miércoles, 30 de mayo de 2007

Mis problemas con Sánchez-Piñol

Comentaba Javier Marías recientemente en uno de sus artículos semanales para EPS sus problemas con determinadas películas de cine: le ocurría que iba a verlas por recomendación efusiva de amigos y se encontraba con aburridísimas secuencias y con historias descabelladas, posmodernísimas pero sin sustancia alguna. Le pasó, y de ahí el artículo, con Babel, una mixtura algo indigesta de historias cruzadas que van por tantos sitios que al final no conducen a ninguna parte. Y sucede que, a menudo, la crítica se vuelca en favor de estas creaciones, aplaudiéndolas y asegurando que son un nuevo camino narrativo que no había sido explorado hasta entonces (!), y el público acata la moda y forma largas colas ante los cines para ver esa nueva maravilla. Lo más curioso es que, a fuerza de autoconvencimiento, salimos de la sala con las palmas ya entrenadas para chocarlas entre sí (plas, plas) y continuar la cadena con otros amigos, porque a nosotros, como a todo el mundo, también nos ha gustado la peli.

Pero no hace falta salirnos de la senda para retratarnos en otras materias: los libros y la literatura son también un excelente caldo de cultivo para la aparición de exégetas dispuestos a vendernos gatos por liebres y a encumbrar novelas que se convierten en los éxitos del año. Y no hablo de críticos profesionales: también el boca-oreja puede funcionar para estos fines, y la consideración que ha tenido este método para recomendar libros es espeluznante. "Ha sido un éxito logrado a partir del boca-oreja", se dice, como si eso bastara para que automáticamente la obra se vista de calidad indiscutible. "No ha sido por recomedación crítica", dejando a los pobres que ejercen este oficio como tontos que dedican sus vanas horas a explicar por qué una novela es buena o no lo es sin que esto tenga ninguna importancia: ya se encargarán las bocas locuaces o las orejas sensibles de decidir lo que hay que leer y de sentar cátedra popular.

Esto me pasó a mí, pues, con Sánchez-Piñol, como bien saben los sufridos senderistas que paseaban conmigo un año atrás. Fue en parte la crítica, pero de manera muy especial las voces cercanas, la razón por la que me acerqué a la novela y leí. El post que escribí entonces se quedó a medio camino ya que me encontraba en pleno proceso lector, y quedó en el aire una tímida esperanza y el deseo que todas mis objeciones se fueran diluyendo con el pasar de las páginas. Meses después y ya digerido el proceso, la realidad (tan cruda ella) se empeña de nuevo en poner los pies sobre la tierra.

Soy claro: lo de Sánchez-Piñol ha sido un bluff de proporciones catalanescas, como sólo los catalanes podemos saber (somos una nación y al mismo tiempo no, todo en uno). A la literatura catalana le hacía falta un Sánchez-Piñol, qué duda cabe, atravesada ya la etapa Monzó, superada la época Porcel y asumiendo a duras penas la fase Pàmies. Había que buscarlo, como fuera. Y apareció en el sitio menos pensado, en "La Campana" y con algunas palmadas en la espalda de amigos y conocidos. Ya sólo había que esperar a que los catalanes que leen libros en su lengua materna acudieran a la librería y, apiadándose de su suerte (sólo hay que ver las mesas de novedades en esa lengua para comprender nuestro sino) buscaran la novedad y rezaran mucho.

La pell freda fue el libro necesario escrito en el momento oportuno. Quiero decir, aburriéndoles a ustedes, que era la novela postpujolista por excelencia, o la neomaragalliana que la nueva catalanidad abierta al mundo necesitaba. Ya escribí que puede ser una de las novelas menos catalanas de los últimos tiempos, y esto al menos es un valor que hay que reconocerle: tanto el espacio geográfico como los personajes (los dos o tres mal contados que hay) pertenecen a la literatura escandinava, por así decirlo. No hay banderas, ni Ramblas, ni gentes mirándose el ombligo. Pero a partir de ahí, la nada.

Que estamos muy solos y con mucha hambre lo prueba que esta obra sea un gran éxito y que además sea traducida a múltiples idiomas. Esto se explica por esa visión internacionalista del hecho literario y porque hay unas cuotas de exportación en lengua catalana que hay que vender fuera como sea. También Vallcorba, yendo al otro extremo, compra cada año sus cuatro, seis o nueve traducciones checas, polacas y húngaras. Sánchez-Piñol estaba allí y eso bastó para que una trama de asedio monstruoso triunfara de manera sorprendente. Sigo mostrando mi aprecio por el arranque conradiano de la novela, pero hablo de 30 páginas: el resto de las casi 300 es un repetitivo ataque y contraataque de seres infernales que salen del océano y que obligan a dos individuos a preparar defensas a cuál más absurda. Por favor, seamos sinceros: no hay absolutamente nada más. A cualquiera que me habla del "análisis psicológico" de los dos personajes le explico quién era Flaubert, y a quien me intenta demostrar "la complejidad de la estructura" de la novela le hablo de un tal Faulkner, y así.

No me esperaba tan poco de ese viaje. A mí no me desagrada tampoco la literatura de ciencia ficción, y no hay que recurrir a grandes maestros para reconocer que Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo es muy superior en originalidad, en estructura y en ambición. No hay escolar catalán que no lea hoy esa novela, y ya veremos cuánto dura la sobrealimentación de Sánchez-Piñol (quizá lo que duró la aparición de su segunda novela, sobre la que ya no veo tantos alardes). Y lo más importante: Pedrolo, él sí, sabía cómo terminar un libro y una historia.

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Ante la aparición de este nuevo y magnífico número de la revista Granta, uno se pregunta si este mismo ejercicio será posible, y qué resultados se obtendrían, con un ejemplar dedicado a los mejores jóvenes novelistas en lengua española. Incluyo, cómo no, a todos los latinoamericanos en el mismo pack. Espero que los editores recojan la idea.


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Punto y final: veneno y sombra y adiós.

sábado, 26 de mayo de 2007

Los sin Dios

Vamos a hablar, y mucho, de esta obra de Richard Dawkins recién traducida al español con el título de El espejismo de Dios. Algunas voces comentan la importancia de este ensayo y el antes y el después que comporta, aunque mi tradicional escepticismo (ya sea con Dios o con las novedades bibliográficas) me impida ver que Dawkins haya cruzado alguna línea a partir de la cual el mundo ya es otro. Simplemente, al menos con lo poco que llevo leído, estamos ante una buena recopilación de datos y citas sobre lo que antes ya se ha dicho sobre el tema, y llegando a algunas conclusiones originales con las que aún no me he topado.



La pretendida novedad de la obra choca contra la evidencia de la cantidad de autoridades a las que el propio Dawkins alude y que comenta profusamente. Mucho chiste fácil también, todo hay que decirlo, y algunas anécdotas relevantes. Hay dos prevenciones que me asaltan ya de entrada y que expongo:

La primera es el excesivo uso del lenguaje incisivo para convencer al lector de las bondades de su discurso. La violencia verbal disimulada como razonamiento conclusivo (tanto que no hace falta demostrarlo) no dice nada bueno del autor. El inicio del capítulo 2 es una diáfana muestra de este ejercicio:

"El Dios del Antiguo Testamento es posiblemente el personaje más molesto de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto e implacable monstruo; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichosamente malévolo".

Esta ristra de adjetivos incita a pedir pruebas concluyentes de tales apreciaciones, por mucho que el efecto buscado sea el de sacudir conciencias o levantar dudosas polémicas. La prueba puede ser el libro completo, pero es una respuesta insatisfactoria: immediatamente después del insulto hay que poner las evidencias sobre la mesa, o retractarse. Si Dios es sadomasoquista, que no tengo por qué dudarlo ni por qué asumirlo, Dawkins está obligado a explayarse sobre ello y no a quedarse saciado por su valentía verbal.

El segundo pero hace referencia al desorden temático que afecta al ensayo. Aunque en apariencia se sigue un discurso por partes, el tema es lo suficientemente amplio y complejo como para que el hilo deba ser bastante visible, con trazas en el camino. Al contrario, hay muchas ideas y también atajos o correlaciones que dan medida de esa complejidad pero sin una ruta clara. Parece que la mejor manera de demostrar la inexistencia de Dios sea acumulando pequeñas citas que acaben construyendo una montaña de opiniones, y la misma acumulación se convierta en dato inefable.

Pero estas prevenciones no afectan a mi recomendación sobre la lectura del libro. Al revés: creo que Dawkins es honesto, y eso aporta un plus de credibilidad que sus defectos nunca terminan por borrar. A pesar incluso de su tono incisivo que a ratos se transforma también en doctrinal: su convicción acerca de lo que dice, y su necesidad por ganarse la complicidad lectora, obligan a prestar atención a cada nuevo párrafo y a intentar separar el grano de la paja.

Hay cuatro mensajes de concienciación en el párrafo que definen bien el propósito del autor: se puede ser feliz e intelectual y moralmente realizado siendo ateo; el proceso de selección natural de las especies es la mejor explicación para cuanto nos rodea; los niños ni nacen ni son religiosos, y hay que reivindicar el orgullo del ateísmo. Avanza también que su obra está destinada, de manera especial, a los que no piensan como él y está tan convencido de su labor que asegura que después de su lectura no puede haber nadie que pueda pensar igual. Esta inocente seguridad quizá podría convertirse en mi tercera prevención al libro, puesto que no hay sector más eternamente convencido de su posición que el de los fervientes beatos.

En el primer capítulo realiza una necesaria distinción entre teísmo, deísmo y panteísmo, para demostrar lo absurdo de la afirmación de que Einstein era religioso. Eso le conduce, meandros aparte, a la denuncia del exagerado respeto que se tiene hoy día por la religión y expone el ejemplo más palmario de cuantos han sucedido en los últimos meses: la publicación de las viñetas de Mahoma en un diario danés y la furibunda reacción que ocasionó en el mundo musulmán, pero de manera especial la azucarada actitud de algunos políticos europeos frente a este pulso y la ridícula apelación al respeto entre culturas.

Dawkins también pide que el libro ocasione una cadena de reacciones y que haya un levantamiento de los silenciados ateos: no sé si este hilo que comienzo pueda responder a eso, pero será mi modesta contribución a la causa.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Paréntesis caribeño

Imposibles conexiones desde el trópico humedo. Seguiremos sudando hasta el día 25. El sábado 26 volvemos a la brisa de la senda. Vale.

sábado, 19 de mayo de 2007

La hora azulona



Después de leer con desesperante terquedad la novela, recorrí durante unos días lo que en internet se ha publicado sobre ella. Voy directo a los blogs, claro: allí se encuentra hoy en día la sustancia de la crítica, cada vez más alejada de los periódicos impresos que eligen sus libros a partir de componendas empresariales (y que echan a sus echevarrías a las primeras de cambio, cuando el crítico hace un mohín poco agradable). Contamos además con una incombustible y a ratos excitante troupe peruana, uno de los grupos más vivos que ejercen desde los blogs literarios aunque también algo endogámicos, como ya dije en cierta ocasión. Y encontré mucho material en Bata japonesa, que elabora una respuesta a una crítica previa de Javier Ágreda con el respaldo de casi 80 comentarios sin desperdicio. El propio Iván Thays ya dejó impresa su opinión en el blog Sin plumas, y me quedo todavía con otra crítica contundente publicada en Parcela de cielo: con eso me basta, por ahora.

