martes, 23 de mayo de 2006

Nancites 9

1. Lo que contó John Irving en su reciente visita a Barcelona tiene, sin lugar a dudas, mucho interés, y lo reseñan bien en Bluelephant's ballad. Cada escritor tiene sus manías y sus estrategias a la hora de afrontar una nueva novela, y éstas pueden ser tan contradictorias como escritores y novelas haya:

"Primero trabajo por algún tiempo en la frase de cierre, dijo, luego empiezo a acomodar palabras sobre ella y a los pocos meses tengo un bosquejo de un capítulo de cierre. Una vez ahí, cuando sé cuál será la conclusión, cuando conozco qué personajes importarán y cuales tomarán parte en la construcción de ese último texto, empiezo a escribir intentos de primeros y segundos capítulos, siempre recordando esa última frase, siempre viéndola al fondo. Yo sé que me va a tomar tiempo, seis, siete años, pero también sé mi frase de cierre, sé que el armatoste ya está dispuesto y que yo estoy sólo rellenando. Para terminar me basta poner una frase tras otra hasta alcanzar esa primera que decidí. Yo no sé volar a ciegas. No me imagino cómo hacen los novelistas que no saben qué va a ocurrir. No los entiendo."

Vale la pena contrastar estas declaraciones con las que hizo Javier Marías en la presentación de Tu rostro mañana 1, en Barcelona, junto a Juan Villoro en 2002:

"A veces he recordado esa imagen de los escritores que trabajan con mapa; es decir, que saben de antemano cuántos capítulos va a haber, cuántos personajes, qué le pasa a cada uno de ellos, cuándo y quién va a morir, quién no. Saben el camino que tienen que recorrer y en el mapa encontrarán dónde están los ríos, los desiertos, etcétera. Ése no es mi caso, me aburriría mucho si así fuera. Tendría la sensación de que redactaba solamente y el proceso de averiguación, entendido como el proceso de la historia, carecería de interés: si conozco la historia desde el principio, ¿para qué voy a escribirla? Yo trabajo más bien con brújula. Eso no quiere decir que uno no sepa a dónde va, porque la brújula justamente nos lo indica, pero lo que no se sabe es cuándo se va a encontrar uno con los ríos, con los desfiladeros, o si no va a haber siquiera ríos, desfiladeros, etcétera. Todavía me sorprenden mucho —en parte los envidio y en parte los compadezco— los colegas que dicen que los personajes se les rebelan, que cobran vida propia. Yo digo: "¡Esto no puede ser, son entes de ficción!" No me puedo imaginar un personaje que haya inventado diciendo: "Pues me quedo unas páginas más y te jodes, Marías". Esto a mí no me pasa."

Entre la creación de un final anticipado de Irving y la brújula sin mapa de Marías hay otras sendas infinitas para la creación, y noto que cada vez me interesa más conocerlas: deben ser cosas de la edad. Pero, ¿cualquier argumento o trama es encajable en toda opción? Estoy seguro de que no: la idea de que el fondo crea la forma es tan atractiva como el hecho de pensar que un escritor que aplica un método no puede narrar sobre cualquier asunto, sino que está supeditado a un cierto tipo de historias. No exagero: escribir una novela negra de género sin conocer el final, a lo Irving, sería muy difícil. ¿Qué narrador podría dirigir a sus detectives y asesinos hacia un desenlace que se le va descubriendo a cada página, sin saber quién es quién hasta poco antes de escribir la palabra fin? El juego permite múltiples variantes, y diversión asegurada: ¿qué escritores entre nuestros favoritos usan uno u otro método, o cualquier nueva bifurcación? Yo puedo saber a ciencia cierta cuál usa Ian McEwan, y no he leído ninguna declaración suya al respecto.

2. Lo más impresionante de la foto es la sonrisa imperturbable del hombre de gafas. Cualquiera, en su circunstancia, miraría de reojo hacia las llamas y mostraría un rictus espantado. Pero el hombre sigue agarrando el papel con el índice y el pulgar, la mirada siempre al frente, ¡y no se quema! Sin duda, me quedan muchos milagros por descubrir acerca de El código da Vinci, pero nunca me hubiera imaginado que la incombustibilidad de sus lectores (ya sean convencidos o apóstatas) fuera una consecuencia directa de varias horas dedicadas a la fútil persecución de lo sublime.


