sábado, 29 de octubre de 2005

Cartas nómadas (3)

Perquín, 14:06h

...La imagen del desastre son todas esas milpas de maíz destruidas. Con un grupo de mujeres y niños (los niños siempre a punto, siempre dispuestos a montarse en la camioneta) nos deslizamos por el infernal camino cerca del río Lempa, hoy pura piedra y cuatro días atrás una argamasa de lodo y agua. Al entrar en uno de los campos sembrados ya se avistan desde lejos las mazorcas marrones, completamente secas: basta con acercarse e ir desgranando cada planta, abriendo cada elote para comprobar que el maíz ya no servirá ni para hacer harina con que engordar al ganado. Uno tras otro, los campos han quedado arrasados por efecto de la tormenta Stan, pues el agua se estancó por varios días en cada milpa y la humedad destruyó completamente las cosechas. Ya todo es irremediable, pero aquí las sonrisas y las resignaciones se combinan para echarle ánimo al asunto y pensar ya en cómo se podrá alimentar a la familia hasta la próxima oportunidad de siembra. Los cuadernos de los chavales y sus zapatos se compran con el excedente de la cosecha, pero ahora habrá que inventarse otra manera de conseguirlos. Y hasta la próxima tormenta: el desborde del río rompió los diques naturales y acaba de formarse un lago artificial que no sale en los mapas y que no se secará probablemente jamás: los niños ya se bañan ahí y la diversión y los gritos de entusiasmo tras cada chapuzón resisten cualquier intento de desánimo.

La ayuda, claro. Dos días antes de la visita de la Reina (así la llaman todos, la Reina, esperando verla aparecer con cetro y corona descendiendo por las escalerillas del avión) todavía no ha llegado nada. Los cooperantes se mueven con nerviosismo, la seguridad del Estado tiembla y el embajador es un rostro furioso y desencajado. ¿Pero dónde coño están los colchones que tiene que entregar la Reina?
-Se los llevaron las ONG, para repartirlos antes.
-¡Pues que compren más colchones!
Cuando baja del avión una señora que reparte besos y abrazos, los fotógrafos disparan sus flashes y la señora pone cara de fotografiada, hasta que alguien repara en que no es Ella. La secretaria sigue su camino con menos garbo y del avión descienden trajes y corbatas oscuras. Ahora sí: en el centro se observa un vestido y un peinado que avanzan, los mismos que dos horas después estarán repartiendo colchones en una comunidad campesina. La gente se agolpa a su alrededor y un niño con libreta en mano le grita con fuerza "¡Reina, Reina!" mientras con los dedos le hace la seña del que firma algo. La tal Sofía levanta los hombros y hace como que no entiende. "¡Reina, Reina!", insiste la criatura, reclamando su autógrafo. Los matones que la guardan le impiden con sus cuerpos que avance hacia la multitud, y Ella sigue haciendo gestos de incomprensión, con la sonrisa puesta.
-¡Ah pues come mierda, Reina hijueputa!
Y el chaval desaparece bajo las piernas de los adultos, mientras los hombres de negro se llevan a su protegida en volandas hacia otros colchones más confortables.

Don Carmen, se llama. Historia exacta, memoria cautiva. Le escuché sentado en un pedregal frente a su casa, él apoyado en el marco de la puerta. Tras las paredes de adobe veo el movimiento familiar que no se detiene, la olla en el fuego de leña. Cuenta que en ese caserío llegaron los soldados en los años 80 y acribillaron a cuanta persona se puso por delante. Don Carmen tuvo que enterrar a seis criaturas abiertas en canal, y a una mujer embarazada con la barriga cosida a tiros. Con la brutalidad del que ha visto tantas brutalidades, dice que jamás se imaginó que volvería a comer carne de cerdo, porque eso es lo que vio: carne desparramada, no pudo ver personas ni reconoció o no quiso reconocer a nadie. Pero de vez en cuando bromea, es así como puede sobrevivir al desastre. Sólo tiene dos dientes en la mandíbula inferior, una barbilla escasa y cana, y lleva unas botas que muestran los dedos de los pies. Con su voz llenando la tarde, miro de nuevo hacia el interior de la casa y ahora observo una muchacha descalza sentada en una hamaca, y que tiene un libro entre las manos. También observo que su labios van deletreando cada palabra y moviéndose al ritmo de la lectura, de cada frase que va cobrando sentido. No aparta los ojos del libro y yo la sigo mirando por un buen rato, intentando meterme en esa ficción suya que ya, a estas alturas del viaje, se hace tan necesaria ante la realidad desbordante que me inquieta y me supera a cada minuto...

miércoles, 26 de octubre de 2005

Cartas nómadas (2)

San Salvador, 12:05h

...El camino de la redención engrandece tu corazón. Creo que la frase del rótulo era así, pero podría cambiar todos los elementos y el significado sería el mismo para mí. En otro portal, con grandes caracteres, leí la palabra cruzadas al lado de versículos bíblicos escogidos y de los horarios del culto. Se hacen cruzadas, mientras justo al lado se limpian carros y enfrente se vende mecate para colgar hamacas. Todo a tres cuadras del lugar exacto en donde, 25 años atrás, caía Monseñor Romero bajo las balas del sicario a sueldo del ejército. La pintada del muro es otra, bien distinta: "Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa. Como Jesús, por orden del Imperio". Atravieso la puerta enrejada y el paseo de acceso al Hospital de la Divina Providencia se me ofrece como un apacible lugar de sombra y silencio, con leves revoloteos de palomas y zanates y muy poca concurrencia. Una familia completa descansa en unos bancales de piedra, mirándose entre ellos y hablando con voz muy suave: me observan cuando camino por su lado y me siento a pocos pasos, en otro poyo de piedra sin labrar. Algún enfermo, pienso, alguien entre ellos que habrá salido a pasear por este pequeño jardín y que en esta mañana soleada comparte su apego a la vida con los suyos. Ni los niños juegan aquí: todo es tan sensible que se disfrazan de adultos, participan de la reunión para demostrar su vínculo solidario y su probable empacho de estupideces. En este sitio no hay que hacer nuevas cruzadas, basta una palabra de afecto y una mano que acaricia. Me levanto para no interferir en la escena y me planto en la puerta de la capilla: desde aquí salieron los disparos en 1980, con la puntería del asesino que se cree ya mítico y que está a punto de pasar a la historia. Pero se equivocó: la historia cayó desplomada al fondo, ante el altar, y el individuo entró de nuevo al vehículo y huyó, por este paseo silencioso (cómo resuena el chirrido de las ruedas en mi cabeza, un sablazo cruel) como el cobarde que espanta a los pájaros y a los enfermos que reciben una mano caliente y suave de su nieto en la mejilla.

El mercado de Apopa es una explosión de color, una fértil maraña de gritos y olores de fruta fresca. Qué contrastes tan intensos: a veces no hace falta caminar ni doscientos metros para meterse en realidades opuestas, para probar las mil caras de este territorio que se mueve en sentido estricto (hay sismos bastante regulares cada año) y figurado, en un sentido casi metafórico. Estas mujeres que venden telas y semillas y flores, y que aguantan al hijo en las caderas o sobre el pecho mamando y que cuando ya camina se les escapa mientras atienden a los clientes y deben ir a buscarlo por el pasillo (los dólares en una mano, en la otra la mercancía), que tienen el almuerzo en un plato de plástico y la bebida en una bolsa con pajilla, que van a preparar la cena cuando terminen de cerrar el puesto de venta. Estas mujeres, digo, son la esencia y el suplicio permanente de este movimiento que no cesa, que sólo se va deteniendo al anochecer pero nunca del todo: la oscuridad que aprovechan los perros para hurgar en las basuras es sólo la antesala de un despertar temprano igualmente estruendoso, que arranca cada día con igual ímpetu sin importar las ganas ni el desaliento. Cuántos psicólogos deberían pasear por aquí: quién dijo depresión. Uno sale de estos mercados reanimado, casi gritando el nombre de las verduras por pura empatía y empujado a la dinámica del hacer, del trabajar, del no parar. Mientras voy pisando restos vegetales y charcos embarrados por el agua y los meados, me aferro al ansia del escalador que está a punto de llegar a alguna cumbre, del sediento que ya otea el oasis a poca distancia: al ansia del que tiene lo real al alcance de la mano y está a punto de acariciarlo (como el niño a su abuelo, la vendedora a su hijo), y que tiene miedo de perderlo de vista y quedarse sin cima, sin agua y ajeno al acontecer de este mundo tan verdadero, sin mano en la mejilla...

martes, 25 de octubre de 2005

Cartas nómadas (1)

San Salvador, 18:20h

...Conducir bajo una espesa manta de niebla es una experiencia próxima al desasosiego, a la pérdida de identidad. Digo manta, o sea, una capa de tela gorda que a su través no deja ver ni la propia textura del tejido. Los faros iluminaban el blanco perpetuo y avanzaba hacia la nada, pegado al supuesto límite del asfalto para seguir las malas hierbas que eran lo único que podía distinguirse por la ventanilla lateral. Veinte interminables minutos de ausencia, de perfecta soledad dentro del vehículo y sin alrededores. La hierba y yo, únicos seres vivos visibles del descenso hacia Choluteca. Jamás había estado en este trance, desprotegido y débil frente a la durísima Naturaleza, impasible y con una contundencia que uno recibe como puñetazo en el estómago, inerme ante lo real. Después, la lluvia intensa y la desorientación defintiva hasta que todo escampó: la tela se deshilachaba como jirones al viento y la realidad se iba pintando ante mí. Las casas, las bombillas de los porches, el aliento de la vida. Cuesta abajo, mis veinte minutos de inexistencia los interpreté como los del viajero que se desplaza al lugar más remoto no para conocer ruinas y palmeras, sino justamente para deshacerse de su identidad y no ser reconocido por nadie, para pasear sin ser visto (los ojos que te miran y no interpretan, que no te distinguen).

El hotel era como deberían ser siempre los hoteles: viejas construcciones que antaño tuvieron sus horas de esplendor y que han venido a menos, habitaciones ya destartaladas no tanto por el uso como por la falta de mantenimiento. Las paredes se van desconchando, el agua de los grifos brota salpicándolo todo, hay bombillas que ya no encienden. Y los sofás: esos espacios de tela rajada pero que (¡milagro!) conservan plenamente su comodidad. Uno se desparrama en ellos y mira por la rejilla de la mosquitera rota del ventanal: enfrente, una piscina de agua turbia colecciona hojas y ramas de todas las especies vegetales. Entonces, abrimos un libro sobre nuestras piernas y leemos, y del hotel empieza a sonar un hilo musical inconfundible (fragmentos de Turandot, Dilegua, o notte! tramontate, stelle!Tramontate, stelle, que ya escuché estremecido entre la niebla), y la camarera nos trae un café expreso con poco azúcar, y las bañistas cruzan y cruzan la piscina con estilo envidiable, y las flores reviven a nuestros ojos entre la maleza , y el silencio es el de la noche y las cigarras y los grillos. Estos son los hoteles que me gustan: se nos aparecen a la orilla de cualquier carretera secundaria y nos explican historias muy antiguas, de las que ya nadie guarda memoria. Después, en la cama, siguen las notas y nos entra un sueño narcotizado, sintiendo el lento desgaste de cada célula del cuerpo y su evaporación: que llegue muy tarde el futuro, por favor, los primeros rayos, el amancer, el alba en la que definitvamente habremos vencido a toda la mediocridad de nuestras cutres existencias.

