e internacional. Tanto en los casos de Edelmira, como en los de Juan o Luz, hay un repaso exhaustivo a sus obras publicadas, título a título y con comentarios sobre su recepción. Motean estos listados pequeñas escenas de cada una de las vidas, y tan sólo una de ellas se repite como elemento de conexión: la proximidad con el nazismo, de tipo personal en algún caso, y que se proyecta en frases más globales tildando a ciertos grupos estilísticos con este adjetivo ("pronto los nazis, los resentidos y los problemáticos pasan, en masa, a ser neogauchescos"). De todo ello no es fácil discernir lo puramente banal, lo que sobrepasa la simple anécdota o lo que adquiere una cierta categoría de elemento perdurable. Al tratar un género tradicionalmente ensayístico con las herramientas de la ficción, se crea en el lector una cierta incomodidad muy curiosa: leemos cosas de gente a quien no conocemos de nada y de quien probablemente tampoco nos interesa nada de sus vidas, pero la magia de la escritura de Bolaño hace que sigamos leyendo. Todo lo que se cuenta es verosímil hasta el límite, incluso las situaciones más estrambóticas (por ejemplo, la recreación real de la habitación de Poe por parte de Edelmira, en un pasaje muy lastrado por la lista de elementos decorativos que la conforman. Y no está de más añadir que la nueva aparición de Poe nos remite al mundo de Monsieur Pain y quién sabe si a futuras novelas que leeré). No dudo de que caracterizar personajes hasta este extremo sea una tarea compleja, y más cuando hay parentesco entre ellos y por tanto elementos de unión que siempre hay que tener presentes para no entrar en contradicciones. Pero me parece mucho más fácil, por decirlo de una manera un tanto informal, que pergeñar una trama con esos mismos personajes interactuando: y las biografías de los Mendiluce, al menos hasta ahora, se me ofrecen más como listados cronológicos de hechos que como caracterizaciones abiertas.

¿Supone lo dicho hasta aquí que no recomiendo su lectura? Para nada, claro. Quiero saber qué más les ocurrirá a esta u otra saga, pero por encima de todo, a dónde quiere llevarnos Bolaño. Aunque me temo (ay, a ver si voy a perder la apuesta) que, como le pasaba a Pain, nunca acabemos de encontrar lo que supuestamente buscamos, la trouvaille, sino que la propia búsqueda y el propio discurrir sean la causa última de nuestro desvelo. Y, cómo no, de nuestro placer que, como lectores, sentimos siempre ante cada nuevo Bolaño.

viernes, 13 de enero de 2006

Ser joven en Madrid

Hay veces en las que una asociación de ideas o un vínculo inesperado produce sorpresa incluso en quien lo ha generado. Quiero decir que hace pocos días estaba frente a una pantalla viendo Match point, la última película de Woody Allen, y a los diez minutos ya tenía en mente la tetralogía de Anthony Powell. Fue una idea fugaz, como un pensamiento que cruza nuestra mente con insensata rapidez, pero que deja su huella y ahí permanece durante el resto de la filmación. Cabe decir que disfruté la película y especialmente su brillante guión, una historia aparentemente anodina de cruces y celos repetitivos pero que en manos de ese perspicaz autor que casi siempre es Allen (lástima que siempre se repita bastante a sí mismo, lástima que jamás tenga un freno a su desbocada producción de un título anual) se convierte en una pieza muy redonda y con pinceladas de inteligencia muy sutil. Pues estaba yo en esas cuando se me apareció de repente el genio y la fuerza de la prosa de Powell: sin duda que la ambientación londinense ayudaba al efecto, y por encima de todo sus personajes de clase alta preocupados más por su apariencia y por la vertebración de sus relaciones personales que por establecer metas claras hacia donde dirigir sus vidas. El protagonista de Match point es todo un Jenkins: un joven que logra meterse en el ambiente de una aristocracia de la city venida a menos, y cuyas desventuras seguimos con interés pese a la aparente frivolidad que destiñe todo cuanto ocurre. Pero esa visión instantánea no hizo decaer para nada mi interés estrictamente cinematográfico (más bien al contrario: desde ese momento quedé atrapado por la pantalla, quizá esperando la aparición de Templer o Stringham en cualquier momento, quién sabe si del mismísimo Widmerpool), y recuperé la fe en ese Allen que ya desde Delitos y faltas me convenció de ser uno de los mejores guionistas que corren por América. Una América muy europea, ciertamente.

Lo cuento desde Madrid, por donde camino y no dejo tampoco de sorprenderme. Cuando paso por delante de los teatros de la Gran Vía y otras céntricas calles me asombro de ver los mismos nombres de hace cincuenta años, o cien: Pedro Osinaga, Paloma San Basilio, y hoy van a cantar los jovencísimos Víctor Manuel y Ana Belén... Jamás pasa el tiempo en esta ciudad, siempre encuentro las mismas carteleras en todos los viajes. Y además de los siempre infaltables andamios y vallas por dondequiera que vaya, hay un cierto aroma de espacio petrificado, de calles también detenidas en un lapso concreto, como si desde mi última visita hubieran echado el telón y ahora, en mi regreso, se hubiera levantado con pereza para ofrecerme las mismas colillas en la acera y los mismos vermús en los bares, todavía con la marca de los mismos labios en el borde del vaso. No sé a qué es debida esta sensación, ni si tiene algún amarre coherente hacia lo real: pero no suele pasarme con otras ciudades, y quizá menos que ninguna con Barcelona. Sin considerarla un portento de modernidad, todavía consigue en cada uno de mis regresos ofrecerme alguna sorpesa a la vuelta de la esquina y hacerme sentir que el tiempo pasa. En Madrid siempre recupero años: si la San Basilio todavía canta o actúa será, pues, que todavía puedo considerarme joven.

No podré pasearme por librerías ya que la visita es corta y apremian algunas exposiciones que quiero solventar con rapidez. Tampoco me voy jamás de Madrid sin haber estado, siquiera una media hora, paseando por esa maravilla urbano-rural que es el Parque del Retiro. Aquí sí que las comparaciones se decantan hacia el otro lado: mientras lo único comparable en Barcelona sea el Parque de la Ciutadella (un espacio con ciertas ínfulas afrancesadas, con mucho paseo y poco camino, con demasiado orden) el Retiro sigue estando entre mis caminatas preferidas, con su tamaño levemente inabarcable y sus rincones perfectos para la lectura lenta. Tuve la fortuna de hacer el trayecto aconsejable para todo viajero: de pequeño admiré lo más olvidable (barquitas en el estanque, migas de pan para los gorriones) y ya de mayor me quedé con la sustancia y con los detalles que superan la anécdota turística. Aviso para navegantes: llevo bajo el brazo un ejemplar de La literatura nazi en América, de Bolaño: muy pronto hablaré de ello, preveyendo que ya sentaré cabeza y trasero al menos en las próximas seis semanas.

