miércoles, 29 de marzo de 2006

Una luz en el horizonte

Los que ya me conocen de sobras (o sea, que han leído con alarmante asiduidad los casi 70 posts que por aquí se han ido acomodando) saben a ciencia cierta que yo iba a comenzar la lectura de Sábado un sábado. Nadie que me conozca lo suficiente podía albergar ni un gramo de duda sobre la ritualización de mis quehaceres literarios, y por eso busqué este fin de semana el lugar idóneo (cabaña en medio del bosque) para inaugurar uno de los principales pantanos del año, una de las novelas que con más ansias estaba deseando afrontar. Lo lamentable es que por allí cerca se celebraba una boda campestre, y los ecos de la despiadada música se metían por las rendijas de las ventanas: pero ni aun así. Uno, que es terco no ya por genética sino casi por definición enciclopédica, fue a lo suyo.

Volver a McEwan es un regreso al hogar y a la cama adaptada a la espalda, después de tanto colchón muelle y tantas sábanas con naftalina. Es la sensación que aparece cuando nos reencontramos con uno de nuestros escritores favoritos, cuando el poso de una buena lectura anterior nos anticipa la posible recuperación de placeres que pocas veces, muy pocas, están al alcance: un vino de cosecha añeja, un paisaje estremecedor por su belleza salvaje, un polvo con los cinco sentidos en alerta, una novela que permanece en el recuerdo. Por ahí precisamente, en algún hueco de la memoria, se conserva el aroma de Expiación y de sus circunstancias, como pueden ser sus primera páginas transitadas en el aeropuerto de Miami, en una de esas interminables esperas post 11-S.

Y era sábado, y era Sábado. Ya tengo la primera conciencia para apuntar algunas pautas de las primeras 30 páginas, mínimos destellos que tendremos que ir corroborando:

1. Henry Perowne es un neurocirujano común y corriente, como todos los neurocirujanos que pueblan los hospitales de medio mundo. Profesional, serio, dedicado en cuerpo y alma a su oficio. Se levanta una madrugada sin sueño, con una extraña sensación de ánimo y desvelo, y sin razón aparente se dirige a la ventana del dormitorio procurando no despertar a su esposa, que duerme a su lado. A pesar del frío exterior, Henry contempla el silencio y la quietud de la noche durante unos breves minutos y divaga, suficiente tiempo para que McEwan esboce en pocas páginas la vida de nuestro protagonista: estampas familiares, obsesiones laborales (excelente la descripción de sus últimos pacientes, con una frialdad muy british) y preocupaciones globales. Ya lo conocemos, y ha bastado una abertura de ventana y un mirar a lo lejos.

2. Pero hay en McEwan un elemento fundamental que se repite en sus novelas y que aquí ya encontramos en estos prolegómenos, en una primera escena que denota cierta pasividad y que, llevada al cine, sería una escena de relleno para enlazar otras más jugosas. Pero no: como yo ya he jugado a este juego antes, sé perfectamente que uno no se puede adormecer en ninguna página de nuestro inglés predilecto: la sensación de “aquí va a pasar algo” es permanente, y cada segundo cuenta antes de despeñarnos por el abismo. Ese decorado insustancial siempre esconde un filo de navaja, una lengua bífida asomando por debajo de la cama.

3. El elemento perturbador, pues, no tarda en llegar: Henry observa en la lejanía, por encima de los edificios londinenses, un destello y una luz que avanza. Frente a las primeras deducciones (un meteorito, un cometa) debe recapacitar ante lo inevitable de la visión: un avión tiene un motor o un ala ardiendo y se desliza con un ruido martilleante hacia el aeropuerto de Heathrow. McEwan tensa la cuerda al límite al entablar un fuerte discurso con el azar: pocas cosas tan absurdas puede haber como salir a la ventana y ver un avión derribado, lo cual no impide que eso sea perfectamente posible. Lo difícil es hacerlo creíble, y esas páginas lo consiguen: el asombro y la extrañeza de Henry es la del lector, es el punto de vista del ciudadano común e insomne que sin previo aviso experimenta un rasguño en su monotonía: “Entre tantos millones tiene que haber personas que se asoman a la ventana cuando normalmente deberían dormir (...) Que sea él y no otra es arbitrario”. Pero él se asoma y descubre, y se sorprende y exige saber más, y es entonces cuando hay novela.

4. Ya hace tiempo que busco la gran novela sobre el 11-S (lo dejé escrito) y no sé si ya estoy metido en ella. De todos modos ya hay una consecuencia que Henry explicita con tino: “Todo el mundo coincide en que las líneas aéreas parecen distintas desde entonces, predatorias o condenadas”. Cierto: ver un aparato de esos en el cielo (los de Tegucigalpa parece que quieran rascarse la barriga con las antenas, yo me agacho instintivamente cuando me sobrevuelan por la calle) ya no puede comportar la inocencia antigua del niño que imagina y se transporta con ellos a lugares misteriosos: “Hace casi dieciocho meses que la mitad del planeta presenció una y otra vez a los cautivos invisibles conducidos a través del cielo hacia la matanza”. Y si el mundo ya no es lo que era, ¿cómo van a ser iguales las novelas? ¿Se lo habrá preguntado McEwan, y nos va a contar en qué nuevo panorama estamos? Yo todavía sigo con mis ojos esa luz centelleante que desaparece poco a poco en la lejanía y que nos transporta a todos, viajeros o no, vivos o muertos.

(continuará)

miércoles, 22 de marzo de 2006

La literatura resistente en Blanes

ROBERTO BOLAÑO
Santiago de Chile, 1953 – Blanes, 2041

Escritor de prestigio, alabado por la crítica y un cada vez más numeroso grupo de seguidores que lo adoran y lo imitan, su vida y su obra pueden dividirse en dos grandes etapas: una primera, la más conocida, que arranca con algunas obras menores y una obra inclasificable, La literatura nazi en América, que le presenta al gran público como un autor de difícil inserción en la tradición literaria del momento y como un outsider arriesgado, valiente, poco proclive al halago y al autobombo. Después de publicar varias obras conocidas y de recibir algún que otro premio (el Herralde por Los detectives salvajes le confirma como uno de los mejores escritores de su generación), publica en el año 2004 una de sus cumbres creativas, 2666, obra de más de un millar de páginas con la que concluye esa primera etapa prolífica y de ascenso permanente.

El segundo Bolaño aparece con una desaparición: el autor chileno, después del esfuerzo que le supone la redacción de 2666, decide alejarse un tiempo del primer plano literario y viaja durante casi dos años por los continentes americano y africano. Hay muy pocos testimonios que hayan logrado verlo, acaso una sombra en la noche, en ese período: por orden cronológico de las apariciones se le sitúa en una cantina algo tétrica de Managua; cruzando una calle empedrada de Antigua, Guatemala; en un bus repleto de México DF (el testigo sólo vio su faz unos segundos, sus gafas redondas y un cigarro apagado en los labios); conduciendo una vieja camioneta por los arrabales de Tetuán; tomando una taza (un niño berebere dice que té, un viejo barbudo que café) en un perdido oasis del Sahara. Y así se suceden algunas declaraciones más, a cual más inconcreta sobre el paradero de nuestro autor.

En 2006, sin explicar los motivos ni el destino que lo desdibujó durante tantos meses, reaparece con dos nuevos manuscritos bajo el brazo: El afán desmedido y Una mancha en la almohada. El éxito de ambas obras, publicadas al mismo tiempo, provoca artículos elogiosos, tesis sobre el nuevo rumbo de su literatura, debates televisivos que indagan en su vida privada. Roberto Bolaño vuelve a conceder entrevistas y sugiere que su adiós temporal era un deseo de “encontrar la verdad bajo cada adoquín, sobre cada tapizado de sofá”. Estas y otras declaraciones no hacen sino acrecentar el misterio y las ganas de saber más de sus lectores.

En los diez años siguientes escribirá un monumental volumen de poesía, Los minutos amargos, que muchos emparentan con lo que 2666 significó para la narrativa, y que en este caso desnuda al Bolaño más sentimental y cruel a un tiempo, más amoroso y despiadado. Se recuerdan las elogiosas críticas que el libro recibió de Caballero Bonald, de García Montero o de Joan Margarit, y también cómo en Chile fue recibido primero con cierto estupor y después, con el poso de la lectura digerido, con ditirambos desmedidos. Se han repetido hasta la saciedad las imágenes de Isabel Allende llorando amargamente ante las cámaras cuando le preguntaron por Bolaño, y fue incapaz de emitir un solo comentario más allá de los sollozos.

También en esa misma etapa escribe el libro de relatos Imbéciles apócrifos y la miscelánea de textos Cuando lleguen las olas. Le piden conferencias y cátedras en universidades de medio mundo, pero él prefiere seguir en su Blanes de adopción, que ya no abandonará hasta el fin de sus días.

La novela Réquiem por Arturo Belano, de nuevo una obra de muy amplias ambiciones y paginación, se traduce a más de treinta idiomas y le convierte en un clásico viviente, amparado ya por las Academias de varios países (la española le ofrece un asiento con la letra H mayúscula, que él rechaza a través de un famoso escrito publicado en “El País” bajo el título de “La letra muda”).

En 2021 se le concede el premio Cervantes, a pesar de lo cual aún conserva su aura de escritor para minorías, siendo esto una falsedad por cuanto sus libros permanecen siempre entre los más vendidos en cualquier lista. Y sólo un año después se le otorga el Premio Nobel por “su inventiva, que traspasa las fronteras de lo humano y lo artístico, y por su capacidad de construir mundos alternativos donde lo real y lo imaginario forman un todo indivisible”. Todavía se recuerda la llamada que el Rey de España, Felipe VI, le hizo a los pocos minutos de saberse la noticia: “Roberto, la Corona es una fiel lectora de tu obra”.

En los últimos años de su vida todavía publicará diversos volúmenes, tanto de poesía como de narrativa (Qué es una de sus novelas más aplaudidas, al igual que el poemario Infinitas luces), pero se refugiará en un silencio personal que le apartará de la prensa y de cualquier aparición pública. Se dice que, póstumamente, habrá material publicable durante varios años, tanta es la cantidad de apuntes que albergan los cajones de su escritorio. También los blogs, ese invento sustantivo de principios de siglo y que hoy son el principal motor del debate literario, recogen su testamento y rejuvenecen, día a día, la bibliografía de Bolaño: las huellas y las sendas de la red son las que mantienen hoy vivos el recuerdo y la lectura de nuestro querido compañero chileno.

viernes, 17 de marzo de 2006

Revisitando a Bolaño

Estaba en casa de un amigo, en la parte alta de San Salvador. Pequeño jardín con vistas a la metrópoli cochambrosa, guardia bien armado que vigila el acceso a la calle, y la familia: tres hijos, un perro. La mujer me comenta que los niños andan peleados, y la causa me sobrecoge: ya ha llegado también aquí el último volumen de Harry Potter y hay carreras y codazos por leer el único ejemplar de la casa. Se lo van pasando y lo devoran, uno ya ha llegado a la mitad en dos días (unas 300 páginas, calculo) y controlan el tiempo que cada quien tiene para evitar que otro lo sobrepase. Muy pronto el perro también va a pedir su cuota, seguro.

Pues estos días ha tocado nuevo viaje y mucha ocupación sin horarios. Hasta ayer la capital estaba en ascuas por un resultado electoral, y a las ocho de la tarde volaban hierros, gases lacrimógenos y alguna que otra bala. Yo me lo miraba impasible por la televisión, en riguroso directo, apartado ya del tumulto y acostado en medio de un surreal bosque de pinos. O sea, el bosque era muy cierto y las piñas también, pero esos saltos mortales (del peligro próximo a la letargia soñolienta) acaban repercutiendo en mi cuerpo y debe ser por eso que las bacterias encuentran accesos francos, hallándome sin apenas defensa que oponer.