Frijoles molidos, huevos fritos con tomate, queso salado, café con leche: y decían que el paraíso estaba en la otra esquina. ¡En esta, coño, en esta misma! Hay un perro flaco estirado debajo de mi silla y de vez en cuando me echa el ojo por si le lanzo algún pedazo de comida, pero su ojo está casi cerrado, mira desapasionadamente. Cuando salgo con la camioneta y observo hacia atrás por el espejo, veo el rótulo caído del hotel y el perro husmeando las migas del banquete. No quiero irme todavía pero hay mucha carretera por delante, quiero persistir en estas horas detenidas, muy cansadas, que transcurren lentamente: hay un perpetuo deseo de huida y otro paralelo de no avanzar, de enterrarme aquí, huesos y carne bajo la tierra, y un perro flaco husmeando encima, como quien busca por instinto y no por amor a su amo perdido...

viernes, 21 de octubre de 2005

Nancites 3

1. Los caminos de internet son inescrutables. Por un lado, el Lector ileso ha quedado entusiasmado por lo último de Vila-Matas, Doctor Pasavento. Destaca esta perla: "Vila-Matas se diluye en todos los autores. Pierde su condición de autor". Nos llevaría tiempo reflexionar sobre esta frase, del que no voy sobrado: que Vila-Matas pierda su condición de autor puede significar dos cosas, al menos. Una, que no logre pasar por encima de las múltiples historias de otros escritores que allí cuenta, los cuales sí son autores, en mayúsculas; al lado de estos, el ego de Vila-Matas empeqeñecería y la sombra de los demás lo haría desaparecer. Dos, que Vila-Matas no pretenda escribir ninguna novela, y al parecer lo consiga (entonces, ¿qué son las 388 páginas del libro?). Por otro lado, un interesante blog que he descubierto recientemente pone la novela de vuelta de hoja. Vicente Luis Mora dice mucho, y entre otras lindezas ésta: "Vila-Matas, un autor a quien respeté en sus principios pero que cada vez veo más como un bluff disfrazado de acogido francés (...)". Y otra frase que con toda seguridad suscribiría Lukas: "Lo que le falta a la literatura de Vila-Matas no es literatura, sino sangre, vida, realidad, apego a la existencia normal de las personas normales, tratamiento ocasional de lo ocasional". No hay debate sin mojarse el culo, y en éste hay chapuzones.

2. La foto no tiene desperdicio: la espalda y el rostro como dos universos opuestos, dos maneras de entender la vida y la literatura. La sorna y la altivez, la mirada intrigante y la frivolidad, la chaqueta y el vestido, el pelo cano revuelto y la cabellera arreglada. Si no supiéramos quiénes son los fotografiados, estos comentarios no pasarían de torpes muestras de clasismo. Pero no: lo mejor es lo que no sale en el encuadre, porque se trata de imaginarnos qué lleva cada uno en su mano, bien agarrado. Puestos a imaginar, uno lleva un ejemplar de Rabos de lagartija y la otra uno de Las mujeres que hay en mí. Entonces sí que los gestos revientan y la espalda adquiere todo su significado. ¿Qué diferencia al cascarrabias de la modelo? ¡La literatura, amigos, la literatura!


3. Otra mala noticia más: Nicaragua no cuenta con servicio de correo contra reembolso, por lo que tendré que esperar a recibir El copartícipe secreto, de Joseph Conrad: el amable servicio de ventas de Atalanta trabaja en otras opciones para no dejar a este impenitente lector sin su dosis.

4. Reino de Redonda, editorial deficitaria como pocas, sigue en su empeño de editar obras mal conocidas y de notable calidad. Javier Marías anuncia que la próxima edición será "un exquisito libro de viajes por España escrito por Giuseppe Baretti en 1770". En el blog a él dedicado, además de esta noticia, podemos encontrar un divertido ejercicio de recopilación de las búsquedas que los navegantes de internet realizan en Google, y a partir de las cuales han llegado a la mencionada web. Así, por ejemplo, "sandalias de primavera verano ver catalogo", "escuchar jota de los labradores", "westerns filmados en durango", "innovaciones cocina cantonesa" o "putas en puerto de mazarron" nos llevan a la página de Marías. Me parece éste un material muy novelesco: con Borges entre nosotros, Google tendría al autor que lo encumbrara a lo cielos.

miércoles, 19 de octubre de 2005

Soldados en el cine

Cada semana se estrenan en Managua solamente un par de películas, y las dos norteamericanas. Cada vez hay más salas de exhibición y más palomitas, pero aun así no crece el número de estrenos: vivimos en una realidad cinematográfica unidimensional, en la que las influencias externas al continente son mínimas. Quizá algunos han oído hablar del movimiento Dogma, o de Takeshi Kitano, o de Rohmer: pero nadie ha visto sus películas, porque los Armaggedons ocupan las pantallas con estruendo y expulsan el diálogo, el pensamiento, la serenidad. Todo es ruido, como pasa en tantos bares aquí, pero es un ruido de metralla, de mucha pólvora.

También son tiros los que ayer escuché en el cine, pero de otra clase. Lo bueno que tiene celebrar un 12 de octubre en el extranjero (que la música militar / nunca me supo levantar, decía el bueno de Brassens) es que la cultura española tiene su semanita dedicada, y aunque sea medio a escondidas, uno puede ir al cine a ver a Ariadna Gil. Otros piensan que los expatriados nos dedicamos estos días a tomar fino y picar aceitunas rellenas de anchoa y tacos de manchego: nada más lejos de la realidad. Ahora los De la Graza prefieren tomar sus copas entre ellos, dándose codazos y riendo a mandíbula batiente, y nunca invitan a la colonia de compatriotas a sus bacanales. Seguro que nuestros night clubs, que crecen y se multiplican, deben acoger por las noches a todos los De la Garza de la ciudad, con los hilillos del jamón todavía metidos entre los dientes, y en sus rodillas alguna bailarina sentada cobrando los impuestos hispánicos, diplomáticamente.

Pues ayer vi, por fin, Soldados de Salamina. Le tenía ganas a esta película: no terminaba de intuir cómo se podía poner en imágenes la novela de Cercas y cómo se podía evitar el riesgo evidente de ofrecer un film literario, que es el mismo mal pero a la inversa que sufren muchas novelas cinematográficas: uno al final no sabe si está viendo un libro o leyendo una película. Si yo fuese director, dudo mucho que hubiera escogido nunca Soldados de Salamina para hacer un guión: demasiados los riesgos, y demasiada la tentación de hacer literatura. Pero debo reconocer que lo que vi ayer me gustó, y bastante. Estos apuntes pueden servir de guía:

1. No diré que la película inaugura géneros ni nada parecido, pero se huele la novedad: esa mezcla de ficción y documental, de testimonios reales y ficticios, de decorados y parajes históricos, no tiene demasiados precedentes de calidad. Esta no es una película histórica, para nada. Es un lenguaje creado a partir de la escritura pero usando bien las técnicas de la filmación: el juego de imágenes de distintas épocas, creadas ex profeso o recuperadas; el flash-back; la cámara al hombro... Trueba se apropia de técnicas nada novedosas para crear un producto distinto, una obra inteligente.

2. Ariadna Gil cumple bien su papel, y no rechina el cambio de sexo Lola - Javier Cercas. Sólo es raro no verla sonreir en ningún momento, y quizá su perfil queda a veces demasiado arisco, como si los escritores tuvieran que ser forzosamente insociables y oscuros.

3. Es por ello que no me creí el personaje de la tarotista, como si estuviera metido a la fuerza y sin afinar. El deseo de crearle un contrapunto a la protagonista raya a veces en la simple idiotez, y los azares se convierten en efectos demasiado buscados. La atracción que siente la lista profesora por la frívola quiromántica da un poco de grima.

4. En cambio, toda la trama consigue acercarnos al efecto que el escritor quiso mostrar: no es tanto el hallazgo como la búsqueda lo que se valora. Tanto da si Miralles es o no es Miralles. Al final ya hemos conseguido emocionarnos por un episodio humano de una guerra incruenta que no pasaría de anécdota si no fuera por su trasfondo vital, que traspasa las épocas y se convierte en categoría, en hecho recordable. Se sigue con ganas la peripecia de Lola, porque se va comprendiendo que ahí no se buscan héroes, sino que se buscan verdades; no mitos, sino realidades como puños.

5. La figura de Joan Dalmau delante de la residencia de ancianos (que huele a verdura cocida, a medicamentos, a muerte) no la habíamos podido ver tan gráficamente en la novela, emocionarnos tanto con su compostura de viejo lúcido. Miralles es él, claro que sí: Lola se lo pregunta y él dice: "No". Sólo le faltó añadir: "No, porque Miralles somos todos". Así, la búsqueda se hace perenne y la película y la novela siguen, como la vida misma.

6. Sólo me faltó ver en el "Estrella de Mar" (uno más de los abominables cámpings que se multiplican alrededor del mundo), agazapado detrás de una caravana, al detective salvaje que todavía espiaba a las suecas veranenates, con sus gafas y su cigarrillo. Pero Bolaño ya estaba lejos, muy lejos, y sin duda esa sí que ya es otra historia.

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Cuando alguien tan querido se muere, aparecen cientos de personas que de pronto confiesan lo mismo: "Yo comenzaba a leer el periódico cada día por la penúltima página". Ahora, desolados, comprarán mañana "El País" y tendrán que empezar por el principio, aprender a leer la prensa otra vez.

lunes, 17 de octubre de 2005

El planetoide

No puedo decir que mi primer recuerdo del Planeta sea malo. En esas tempranas edades, cuando lo de la calidad literaria todavía no se mide con ningún instrumento de precisión ni se sabe a ciencia cierta qué quiere decir calidad, uno se divierte y disfruta con lo más extravagante. Eran los momentos de acercarse a esa literatura para adultos que se desparramaba en las mesas de El Corte Inglés (no eran tiempos tampoco para ir a La Central) y con timidez, mucha timidez, agarraba un ejemplar y lo sopesaba, preguntándome si entendería algo de lo que allí estaba escrito. Yo veía a gente adulta disfrutar con esos objetos entre sus manos, y comenzaba a comprender que ya, a mi edad, no podía ser menos: la fruta se me aparecía jugosa y el instante del bocado debía estar cerca. También eran los tiempos del primer Penthouse comprado en un quiosco escondido, en el que no pasara demasiada gente por delante, para que no nos fueran a descubrir en pleno acto criminal: pero esa es otra historia.

Elegir, pues, entre tanta oferta era perderse en una selva frondosa. Lo mejor era pisar sobre seguro y lo más llamativo resultaba ser, cada noviembre, el nuevo ejemplar del Premio Planeta, con su franja roja inferior y su -entonces- pequeño tamaño. Doscientas mil personas no podían estar equivocadas: la primera edición dejaba claro el número de lectores que iba a tener el libro, y yo tenía que ser uno de ellos. Joven, pero inteligente. Joven, pero sobradamente preparado. Y así, poco a poco, fui buceando por mundos que para mí, imberbe lector, abrían espacios hacia la fantasía, la historia y lo desconocido: el Egipto de Terenci Moix, la época napoleónica de Vallejo-Nágera, y muy especialmente el viaje a pie por África, de Norte a Sur, que se desplegó a mis ojos por obra y gracia de Juan Eslava Galán, autor completamente prescindible luego pero que me hizo vivir momentos felices a mis quince años. Recuerdo todavía al protagonista, Juan de Olid, enamorándose de una africana adolescente en el centro del continente negro y persiguiendo unicornios entre fiebres de malaria y batallas de una crudeza medieval. A falta de un buen Conrad (nadie me enseñó hasta entonces a buscar a Conrad, tuve que aprender a encontrarlo luego) llené mis horas con novelas comerciales pero que cumplieron su función en mí: la de ir especializando mi búsqueda e ir calibrando en qué consistía eso de la calidad.