También he podido comprobar una vez más que los funcionarios públicos, especialmente ciertos cuerpos de seguridad, siguen insistiendo en su estupidez infinita. No sirve de nada que uno acuda a ellos con su mejor sonrisa y su más estilizada simpatía: la respuesta que ofrecen siempre suele depender del pie con el que se han levantado ese día, casi siempre el izquierdo. Estas calles ministeriales están repletas de uniformados en perpetuo estado de guardia y creo que a cada momento me siguen varios individuos de paisano. Pero lo peor es su incapacidad para introducir una semilla de vida en su triste quehacer de guardianes de lo legal. Esta mañana no he podido despedirme como se merecía de la persona que acompaña mi andadura vital, pues el aeropuerto de Madrid también está fagocitado por esta plaga de seres rectilíneos. No hay favores que valgan: usted no puede cruzar esta línea, usted no tiene el pase que se requiere, usted ya ha recibido un sello oficial y tiene que obedecer. Usted. Me pregunto si al regresar a su hogar siguen estampando sellos en las paredes del cuarto de baño: me imagino que toda su rabia contenida de funcionarios lagrimeantes debe digerirse en algún lugar, porque no se explica tanta obcecación y tanta furia inútil. Pero a pesar de todo, en el pasillo o en cualquier escalón, siempre habrá un beso y un hasta luego para la persona a quien se ama, que ni el más desencajado policía de la moral puede impedir: así fue esta mañana, y la literatura al final nos redimirá a todos.

jueves, 5 de enero de 2006

Names, names

Ha sido también el año de la generación Granta: casi todos han publicado novedad en 2005, por lo que si hablamos a nivel nacional, quizá los británicos han sido el grupo de moda. Bien publicitados, han tenido a sus primeros espadas en cualquier lista de éxitos: Ian McEwan ha triunfado en Estados Unidos, en España se ha vendido bastante bien lo último de Ishiguro o de Amis... Hasta que llegó Rushdie. Todavía me recuerdo adolescente, cuando compré un ejemplar de Los versos satánicos (el de tapa azul con una estrella en las primeras páginas, cada punta de la cual era el nombre de una de las editoriales que lo habían coeditado solidariamente) y lo fui paseando esa misma tarde por mi pueblo, bajo el brazo pero procurando que fuera bien visible el nombre del autor. Era la manera de mostrar también mi apoyo al escritor, y por qué no, de ofrecer mi mejor imagen intelectualizada de joven con pantalón raído y tomazo literario. Con guiño antifundamentalista, claro. No lo pude leer del todo: era un libro complejo y quizá con comprarlo ya había cumplido con mi laica misión de lector comprometido. Ningún otro libro suyo posterior consiguió entusiasmarme, hasta que he ido recibiendo las primeras críticas de amigos lectores y de críticos fiables sobre Shalimar el payaso. Creo que será compra obligada, y uno de los momentos importantes de este cambio de año. Para el 2006 espero con cierto interés lo nuevo de John Banville, The sea.

¿Y qué decir de Houellebecq? Me atrae el odio que suscita: a estas alturas del partido, que un escritor genere tanta bilis y tanta tinta tonta también es de agradecer. Su salto a Alfaguara era de cajón, pues un escritor mediático merece la multinacional más potente, y estoy seguro que en pocos meses llegarán ejemplares a Nicaragua, cuando ya se salden los volúmenes no vendidos en otras partes. Asumo que con Plataforma llegué a pensar en un nuevo hallazgo literario que perduraría, pero esta isla posible me temo que sea un bluff de nuestro engreído particular. El análisis de la portada original destaca su fealdad: pero sobretodo el aburrimiento de un crítico que encontró el libro tirado en un banco de un parque.

Otro grande, Roth, que no necesita tantos aspavientos, ha vuelto con La conjura contra América, y un texto certeramente publicado en el blog de Portnoy sobre su génesis. Vale la pena copiar estas palabras: "El libro arrancó de manera inadvertida, al modo de un experimento improvisado. No lo tenía en la cabeza ni era el tipo de obra que pretendía escribir. El tema, por no hablar del método, jamás se me habrían ocurrido por mí mismo. Con frecuencia escribo sobre cosas que no acontecieron, pero nunca sobre hechos históricos que no tuvieron lugar". Y Coetzee, cada vez más impactante y más auténtico, de quien Lukas ha ido dando destellos en su blog. Cada vez se me hace más improrrogable penetrar en su cosmovisión de esa Suráfrica tan cruda y tan real, con una prosa concisa hasta lo indecible.

He visto en las listas a Murakami, aunque me descorazonó una entrevista que publicó "La Vanguardia" hace un tiempo. Dijo: "Me gustaría reflejar el vacío del consumidor y la abundancia espiritual, escribir sobre eso tiene bastante sentido". Uf: no sé, en cambio, si leer sobre eso tiene mucho sentido. Y también: "Cuando escribí Tokyo blues sucedió exactamente la misma cosa. El único trabajo era perseguir sus voces. Fue divertido. Me gusta creer que soy bastante bueno en eso". Felicidades, maestro.

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Es hora de irse a la montaña: todo el mundo regresa a sus puestos, y este lector peregrino huye a las nieves por unos pocos días. Después de la hibernación resucito en Madrid: desde allí les cuento algo.

lunes, 2 de enero de 2006

Nombres, nombres

Los suplementos literarios han buceado, como cada fin de año, en las profundidades de la edición y han escogido los ejemplares más destacados de cada especie. Hay muy pocas sorpresas, y se repiten nombres en cada periódico: debe ser la muestra de una cierta apatía narrativa que nos aqueja. 2005 dejó pocas obras de verdadero peso en la novela española, y sigue siendo muy minoritario todo lo que intenta apartarse de una moda concreta, o de una manera de escribir excesivamente vinculada a unos hechos o a una trama, con el lenguaje cinematográfico siempre tan presente. De los nombres apuntados, y en parte debido a mi habitual lejanía del territorio español, hay algunos que reconozco como muy ajenos. He podido leer elogios a lo largo del año en esos mismos suplementos, críticas que ya los habían elevado a los altares unos meses atrás, pero no acabo de ver la necesidad de leerlos, o de encontrar el tiempo para meterme en ellos.