Pero he tenido tiempo de pensar algo sobre libros digeridos, sobre ese último Bolaño que ya dejé por aquí apuntado y que sigue rondando mi cerebro. Tengo que admitir que casi nunca dejo un libro a medias, y como acostumbro a creer fuertemente en mis elecciones, no doy tregua hasta confirmar que aquello que leo se acerca a mis primeras hipótesis de fe. Pasa a menudo que uno está leyendo algo que no acaba de interesarle, o de no poder vislumbrar hacia dónde nos lleva esa historia, pero siempre mantengo la esperanza de una remontada, de algún saque de esquina en la página 257 que acabe entrando en el fondo de la red. Después siempre ocurre que lo que comienza mal suele acabar peor, pero yo sigo ahí, inasequible al desaliento. Ahora tengo por fin un motivo para sentir cierto orgullo de mi terquedad: esta literatura nazi de la que hablo me pilló muy desprevenido, y aunque ya tenía referencias de por dónde iba el libro (no las de contraportada, que nunca leo antes de las 100 primera páginas, otro de mis absurdos ritos literarios) me vi atrapado en una telaraña de historias desbocadas, sin sentido y completamente alucinantes. Cada biografía me descolocaba más que la anterior, siendo como son mentiras muy ciertas sobre los límites de la literatura, sobre los locos que pululan por estos mundos, sobre gente que escribe y escribe y no deja huella, que pasa creyéndose Borges o Rabelais y que sólo emite destellos imprecisos, obras desalmadas.

¡Y qué cambio se produce cuando esa reiteración, después de las 8 o 10 primeras puntadas, se convierte en 20 o 30 estocadas más! Lo que inicialmente era un borroso panorama de personajes prescindibles, va tomando cuerpo y se alza ágil por encima de la mera anécdota. El salto es gradual pero ya con cierta perspectiva se torna también mortal, como mis últimos viajes: a medio libro yo necesitaba que se ampliara esa amalgama de gente vil, que no parara la lista de infames que publican supuestas novelas de tesis, vanguardistas, rompedoras, únicas, tan reales como el montón de mamotretos que pueblan las mesas de novedades de El Corte Inglés. Menuda visión la de Bolaño: esas falsas biografías son trasuntos de verdades absolutas, de hombres y mujeres americanos (y europeos y marcianos) que están aquí, entre nosotros y con otros nombres, que también nacen en 1945 y mueren en 2016, pongamos; en Cartagena de Indias o en Dakota del Sur; y uno va conociendo la suerte de esas docenas de individuos y mira luego por la ventana y los ve a todos. Bolaño dejó impresos allí, para la posteridad, todos los retazos de vida posibles que acaban montando el puzzle de los fantasmas literarios que somos y serán. Yo no podía dejar esas páginas y de releer esas bio-bibliografías locas, juiciosas.

Ya tengo el ejemplo exacto para confirmar que mi idea no era tan equivocada: jamás hay que dejar un libro a medias, no vaya a ser que, como en este caso, después de varias hojas las tapas comiencen a aletear y el ejemplar de Seix Barral alce el vuelo como un pájaro. Ahora también me parece que Vila-Matas está intentando escribir desde hace mucho años precisamente esta obra, esta rara avis que tiene pocas comparaciones y menos libros de igual fuste. ¿Saben cuál es uno de los mayores elogios para el invento? Cuando uno, al leerlo, quiere inventar también y escribe sobre otros fabuladores imposibles, quiere emular y copiar al maestro. Cuando la lectura nos lleva a la escritura íntima y nos vemos impelidos a anotar cuatro párrafos en un cuaderno: ¡Qué pocas obras nos obligan a coger el lápiz y a pasarlo por encima de la hoja de papel! Bolaño es capaz de eso y, como augura mi otro acto de fe, de mucho más.

miércoles, 8 de marzo de 2006

El viaje tortuoso

La larga desconexión de la senda tiene nombres comunes: viaje trasatlántico con parada no prevista (¿no se han encontrado nunca, al llegar a un aeropuerto de tránsito, con que les digan que su siguiente vuelo está cancelado? Pues eso: contratiempo desesperante y noche extra de hotel con gastos pagados) e infección bacteriológica (llegar y vencer: ni dos días pasaron hasta que las bacterias tomaron el control de mi aparato digestivo y me mandaron a la cama con casi 40º de fiebre, apenas salgo ahora de mi debilidad corporal). Es otra forma de llegar a destino: darse cuenta de que hay azares que todavía nos pueden obligar a dormir en un país extraño o a hacerlo en nuestra propia cama con una temperatura dislocada, en ambos casos siendo huéspedes extraños de nuestro cuerpo, y todo con el escaso margen de tres días. Tanta vivencia debe ser excelente para crear literatura, cada vez tengo menos excusas para ponerme algún día a ello.

Antes, seguían ocurriendo cosas en el mundo, en mi país. Una vez más se vendía una nueva entrega de las aventuras de Harry Potter y nos obligó a los que nos dedicamos a pensar sobre estas cuestiones a otra reflexión (la quinta o sexta) sobre las ventas de los libros, la lectura, el alejamiento de los jóvenes hacia ella y tantos otros temas que nos entretienen unas horas. Los profetas del fin de los tiempos tomarán este éxito como una excepción dentro del páramo cultural, pero yo he ido agrandando mi sonrisa a medida que se iban publicando tomos: reconozco mi escepticismo inicial (extensible a todo éxito espectacular devorado por mayorías) pero la realidad acaba haciendo mella incluso en mi relativismo proverbial. Cada vez aplaudo con más entusiasmo las colas de niños, las lecturas en vivo del libro, los disfraces carnavalescos de magos y todo el marketing que se monta alrededor, sabiendo como sé (niños y no tan niños hay a mi alrededor que también están en esas colas) que al final el triunfo será el de la literatura y el de la imaginación, y por ende, el del placer lector de miles de criaturas. ¡Y qué más se puede pedir que hacer feliz a un niño!

Hace unos días leía (quizá dentro de ese avión interruptus, quién sabe a estas alturas de la fiebre) una entrevista a Alberto Manguel y expresaba su satisfacción no sólo porque se lea, sino porque precisamente se lea eso. Es decir, que lo de Harry no es un mal libro y que el fenómeno tiene una base sólida por ese camino. ¿Serán más listos los infantes de hoy, accionistas de Telefónica del mañana, que sus propios padres, que harían las mismas colas por comprarse un Dan Brown o un Paulo Coelho? Si así fuera, hay que ser optimistas: esta generación no acepta mercancía fraudulenta y exige que no le tomen el pelo.

También salía yo de Occidente y uno de sus grandes referentes penetraba en las salas de proyección, saltando de la página a la pantalla: Melissa P. ya ha sido encarnada por la nínfula Valverde y, con ella, el sexo (el referente al que me refiero, obviamente) regresa a la obsesión masculina que arrastramos desde Lolita, por lo menos. La adolescente pura que entra en lo prohibido por la autopista, sin rodeos, ya es un tema algo trasnochado. Esta Melissa no aporta nada nuevo, pero lo viejo que lleva tampoco sabe a fresa ni a chocolate: ese dejarse llevar para acabar en escenas coreográficas de grupo (es la excelente definición que, sin darse cuenta, anotó la Valverde sobre su personaje) produce una somnolencia algo triste, como ver guerras en los telediarios y dormirse con el ruido de las balas. Hay una contradicción flagrante entre la propuesta y el resultado: Melissa no sabe decir no y para ello asistimos impasibles al cúmulo de gimnasia gratuita que no da placer ni al espectador ni al lector, y menos a la protagonista. Hace unos años leí la versión original La vie sexuelle de Catherine M., otro giro más reflexivo pero igualmente terco en enumeración de posturas, de detalles. Cuando el todo es insignificante, el detalle pasa a ser una reiteración abusiva, un recordatorio al lector de que las historias requieren tejidos más resistentes.

Al fin, esta desconexión puede deberse también a nuevas dificultades para actualizar esta senda, que también requiere de estímulos fuertes para abrirse paso. El tiempo, los viajes, todo influye, pero aun con menos regularidad, que nadie dude de que seguiremos caminando, mientras sea necesario escribir y contar.

jueves, 23 de febrero de 2006

Adéu, Barcelona

Hay que ir despidiéndose de estos adoquines y de esta prisa, de toda esta gente que espera en un semáforo peatonal frente a frente y que, al ponerse verde, avanza y se cruza sin rozarse, esquivando con precisión milimétrica a sus contrincantes. Es casi un prodigio: tanta gente y tanto desorden organizado, nadie deambula. En cambio, las calles de Managua que me esperan la próxima semana están vacías de paseantes (quién se atrevería) o, cuando los hay, esperan buses o piden unos córdobas. Pero necesito de nuevo esa improvisación que aquí se escabulle y desaparece ante la avalancha de vidas cronometradas: recuperar el efecto sorpresa, la posibilidad de no saber qué o quién espera a la vuelta de la esquina. Aquí ya se sabe: el mismo quiosco, el mismo viajero que cada día se sienta en el mismo asiento del mismo tranvía, el mismo repartidor de “20 minutos”, la misma pareja de vendedoras que, a las 9 en punto (ni un minuto más ni uno menos) levantan la persiana de la cerería. Hay mañanas en que la sensación es ligeramente onírica: se repite con precisión el sueño de hace 24 horas, y esos seres que lo pueblan no pueden ser personas reales: nadie aguantaría repetir los mismos gestos y ademanes durante 40 años, pero resulta que sí. Es otro pequeño prodigio: basta con hacer el mismo recorrido diario en idénticos minuto y lugar para repetir la secuencia, como un viejo aparato de cine que se encalla y siempre proyecta los mismos fotogramas, una vez tras otra.

Pues eso, que hay que despedirse de nuevo de todo esto hasta la próxima. Mientras, aún veo alguna cosa por televisión, como la entrevista a Pérez Reverte el martes, sólo una retransmisión de uno de sus artículos: poca literatura y mucha opinión, con su verbo desbocado y su dicción supersónica. Y ya sólo queda decidir los libros que hay que meter en la maleta, la parte fundamental del equipaje. Se podría vivir sin ropa, pero ¿sin libros? Ya contaré la próxima semana mi paseo por la nueva terminal faraónica de Madrid, y confío ciegamente en que mi biblioteca no se pierda por esas longitudes quilométricas. Ya en destino, y con el espíritu de nuevo acomodado, seguiremos paseando por la senda.

martes, 21 de febrero de 2006

Una excepción: Manderlay

Voy a hacer una pequeña excepción, y quizás no sea la última, para recostarme un rato en el bancal que veo allí, al margen de la senda. Quiero hablar otra vez de cine pero sin el hilo que hasta ahora unía cualquier comentario mío a la literatura y a los libros, porque ahora se trata de escribir sobre una película no basada en ninguna novela previa. Aunque quizá, ahora que lo pienso, no me aparte tanto del camino porque lo que realmente quiero es poner un contrapunto al anterior post, y quizá encarar dos películas muy distintas para explicar mi discutible inclinación por un tipo de cine.

Tanto el guión como la dirección de esta nueva película pertenecen al mismo hombre, Lars von Trier, cuyo nombre acostumbra a crear divisiones algo radicales en los espectadores: no debe ser fácil estar a medias con él, o se le denigra o se le detesta. Cierto que el suyo no es un cine complaciente y que requiere un esfuerzo, pero la recompensa que yo he obtenido casi siempre es enorme. Salí de ver Manderlay con una sensación próxima al entusiasmo, aun reconociendo alguno de los trucos que el danés utiliza con frecuencia y que se le pueden achacar como debilidades. Pero este es el cine que yo normalmente quiero ver: el que me explica una historia de personajes, de hombres y mujeres que actúan y toman decisiones y evolucionan; una historia que se ramifica y alude a temas inmortales, que me muestra a mí mismo en la pantalla (esté ambientada la película en París, Bagdad o Adelaida), y que no me engaña. Digo esto porque esa debilidad a la que me refería puede hacer que algunos se sientan engañados con el cine de Lars von Trier, y es que el director juega constantemente con la ambigüedad. Yo la reconozco y la asumo, pero puede que otros no. Sé que no hay un mensaje unívoco en Manderlay, y eso para mí es un acierto: no acostumbro a frecuentar películas de tesis o rayanas en el dogmatismo. Y sé que dejar al criterio del espectador el mensaje posible puede ser una muestra de incapacidad o de una estructuración argumental más bien leve. No es el caso, para mí.