Pero me quedo todavía en el Planeta porque esta breve historia alcanza una segunda etapa: el joven adolescente dejó de serlo (el Penthouse se hizo Private, y el Private alma y carne) pero el premio tocó techo con algunas novelas de cierta enjundia: llegó Torrente Ballester, llegó Cela, llegó Vargas Llosa. Llegaron no con sus mejores obras, quizá siquiera con obras que puedan considerarse buenas, pero con ellos llegó la literatura, esa que perseguí con afán hasta hoy mismo. Esos nombres resonaban en mí como depositarios de palabras mágicas, como conectores que encendían el acceso al coto vedado de lo sustancial, de las obras maestras y de los escritores de relieve, de la literatura de alto vuelo. El salto ya estaba dado: si ya podía leer a Vargas Llosa, podía leer todo el realismo mágico, y la novela moderna española, y el nouveau roman, y el dirty realism, y así hasta el infinito. Ya era la hora de seleccionar y de abandonar las compras compulsivas o por simple remedo, de escapar de las editoriales mediáticas y refugiarme en el libro de autor, en las colecciones con títulos imprescindibles e inmortales.

Ya casi sin mí, el premio Planeta siguió su curso y todavía me quedó el anhelo de descubrir alguna sorpresa: era una pequeña parte de mi alumbramiento como lector y no estaba dispuesto a abandonarlo así como así. Pero el tiempo pasa (tócala otra vez, Sam) y no todo envejece bien: llegó De Prada y el posterior escándalo de plagio, arribaron Fernando Delgado, Carmen Posadas y no sé cuantos bodrios más a la lista ya cada vez más incomestible de premiados. El escritor se fue evaporando y llegó el escriba televisivo, la cara bonita, el ególatra con procesador de textos, la joven promesa artificial. Llegaron los millones y, como suele pasar en estos casos, atrajeron las miradas y las plumas de los que no escribían. Pero qué carajo, si por 600.000 euros sólo nos piden escribir un libro, pues se escribe y ya está, tampoco hay para tanto. La fiesta acabó en fiestorro y el Planeta en planetoide.

El sábado tuvo lugar el penúltimo lance. Este año derramó sus prosas melifluas la sin par Mª de la Pau Janer y abrillantó las baldosas el descolocado Jaime Bayly. Pero la novedad simpática vino de la mano del jurado y de las declaraciones de éste respecto de la calidad de las obras finalistas. Jamás entenderé (ya lo digo por anticipado) qué hace gente como Juan Marsé en el jurado de este premio astronómico: leo con placer a Marsé y admiro su posición personal en otros asuntos, pero -cheques aparte- no sé quién le convence para teatralizar la existencia de un jurado ficticio mientras el jurado real -el consejo de administración de la editorial- ya ha decidido de antemano con qué autor se puede ganar más dinero y, por lo tanto, quién va a ser el laureado. Apareció, pues, Marsé con el ímpetu del buen soldado y arremetió contra la calidad de las obras presentadas, "de un nivel subterráneo".

Si él hubiera seguido con detenimiento la evolución del premio, hubiese vislumbrado la decadencia de lo que antaño, cuando el propio Marsé ganaba, era una oportunidad para promocionar un puñado de certeras novelas y que ahora no es otra cosa que un pastiche de rostros con libro. El mundo ya no es lo que era, y la galaxia tampoco: lo que orbita a nuestro alrededor ya no son sino tristes destellos de un pasado lejano, cuando todavía éramos jóvenes y las estrellas eran todas fugaces, y lo por hacer era mucho y el tiempo era un despilfarro permanente: ahora ya no tenemos tiempo de leerlo todo, pero por encima de cualquier otra consideración, no tenemos ganas de hacerlo, porque perder las horas es un lujo y dedicarse a (pongamos) Mª de la Pau Janer, un auténtico despropósito.

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La certeza de saber que un blog también puede helarnos la sangre.

viernes, 14 de octubre de 2005

El crítico en la cloaca

Quince páginas, quince: es lo que me ha ocupado la impresión de un artículo que amablemente me dio a conocer Magda, en una huella que dejó en la senda hace pocos días. Quince hojas de tamaño carta en el papel y 10 en la letra, con tipo verdana. O sea, bastante abigarrado y con pocos espacios en blanco. El autor, M. García Viñó, titula su esperpento “Javier Marías, una estafa editorial”, antecedido por la frase “Cometida con la complicidad de la crítica, los medios, la Academia, la Universidad y el Ministerio de Cultura”. Con la complicidad de todo el mundo menos la de M. García Viñó, se entiende.

No es fácil menospreciar la torrencial verborrea de este autor, que por muy poco eco que tenga, siempre acabamos reencontrando en los sitios más inesperados. Hay múltiples libros con su firma, ya sea como autor o como traductor (el ISBN reporta 74, al menos hasta las 09:55 de hoy, y asumiendo que quizá hay otros García Viñó por el mundo. Como dice la copla, ¿Cómo es posible que estemos a tres de enero / y ya se hayan editado cuatro libros de Viñó?). Y siempre habrá alguna revista que quiera ser más librepensadora que nadie y quiera jugar a epatar al personal publicando las cosas más rocambolescas.

Entonces, ¿merece la pena perder el tiempo leyendo quince páginas de prosa ortopédica y plagada de navajazos traperos? ¿Tiene sentido empañar de humedad y moho una página de este blog para comentar la existencia del mencionado artículo, y así engrandecer aún más el ego del escriba? Seguramente no, pero ya que un blog es el invento más improductivo que conozco, hagamos como si nada y perdamos el tiempo lo más que sea posible. Un día es un día.

Los primeros párrafos del artículo están destinados a sintetizar, a modo de aperitivo pero con la brocha gorda habitual, la tesis principal que se va a desglosar luego con abrumadores ejemplos. A saber:

1. Javier Marías destroza la lengua española y su gramática.
2. Javier Marías es el peor escritor de todos los tiempos y lugares.
3. Javier Marías no sabe puntuar y destroza continuamente la sintaxis.
4. Javier Marías carece de elegancia y estilo.
5. Javier Marías tiene lenguaje de funcionario.

Me detengo en el quinto mandamiento, porque los que siguen son fácilmente imaginables, por reiterativos. Y las principales acusaciones genéricas que se le imputan son dos:

1. No tiene “ocurrencias” (definidas por Viñó como “formas de descripción, definición o adjetivación insólitas que caracterizan al escritor de raza”).
2. Sólo escribe novelas en primera persona.

El método usado por Viñó es la crítica acompasada: debe ser un método científico consistente en hilvanar ocurrencias delirantes, una tras otra, de manera acompasada, porque como método para dejar de fumar parece que no ha dado buenos resultados.

Y comienza el estofado de buey: un listado interminable de citas extraídas de 6 novelas de Marías, con las cuales se pretende demostrar que utiliza repeticiones injustificadas, adjetiva mal y confunde el significado de las palabras, experimenta con construcciones que no se entienden y cae en “resbalones mentales”. El infantilismo del método llega a extremos waltdisneyanos, de carcajada fácil y rápida, de uso y disfrute inmediatos. Vayamos al primero de los cientos de ejemplos:

En Todas las almas, en la página 41, aparece la frase “Pensé que pensaría en su hijo”, lo cual le plantea a Viñó un problema de fondo, trágico, que él ha descubierto como crítico sagaz y acompasado que es: ¡Marías ha repetido el verbo pensar! Hasta el momento, es seguro que Marías no había caído en la cuenta, y es entonces cuando el crítico nota un leve mareo por su descubrimiento y le echa en cara el delito al acusado. ¡Repetir el verbo pensar en una misma frase, eso sólo podría ser obra de Marías!, reitera con el ceño fruncido.

Y el segundo ejemplo, de la misma novela y en la página 55, recoge otro fragmento de frase: “... una mirada mirando...”. Aquí el juez Viñó ya levanta el mazo, y antes de descargarlo sobre la mesa, grita: ¡Ha incurrido usted en reiteración de delito! ¡Repetición del verbo mirar! El escritor, contrito, fija sus ojos en el suelo y se repite a sí mismo: “nunca más escribiré literariamente, debo ser más comedido”.

Para qué seguir: quince páginas repletas de citas supuestamente erróneas, y me imagino a Viñó como la Señorita Rotenmeyer que muchos tuvimos en algún momento de la infancia. La que nos ponía dictados del tipo “el toro tenía una asta que le llegaba hasta la ingle”, y con la regla iba dando golpetazos en la mesa para hacernos sufrir. Y en las redacciones escolares era una falta la repetición de un vocablo en una misma línea o el quebrantamiento de la norma sujeto-verbo-predicado: un niño no era apto aún para romper normas e inventarse construcciones formales y literarias.

Viñó trata a Marías (y a todo escritor que se le ponga delante, y si ha adquirido cierta fama, mucho mejor) como al niño que todos fuimos, y con el rotulador rojo va marcando los errores gramaticales y sintácticos. Pero hay (¡ay!) una leve diferencia: y es que Marías eligió un estilo y una manera de expresarse, ya adulto, con plena libertad y siendo consecuente con lo que hacía. Y los que no vamos diccionario en ristre dispuestos a dejarlo caer sobre el cráneo del primer escritor que pase, gozamos con esa libertad y podemos gozar de lo que no goza Viñó: de la posibilidad de trabajar con la lengua y convertir eso en literatura, y leerlo, y ser un poco más felices. No basta con contar historias, hay que usar ese instrumento que es su base y con ella alcanzar el grado más alto de maestría, que no se mide con manuales de carpintero: pero uno se siente estúpido al tener que recordar eso y no merece la pena gastar más píxeles.

Escojo otro ejemplo para remachar el asunto: en Corazón tan blanco (pag. 23) se lee “Cayó la noche casi sin aviso”. Acota Viñó con evidente lagrimeo: “Dicho al estilo Marías: nocturna desconsideración”. Quizá Viñó hubiera preferido leer “Anocheció”. Mucho más académico, pulcro y clarito, como se leería en un manual de gramática. Con la sutil diferencia de que la literatura no es un manual de gramática: pero Viñó es un espécimen necesario para convencernos de que también la literatura tiene sus partes más oscuras, sus túneles subterráneos en los que habitan críticos de mirada torva, que de vez en cuando, con la ayuda de algún panfleto, salen a la superficie asomando la testa desde la alcantarilla. Pero su lugar natural, ahora y siempre (lo dicen los lectores, que son quienes más saben) seguirá siendo el de las cloacas de lo prescindible.

jueves, 13 de octubre de 2005

Harold Pinter

Una vez más, la Academia Sueca ha hecho esfuerzos por no parecerse a nadie e intentar contradecir a todos los apostadores que hacían cábalas con listados de nombres. Ni Adonis, ni Carol Oates, ni Hugo Claus ni Magris. Tampoco el eterno aspirante peruano, que un año más ha cumplido con su tradición de no recibir el premio Nobel. El galardón ha sido para Harold Pinter, destacado dramaturgo británico todavía poco editado en España y en colecciones minoritarias (mejor traducido al catalán que al español, y diría que mejor representado) y cuyas opiniones políticas respecto de la guerra de Irak le valieron unos pequeños momentos de fama extraliteraria. Llegó a decir que Tony Blair era un criminal de guerra y que Estados Unidos estaba dirigido por una pandilla de delincuentes, por lo cual cabe aplaudir el sentido de oportunidad del jurado y nos permite seguir teniendo la convicción de que este premio (al igual que el de la Paz) tiene un trasfondo político de mucho calado.

No podemos decir, pues, que el autor sea un desconocido ni una sorpresa absoluta. Ya con Darío Fo se premió a toda una generación de dramaturgos, y a Pinter, que muchos consideraban el estandarte de una nueva manera de poner en escena los problemas más actuales de nuestra sociedad (la incomunicación y la soledad en especial), le tocará acarrear el premio en nombre de muchos otros colegas que jamás recibirán el Nobel.