3. Me entero por el siempre avisado Iván Thays de la reedición de García Márquez, historia de un deicidio, de Vargas Llosa. Estuve buscando hace algunos años éste y otro de sus libros inencontrables, El pez en el agua, que desde hace unos meses volvió a aparecer también en las librerías. Coincide todo esto, ni falta hace decirlo, con la publicación en España (espero que a Centroamérica llegue en pocas semanas) de su última novela: si la leo, cosa bastante probable, será por los capítulos en que habla de España y de su espectacular transformación en los años 80, pasando de un país pueblerino marcado por la represión y los prejuicios a una democracia moderna. Qué extraño que ese momento histórico no haya dado aún una gran novela de peso, más allá de pequeñas aportaciones de interés, y que sea precisamente un peruano el que colateralmente haga una aportación al asunto. No hablo, claro, de ambientaciones, sino de explicaciones acerca de un país que revienta y de unos ciudadanos que descubren, de pronto, que la vida era otra cosa.

4. Me traigo la idea del blog de Arcadi Espada y modifico el destinatario: un lugar en el mundo para el crítico Manuel García Viñó.

viernes, 19 de mayo de 2006

El affaire García Viñó

El día 14 de octubre de 2005 se publicó en este blog un artículo en referencia a un texto de Manuel García Viñó sobre Javier Marías, de cuya existencia me avisó muy amablemente Magda. En la columna de la derecha (sección archivos) cualquier lector puede buscar el artículo, el enlace y los numerosos comentarios que suscitó el asunto. Cuando parecía que todo esto era ya historia, un lector comunicó a García Viñó la existencia del artículo y de paso la de este blog, a cuya llamada acudió el interpelado de inmediato con una respuesta que subo hasta el cuerpo principal de la página. Sin recortes ni modificaciones, pero con los comentarios de quien suscribe, estas son las palabras de Manuel García Viñó (los corchetes y cursivas son míos, la mayonesa y el ketchup son suyos):

Documento “trampolín”

Un amigo ha encontrado ese blog y me comunica su existencia. Supongo se me permitirá caminar por esa “senda de los libros” un breve espacio, [no hay muros aquí y el tránsito es libre] para defenderme de tantas insidias, calumnias y sandeces como se han vertido sobre mí.

Procuraré la máxima brevedad y espero que quienes me lean comprendan que en mis palabras se trasluzca un ligero cabreo.

Empezaré, creo que lógicamente, por la necia y vacía Anacrusa, que me llama loco, patán y bilioso resentido -¿sabrá ella lo que significan esos tres epítetos?-, sin haberme echado la vista encima, sin haber leído uno solo de mis cien libros [el 14 de octubre yo conté en el ISBN 74 y me informan ahora de que ya son 77: pero no niego que usted llegará a los cien tan campante] y sin saber que soy, como ella, doctor en Derecho por la universidad de Bolonia, doctor en Filología Hispánica por la de Sevilla y licenciado de en Física Teórica por Heidelberg. Soy también el único español, en toda la historia, [¿la historia de España? ¿la de Europa? ¿la universal?] que más se ha ocupado –veinte libros- del género literario novela, desde los puntos de vista histórico, crítico, sociológico y estético. [en este punto estoy abrumado por las cantidades; todo suma en usted: títulos académicos, libros, puntos de vista. Más y más]

El único español que ha publicado una “Teoría de la Novela” (Barcelona, Anthropos 2005). Mi libro “Mundo y trasmundo de las leyendas de Bécquer” lo publicó el más grande filólogo español del siglo XX, Dámaso Alonso, en la Biblioteca Románica Hispánica de Editorial Gredos, algo así como la capilla Sixtina de los estudios filológicos españoles, donde a usted no la dejarían ni barrer el suelo. [el único, el más grande, la capilla sixtina: hay sintagmas que se recuestan en el colchón con su obesidad grasienta. Más y más]