Lo cierto es que uno desea comenzar hablando de la sensación que le deja la lectura de La hora azul antes de ponerse a destazar el argumento y sus inconsistencias varias. Decir, por ejemplo, que este sea probablemente el peor Premio Herralde en muchos años y el libro menos anagrama (el adjetivo es límpido y claro) de cuantos hayan pasado por mis manos en tapas grises. No desentonaría con un sello planetario en su lomo, ahora que hasta Pombo se pasó al rojo incendiario: no sé en qué andarían pensando Vila-Matas o mi amigo Clotas al galardonar este manuscrito, si no es acaso que Grandes miradas merecía tener un acompañante en el catálogo.

Es difícil superar el primer capítulo, exactamente al revés de lo que le sucedía a Sánchez Piñol (sobre quien volveré, pues debo cerrar el círculo iniciado el año pasado) que después de un inicio fulgurante se dedicaba durante 300 páginas a matar monstruitos. Alonso Cueto nos introduce en una familia de la alta sociedad limeña utilizando la vana prosa de la alta sociedad limeña: ¡quizá pensando que la credibilidad depende de impostar la frase haciéndola vacía, para que ese mundo vacío lo parezca más! El resultado, en estos casos, siempre es indiscutiblemente el mismo: personajes, historia y libro se contagian mutuamente de lo inane y el lector asiste impertérrito al desmoronamiento. Leamos, por ejemplo:

Mi esposa Claudia. Es curioso llamarla así. Como a una extraña. Su nombre ondulante me recordaba la forma de un arco iris, o al menos así se lo dije el día que la conocí en una fiesta hace veinte años”. (p.15)

No hay registro en el libro del bofetón que merecería un hombre por decir sandeces de este nivel, y es que probablemente Claudia (y con ella todas las claudias del libro) quedan extasiadas ante la prosa vaticana (el adjetivo es de Arcadi Espada) que inunda cada párrafo del libro. Sólo desciendo quince líneas:

Tenemos dos hijas bastante adorables (es la palabra que se me ocurre ahora al mencionarlas)”.

El chirrido del adverbio sólo antecede al tremendo pensamiento que encierra el paréntesis, y así hasta la extenuación. La novela está escrita en primera persona y se acumulan, página a página, los despropósitos semánticos. En descargo del autor hay que valorar al menos la utilización de la frase corta, concisa, que evita barroquismos que ya hubieran hecho ilegible el conjunto. Todas las escenas coinciden en esa vacuidad de gente mal trazada, personajes que abren y cierran puertas sonámbulamente y que viajan en coche por las avenidas de Lima sin parar, por la avenida Wiesse y por delante de la estatua de Mariátegui.

El argumento nace de un hecho real: la atracción que un militar siente por una muchacha detenida, la fuga de ésta y el interés que por la historia siente el hijo del militar, que decide recuperar su pasado desentrañando el hilo y buscando a Miriam, la joven ayacuchana. Hay un interregno en la obra que coincide con los capítulos más logrados: la búsqueda de Miriam en su lugar de origen y el contacto entre dos mundos opuestos, la certeza de ver al protagonista haciendo de detective pero en el fondo (ese fondo que se empeña Cueto en mostrar con la cucharilla en la boca del lector) descubriendo un fragmento del pasado reciente de su país, y viéndose a sí mismo como un ser tan prescindible como la propia novela indica. Después, el encuentro con ella en la capital, como he leído en algún blog y suscribo, es el pistoletazo de salida para el melodrama puro y definitivo con el que Cueto certifica el final de la obra.

La hora azul es una muestra de lo fácil que es dilapidar una historia prometedora: para elevar a categoría una anécdota vital es necesario mucho oficio, mucha voluntad para trascender lo banal y extraer conclusiones universales. Esta novela peruana se queda en eso, en peruana sólo, en prosa desde y para los ya convencidos: como si una novela de la guerra civil española se escribiera para sus vencedores y vencidos pero jamás para los millones que nos miraban desde algo más lejos, y es que afuera de España también continuaba la vida. En el Perú de Cueto sólo hay peruanos, y el argumento se termina en el mismo ombligo del autor, sin apostar a convertir a Adrián Ormache y a Miriam en grandes vencedores o grandes perdedores, tanto da, pero grandes. Por desgracia, acaban siendo personajes de novela: de ahí venían y allí se quedaron, sin traspasar jamás el umbral de lo verdadero y de lo perdurable.

La reiteración de escenas también forma parte de todo el entramado: los encuentros con Jenny en la antesala de la oficina, los almuerzos en restaurantes varios con empresarios, y esos interminables ires y venires por las pistas y avenidas de Lima que provocan un sopor indecible. Poco más hay que añadir en esta rápida pincelada: también provoca sueño tener que escribir sobre aquellos libros que no levantan el vuelo y que caen, exhaustos, en el fondo de las bibliotecas.

jueves, 17 de mayo de 2007

La enciclopedia libre

Las novedades tecnológicas llegan a mí siempre con cierto retraso, por eso fui un blogger tardío (cuando ya tantos se habían avanzado a la moda antes que yo), seguí comprando discos de vinilo cuando todo el mundo escuchaba CDs, o después me enganché al CD portátil cuando ya, en las calles, veía a la gente con unos aparatos llamados MP3 o así, que todavía forman parte de mi incierto futuro. Sigo siendo de los últimos en adaptarme al alud de máquinas modernas, aunque tampoco lo considero ninguna resistencia a los nuevos tiempos: llega un día en el que, sin más, hago el cambio de una formato a otro y no me pongo a llorar como el poeta, porque cualquier tiempo tecnológico pasado fue, simplemente, anterior.

Es por eso que hasta ahora mismo no me he metido en serio en los entresijos de la Wikipedia, ese invento surgido de internet que ya me ha apasionado de manera extraña: y es que estas pasiones tan inmediatas tienen algo de impostado, como de flechazo fugaz que corre el riesgo de perder el interés al cabo de poco tiempo. Pero mientras dure, creo que voy a participar del juego en la medida de lo posible.

La idea es de por sí atractiva: convertirnos todos en aprendices de Diderot y ser partícipes de un proyecto abierto, plural, libertario, pero todo dentro de un orden necesario. Cada uno de nosotros, por el simple hecho de registrarse de manera rápida y gratuita, puede introducir nuevas fichas en la enciclopedia o modificar las que ya existen. La edición española cuenta ya, mientras escribo, con 232.662 entradas alfabéticas, pero la cifra no me abruma para nada. Es más, creo que el conocimiento mundial (en español) no puede reducirse a un número tan insignificante, así que intuyo que todo el trabajo está aún por hacer y yo no llego tan tarde esta vez.

Se me pasan por la cabeza varias preguntas o inquietudes ante esta summa barroca en constante crecimiento. La primera, sin duda, es saber quién está detrás de todo ello o quién maneja los hilos (quién modera, se dice en este contexto) para que el invento no se desmorone ante la visita de los inevitables saboteadores. La red, como la calle, está llena de graffiteros dispuestos a sacar su spray a las primeras de cambio y pervertir la idea original: qué mejor y más fácil para estos graciosos, frente a la enciclopedia del conocimiento, que llenarla de mentiras y datos falsos. Ayer mismo, en una rápida navegación, leí que el Premio Cervantes 2006 había sido otorgado a una tal Juana de la Cuadra por obra y gracia, supongo, de algún enemigo de Gamoneda. Limpié yo mismo el excremento, pero no creo que la misión de los usuarios de la Wikipedia sea barrer cada día el lugar y convertirnos en guardias de seguridad permanentes, y es por eso que uno se pregunta: ¿hay alguien ahí o estamos solos? ¿Es habitual tropezarse con abanderados del boicot y con sus huellas esparcidas por toda la casa?

La segunda cuestión, mucho más gratificante, consiste en pensar sobre el contenido global de la enciclopedia y sobre el peso relativo que tienen las materias y los conceptos que hay en ella. Es decir: suponiendo que estadísticamente los usuarios se dividen por un igual entre científicos, literatos, humanistas, sociólogos, y un largo etcétera de perfiles que son, a su vez, una correlación del perfil medio del ciudadano del mundo que usa internet; entonces, digo, el resultado no parece que vaya a estar muy inclinado hacia una disciplina concreta, sino que se repartirá entre los intereses babélicos de todos los colaboradores. Así, las 232.662 entradas (puede que en dos párrafos que llevo escritos la cifra ya haya aumentado) serán una muestra muy gráfica de lo que preocupa o interesa a la mayoría de los hombres y mujeres de hoy. Vaya, al menos a mí no se me ocurrirá introducir el concepto "Fractal" si es un tema que me aburre sobremanera, pero para otro debe ser su pasión, viendo además cómo la entrada existe y es de una precisión asombrosa.

Llego, pues, al meollo: tecleo "Javier Marías" y puedo leer una completa biografía con un listado de todos los libros por él publicados y todos los premios que le han sido otrogados. Pero eso es sólo el principio: hay entradas también para el "Reino de Redonda" e incluso para el "Premio Reino de Redonda". Sin salir de mi éxtasis, tecleo "Roberto Bolaño" y vuelve a aparecer una buena página biográfica y la lista de obras casi completa (yo mismo me encargo de actualizarla con La universidad desconocida y El secreto del mal). ¡Pero además hay entradas específicas para 2666 y Los detectives salvajes, en los que se cuentan los argumentos de cada novela!

Estos ejemplos me bastan para reconocer que la Wikipedia es un espacio óptimo para las obsesiones personales de cada uno. Aunque muchos lo pongamos en duda, ni el Reino de Redonda ni 2666 son elementos fundamentales para el devenir de la humanidad, pero la enciclopedia los recoge al mismo nivel que cualquier otro término mayor y necesario. Algún lector fatalmente tocado por la literatura de Marías y Bolaño (acaso paseante ocasional de la senda) ha querido compartir su insomnio con el resto del mundo y sentenciar su pasión en una enciclopedia, nada menos. El editor de Larousse, si hubiéramos querido convencerlo de la necesidad de incorporar tales términos a su producto, nos hubiera lanzado un tomo completo en la cabeza. Ahora no hay editor, ni editorial, ni papel: ¿dónde está el límite, pues?