Manderlay arranca con precisión en el punto en que se cerraba Dogville, con un viaje de por medio. La protagonista, Grace (espléndida Nicole Kidman, espléndida Bryce Dallas Howard ahora), se sitúa de nuevo en un montaje teatral casi sin decorados para hablarnos de la libertad a propósito del pasado esclavista de América. He leído a algunos críticos que decían que el factor sorpresa ya no es el mismo por esa reiteración de montaje, y que se sintieron decepcionados por ello: como si a un autor hubiera que pedirle cada vez que se reinventara a sí mismo. Creo que estos críticos no le piden a Tàpies que no pinte como Tàpies, pero en cambio lo hacen con el cine aplicando ese síntoma tan moderno de la originalidad. ¿Había alguna necesidad intrínseca para que el danés cambiase ahora su puesta en escena, estando como estamos en una trilogía? De hecho, la puesta en escena sigue siendo un enorme acierto que funciona como un reloj suizo: se pule lo accesorio, se atiende lo significativo y todo alcanza el brillo de lo real. Ya escribí hace tiempo y en otro lugar que las flores de Dogville eran las más bellas que había visto en años: digo las líneas del suelo que anunciaban flores. En Manderlay se huele a paja, a estiércol, a viento sureño: ni que decir tiene que no aparece ni una brizna de hierba en toda la película, ni falta que hace. ¿Cuántas miles de horas de filmación de otros directores aguantarían este despojo, esta ausencia de elementos superfluos cuando viven precisamente de eso, del barroquismo que esconde la nadería que hay debajo?

Lars von Trier, además de poner de los nervios a algunos espectadores, tiene el don de enojar a todos los que se sitúan en los extremos: esta película de negros, como ya dijo el director, será tan detestada por los Panteras Negras como por el Ku Kluk Klan. Aquí no se toma partido, pero no por ello se evaden los momentos más crudos: también los hay en esta película, y no es cuestión de desvelarlos ahora. Y debo añadir que en esta historia también hay mucho de cuento. De cuento a la antigua, entendido como una historia ejemplarizante con personajes bastante estereotipados, en el que el azar no es el factor que hace avanzar la historia sino que cada escena responde a un premeditado engranaje, donde cada palabra y cada acción son signos de una historia mayor. Me parece que es la mirada más acorde para entender algo de lo que sucede en la pantalla: creo que antes no miré así Dogville, que ahora también se me aparece como un cuento de líneas muy clásicas, con su horror y sus personajes que provocan respuestas siempre emocionales.

Hay que ir a ver Manderlay para dejarse seducir de nuevo por las historias, lejos de los efectismos y las tecnologías punta. También son eso los cuentos: historias susurradas en la oreja, a la orilla de la chimenea.
________________________________________

Juan Cueto, este domingo en EPS, etiquetó definitivamente a los que fagocitan los comentarios de ciertos blogs y viven casi en su interior, opinando con mala saña e insultando a todo el que no piensa como ellos: ciberfachas.

viernes, 17 de febrero de 2006

El jardinero mustio

Hace años que tengo clara la disyuntiva que afecta al orden de lectura y visionado de un libro y una película. Por mucho que sea cierto que ver un film de una historia ya leída acostumbra a llevarnos a la decepción (el complejo engranaje de una trama y unos personajes queda diluido ante una hora y media de resumen gráfico), nunca recomendaré a nadie que vea primero la película. Suele pasar que acatando este orden podamos hacer una valoración bastante favorable de ambos, pero a costa de cargarnos el instrumento esencial que las convoca a nuestra vera: la imaginación. Nunca olvidaré mi lectura tardía de El nombre de la rosa, que sin duda me pareció excelente, pero con el añadido de ver a Sean Connery en cada página y ser incapaz de moldear el laberinto ya visitado con el laberinto que me contaba el autor: ¡el traidor pasaba a ser Eco, que no había descrito una biblioteca como la que yo había recorrido, vela en mano, en un monasterio real y palpable!

Ahora me he enfrentado a la versión cinematográfica de El jardinero fiel, habiendo leído ya el libro de John Le Carré cuando se publicó. Iba prevenido, porque uno no es neófito en el asunto y no esperaba para nada ver mi propia versión de lector imaginativo sino la de Meirelles, así que tampoco se me puede achacar una decepción anunciada. Pero las percepciones son las que son, y en este caso la película me pareció peligrosamente banal en comparación con el mecanismo de relojería que Le Carré ejecutaba en la novela. Lo peor que le puede pasar a una historia de espías es que se le entienda todo, y lo que en las páginas impresas era mera sospecha, vericuetos intangibles y complicados enigmas, en la pantalla no pasa de ser una historia amorosa con trasfondo comprometido. Al árbol se le han podado todas las ramas y nos ha quedado un hermoso ejemplar de jardín francés, muy exquisito pero al que se le ven todas las estrías.

Los primeros diez minutos de metraje son para echar a correr: por principio ya acostumbro a ser poco crédulo, pero a veces pienso que a uno lo obligan a comportarse así. El encuentro entre Justin y Tessa se resume en una vulgar muestra del flechazo amoroso convertido en una dosis concentrada de lugares comunes: alumna rebelde + profesor inteligente y atractivo = paseo, mirada a los ojos y cama. Diez minutos. O sea, la historia que nos pasa a todos cada día, al salir a la calle para ir a la oficina. Montarnos la escena a partir de la novela permitía ese plus de difuminación que hace que las cosas tengan mil matices, pero en el cine del siglo XXI lo que cuenta es un buen polvo. Tessa, después de que a ella le hagan decir en el auditorio las mismas frases literales que en la novela (aunque tampoco lo pienso comprobar, pero ofrece una imagen de lección bien aprendida cuando la ocasión ameritaba improvisación, menos Stanislavski y más Corbacho, para entendernos) recorre un largo trecho en una zancada y a partir de ahí hay que hacer verdaderos esfuerzos para creer en su rol.

El argumento político de la novela plantea una cuestión de gran calado: el beneficio empresarial de la industria farmacéutica ante la realidad africana, una contradicción sangrante entre el negocio que supone que haya muchos enfermos y muchas epidemias y el lucro que se obtiene perpetuando la dependencia hacia las medicinas. Los implicados en la amoralidad, además de los dueños y científicos, también son los diplomáticos británicos y, por ende, el gobierno de ese país. Justin, como pieza que se mueve entre el amor por una transgresora solidaria y su puesto en la embajada, siginifica el hilo que entreteje todos los intereses y el que pone de manifiesto las dobles y triples jugadas de los personajes.

Pero la película, como decía antes, nos enseña esta red con demasiada claridad, todo aparece muy diáfano y la línea que separa lo bueno de lo malo está trazada con Rotring y escuadra. Hay poco margen para la duda y uno piensa, saliendo de la sala, que no todo está perdido: una vez más, sólo hay que ir a por los malos para que ganen los buenos. Tessa renace en varias escenas como un fantasma que tiene el don de poner nerviosos a todos: es la perfecta heroína que sola (su supuesto amante no pasa de ser una sombra) reduce al imperio británico para que acepte sus pecados y los expíe. Mucha Tessa para un jardinero tan mustio.

No sería justo si no valorase un cierto afán de modernidad en muchas de las escenas corales, en los ambientes africanos que están bien retratados. Es una mirada muy externa, contemplando el transcurrir de los nativos con un ojo exótico, pero es lo que hay, y aporta sustancia a lo que en conjunto es levedad. Las palabras de quien va a evacuar en avión a la gente que huye de un ataque armado reflejan la sucia realidad: "aquí sólo entran cooperantes", pues no se puede tocar ni cambiar el entorno de trabajo. La niña que se había colado sale del aparato, ante la mirada peprpleja de Justin, y corre, corre por la arena mientras las hélices levantan más polvo, y en esa niña, en sus ojos abiertos y en su sonrisa inerte vemos por un instante la película que pudo haber sido y no fue.

lunes, 13 de febrero de 2006

Nancites 7

1. Dos noticias del mundo de la edición me han devuelto estos días a mi infancia y adolescencia. La primera de ellas, que ya apunté hace un tiempo en el blog, es la recuperación de Editorial Bruguera bajo la dirección de Ana María Moix, y ese curioso premio literario que tiene un jurado conformado por una sola persona (Eduardo Mendoza este año). Mis primeras páginas corresponden a este sello, pero desde mucho antes de que yo llegara a la literatura: Bruguera es en cierto modo la responsable de crear en mí una pasión fervorosa por la letra escrita, y me inicié como tantos: con los tebeos, con el Mortadelo (semanal, súper o extra) que mi padre me compraba en los quioscos de Barcelona y que yo coleccionaba y después repasaba, quizá apuntando también mi afán posterior por la relectura. Y es que los cómics, con sus globos de diálogo llenos de expresiones sorprendentes, nos empujaron a muchos a seguir probando y acabamos en las garras del gato que servía de logo de todos los productos Brugera. Y de ahí a los blogs, veinticinco añitos de nada.

2. La segunda noticia, en clave catalana, es la reaparición de la colección "La cua de palla", que también nos traslada a un buen grupo de lectores hacia nuestro pasado. Yo gocé del último renacimiento que tuvo el invento, a finales de los años ochenta, y aprendí técnicas narrativas que sólo pueden hallarse en la mejor novela de género. "La cua de palla" publicó clásicos negros de Chandler, Simenon, Macdonald, Cain... Y triunfó, entre otros asuntos, por el diseño: portadas reconocibles a larga distancia, en amarillo y negro, con formato de bolsillo, manejable y económico. Vuelve ahora a las librerías con la prudencia que dan la experiencia y las dentelladas de la edición: un par de títulos para este año (el número 1 es El halcón maltés de Hammet) y cuatro previstos para 2007. La colección se inició en los 60 bajo la dirección de Manuel de Pedrolo, una de cuyas obras, Joc brut, tuvo ventas espectaculares, igual que Parany per a una noia, de Sébastien Japrisot, que incluso se recomendaba en algunos institutos de secundaria. ¿Llegarán los jóvenes de hoy a los libros también a través de estas batallas perdidas, o ya no hay esperanza posible?

3. Recomendación: Arcadia publica (otra vez en catalán, pero me imagino una traducción inmediata al español) Una aventura anomenada Europa, de Zygmunt Bauman, casi una coda del tan bien recibido libro de Steiner un año atrás. Más reflexión sobre este continente que ahora debe pedir perdón para conservar libertades y alejar miedos: un precio mucho más alto de lo que parece a primera vista.

4. ¿Quién era ese hombre con zapatos de terciopelo y pantalones y abrigo grises, sentado en el metro frente a mí, con su melena morena recién lavada y un ejemplar de Cuando fui mortal en las manos? Y acto seguido pensé, avanzándome a la posibilidad que hoy he vislumbrado y que algún día me ocurrirá: ¿es posible experimentar ante un lector con libro la misma incomodidad que se siente frente a un anónimo pasajero que lleva el mismo jersey que tú?

viernes, 10 de febrero de 2006

Anochecer con Alan Hollinghurst

Subir hasta la parte Norte de la Diagonal desde el centro tiene el atractivo de conocer al menos dos Barcelonas distintas o dos tipologías de urbanitas, que al fin y al cabo son quienes conforman las ciudades y las moldean con sus cuerpos, sus voces, sus miradas. Hacer una parte de esa ruta en bus supone un cruce violento de escenario, con el propio trayecto como interregno invisible. La Barcelona gótica y arrabalera ya es un barrio promiscuo, de grandes contrastes poco mezclados, y se nota que los paquistaníes van a los suyo, los niños filipinos se relacionan sólo entre sí, los ecuatorianos ponen siempre cara de perdidos. Es difícil ver catalanes entre esos callejones, quizá algún joven alternativo (que por muy alternativo que sea tampoco se mezcla en el mejunje) y viejos apartados de esta sociedad, solos y desamparados, que bajan con sus zapatillas a la calle para comprar en los supermercados regentados por orientales.