Continúo por el tontorrón que se escandaliza de mis nulas, o casi nulas y confesadas, relaciones con Coetzee, a propósito de las cuales Jacobo Deza miente, como en tantas otras cosas, pero da igual. Señor Paco, usted, que sí ha leído a Coetzee, y a Pérez Reverte y El código da Vinci, ¿ha leído a Fray Luis de León, el mejor prosista de la lengua española; a San Juan de la Cruz, el mejor poeta; a Fray Luis de Granada, a Quevedo, a Gracián, la Picaresca, Cervantes, Herrera (el primer crítico literario de nuestra lengua), a Lope, a Villegas, etc., etc. ¡Pues entonces, gilipollas!!! A mí, y teniendo en cuenta lo que yo busco, me ha bastado hojear a Coetzee, a quien por supuesto respeto, para saber que no me tiene nada que decir. [sería un verdadero milagro que Coetzee le tuviera algo que decir a usted. De hecho, Coetzee escribe precisamente para que personas muy distintas de usted le lean] Yo no leo para estar al día, señor Paco. Yo leo con una intención muy determinada. Tampoco leo novelas para enterarme de su tema y argumento. Leer así, como usted, como ustedes, hacen, es una torpeza que jamás conducirá a la posesión de una formación humanística. Le diré lo que he leído en los últimos diez años… ¡Como para tener tiempo de leer a Coetzee y los demás que anuncia Babelia! He leído y releído, solamente, Presocráticos, Nietzsche, Idealismo Alemán y Cosmología. [toma ya. Un crítico literario con 77, 100 o quien sabe cuántos libros que procura no leer literatura]

Jacobodeza es el clásico tipo de fulano al que su idolatrada madre, por quererlo demasiado, lo desgració para toda la vida. “Jacobodezito, hijo, le diría una y otra vez, tú eres muy gracioso. ¡Y cuánto sabes!” Y el desdichado se lo creyó y así ha llegado hasta aquí para evacualla en el extrarradio (cagarla fuera, diría Anacrusa, la muy basta). Aprenda a citar con propiedad o no cite: Era así: “¡Caramba, dijo el cartero, / tres libros de Marrodán / y estamos a dos de enero!” Todas las citas que hace de mí, las hace mutiladas o tergiversadas. Y, por supuesto, eligiendo las dos menos contundentes entre varios cientos. En dos o tres ocasiones me achaca haber dicho lo contrario de lo que dije. Yo sostengo que Javier Marías es quien peor escribe o ha escrito nuestra lengua en todos los tiempos y lugares. [a estas alturas uno piensa si hay que seguir leyendo o no: la prosa superlativa y biliosa produce ardor de estómago] Y lo he demostrado en mi libro “La Gran Estafa: Alfaguara, Planeta y la novela basura”, Ed. Vosa. Pero casi no hace falta leer mis seiscientas páginas (no sólo sobre Marías, claro; también sobre otros/as). Sólo por haber escrito, en El Semanal, que “ETA asesinó a un concejal sevillano con su mujer incluida” es para descalificarlo para toda la vida. ¿Y esto? Dice que alguien está en un gran almacén y: “Entró en la sección viril y se echó unas gotas de aroma en el envés de sus sendas manos”. Sección viril, aroma por perfume y ¡el envés de sus sendas manos!... Este es el rebuzno más poderoso que se ha escrito en lengua española. No tiene remisión posible… En fin, pedante de mierda, a ver si tiene usted lo que tienen las personas dignas y no tienen los payasos: le reto a sentarse conmigo a una mesa con la obra de Marías que usted quiera delante, a ver si es capaz de justificar los cientos de confusiones, coces al diccionario, chistes involuntarios, pruebas de retraso mental y chorradas que yo le señalaré. Mi dirección es: ligeia@auna.com. [gracias por la invitación, pero declino su oferta: a estas alturas he contabilizado un necia y vacía, un tontorrón, un gilipollas, un fulano y un pedante de mierda. Con este ajuar no acostumbro a debatir con nadie]

No voy a contestar ni a Potno ni a Magda ni a Anonymous, tan tontos y analfabetos como para acompañar dignamente a Jacobo Berzas, digo Deza. Anónymous, además, inmoral, al dejar una cita por la mitad.

Finalmente, gracias a Javier por su defensa de mi postura y de la racionalidad de que carecen los otros, pero ¿por qué motivos oscuros o, mucho menos, envidia? ¿Tanto cuesta admitir que alguien actúe simplemente por amor a la literatura, a la verdad y a la justicia? [¿no era Scarlett O'Hara quien pronunciaba una frase así?] ¿Tan raro resulta que luche por ellas sin fines bastardos? Ya sería de por sí estúpido envidiar a un Forrest Gump e la literatura como es Javier Marías, pero es que si lo de la envidia se refiere a su éxito mediático y económico tengo la prueba de que no es, no puede ser, así: quien quiera puede buscar en cualquier hemeroteca el número de mayo de 1965 de la revista “Humanidades”. Contiene un estudio de mis tres primeras novelas y una entrevista conmigo, en la, que, entre otras cosas, decía lo siguiente -¡en 1965!-: “aspiro a ser un escritor de minorías, y mis ambiciones de venta no pasan de aquel número de ejemplares que mi editor necesite para no perder dinero y publicarme el siguiente libro”.