En efecto, dan ganas de ponerse a meter entradas para cada libro de nuestro autor favorito, y después para describir a los personajes (Jacobo Deza!), e ir llenando así páginas de información no sé si irrelevante, pero al menos tanto como lo pueda ser este blog. No sé si ese es verdaderamente el objetivo fundacional de la Wikipedia, pero está claro que dejar en manos de los internautas la tarea de definir las prioridades del conocimiento humano obliga a replantearse qué demonios es eso de "conocimiento". Para que se entienda: las noticias más visitadas ayer por los lectores de "El País digital" llevaban por título "Sexo oral a cambio de votos", "Los pasajeros, al desnudo" y "La más chula de Madrid", mientras la portada se empeñaba en dilucidar el problema de las listas de Batasuna o los últimos coletazos del juicio del 11-M. Eso es el conocimiento: el de usted, el mío y el del editor de "El País digital". De ahí el temor y a la vez el encanto de esta Wikipedia sin orden de prioridades, que crece así porque yo lo digo.

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No tengo noticia todavía de la traducción española, pero el maestro regresa este año con un nuevo libro. Algunos recordarán la disección de Sábado hecha aquí, novela que sigo defendiendo contra los elementos y a pesar de todo. Pero antes, bisturí en mano y cual Henry Perowne, le abriremos el lomo a Amsterdam en los próximos meses: recuérdenme la promesa.

martes, 15 de mayo de 2007

Bibliotecas heredadas

El artículo de Javier Marías en el EPS de este último domingo me obliga a regresar al autor. Es el destino de las personas obsesivas como yo, que tropezamos varias veces con los mismos Bolaños o Marías y cada caída es una nueva victoria, y así hasta el infinito.

La historia es emotiva: la biblioteca de Sir Peter Russell (fallecido hace menos de un año) ha sido subastada recientemente por una de esas empresas dedicadas al lucrativo negocio de vender restos de vidas, fragmentos materiales de lo que un día fue el hogar de alguien y que ahora, sin su dueño, pasan a ser objetos inútiles y un engorro para los herederos, si es que los hay. Varios de los volúmenes que allí convivían (hoy ya sería mejor usar el sintagma "que allí se almacenaban", visto el triste fin de sus días) fueron donaciones del propio Marías, que dedicaba sus libros al buen amigo y le mandaba regularmente las ediciones extranjeras de Tu rostro mañana, a quien por cierto ya va dedicada la obra desde la imprenta. Como todas las historias emotivas, el final es melancólico: el "lote Marías" acaba siendo comprado por inescrupulosos y voraces tiburones que, a su vez, revenderán después a mayor precio la mercancía para mantener el negocio de los libros de viejo.

Quizás sea esto, apunta Marías, lo que permite que al fin y al cabo podamos todos entrar en una de esas librerías y encontrar pequeños tesoros, con dedicatorias a mano y rarezas varias, y que no sólo vayan pasando de mano en mano, de amigo a amigo.

Muchas veces he pensado en mi pequeña biblioteca barcelonesa de poco más de 500 volúmenes, de seguro la parte material de ese domicilio a la que tengo más apego, dejando aparte a un viejo oso de peluche. Y tantas veces me he preguntado sobre el destino de esa colección, que en algunos años duplicará o triplicará el número de ejemplares, y que me sobrevivirá sin ninguna duda. La solución fácil es dejarla al cuido de alguien cercano, un familiar directo (no digamos ya un hijo, heredero por excelencia) pero sabemos que nadie podrá dedicarle el entusiasmo con el que hemos ido incorporando cada libro, sabiendo de manera indiscutible quién nos regaló ese, o dónde compramos aquel otro. Recuerdo cada circunstancia de cada novela y de cada ensayo, y a estas alturas me sobrecoge esta certeza porque no ha sido nada planificado: sólo la memoria, que es fatalmente selecta, se encarga de mantener viva en el recuerdo esa parte de mi historia personal.

Yo, en un tiempo juvenil, me dediqué con bastante ahínco a perseguir autores en pos de una firma, y mi biblioteca acoge bastantes dedicatorias de puño y letra de gente variopinta. Hay, cómo no, un par de Marías (Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana 1) aunque he tenido otras oportunidades y no he querido abusar. Tengo el Cela planetario también con firma, quién sabe si eso tendrá hoy algún valor. Pero además de literatura hay un libro sobre ajedrez firmado por su autor, Anatoly Karpov (¿qué habrá sido de Karpov?). También Carmiña Martín Gaite estampó su rúbrica en La reina de las nieves, y el amigo Joan Margarit puso bellas palabras en Els motius del llop.¡Hasta Justo Serna me mandó un libro de Conrad dedicado por aquél para el desconocido JacoboDeza, que agradecí de veras! Creo que lo último fue una rúbrica de Amélie Nothomb que ahora tengo en la sucursal de Nicaragua.

Pues todo esto y más ocupa un buen espacio de una sola habitación, pero el espacio sentimental traspasa los muros y me pone en la tesitura de pensar qué ocurrirá con esas miles de hojas encuadernadas, un verdadero regalo envenenado para un no-lector. Hay mucha mezcolanza, cierto, pero cada vez se va asemejando más a un proyecto de biblioteca de autor, con obsesiones visibles, querencias extravagantes y ausencias notorias que espero ir completando todavía. Casi todo es moderno, desde los años ochenta, pero hay algun volumen concreto de literatura catalana de los años veinte.

Sir Peter ya tiene su estimado legado en manos de desconocidos, otros dedos que marcarán con sus huellas las páginas que él alguna vez leyó. En tiempos de bookcrossings y otras globalizaciones, todavía emociona reconocernos en los que, libro a libro y página a página, conformamos una vida rodeados de nuestra prole escrita.

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Aunque ya lo digo a toro muy pasado, el premio Reino de Redonda atina una vez más con la decisión del jurado. Ya marea ver la lista de premiados (Elliot, Coetzee, Magris...) y sólo faltaba Steiner, que según el enterado M. Rodríguez Rivero compitió muy de cerca con Eco. En los orígenes de este blog, cuando JacoboDeza jugaba literariamente con otros apellidos y esta senda todavía no era de libros sino de elefantes, escribí una reseña de la presentación del libro La idea de Europa en la librería La Central de Barcelona. Les recupero aquí la prehistoria como quien dice "si es que yo ya sabía lo que iba a ocurrir con Steiner..."

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Cortesías de los amigos.

sábado, 12 de mayo de 2007

Tres tardes con Sergio

Parece necesario aclararlo, pero no hay grandes motivos a los que acudir: viajes, intensa labor para resolver en tiempos breves, falta de aliento, domicilios inestables, bibliotecas andantes. Los libros siempre sufren los embates de la prisa: van y vienen, en maletas atiborradas que no pasan los controles de peso por su culpa. Pero ya intuimos un sedentarismo mayor que nos permite romper el candado, abrir la verja de nuevo y caminar, como si fuese ayer, por la enigmática senda.

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Acabo de pasar tres tardes con Sergio y aún me dura el ensalmo. Con Sergio Ramírez, claro. Este hombre, de ojos tristísimos y hablar pausado, tiene la capacidad asombrosa de captar la atención sin ningún aspaviento, sin quebrantos ni salidas de tono. Se agradece hoy, con todo lo que nos rodea: yo vivo sumergido en el grito, en las alarmas de los coches de mi vecina, en el altavoz de enfrente. Han sido tres sesiones de tres horas cada una, y cruzar la puerta del Instituto de Historia de la UCA ha sido como meterse en la sacristía laica y amanecer en otra latitud.


La convocatoria era muy restringida y pude instalarme ahí a última hora: me acompañaban historiadores, bailarinas, musicólogos, investigadores (públicos) pero, por encima de todo, poetas y escritores. Fue muy ilustrativa la presentación de cada una de las 49 personas que asistimos al conversatorio: había, según mis cálculos aproximados, un poeta y medio por metro cuadrado. A medida que se iban presentando yo escudriñaba la cara de cada uno de ellos y no lograba identificar a ningún literato conocido, pero todos escribían. Probablemente, en sus ratos de ocio, deben ser abogados, médicos, vendedores y peluqueros, pero lo importante es que escriben y que por eso estaban en la sala, o así lo juraban. Creo que ya dije en otro recodo que en Nicaragua todo el mundo es poeta hasta que se demuestre lo contrario: no fui yo quien les enmendó la plana a estos optimistas porque, aunque no lo confesé públicamente, me sentí casi como ellos, hermanado y a punto de anunciar que Jacobo tiene blog una vez más.

Pues esta vez Sergio no venía a hablarnos de sus ficciones sino que la cita era para presentar ampliamante su próximo ensayo, Tambor olvidado. Yo no recuerdo que en España se realicen (o es que a mi no me invitan) sesiones similares, en las que un autor, meses antes de publicar su próxima obra, ofrece un adelanto de ésta a un selecto grupo de personas. Sergio llegó con el manuscrito encuadernado y desgranó, durante esas nueve horas y tres días, los pormenores del libro. Es una experiencia gratificante por cuanto uno se cree en posesión de un secreto especial, del que sólo unas pocas decenas de hombres y mujeres conservarán memoria en las siguientes semanas. ¡Yo sé lo que cuenta el próximo libro de Sergio!, dan ganas de proclamar por la calle.

Pues lo digo en el blog: yo sí sé que Tambor olvidado es un intento de visibilizar un debate que en Nicaragua, por varias razones, ha quedado orillado en el ámbito intelectual: el de la influencia africana en las más diversas formas de la cultura e identidad de este país. Lo bueno de este tipo de ensayos es que situan el prurito nacionalista en su justo lugar, que es el de las pasiones irracionales. Ahora resulta que los elementos más significativos de este pequeño país, y que todos elevan como distintivos de lo más autóctono (¡indígena!) provienen no ya de la colonia española, sino de los yolofes africanos: el gallopinto, la marimba, la carne en vaho, el güegüence o Rubén Darío (mestizo triple él). A nadie le había interesado sacarlo a la luz hasta ahora, no fuera a ser que el nivel de emotividad patria bajara unos peldaños y se advirtiera la artificiosidad de las fronteras de estos países independizados en 1821, o sea anteayer. La mezcla de culturas y de influencias históricas ha originado una identidad actual que es fruto de ese mejunje, pero la venta del producto se ha realizado siempre como si existiera una raza propia y una cultura nueva, iniciada por seres que crearon un país desde cero.



¡Qué bello sería que mis otras patrias asumieran sus legados y dejaran por unos siglos de lanzarse dardos identitarios! Pero ese ya es un caso perdido: el que ahora me ocupa sí puede tener consecuencias palpables, o eso es lo que espera Sergio: que el libro sea polémico, que no se cierre ahí y que dé paso a otras aportaciones paralelas que acaso contradigan algunas de las tesis de éste. Por lo pronto, el primer capítulo ya está colgado en la red a través de la revista electrónica Carátula (número 15, sección "Hoja de ruta") y podemos hacernos una primera idea del tema.