Entonces, cuando uno se baja del bus veinte manzanas al Norte, las carnicerías de corderos degollados con la mirada hacia la Meca se transforman en tabernas de diseño para catar vinos, y los locutorios de internet en exquisitas tiendas de Adolfo Domínguez. Las chilabas han dejado paso a los Armani, a los Toni Miró llevados por perchas bien perfumadas. Incluso cuando llego al British Council, destino del día, en su puerta se despiden los alumnos de inglés que son los hijos de los anteriores, altivos y fatuos. Pero así son las cosas: Anagrama presenta los libros anglosajones ahí (los francófonos en el Instituto Francés, la próxima semana viene Amélie Nothomb), en tierra tan extrañamente ajena.

Las facilidades del lugar se agradecen, eso sí: sala de dimensiones humanas, con el autor a poco pasos, traducción simultánea, sonido perfecto. Más de media entrada en la que destacaba el público de habla inglesa, alguno bastante puesto en la trayectoria del autor. Y con sólo 10 minutos de retraso llegó Alan Hollinghurst, para mi sorpresa sin la compañía de Herralde. Poco efusivo, observador y de maneras suaves, escuchó por el audífono la presentación de Justo Barranco, habitual de las páginas de “La Vanguardia”: una presentación sobria pero nada atractiva, más bien escueta.

Hollinghurst venía a presentar la traducción de La línea de la belleza, novela recién aparecida en las librerías de este autor que se dio a conocer a partir de la Generación Granta de 1993, la posterior al grupo de McEwan y compañía, que compartió con Tibor Fischer, Kazuo Ishiguro, Lawrence Norfolk o Philip Kerr. Aunque precisamente esta obra se sitúa en esa década anterior, la del esplendor thatcherista de una Inglaterra rendida a los pies del Dios dinero y en un momento de boom patriótico por el efecto Malvinas. Sólo un elemento empaña la existencia de algunos seres, todavía entonces restringido a ciertas pausa de comportamiento sexual: el Sida. En este ambiente se mueve Nick, el protagonista de esta historia de relaciones con trasfondo político.

La charla (que no conferencia: el acto fue un siempre más ágil toma y daca de preguntas y respuestas) derivó en la primera mitad hacia un discurrir sobre los años ochenta y los efectos de las políticas neoliberales de entonces en el actual presidente laborista, hasta el punto que el propio autor tuvo que verse en la tesitura de decir que él no era politólogo y solamente un simple escritor. La otra mitad tuvo bastante más enjundia, a pesar de la inevitabilidad del recurso: ya es un momento esperado el que, durante una presentación de un libro de marcado tema gay, se le pregunte al autor por este subgénero literario. Hollinghurst no escurrió el bulto, pero derivó en una sentencia implacable: él hace literatura de personajes homosexuales pero no para lectores homosexuales, y contó que su novela The spell, quizá la más cerrada en este asunto, fue la menos vendida, como si hubiera asustado su temática y sus personajes muy declarados.

Citó a Henry James como evidente referencia para escribir el libro (curiosamente, otras dos novelas finalistas del Booker, además de la suya que fue la ganadora en 2004, también mencionaban la influencia de James), y alguien mencionó la película Match Point como otra posible clave de lectura expost, aunque el autor ni siquiera ha visto este último Allen. El público, reservado como los buenos ingleses, no dio más juego y la velada terminó con el aplauso de rigor, para dar paso a lo que interesa: la lectura solitaria y silenciosa. Afuera las calles empezaban a quedar desiertas, y los pájaros del Turó Park ya habían callado desde hacía un buen rato, emigrantes todos ellos que también hicieron escala en esta Barcelona lumpen de la parte alta de la Diagonal.

lunes, 6 de febrero de 2006

Por una caricatura

No quise adjuntar a este blog la imagen más burda de todas: la del musulmán con turbante y mecha encendida, más que nada porque me pareció falaz, tópica y de mal gusto. Pero eso no excluye mi defensa de la libertad para que una revista o diario europeo puedan (si así lo desean) publicarla. Pero sí me pareció acertado el dibujo de ese extraordinario portadista de "Le Monde" que tantas veces ha dado antes en el clavo de la sensatez. Plantu resumió en una sola imagen el eterno conflicto entre los límites de la censura y la capacidad de herir sensibilidades, entre la libertad de expresión y el veto a ciertos temas o personajes. Entonces sí me pareció acertado subir esa imagen al blog y solidarizarme así con los Rushdies, Lmrabets o Van Goghs que de vez en cuando se convierten en chivos expiatorios de causas difusas.

Porque seamos claros: lo que aquí está en juego es mucho más que la simple publicación de una viñeta en un periódico. La reacción desproporcionada, airada y violenta de estos últimos días es una perfecta estrategia de unos pocos con mucha capacidad de persuasión. También en otros lares hay gente que, de manera totalmente pacífica, firma preguntas idiotas sobre derechos, deberes y resquebrajamientos territoriales: la misma persuasión aunque sea con mejores modales. La falsa idea de que el islam es sólo eso (turbas incendiando embajadas) es la misma que hace que un pésimo humorista dibuje a musulmanes con cara de terrorista. Y encrespar ánimos está al alcance de unos cuantos elegidos, que aprovechan cualquier ocasión para invocar supuestos agravios que deben ser respondidos de manera contundente. A Salman Rushdie le sucedió lo mismo: tuvo a su particular Jomeini, necesario para prender el fuego, y el perro del estereotipo quedó suelto. Todos los musulmanes pasaron a ser potenciales asesinos del escritor, convirtiendo a las masas pacíficas (que se levantan cada día, comen, duermen, llevan a los niños a la escuela: muy intransigentes todas, como puede verse) en turbantes con bomba. El dibujante aprovechó su mínimo intelecto para reflejarlo en un papel y conseguir ser un nuevo Rushdie, pero sin arte y sin ninguna gracia.

Hay dos elementos que conviene poner sobre la pantalla para entender mejor la situación: el primero es el papel de las potencias militares occidentales en el mundo islámico. Las reacciones coyunturales que aparecen de vez en cuando no podrían surgir con la misma intensidad de no ser por el esperpento, nada teatral por cierto, que se vive diariamente en Irak. Hay individuos que ahora se ponen la mano derecha en la cabeza, estremeciéndose ante las manifestaciones diarias, mientras con la mano izquierda aprietan el lanzador de mísiles del jet a propulsión. Y otros que pisan banderas danesas y aplauden a suicidas que se llevan por delante autobuses repletos de gente, invocando en los dos casos al mismo Dios. La mecha es muy larga, ciertamente, y habría que investigar quién la encendió primero. Otro elemento fundamental es la concepción radicalmente opuesta entre los actuales Oriente y Occidente. Mientras que el primero ha divinizado el dogma, el segundo lo ha hecho con la ley: y esta es una realidad inamovible, al menos en el siglo XXI. Y entender esta diferencia es clave para entendernos mutuamente: es imposible cambiar este estado de cosas, y por lo tanto hay que convivir con la contradicción. Desde mi óptica de ciudadano español no puedo defender un sistema basado en leyes divinas, con marcada discriminación en muchos ámbitos (la sexual sería la primera de ellas) y con un sistema nada democrático. Incluso defenderé mi opción racionalmente con empeño, de manera que las libertades de las que disfrutamos en mi país no sean puestas en duda o puedan sufrir el más mínimo rasguño. Y si alguna vez viajo a Irán, pongamos, me adaptaré a las normas que hayan decidido imponer allí, y si no me agradan, me quedaré en mi casa. Lucharé por mi espacio cultural, quizá desearé que los demás puedan acceder a algo similar, pero dejaré que cada uno se gobierne a su antojo: ni tiraré bombas en casa del vecino ni prohibiré aquello que aquí está completamente admitido. Y siempre preferiré cometer un error que rebajar el nivel de libertades para no repetir ese mismo error.

Mucho se habla ahora de encuentro de culturas o, desde el otro lado del precipicio, de enfrentamiento entre civilizaciones. Qué manía la de pensar en maximalismos siempre: o conmigo o contra mí. ¿Alguien ha pensado que quizá es mejor dejar que cada uno construya su camino, y que los puentes de concordia se tienden cuando nadie quiere imponer nada a su vecino, siquiera su visión de la realidad inmediata? ¿Con qué legitimidad se puede pedir que nos dejen publicar anatomías completas del cuerpo de Mahoma mientras invocamos el derecho de invasión en territorios milenarios? El respeto al otro, a la persona que tenemos enfrente o al lado, es quizá un buen inicio para todo el embrollo, sin que nadie me obligue a cambiar mi pensamiento por ello. La frase volteriana, algo manida ya, sigue siendo digna de esculpirse en mármol: no estoy de acuerdo en absoluto en lo que usted dice, pero daría mi vida porque usted lo pueda seguir diciendo. Yo creo que no daría mi vida por casi nada, pero quiero seguir teniendo el derecho de decidir sobre ella y sobre mi propio futuro. Incluso creo, humildemente, que Alá debe estar bastante de acuerdo en esto.

viernes, 3 de febrero de 2006

La literatura subterránea

Una de mis aficiones subterráneas, además de leer cuando viajo en metro, es la de fijarme en los libros que leen los demás viajeros. No puedo evitarlo, y quizá rompo con ello alguna regla no escrita de indiscreción excesiva, pero como un imán mis ojos son atraídos por cualquier objeto con páginas. El juego comienza con los dos o tres segundos iniciales de observación: tiempo suficiente para echar un rápido vistazo a la portada (a veces ni eso, al lomo solamente, pues la perspectiva desde la que se atisba un reflejo o un brillo obliga a un esfuerzo de cuello, a un requiebro de los hombros entre los apretujones) e intentar adivinar, con rápidas asociaciones del siguiente tipo, la lectura:

- Si este libro tiene el lomo negro, y además tiene un grosor muy pequeño, y si las letras blancas del lomo, ilegibles desde mi distancia, ocupan toda su longitud, y si quien lo está leyendo es una muchacha de mediana edad pero joven todavía, que a pesar de los traqueteos del vagón no levanta la mirada de la hoja (ergo le añade una clara pasión al hobby y busca una cierta calidad literaria que supere la inane comercialidad, pero sin llegar a bucear en los clásicos, y que por tanto debe comprar normalmente en las mesas de novedades de un Fnac, y se siente atraída por nombres ligados a un lejano exotismo), entonces, sin lugar a dudas, está leyendo Sueño profundo, de Banana Yoshimoto.

Cuando, tres o cuatro paradas más allá, la muchacha (bueno, tampoco es tan joven: mujer) se abre paso para salir del vagón, no tiene más remedio que acercar su libro al pecho y se manifiesta con contundente claridad la imagen de la portada, que me obliga a su vez a sonreír y a seguir con más afán si cabe con mi Bolaño. Tres segundos, no más. El porcentaje de aciertos suele ser sorpresivamente elevado, y quizá debería pensar en ir a uno de esos programas de televisión que muestran destrezas varias e individuos con aficiones rarísimas. A veces no puedo dar con el título exacto, pero me acerco lo suficiente como para concretar el estilo y el género (me sucede con los best-seller, cuya profusión me impide estar al día de todo cuanto se publica), y en cualquier caso hay unos parámetros mínimos que son los que me otorgan las victorias habituales:

  • Chico joven informal con mochila pero arreglado, normalmente sin gafas, poco peinado o despeinado a secas, soltero pero con relaciones ocasionales, un pendiente en una oreja: Grimpow, de Rafael Ábalos.
  • Mujer entre los treinta y los cuarenta, reloj en la muñeca, aspecto moderno y un punto seductor, lleva el “20 minutos” bajo el brazo y no siempre va con libro, levanta nerviosamente los ojos de la página y se fija en cualquiera que pasa por su lado o roza su pierna: Pasiones romanas, de Mª de la Pau Janer.
  • Chica que va por los veinticinco, camiseta Desigual y pantalón Bershka y bolso al hombro, se sienta correctamente (la espalda recta), nunca dice “perdón” cuando se levanta pero se abre paso con mucha discreción, pasa desapercibida como lectora aunque no como chica: Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • Hombre o mujer indistintamente de mediana edad, tiene trabajo bien remunerado por su aspecto, a veces lleva auriculares con bossa nova, nunca viaja sin “El País” (se compra de lunes a miércoles todos los discos de Mozart) y mira mal a los que hacen gestos ostentosos o gritan, jamás votará a un partido de derechas: un libro de Anagrama los días pares, uno de Tusquets los impares.