Pero vayamos a la frase de la Academia, siempre una muestra de retórica pura y concisión milimetrada. Este año se ha premiado a Pinter por escribir "obras en las que descubre el precipicio que hay detrás de los balbuceos cotidianos y que irrumpe en los espacios cerrados de la opresión". Otra más para la colección. Y a vuelapluma, como debe serlo en esta crónica apurada que no tiene más intención que la de ampliar el eco del premio, anoto estos apuntes:

1. He paseado por la web oficial del escritor, una pequeña maravilla de diseño y contenido. Lógicamente, está en inglés, y pronto llegará al medio millón de visitantes. ¿Quién dijo que Pinter era un desconocido?

2. Una vez más gana el premio un europeo anglosajón. Podemos dudar de la capacidad lectora de la Academia, muy centrada en un ámbito lingüístico restringido y poco dada a navegar por otras literaturas y culturas lejanas. Siempre se ha dicho que la traducción al sueco de un autor es el paso imprescindible para ser aspirante con garantías, como si los académicos sólo leyeran en sueco.

3. Lo peor para un posible Nobel es entrar como favorito en las listas. Los últimos años, quizá con la excepción de Saramago, han demostrado que lo mejor es pasar desapercibido y no hacer ruido. Ya no funciona el estilo Cela: ahora hay que permanecer al margen y hacer como que a uno no le atañe la cosa.

4. Es preocupante el olvido hacia los poetas. Hacia los poetas puros, los que sólo escriben poesía y dedican prácticamente su vida a ello. El triunfo de la prosa ha contagiado de lleno el Nobel y la lírica languidece en los rincones más escondidos de las librerías.

5. El riesgo y lo que podríamos llamar una cierta radicalidad también han sido la tónica de las últimas decisiones del jurado. La de Jelinek fue una decisión extraña, que ha comportado ya la dimisón de un académico y las dudas sobre les mecanismos de elección.

Pero, en cualquier caso, la decisión estrictamente literaria no parece equivocada ahora. A falta de una inmersión en Pinter, leeremos estos días los artículos de quienes han puesto en escena sus obras y volveremos a pensar que el Nobel todavía tiene la capacidad de sorprendernos e impulsarnos a preguntar por qué éste y no otro. Y la literatura, con el debate, siempre sale ganando.

martes, 11 de octubre de 2005

Los efectos colaterales del escritor

Les aseguro que lo mío con Vila-Matas no es nada personal, y yo no tengo la culpa de que ahora Jorge Edwards se ponga a leer Bartleby y compañía más de dos años después de su edición, y desde "Letras Libres" nos lo cuente y abunde en la obra y en el autor. Por lo pronto, Edwards no dice nada nuevo, y ni siquiera se insmiscuye en la senda facilísima de ir añadiendo nombres al experimento de la novela, con una única excepción. Esa fue la consecuencia más visible y que Vila-Matas ya ha contado muchas veces: después de publicar ese libro recibía montones de cartas y correos de personas que conocían otros casos de "escritores del no" y quizá pensaban que sus donativos servirían para una segunda edición ampliada o para un Bartleby 2. The Returns. El autor chileno reproduce algunos nombres e historias ya comentadas por el español: la de Rulfo y su tío Celerino, que le contaba los cuentos hasta que se murió y Rulfo se quedó sin material literario; el Adieu de Rimbaud y el adiós de Cervantes... Edwards sólo apunta el nombre de Nicanor Parra como aporte personal, creyendo que su "antipoesía, su reducción deliberada y paulatina de los espacios líricos" sirve para incluirlo en la lista de los bartleby.

Pero el primer párrafo del artículo tiene más miga que su desarrollo, ya que incide en las obligaciones a las que se ven sometidos muchos escritores por su propio oficio. Quizá pudiera haber escritores que no escriben más precisamente porque no tienen tiempo para ello, agobiados por los aspectos promocionales o colaterales del mundo de la edición. Uno de esos aspectos es el de adquirir cierta aura de padrino y no sólo recibir sugerencias sobre un próximo libro, sino montañas de manuscritos de autores que quieren publicar y solicitan el visto bueno del maestro. El cual, cómo no, debe tener todo el tiempo del mundo para leer esos manuscritos, subrayarlos, anotar ideas a pie de página o en los márgenes, hacer un comentario de un par de hojas y (¡faltaría más!) meterlo con esmero en un sobre, ir a correos y mandarlo convenientemente certificado a la dirección correspondiente, con una addenda sublime que diga "¡a tomar por culo!". Dice Edwards con menos sorna pero con puntillosidad:

"No sé qué pasa dentro de la cabeza de los aspirantes a escritores. Los manuscritos se acumulan en diversos rincones de mi casa: novelas, colecciones de poemas, libros de cuentos. Miro las páginas por encima, antes de ponerme a dormir, y leo versos a lo Walt Whitman, a lo Pablo Neruda o Luis Cernuda, cuentos cortazarianos, párrafos sobre novelas y sobre novelistas, muy a lo Roberto Bolaño, a lo Ricardo Piglia. Muy bien, me digo, pero ¿qué buscan: los premios, el dinero, la fama?".

También lo cuenta Herralde en algún artículo: cuando determinado autor se pone de moda (mejor si es un autor de cierto culto, admirado hasta la enfermedad por grupos muy cerrados) automáticamente las editoriales reciben manuscritos a là manière de. ¿Cómo era aquello de encontrar una voz propia, ir trabajando un estilo, conformando un territorio particular? Sale mucho más económico seguir la estela de alguien sin que traspase demasiado, con una prosa mullida y cocinada al vapor, y rezar porque el lector de manuscritos no note el aliento a ajo, el sabor a requemado, el exceso de burbujas. ¿Qué hacer ante esta avalancha de nuevos talentos? También Edwards se lo pregunta:

"¿Irme a instalar a los alrededores de Puchuncaví, sin teléfono, con el celular apagado? ¿Comprar un espacio en el cementerio polvoriento de Puchuncaví? ¿Informar de que a partir de ahora mi dirección permanente es el correo central de ese pueblo o del pueblo cercano de Rungue?".

Esa necesidad de huir, ese requiebro a lo Pasavento, debe ser más normal de lo que parece. Por ahí debe estar la pérfida trampa de Vila-Matas: en el fondo, lo raro es no haber padecido el síndrome bartleby alguna vez en la vida, no tener ganas de escapar de cuanto nos rodea y refugiarnos ante el acoso de nuestros lectores, no querer dejar de formar parte de jurados, de presidir cenas lierarias, de ser entrevistados y contestar dieciséis veces la misma pregunta, de recibir montañas de originales de novelas soporíferas (¡posmodernas todas!), de firmar y dedicar libros con frases que nunca se hayan usado para otros lectores, de escribir artículos necrológicos en la prensa sobre cada nuevo colega que haya decidido huir de manera definitiva.

Al día siguiente, en una mesa redonda en la facultad de filología, se levanta de su asiento el estudiante prodigioso mostrando su dedo índice y, al darle la palabra, le espeta al escritor la frase sangrante:

-Señor Rulfo, ¿por qué ha escrito usted tan pocos libros?

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El problema no es que Bucay acabe reconociendo su plagio, sino que los miles y miles de lectores de Bucay no reconozcan que están leyendo desde hace años (con gusto, se les supone) a un embaucador.

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Cortesías

lunes, 10 de octubre de 2005

Democracia y nacionalismo

Después de un segundo capítulo dedicado a la identidad individual, con un marcado acento en la tradición filosófica y en los autores que han abundado en el tema, el ensayo de Manuel Cruz llega a un tercer capítulo que, aún sin dar un quiebro radical (la identidad colectiva es su tema) sí marca un punto de inflexión y entra de lleno en el mundo de las ideas políticas, centrándose especialmente en los conceptos de democracia y nacionalismo.

Ni qué decir tiene que la actualidad de estos dos vocablos en España salta a la vista, y la discusión sempiterna sobre la calidad democrática del Estado (y la validez y necesidad de revisión de su Constitución, por ejemplo) y sobre los conflictos nacionales y sobre la división territorial (el Estatut de Catalunya como último debate) reflejan, quizá, una escasa comprensión y puesta al día de la teoría previa sobre estas cuestiones. Generosamente abundante, por cierto. Según leo por internet, los platos que hay que tirarse por las cabezas no van más allá de una discusión económica (no de alta economía, claro, sino de quién recauda mis impuestos; o lo que es lo mismo, a qué distancia: si en mi ciudad o a 600 km tierra adentro) y de competencias y relaciones entre poderes. O sea, una vajilla rompible y de mala calidad. Como mucho nos preguntamos si Catalunya es una nación, sin indagar tanto sobre el concepto histórico de nación cuanto de si eso es aceptable en el marco de un Estado-nación que se arroga la paternidad única del sustantivo. Tanto daría, pues, si Catalunya lo fuera o no: lo importante es si conviene ponerlo de manera harto evidente y como artículo uno del texto estatutario.

Pero lo que cuenta Cruz en Las malas pasadas del pasado me interesaría aunque España fuese ahora un remanso de paz política. Y es que todos, de común acuerdo, parece que hemos aceptado que el marco de referencia para toda acción política debe ser la democracia. Y ese todos incluye a los que creyeron en ella desde que tienen uso de razón y a los que proceden “del autoritarismo conservador más antidemocrático” pero que “están asumiendo el modelo de la democracia –aunque, eso sí, sin abdicar de su pasado-“. Nombres no nos faltan en la lista, de cualquier país. Y ese acuerdo global también puede ser uno de los grandes peligros, porque como dijo Hannah Arendt, el futuro de la política pasa por la invención constante de la democracia, pues de otro modo siempre existirá el riesgo totalitario. ¿Qué cosa resulta más inaceptable para un totalitario, se pregunta Cruz, que la exigencia ciudadana de más y mejor democracia? Algunos conversos lo son precisamente porque también sacan partido de su actual situación, en un mundo donde los Estados se jibarizan y la economía prima por encima de la política.

Respecto al auge del discurso nacionalista, Cruz establece una doble división: el del nacionalismo identitario y esencialista, “que no acepta otro vínculo del individuo con el grupo que el de la adhesión emotiva e incondicional”; y el enfoque que soslaya el etnicismo e “intenta tematizar la pertenencia a la comunidad como mecanismo constituyente del individuo en sociedad”. Ni falta hace decir que la segunda sería una concepción moderna, nada excluyente, y que sería un instrumento válido de la socialización, tan inherente al ser humano. Pero el problema es querer plantear esta visión en sustitución de la política, del discurso político, y no se trata de negar la pertenencia sino de edificarla sobre nuevas bases, lo que equivale a proponer que la identidad se construya de otra manera.

Y lo mejor, como cierta conclusión del debate: “Parece claro que si a alguna pertenencia parecemos abocados es a una pertenencia cada vez más abstracta, universal, y que en todo caso será sobre esa base sobre la que habrá que establecer unos renovados vínculos fraternales, solidarios, etc.” Hacía tiempo que no leía una arenga así sobre el internacionalismo desde un punto de vista despartidizado. Ante tanta palabrería como me llega últimamente sobre esencias y derechos históricos, reconforta volver por unas horas al sentido común y a la racionalidad.

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-Buenos días, Enrique. ¿Qué es lo primero que haría si el jueves la Academia sueca anunciase que el Nobel es para Vila-Matas?
-Haría un discurso en el que citaría a Roberto Bolaño. A continuación, renunciaría al premio.

En El Mundo, hoy mismo.

viernes, 7 de octubre de 2005

Antes del Nobel

Lo confieso: a mí el Nobel me pone. Soy de los que cada primer jueves de octubre va saltando de emisora en emisora y leyendo todos los periódicos posibles por internet para conocer la noticia, y a la vez actualizando blogs con el F5 no fuera a ser que alguien, antes que yo mismo, hubiera anunciado el veredicto. Lo que espero con ansia renovada año tras año es la frase exacta, precisa, de corte academicista, con la que los venerables suecos justifican su decisión. Nunca son más de veinticinco o treinta palabras, y en ellas debe encontrarse la esencia del premio, el motivo por el cual un autor sobresale por encima de todos los demás. Esto es lo que dijeron al otorgarle el Nobel a Elfriede Jelinek:

"(...) por el flujo musical de voces y contravoces en sus novelas y obras de teatro, que con un extraordinario entusiasmo lingüístico revelan el absurdo de los clichés sociales y su subyugante poder".