El primero es Ramiro Pinilla y sus monumentales volúmenes de Verdes valles, colinas rojas. La creación de espacios geográficos perdurables y legendarios siempre me ha parecido una proeza al alcance de pocos, si eso se acompaña de una verdadera armazón literaria que lo aguante. Tener una muestra en español de un territorio también peninsular debería ser un motivo para el regocijo: también Celama es un intento de envergadura en esta línea. Pero sigo esperando que alguna de las personas de quien me fío en asuntos narrativos me hablen de Pinilla, y por ahora todo es silencio. También en los blogs: no veo recomendaciones entusiásticas, y por eso ahora estas listas de recomendados se me aparecen como algo contradictorias: meros nombres que reciben el apluso unánime de críticos, pero una repercusión cercana (la que a mí me interesa) casi nula.

Nada de eso pasa con otros dos nombres recurrentes: el de Vila-Matas y el de Cercas, tan citados en esta senda. Sus Doctor Pasavento y La velocidad de la luz no sólo han tenido el bombo mediático previsible, sino que han estado acompañados de ventas relevantes. Pero que estas dos obras aparezcan como estandartes de un hit parade anual puede ser un síntoma claro de lo que también nos pasa: la autoficción y la posmodernidad ya tienen quien les quiera, y necesitamos escritores autóctonos a los que podamos pegarles la etiqueta de originales, o un marchamo de calidad que buscamos debajo de los grimpows de cada temporada. O sea, que si Vila-Matas no existiera tendríamos que inventarlo porque una literatura nacional no pude vivir sin uno, y si es posible, mejor con dos.

También es recurrente la última obra de Martínez de Pisón, Enterrar a los muertos, que ha hecho el salto hacia Seix Barral. Cada año oigo hablar del boom de la Guerra Civil, de una nueva hornada de novelas que recuperan la memoria y que por fin elevan el conflicto bélico a material narrativo de primera calidad. Se habló de elló con Cercas y con tantos otros. Pero me temo que sea tan sólo la necesidad taxonómica de los críticos quien obliga cada año a crear modas, a unir autores que sólo han creado obras personales y que no se adscriben a ninguna corriente pasajera. De hecho, no veo a autor más alejado de la novela histórica que a Martínez de Pisón, al menos hasta ayer: pero esto no borra que quizá ahora haya escrito su mejor trabajo.

Otro plato fuerte es el de Carlos Marzal, poeta reconvertido momentáneamente a novelista: en este caso mi ignorancia ya es absoluta. No voy a adentrarme en su tremenda Los reinos de la casualidad porque me faltan todos los elementos de juicio posibles: quizá algún lector que pasee por la senda pueda dar algún aviso sobre el libro. Pasa lo mismo que con Pinilla: ¿hay lectores en este país dispuestos a sumergirse en obras de 700 o 1.000 páginas de autores sin aura mediática? ¿Se pueden asumir esos riesgos editoriales todavía? Al menos, si la respuesta es afirmativa, puede ser una de las buenas herencias que nos deje este 2005.

Un apunte final: veo en "El Cultural" que nombran a Fernando Aramburu y su novela Bami sin sombra. Tengo un grato recuerdo de un avance que publicó "Granta" en 2004 de este libro: una escena extraordinaria de una niña y su maestra, un recorrido en coche hacia una ciudad desconocida y una tensión soberbia entre el silencio de los personajes. Es sólo una recomendación parcial, insuficiente.

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Ayer, en La Central. Una chica joven pregunta por Coelho, y el vendedor la acompaña hasta un estante escondido, bajo una mesa. Por eso me gusta La Central: tienen a Coelho muy bien enterrado. La chica pide dos ejemplares de El zahir, como quien pide filetes. También dos más de Once minutos, aunque de esta obra ya sólo queda un ejemplar. Así, con la librería aliviada de papel, paseo con ánimo renovado por este lugar, que en Navidades también sufre un verdadero empacho de azúcar y celofán.

jueves, 29 de diciembre de 2005

Nancites 5

1. El próximo 2 de enero llega a Managua Mario Vargas Llosa y no me encontrará. Me suceden estas cosas a menudo: algunas veces para bien (es raro que un pequeño sismo pueda pillarme in fraganti, suelen acontecer cuando yo estoy lejos del epicentro, y eso que la ley de probabilidades juega en mi contra), y en este caso supongo que para mi desgracia. No es que tuviera la más remota posibilidad de encontrarme con él, claro, pero me gusta estar en los sitios en los momentos oportunos. Mario pasó en los ochenta por Nicaragua, cuando ya estaba lanzándose a los brazos del liberalismo más crudo, pero entonces el mérito era nulo: todo el mundo viajó allí entonces, cuando se podía soñar. Ahora sí es noticia que un escritor extranjero y de tal fuste pise esas tierras. Sergio Remírez, en un reciente encuentro que tuvo con el peruano en algún congreso internacional, le comentó las alianzas que hay ahora entre la iglesia más rancia y Daniel Ortega. Hizo lo que haría cualquiera: se puso a reír en primera instancia, y puso cara de hombre atónito en el segundo acto, cuando comprobó que su interlocutor le hablaba en serio. Mario llega a la Nicaragua del siglo XXI, la posmoderna, para recibir la orden Rubén Darío, y eso va a ser noticia. Llega el novelista al país de la poesía oral, cuando la épica ya hace tiempo que abandonó los lagos y los volcanes: oportuna decisión la suya.