Mi enhorabuena una vez más a Jacobo Deza por haber escrito: “lo dicen los lectores que son los que más saben”. Hay que ser necio y navegar por las más espesas brumas del desconocimiento, para hacer esta afirmación. [no: me basta simplemente con no ser el mejor licenciado en Física Teórica por Heidelberg de todos los tiempos y lugares habidos y por haber. Fíjese cuánto ha ganado la física teórica sin la participación de este humilde lector]

Un saludo a Javier. Manuel García Viñó.

_ _ _ _ _

Y esta fue la carta. Las personas aludidas en ella sabrán perdonar el hecho de haberlas obligado a subir hasta aquí, sin su consentimiento. Pero no seré yo quien quite una coma o corrija una palabra del Único Español: ahí queda, para lumbre y ornato de las futuras generaciones.

martes, 16 de mayo de 2006

Capote


Comenzaré por el final: lo más extraordinario de esta película es lo menos cinematográfico de ella, lo que más la aleja del cine puro y la acerca a la página escrita. Cuando Capote espera el desenlace de la historia y se debate entre la necesidad de desear la muerte del protagonista y ahuyentar ese malaje con el sentimiento, asistimos a una excelente descripción del diálogo tan actual (todavía ahora) sobre ficción y realidad. Capote desea terminar su novela, titularla, darle un sentido último, pero su elección–invención, la non fiction novel, le obliga a avanzar al ritmo en el que la realidad también avanza, adecuando el tiempo literario al tiempo cronológico en el que va relatando hechos y dándoles forma. Está más preso que el asesino, buscando la llave que le permita salir del laberinto tan fecundo en el que se ha metido.

Esa es la magia de la película, la que al final nos llevamos a casa envuelta en papel de celofán y queda gratamente impresa en la memoria. El resto no es más que retazos de una excelente historia contada con gran oficio: hay una secuencia en el que un fondo musical muy neoyorquino (ya no sé si es un ragtime o un jazz muy ligero, tanto da: puro New York) va subiendo de intensidad mientras se proyectan consecutivamente cuatro imágenes fijas que nos llevan al lugar en el que se toca esa música: el paisaje de rascacielos, las calles de la ciudad, las escaleras del club... y ya estamos en la fiesta, a todo volumen. Así comienza también Psicosis, hasta que nos metemos por la ventana en una habitación indiscreta mientras los amantes se ponen la ropa.

De lo que me siento incapaz es de escribir sobre Philip Seymour Hoffman, porque la maestría de su reencarnación es tan descomunal que a partir de ahora jamás veré a otra persona cuando piense en Capote que a este agraciado actor. Si Capote no fuera como es él me sentiría decepcionado: yo quiero que el escritor se parezca a Seymour Hoffman, quiero que se ría igual que él, que su pose mientras bebe whisky con los amigos sea exactamente esa y no otra. Este ser inventado del celuloide está a la altura de los mejores personajes literarios y es casi seguro que la realidad debe ser mucho más descafeinada que la ficción que emana de este Capote.

La invitación a la lectura de A sangre fría es otro de los estímulos que se extraen de las casi dos horas de metraje. No es nada sencillo esto: la película cuenta todo el proceso de escritura del libro, y por lo tanto cualquier motivo sorprendente (sobre la trama, sobre la evolución de los hechos, sobre su final) queda puesto en evidencia. Tampoco es que esto sea tan malo: qué triste sería leer libros sólo para que nos muestren la pirotecnia que hay en algunos fragmentos de cada novela. La invitación es, pues, a disfrutar de lo que a todo espectador se le antoja como gran literatura, como arte. Se encienden las luces de la sala y el paso siguiente, obligado, es ir a la librería: nos importa poco que ya hayamos visto la horca, como tampoco nadie se pregunta por la cama en la que muere Alonso Quijano antes de leer a Cervantes: lo que vamos a buscar es el placer que proporciona la palabra bien escrita, y después de ver la película nos embarga la sensación de que nos urge recuperar ese clásico, empaparnos de la técnica que convierte una obra aparentemente sencilla en maestra.