Acotaciones finales: la implicación de Sergio en todas las sesiones y su apertura para recibir comentarios, que anotaba pacientemente para incluirlos (o no) en la obra. La impaciente locuacidad de los nicaragüenses, que opinan sobre lo que se tercie y que, aunque a veces agoten al más predispuesto, aportan simpatía al asunto. El libro será editado en septiembre por Aguilar.

viernes, 4 de mayo de 2007

Se confirman los rumores: el 12 de mayo arrancamos la maleza y despejamos el camino

sábado, 21 de octubre de 2006

Un relato que se hizo novela

Al afrontar este cuarto Bolaño (recapitulemos: Monsieur Pain, Una novelita lumpen y La literatura nazi en América ya han pasado por la senda y en este orden) uno ya siente poco a poco la llegada del cosquilleo previo al orgasmo que vendrá. Estas lecturas no pueden ser tomadas sino como los prolegómenos del acto mayor y definitivo, aquel que terminará con un número de cuatro cifras y a partir del cual todo lo demás será silencio, o acaso jadeos leves que rememorarán las horas de placer ya perdidas. Pero como decía mi profesor de latín, Post coitum, alter coitum (los petimetres decían Post coitum animal triste), así que después de Bolaño siempre nos quedará algún Marías para mantener nuestra infidelidad literaria hasta que la muerte nos separe de los libros.

La secuencia lógica no podía llevarme a otro encuentro que al de Estrella distante, una novela breve cuyo origen proviene de La literatura nazi... y que deja una sensación de deja vu profunda. Mi locura lectora ha llegado estas noches al paroxismo de mantener mis dos manos y rodillas ocupadas a un tiempo: mientras sostenía un ejemplar de Estrella distante con los dedos, las palmas aguantaban abierto otro ejemplar de La literatura nazi... sobre los muslos. Los vecinos que atraviesan la calle y miran el porche de mi casa deben pensar que conviven con un esquizofrénico, o con un individuo de doble personalidad: mis ojos alternaban a un tiempo los párrafos de un libro y de otro, escudriñando las diferencias que existen entre las frases originales y las más extendidas y trabajadas de la nueva novela. Es una experiencia que recomiendo: pocas veces se dan las circunstancias para conocer el proceso creativo de un autor, y para ir viendo cómo una historia de 26 páginas se transforma en una novela de 150.

Ahora, con el poso que va dejando Estrella distante, percibo que "Ramírez Hoffman, el infame" (cuento original) se me antoja ya como un relato algo destemplado, quizá frío y con demasiados cabos sueltos. Posiblemente sea un efecto evidente, al leer ahora cómo unos personajes que no pasaban de ser retazos van cobrando vida autónoma, incluso algunos secundarios que antes eran pinceladas gruesas ya van formando parte del elenco de inolvidables de Bolaño. Y además, con nombres distintos: las tremendas hermanas Garmendia (antes Venegas), el taller literario de Juan Stein (antes Juan Cherniakovski), y el propio Ramírez Hoffman que ahora se transforma en Carlos Wieder. Y quizá todavía lo más importante para lectores esquizoides: Roberto Bolaño, narrador de la primera historia, ya se desdobla, desde una nota previa a la edición, en un tal Arturo B.

Veamos algunos breves ejemplos de cómo el autor repite estructuras enteras, especialmente en las primeras páginas de la novela, pero amplía anécdotas, diálogos, detalles que van creando una trama menos esquemática:

LLNEM: La carrera del infame Ramírez Hoffman debió comenzar en 1970 o 1971, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.
ED: La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.

LLNEM: Y no hay cadáveres, o sí, hay un cadáver, un cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Magdalena Venegas, pero únicamente ese, como para probar que Ramírez Hoffman es un hombre y no un dios.
ED: Y nunca se encontrarán los cadáveres, o sí, hay un cadáver, un solo cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Angélica Garmendia, mi adorable, mi incomparable Angélica Garmendia, pero únicamente ese, como para probar que Carlos Wieder es un hombre y no un dios.

LLNEM: Al principio una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Silencioso. Venía del mar y poco a poco se iba acercando a Concepción.
ED: Al principio era una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Calculé que venía de una base aérea de las cercanías, que tras un periplo aéreo por la costa volvía a su base. Poco a poco, pero sin dificultad, como si planeara en el aire, se fue acercando a la ciudad, confundido entre las nubes cilíndricas (...)

Esta reescritura se desarrolla de forma incesante sobre la base exacta del anterior relato. No hay una idea nuevamente elaborada, sino que Bolaño modifica algunas oraciones, extiende otras, pero sobre todo añade detalles que antes nos eran sustraídos. En este tramo de la senda ya podemos comenzar a apreciar al Bolaño cosmogónico (perdón por la palabra) que entiende su obra como un todo, como un proceso de reescritura permanente al cual se van añadiendo nombres, modificando espacios, sumando nuevas raíces que van tejiendo una encrucijada de idas y venidas. Pero en mi cabeza resuena la pregunta de por qué precisamente esta historia y no otra, cuando a mí me dejaron más huella otros personajes de La literatura nazi, y no precisamente este aviador poético que traza estelas de humo como versos. Sí, la imagen es muy plástica, pero más allá de las acrobacias no veo grandes motivos para elevar a categoría de libro único esta trama leve. Claro está que la trama de Una novelita Lumpen tampoco permite grandes alharacas, pero hay algo forzado en esta recreación, quizá no tanto una necesidad literaria cuanto una necesidad editorial: quién sabe. De todas formas, ya sea por la sensación de cosa vista de la que hablaba, o ya porque los personajes demuestran grandes dosis de desgana, el conjunto adolece de una melancolía que acaba afectando al lector (ese que sigue con dos libros a cuestas, ajeno a lo que propague la vecindad). Y repito que ahora, al menos, se ha logrado mejorar un cuento que tenía pleno sentido en el marco de una enciclopedia ficticia, como biografía absurda de un poeta absurdo, creando pequeñas subtramas que, por momentos, brindan esos destellos que sólo los escritores de raza repiten a lo largo de su obra.

Ojo: la lectura sigue, y no puedo aventurar si hay un quebrantamiento del relato original en algún punto del camino. Lo que sí queda claro es que esta es una historia muy chilena, y no sé por ahora si es su novela chilena, como Los detectives... es su obra mexicana. Por ambición y por extensión supongo que no: pero este comentario continuará en otro momento.

lunes, 16 de octubre de 2006

Planeta y literatura: el reencuentro


Tanto es mi asombro que he tenido que dejar mi cuerpo en 24 horas de reposo para decir algo. Álvaro Pombo acaba de ganar el Premio Planeta. Ni más ni menos. Y en un momento en que todos habíamos ya desechado la posibilidad de volver a hablar del asunto (al menos en un blog de literatura), teniendo a medio redactar un nuevo post sobre Bolaño, aquí me veo regresando al evento más descacharrante de las letras hispanas. Un año atrás ya hice una declaración, que de alguna manera era una historia sentimental, sobre mi encuentro adolescente con el premio: mis primeras novelas adultas están marcadas en parte por los nombres de Terenci Moix, Juan Eslava o Torrente Ballester (de ahí a la saga/fuga ya fue tan sólo un salto mortal el que me llevó, ya sí, a reconocer lo sublime de lo banal). Pero con la misma suerte que tuve siendo niño o adolescente en esa época (los últimos bandazos del TBO, el Mortadelo semanal, los cómics adultos de Cimoc, y lejos, muy lejos de las consolas desconsoladas), me apiadé de los nuevos lectores de hoy que, empujados por la marea comercial, navegan al encuentro de Schwartzs, Freires, Posadas y Janers: infelices ellos, pues, que no vivieron un cierto esplendor.

Pero cuando ya nadie daba un céntimo por el invento, Pombo le pone unos cuernos descomunales a Herralde y decide embolsarse 601.000 euros para que acto seguido El Corte Inglés venda centenares de ejemplares de su última novela. Ante todo me permito dudar de la hazaña por dos aspectos sutiles: uno, Pombo escribe novelas con lentitud y desde Contra natura sólo ha transcurrido un año; y dos, Pombo es el escritor que mejor titula en este país, con permiso de Javier Marías, y esta obra, tanto en su título falso como en el definitivo (El año del gato y La fortuna de Matilda Turpin, respectivamente) no presenta ningún hallazgo del tamaño de El héroe de las mansardas de Mansard, El metro de platino iridiado o Telepena de Celia Cecilia Villalobo. Mucho me temo que estemos de nuevo ante el libro alimenticio que todo escritor consagrado debe idear en algún momento de su vida para pasar los restos con cierta comodidad bancaria. Lo peor de Cela, de Marsé o de Vargas Llosa está en el Planeta.

Es curioso lo que le ocurre a Pombo: siendo un escritor alabado por la crítica, construyendo tramas con personajes terriblemente actuales, diálogos desbordantes de socarronería, sigue siendo un autor poco comentado y supongo que poco leído. No llega al extremo de Javier Tomeo (sobre quien nadie habla pero que publica con religiosa puntualidad en Anagrama su novelitas minimalistas) pero no deja de ser paradigmático. Resurgió hace un año por razones extraliterarias, por el morbo del homosexual declarado que entra con banderilla a desmenuzar el tema y a ventilar armarios, y sin que muchos se dieran cuenta por fin de lo grande que es. La deuda pendiente que muchos tenemos con Herralde (ya lo decía Bolaño, que había crecido con su catálogo y se había nutrido de él) es que nos haya presentado a unos cuantos Pombos y que el goce sea nuestro. Es por ello que algo me duele también la cornamenta, aunque me imagino que todo estaba medio pactado y que volverá al redil de Narrativas Hispánicas: quién va a imaginárselo bajo el sello de Planeta, más allá del premio.

Todavía no sé si leeré este libro, reitero mis prevenciones: en diciembre, cuando lo pueda palpar realmente y haya tenido tiempo de atender opiniones de amigos (los que por aquí dejan sus huellas, esos visitantes ocasionales y entrañables) decidiré, y para eso quedan otros libros en el camino.

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El retraso es mío, señor Thays, no se preocupe.

jueves, 12 de octubre de 2006

Pamuk en los laureles


La generación de Javier Marías ya gana premios Nobel, así que la cosa está al caer. Orhan Pamuk hizo buenos la mayoría de los pronósticos y se embolsó el millón y pico de euros que le corresponden como ganador. Es reveladora la introducción que Rosa Montero hizo de su entrevista con el autor en EPS, hace pocas semanas: "He aquí un hombre que, con bastante probabilidad, ganará el Nobel de Literatura en los próximos años". Era cuestión de días.

En esa entrevista, ahora recuperada desde la página principal de la web de El País, aparece Pamuk desde el principio como un quisquilloso interrogado, hasta el punto de que sus precauciones acaban siendo divertidas. "Ese es su problema, usted sabrá qué quiere preguntar...", le espeta a la Montero, cuando previamente ha querido saber hasta el tipo de papel en que se imprime EPS. Y la entrevista deriva hacia aspectos políticos, que son los que al fin y al cabo le han aupado hasta el suplemento dominical, y los que también le han posibilitado ganar un Nobel. El futuro ya no es lo que era, y el Nobel tampoco: ya no basta con escribir bien, hay que intentar ser, pongamos, un puente cultural entre Oriente y Occidente, ahí es nada. La Frase, que colecciono como mariposas ensartadas en agujas, lo expresa bien claro este año:

La búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha descubierto nuevos símbolos para el choque y el entrelazamiento entre las culturas.