2. Me abruma tanto dragón y tanta mazmorra en las portadas: sigo paseando por librerías y observo la resurrección de la literatura fantástica como quien ve maracuyás en el mercado. Leo también que hay varios autores españoles detrás de la moda, y que algunos ejemplares llevan vendidos bastantes millones de copias. Estoy abrumado, sí, pero me alegro por la literatura. Repasando blogs he visto la mención de Lukas a los libros que pertenecen a una época de nuestra vida. Yo también tuve mis acercamientos a King, Lovecraft, ¡incluso me adentré en el Caballo de Troya que a todos nos arrastró inmisericordemente! Pero ahora, además de todos los afortunados que irán descubriendo el camino del placer a partir de estos atajos (ya llegarán a las sendas) hay una corriente de opinión, me temo, que intenta situarlas al mismo nivel que toda la literatura restante. El efecto Narnia no deja de tener desde esta óptica su apunte preocupante: confundir el lenguaje y la arquitectura literarias con las tramas de artificio no puede ser otra cosa que una estrategia comercial. No hay lectores tan simples que vayan a comparar pasteles Bimbo con bombones Godiva, pero la publicidad es el elemento mágico que los puede situar al mismo nivel. Qué digo: Bimbo debe ser mucho mejor, porque se escucha más su nombre. Ahora no sólo se escribe literatura fantástica, sino que los suplementos literarios de la prensa los ponen en portada, las librerías (con las excepciones de siempre, claro) los exhiben con descaro y el cine pone la apostilla final. Una buena estrategia, siempre y cuando se presente como lo que es: turrón y mazapán para estas fiestas.

3. Millones de blogs, pero sólo un puñado han unido por ahora a los dos maestros. No me he atrevido a buscar los resultados de Grimpow, por si acaso.

4. 2006: el año de Trinidad-Tobago. Que sea muy feliz para todos ustedes.

martes, 27 de diciembre de 2005

Aterrizajes y despertares

No, no es que el jet-lag haya sido tan largo: sólo los imponderables habituales, el regreso a una cierta monotonía que nunca acaba de llegar, las infinitas sobremesas compartidas de risas y desvaríos en estos días de empachos. En todo este paréntesis ha habido tiempo para hacer crujir las maderas de La Central (y sopesar a Genji, comprar el último "Granta") y también para acercarme al horror, a su metáfora perfecta: una maleta que no aparece por la cinta y la posibilidad de extraviar de manera quizás definitiva lo que contenía, algunas de las últimas lecturas ya comentadas en la senda: Una novelita lumpen, de Bolaño; Las bailarinas muertas, de Soler; Tiempo de fulgor, de Ramírez... Era el regreso a casa de estos ejemplares, dispuestos a ser colocados en su estante correspondiente y gozar de un merecido reposo en la biblioteca oficial, la barcelonesa. Dos días duró el vértigo, al cabo de los cuales llegó a casa el equipaje intacto y el respiro de este lector fetichista. Ya están en su lugar alfabético y ya terminaron mis pesadillas de pilotos cruzando el Atlántico con el automático encendido y gozando en la cabina de las desventuras de Bianca, mientras yo (triste pasajero de clase turista, "pasta or chicken") debía conformarme con la lectura de ese aspirante a periódico que ahora regalan en los vuelos de Iberia.

Desde que en Iberia ya no reparten "El País" se llega mucho más tarde a España. Antes ya notaba el efluvio ibérico con solo leer aquello de "diario independiente de la mañana", poniéndome al día de lo que me esperaba unas horas después. He llegado a leer tres diarios distintos en una misma ruta: saliendo de Managua con la fecha del dia de ayer, cruzando el océano de noche con "El País" salido esa misma mañana, y llegando a Barcelona desde Madrid con el periódico del siguiente día, con tinta fresca. Es una experiencia curiosa, ya perdida quién sabe si para siempre: el mundo giraba, los sucesos iban acaeciendo (he leído de atracos misteriosos cometidos cuando salía de Managua y ya en Barcelona los ladrones estaban en su celda; he visto declaraciones de presidentes un lunes, contestadas el martes y vueltas a replicar el miércoles; o un cantante anunciaba un concierto para esa noche y yo aterrizaba leyendo la crítica y la crónica del evento) y yo sin bajarme del avión, sobrevolando los hechos y sintiéndome fuera del tiempo, o acaso siempre por encima de él. Ahora regalan no sé si "El Universal" o algo así, una más de esa plaga fétida de prensa gratuita que inunda los metros y las papeleras de nuestras ciudades.

Pero quién se resiste, con diez horas por delante, a echarle una ojeada al papel. Me enteré entonces del nuevo descubrimiento: ya se sabe, porque algún investigador desocupado lo ha puesto de relieve, que existe un método que explica el éxito mundial de las novelas de Agatha Christie. Es una noticia que se repite de vez en cuando, con ciertas variables. Otras veces se habla de una computadora que puede escribir ella solita best-sellers, por ejemplo. Es la gran obsesión por encontrar la fórmula matemática que describa el éxito, ya sea literario o de otro tipo: una obsesión nada banal, supongo, pero rigurosamente imposible. Es la misma razón por la cual existen incontables recetarios de cocinas y muchos menos cocineros que las conviertan en platos suculentos: justamente lo que no aparece en la receta, lo que queda fuera de la fórmula, es la clave del éxito. Lo mismo le sucede a Agatha Christie: no es que fuera capaz de juntar palabras a partir de un mecanismo pautado (como sugiere el bobo descubridor) sino que el conjunto de su trabajo atraía a millones de personas gracias a un aliento literario del que carece la mayoría de mortales, ordenadores incluidos. Lo subrayaba con gracejo Vila-Matas en la edición dominical de "El País": parece que la fórmula se basaba en este caso en utilizar frases breves cuando llegaba el clímax de la novela, en los capítulos finales. Eso, según nuestro Sherlock, facilitaba la lectura y atraía a los que habitualmente no se acercan a los libros. Pero ay, no se dio cuenta el sabueso de que para llegar a las frases cortas había que leer antes 150 páginas llenas de frases más largas, con lo cual la teoría se desmorona como un castillo de naipes. Pero no hay de qué preocuparse: pronto llegará alguien que contará el número de asesinatos ocurridos en sus novelas y llegará a la sabia conclusión de que ese número es psicológicamente la causa por la que todos hemos leído Diez negritos sin apenas pestañear. Lo dice la ciencia.