Hace años que ya no veo a gente vieja con novelitas del oeste, que todavía se pueden encontrar en los mercados de segunda mano. Yo he llegado a emocionarme sinceramente viendo en un autobús a un señor con la novela pegada a los ojos, descifrando con mucha dificultad cada galope, cada disparo. Por eso, pese a la críticas que tantas veces hacemos a los que leen lo que nosotros jamás compraremos, la elección de leer y no limitarse a mirar la oscuridad del túnel merece todo mi apoyo moral. Y no es porque tenga que ser obligado: es simplemente que esa elección libre ha sido tomada antes de salir de casa (el libro bien metido en el bolso o la mochila) para distraerse en el recorrido y superar el simple vagar, el acontecer mundano, el diario ir y venir. Lo importante, como pretendía Conrad, es que gracias a la palabra escrita podamos oír, sentir y, sobre todo, ver, “captando una fase transitoria de la vida del torrente inexorable del tiempo”.

¿Hombre joven que camina hacia la madurez, canas que se esparcen, incrédulo y exigente, viajero y coleccionista, callado y sentimental? Un libro de Marías, sin duda.

________________________________________

Entre Rushdie y esto, muy pocos años de diferencia y muy poco camino recorrido.

lunes, 30 de enero de 2006

En un lugar de Manhattan

Llovía a cántaros frente al Teatre Lliure, una noche desapacible de frío y humedad pese a la cual se congregó una buena cantidad de público en la sala. Este año todo viene con morbo, desde que se promocionan estúpidos boicots, se usan papeles salmantinos como proyectiles y se discute sobre el nombre de la niña: nación, nacionalidad, comunidad nacional. O sea, que no sé si toda esa gente dispuesta a salir en una noche de perros estaba atacada por un desbordado interés hacia el teatro o llegaban para demostrar apoyo a una causa concreta. Yo, tan iluso como siempre, había comprado mi entrada por la curiosidad de ver reflejada en una tarima la novela de Cervantes, acaso para comprobar si eso es posible o si el director lo había dejado todo en una reflexión sobre su hipotética puesta en escena.

Hace años que no acudía a ver una obra de Els Joglars, aunque la razón sea una simple incompatibilidad de fechas con sus estrenos. Sigo pensando que ejecutan un trabajo inteligente, con guiones más profundos de lo que la anécdota parece esconder, y eso a pesar de que el teatro histriónico o paródico me interesa más bien poco. Albert Boadella siempre ha jugado con ese doble reclamo: unas historias totalmente enlazadas con la realidad del momento (las ejecuciones del franquismo, la intromisión de lo católico en todos los ámbitos sociales, y en especial la cosmovisión del catalán medio a partir de grandes mitos de la farándula del siglo XX: Pujol, Pla y Dalí) y que retratan un conjunto de fobias más profundas que definen las líneas maestras de este rincón del mundo, tan pequeño él. Pero ahora le tenía ganas a esta obra por su conexión directa con lo literario y con ese monumento de la novelística universal.

La primera media hora es un trabajo coral de varios actores a partir de un ensayo del Quijote (¿metateatro?). La directora, una argentina muy posmoderna, pretende montar una obra vanguardista lo más alejada posible del texto original, como si escenificar un clásico a la manera clásica fuese lo más pedante a lo que se pudiera llegar. Para ello inventa un Quijote mujer que tiene una relación de lesbianismo con otro Sancho femenino, y desplaza a los personajes al tiempo actual en una Mancha de rascacielos: las torres gemelas como nuevos molinos contra los que lucharán los Mohammed Atta del futuro (ahora que acabo de escribir este nombre pienso en los rastreadores informáticos de la inteligencia secreta, que perseguirán este blog por mentar vocablos prohibidos). Este gran disparate escénico pone de manifiesto también la vacía profundidad de muchas apuestas artísticas del momento: la originalidad se vende bien, sobre todo porque se puede disimular entre todas las supercherías del mercado actual. Entonces, ¿para qué seguir las líneas de un texto de hace 400 años si lo podemos maquillar convenientemente para que parezca escrito ayer? Ante este estado de cosas, Boadella se rebela y lanza un divertido azote contra la posmodernidad más exacerbada.

Cruzada esa media hora de despropósitos intelectuales llega en motocicleta ese gran actor que es Ramón Fontseré, grande también como Sánchez Mazas en la película de Trueba. Que un solo actor consiga ser Jordi Pujol y Alonso Quijano en pocos años no es cosa despreciable: y este Quijote que se despliega en el escenario durante el resto de la obra es de una sentimentalidad a prueba de lanza. Aunque nace de un mundo de estricto realismo (no es más que un interno de un sanatorio que para integrarse en la sociedad realiza tareas de fontanería, bajo el seguimiento de sus psiquiatras y de las pastillas) su locura no deja de ser metafórica, y a la vez es un juego metaliterario, éste sí, nada afectado: es un lector del Quijote que ha aprendido de memoria todos los diálogos del libro y que deriva en un nuevo loco, no a causa de las novelas de caballerías, sino de la propia novela cervantina.

Y a su lado un Sancho también enorme: Pep Vila, que borda el personaje del esquizofrénico que, pese a todo, intenta poner los pies en el suelo. Ambos forman una pareja espléndida, contagiada de vivacidad y al mismo tiempo de una melancolía penetrante, que deja al espectador siempre con la duda de si ponerse a reír ante cada sarcasmo o apiadarse de estos locos románticos, utópicos y entrañables.

Las dos horas de función recogen algunos de los momentos más característicos del Quijote, en el mismo orden que el de los capítulos (desde las primeras salidas hasta la llegada a Barcelona) y en dos horas sin pausa. La cuestión de fondo es si existe la posibilidad de llevar con éxito esta novela total a un escenario: queda claro que la intención de Boadella no ha sido tanto explicar el Quijote como criticar su uso indiscriminado como arquetipo válido para todo (y por tanto, como amigo cercano que es, lo podemos desmontar a voluntad y construir Quijotes verdes, homosexuales, groseros, profundos, infantiles, estratosféricos, submarinos, mozambiqueños y lo que nos plazca: da para un roto y para un descosido), mientras nos vamos alejando más y más del texto hasta banalizarlo por completo. Es elocuente la escena en que la directora argentina lanza con desprecio un ejemplar de la novela diciendo que ella no necesita libros para montar obras, siquiera un Quijote para montar el Quijote. Pero cuando llega nuestro fontanero y comienza a hablar con la lengua del siglo XVII arranca la música: ante tanta verborrea previa, la literatura apenas necesita diez segundos para imponer su verdad, que es la misma de la que están hechas las grandes obras de todos los tiempos.

viernes, 27 de enero de 2006

Fraudes

Me han asaltado, con el margen temporal de un solo día, dos noticias en la prensa que, aparentemente, no tienen ningún tipo de relación entre ellas. Las diferencias son notables: una habla de ciencia y otra de literatura. Una corresponde a las páginas de sociedad y otra a las de cultura (aunque esta distinción sea del todo arbitraria: es la consecuencia de considerar a la ciencia en este país como un cajón de sastre en el que igual despega una sonda hacia Plutón como aparece una ballena en el Támesis). Una merece una sincera condena y la otra ni la más leve reconvención. Pero en todo caso las dos noticias merecen figurar en la lista de los fraudes más toscos que se pueden llegar a cometer, casi con luz y taquígrafos y sin esconder la mano, hasta el punto que la percepción fraudulenta, sobretodo en el caso del literato, queda difuminada y ya parece de lo más normal y común. Parece como si en este mundo de listillos ya se aceptara que el listillo que sobresale por encima de los demás no es que sea más denunciable, sino que aporta un plus de celebridad al grupo.

Decía el titular de la primera noticia lo que sigue: "Un médico noruego lleva cinco años publicando datos absurdos". Después de frotarme los ojos, seguí leyendo: "Algunos artículos contienen falsedades que puede detectar un profano". Esta información, magnificada al hilo del escándalo previo del coreano que inventó experimentos sobre clonación, ha llegado a cinco columnas y con foto. Pero a diferencia de su colega asiático, que siendo un buen experto en su materia pudo engañar a otros expertos de su mismo nivel, el noruego publicaba artículos en "Lancet" que no eran demasiado relevantes para el gremio médico. Hasta que se descubrió que "se había sacado de la manga a 908 pacientes, y de forma tan chapucera que 250 de ellos tenían hasta la misma fecha de nacimiento". También publicó dos fotografías distintas de dos casos de cáncer epitelial, cuando eran la misma y con diferentes grados de aumento al microscopio.

Esta modalidad de fraude, basado en la creencia de que el resto del mundo es estúpido y no podrá detectar nuestra artimaña, funciona desde siempre: es la base de cualquier engaño, creerse uno más listo que el de al lado y confiar en que no nos pillarán. Pero la tentación ya atrae hasta a las insignes lumbreras que usan sus conocimientos para engatusar de manera más chic: ¿quién va a saber -piensan- si una fórmula, un algoritmo o una secuencia de cifras son un barullo azaroso? Si cuento esto es porque me parece un argumento de lo más novelesco, quizá de la obra que, a este paso, jamás escribiré. Me imagino un personaje de otro ámbito profesional construyendo una falacia bien trabajada (no como la del patoso nórdico) y difundiéndola como verdad incontrovertible: un historiador cambiando los datos verificables e inventando guerras y batallas; un profesor de secundaria explicando a sus alumnos leyes imposibles de la física; un político presentando proyectos de urbanismo ficticios (me temo que esta posibilidad no sea tan absurda). Pero estos casos, que serían calificados de fraudes indiscutibles, pierden su denominación al ser trasladados a la literatura, aunque haya que matizarlo. Para ello quiero hacer referencia a la segunda noticia.

Decía el titular en este caso: "El negro literario recupera la firma". Es la historia de un tal Manuel Manzano, dedicado durante años a escribir para otros, a esconder su nombre bajo la rúbrica de gente famosa y disimular así la incapacidad de estas celebridades para juntar sujetos y predicados coherentemente. No es nada nuevo, dice el negro: ya Víctor Hugo o Isaac Asimov tenían a escritores contratados para que les hicieran algunos trabajos, y es "un pacto comercial aceptado y remunerado". Ahora sale del anonimato y publicará una novela con su nombre y apellido, que supongo que tendrá un cierto éxito a juzgar por su capacidad para convertir en best-seller cualquier nuevo engendro salido de sus manos. El hombre, según especifica el artículo, tiene hipoteca y dos hijos, y la alternativa es clara: camarero, paleta o escritor, y escogió su destino.