El subyugado soy yo: ¿quién debe ser el autor de esas oraciones? ¿qué mente es capaz de sintetizar la gloria en dos líneas? Otro ejemplo, en este caso el de Coetzee:

"(...) por el desarrollo de una obra de impecable composición, y cuajada de un diálogo y una capacidad de análisis brillante, y por ser un escéptico escrupuloso y un duro crítico del racionalismo cruel y de la moralidad cosmética de la civilización occidental".

Y termino con un tercer ejemplo, el dedicado a Kertész, que también resume la idoneidad del premio y no deja lugar a dudas:

"(...)por crear una escritura que defiende la frágil experiencia de los individuos ante la arbitrariedad bárbara de la historia".

Estos sintagmas certeros me absorben cada octubre y me impiden la crítica severa al galardonado y mucho menos a la Academia: realmente, a quien deberían darle el Nobel es al constructor de pecios. Pero ya estamos a siete de octubre y de momento estamos sin frase, huérfanos todos. Suerte tenemos los adictos al Nobel que en las mismas fechas, aunque haya atrasos en literatura, nos reparten otras migajas: ya estoy covenientemente puesto al día sobre la helicobacter pylori, la espectroscopía y la metátesis. Pero claro, donde haya un flujo musical subyugante, que se aparten los científicos.

En definitiva, y es muy serio lo que digo, nunca he acabado de comprender por qué el Nobel ha sido el premio que ha despertado mayores pasiones y el que ha sido entronizado como el premio superior, como la medalla de oro olímpica o el Óscar al mejor actor. Es intrigante, digo, porque Alfred Nobel jamás dejó escrito en ningún lugar que el premio que creaba con su apellido tuviera que ser otorgado al "mejor escritor del mundo". Entre otras cosas, porque la inteligencia del inventor de la dinamita debía ser bastante como para entender que eso era imposible, que no existía tamaño personaje en nuestro insignificante planeta. Sea como fuere, lo cierto es que todos esperamos cada año la bendición como si al fin se revelara ante nuestros ojos el gran escritor que ya era pero que no había sido tocado aún con la varita mágica, detalle fundamental para adquirir el aura de indudable maestro. Y todos elaboramos listas y hacemos apuestas, a cual más azarosa, para adivinar el nombre de este año. No voy a ser menos, aunque la que aquí expongo no es la mía estrictamente sino la que se vocea por internet, a la que me sumo como blogger solidario:

Philip Roth, Milan Kundera, John Updike, Mario Vargas Llosa, Joyce Carol Oates, Assja Djebar, Ismael Kadaré, Ryszard Kapuscinski, Amos Oz, Antonio Lobo Antunes, Cees Nooteboom, Salman Rushdie.

Parece que la novedad de este año es Kapuscinski, un autor de no-ficción, lo cual tampoco impide el galardón puesto que Alfred Nobel jamás dejó escrito (escribió más bien poco, como se ve) que el premio tuviera que ser para novelistas, poetas o dramaturgos solamente. La nota peculiar en otras listas la pone Bob Dylan, y siempre están los autores desconocidos para la mayoría que al final suelen acabar ganando, como Tomas Tranströemer.

Otras quinielas divertidas son las que hacen referencia al sexo (este año tocaría hombre después de ser Jelinek la afortunada en 2004), la geografía (mucha Europa últimamente) o la lengua (¿para cuándo un Nobel hispánico?). Aunque jamás agradeceremos de manera suficiente a los escritores que dedicaron su vida para ello, haciendo carrera para lograr ser encumbrados con el premio: nuestro Cela se lo propuso y se dio a la tarea con un esfuerzo que le valió su recompensa. Y este año, sin ir más lejos, el eterno candidato esperó en vano la noticia subido a una tarima haciendo, claro, lo que hay que hacer en estos casos: puro teatro.

miércoles, 5 de octubre de 2005

¿Dónde está la épica?

Cuando la revista Granta decidió editar su versión española a través de Emecé, la primera prueba fue la traducción exacta del original inglés dedicado a los mejores autores jóvenes de la última década. O sea, la generación granta, ya por antonomasia. Cabría esperar, quizás, que los esmerados editores de nuestra edición se decidieran a proponer algún día un listado de los 15 o 20 autores que escriben en español y que en el futuro habrían de ser los nombres de referencia de nuestra novelística. Supongo que la cosa podría funcionar entre nosotros, aunque sería delicioso ampliarlo a todo el ámbito lingüístico y ofrecer un panorama más vasto y ambicioso. Es sólo una idea.

Pero a lo que iba: en la revista en formato electrónico The Barcelona Review se publicó, por ese entonces, una reseña crítica sobre la aparición del número 0 de Granta. Una reseña que ahora recupero para tratar un tema que me ronda por la cabeza y que allí aparecía esbozado con tino. Me estoy refiriendo a estos párrafos, firmados por las siglas EEU:

"No dejaré pasar por alto la peligrosa inclinación de estos jóvenes escritores de entender la literatura casi exclusivamente como una disciplina interiorista, que se complace en observar el panorama de la ciudad y el hogar y las calles de los barrios pero que no se atreve o no se arriesga a entrometerse en territorios más épicos o épocas distantes, o lo que es lo mismo, que reduce la capacidad creativa a los márgenes de la vivencia personal. (...) Es un simple ejemplo del feroz individualismo de nuestra cultura occidental, que de continuar así, dejará en manos de la historia o el periodismo la narración de los grandes acontecimientos de nuestro tiempo, para los que la literatura ha sido tan útil desde siempre".

Aunque me da cierto pánico leer, y ya no digamos usar, frases del estilo "feroz individualismo de nuestra cultura occidental" (cada palabra un mazazo) no se puede dar la espalda a la evidente tónica general de esta literatura posmoderna, o ya pos-posmoderna, que nos ha tocado sufrir y disfrutar, todo a un tiempo. Supongo que lo occidental abarcará en Europa desde Lisboa hasta Berlín, y por tanto soy plenamente occidental, individualista y feroz, y miro alrededor para convencerme de lo que está pasando: por un lado, hay toda una generación Herralde que genera historias de nuestro territorio inmediato y que basa sus tramas en las relaciones interpersonales y en un cierto cansancio vital. Pienso en Zarraluki, en Neuman, en Martínez de Pisón (parece que ahora con un toque más historicista respecto a nuestro siglo XX, aunque no lo sigo), en Pombo, en Tomeo, en Gopegui. También en Soler, claro, y cómo no, en el propio Bolaño. Cada uno con sus calidades y sus estilos, con su propio humor, pero siempre en ese territorio próximo y de personajes nada heroicos. Por otro lado tenemos otra generación joven o no tanto, más dispersa y en nómina con otras editoriales, que también camina por la misma senda: los planetarios Espido Freire y adláteres, los Mañas y compañía, y el interesante grupo sureño que ya no sería occidental pero que no desencaja en el análisis: Rey Rosa, Pauls, Villoro, Fresán...

Visto lo cual, ¿dónde está la épica? ¿Qué pasó con las grandes historias que narraban proezas míticas de otros siglos, con personajes inolvidables por sus hazañas o sus ambiciones? ¿Quiénes son hoy los nuevos Mujica Lainez, Tolkien, Stevenson y un larguísimo y desordenado etcétera? ¿Hay relevo? Dejando a un lado los best-seller que cumplen con puntualidad la necesidad alimenticia de muchos (esas portadas luminosas y satinadas con letras góticas: hay que agradecer a ciertas editoriales que siempre nos den liebre por liebre y gato por gato, jamás engañan), se me ocurre que ya esa parcela está ocupada por alguien y cumple plenamente con la función que la literatura ha ido cediendo poco a poco: me refiero al cine. Cuando hoy pienso en cruzadas o en gladiadores ya me es difícil pensar en términos de página y me remito con cierto automatismo al referente de algún actor de moda, al fotograma que ha quedado perviviendo en mi subconsciente. Ya lo épico se me antoja pura imagen, cien mil extras avanzando por un desierto y al frente un Mel Gibson cualquiera espada en ristre. Los nuevos escritores han dimitido de su tarea de narrar lo mítico y se han encerrado en su pequeño apartamento de ciudad, contemplando por la ventana el pasar de los días y tecleando en la computadora las desganas de los matrimonios parisinos. Y eso también ha generado buenas obras, faltaría más: dale a un buen narrador un piso en Saint-Germain-des-Prés y un hombre con americana saliendo por la puerta y te dará un retrato de la Francia posmoderna. Pero ya nadie le regala circos romanos a ese narrador, y él se muestra satisfecho y saciado con sus madmoiselles de ojos azules. ¿Será que nosotros, como lectores, tampoco buscamos nada más? ¿Será que nuestro ensimismamiento no nos permite huir de esta realidad?

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Dice mi tocayo: "hoy día, con un ordenador y una conexión a internet, se puede hacer una editorial desde el campo". Yo ya he encargado, por si acaso, La historia del Genji, de Murasaki Shikibu a las mariposas.

lunes, 3 de octubre de 2005

Nancites 2

Nancite 1: Más comentarios atinados sobre Lolita, el último de los cuales extraído del Moleskine de Iván Thays. Se refiere a un texto (al parecer, pésimo) de un tal Gregorio Martínez, otro de los que parecen haber leído la novela al trasluz: "Es obvio que Gregorio Martínez ha leído Lolita a partir de las versiones cinematográficas, quedándose estacionado en la anécdota –el viejo verde y la niña nínfula- y olvidando la complejidad de esa novela". Pero qué curioso que después todos alabemos la edición de la portada en la que aparecen unas piernas y unos zapatos infantiles: ha sido reproducida estos días en múltiples blogs, contando el mío. La anécdota en portada y la complejidad saltando por la ventana.

Nancite 2: Los madrileños están de enhorabuena. La nueva librería La Central ya está abierta en Madrid, situada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Se trata de una librería de 450 m2, que ofrece la misma atención y servicios que se pueden encontrar en las librerías de Barcelona (lo dice la nota de prensa). El 11 de octubre se inaugura oficialmente, con la presencia infatigable del cliente que subía las escaleras de La Central del Raval y se despeñaba por ellas antes de alcanzar la sección de filosofía. Así lo contó Lita.

Nancite 3: Gran despliegue en el suplemento de libros de El Periódico de Catalunya sobre la última novela del escritor-escalador, Vila-Matas, o Satam Alive, en uno de esos juegos que hacen las delicias de Màrius Serra. Como ya se ha dicho hasta la saciedad, y en una sentencia que para los detractores supone un escalofrío constante, él es literatura. Pero como mínimo no podemos obviar las jugosas anécdotas que salpican su biografía, como cuando "entró en Fotogramas sin saber inglés y acabó publicando una entrevista inventada con Marlon Brando". Después llegaría su estancia en París en el edificio propiedad de Marguerite Duras, vistiendo de negro y leyendo a Lautréamont en los cafés. ¿Cuánto de autenticidad y cuánto de pedantería albergarían estas vivencias? De nuevo, fans y enterradores se dividen en opuestos irreconciliables. Martínez de Pisón, entre los primeros, lanza otra frase para consumo de seguidores: "No es que Enrique sea tan raro, es que capta la rareza de la vida y así enriquece su obra". Pero el autor ha tenido éxito, y eso, según Joan de Sagarra, se debe a su "paradójico humor", que le ha evitado ser considerado sólo como un escritor para escritores. Como las citas de amigos serían interminables, dejo aquí un par más sin comentar:

Jordi Llovet: "A Enrique lo construí yo, tengo una tremenda autoridad moral sobre él porque nací una hora antes".
Pedro Zarraluki: "(...) el proceso por el que Enrique fue devorado por el escritor que lleva dentro hasta ceder a la mirada que hizo de él un personaje".