Pero no hagan caso de este post: es para anunciar que sobrevivo todavía, sin tiempo para abrir ninguno de mis blogs preferidos y saliendo de un duermevela algo dilatado. Pero debo reconocer que me he encontrado las flores de la senda en perfecto estado, y compruebo que puede seguir siendo placentero el caminar por aquí. Respiro hondo, y avanzo.

viernes, 16 de diciembre de 2005

Un padre y un hijo


Yo entonces no sabía lo que era un blog, si es que existían. El artículo lo leí a través de Internet y tuve que imprimirlo para hacer otra lectura más pausada, con la seguridad que dan el papel y el tacto: supe que acababa de leer algo emocionante, así de simple. Tengo una carpeta llena de artículos de Javier Marías y por eso jamás compro sus recopilaciones en formato libro, me basto con esa minuciosa selección, ordenada por fechas, que se acumula en una habitación barcelonesa. Pero al lado de sus manías personales, de las ironías contra los sucesivos gobiernos españoles, de sus obuses contra los funcionarios madrileños, incluso de sus paseos por tumbas inglesas, ese artículo tenía algo de lo que carecía el resto: una sinceridad y un nivel de verdad tan luminosos que cualquier lector mínimamente sensible debía sobrecogerse ante la natural inmediatez de las palabras: el hijo habla de su padre. Así de simple, también. Coleccioné ese artículo aparte, para tenerlo a mano en alguna otra ocasión, y pensé: el día en que ese padre falte, el mismo día en que el tiempo nos muestre su negra espalda, entonces habrá que volver al texto y publicarlo en algún lugar. Cinco años después (Así que pasen cinco años, ya lo dijo Lorca: mañana se cumple con abrumadora exactitud el aniversario de publicación) este humilde blog cumplió la promesa personal que me hice. El acto fue casi reflejo: caen en mi mañana tropical las primeras noticias, voy leyendo crónicas, las palabras de la gente que siempre está ahí, los ecos de la red, y voy a buscar el artículo en la llamada página oficial. Imposible añadir nada a esas líneas tan sentidas y tan sabias, pues pertenecen al territorio de lo humano y de lo personal.

Como es de suponer, ahora no me interesa hablar del Julián Marías ensayista, filósofo, pensador. Mis lecturas del autor son más bien oblicuas, instigadas por la recomendación universitaria o el marasmo intelectual que a todo joven aqueja. Yo quiero hablar de un padre y de un hijo, de esa tan especial relación entre dos personas que tienen su rol muy bien definido y que van creciendo a ritmos dispares: el uno envejeciendo y el otro madurando, el uno transmitiendo experiencias e historia vivida y el otro absorbiendo ese caudal para retenerlo, adquirir conocimiento y también ponerlo en duda. Hay varias etapas en la relación, que se profundiza con el tiempo: cada quien guarda memoria de instantes de cada una de ellas, en las que el hijo escucha, pasea con el padre, lo interroga, le discute algo, sonríen ante una buena escena de un western, se levantan del sofá por esa jugada magistral del delantero centro, leen en la mesa un periódico cada uno, hablan con el perro, y en todo caso saben que ahí están, siempre cerca y asumiendo su espacio en la relación familiar. Jamás la edad rompe el vínculo: el hijo sigue siendo hijo, por varias décadas que hayan transcurrido y por otros hijos a su vez que haya tenido.

Pero después llega la conciencia de la desaparición, la certeza de que el padre agota su última etapa y lo vamos notando en cada pequeña anécdota y en cada detalle de la persona. Habla Marías del andar tenue y de ese destello orgulloso del que se niega a usar bastón (todavía la razón paterna, el negarse a no transigir frente a los embates del tiempo), el apagamiento invisible pero tenaz de quien nos ha protegido y ha sido referente. De ese abismo es del que me interesa hablar: del hijo que un día se levanta de la cama y se sabe solo. No solitario, pues le rodea gente a quien ama y que también vela por él. Solo porque, por mucha rebeldía que haya protagonizado junto a su padre (contradiciéndolo, negándole su razón, siendo hijo de otra época) se encuentra de pronto sin la seguridad que en los peores momentos le puede brindar quien le ha formado y constituido. ¿A quién preguntar, a quién revelar un fracaso, o un mal momento, o una dificultad? Los demás compartirán con nosotros el mal trago, incluso nos apoyarán ciegamente. Pero la voz del padre resultaba (solamente su tono, su firmeza, su aliento que nos transportaba a la infancia) un remedio infalible.

Veré a mi padre en pocos días: mis viajes constantes obligan a postergar nuestros encuentros, cuyos primeros y últimos abrazos tienen últimamente el decorado de los aeropuertos. Su andar tenue también es mi conciencia del presente que huye, de la necesidad de ir reteniendo todo aquello que todavía nos queda por vivir juntos, durante las semanas de reencuentro mútuo. Diez años atrás, mientras le veía alejarse desde las escaleras mecánicas que conducen al control de pasaportes, sus zancadas eran amplias y ágiles. Ahora desaparece de mi visión con la lentitud del caminar moroso, más esforzado. Pero todo se compensa, al igual que lo descrito por Javier Marías, con su capacidad de discurrir y mantener su indignación ante lo que le indigna, su buen humor, sus ganas de incidir todavía en la vida de sus hijos y su preocupación constante por ellos (para él siempre somos futuro. "¿Qué será de ellos?", cuando ellos ya caminan hace tiempo). Eso es lo que nos separa del abismo: su determinación de seguir influyendo en las personas a quienes ama y no perder jamás su responsabilidad de padre. Esta es también, como la de quien cinco años atrás escribía un artículo sensible y luminoso, una celebración particular.

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On time:
19 DEC MGA-BCN 3:20PM

Regresamos por la senda después del jet-lag.

jueves, 15 de diciembre de 2005

Julián por Javier


El artículo que todo hijo hubiera querido escribir sobre su padre.

Seguramente no hago bien al escribir este artículo: no me gusta ser indiscreto ni impúdico -eso que hoy parece virtud, de tan practicado-, y me será difícil no resultarlo, me disculpo de antemano. Vaya en mi descargo que acaso muchos de ustedes se encuentren o se vayan a encontrar en situación parecida, y que quizá mi estado de ánimo y mis comentarios sean compartidos en silencio, porque normalmente "de estas cosas no se habla", y a lo mejor no está de sobra que, por una vez, alguien las hable.