Todo esto también me interesa para ajustar el enfoque respecto de la novela que estoy leyendo de Bolaño, y su relación con el mundo del fraude: La literatura nazi en América no es otra cosa que una enciclopedia inventada, un ordenado panorama de vidas no vividas, recurriendo siempre a las técnicas de la verosimilitud aunque sin apenas esconder la más fina ironía que lo invade todo. ¿Pero es esto un fraude? En absoluto, claro. Desde el mismo instante en que leemos la primera línea, el primer carácter discernible de una obra literaria, nos instalamos en otro mundo paralelo en el que las normas que sirven para el nuestro quedan derogadas. La condición es que esa obra se edite, como es el caso, en una colección que no sea de ensayo. Al saltar del texto a lo que comienza a ser externo (autor, tapas, editorial, librería, y más allá) ya nos metemos en el territorio de lo real, y ahí el engaño ya no es admisible: así, el doctor caradura y el negro gris no sólo mienten o esconden verdades sino que se enriquecen por ello (adiós hipotecas). Mientras tanto Bolaño, con su capacidad inventiva y su guiño perenne al lector, se ríe de todos ellos desde las alturas e imagina, crea y construye nuevas verdades literarias. Como Borges, sin ir más lejos.
________________________________________

La fierecilla domada, o fragmentos para una nueva historia de la infamia (selección realizada a partir del último número de la revista "Lateral"):

1. "Como activistas “fieras”, ahora no tenemos tiempo de hacer propuestas, de plantear alternativas".
2. "Respecto a lo que podríamos llamar nuestro canon, preferimos escurrirnos como cuando nos preguntó por nuestra alternativa".
3. "Rosa Regás, a nuestro juicio, merece nuestro rechazo como persona, por su trayectoria progre".
4. "Sabemos de óptima tinta que nuestro boletín fue el causante de que se desechase la idea de llevar a Almudena Grandes y a Javier Marías a la Academia".

Pero eso sí, modestia aparte, como siempre:

5. "Estamos seguros de actuar por amor a la literatura, y eso es algo que hemos demostrado, en nuestra labor crítica y en nuestra obra personal".

lunes, 23 de enero de 2006

Blogs que vienen y van

Escribo al trasluz de la noticia que leía hace unos días: Justo Serna ha decidido cerrar su blog y seguirá escribiendo a través de otros medios más tradicionales (prensa, libros), al margen de mantener actualizada su página académica. En sí misma, la noticia no es más ni menos novedosa que la del cierre de cualquier otro medio escrito al que acudimos regularmente, ya sea a través del quiosco o de internet: pero quizá la punzada que sentimos los que allí aterrizamos a menudo (los habituales que acabamos por hacernos un sitio en esas páginas y al cabo de un tiempo nos tomamos la libertad de aplaudir, criticar o añadir algo a lo ya dicho por el creador, incluso de reprocharle de que hable de ese tema y no del otro, incluso del de más allá) merezca una pequeña reflexión sobre el asunto.

No voy a esconder mi incredulidad inicial ante ese blog: ya el título, "Los archivos de Justo Serna" me sonó rimbombante en su día (¿los archivos de la corona? ¿de Salamanca?) y un punto egocéntrico, como le parece siempre a quien suscribe su invento con un nombre ficticiamente literario, y ve que otros exponen al sol su verdadera identidad. Hasta que descubrí que el problema era mío pasaron unos pocos posts: los suficientes para comprobar que los textos de Justo Serna acostumbraban a dar en el clavo y mis gustos y opiniones no se diferenciaban demasiado de los suyos. Su blog pasó a formar parte de mis favoritos e intenté no pasar por alto ningún artículo, o recuperar los que por falta de tiempo había dejado de lado en su momento.

El formato de ese blog, en cualquier caso, difería bastante de la idea mayoritaria que uno tiene sobre este submundo: Serna escribía textos bastante extensos que en nada hacían referencia a sus peripecias personales. Entiéndase: a las anécdotas vitales y retazos de vida que pueblan la blogosfera y que convierten muchas páginas en diarios y bitácoras de gente común, y a quienes quizá su streap-tease permanente convierte en seres algo más identificables. La idea de superar el anonimato, ni que sea con pseudónimo, alegra a demasiada gente: millonarios por un día, los cinco minutos de fama. En un reciente artículo, Javier Marías se admiraba de la gente que conecta su webcam y enfoca los segundos vitales (las horas, los días y meses) de su aburrido devenir, la cotidianidad más rala y simple. Pero aún eran más admirables en su locura las personas que se conectaban a internet para seguir el día a día de esos seres mundanos y de sus platos por lavar, sus camas por hacer y sus bostezos retransmitidos en vivo y en directo. ¡Qué tiempo ganado si esa necesidad de conocer historias ajenas, de personajes actuando, se vertiera en la lectura de buenos libros, que proporcionan justamente ese material con vocación artística añadida! Pero el hiperrealismo triunfa, y la mayoría cree que va a encontrar más placer en el lecho de una muchacha desvergonzada que bajo las sábanas de Madame Bovary: placer inmediato para un presente fugaz.

Los archivos de Justo Serna eran, pues, de digestión lenta. No eran simples apuntes de consumo rápido, sino que algunos de esos textos tenían una cierta vocación de permanencia, y eso era lo que le daba un cierto aire de blog raro, ajeno a los usos y costumbres de los bloggers que pululan alrededor. Recojo una frase del autor publicada el 9 de enero sobre su oficio circunstancial: "Yo había ideado mi bitácora como un laboratorio de ideas personal, como un depósito en el que archivar ciertos análisis aún incompletos susceptibles de convertirse en ulteriores ensayos". Ese artículo, redactado bajo la excusa de escribir sobre "Periodista Digital", está en la base de la decisión tomada ahora de echar cerrojo al blog: y uno de los elementos que allí reseñaba, que ahora me interesa mucho resaltar, es el hecho de que esta moda o afición o como quiera llamársele tiene sus tuberías y conductos muy a la vista; sus cañerías que conducen directamente a las alcantarillas, quiero decir. Debajo de los autores que escriben y de los pocos o muchos lectores que con amabilidad aportan sus comentarios, hay rugidos y gritos de nicks que viven de ello: del ruido y de la furia. Viven de ello aquí, porque se supone que fuera de internet deben de tener algún trabajo provechoso pero seguramente aburridísimo. Si no, no se entiende la propagación de estos especímenes en tantas páginas y su voluntad inquebrantable de ser las moscas cojoneras que también tienen sus cinco minutos de gloria efímera. Por fortuna, este blog todavía ha sido ajeno al fenómeno (supongo que bastará con hacer referencia a ello para que las moscas se sientan atraídas por la miel, o acaso esto sea tan insulso que ni con promesas azucaradas vengan al panal, es lo más probable), pero hay lugares en que la rabia expulsa a todo inocente que se atreve a acercarse al asunto. El blog de Arcadi Espada es uno de los ejemplos supremos, en donde convive la opinión más civilizada con el retumbar del insulto y la humedad del salivazo. Mi limitado discernir no acierta a veces a comprender algunas cosas, pero acepto la imposibilidad de penetrar en las mentes de quienes reiteran sus visitas a determinados sitios con la única misión de provocar sismos: quizá es muy divertido pero no le veo gracia por ningún lado. Pero lo más increíble es que a un blog como el de Justo Serna también le salieran algunas tuberías del muro: gente que sistemáticamente discrepaba de todo cuanto allí se escribía (y que por tanto debieran buscar otras aguas en las que bañarse: yo no compro el ABC ni mando cartas a su director quejándome de que sean tan carcas) no cejaba en su empeño de regodearse en su propia bilis. Es un fenómeno colateral que habrá que analizar: ¿dónde estaba esa gente antes de que se crearan los blogs? ¿qué era de sus vidas? Porque parece que varios han encontrado el sentido de su existencia gracias al pataleo diario, y si cierra un blog, saltarán ágilmente al de al lado para insistir en su dosis de vitriolo crónico.

Pero lo que yo quería decir es que Justo Serna nos ha enseñado algo a muchos (bastantes más de los que le escribían, los comentaristas son pocos al lado de las visitas calladas) y es el aprecio por la palabra bien dicha, el apunte preciso y una selección de temas y asuntos nada gratuita. Esperemos que sea cierto eso de que algunos artículos terminen en ensayos más elaborados, pues creo que también somos muchos los que agradeceremos que ante tanta bulla haya un espacio para el reposo y la reflexión. ¿Quién dijo adiós? Hasta luego, Justo.

miércoles, 18 de enero de 2006

Nancites 6

1. La desaparición de "Lateral": otro signo más de los tiempos. Me sigue sorprendiendo la cantidad de revistas literarias y de pensamiento que pueblan los quioscos mejor surtidos. Jamás veo a nadie comprar "Revista de Libros" o "Letras Libres", y cuando llevo mi "Granta" a caja pongo cara de pedir perdón: es por ello que otra revista que cierra persiana no me viene de nuevo en absoluto. "Lateral" incorporaba los artículos que yo suelo pedirle a una revista de este tipo y a la vez era una de las menos manejables por su incómodo tamaño. Mihály Dés, su director, se duele de que en once años de vida la publicación no haya merecido un solo premio, siquiera figurar en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Cataluña. Lo mejor de todo, su sentido del responso: "¿qué demonios se puede decir en una ocasión como ésta que no sea afirmar la decadencia cultural y moral de Occidente, preguntarse dónde vamos a ir a parar, o clamar, con Edith Piaf, que non, je ne regrette rien?". Yo sólo lloré una vez por la desaparición de una revista, y era de crucigramas.

2. Hablando de revistas, los que vaguen estos días por Barcelona no dejen de pasar por "La Central" para inspeccionar una de las mesas de la sala principal: se trata de un pequeño homenaje a "McSweeneys", la publicación estandarte de la nueva narrativa norteamericana en forma de relato breve. Nunca hasta ahora había tenido el placer de palpar alguno de sus números, cuya búsqueda siempre había sido inútil en España. Ahora ya tenemos recopilaciones traducidas de algunos de los textos publicados anteriormente (David Foster Wallace, Jonathan Lethem, Rick Moody...), pero todos saben que la gracia de "McSweeneys" es extasiarse por cada uno de los diseños que inventa el editor. No hay un número de la revista que se parezca a otro, y si mi queja de "Lateral" era por su tamaño demasiado grande, lo de "McSweeneys" es la pura locura del arte contemporáneo aplicada a la página escrita: ejemplares en forma de pósters desplegables, cuentos escritos en el lomo, estuches con peine de regalo (hay un ejemplar de este número en "La Central", a ver quien es el primero que se lo lleva). Y es que leer, no sé si leeremos, pero divertirnos...

3. Enrique Vila-Matas, esta semana en "El País": "Hace unos días, entré en un diario-blog peruano de carácter literario y ese blog me llevó a otro, y acabé entrando en un tercer blog". La noticia podría ser que Vila-Matas lee blogs, como yo, pero no: la noticia real es que hay muy buenos blogs peruanos. En mi revisión de favoritos no suele escapárseme el Moleskine de Iván Thays, a través del cual llegamos a un sinfín de gente interesante: César Silva Santisteban, Javier Agreda, José Donayre, Santiago Roncagliolo, Luis Hernán Castañeda, Claudia Ulloa, Carlos Sotomayor, Patricia de Souza, Leonardo Aguirre, Luis Eduardo García, Gustavo Faverón, Paolo de Lima, Ezio Neyra, Alonso Rabí, etc. Por cierto, que a quien también hacía referencia Vila-Matas en su artículo era a Enrique Prochazka. Ya parece una liturgia virtual el que todos los blogs peruanos tengan enlaces entre ellos mismos, como un bucle infinito del cual es muy difícil salir, en una espiral endógena de nacionalismo extravagante. No me imagino a mí mismo incluyendo una columna a la derecha bajo el epígrafe "Blogs españoles", como si eso ya fuera por sí solo marchamo de calidad o planteamiento estético. ¿Hay algún peruano que pueda explicarme qué le pasa a Perú últimamente?

4. Viene algo floja la temporada: si lo más destacable va a ser la nueva novela de Pérez-Reverte, o la de Easton Ellis, mejor será regresar a los clásicos. Sólo me seduce algo el regreso de John Irving y un inédito de Amos Oz en Siruela. Y la reedición, por fin, de la única obra inencontrable de Bolaño en Acantilado: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce.