Pero me imagino que las entrevistas a escritores, y lo digo desde mi tierna inocencia, deben servir para instigar la lectura de sus libros. Hay al menos una frase ahí que pudiera ser la espoleta por la que algunos huyéramos corriendo a la librería si tuviéramos acaso librerías cercanas con Pamuks. Dice:

"Y para poder sacar esa esencia común a la superficie, hay que escribir más allá de las ideas comunitarias, hay que escribir libre de ellas, desde el sentido básico y universal de lo humano. Y hacer esto no es muy común. De ahí la soledad del escritor, no porque seas un individuo especial y único, sino porque tienes que esforzarte en escribir desde fuera de las miradas limitadoras de las diversas ideologías comunitarias."

Es ciertamente bella esa idea del escritor situado por encima de lo "comunitario", empeñado en escudriñar en lo inefable, en ese sentido universal de lo humano. De hecho, dudo de que una buena novela pueda estar anclada en las corrientes de pensamiento comunes, y no hay otra posibilidad para crear obras perdurables que centrar la mirada en el ser humano. Una frase así, tan fácil de leer, no aguntaría en los labios de muchos escribas contemporáneos.

Pese a lo previsible, otro día más en que la literatura ocupa portadas de prensa.

martes, 10 de octubre de 2006

Silencio en la senda

Parece que todo fue cumplir un año y las dificultades para actualizar la página se multiplicaron. La primera no es broma, y la conté por aquí: creo vivir en el único país de Latinoamérica en el que la generación de energía no satisface la demanda de los consumidores, lo que obliga a cortes diarios de dos, cuatro o hasta ocho horas de luz. Este es ya un país a oscuras, en el más estricto sentido de la palabra. No hay duda de que es mucho más grave verse obligado a tirar la carne de res a la basura que mantener al día un blog, pero todo duele. Máxime cuando hay paseantes que todavía vienen de vez en cuando y encuentran los márgenes de la senda con maleza, sin nadie que los limpie del olvido.

Pero esta no es la única excusa: quizá la verdadera dependa de una preposición, así de simple. Vivir para la literatura es una maravilla, pero no llena estómagos: y vivir de ella no está al alcance de mis posibilidades, siquiera de mis própósitos. Así que me conformo últimamente con leer y releer, y no puedo hacer partícipe a nadie de mis desvelos: pero algo de optmismo debe quedar en el hecho de no tirar la persiana, y mantener el lugar abierto. Quizá se recupere la calma algún día, vuelvan las ovejas al redil, el tiempo se expanda y yo recupere mi pulso. Quién sabe.

De todas maneras, paseo por internet a trompicones y alcanzo a ver la lista de los diez mejores libros de los últimos diez años, en Letralia. Sin tiempo ni luz para analizar nada, ahí van estos exabruptos prescindibles:

1. Los detectives salvajes: Tanto da que sea el primero o el segundo, visto lo que viene después. La novela mexicana por excelencia de final de siglo. En sólo diez años, un clásico. Se leerá cuando pasen otros siglos.

2. 2666: Por ella voté, quizá por lo simbólico: póstuma, inacabada, desbordante. Estos tres adjetivos apuntan hacia una literatura nueva, alejada del formalismo más estricto y abierta a la torrencialidad, aun cuando el escritor se quede a medio camino en el empeño. La ironía definitiva: la mejor novela no está terminada ni revisada, y por tanto todavía está por escribir.

3. La fiesta del chivo: Justamente el envés de la novela anterior: el crítico excelso construye su obra con arquitrabes, rosetones y muros de mampostería. Otra obra maestra del género de la novela dictatorial. Quizá la mejor de Vargas Llosa desde la Catedral.

4. Soldados de Salamina: Cercas es un tipo listo, muy listo. Un juego travieso con la memoria histórica, con nuestro pasado guerrero, un atinado apunte sobre la literatura como forma de recrear la verdad y la mentira de nuestras vidas. Una ficción de lo más real, a flor de piel.

5. Delirio: Sin tiempo para navegar por lo banal.

6. Historia universal de la destrucción de los libros: El titulo es mas largo que el comentario.

7. La sombra del viento: Lo más excepcional es que a estas alturas de la historia alguien siga considerando que este es un libro, no ya destacado, sino legible. Pirotecnia y fuegos de artificio, malabarismo, magia potagia, palabrería, humaredas perdidas, neblinas estampadas.

8. Tu rostro mañana: Un octavo lugar inmerecido para una trilogía escandalosamente buena. Es imposible que no acabe siendo lo mejor de Marías, aquello por lo que debe ser recordado y que pasado mañana le servirá para ganar el Nobel.

9. Sefarad: Indigesto como pocos, y lo más amanerado de Muñoz Molina. Ni unos pocos destellos logran salvar una mezcolanza aburridísima, que pretende mucho y nada logra. Incluso Plenilunio es mejor, que ya es decir.

10. Travesuras de la niña mala: La dudosa afición por considerar bueno lo último de lo último. Dentro de diez años diré qué me pareció.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Escarcha en la piel

Había una expectativa alta, para qué negarlo, al afrontar la lectura de La pell freda, el inimaginable éxito de Albert Sánchez Piñol, y no tanto por sus más de veinte ediciones y 100.000 ejemplares vendidos en catalán cuanto por las palabras elogiosas de ciertas personas. Y no hablo de Vila-Matas (“Me persigue después de haberlo leído. Un libro espléndido”) ni del editor de Frankfurt que quizá había tomado algo esa noche (“Es la maravilla de las maravillas. Estoy completamente fascinado”): hablo de gente que antes ha hablado bien de autores que para mí ya son obligados, alguno de los cuales ha transitado ya por esta senda, y en cuyo criterio confío.

Lo dicho: iba yo con la esperanza de encontrar una pequeña revolución en las letras catalanas, tan faltas de patadas en el culo a tanta mansedumbre nacional y tan ensimismadas en su lengua que pareciera que todas las novelas hablan de los mismo. O sea: de sí mismas. El gran problema de muchos autores es que por el mero hecho de escribir en catalán (subvención mediante) ya han convertido la literatura y su lengua en un fin en sí mismo. Hacían falta al menos estas páginas para reivindicar una escritura de la que el lector excluye toda connotación lingüística, sabiendo que aquello que lee podría haber estado escrito en neerlandés. Es esta una obra que rompe fronteras, y no es poco en este pequeño microcosmos humano.

Pero, ¿hay algo más aparte de esta característica externa al argumento? ¿Hay material para reconocer a una nueva pluma brillante? ¿Es Sánchez Piñol el nuevo novísimo de la literatura catalana? Mucho me temo que seguiremos a la espera después de leer, no sin perplejidad, más de 100 páginas de la novela.

El arranque de La pell freda no puede ser mejor: la expectativa que crea el primer capítulo, apenas 20 páginas, hay que anotarlo en los méritos del autor. Juro que a mí me dan a leer esos párrafos en unos folios anónimos y apuesto una buena suma a que son de Conrad. Es más: creo que es imposible leer esas primeras páginas y no pensar en Conrad, y no me imagino a Sánchez Piñol escribiéndolas sin tener a su lado un ejemplar de algún libro marítimo de Conrad. Esto es un elogio, claro: no es tan fácil recrear a los maestros y montar una trama novedosa a partir de clásicos, contemporáneos o no. La descripción de los paisajes y la charla escueta con el capitán del navío nos permiten adentrarnos en los rasgos morales de los personajes, superando el mero realismo para construir una mágica escena que trasciende un tiempo y un lugar. Lean, por ejemplo (la traducción es mía):

“Si alguna cosa lo definía [al capitán] eran los ojos. Cuando miraba a alguien no existía nada más en el mundo. Ponderaba a los individuos con criterio de entomólogo y las situaciones con carácter de experto. Algunos confundirían esto con la severidad. Yo creo que aquella era su manera de aplicar los ideales tolerantes que escondía en la recámara de su espíritu. Nunca confesaría su amor al prójimo con palabras, pero a él dedicaba todos sus actos”

Y así sucesivamente, mientras el barco avanza hacia una isla remota fuera de las líneas comerciales en la que el protagonista piensa descender, para dedicarse durante un año a observaciones atmosféricas. Esa construcción es también la construcción del miedo: una buena lección de cómo a través de la literatura se puede conformar una emoción y transmitirla al lector, a sus poros o a sus hormonas. Técnicamente, la frase corta y precisa (a veces con un dudoso gusto por las comparaciones forzadas) ayuda a engarzar la forma y el fondo, a crear una atmósfera cómplice que esconde más de lo que enseña.

Pero el segundo capítulo es un bandazo tan escolar, tan perfecto en su ejecución, que deja al aire una carta marcada. Podría ser un fullero inocente, y que en toda la baraja sólo tuviera ese naipe trucado: pero cualquiera pone sus sentidos alerta dispuesto a no dejar pasar otra trampa. Y es que para justificar el hecho de por qué ese hombre está allí en ese momento debe recurrir a su pasado y contarnos una historia, más que irrelevante, sobrera: el lector necesita en todo caso que algunas pistas a lo largo del libro le puedan ayudar a conformar una vida completa, pero no a tragarse un who’s who para nada creíble. Una verdadera lástima: todo lo que Sánchez Piñol ha conseguido con maestría a lo largo de un breve capítulo desaparece en una chistera cuando se torna ejecutor formal, didáctico, aburrido, en suma.

Ese parche en el pantalón que supone el segundo capítulo podría obtener un zurcido completo y así olvidarnos del roto: para eso quedan trescientas páginas por delante, y los ecos del primer capítulo todavía resuenan. Pero un nuevo error, y éste ya sí definitivo y no sujeto a un solo capítulo, viene a definir lo que el libro va a ser a partir de ahora: Sánchez Piñol abandona el crescendo de tensión y la magia de lo aún por contar para abrir cortinas, telones y paredes falsas y mostrarnos al desnudo el supuesto horror del decorado. A partir de aquí nace una novela de monstruos, batallas y disparos con la que, posiblemente, hubiese gozado de lo lindo a mis tiernos quince años. Es inaudito ver cómo un escritor pierde la lógica del suspense y se aboca desaforado hacia las más fáciles vías del grito y de la sangre, y es más inaudito todavía saber que esto provoca escalofríos al mismísimo Pere Gimferrer. Estoy por recomendar un Stephen King a todos los seguidores de Sánchez Piñol: al menos el estadounidense nunca engañó a nadie, que se sepa, y le dijo terror al terror. Pero La pell freda quiere beber al mismo tiempo de lo fantástico (Lovecraft?), lo horrendo, lo misterioso y lo salvaje, y la sangre siempre mancha más que cualquier anhelo de detective inglés. El trasfondo de la isla solitaria, las brumas, el bosque y el faro quedan como un mero decorado para dejarnos a todos mucho más que fríos.