¿Y quién iba a pensar que esto llenaría una sala de cine precisamente aquí, donde debe ser tan difícil (todavía no lo he probado) encontrar A sangre fría? Es posible que muchos entraran a ver una película de gángsteres, de high society y de balas perdidas, pero se llevaron la excelente lección de ver literatura y no salir trasquilados: con que hayamos ganado un solo lector habrá valido la pena el viaje.

________________________________________

La Razón de la sinrazón a veces produce artículos destacables: como coda al texto anterior, este apunte sobre realidad y ficción que anota nombres como Easton Ellis, Vila-Matas, Sebald, Cercas o Eco, y que es capaz de no mencionar ni una sola vez a Capote.

jueves, 11 de mayo de 2006

Un médico y sólo un médico

(Tercera parte)

¿Y si Henry Perowne fuera un contador de la propiedad? Pocas veces se da un ejemplo tan claro como el presente de la necesidad de otorgar una profesión específica a un personaje. Si Perowne fuera una decorador, un analista de software (¡incluso un escritor!) esta novela no sería posible o se derrumbaría como un castillo de naipes. Veamos la fórmula: desde las primeras páginas se nos anuncia una secuencia de hechos que van a suceder durante un sábado cualquiera. Sabemos que Perowne se levantará, irá a jugar a squash con un colega de trabajo, comprará pescado, hará la cena para su hija (que viene de regreso de París...). Mientras escribo esto no sé si en realidad el día transcurrirá por esta senda marcada, pero en cualquier caso, las variaciones que puedan producirse, fruto del azar o de la voluntad expresa, lo serán sobre ese plan ya trazado por un ciudadano común. El mismo plan que nos encierra a todos cada jornada en un destino prefijado. Ante este abismo de monotonía, la novela no puede transcurrir solamente por la narración de las actividades anunciadas: nadie, ni el lector pero tampoco el mismísimo autor, aguantaría el hartazgo de leer o escribir un tratado jurídico sobre hechos acaecidos:

-¿Dónde estuvo usted la mañana del 15 de febrero a las 9.25 am?
-Peloteando en una pista de frontón, señor juez.

Hay que buscar, pues, otras vías de escape para que el armatoste literario se sustente. Y ahí es donde aparece la importante elección de la profesión. McEwan decide que Perowne sea doctor, y más específicamente un neurocirujano. El protagonista conoce el cuerpo y la mente humana lo suficiente como para adivinar en cada personaje y en sí mismo una reacción culpable, una enfermedad escondida, un gesto sospechoso, un amago de indecisión. Cualquier rictus se convierte en una prueba de cargo, y eso convierte la obra en lo que pretendía ser: un análisis de las reacciones de un hombre de hoy en una sociedad como la actual. Poco interesa Henry Perowne: nos interesa el hombre que hay en él y su circunstancia.

Siguiendo con el ejemplo del squash, hay una reación típica de lector avisado que se produce con matemática precisión. Desde el inicio de la jornada, Perowne nos anuncia su intención, como cada sábado, de ir a jugar con su colega. El lector se imagina que en veinte o cuarenta páginas va a pasar lo predecible: una larga descripción de un partido de squash jugado entre amigos. Esto, por sí solo, nos estremece ligeramente: qué descripción puede haber más aburrida que la de una pelota dando tumbos por las paredes, en un deporte que debe interesar a un puñado de personas. Avisar sobre algo sin interés es un riesgo del que pocos pueden salir bien librados: si me entregan una novela y me dicen que trata sobre un tipo que salta y salta a la comba, sin parar, devolveré el regalo. Pero una vez ya puestos en el ritmo de la novela no es tan fácil dejarlo, e incluso hay un prurito de interés por ver cómo sale airoso el autor de semejante envite. La solución no puede ser otra que la de crear una subtrama que acabe por imponerse por encima de los peloteos, que sólo actuan como sonido de fondo de un objetivo mucho mayor. Todo esto provoca que el Perowne médico ejerza su función con exactitud, y que cada reacción tenga su cumplida descripción profesional:

"El pulso más lento de Perowne aumenta unos instantes al oír el reproche: un arranque de cólera es como un latido adicional, una puñalada perjudicial de arritmia."

La cólera, la amistad, el empeño, la debilidad, el desencanto, el miedo, la frustración: estos son los grandes temas del squash, y me quedo corto.