5. Lo más terrible para un escritor debe ser lo que a mí me ocurre con Antonio Gala: me interesa tanto lo que dice (infatigable conversador en "El loco de la colina", mordaz, incisivo) como tan poco lo que escribe (pedante, relamido, azucarado). En eso gana Mario: sigo leyendo sus novelas mientras pongo a cero el volumen de sus ideas políticas, y el silencio es de lo más relajante.

lunes, 16 de enero de 2006

Los Mendiluce

Recapitulemos: hace pocos meses comentaba aquí las impresiones de lectura acerca de Monsieur Pain y Una novelita lumpen, del maestro Bolaño. La primera es una novela que bebe de las fuentes de la literatura detectivesca, de los cuentos de Poe y de los ambientes del mejor cine francés: una historia muy original que plantea una búsqueda imposible y que acaba siendo un recorrido por la ciudad de París con ecos de su propio pasado surrealista. Destaca la maravillosa descripción de ambientes y la creación del protagonista, un hombre atormentado que se dirge hacia ningún lugar en busca de la resolución de un misterio que no acabará nunca de ser desvelado. La segunda novela es radicalmente distinta, por mucho que en el ya famoso diagrama queden extrañamente unidas: quizá más por su unívoca individualidad que por sus características comunes, y acaso por su trasfondo urbano de ciudades reconocibles. Aquí, Bianca es la heroína de esta historia de aprendizaje que recibe los golpes del destino, y como ya dije anteriormente (perdón por la autocita), "va deslizándose con enorme frialdad por ese túnel que separa lo infantil de lo adulto, en un ambiente de calculada hostilidad, y ante eso antepone su aburrimiento y su laissez faire, que nos contagia". Una buena manera de introducirse en la cosmología de Bolaño, sin duda.

Ahora estoy entrando en una tercera obra, La literatura nazi en América. Y digo bien, porque una de las mejores ventajas que tienen los blogs es la posibilidad de ir haciendo crítica literaria como un work in progress, a medida que se van pasando páginas. Puede que haya diferencias entre la primera impresión que nos causa un libro y el dictamen final que hacemos una vez que el lomo ya luce en la estantería. Por eso me gusta dejar ideas después de las primeras cuarenta o cincuenta páginas, con el riesgo asumido que eso supone para la credibilidad del autor que las suscribe, pero como ya sabemos a qué juego jugamos, mi salto es con red. Tengo la nueva reedición de Seix-Barral, y poco añadiré sobre la portada a lo ya dicho en la web de referencia para estos asuntos: el oportunismo y la nula creatividad de los diseñadores apostaron por la relación fácil entre título y foto, y ahí está el resultado.

La primera impresión de esta novela (¿novela?) no es tan directamente positiva como la que tuve con las anteriores. Y el énfasis que le voy dando a este carácter circunstancial o provisional de mi veredicto está calculado: creo que mi opinión al terminarla será mucho más benevolente. La razón es sencilla: es muy difícil opinar sobre un trabajo creado a partir de breves piezas que, para su comprensión total, requieren de una lectura completa. Estamos ante una colección de pequeñas biografías ficticias que, tomadas de una en una, no pasan de ser pequeños ejercicios literarios sin mucha enjundia, y quiero creer que una visión de conjunto ofrecerá elementos para contribuir a su descripción como obra total. No hay duda de que Bolaño tiene el don de la palabra: cada frase está en su lugar y cada idea nos mueve hacia alguna sensación o gesto (una sonrisa, asco, intranquilidad, duda), pero una novela no puede basar su armadura (y el guerrero que lleva dentro) en una colección de lectores arqueando cejas o sintiéndose intranquilos. Hace falta trabarlo todo con una mayor complejidad y alcanzar la categoría de obra que construye espacios propios, personajes insustituibles y que aborda los grandes temas de la humanidad. Ahí es nada. Y estoy seguro (ahí va la apuesta) de que Bolaño lo hará también en este libro: para ello dejaré que las hojas vayan deslizándose entre mis manos hasta un próximo comentario.

Mientras, me quedo con lo puesto. Arranca La literatura nazi en América con las biografías de la familia Mendiluce, argentinos de temprana vocación literaria, viajeros más o menos forzados y con conexiones ocasionales con la política nacional e internacional. Tanto en los casos de Edelmira, como en los de Juan o Luz, hay un repaso exhaustivo a sus obras publicadas, título a título y con comentarios sobre su recepción. Motean estos listados pequeñas escenas de cada una de las vidas, y tan sólo una de ellas se repite como elemento de conexión: la proximidad con el nazismo, de tipo personal en algún caso, y que se proyecta en frases más globales tildando a ciertos grupos estilísticos con este adjetivo ("pronto los nazis, los resentidos y los problemáticos pasan, en masa, a ser neogauchescos"). De todo ello no es fácil discernir lo puramente banal, lo que sobrepasa la simple anécdota o lo que adquiere una cierta categoría de elemento perdurable. Al tratar un género tradicionalmente ensayístico con las herramientas de la ficción, se crea en el lector una cierta incomodidad muy curiosa: leemos cosas de gente a quien no conocemos de nada y de quien probablemente tampoco nos interesa nada de sus vidas, pero la magia de la escritura de Bolaño hace que sigamos leyendo. Todo lo que se cuenta es verosímil hasta el límite, incluso las situaciones más estrambóticas (por ejemplo, la recreación real de la habitación de Poe por parte de Edelmira, en un pasaje muy lastrado por la lista de elementos decorativos que la conforman. Y no está de más añadir que la nueva aparición de Poe nos remite al mundo de Monsieur Pain y quién sabe si a futuras novelas que leeré). No dudo de que caracterizar personajes hasta este extremo sea una tarea compleja, y más cuando hay parentesco entre ellos y por tanto elementos de unión que siempre hay que tener presentes para no entrar en contradicciones. Pero me parece mucho más fácil, por decirlo de una manera un tanto informal, que pergeñar una trama con esos mismos personajes interactuando: y las biografías de los Mendiluce, al menos hasta ahora, se me ofrecen más como listados cronológicos de hechos que como caracterizaciones abiertas.

¿Supone lo dicho hasta aquí que no recomiendo su lectura? Para nada, claro. Quiero saber qué más les ocurrirá a esta u otra saga, pero por encima de todo, a dónde quiere llevarnos Bolaño. Aunque me temo (ay, a ver si voy a perder la apuesta) que, como le pasaba a Pain, nunca acabemos de encontrar lo que supuestamente buscamos, la trouvaille, sino que la propia búsqueda y el propio discurrir sean la causa última de nuestro desvelo. Y, cómo no, de nuestro placer que, como lectores, sentimos siempre ante cada nuevo Bolaño.

viernes, 13 de enero de 2006

Ser joven en Madrid

Hay veces en las que una asociación de ideas o un vínculo inesperado produce sorpresa incluso en quien lo ha generado. Quiero decir que hace pocos días estaba frente a una pantalla viendo Match point, la última película de Woody Allen, y a los diez minutos ya tenía en mente la tetralogía de Anthony Powell. Fue una idea fugaz, como un pensamiento que cruza nuestra mente con insensata rapidez, pero que deja su huella y ahí permanece durante el resto de la filmación. Cabe decir que disfruté la película y especialmente su brillante guión, una historia aparentemente anodina de cruces y celos repetitivos pero que en manos de ese perspicaz autor que casi siempre es Allen (lástima que siempre se repita bastante a sí mismo, lástima que jamás tenga un freno a su desbocada producción de un título anual) se convierte en una pieza muy redonda y con pinceladas de inteligencia muy sutil. Pues estaba yo en esas cuando se me apareció de repente el genio y la fuerza de la prosa de Powell: sin duda que la ambientación londinense ayudaba al efecto, y por encima de todo sus personajes de clase alta preocupados más por su apariencia y por la vertebración de sus relaciones personales que por establecer metas claras hacia donde dirigir sus vidas. El protagonista de Match point es todo un Jenkins: un joven que logra meterse en el ambiente de una aristocracia de la city venida a menos, y cuyas desventuras seguimos con interés pese a la aparente frivolidad que destiñe todo cuanto ocurre. Pero esa visión instantánea no hizo decaer para nada mi interés estrictamente cinematográfico (más bien al contrario: desde ese momento quedé atrapado por la pantalla, quizá esperando la aparición de Templer o Stringham en cualquier momento, quién sabe si del mismísimo Widmerpool), y recuperé la fe en ese Allen que ya desde Delitos y faltas me convenció de ser uno de los mejores guionistas que corren por América. Una América muy europea, ciertamente.

Lo cuento desde Madrid, por donde camino y no dejo tampoco de sorprenderme. Cuando paso por delante de los teatros de la Gran Vía y otras céntricas calles me asombro de ver los mismos nombres de hace cincuenta años, o cien: Pedro Osinaga, Paloma San Basilio, y hoy van a cantar los jovencísimos Víctor Manuel y Ana Belén... Jamás pasa el tiempo en esta ciudad, siempre encuentro las mismas carteleras en todos los viajes. Y además de los siempre infaltables andamios y vallas por dondequiera que vaya, hay un cierto aroma de espacio petrificado, de calles también detenidas en un lapso concreto, como si desde mi última visita hubieran echado el telón y ahora, en mi regreso, se hubiera levantado con pereza para ofrecerme las mismas colillas en la acera y los mismos vermús en los bares, todavía con la marca de los mismos labios en el borde del vaso. No sé a qué es debida esta sensación, ni si tiene algún amarre coherente hacia lo real: pero no suele pasarme con otras ciudades, y quizá menos que ninguna con Barcelona. Sin considerarla un portento de modernidad, todavía consigue en cada uno de mis regresos ofrecerme alguna sorpesa a la vuelta de la esquina y hacerme sentir que el tiempo pasa. En Madrid siempre recupero años: si la San Basilio todavía canta o actúa será, pues, que todavía puedo considerarme joven.

No podré pasearme por librerías ya que la visita es corta y apremian algunas exposiciones que quiero solventar con rapidez. Tampoco me voy jamás de Madrid sin haber estado, siquiera una media hora, paseando por esa maravilla urbano-rural que es el Parque del Retiro. Aquí sí que las comparaciones se decantan hacia el otro lado: mientras lo único comparable en Barcelona sea el Parque de la Ciutadella (un espacio con ciertas ínfulas afrancesadas, con mucho paseo y poco camino, con demasiado orden) el Retiro sigue estando entre mis caminatas preferidas, con su tamaño levemente inabarcable y sus rincones perfectos para la lectura lenta. Tuve la fortuna de hacer el trayecto aconsejable para todo viajero: de pequeño admiré lo más olvidable (barquitas en el estanque, migas de pan para los gorriones) y ya de mayor me quedé con la sustancia y con los detalles que superan la anécdota turística. Aviso para navegantes: llevo bajo el brazo un ejemplar de La literatura nazi en América, de Bolaño: muy pronto hablaré de ello, preveyendo que ya sentaré cabeza y trasero al menos en las próximas seis semanas.