Y no creo para nada que esta sea una mala novela. De hecho, no pienso dejar a medias su lectura, porque no creo que la trama aguante un cíclico combate nocturno y un reposo diurno durante 300 páginas y no sé cuantas jornadas, y supongo que quizá otro giro inesperado pueda relanzar el asunto. De momento, la acción arrasó con todo y habrá que ver si Sánchez Piñol, a su vez, logra acabar con ella.

jueves, 24 de agosto de 2006

Alto en el camino

Por causas mayores, la senda no volverá a ser transitable hasta la primera semana de septiembre. Espero que en el reencuentro volvamos a reconocer caras, olores y sonidos, y acaso alguna nueva sensación. Hasta pronto.

sábado, 12 de agosto de 2006

En la cárcel

La visita estaba programada desde pocos días antes, así que no tuve demasiado tiempo para digerir la propuesta. Dije que sí sin pensar, más que nada porque uno no suele visitar cárceles en sus ratos libres y porque de ahí se puede sacar alguna experiencia vital de interés. Incluso literaria: Joyce Carol Oates escribó en cierto "Granta" la historia de una visita a un centro penitenciario de Estados Unidos, que le sirvió para recuperar una anécdota poco grata que le tocó vivir entre muros (decir entre rejas creo que no sería semánticamente correcto). Quede claro, en todo caso, que nada tiene que ver una prisión nicaragüense (la mejor de todas, por otro lado, y la más grande) con una norteamericana, y ya no por la infraestructura, sino también por el tipo de personas que la habitan.

Llegué con la excusa de un acto al que me ofrecieron asistir y que presidí desde una tarima montada en un gimnasio. De hecho era un salón polivalente para todo tipo de eventos, pero al fondo destacaba un ring limpio y bien conservado que debía ser usado por los reclusos en sus escasas horas de ocio fuera de la celda. Frente al ring, varias filas de sillas llenas de personas de todas las edades con un mismo color de ropa. Allí no había uniformes porque cada cual se trae lo que puede de casa, y en ese lugar todos usaban camisas, camisetas y pantalones de azul marino, aunque tuvieran inscripciones o dibujos (una camiseta en primera fila rezaba: "El rock es cultura, el regetón es basura"). Me desconcertó la pasividad y la atención prestadas por cada uno de estos presos a lo largo de la hora que duró el acto. No es que yo esperara algún motín aprovechando mi llegada o alguna fuga planeada desde meses atrás, pero esa indolencia era incluso más preocupante que la posibilidad de verlos moverse inquietos en sus sillas, mirando hacia todos lados como quien busca una salida imposible. Escucharon discursos aburridísimos y tres piezas musicales ejecutadas por sus compañeros, y al final fueron (fuimos) premiados con un refresco y un bocadillo de pan inglés. Cuando se dio por finalizado el evento, los que integrábamos la mesa presidencial bajamos, o yo seguí a los otros que bajaban, hasta donde seguían sentados los presos, inmóviles en sus sillas esperando una contraorden que les hiciera regresar a las celdas. ¿Qué se le dice a alguien privado de libertad en esas circunstancias? Aproveché que los músicos estaban ahí para felicitarlos por su labor (las interpretaciones fueron pésimas pero pensé que su labor serviría para algo positivo) y escuché lo que otros invitados decían. Desde el cuento de Oates pensaba que la norma en cualquier cárcel era no intercambiar miradas con los presos, pero aquí todo era interacción: ¡incluso estreché manos!

Ya en el exterior, mientras conversaba con un cura y un vigilante, los presos fueron saliendo en fila india y despareciendo en la lejanía, tras una cancha de baloncesto. También fue una sorpresa ver que en el transcurso de la actividad no se divisaban vigilantes armados alrededor. Es decir, que además de los pocos policías que merodeaban por el recinto, en el exterior no se distinguía ninguna vigilancia especial. El conjunto hacía pensar en una gran fiesta de fin de curso de un instituto, y es que incluso para acceder hasta el salón no tuve que franquear ninguna puerta blindada, acaso una verja con candado oxidado y una garita en la que sólo tuve que dejar mis datos.

Pero a mí lo que me interesaba de verdad era lo que, como simple hipótesis, podía venir a continuación. Yo quería ver la cárcel por dentro, y por eso estaba allí. Gracias a mi conversación con el cura (un evangelista francamente locuaz con un extraño cargo en el sistema penitenciario, pero por lo visto muy influyente) pude organizar una visita más extensa por las instalaciones. El alcaide, a quien saludé de manera breve, aceptó sin mostrar el más mínimo reparo, y nos dirigimos hacia una entrada lateral edificada con las mismas verjas y redes metálicas oxidadas que las que había visto hasta entonces. Tras cruzar dos o tres puertas, me encontré dentro de los espacios generales utilizados por los presos. Nada me separaba de los que vagaban por allí o esperaban su turno para acceder a algún servicio: hombres que saludaban con efusión al cura y que, de paso, me daban la mano también a mí.

Visitamos el hospital, bastante decente si se contextualiza en el ámbito geográfico en el que me hallo. Todo era producto de donaciones: material, medicinas, equipamiento. Entramos con excesiva rotundidad en las salas dedicadas a la atención personalizada, pero nadie se extrañaba: supongo que el concepto de privacidad debe ser casi inexistente en estos edificios y galerías que albergan a poco más de dos mil personas. Me contaron que las patologías más frecuentes son los hongos, los problemas digestivos y las insuficiencias cardíacas, descontando las enfermedades que se transmiten por vía intravenosa o sexual. Y hablando de sexo, cruzamos por delante de las habitaciones destinadas al contacto vis a vis entre los reclusos y sus compañeras. La escena, con parejas sentadas esperando su turno, tenía un aire de vieja película italiana algo deprimente, aunque para muchos esa espera supusiera el acceso a unos minutos de vano placer, tristemente fugaz.

Y llegamos a la biblioteca: una gran sala con mesas y sillas ahora apiladas pero que por lo general se encuentran dispuestas para permitir la lectura de libros con cierta comodidad (si es que el calor sofocante es compatible con la lectura, cosa que en mi caso, aun siendo lector enfermizo, pongo en duda). Pero me temo que ese lugar debe de ser un solar la mayor parte del día, y el hecho de que el mobiliario estuviera desubicado demuestra el poco énfasis que nadie ha puesto en reordenar la sala. Al fondo, un cristal corredizo en el muro permitía vislumbrar los volúmenes que se amontonaban con cierto orden en estantes de hierro: casi todos libros de consulta, enciclopedias, material escolar, dispuestos para el préstamo. Supongo que nadie debe entender la lectura aquí como un tiempo de placer: sólo los que estudian se obligan a sí mismos a dedicar unos minutos diarios al repaso, y me entristeció oír que los libros no podían salir de la biblioteca, nadie tenía derecho a llevarlos hasta la celda.

Al final, y sólo por unos instantes, traspasamos un umbral que escuece y que marca un territorio definido: las dos primeras galerías de celdas se abrían a mis lados como grandes hangares cerrados, en cuyos muros se alojaban cada pocos metros las rejas de cada dormitorio. A la derecha, la galería de extranjeros (me contaban que hay un español ahí, encerrado por un tema de drogas), jugando a fútbol en medio del largo pasillo y ajenos a nuestra presencia. A la izquierda, la primera galería de presos autóctonos, con una imagen desoladora, la que me llevé después en las retinas mientras conduje alejándome del lugar: varios jóvenes muy tatuados se apiñaban contra los barrotes y le hacían algunas demandas a los vigilantes, elevando la voz y con los rostros afilados, la mirada perdida. Notaron mi presencia, me miraron extrañados, nadie se dirigió a mí. Los observé unos segundos y cruzó por mi imaginación la posibilidad de estar ahí, tres metros de distancia, sólo una puerta de hierro de por medio. Me tiraron del brazo para que nos fuéramos, porque la visita ya terminaba: ni pregunté por la posibilidad de ver otras galerías, otras realidades más oscuras que ya intuía que comenzaban en ese lugar. Salí despacio pero con una rara sensación de alivio: crucé la última verja y miré por el retrovisor cómo se cerraba detrás de mí. Libre, pensé.

miércoles, 9 de agosto de 2006

La literatura catalana: una panorámica (y 2)

El reconocimiento de la literatura catalana en el siglo XX tiene, por encima de otras consideraciones, un género en el que confluyen los mejores aciertos: la poesía. Hay tres nombres en la primera mitad del siglo que tienen una altura incuestionable, alguno de los cuales incluso fue propuesto para el Nobel y, según cuentan las malas lenguas (las catalanas y las que no) hubo un arrepentimiento final por motivos estrictamente políticos, cuando el jurado ya casi tenía tomada su decisión. En cualquier caso, la anécdota no quita ni pone nada, y ahí están los libros con sus respectivas docenas de traducciones para comprobar la genialidad de Josep Carner, Salvador Espriu y Carles Riba. Sigo releyendo cada cierto tiempo sus versos y no deja de sorprenderme la profundidad a la que llegó su arte. Es cierto que hay unos temas de fondo (más en Espriu, mucho menos en Riba) que sin conocer la especificidad catalana, su idiosincrasia, su espíritu nacional tan puro –ay, si no fuera porque la política ha contaminado la palabra nación con el recelo, la envidia y el resentimiento- es difícil de abarcar en su magnitud. Pero nada que no se pueda conseguir con placentero esfuerzo, y lo mismo que debemos hacer ante un poema de Seamus Heaney, por ejemplo. Y por si esto fuera poco todavía hay dos nombres fundamentales, no tan completos pero que alcanzan instantes de alta magia: J.V. Foix (los setenta sonetos de Sol i de dol revelan una voz precisa) i la vanguardia imperfecta pero sugerente de Salvat-Papaseit. Y otros dos nombres (Joan Maragall, Joan Vinyoli) que, aunque alejados de mi interés formal, admiten cualquier defensa intelectual. ¿Hay alguna literatura que dé más?

La prosa no vive en este siglo pasado su mejor momento: no perderemos el tiempo si leemos a Mercè Rodoreda o a Llorenç Villalonga, pero hacían falta unas corrientes estéticas más comprometidas, grupos o generaciones que crearan obras con más vinculaciones formales. Hay mucho nombre suelto, muchas ideas vertidas sin correlación que al final, vistas con perspectivas, son retazos que en su individualidad pueden brillar pero que en conjunto adolecen de falta de homogeneidad. Como es lógico, esto no es culpa tanto de los autores como de una realidad sociocultural específica, que primero frente a un poder cercenador y luego frente a un sistema repartidor de prebendas no permite instaurar corrientes de pensamiento y de estilo que caractericen a una literatura como tal. ¿Qué tiene que ver una Montserrat Roig con Jesús Moncada, de la misma generación y los dos ya fallecidos con varios años de diferencia?