Lo cierto es que hoy es un día de celebración para mí, porque mi señor padre, que en junio cumplirá ochenta y siete años, ha ido a dar su primera conferencia en nueve o diez meses, y no se ha cansado, me ha dicho al teléfono, y ha regresado con bien a casa. Por primera vez desde que tengo memoria, padeció el pasado abril lo que comúnmente se llama un achaque. Su salud ha sido siempre insultante para los demás, incluidos sus hijos, hasta el punto de que nunca había guardado una jornada de cama ni jamás ha visitado al dentista, proeza sobrenatural en esta época con tanto dulce. No fue nada grave, pero sí hubo de ser operado y convalecer largamente. Tal vez por eso, por estar él tan mal acostumbrado, lo vi languidecer, y perder movilidad, y ceder ante la pereza, sufrir un bache del que mis hermanos y yo nos preguntábamos si saldría. Durante este tiempo lo hemos observado de manera distinta de cómo lo habíamos mirado siempre. Eso sí, disimuladamente, pues nada lo habría irritado y apesadumbrado más que notar en nosotros algo parecido a la lástima, que no a la preocupación, la cual sí consentía. Y cada vez que se ponía beligerante o aun indignado, lo tomábamos por buena señal y por un avance, aunque ello supusiera tener que soportar algún chaparrón dialéctico malhumorado.

Sería absurdo negar que en esas circunstancias, sobre todo si le son nuevas a uno pese a la ya larga edad del padre, se piensa en la posible muerte de la persona. O en un quizá más temible, gradual, irreversible apagamiento. Y uno toma mayor conciencia de algo consabido y obvio, pero que a menudo fingimos ignorar u olvidarnos, la unicidad de cada persona. En los hijos es casi connatural el egoísmo. "Lo que no le pregunte ahora al padre, luego ya nunca podré saberlo", piensa uno. Pero no es sólo que se prevea la futura falta de consejo, sino que es algo más, ya no tan egoísta y que atañe sobre todo al amenazado o enfermo, no a uno mismo. Lo que esa persona sabe, desaparecerá con ella. No tanto sus conocimientos -que también, y que son igualmente únicos por muchas enciclopedias que existan-, sino lo que sabe por haberlo vivido y pensado. El cúmulo de recuerdos, imágenes, ecos, situaciones y escenas, agravios y penas, conversaciones y risas que poseemos todos y que es lo que nos constituye, lo que nos da identidad y nos permite llamarnos "yo" desde que adquirimos conciencia cesa; ese cúmulo personal, intrasferible e irrepetible queda un día borrado entero, casi como si no hubiera existido. Algunos escritores -y otros que no lo son- guardan eso parcialmente y lo ponen por escrito, como mi señor padre hizo en sus memorias, hace ya tiempo. Pero eso es sólo un desvaído reflejo, y en todo caso la mayoría de la gente carece de tiempo, facultades o ganas para acometer tal tarea, contar no es tan fácil como parece. Y además ¿quién no se pregunta si sus recuerdos podrían interesar a nadie más que a sí mismo? Y mucha duda lleva a abstenerse.

Durante estos meses en que he visto a mi señor padre con sus andares tenues, negándose a utilizar bastón "porque eso es de viejos o de afectados", alicaído a ratos y falto de actividad frenética (la suya habitual), aunque no de la intelectual en ningún momento, he tenido la frecuente tentación -en la que más de una vez he caído- de sonsacarle cosas de su pasado, de la Guerra, de sus aprecios, de la vida que él conoció de otra época, nacido como fue en 1914, el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial, figúrense, qué remota. Cuanto le he escuchado, con más avidez de la acostumbrada, ha sido interesante, a menudo apasionante, siempre único. Y me ha llevado a pensar en los muchos ancianos que nuestra sociedad presuntuosa tiene desaprovechados, sin hacerles caso, huyéndolos cuando se atreven a querer contar algo, considerándoles inútiles y una carga, aislándolos, dejándolos que se pudran en el sentido coloquial y en el literal del término. Quizá mi señor padre cuente con un bagaje superior al medio, una vida entera ordenando conceptos y palabras. Pero en esencia no es distinto de cualquier persona de edad, todas poseen sus nunca interminables cúmulos, todas han visto lo que nadie más verá nunca, todas son únicas. No deben desperdiciarlas, un día ya no darán respuestas. Disculpen de nuevo mi celebración particular: que mi señor padre haya vuelto a dar una conferencia y no se haya cansado, para mí significa que puedo desterrar los pensamientos y temores oscuros todavía durante un buen rato. (Y además, tampoco se sabe nunca quién se va a despedir primero.)

Javier Marías (17-12-2000)

martes, 13 de diciembre de 2005

Yo tengo un blog

A mí no suele ocurrirme lo que a Portnoy: me gusta hablar de los blogs y de los que estamos en la causa, darle vueltas a la cuestión, ombliguear. Y recientemente han coincidido por la red, al menos en las páginas que yo suelo frecuentar, diversos escritos sobre este asunto: autores de blog que hablan de lo suyo, articulistas que ya teorizan sobre este submundo, chispazos varios alrededor del fenómeno. No sé si esta palabra es la adecuada, pero parece que cada día se escriben cientos de miles de páginas en bitácoras personales a cargo de gente que jamás había tenido una tribuna para expresarse. Y si la había tenido, probablemente nadie le escuchaba o leía. Ahora debe ser casi igual, aunque el factor ignorancia (no ver el auditorio, no estar amarrado a hit parades) puede difuminar la real y escasa repercusión: una vez colgado un texto en internet, hay millones de personas potenciales para leerlo sin gastar un euro más allá de la factura telefónica, sin apenas esfuerzo. También nos puede tocar la lotería, encontrarnos por la calle con Michelle Pfeiffer y ver un eclipse total de sol: todo muy simple y al alcance de los dedos. Pero resulta que hay pocos miles, incluso pocas decenas de personas, dispuestas a seguir con relativa atención los textos que un individuo va colgando semana tras semana. Pero allí están: pulcros en la pantalla propia y a punto de ser enterrados por el siguiente comentario, y Michelle Pfeiffer que sigue sin venir a cenar esta noche.

La prensa abecedaria sí utiliza el vocablo fenómeno, y pronto habrá quien inventará la tesis correspondiente: que si ahora se escribe más que nunca, que si en la frondosa selva hay ejemplares de gran interés, que si esto es el nacimiento de algo mayor. Lo que es seguro, al menos, es que toda la vida ha habido diarios personales, fanzines, revistas de instituto, correspondencias personales, cartas al director, tribunas abiertas, clubs de lectura, mesas de bares, llamadas telefónicas y un abigarrado etcétera de lugares y espacios dispuestos para expresar una opinión o hacer un comentario. Ahora hay uno más. También el boom de los e-mail y los mensajes por móvil hicieron sudar a los exégetas de las explicaciones sesudas y a los racionales que buscan causas bajo las piedras de granito: ¡los adolescentes volvían a escribir!, aunque fuera con abreviaturas y 160 caracteres como máximo. En este alucinatorio desparrame de la literatura no podía faltar el agorero que, desde el otro margen del precipicio, anunciaba la muerte de la lengua: tantos emoticones no podían ser buenos para la RAE. Y al final, lo de siempre: la Tierra se empeñó en seguir rotando cada día y los bloggers siguieron con lo suyo.