También he podido comprobar una vez más que los funcionarios públicos, especialmente ciertos cuerpos de seguridad, siguen insistiendo en su estupidez infinita. No sirve de nada que uno acuda a ellos con su mejor sonrisa y su más estilizada simpatía: la respuesta que ofrecen siempre suele depender del pie con el que se han levantado ese día, casi siempre el izquierdo. Estas calles ministeriales están repletas de uniformados en perpetuo estado de guardia y creo que a cada momento me siguen varios individuos de paisano. Pero lo peor es su incapacidad para introducir una semilla de vida en su triste quehacer de guardianes de lo legal. Esta mañana no he podido despedirme como se merecía de la persona que acompaña mi andadura vital, pues el aeropuerto de Madrid también está fagocitado por esta plaga de seres rectilíneos. No hay favores que valgan: usted no puede cruzar esta línea, usted no tiene el pase que se requiere, usted ya ha recibido un sello oficial y tiene que obedecer. Usted. Me pregunto si al regresar a su hogar siguen estampando sellos en las paredes del cuarto de baño: me imagino que toda su rabia contenida de funcionarios lagrimeantes debe digerirse en algún lugar, porque no se explica tanta obcecación y tanta furia inútil. Pero a pesar de todo, en el pasillo o en cualquier escalón, siempre habrá un beso y un hasta luego para la persona a quien se ama, que ni el más desencajado policía de la moral puede impedir: así fue esta mañana, y la literatura al final nos redimirá a todos.

jueves, 5 de enero de 2006

Names, names

Ha sido también el año de la generación Granta: casi todos han publicado novedad en 2005, por lo que si hablamos a nivel nacional, quizá los británicos han sido el grupo de moda. Bien publicitados, han tenido a sus primeros espadas en cualquier lista de éxitos: Ian McEwan ha triunfado en Estados Unidos, en España se ha vendido bastante bien lo último de Ishiguro o de Amis... Hasta que llegó Rushdie. Todavía me recuerdo adolescente, cuando compré un ejemplar de Los versos satánicos (el de tapa azul con una estrella en las primeras páginas, cada punta de la cual era el nombre de una de las editoriales que lo habían coeditado solidariamente) y lo fui paseando esa misma tarde por mi pueblo, bajo el brazo pero procurando que fuera bien visible el nombre del autor. Era la manera de mostrar también mi apoyo al escritor, y por qué no, de ofrecer mi mejor imagen intelectualizada de joven con pantalón raído y tomazo literario. Con guiño antifundamentalista, claro. No lo pude leer del todo: era un libro complejo y quizá con comprarlo ya había cumplido con mi laica misión de lector comprometido. Ningún otro libro suyo posterior consiguió entusiasmarme, hasta que he ido recibiendo las primeras críticas de amigos lectores y de críticos fiables sobre Shalimar el payaso. Creo que será compra obligada, y uno de los momentos importantes de este cambio de año. Para el 2006 espero con cierto interés lo nuevo de John Banville, The sea.

¿Y qué decir de Houellebecq? Me atrae el odio que suscita: a estas alturas del partido, que un escritor genere tanta bilis y tanta tinta tonta también es de agradecer. Su salto a Alfaguara era de cajón, pues un escritor mediático merece la multinacional más potente, y estoy seguro que en pocos meses llegarán ejemplares a Nicaragua, cuando ya se salden los volúmenes no vendidos en otras partes. Asumo que con Plataforma llegué a pensar en un nuevo hallazgo literario que perduraría, pero esta isla posible me temo que sea un bluff de nuestro engreído particular. El análisis de la portada original destaca su fealdad: pero sobretodo el aburrimiento de un crítico que encontró el libro tirado en un banco de un parque.

Otro grande, Roth, que no necesita tantos aspavientos, ha vuelto con La conjura contra América, y un texto certeramente publicado en el blog de Portnoy sobre su génesis. Vale la pena copiar estas palabras: "El libro arrancó de manera inadvertida, al modo de un experimento improvisado. No lo tenía en la cabeza ni era el tipo de obra que pretendía escribir. El tema, por no hablar del método, jamás se me habrían ocurrido por mí mismo. Con frecuencia escribo sobre cosas que no acontecieron, pero nunca sobre hechos históricos que no tuvieron lugar". Y Coetzee, cada vez más impactante y más auténtico, de quien Lukas ha ido dando destellos en su blog. Cada vez se me hace más improrrogable penetrar en su cosmovisión de esa Suráfrica tan cruda y tan real, con una prosa concisa hasta lo indecible.

He visto en las listas a Murakami, aunque me descorazonó una entrevista que publicó "La Vanguardia" hace un tiempo. Dijo: "Me gustaría reflejar el vacío del consumidor y la abundancia espiritual, escribir sobre eso tiene bastante sentido". Uf: no sé, en cambio, si leer sobre eso tiene mucho sentido. Y también: "Cuando escribí Tokyo blues sucedió exactamente la misma cosa. El único trabajo era perseguir sus voces. Fue divertido. Me gusta creer que soy bastante bueno en eso". Felicidades, maestro.

________________________________________

Es hora de irse a la montaña: todo el mundo regresa a sus puestos, y este lector peregrino huye a las nieves por unos pocos días. Después de la hibernación resucito en Madrid: desde allí les cuento algo.

lunes, 2 de enero de 2006

Nombres, nombres

Los suplementos literarios han buceado, como cada fin de año, en las profundidades de la edición y han escogido los ejemplares más destacados de cada especie. Hay muy pocas sorpresas, y se repiten nombres en cada periódico: debe ser la muestra de una cierta apatía narrativa que nos aqueja. 2005 dejó pocas obras de verdadero peso en la novela española, y sigue siendo muy minoritario todo lo que intenta apartarse de una moda concreta, o de una manera de escribir excesivamente vinculada a unos hechos o a una trama, con el lenguaje cinematográfico siempre tan presente. De los nombres apuntados, y en parte debido a mi habitual lejanía del territorio español, hay algunos que reconozco como muy ajenos. He podido leer elogios a lo largo del año en esos mismos suplementos, críticas que ya los habían elevado a los altares unos meses atrás, pero no acabo de ver la necesidad de leerlos, o de encontrar el tiempo para meterme en ellos.

El primero es Ramiro Pinilla y sus monumentales volúmenes de Verdes valles, colinas rojas. La creación de espacios geográficos perdurables y legendarios siempre me ha parecido una proeza al alcance de pocos, si eso se acompaña de una verdadera armazón literaria que lo aguante. Tener una muestra en español de un territorio también peninsular debería ser un motivo para el regocijo: también Celama es un intento de envergadura en esta línea. Pero sigo esperando que alguna de las personas de quien me fío en asuntos narrativos me hablen de Pinilla, y por ahora todo es silencio. También en los blogs: no veo recomendaciones entusiásticas, y por eso ahora estas listas de recomendados se me aparecen como algo contradictorias: meros nombres que reciben el apluso unánime de críticos, pero una repercusión cercana (la que a mí me interesa) casi nula.

Nada de eso pasa con otros dos nombres recurrentes: el de Vila-Matas y el de Cercas, tan citados en esta senda. Sus Doctor Pasavento y La velocidad de la luz no sólo han tenido el bombo mediático previsible, sino que han estado acompañados de ventas relevantes. Pero que estas dos obras aparezcan como estandartes de un hit parade anual puede ser un síntoma claro de lo que también nos pasa: la autoficción y la posmodernidad ya tienen quien les quiera, y necesitamos escritores autóctonos a los que podamos pegarles la etiqueta de originales, o un marchamo de calidad que buscamos debajo de los grimpows de cada temporada. O sea, que si Vila-Matas no existiera tendríamos que inventarlo porque una literatura nacional no pude vivir sin uno, y si es posible, mejor con dos.

También es recurrente la última obra de Martínez de Pisón, Enterrar a los muertos, que ha hecho el salto hacia Seix Barral. Cada año oigo hablar del boom de la Guerra Civil, de una nueva hornada de novelas que recuperan la memoria y que por fin elevan el conflicto bélico a material narrativo de primera calidad. Se habló de elló con Cercas y con tantos otros. Pero me temo que sea tan sólo la necesidad taxonómica de los críticos quien obliga cada año a crear modas, a unir autores que sólo han creado obras personales y que no se adscriben a ninguna corriente pasajera. De hecho, no veo a autor más alejado de la novela histórica que a Martínez de Pisón, al menos hasta ayer: pero esto no borra que quizá ahora haya escrito su mejor trabajo.

Otro plato fuerte es el de Carlos Marzal, poeta reconvertido momentáneamente a novelista: en este caso mi ignorancia ya es absoluta. No voy a adentrarme en su tremenda Los reinos de la casualidad porque me faltan todos los elementos de juicio posibles: quizá algún lector que pasee por la senda pueda dar algún aviso sobre el libro. Pasa lo mismo que con Pinilla: ¿hay lectores en este país dispuestos a sumergirse en obras de 700 o 1.000 páginas de autores sin aura mediática? ¿Se pueden asumir esos riesgos editoriales todavía? Al menos, si la respuesta es afirmativa, puede ser una de las buenas herencias que nos deje este 2005.

Un apunte final: veo en "El Cultural" que nombran a Fernando Aramburu y su novela Bami sin sombra. Tengo un grato recuerdo de un avance que publicó "Granta" en 2004 de este libro: una escena extraordinaria de una niña y su maestra, un recorrido en coche hacia una ciudad desconocida y una tensión soberbia entre el silencio de los personajes. Es sólo una recomendación parcial, insuficiente.

________________________________________

Ayer, en La Central. Una chica joven pregunta por Coelho, y el vendedor la acompaña hasta un estante escondido, bajo una mesa. Por eso me gusta La Central: tienen a Coelho muy bien enterrado. La chica pide dos ejemplares de El zahir, como quien pide filetes. También dos más de Once minutos, aunque de esta obra ya sólo queda un ejemplar. Así, con la librería aliviada de papel, paseo con ánimo renovado por este lugar, que en Navidades también sufre un verdadero empacho de azúcar y celofán.

jueves, 29 de diciembre de 2005

Nancites 5

1. El próximo 2 de enero llega a Managua Mario Vargas Llosa y no me encontrará. Me suceden estas cosas a menudo: algunas veces para bien (es raro que un pequeño sismo pueda pillarme in fraganti, suelen acontecer cuando yo estoy lejos del epicentro, y eso que la ley de probabilidades juega en mi contra), y en este caso supongo que para mi desgracia. No es que tuviera la más remota posibilidad de encontrarme con él, claro, pero me gusta estar en los sitios en los momentos oportunos. Mario pasó en los ochenta por Nicaragua, cuando ya estaba lanzándose a los brazos del liberalismo más crudo, pero entonces el mérito era nulo: todo el mundo viajó allí entonces, cuando se podía soñar. Ahora sí es noticia que un escritor extranjero y de tal fuste pise esas tierras. Sergio Remírez, en un reciente encuentro que tuvo con el peruano en algún congreso internacional, le comentó las alianzas que hay ahora entre la iglesia más rancia y Daniel Ortega. Hizo lo que haría cualquiera: se puso a reír en primera instancia, y puso cara de hombre atónito en el segundo acto, cuando comprobó que su interlocutor le hablaba en serio. Mario llega a la Nicaragua del siglo XXI, la posmoderna, para recibir la orden Rubén Darío, y eso va a ser noticia. Llega el novelista al país de la poesía oral, cuando la épica ya hace tiempo que abandonó los lagos y los volcanes: oportuna decisión la suya.

2. Me abruma tanto dragón y tanta mazmorra en las portadas: sigo paseando por librerías y observo la resurrección de la literatura fantástica como quien ve maracuyás en el mercado. Leo también que hay varios autores españoles detrás de la moda, y que algunos ejemplares llevan vendidos bastantes millones de copias. Estoy abrumado, sí, pero me alegro por la literatura. Repasando blogs he visto la mención de Lukas a los libros que pertenecen a una época de nuestra vida. Yo también tuve mis acercamientos a King, Lovecraft, ¡incluso me adentré en el Caballo de Troya que a todos nos arrastró inmisericordemente! Pero ahora, además de todos los afortunados que irán descubriendo el camino del placer a partir de estos atajos (ya llegarán a las sendas) hay una corriente de opinión, me temo, que intenta situarlas al mismo nivel que toda la literatura restante. El efecto Narnia no deja de tener desde esta óptica su apunte preocupante: confundir el lenguaje y la arquitectura literarias con las tramas de artificio no puede ser otra cosa que una estrategia comercial. No hay lectores tan simples que vayan a comparar pasteles Bimbo con bombones Godiva, pero la publicidad es el elemento mágico que los puede situar al mismo nivel. Qué digo: Bimbo debe ser mucho mejor, porque se escucha más su nombre. Ahora no sólo se escribe literatura fantástica, sino que los suplementos literarios de la prensa los ponen en portada, las librerías (con las excepciones de siempre, claro) los exhiben con descaro y el cine pone la apostilla final. Una buena estrategia, siempre y cuando se presente como lo que es: turrón y mazapán para estas fiestas.

3. Millones de blogs, pero sólo un puñado han unido por ahora a los dos maestros. No me he atrevido a buscar los resultados de Grimpow, por si acaso.

4. 2006: el año de Trinidad-Tobago. Que sea muy feliz para todos ustedes.