Dentro de esas individualidades, hay otro autor que asciende a lo más alto del podio con una riquísima prosa que no tiene comparación y que se erige en otra excepción más: Josep Pla. No es fácil ver elevarse la ironía y la socarronería a tales extremos, y es imposible dejar la sonrisa en casa cada vez que releo a este ampurdanés de boina calada (boina clásica, con el gusanito en medio) opinando sobre lo mundano y lo eterno. Esta prosa rayana entre el periodismo y el ensayo, prolífica y desmesurada, sigue a nuestro alcance para no ser olvidada jamás, para que incluso ex-presidentes del gobierno español (qué cosas) lo tengan como lectura de cabecera, para que periodistas como Arcadi Espada lo mantengan como ejemplo a imitar, para que la Cataluña más egocéntrica y ombliguista lo mire de reojo como un rara avis que no sabe en qué vitrina colocar (lo inclasificable escuece), y para que los institutos de secundaria lo sigan recomendando sin atrevarse a cruzar el carrer estret.

Para el cuento no hay pérdida: Pere Calders sigue siendo un maestro, a la altura de un Sergio Pitol. Fíjense lo que da de sí un Cervantes y las consecuencias que puede tener el escribir en lenguas más minoritarias: este caso me parece de cajón. Y Quim Monzó, bien auspiciado en sus traducciones castellanas por Anagrama, siguió la estela y tuvo algunos destellos de gracia. En este caso las comparaciones de editores vociferantes dieron al traste con la necesaria moderación: Monzó no es Kafka, tampoco Rabelais.

No quiero pasar por alto el teatro y las inquietantes historias surgidas del talento de Benet i Jornet. ¿Han leído, han visto representada la obra Desig? ¿Advirtieron ustedes ecos de Lynch, de Shepard, incluso de Allen? ¿O soy yo el que a estas alturas ya veo visiones?

No quiero decir nada ahora de Manuel de Pedrolo porque pienso enlazar su obra con el comentario del libro en el que ya estoy metido, nada difícil de adivinar y que, sin abrir demasiadas puertas nuevas y con bastante ruido, ha removido algo (siempre es bueno) las aguas mediterráneas de ese pedazo de tierra tan singular.

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Le dice Alfonso Guerra a Núria Espert en "El País": "Estaba con mi hijo en un parque. Yo leía un libro de poesía y él se sentó en mis piernas; y de pronto vino el perro y se echó a su lado. La poesía, el niño, el perro... Sentí que no había nada comparable a aquel sentimiento de felicidad que me entró súbitamente."

Poesía, niño, perro: sin duda, qué tremenda trilogía.

miércoles, 2 de agosto de 2006

Un año

A los que vienen y van, pero muy especialmente a los que se quedan

Aunque la columna de archivos de la derecha inicie la cuenta en el mes de junio de 2005, basta una rápida comprobación para percatarse de que el primer post con ínfulas literarias de La senda de los libros se lanza a la red un 2 de agosto, hoy hace un año exactamente. No les voy a abrumar ahora con números, bien modestos por otro lado y que no tienen ninguna pretensión de establecer competencias con nada ni con nadie: 89 jornadas con post, más de 12.000 visitas (incluyendo las de quien suscribe), un buen puñado de comentarios de lectores, y el mero hecho de existir, que no es poco.

Cuando aparece la idea de crear un blog, eso ya no representa ninguna novedad: por entonces ya eran infinitos los diarios personales y las páginas temáticas que se lanzaban a la red cada semana, y pretender hacerse un hueco ahí era una tarea monstruosa. La ventaja que tenemos los desquiciados por la literatura es que siempre acabamos buscando los espacios más extravagantes que puedan llenar nuestras ansias y, lo que es peor, los encontramos siempre: las librerías más remotas, los fanzines y suplementos más minoritarios, los ejemplares más raros, y ahora los blogs más inútiles también. Ojo: inútiles para la vida práctica diaria, la que da de comer y llena la cuenta hasta fin de mes, porque no conozco nada más útil para reconocerse a uno mismo y entender a los demás que un espejo (y tengo serias dudas sobre este instrumento) y un libro.

Así pues, la idea inicial de La senda era mezclar el concepto de diario personal, en el que uno anota sus andares y sus pensamientos en una libreta, y de crítica literaria. El resultado pretendía ser un diario de lecturas comentadas sin dejar de mirar alrededor y haciéndose eco asimismo de noticias sobre autores y editoriales. No creo que me haya alejado mucho de esa idea, aunque sí reconozco plenamente que hubiera querido ser más regular en las aportaciones. Para que un blog tenga un mínimo de seguimiento, un pequeño grupo de gente que de vez en cuando pasee por él, hace falta un acto recíproco de generosidad y alimentar el lugar sin que haya un lapso muy dilatado entre aportación y aportación. Increíblemente, y a pesar de todos los pesares, hay algunos amigos (la distancia y la fría red no me impiden llamarlos así) que nunca han dejado de transitar por la senda, ya sea en silencio o dejando huellas en el polvo. Yo también procuro hacer lo mismo con los blogs que algunas veces me han enseñado algo o me han obligado a abrir los ojos como platos ante palabras bien dichas: acudo a ellos con la inquietud del “qué dirán hoy en ese lugar”, con esa cierta mirada infantil del que descubre una caja cerrada con un regalo en su interior. Pensar que hay alguien ahí que algún día pueda visitar tu casa con ese mismo pensamiento es una buena razón para continuar la tarea.

De todos modos, como ya escribí alguna otra vez, la existencia o no de este blog no dependerá del número de comentarios que susciten los posts. Si sigo escribiendo es porque tengo esa necesidad y lo expreso con este formato que las nuevas tecnologías nos han brindado. Sin duda que podría hacerlo en una hoja de papel y guardarla en el cajón, pero quizá algo de lo que yo diga pueda interesar a alguien y ahí queda, guste o no. Y es que yo mismo soy un pésimo colaborador de blogs, y ni la falta de tiempo puede excusar mis silencios (que no desapariciones) de los hogares de mis vecinos, a quienes sigo y seguiré frecuentando.

De todo lo escrito en un año supongo que salvaría algunas cosas, que no pienso releer. Quizá los textos de los cuales me siento más satisfecho son los que menos repercusión han tenido, y esto debe de tener su lógica. El ruido y la furia han aparecido en contadas ocasiones, pero en general los intercambios de pareceres con los lectores han sido siempre cordiales: me alegro de que no haya aterrizado por aquí ninguno de esos seres que viven en internet y que han encontrado el sentido de su vida dejando millones de manchas por doquier, en los foros y en los blogs.

Y hablando de foros, no puedo menos que reconocer los antecedentes de la criatura: comencé mi participación literaria en internet en el extinto foro de Javier Marías, proseguí mis pláticas en El bosque, y acabé por montar mi propio jardín. Siempre con nombres distintos, y no siempre con pseudónimos. Esto ha sido parte del juego que en realidad también es la literatura: un juego de máscaras, de personajes que nacen y mueren, que quedan suspendidos en las últimas páginas de los libros, y que pueden reaparecer, o no, en el momento más inesperado.

No negaré que a veces cunde el desánimo, la posibilidad de cerrar la verja y echar el cerrojo, las dificultades para conectarme a internet en mis múltiples viajes por Centroamérica (he colgado posts en los hoteles y cybers más cochambrosos, en medio de gritos y turbamultas) pero acabo de cumplir un año y creo que ni cuenta me he dado, así que es posible que pasen otros y sigamos tan campantes. También puede ser parte de la narrativa implícita en este oficio: aquí estamos, y quien sabe mañana dónde.

Para finalizar con una sonrisa, les dejo algunas de las últimas palabras introducidas en google por algunos internautas y que les llevaron directamente a La senda de los libros: "cómo hablar de uno mismo", "trucos efecto despeinado chicos", "nick en chino mandarín", "baldosas blancas", "Síndrome de Lolita", "caravana detrás del cámping Estrella de Mar". Como ustedes comprenderán, esto último sí me llegó al corazón.

El pastel, a la salida.

sábado, 29 de julio de 2006

La literatura catalana: una panorámica (1)

Le tenía ganas al tema, quizá por mi específica formación en el asunto y por mis dilatadas lejanías del núcleo sentimental; léase: de la patria, como algunos la llaman. Ecs!, como dicen también algunos en mi tierra natal: ¡palabrejas tronadas y decimonónicas a mí! Recuerdo ahora, de paso y sin saber por qué, un divertido y escueto palíndromo con grafía castellana y pensamiento catalán: “España? Psé...” Pero como veo que me estoy poniendo demasiado exclamativo y me salgo de la senda principal, voy al grano directamente.

Aquello que convenimos en llamar “literatura catalana” puede tomarse desde dos ópticas bien distintas: o hablamos de la literatura escrita en lengua catalana, o hablamos de toda aquella producida en el ámbito territorial de Cataluña. Y la distinción no es nada sutil: broncas varias ha habido por saber quién tenía derecho a ir a la feria de Frankfurt, que dedicaba una parte de los cubiletes a su prosa y su poesía: ¿Era Eduardo Mendoza quien debía mostrar sus libros ante el público alemán? ¿O era Baltasar Porcel únicamente quien ameritaba tal privilegio? Y ya no preguntemos si Pere Gimferrer debía presentar tan solo la mitad de su obra en las mesas, la escrita en la lengua normativizada por Pompeu Fabra, y dejar en casa su otro yo; el de Arde el mar, sin ir más lejos. Estas disquisiciones ponen de relieve que lo político ha llenado de betún cualquier intento de establecer una definición lógica y de sentido común, y hay que llevar a cuestas siempre el rictus enojoso del que nos mira con sospecha. Mala papeleta: no es fácil hablar del tema tan solo desde una óptica filológica, e incluso es difícil también hacerlo como un lector que lo único que quiere es sentarse en un sofá, abrir un libro y dejarse llevar, buscando el placer estético y que le cuenten historias solventes.

Me imagino que todavía debe haber entrevistadores que, puestos ante el escritor de turno con la grabadora en ristre, sueltan la pregunta:

-¿Y usted por qué escribe en catalán?

Mientras una frase de este estilo todavía sea inteligible y no muestre la evidente contradicción que conlleva, será una prueba irrefutable de que el problema persiste. Y es que es imposible saber si el listillo busca una respuesta de Perogrullo (con lo cual debería ser despedido de inmediato del periódico para el que trabaja: “Porque soy catalán y es mi lengua habitual”), se hace el listillo doblemente (y no queda más opción que responder con desdén: “Por joder”) o, peor aún, articula las palabras con convicción y cree estar haciéndole un favor a la sociedad: ha descubierto a alguien en falta y le recrimina su atrevimiento. Ante esto, la necesidad de explicarse no por hacer buenas (o malas) novelas sino por escribirlas en determinada lengua críptica sigue siendo un peaje ante la ignorancia del cobrador. Se quejan muchos editores de que las novelas catalanas traducidas al español no suelen tener buenas ventas: supongo que algunas merecen tales niveles de lectura, pero otras quedan afectadas ya de inicio por la nauseabunda igualación entre lengua y literatura minoritarias, y así se entiende que un territorio pequeño debe producir escritores de igual estatura literaria.