Así, entre escritores del no, shandys, suicidas, bartlebys, montanos y compañía, se va formando este entramado que ha dado lugar a que se hable de Enrique, ya sea para bien o para mal. ¿Y qué hay de la crítca a Doctor Pasavento? Pues en ésta, a cargo de Domingo Ródenas, se habla de su estructura y del eterno tema del quebrantamiento de normas narrativas y la búsqueda de nuevos estilos, de nuevos contagios entre géneros: "Carece de sentido encapsular en una fórmula descriptiva, por ejemplo autoficción, la obra de Vila-Matas, muy incrustada de autobiografía, donde reflexionar y contar son una única actividad verbal, donde los conceptos de relato y ensayo se vuelven porosos". Y el elogio final: "Esta novela es un potente anticuerpo contra el adocenamiento".

Nancite 4: Vuelve editorial Bruguera, bajo la dirección de Ana María Moix y un premio literario para noveles con Eduardo Mendoza como único juez. Bruguera es parte de mi infancia lectora: novelas baratísimas, con traducciones sonrojantes y papel que envejecía mal con el tiempo, pero que nos abrió el apetito a tantos. Mi primer Crimen y castigo, que conservo todavía, era de la editorial. Ahora, el Grupo Z, que poseía la propiedad de todo el fondo, realiza esta finta comercial de dudosa oportunidad. ¿Será para relanzar las ventas mustias de Ediciones B, que jamás ha encontrado un catálogo verdaderamente propio?

Nancite 5: 2666 en la blogosfera. Uno no terminó la novela. A otro le parece un crimen no haberla leído. Y otro la compara con Kerouac y Ginsberg. Pero siempre hay alguien que encuentra el lugar idóneo para leerla: la caminadora del gimnasio.

jueves, 29 de septiembre de 2005

Sofá de lecturas

1. Sigo en plena batalla judicial con Castigo divino. La referencia que se me ocurre a medida que avanzo es el cine de Hitchcock: no determinada película en concreto, sino el tempo y las trampas (ojo: trampas en sentido estrictamente positivo, ¡cuánto agradecemos los cinéfilos esos trucos y cuánta técnica cinematográfica aprendimos con ellos!) de que se nutren toda su filmografía.

Este Oliverio Castañeda se me antoja cada vez más un perfecto falso culpable. Todas las pistas apuntan a que es el autor material de varios asesinatos, y sólo hay que ir buceando por su pasado para ver indicios que justificarían su actual proceder. Las voces que se van transcribiendo añaden, cada una, un nuevo dato; así, por ejemplo, sabemos que “Castañeda tenía desde adolescente una naturaleza acondicionada a la traición y a la burla, y consumía su ingenio en preparar las bromas más atroces con el sólo propósito de solazarse él mismo con sus trampas” (entre otras lindezas, se dedica a embadurnar de excrementos el pasamanos de la escalera del instituto, de manera que la vieja profesora que deslizaba su mano por él olía siempre mal). Y cuando Castañeda trabajó en la embajada de Guatemala en Nicaragua, el edificio que albergaba la legación diplomática era víctima de extraños encantamientos (“caían piedras sobre los techos de las casas aledañas, las llaves de agua se abrían solas, se descargaban los inodoros en los retretes donde no había nadie”): la policía lo acusó a él de ser quien, mediante engaños, ocasionaba tales desaguisados. Y otros testimonios van sacando cuentas de sus recuerdos sobre Castañeda, y todos conducen a la sospecha. Ya se sabe, bromista y burlón: hay que condenarlo de inmediato, no podemos permitir personajes de semejante calaña.

La construcción de la trama es casi perfecta, un mecanismo de relojería que va ensartando pequeñas historias que conducen a un único fin. Hay que estar muy atento con las fechas, porque al igual que ocurre en todo juicio, se salta de unos recuerdos a otros, y cada declarante puede referirse a momentos diferentes y muy distanciados en el tiempo. Una verdadera novela judicial, en suma.

También creo intuir una crítica sagaz hacia la facilidad con que se juzga y condena a los demás, tanto en la vida real como en la literatura. Ello enlaza con lo que comentaba en mi anterior post: si a uno le etiquetan de asesino, seguro que podremos encontrar mil indicios retrospectivos que ya apuntaban a su posterior acusación, y si a uno lo acusan de abusador de menores, seguro que se lo tiene bien merecido. Cuando el río suena, claro. Sólo se trata de rebuscar en el pasado, lupa en ristre, e ir poniendo calificativos para tener a cada quien bien encajonado. Es muy engorrosa la complejidad de caracteres, y sale más barato decir que Oliverio Castañeda es un asesino y que Humbert es un pederasta: son adjetivos que limpian, fijan y dan esplendor.

2. Me ha interesado en Las malas pasadas del pasado la idea del cuasirrecuerdo, bautizada por Shoemaker: se trata de recuerdos no causados, sino inducidos o provocados. El ejemplo es fácil: de nuestra infancia recordamos algunos momentos concretos, pero una buena parte de ellos nos pueden haber llegado por la narración de otra persona (el padre, la madre), y ya se hace difícil deslindar si un recuerdo es propio o nos ha sido transmitido por alguien. Tenemos absoluta confianza en nuestros progenitores, así que creemos firmemente en lo que nos cuentan sobre nuestras reacciones y vivencias infantiles. El caso extremo, francamente divertido, es el que aparece al inicio de la biografía de Chesterton:

“Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1974, en Campden Hill, Kensington”.

Por lo tanto, se pone en duda que los recuerdos nos pertenezcan, y añade Manuel Cruz que eso es válido para otros contenidos mentales, como los pensamientos. Parfit lo lleva al límite: “decir yo pienso ya es decir demasiado... Deberíamos decir se piensa, igual que se dice truena”. De este modo llevamos la descripción de la identidad personal a la consideración más objetiva e impersonal posible, y nos cargamos la idea de autoridad que emana del típico enunciado “nadie puede saber mejor que yo cómo soy”. Yo hace tiempo que ya intuía que mi peor psicólogo soy yo mismo.

3. Dice Justo: “Si la razón fuera la repugnancia que la pederastia nos provoca (cosa que es así), entonces deberíamos aborrecer igualmente y sin distingos a Humbert Humbert y al anciano de noventa años imaginado por García Márquez en su última novela.” Justamente. Y la literatura, de nuevo, estaría en manos de los abogados.

lunes, 26 de septiembre de 2005

Lolita en boca de todos

Pocas obras maestras se prestan tan fácilmente al tópico y al lugar común como Lolita. Incluso los que no han leído Lolita -la inmensa mayoría- son capaces de hablar de la novela como si la conocieran a fondo y pudieran emitir juicios categóricos. Pero no juicios literarios, claro: más bien prejuicios sobre el tema y el trasfondo que envuelve la obra, que ya es un mito indiscutible del siglo pasado.

Este es el terrible lastre que debe soportar Lolita a 50 años vista, el de ser calificada no sólo como una obra de arte que pervive y que nos sobrevivirá, sino como una historia con temas y personajes que pueden ser destripados por cualquiera que pasaba por allí: ¿Quién no sabe quién es Lolita? ¿Quién no conoce a Humbert, aunque no recuerde ni su nombre? ¿Quién no es capaz de agarrar el bisturí y ¡zas!, sajar sin contemplaciones todo aquello que hemos visto en el cine o nos ha llegado de oídas pensando que eso, exactamente, es lo que debe estar escrito, palabra por palabra, en las páginas del libro?

Déjenme adornarles con este fragmento de un despacho de la agencia Efe, que después he visto en internet firmado también por la agencia AP, publicado tal cual en varios medios latinoamericanos (las cursivas son mías):

“Después de tres generaciones, los lectores siguen atraídos por los pasajes iniciales de la obra de Nabokov, más poesía que prosa. Por el contrario, con igual fuerza les repele Humbert, un abusador de menores que prácticamente mantuvo cautiva a su hijastra; resulta tan despreciable hoy como en 1955”.

Ese es el meollo del asunto. Siempre arranca el periodista de turno con el masaje circunstancial a la obra, para que parezca que está escribiendo el artículo con el volumen en una mano y tecleando en el ordenador con la otra; pero no tarda demasiado en sacar su lado más apegado a la realidad (ahí ya suelta el libro, le incomoda tanta ficción) y con las dos manos aporrea el teclado: Humbert es un personaje repelente, diría el buen ciudadano, más que inadmisible. Imagínense, un abusador de menores, ¡un pederasta, un pedófilo!, cómo es posible que exista todavía hoy esta prosa (miento: poesía, según el masaje previo), protagonizada por un ser despreciable y al que entre todos debemos, como mínimo, ir a arrestar de inmediato. Sólo le falta añadir: ¡A la cárcel con él!.

Supongo que el fracaso tremendo que de ahí se deriva debe surgir de la educación literaria que hemos recibido todos. En primer lugar, pocas veces se ha enseñado a leer para buscar las fuentes del placer estético, sino por una simple obligación que en tantos casos origina aburrimiento y tedio definitivos. Y en segundo lugar, el puritanismo católico en que tantos se criaron les obligó a insertar la moral no sólo en las fronteras de su vida cotidiana sino también en todo lo que estaba a su alcance. A la literatura también le tocó su turno y, aunque sea de manera más o menos inconsciente, se le aplicó el mismo valor y el mismo criterio que se aplica para nuestras realidades inmediatas. Entonces, ¿qué diferencia hay entre Humbert Humbert y Michael Jackson? Ninguna, porque los policías de la moral no sólo apuntan contra un cantante engreído (y ni falta hace decir que ahí apuntan bien) sino que también lo hacen contra el personaje de Nabokov, sin darse cuenta o sin querer entender que a lo que realmente apuntan es a las páginas de una novela.

Hay un artículo excelente de Vargas Llosa en el cual, aprovechando que las cosas son como son y se juzga como se juzga, alienta a la creación de páginas con materiales horrendos, provocativos, inmorales y execrables. ¡Qué mejor que la literatura para sublimar los fantasmas interiores! ¡Qué mejor que un loco pueda proyectar sus deseos más abyectos en un libro y verlos satisfechos ahí! Otro gallo nos cantaría: pero como en todas partes se lee por obligación y con parámetros de moral obtusa, se siguen cometiendo las mismas tropelías en las calles y en las plazas de los pueblos. Total, parece que no son más graves que las que acontecen en un libro escrito hace 50 años.

Se pregunta más abajo el periodista: “¿Por qué un protagonista pedófilo sigue atrayendo al público?”. Me debería preguntar yo: ¿por qué la gente sigue insistiendo en comprar cada día la prensa con la cantidad de guerras que los corresponsales nos narran sin respiro? Pues precisamente porque no sólo el tema es el baremo único en toda clasificación. Si no, acabaríamos comprando un libro por el simple hecho de que narra la historia de un hombre que va a caballo por las tierras de La Mancha (nunca me compraría yo un libro así), y despreciaríamos lo que desprecian los que celebran aniversarios: la magia, la palabra, el sentimiento, la estética, la profundidad, la forma. O sea, todo aquello que también es literatura.

viernes, 23 de septiembre de 2005

Hablar de uno mismo

No sólo de ficción vive el hombre. Siempre, de manera minuciosa, estoy leyendo varios libros a la vez, con una calculada separación entre géneros: no en todos sitios y en cada hora me apetece sumergirme en una novela o una biografía o una colección de poemas. Cuenta Herralde en El observatorio editorial que por las noches, y hasta las 3 o las 4 de la madrugada, sólo lee memorias o dietarios: queda tan saciado durante todo el día de novelas y ensayos (con lo que ello comporta: introducirse en una trama y convivir con varios personajes durante horas, o seguir el hilo de un discurso-tesis con sus múltiples requiebros y propuestas teóricas) que antes de dormir necesita el reposo que le proporciona aquél que entrecortadamente narra episodios de una vida, momentos fugaces.