Lo cierto es que Internet ha propiciado la posibilidad (de nuevo ese potencial geométrico) de acceder a millones de hogares, y la escritura personal se ha colgado en el gran tablón de anuncios que es la red. Como en todo tablón, para destacar un poco por encima de los demás anuncios y mensajes, hay que encontrar algún sistema sagaz para llamar la atención, pero, y por encima de todo, hay que tener cosas que decir y hacerlo razonablemente bien. No hay cosa peor que esos comentarios (y he leído varios en diferentes páginas) que comienzan así: “Hoy no tengo nada que decir”. ¿Hay alguien capaz de seguir leyendo un blog de quien se expresa de esta forma? Imagínense al futbolista que, a los veintisiete minutos de juego, agarra el balón y dice: “Hoy no estoy para chutar pelotas”. Quizá esa tesis que está por venir deba referirse a las consecuencias egocéntricas que puede acarrear el sentarse ante una pantalla en blanco y poder publicar sin intermediarios.

¿Pero quién dijo calidad? Para eso están los lectores profesionales que juzgan, recortan, vetan, reciclan. Para eso están las editoriales. La libertad de una bitácora también reside en la posibilidad que se le brinda al escritor mediocre para dejar huella y codearse con el blogger experimentado. Al final, los comments pueden ser un buen reflejo del estado de cada uno, de su relativo éxito y difusión, pero sálvenme de los irascibles que, escondidos tras una sana máscara, vierten hiel a cada respuesta: no vendo mis escasas huellas por la jauría que deja sus pezuñas en algún blog de relieve. ¿Es sólo el anonimato lo que empuja a muchos a dar coces a diestro y siniestro, o también es el medio el que modifica ciertas pautas de comportamiento? Debe ser, no más que eso, la consecuencia de la creación de personajes que viven sólo en los blogs, en sus alcantarillas: pero no deja de ser curioso que tantos pseudónimos se traten de usted y acto seguido escupan: tanta asimilación provoca sospechas.

Yo me confieso lector de blogs: soy bastante perseverante y mi fidelidad se expresa en la columna de la derecha. No tengo dudas de que si existiera en el quiosco una revista que publicara textos como los de los blogs que más visito, la compraría. En resumen, pues, lo que queda es el texto: el resto son instrumentos de cada época, más o menos perversos.

viernes, 9 de diciembre de 2005

Hacernos a la mar (y 2)

Dice Savater en un texto referido a La isla del tesoro: “(…) el perfume de la aventura marinera –que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta-“. ¿Qué tendrán esas historias de olas por encima de la borda, de velas ondeando al furioso viento y de mesas de camarote con (¡autoreferencialismo!) cuadernos de bitácora encima? En parte está la dura prueba del ser humano contra los elementos, contra la fuerza bruta de la naturaleza y desarmado frente a la adversidad: el lector se apropia del padecimiento del personaje y –de ahí el éxito adolescente de determinados libros- experimenta la aventura y la resolución, normalmente feliz, de ésta. Qué mejor para un joven que someterse a las más duras pruebas y triunfar, sentirse partícipe de algo mítico, infectarse de heroísmo.

Pero esto, que podría ser cierto, va llenándose de interrogantes cuando nos enfrentamos a otras novelas similares pero no tan enmarcadas dentro de clichés estrictos. Es decir, de novelas que participan de la aventura marítima pero con personajes que ni son héroes ni lo pretenden, y que además van tejiendo una trama en la que, detrás de los embates de las olas, están las cargas de psicología emocional propias de otros géneros. Y ahí hemos topado con Conrad. Y sabiendo, además, que no estamos ante una novela propiamente juvenil (¿existe la novela juvenil? Y si existiera: ¡qué horror!) y que todo tipo de lector puede encontrar en ella elementos de gran interés literario, cada quien desde el ángulo que le plazca. Veámoslo con ejemplos.

1. El joven capitán que protagoniza el relato es un inexperto en estas lides, dubitativo ante sus decisiones (“Me pregunté si era prudente entrometerme en la arraigada rutina de las obligaciones. (…) Quizá mi acción había hecho que pareciese un excéntrico”) y a quien el náufrago que llega al navío incluso confunde con un subordinado. Es casi un antihéroe: se siente extraño ante su tripulación y nos transmite la sensación de que en cualquier momento puede incurrir en errores de bulto.

2. Nuestro joven capitán también prefiere la soledad y la observación antes que el estruendo y la prisa: sigue con la vista el humo de un remolcador, durante varios minutos, hasta que se pierde tras un cerro. Al quedarse solo en cubierta, disfruta del silencio y nos avanza con disimulo la aventura que llegará: “En esta intensa pausa a las puertas de una gran travesía, parecía que estábamos calibrando nuestra capacidad para una ardua y larga empresa”. Después, los “ruidos molestos” de pasos y voces rompen su solipsismo. Pero Conrad ya nos ha encaminado hacia la senda que quería: el destino del capitán y su barco es el del hombre frente a los grandes proyectos vitales que nos toca afrontar. Ese silencio ante el mar describe el abismo entre nuestros sueños y la realidad, y la dificultad existencial entre comprendernos a nosotros mismos e interrelacionarnos con los demás.

3. “Pero me daba ánimos el pensamiento razonable de que el barco era como todos los barcos, y los hombres como todos los hombres, y que no era probable que el mar guardase ninguna sorpresa especial para hacerme fracasar”: esta frase antecede al episodio con el que lo extraño, el elemento sorpresivo, irrumpe en la novela. El capitán parece que concilia sus ideales y su tozuda realidad, y Conrad apacigua el grado de aventura con la inteligencia del que sabe que, al otro párrafo, echará combustible a la brasa. En el pensamiento interior del protagonista ha ganado el sosiego: “Y de pronto me regocijé por la gran seguridad que me brindaba el mar comparada con las zozobras de la tierra”.