No hay duda de que si establecemos una comparación (odiosa, como casi todas) entre la producción en lengua catalana y la que nos llega desde otras lenguas minoritarias del país, lo catalán gana peso. Hay una tradición que nace en la Edad Media y que prestigia lo escrito desde entonces, y pese al batacazo que supuso la por todos conocida decadencia de la literatura catalana en los siglos XVII y XVIII, su recuperación posterior eleva la lengua al grado de instrumento que produce, también, belleza. Pero la normalización lingüística acaecida en los años posteriores al franquismo tuvo un problema de fondo que todavía no ha sido superado: como se trataba de potenciar (ya sea con subvenciones, ya sea con aureolas de prestigio) todo lo que salía de las plumas catalanas, hubo espaldarazos y parabienes hacia cualquier individuo que escribía dos renglones seguidos. Con lo cual, lógicamente, en las mesas de novedades tuvieron lugar batallas que enfrentaban a escasas mentes brillantes con numerosos ejércitos de escribanos a sueldo; o sea, que un Jesús Moncada, por ejemplo, tenía que vérselas con los quilos de papel que las muchas maripausjaners y las mujeres (¡y los hombres!) que hay en ellas iban esparciendo por el territorio. Las novelas catalanas se multiplicaron por cien, con la consiguiente invasión de folklorismo y costumbrismo que escaló posiciones con el cheque en el bolsillo.

Al final el público tuvo que abrirse paso a machetazos por esa senda y buscar lo sobresaliente entre tanta hojarasca. Omito añadir que esa hojarasca baña los caminos de cualquier literatura mundial, pero en el caso específico de Cataluña se había pagado a los árboles para que dejaran caer esas hojas secas: he ahí la gran diferencia.

Este domingo me pongo a leer el penúltimo boom de la literatura catalana, por curiosidad y también por cierta vocación de estar al tanto. Lo comentaré en su momento, así como abriré otro capítulo para poner nombres y apellidos a esta historia.

sábado, 22 de julio de 2006

El decorado al descubierto

(quinta parte)

Este penúltimo desmenuzamiento de Sábado ya llega al meollo del asunto. No hace falta avisar que va dedicado a las personas que ya han leído la novela (o a las que no piensan hacerlo nunca y vienen a curiosear) porque no quiero esconder detalles que me impidan analizar algo a fondo la estructura de la obra, tan apegada a su argumento.

De hecho, era completamente previsible: conociendo los antecedentes del autor, ningún lector podía albergar ni un gramo de duda sobre el cambio de registro que iba a experimentar en determinado momento. Si Briony percibe un sospechoso acercamiento entre un adulto y una niña a las cien páginas, aquí pasan más de doscientas para que entre el estupor por la puerta, pero llega. La morosa secuencialidad de cada paso de Henry no podía conducir hacia otra salida, a riesgo de que la banalidad pudiera elevarse a categoría de tema. Es decir: la descripción de anécdotas en serie tiene que buscar algún objetivo y debe irse acercando a él, con otro riesgo no menor: que la tramoya quede al desnudo y se le vea la trampa a la novela. Vuelvo a decir que, a mi parecer, Sábado orilla bien ese peligro, pero acepto réplicas: es posible, como he leído en algunos blogs, que a algunos les haya decepcionado después de la trouvaille que significó Expiación.

Recapitulemos: la intención de pormenorizar los elementos que conforman una jornada completa en la vida de un individuo gris (entiéndase: no un héroe, pero tampoco un patán) es un salto al vacio. Por muy especial que pueda ser esa jornada, y las manifestaciones antiguerra que la jalonan no amortiguan la cotidianidad, parece que siempre nos irá quedando la sensación de que asistimos a un acto intrascendente. No hay vida gris que soporte el bisturí: todo lo que sale de la herida es sangre y sustancias corporales, y no hay confeti ni regalos mágicos. Vamos abriendo y sólo encontramos a un hombre que juega a squash, que visita a su madre, que compra pescado. Cierto, hay un encontronazo en la calle, pero nada relevante en las urbes actuales. Si prosiguiéramos así hasta la noche llegaríamos a una conclusión que pudiera ser terrible, la más terrible que le ocurre siempre a una novela mala: ¿tanto trayecto para nada? Incluso una obra como esta, tan bien escrita, pudiera también dejarnos con un sabor agridulce.

Entonces, ¿qué hacer? La solución del autor, que reencontramos antes en otras novelas de una manera más maquiavélica, se presenta ahora como evidente, casi como un recurso indispensable y, sin duda, como una regla de manual del buen escriba: para que no decaiga el ánimo, hay que incluir una escena que remueva los cimientos, que sitúe a los personajes en una posición inesperada e incómoda, y que el lector se obligue a sí mismo a pensar en esas vidas inventadas desde otra perspectiva. Harry deja de ser el hombre gris por unos instantes y apunta al héroe, y ese invento es tan viejo como la literatura misma. Pero el riesgo, vuelvo a insistir, radica en que en esta ocasión no hay otra salida posible: la comezón que uno siente al ver que llega a la página 200 y todavía no hay terremoto puede ser algo desesperante, porque sabemos que va a llegar. Y no sólo porque conocemos a McEwan, sino porque ha construido un armazón que sólo puede sustentarse con ese golpe de efecto casi final. Si no hubiera puerta que se abre, y mujer que aparece con el rostro demacrado, y cuchillo en el bolsillo, la obra se desvanecería en el aire como se desvanece la biografía de cada cual, que sólo importa a los familiares más cercanos y a algún amigo verdadero. El autor va cerrando esta vez todas las sendas a medida que avanza el relato y nos conduce a un callejón sin salida, o mejor dicho, con una única salida.

No quiero ser nada riguroso, aun a sabiendas de que puedo parecerlo. Sigo recomendando esta obra, sin duda, pero más como ejercicio de cómo se construye una novela que como logro indispensable. McEwan ya es un maestro, y no dudo de que una futura obra buscará otros caminos: eso es lo grande de los que saben lo que hacen y de los que dejan el andamio no como descuido, sino como pieza que forma parte de la obra. Remataré mi análisis en un próximo post.

(continuará)

sábado, 15 de julio de 2006

En el aeropuerto

Mis relaciones con los aeropuertos en estos últimos años han sido frecuentes, y las horas de espera en ellos me han ayudado también a leer y a pensar. Pese al barullo que suele haber, especialmente en determinadas horas, en los pasillos y salas de embarque, siempre consigo abstraerme de lo que me rodea y me dedico a mis aficiones solitarias: ya sea en Miami, en San Salvador o en Madrid, además de observar esas moles que se elevan y aterrizan con una elegante majestuosidad, acerco mis ojos a las páginas o los dejo en blanco hacia la lejanía.

Luego hago un repaso de los viajeros que me rodean y me doy cuenta de que allí dentro todos somos prototipos, es imposible distinguir vidas aisladas y reales. Siempre está el judío barbudo con kipa y traje negro (debe ser siempre el mismo o viaja conmigo sin yo saberlo); la norteamericana teenager estirada sobre tres sillas, impidiendo que yo o mi maleta de mano reposen en ellas; la pareja de niños que corretean en círculo justo por la fila de asientos en la que al final he podido sentarme; el hombre arreglado con ordenador portátil en las rodillas; la mujer árabe y algo obesa con pañuelo en la cabeza; el adolescente español con su peor ropa, pensando (horror) que acaso se siente a mi lado en el avión. En fin, una fauna que no corre ningún peligro de extinción porque se repite sistemáticamente en cualquier rincón del mundo, siempre que tenga una pista de aterrizaje y un edificio con sala de espera.

Pero lo que tampoco dejo de hacer nunca es una visita turística a la tienda de libros del aeropuerto de turno. De la misma manera que los bares venden sándwiches y bocadillos en serie, lo que nos ofrecen esas tiendas sigue unas reglas bien curiosas. Por lo pronto, me imagino que ante la perspectiva de un viaje intercontinental es imprescindible contar con un espacio en el que escoger productos de ocio: es por eso que los libros suelen venderse al lado de las revistas de crucigramas, los tableros de parchís y los muñecos de trapo. Nadie habló de cultura: hay que rellenar horas, y entre película y película qué mejor que unas páginas desnatadas. Pero de un tiempo a esta parte hay una mesa estratégicamente colocada en la entrada que ofrece lo que parece ser el producto estrella: libros cuyos títulos (“Cómo triunfar en los negocios”, “50 consejos para sobrevivir en tu empresa”, “Cómo hacer dinero sin mojarte el culo” o así) expresan todo un estilo de vida. No dudo de que hay miles de empresarios que a diario vuelan de un lugar a otro y deben ser los principales receptores de semejantes obras, con lo que me imagino que alguna mente retorcida los está tratando a todos ellos de estúpidos (y ellos sin saberlo!). La ecuación debe ser más o menos así: chico guapo encorbatado + maletín con portátil = libro de autoayuda mercantil. Pero en esas tiendas entramos todos: el judío, la teenager, la mujer árabe, los críos, ¡incluso los idealistas con blog! Y pocas veces veo a nadie con esos perfiles hojeando tales libros, acaso algún desvelado con muchas horas por delante entre vuelo y vuelo.

Yo siempre llego pertrechado con mis utensilios en la mochila, pero no dejo nunca de entrar en esos supermercados de la tinta impresa. Hay también estantes dedicados estrictamente a lo que más vende: códigos, zahires, catones, pilares de la tierra, médicos y chamanes, sombras del viento, cálices de fuego... O sea, los libros que ya todo pasajero debe haber comprado (lo dicen las listas) están ahí, sin opción para la sorpresa ni para el descubrimiento feliz. Luego hay un buen fondo de guías de viaje (quizá el último resquicio de honorable lógica que les queda a las tiendas) y, por último, los libros de Sudokus, que ya huyen del apartado de revistas y copan su porcentaje de objeto encuadernado.

Si digo todo esto es porque es en los aeropuerto donde mejor se expresa el quebrantamiento entre el formato libro y la alta cultura. Este tendencia a convertir cualquier instrumento en materia de uso de disfrute rápido (la televisión y el cine saben todavía más de eso) es invasora y en algunos casos, como el que aquí se expone, lo fagocita todo. Ya no es que el libro reciclable tenga su espacio y la literatura con genio el suyo: ésta ha ido perdiendo espacio hasta quedar reducida casi a la nada en determinado lugares, e incluso yo me siento extraño sacando mi ejemplar de Bolaño o McEwan en un avión. No miento si digo que evito que mis vecinos vean qué estoy leyendo exactamente, no vaya a ser que no me consideren digno de tal lugar y tenga lugar alguna despresurización intempestiva de la nave. La literatura ya hace tiempo que desapareció de determinados sitios y ni la excelente posibilidad de plantearse ocho horas de obligado asueto (¿quién en su vida privada se permite tamaño lujo, como no sea para dormir?) cambia la situación. Y pensar que recuerdo con precisión en qué aeropuertos comencé determinadas novelas, en qué butaca y con qué olores desparramándose en torno a mí. ¡Ay, los hombres sentimentales!