(continuará)

________________________________________

"El libro pasa, pero las imágenes son poderosas", dice el cristiano. Pocas veces se expone con tanta crudeza la invisibilidad de lo escrito, la nula presencia del lector en nuestra sociedad. Tanto da que se refieran al código Da Vinci: ciertamente, los 40 millones de ejemplares vendidos son papel ("manifiestos, escritos, comentarios, discursos") frente a la avalancha de fotogramas que se nos viene encima. Y añade: "Las películas llegan a las masas, también a quienes tienen poca formación y carecen de recursos críticos para distinguir qué es ficción y qué es realidad".

¡Acabáramos! El peligro ya no son los intelectuales que piensan y sentencian, sino las masas que responden instintivamente a los estímulos: ellas, y sólo ellas, serán capaces algún día de apreciar lo que los primeros ya saben desde hace siglos: que la realidad está en el cine y en los libros, y que la religión ha construído sobre sí misma una ficción de portentosas y alucinantes dimensiones.

jueves, 4 de mayo de 2006

Lo indecible

Cuando uno se plantea escribir, ya sea una obra de ficción o un ensayo, en algún momento puede verse en la tesitura de tener que contar algo acerca de aquello que le disgusta, sobre un tema oscuro sobre el cual hay que decir algo. Ciertamente, no son tantas las novelas que orillan el instante que eriza la piel (el cine sabe mucho de eso), y la mayoría, ya sea para mantener el ritmo literario o ya porque el autor crea que su propuesta se ve reforzada por esa escena, apuestan por momentos que luego pasan a ser los más recordados, cuando las páginas han reposado unos años y nos llegan chispazos de esa lectura, diálogos memorables o situaciones que perviven en la memoria.

Lo más duro debe ser plantearse escribir sobre lo que atañe directamente al corazón (tanto el simbolismo que representa como la víscera misma) y convertir eso en tema. No me imagino yo escribiendo sobre atrocidades que afectan a los seres humanos, incluso quizá ni a los animales: no descarto nada, claro, pero el hecho de anticipar mi estado anímico en el momento de verter tinta sobre un papel me obliga a optar por la vía más cómoda. Hay escritores que admiten que lo pasan mal cuando les toca escribir sobre determinados hechos, y su insistencia me asombra (y luego, como lector, puede llegar a deslumbrarme: así me sucedió con La ciudad y los perros, de Vargas Llosa). Recuerdo ahora al simpático Terenci Moix comentando sus encierros temporales para escribir sobre, pongamos, la vida de Josefina Bonaparte, y sus sollozos ante cada folio completado, su identificación con el personaje y su incapacidad para despojarse en la vida real, al menos en el transcurso de la escritura, de lo ficticio o pasado.

Digo todo esto porque estoy enfrentándome, y todavía voy por el primer capítulo, al Auschwitz de Laurence Rees, un éxito de ventas y de crítica del pasado año. El empujón definitivo me lo dio Justo Serna, al calificar en su desaparecido blog a esta obra como una de las más imprescindibles de la cosecha anual de 2005, pero ya antes había decidido lanzarme por el abismo. Lo que sucede ante un ensayo así es que uno ya vislumbra el agujero negro desde la portada y sabe cuál es el camino que lleva al infierno. Las sorpresas que depara una novela quizá aumentan el shock sentimental por lo inesperadas, pero adivinar la trama y estar esperando la descripción de la infamia produce un desasosiego creciente.

Ahora mismo estoy ante la conquista de Polonia y los procesos previos que llevaron a miles de personas a Auschwitz: la indecente separación de las personas entre germanos, polacos y judíos; la creación de los guetos; la deleznable prosa que emana de los discursos y las sentencias de los capitostes nazis ante las dificultades para ejecutar los procesos migratorios que limpiaran la región. Pero aun siendo tan pegajoso este lodo, el barro que viene promete hundirnos hasta el cuello. No por sabida la historia es menos cruel, y especialmente ante un ejemplo del más horroroso de los crímenes que puedan cometerse: el de exterminar a todo un pueblo, una cultura o una sociedad: un genocidio que responde a su estricta definición.