Así, lo mejor es tener siempre media docena de libros en permanente renovación para optar en cada momento por lo más apetecible, según la hora y el lugar. Soy enfermizamente sistemático: cuando termino un ensayo comienzo otro ensayo, cuando acabo una novela ya estoy abriendo la siguiente. En total, un par o tres de novelas, un libro de poesía, un ensayo, alguna biografía o unas memorias y el ejemplar de turno de Granta, siempre encima de la mesa. Hace pocas noches, habiendo terminado la mencionada colección de artículos de Herralde, necesitaba imperiosamente regresar a la filosofía, pensar sobre mí mismo, entrar en algún hilo discursivo que me obligara a un esfuerzo intelectual. Sin salir de la editorial, el último premio Anagrama me dio una solución fácil y rápida: Las malas pasadas del pasado, de Manuel Cruz. Agárrense con el jurado: Savater, Clotas, Rubert de Ventós, Verdú y Gubern.

Ya sé que hubiera podido optar por un texto y un autor más clásicos, pero soy fiel a mis manías y a ciertos editores. Este texto de Cruz (catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona: tengo amigos que lo conocen por sus clases) es una reflexión sobre la construcción de la identidad personal, la responsabilidad individual (y colectiva también) que supone esa construcción y cómo la historia, el pasado, caracteriza nuestra identidad presente. Por ahora, en esos espacios en que dejo reposar a Sergio Ramírez o pongo en stand by los cuentos de Granta, voy sacando algunas satisfacciones de la presente aventura.

En las primeras páginas encontramos pocas aportaciones propias del autor, y se van sucediendo citas y apelaciones a otros filósofos que ya han abordado el tema desde ópticas distintas. No se profundiza en exceso sobre algunos postulados que quizás para un público amplio (creo que el de este premio lo debe ser, en cierta medida) requerirían una mayor dosis de concreción. Siempre queda la posibilidad de acudir a las fuentes, y de hecho todo libro de pensamiento debería ser un trampolín para impulsarnos a otras búsquedas, a tirar del hilo en medio del laberinto. Pero hay una tendencia en muchos profesores del ramo, y creo que no es el caso de Cruz, a dialogar entre ellos mismos, a filosofar entre filósofos, con lo cual el lector no avisado queda atrapado en una maraña de citas que no es capaz de unir coherentemente.

Uno de los autores clave para entender la obra es Locke, a cuyo Ensayo sobre el entendimiento humano se remite varias veces Cruz, y cabe añadir los recientes aportes en la misma línea psicologista de Derek Parfit. Locke hace depender la identidad individual de la autoconciencia del hombre, y esa identidad se extiende tanto como esa conciencia pueda extenderse hacia el pasado. Eso implica relacionar identidad y memoria, y de ahí parte uno de los puntos que más me han atraído: ¿qué pasa con las personas que por accidente, enfermedad o cualquier otra causa pierden la memoria? ¿Nos encontramos ante una persona diferente a la que era antes? Está claro que a nivel físico, más allá de la simple degradación del cuerpo por efecto del envejecimiento, no hay ningún cambio. Pero las personas somos seres –y regreso a Locke- capaces de pensar y entender, y sin razón y reflexión no podríamos hablar stricto sensu de personas, pues vulneraríamos la propia definición que nos diferencia fundamentalmente de los otros seres de la naturaleza. ¿Cómo despachar esa contradicción entre ser persona y perder la identidad individual?

Hay un experimento de Parfit en el mismo capítulo que también es revelador, por muy fantasioso que sea: imaginemos un teletransportador de personas, que deconstruye célula a célula a determinado individuo y lo recrea en otro planeta, conservando cada rasgo de su psicología. ¿Obtenemos como resultado a la misma persona o sólo una copia perfecta? (Parfit opta por la primera opción). Y una nota a pie de página me puso los pelos de punta: imaginemos que la máquina salió defectuosa y que la “persona original” no ha sido “destruída” en el proceso de copia, con lo cual hay dos individuos iguales, uno en la Tierra y otro en Marte. En palabras de Parfit, “si dicha persona sobrevive tanto bajo su forma inicial como bajo su forma reproducida, pudiera darse que en un momento determinado “el original” tuviera la oportunidad de conversar por el vídeo-teléfono con “su copia”, desplazada a Marte: ¿o quizá sería mejor decir que habría tenido la oportunidad de hablar consigo mismo en sentido estricto?”.

Esto enlaza con el significado que tienen hoy en día las palabras “original” y “copia”, en un mundo donde la reprografía y la virtualidad campan a sus anchas. Tiempo atrás, el concepto de “manuscrito original” se usaba coherentemente, y de hecho guardamos miles de manuscritos en bibliotecas como si fueran auténticos tesoros. Pero se pregunta Cruz: “¿Qué podría significar dicha expresión para el texto de alguien que escribe con ordenador? ¿La primera versión definitiva que el autor grabó en el disco duro, del todo indistinguible del texto que envió por correo electrónico a su editor, indistinguible este último a su vez del que repartió entre sus amigos para que le formularan observaciones, y así sucesivamente?”. Interesante asunto, tratado en término similares por Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Seguiremos pensando en todo ello.

jueves, 22 de septiembre de 2005

Esos lugares sagrados

Barcelona (tan lejos, tan cerca) tiene el honor de albergar un puñado de buenas librerías en lugares muy céntricos. No hay nada como un paseo entre ellas y por ellas, Rambla arriba y Rambla abajo. Aprovechando un diálogo en El Perro Cansado, abundo sobre alguno de esos recintos sagrados:

La Central (Elisabets, 6): hay dos en Barcelona, pero yo y Vila-Matas siempre vamos a la del Raval, en un acogedor espacio que nunca nadie en su sano juicio hubiera podido imaginar que, un día, se convertiría en una librería. Ya hay que saber apreciar los ejemplares expuestos en su escaparate de la entrada, toda una declaración de principios sobre las apuestas de sus dueños. A mano derecha, después de la puerta automática, se encuentran las revistas de literatura y pensamiento: buen momento para comprar Letras Libres (el Archipiélago lo podemos encontrar a veces desperdigado por otras secciones, según sea el tema del monográfico). Todo recto llegamos a la primera selección de narrativa, en mesas dispersas por toda la sala: a primera vista siempre El Acantilado, Anagrama, Siruela... y los Planetas siempre bien escondidos. Las estanterías repletas dan escalofríos, y es hora de ir hallando ejemplares raros de ediciones latinoamericanas, inencontrables en otras librerías. Hay una escaleras a un lado que nos conducen al primer piso (con ensayos de varias tipologías) o a la cumbre, todo un pequeño ático de filosofía. A la izquierda está la pequeña sala dedicada a la poesía, al tiempo que vamos notando un extraño crujir bajo nuestros pies: es la música permanente de La Central, con un suelo de madera añejo que debe provocar lo necesario: que el lector de grandes superficies no vuelva nunca (él, tan acostumbrado a los suelos mudos e impolutos) y que los habituales nos sintamos abrigados con cada crujido, con cada tablón medio suelto. El viaje sigue por largos pasillos pasando por la sección de crítica literaria, por la de arte, cine, y terminando en los libros de bolsillo. Pero aún nos queda tiempo para un café al final del recorrido, e incluso podemos salir por otra puerta y aparecer en otra calle del barrio, como un sortilegio preciso después de tanta página y olor a tinta.

Laie (Via Laietana, 85): la otra librería obligada de la ciudad: un semisótano abigarrado y de nuevo con una selección de lo mejorcito del mundo de la humanística. Se especializan en literaturas varias, con un buen fondo de poesía; en cine (podemos comprar los Cahiers); en filosofía; en crítica literaria y en historia. Merece también la pena pasarse por la sección de arte, con preciosos libros a precio prohibitivo. No es difícil encontrar allí, como compradores, a un buen número de escritores o a gente del llamado mundo intelectual. Hay que destacar la buena atención de los libreros y su extraordinario conocimiento sobre los autores más minoritarios. El servicio de petición de libros es muy efectivo, y se extiende a su página web. Cuántas tardes de lluvia me he perdido yo en su interior y me he pasado horas hojeando ejemplares varios. Aviso para los bolsillos decadentes: se entra en Laie pensando en comprar un libro y se sale con tres.

Hay otras librerías muy recomendables como Documenta (Cardenal Casañas, 4) o Catalonia (Ronda de Sant Pere, 3), aunque con algo menos de encanto.

Se avisa a los lectores del blog, bajo pena de excomunión literaria definitiva, no acudir a comprar libros a espacios del tipo Happy Books, Fnac, El Corte Inglés o similares. Tampoco a La Casa del Llibre: ni con disfraz se pueden esconder los almacenes de mercadotecnia ni asimilarse a las verdaderas librerías, a las que siempre volveremos por pura pasión.

martes, 20 de septiembre de 2005

Nancites

1. m. Nic. Fruto del nance.
Se trata de un fruto pequeño y muy aromático, comestible, tanto para hacer jugos como para saborearlo con el licor que va destilando con el paso de las horas. Los nancites, como pequeñas cerezas amarillas, van cayendo en el jardín o sobre el techo de la casa, insistentemente: son el picoteo irresistible del que acostumbra a probar de todo, del que se pierde por internet y va hallando retazos que le interesan, del que vaga por la senda y va encontrando libros, furias, palmadas, alientos, sospechas. O sea, nancites varios.

Nancite 1: Escribe esta vez Guelbenzu sobre Perro callejero de Amis. Como ya dije hace poco, sigo con interés sus críticas, y suelo hacerle bastante caso. Ahora Guelbenzu realiza un verdedero equilibrismo para dar cal y arena a la novela. Por un lado, alaba su fuerza y exuberancia, su "humor, inteligencia, desfachatez, ningún complejo a la hora de contar y una visión demoledora y estresante de este loco mundo, con especial referencia al (ex) imperio británico". Un buen bagaje, dice. Pero, por otro lado, esa misma desmesura le produce una sensación de hartazgo y de cierta dispersión: "su inagotable capacidad de jugar con el lenguaje, su desmedida comicidad, su inventiva... necesitan un freno. La expresión no es sólo producto de la exuberancia; también es contención y selección". Me pesa bastante esta crítica: cada vez admiro más, como lector, el ritmo lento de la historia, la gradación de los hechos, la introducción paulatina en un territorio, y deploro la ráfaga de sensaciones, el torrente de ideas, los golpes de efecto demasiado contínuos. Amis ya estaba corriendo esos riesgos, y ahora, después de la crítica, me da más reparo enfrentarme a esa novela, que tampoco es breve. En el ABC (Mercedes Monmany) se dice que "este autor se ha entregado, en el campo de la ficción, a parábolas cada vez más cegadas por la ambición y la desmesura. Parábolas enmarañadas, de pretenciosos y contundentes efectos paródicos". Uf, más de lo mismo: esperaré a escuchar la voz de otros lectores en quienes confío.

Nancite 2: Gancho de izquierda para París, de Giralt Torrente, en el blog del lector ileso. Y justamente leía hace pocos días la crítica de "Babelia" (un "Babelia" ya viejo, de febrero) sobre Los seres felices, su última novela. Una crítica elogiosa, contando que su prosa es de lo más cercano a Marías. Me entusiasmé y mi entusiasmo duró lo que dura una frase del citado blog: "Abandono. La dejo. No puedo. Me ha costado muchísimo esfuerzo llegar hasta esta página 53 de la que renuncio a pasar". Cómo estamos hoy...

