viernes, 23 de septiembre de 2005

Hablar de uno mismo

No sólo de ficción vive el hombre. Siempre, de manera minuciosa, estoy leyendo varios libros a la vez, con una calculada separación entre géneros: no en todos sitios y en cada hora me apetece sumergirme en una novela o una biografía o una colección de poemas. Cuenta Herralde en El observatorio editorial que por las noches, y hasta las 3 o las 4 de la madrugada, sólo lee memorias o dietarios: queda tan saciado durante todo el día de novelas y ensayos (con lo que ello comporta: introducirse en una trama y convivir con varios personajes durante horas, o seguir el hilo de un discurso-tesis con sus múltiples requiebros y propuestas teóricas) que antes de dormir necesita el reposo que le proporciona aquél que entrecortadamente narra episodios de una vida, momentos fugaces.

Así, lo mejor es tener siempre media docena de libros en permanente renovación para optar en cada momento por lo más apetecible, según la hora y el lugar. Soy enfermizamente sistemático: cuando termino un ensayo comienzo otro ensayo, cuando acabo una novela ya estoy abriendo la siguiente. En total, un par o tres de novelas, un libro de poesía, un ensayo, alguna biografía o unas memorias y el ejemplar de turno de Granta, siempre encima de la mesa. Hace pocas noches, habiendo terminado la mencionada colección de artículos de Herralde, necesitaba imperiosamente regresar a la filosofía, pensar sobre mí mismo, entrar en algún hilo discursivo que me obligara a un esfuerzo intelectual. Sin salir de la editorial, el último premio Anagrama me dio una solución fácil y rápida: Las malas pasadas del pasado, de Manuel Cruz. Agárrense con el jurado: Savater, Clotas, Rubert de Ventós, Verdú y Gubern.

Ya sé que hubiera podido optar por un texto y un autor más clásicos, pero soy fiel a mis manías y a ciertos editores. Este texto de Cruz (catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona: tengo amigos que lo conocen por sus clases) es una reflexión sobre la construcción de la identidad personal, la responsabilidad individual (y colectiva también) que supone esa construcción y cómo la historia, el pasado, caracteriza nuestra identidad presente. Por ahora, en esos espacios en que dejo reposar a Sergio Ramírez o pongo en stand by los cuentos de Granta, voy sacando algunas satisfacciones de la presente aventura.

En las primeras páginas encontramos pocas aportaciones propias del autor, y se van sucediendo citas y apelaciones a otros filósofos que ya han abordado el tema desde ópticas distintas. No se profundiza en exceso sobre algunos postulados que quizás para un público amplio (creo que el de este premio lo debe ser, en cierta medida) requerirían una mayor dosis de concreción. Siempre queda la posibilidad de acudir a las fuentes, y de hecho todo libro de pensamiento debería ser un trampolín para impulsarnos a otras búsquedas, a tirar del hilo en medio del laberinto. Pero hay una tendencia en muchos profesores del ramo, y creo que no es el caso de Cruz, a dialogar entre ellos mismos, a filosofar entre filósofos, con lo cual el lector no avisado queda atrapado en una maraña de citas que no es capaz de unir coherentemente.

Uno de los autores clave para entender la obra es Locke, a cuyo Ensayo sobre el entendimiento humano se remite varias veces Cruz, y cabe añadir los recientes aportes en la misma línea psicologista de Derek Parfit. Locke hace depender la identidad individual de la autoconciencia del hombre, y esa identidad se extiende tanto como esa conciencia pueda extenderse hacia el pasado. Eso implica relacionar identidad y memoria, y de ahí parte uno de los puntos que más me han atraído: ¿qué pasa con las personas que por accidente, enfermedad o cualquier otra causa pierden la memoria? ¿Nos encontramos ante una persona diferente a la que era antes? Está claro que a nivel físico, más allá de la simple degradación del cuerpo por efecto del envejecimiento, no hay ningún cambio. Pero las personas somos seres –y regreso a Locke- capaces de pensar y entender, y sin razón y reflexión no podríamos hablar stricto sensu de personas, pues vulneraríamos la propia definición que nos diferencia fundamentalmente de los otros seres de la naturaleza. ¿Cómo despachar esa contradicción entre ser persona y perder la identidad individual?

Hay un experimento de Parfit en el mismo capítulo que también es revelador, por muy fantasioso que sea: imaginemos un teletransportador de personas, que deconstruye célula a célula a determinado individuo y lo recrea en otro planeta, conservando cada rasgo de su psicología. ¿Obtenemos como resultado a la misma persona o sólo una copia perfecta? (Parfit opta por la primera opción). Y una nota a pie de página me puso los pelos de punta: imaginemos que la máquina salió defectuosa y que la “persona original” no ha sido “destruída” en el proceso de copia, con lo cual hay dos individuos iguales, uno en la Tierra y otro en Marte. En palabras de Parfit, “si dicha persona sobrevive tanto bajo su forma inicial como bajo su forma reproducida, pudiera darse que en un momento determinado “el original” tuviera la oportunidad de conversar por el vídeo-teléfono con “su copia”, desplazada a Marte: ¿o quizá sería mejor decir que habría tenido la oportunidad de hablar consigo mismo en sentido estricto?”.

Esto enlaza con el significado que tienen hoy en día las palabras “original” y “copia”, en un mundo donde la reprografía y la virtualidad campan a sus anchas. Tiempo atrás, el concepto de “manuscrito original” se usaba coherentemente, y de hecho guardamos miles de manuscritos en bibliotecas como si fueran auténticos tesoros. Pero se pregunta Cruz: “¿Qué podría significar dicha expresión para el texto de alguien que escribe con ordenador? ¿La primera versión definitiva que el autor grabó en el disco duro, del todo indistinguible del texto que envió por correo electrónico a su editor, indistinguible este último a su vez del que repartió entre sus amigos para que le formularan observaciones, y así sucesivamente?”. Interesante asunto, tratado en término similares por Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Seguiremos pensando en todo ello.

5 comentarios:

Biblioteca Ave Felix dijo...

veo que tenemos el mismo vicio....1, 2, 3, 10 libros a la vez....
Te invito a visitar mi blog donde cuento mi proyecto de convertir mi biblioteca personal en una sala de lectura o biblioteca popular:
www.venialeer.blogspot.com

1, 2, 3 abrazos. Sylvia.

Biblioteca Ave Felix dijo...

veo que tenemos el mismo vicio....1, 2, 3, 10 libros a la vez....
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tomatupalote dijo...

Dime de que presumes y te diré de que careces, sois unos enmascarados seguro que solo leis los prologos....

Anónimo dijo...

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