Pero ese horror llega a su punto culminante ante la realidad necesaria: no hay genocidios abstractos sino personas con nombre y apellidos que los sufren, algunas que lo pueden llegar a contar. La técnica de Rees se basa fundamentalmente en la entrevista directa con víctimas y verdugos para conocer el detalle y no esconder nada de lo ocurrido. No sólo para evitar repeticiones (y quién es capaz de asegurarlo) sino para descifrar hasta qué punto el ser humano puede convertirse en el más perfecto planificador de la crueldad: en este libro no hay monstruos ni arpías ni alimañas, sino hombres y mujeres de carne y hueso conscientes de sus actos. No hay lavados de cerebro, ni sectas peligrosas: hay seres que deciden por su voluntad y muchos que, cincuenta años después, repetirían los mismos actos execrables. ¿Cómo no vamos a penetrar con bisturí en esta mancha indeleble, en este genoma deforme que quizá todos llevamos dentro? Hay una pregunta desconcertante en la introducción del libro: quién sabe cómo actuaríamos cada uno de nosotros en circunstancias límite. Habría que cuestionárselo antes y después de la lectura.

Los detalles llegarán y el poso de Auschwitz será largo y profundo, lo anticipo, como otra mancha que se frota y nunca desaparece: qué asqueroso puede resultar el deber de recordarnos como humanos, y qué necesario a su vez.

________________________________________

Dos cortesías: una y otra.

________________________________________

Léxico para Amor en vilo, el último poemario de Pere Gimferrer, en la crítica que Albert Romà le dedica en El Periódico de Catalunya: desajustes, mal uso, torpeza, afectado, rígidos, errores, acartonamiento, tosca interpretación de los clásicos, rimas catastróficas, ejercicio escolar, desaciertos, decoración farragosa y kitsch. El tal Romà sigue trabajando para El Periódico: no hay vínculos entre Seix Barral y el Grupo Z, que se sepa.

martes, 18 de abril de 2006

Sábado por la mañana

(segunda parte)

Vosaltres no sabeu què és guardar fustes al moll, escribía a principios de siglo Salvat-Papasseit. En efecto: vosotros no sabéis lo que significa guardar maderos en el muelle, y me pongo el sombrero vanguardista para decir, después del relax, que vosotros no sabéis lo que es estar en un pequeño paraíso, bajo un cielo infinitamente estrellado y un silencio hondo, en una montaña lejana y fresca. Por supuesto que yo sí deseo que lo sepáis algún día, porque estas jornadas de asueto recién transcurridas no suceden a menudo, y las felices circunstancias no acostumbran a converger en el tiempo con tanta precisión, todas a una. Buena comida, mucha reflexión, más lectura si cabe.

Allí estaba, pues, con Henry Perowne, viviendo con él, quitándome las legañas y orinando como él: hay en este Sábado un tempo tan preciso y marcado que la asimilación con el personaje es obligada. Una rápida revisión de las 100 primeras páginas nos expone ante tres planos distintos pero que se conjugan como una única trama narrativa. El pase de uno a otro puede darse entre uno y otro párrafo, o a veces en uno solo:

1. El plano principal, que forma la urdimbre de la novela, es la vida de un hombre vulgar (o sea, usted y yo) durante un sábado completo. El gran peligro para el escritor, ni falta hace decirlo, es la dificultad que puede entrañar hablar de hechos insustanciales, que forman el 90% de nuestra cotidianidad: sacarse las sábanas de encima, hurgar en el ropero, tirar de la cadena. Otros ejemplos válidos hay en la historia de la literatura y de las letras en general (un día en la vida de...) y por tanto no cualquiera puede meterse en el embrollo a riesgo de aburrir a las vacas. Ian McEwan sale bien parado de este primer lance; quizá muy bien parado, añadiría. El primer recurso de ofrecer un elemento sorprendente, ya descrito aquí con anterioridad, es un buen gancho para prevenirnos sobre la falsa idea de que el destino está escrito: quizá Henry Perowne entre por la puerta y le caiga la lámpara encima, y la cautela del lector se mantiene alerta ante la posibilidad de un trauma inminente.