Nancite 3: Y por si esto fuera poco, también toca destripar un poco a Vila-Matas y su Doctor Pasavento. Lukas duda que este "cínico de cuidado" sea escritor, pero la literatura agradece que volvamos al ring de las buenas veladas: hay que recuperar la pasión lectora, como sea, y esta también es una vía.

Nancite 4: ¡Todavía hay quien lee a Ruiz Zafón! Nunca leo listas de libros vendidos, pero La sombra del viento debe andar por el centenar de semanas en el hit parade. ¡Cuántos árboles talados! ¡Cuántas frases del estilo "no es una obra maestra, pero no es tan mala como dicen"! ¡Cuánta sacarina edulcorada!

Nancite 5: Y el último combate del día: la respuesta tardía de Carlos Franz en "El Mercurio" a un artículo de Javier Marías. Se quejaba Marías de que en un Babelia sobre lo mejor del 2005, un grupo de suplementos literarios latinoamericanos se puso a aplaudir a los suyos, a los autores chilenos o argentinos, olvidando la (buena) literatura que se escribió en España durante ese año. Responde Franz con el consabido "y tú más": se queja de que el Premio de la Crítica sólo haya recaído en autores latinos 5 veces en medio siglo. Es la respuesta del entomólogo: siempre se puede hallar un ejemplo que contradiga el ejemplo de nuestro contricante, siempre habrá una mariposa más rara y más exótica que la tuya, y siempre habrá una disputa todavía más estúpida que ésta. Y si no, al tiempo.

lunes, 19 de septiembre de 2005

Castigo divino, entre géneros

Veinte años, más o menos, son los que separan una obra como Tiempo de fulgor (novela breve, con influencias evidentes del realismo mágico, de estilo barroquizante y en ocasiones un poco amanerado, de vocabulario riquísimo y algo arcaizante -esa palabra-fetiche, obscuridad, con b-, de frase larga y mínimo diálogo) de esta que ahora estoy leyendo, Castigo divino. Y, en efecto, Sergio Ramírez ya había dado el bendito salto que cortaba sus conexiones con la literatura a-la-García-Marquez y abría nuevas vías narrativas. El resultado: un tomazo de 900 páginas cuya ambición se mide en gramos pero también en voluntad renovadora (¿en qué unidad métrica se mide la voluntad?).

Comienza la novela con un pequeño susto estructural: el título de la primera parte ("Por cuanto ha lugar, instrúyase la causa") nos avisa de que estamos ante un texto de carácter jurídico, y que por tanto todo lo que nos vaya a ser transmitido a continuación será, suponemos como lectores, con la forma que gasta ese tipo de prosa. Susto, claro: recuerdo con grata satisfacción las películas de jueces y jurados, de asesinos y víctimas sentados en un estrado, que miraba cuando yo era muy joven. Sigo viendo esas películas, pero no sé que extraño resorte las sitúa varios años atrás, sentado en el sofá de casa y gozando del género. Todo un Género, en mayúsculas: el Spencer Tracy de turno alzando el dedo admonitorio, con ese rictus inquebrantable del que sabe quién apretó el gatillo; o ese Perry Mason de cada semana, defendiendo lo indefendible y construyendo tramas imposibles. ¡Pero qué lenguaje! Todos hablaban con un fraseo encorsetado y con continuas apelaciones al Sr. Juez o a los miembros del jurado: con la venia; protesto, señoría. Y la frase estrella: ¿jura usted decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad?

El susto, pues, viene dado porque el traslado del cine a la novela de este tipo de lenguaje puede acabar con la paciencia del lector más insistente. A mí, Perry Mason me entró a través del rostro de Raymond Burr, jamás por las novelas de Erle Stanley Gardner: en esto de los juicios no hay nada como el sonido de un buen matrillazo sobre la mesa, y en eso el cine todavía nos gana por knock-out. Por eso la prevención ante una novela del calibre de Castigo divino, que comienza con las actas (declaraciones, relato de los hechos) de un proceso judicial. Rápidamente el temor queda soslayado: Sergio Ramírez elude el vocabulario estricto y cosificado del derecho penal y explica los primeros datos de la historia con una agilidad encomiable. El primer hecho narrado tiene su miga: en este país de tantos perros callejeros, un par de individuos decide (con la idea lanzada desde un periódico local) envenenar a unos cuantos canes con nocturnidad y premeditación (los sustantivos son míos: Sergio los elude, muestra palpable de lo que estoy comentando). La preparación del veneno, los pasos de los matones, el testigo que pasaba por allí, se describen con minuciosidad, como correspondería a cualquier atestado policial, pero sirviéndose de la frase corta y la acción intensa. Hay garbo.

Hay un dato que, a nivel narrativo, merece destacarse, y creo que no descubro ningún aspecto fuera de lugar porque no explico nada que no aparezca ya en las primeras 50 páginas (de hecho la contraportada cuenta más, por eso jamás la leo antes de iniciar la lectura de un libro). Se trata del falso enfoque que da el autor al tema principal: vamos leyendo y pensamos que el juicio está destinado a probar la culpabilidad de los asesinos de perros, a conocer sus pasos en esa noche aciaga y a buscar cada huella que pueda decidir la resolución del caso. Pero ay, en este país de tantos perros callejeros y que precisamente tan mal los trata, ¿quién va a preocuparse de juzgar a nadie por ir dejando carne con estricnina en las esquinas de León? No, el elemento principal, y uno de los objetivos del juicio, es establecer el recorrido del veneno (compra, número de dosis, administración...) para conocer en manos de quién estuvo y cómo pudo ir a parar a otras bocas menos caninas. Es un acierto este engaño, porque el lector jamás se siente engañado: si acaso crece nuestra curiosidad y nuestra sorpresa al ver cómo crece el ámbito del delito.

Y ya en el tercer capítulo otro susto, ya rebajado por la buena resolución del primero: se transcribe una entrevista al principal acusado, realizada por el reportero del diario local antes mencionado, con las fórmulas habituales del género periodístico. De ahí se van obteniendo nuevos datos, esta vez tamizados por la visión del entrevistador, que va añadiendo las acotaciones habituales sobre el entorno -la celda- o los gestos del entrevistado. Este juego de miradas, este flirteo con distintos géneros del ámbito de la escritura, va consiguiendo un efecto de realismo apreciable sin que jamás quede afectado el ritmo del relato. Ya iremos viendo si esto aguanta muchas páginas y si el flirteo se amplía a otros géneros: de momento el placer llega y vamos leyendo con la sonrisa en los labios.

viernes, 16 de septiembre de 2005

Literatura y ombligo

Ahora que estaba tan sumergido en las aguas de la literatura viva, esa que nace y crece en lo inmediato, lo reconocible, lo palpable, me interesa dar otro salto mortal. Me sucede a menudo: soy un permanente tránsito entre las profundas contradicciones de una mitad de mi cerebro y la otra. No lo digo a nivel médico, porque no sé nada de cómo funciona un cerebro, pero sí al menos a nivel metafísico. Otros amigos se introducen en, pongamos, Antonio Soler y ahí siguen, sacando jugo y experiencias vitales. Yo necesitaba, ni que fuera por un corto espacio de tiempo, volver a perderme en encrucijadas sobre la escritura y elucubrar sobre el vacío. Pero pobre de mí, no tengo a mano un Vila-Matas que pueda llenar ahora mis lagunas metafísicas y tengo que seguir buceando por otros mares conocidos.

Sí, algún día leeré este Doctor Pasavento, cuando resuelva otras asignaturas de cursos pasados. Me quedé con Bartleby y confieso, Oh Señor, que me gustó. Pero reincidir en ese mundo me causaba cierto reparo, no sólo por lo que dirían los amigos (ellos, tan henchidos en su territorio reconocible de calles y plazas) sino porque mi ensimismamiento podía aumentar hasta límites alarmantes. Imagínense la escena: llega el amigo y te pregunta qué has leído. "Bartleby y compañía", contestas. ¿Y de qué trata? Bueno, de los escritores que ya no escriben, o sea, que han abandonado la escritura pero eso mismo se convierte en material literario para hablar de ello, no sé si me explico... Mientras, el perfil del amigo crecía y crecía ante nuestro ojos, saciado con sus personajes de carne y hueso, y yo me empequeñecía con mi no-argumento.

Pero admito que mi afán literario se divide constantemente en esas dos mitades: la que me pide historias y hechos narrables, golpes de efecto, un tiempo que avanza, y la otra que se busca el ombligo y no para de darle vueltas a la propia escritura. Tengo pendiente, sobre la mesa y a varios miles de quilómetros, un ejemplar de El Mal de Montano, preparado para solventar crisis como ésta. Pero uno siempre se deja las aspirinas en casa y allí quedó el libro. Mientras, estuve leyendo las notas y apuntes de Herralde en El observatorio editorial, de edición argentina, con cuyas dosis he paliado el sufrimiento. Imagínense también: el editor hablando de sus libros, de cómo llegó a conocer la obra de Pauls y de cómo entró en contacto con Bukowsky, de qué habla con ellos cuando habla de libros. Al menos me sirvió para saber que, después de Bolaño, parece que nos queda Ricardo Piglia y el propio Alan Pauls, según parece.

Volviendo a Vila-Matas, he recuperado las palabras de la presentación de su último libro, donde afirma que Doctor Pasavento habla de la soledad, de la locura y de la dificultad de no ser nadie. Ni qué decir tiene que me interesan los tres temas, y me interesan algunos autores que deambulan por sus páginas: Thomas Pynchon (la novela iba a llamarse Doctor Pynchon), Miquel Bauçà, Salinger... incluso la Agatha Christie que leía en mi adolescencia. Lo triste sería leer a Vila-Matas hablando de estos autores y no leerlos a ellos mismos, riesgo que ya he superado en los tres últimos casos. Y en una entrevista de escritores.org destaca esta respuesta al reproche que le hacemos tantos, aunque le sigamos leyendo:

"No hago caso de los que me reprochan intelectualismo, minoritarismo o meta-literatura. Yo escribo lo que más me gusta escribir, y seguidores últimamente no me faltan. En cuanto a lo de la meta-literatura me hace reír. En Doctor Pasavento probablemente volverán a insistir en que soy meta-literario. Sin embargo la desesperación, soledad y locura de mi doctor pertenecen ya a la humanidad. Son un fiel retrato del héroe contemporáneo."

Pues al final va a resultar que mis dos ansias se irán confundiendo y, tal y como avanza el mundo, de lo único que podremos acabar escribiendo es de esta locura que nos embarga a todos, de estos "héroes contemporáneos" que son héroes del vacío y de la nada, pero que son personajes tan reconocibles como ese Tatín que se caía con sus hierros ortopédicos para recoger el balón en la portería. No hay más que mirar alrededor: ¿No será que la literatura de Vila-Matas nos devuelve, elevada al cubo, la sinrazón que generamos entre todos? Ahora mismo me siento más alejado del niño portero que del hombre que hurga en sus alucinaciones personales: pero es pasajero, y en todo caso un mal menor.

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Otro paseo, para Loriana:

Los campesinos acaban de llegar, y el resto del grupo nos ofrece un delicioso desayuno: arroz con frijoles, guineo y huevo, y un fresco para bajar la sed. Pronto habrá que caminar hasta unos huertos para apreciar el rendimiento de determinados productos agrícolas, así que no hay nada como una buena comida vigorizante a estas horas. Me cuelgo la mochila a la espalda y discutimos el trayecto: la idea inicial era conocer dos huertos, pero proponen ir a ver otro cuyo propietario también nos acompaña ahora, caminando "hasta la otra loma, más allá de los predios vacíos".

-Pero eso queda muy lejos-, le advierto.

Me mira con cara de no comprenderme y me fustiga sin contemplación:

-¿Lejos de dónde, hermano?

Contemplo el horizonte y escucho las cigarras en los árboles. Lejos de mí mismo, supongo.