4. Y paseando por cubierta observa la escalera y, a sus pies, el cuerpo del náufrago. No hay brusquedad ni tan siquiera en la ayuda que se le brinda: el primer diálogo se mantiene con los personajes en sus puestos, el capitán hablando por la borda y el náufrago dentro del agua, agarrado a un peldaño. Esta secuencia demuestra el alejamiento del autor por los golpes de efecto, pues incluso en el momento en que lo extraño penetra en el relato todo sucede con parsimonia, con una alejada prudencia. Y el mar, siempre presente, como un observador ecuánime: “Entre nosotros se había establecido una misteriosa comunicación… ante aquel mar silencioso, oscuro y tropical”.

Y no sigo para no desvelar nada más allá de lo aconsejable, pues hasta aquí sólo han transcurrido veinte páginas. Pero sirve para dar cuenta del giro literario que Conrad imprime a cualquier relato de aventuras, otorgándole un sello propio que lo aleja de la simple narración de hechos memorables. El retrato psicológico que después se irá realizando de los dos personajes convierte a esta novela breve en una magistral perla del buen contar, de las dudas que nos asaltan a diario y que nos hacen seres pensantes, pero en alta mar y ante condiciones límite: sólo hacía falta la mágica pluma de Conrad para transmitirlo y para que lo podamos leer, sin más. Y es que como decía Savater, contradiciendo todo lo hasta aquí expuesto, “como toda buena narración, sólo quiere ser contada y vuelta a contar, no explicada o comentada”.

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La realeza

miércoles, 7 de diciembre de 2005

Hacernos a la mar (1)

A Justo Serna, desde la otra orilla

Llegó de una manera muy conradiana este libro a mis manos: Atalanta era incapaz de mandarlo por correo (o mejor, era incapaz de cobrármelo, lo cual, en este mundo de transacciones comerciales permanentes, era un impedimento letal para el envío), y un atento y generoso lector que estuvo al quite se afanó por resolver el entuerto. ¿Pero cómo mandar algo a un personaje con nombres intercambiables (Jacques, Jacobo, Jaime)? Sólo se requería una dirección concreta, y el libro cruzó sin prisas el Atlántico para llegar a las manos del lector desconocido.

Lo primero que hay que hacer ante un libro de una editorial emergente es ir a lo externo, que para el bibliófilo también es esencia. Huele bien esta novela, y ese aroma a imprenta y tinta fresca perdura después de varios días y después de pasar páginas. Los márgenes muy generosos, cosa que agradecen los dedos, tan manchones siempre; el tipo de letra muy adecuado, de visión rápida y cómoda. Y solapas: siempre me han gustado los libros con solapa, porticando la casa y trazándole entrada y salida, un detalle que jamás me pasa por alto. Quizá el color azul de la solapa sea demasiado eléctrico, creo que destacará demasiado en mi librería, y prefiero que los libros se asomen con sigilo, que no se peleen con el de al lado. Y la contraportada: un riesgo calculado eso de incorporar una foto gigante del autor, que siempre es un acierto ante rostros como el de Conrad. No hay lector que permanezca impasible ante sus angulosas mejillas y su mentón puntiagudo, sus ojos acerados.

Llevaba demasiado tiempo sumergido en proyectos posmodernos, tanto que ya casi se me hacía lejano el recuerdo de las historias bien contadas, de la novela pura que nos lleva por territorios ignotos y nos amenaza con misterios espectrales a partir de solitarios personajes que esconden mil sorpresas. Era un buen momento para volver a la ficción. Los dos primeros libros que han rondado por mi cabeza a medida que iba avanzando en la lectura (dos novelas con olor a mar, con sabor a sal) son, por un lado, La isla del día de antes, esa novela del primer Eco decadente que nos pasea una y otra vez por todos los escondrijos de un barco, en donde aprendimos el vocabulario marítimo y comprobamos que un espacio reducido puede ser un extenso páramo o una selva frondosa. Como no leo ya casi nada de Pérez-Reverte no puedo hacer paralelismos con sus obras de mar, quizá análogas en este sentido al libro mencionado. Y, por otro lado, un Maigret: A la cita de los Terranova, en una edición que se vendía en quiosco y cuyas páginas se resquebrajan en mi librería con el paso de los años, sin que nadie lo toque. Ese era un libro de muelle mucho más que de mar, de marineros en tierra y en tabernas lúgubres porfiando en las noches ante una botella de licor, observando los barcos que deben llevarlos, ya de madrugada, a largas jornadas de pesca.

El copartícipe secreto es una espléndida novela breve que supura agua, sal, capitanes, proas, horizontes y náufragos por los cuatro costados. Ante libros así uno piensa en tanta adolescencia perdida por no leer, pongamos, a Conrad; en la necesidad de recomendar esta lectura a tanto joven que debe intuir que estas historias existen y que las busca sin suerte, porque hay cartas esféricas y trafalgares que lucen mucho más. Yo empecé a leer a Conrad algo más tarde que a Stevenson, Verne o Salgari: parecía otro estadio, un peldaño más arriba del que me correspondía. Pero otro gallo nos cantaría con más Conrad en las aulas: el joven capitán es el chaval del pupitre, lo veo claro, ese que mientras escribe en su cuaderno oye un ruido por la ventana (que sólo escucha él) y con disimulo mira hacia abajo y observa que alguien sube por la pared con una cuerda, mojado y casi desnudo, y sólo él lo ve, y la profesora insiste con la lección y el chaval le habla con los ojos al personaje y le dice que eso sí es una pasada, y que ahora mismo o cuando toque el timbre bajará por la cuerda para vivir con él algo sensacional, seguro. Una aventura. Una novela. De eso se trata: pensaba yo en esos años cuando el náufrago Leggatt se agarra a la escalera de mano y el capitán le ayuda a subir a cubierta, justo en el momento preciso en que la realidad explota y comienza lo que la literatura ya inventó hace siglos. ¡Esto sí que es moderno, chavales!

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Tuvieron sus cinco minutos de sentido común: Víctor García de la Concha, Renán Flores Jaramillo, Pablo García Baena, Ángeles Mastretta, José Carlos Rovira Soler, Juan Antonio Villoro, Ana María Matute, Luisa Castro, Rodrigo Fresán y Andrés Sorel.