2. Un segundo plano sería el repaso de la vida de Henry a partir de los pensamientos que éste tiene durante ese sábado, minuto a minuto. Todo funciona hasta aquí con perfecta regularidad: coge la raqueta de squash y piensa; pone a cero el volumen de su televisor y piensa; cambia la marcha de su Mercedes y piensa. Siempre piensa en sus hijos (el y ella, dos opuestos casi de manual: el bluesman rebelde sin horarios y mal estudiante, la lectora intelectual que encarrila su vida desde París) y en su mujer, en su estatus social, y sobretodo en su trabajo. El nivel de refinamiento con que describe cada operación y cada posible paciente demuestra el trabajo serio de un buen escritor: si el protagonista es cirujano habrá que empollarse un tratado de cirugía y ver la vida a través del bisturí. Henry no sabe salir de su formación académica, que ha acabado siendo después su pasión laboral, y ve aneurismas por todos lados: cada rostro es analizado a través de ojos profesionales que diagnostican y no sólo descubren enfermedades: también rasgos curiosos, comportamientos que merecen ser aprehendidos.

3. Finalmente hay un tercer plano que sobrevuela la narración con menor fuerza pero que uno teme que acabe siendo el elemento que haga más ruido, o aquel por el cual acabará siendo conocida y criticada la novela. Henry no puede abstraerse de la realidad nacional y mundial y sus reflexiones también giran entorno a los acontecimientos políticos de ese sábado, que no es uno cualquiera: es el 15 de febrero de 2003, cuando tienen lugar en medio mundo las multitudinarias manifestaciones en contra de la guerra de Irak. Henry observa a la gente que se prepara en la calle con sus pancartas y opina: y aquí es imposible valorar la literatura de McEwan al margen de las opiniones de McEwan. Si nuestro inglés favorito no hubiera dado entrevistas y explicado claramente sus puntos de vista sobre el tema, podríamos considerar que la visión de Henry Perowne no pasa de ser la de un ciudadano acomodado que mantiene unas posiciones más o menos conservadoras, amén de peligrosamente demagógicas (las frases que va soltando, al estilo de “antes una invasión que la tortura bajo el régimen de Saddam” producen ya un cierto rubor). Pero es que McEwan ha dejado en los magnetófonos lindezas de este estilo: “Creo que fue lamentable que después de los atentados de Madrid el gobierno anunciase la retirada de las tropas de Iraq” (El Cultural, 13-12-05). Ante esta perspectiva, se me hace imposible separar al autor del protagonista, al narrador omnisciente de su personaje descrito. Y sin duda esto es un lastre para ciertos fragmentos del libro, que por otro lado vuela con precisión en la mayoría de páginas.

La conclusión sería que preferimos al literato puro, pero eso iría en contra de mi pretensión de buscar la gran novela del 11-S. ¿Es posible escribir hoy de un ciudadano corriente sin pensar en unas torres que caían hace pocos años? McEwan parece creer que no, y actúa en consecuencia, aunque de momento el perfil de la reflexión política alcance en Sábado unos límites muy poco definidos y trazados con brocha gorda, a la espera de que este día avance y podamos leer una evolución más profunda de lo que este personaje pretende.

(continuará)

miércoles, 12 de abril de 2006

El círculo vicioso

La del miércoles no era una noche cualquiera: concierto de gala en el teatro nacional Rubén Darío, nada menos que el Réquiem de Mozart interpretado por coro, orquesta y cantantes centroamericanos, y el aroma de las veladas mágicas. Lástima que el comportamiento de muchos espectadores sea tan incongruente con el elevado nivel de lo que se ofrece: aquí, como en tantos sitios de España, también hay caramelito, teléfono, tos y pisadas de tacón por la alfombra. Pero nada quita el embeleso ante los momentos cumbre, ante la Lacrimosa escalofriante resonando en la sala mientras Mozart ya agonizaba en su lecho, hombre culpable como todos.

Pero dejemos la música para otras sendas y vayamos al meollo del día: paseaba yo por ese locus amenus hacia el cual de vez en cuando acudo a reposar (menos que antes: las obligaciones acechan) y leía algunos mensajes sobre un hecho inequívocamente español, como la tortilla de patatas: para los que no sepan, existe allí un club de lectura descomunal (cientos de miles de socios) cuya única obligación es la de comprar cada dos meses al menos un libro. Que se sepa, hasta el momento nadie persigue al que no lo lea, basta con pagar y apoderarse del volumen. Tamaña incongruencia en un país de escasos niveles de lectura, si comparamos cifras con el resto de Europa, no puede producir otra cosa que perplejidad. Veamos algunas causas, posibilidades, acertijos:

El gancho para entrar en el club es una agresiva publicidad combinada con la militancia de viejos socios que buscan amigos que quieran unírseles. Respecto a lo primero, hay páginas en cualquier suplemento dominical que anuncian una veintena de títulos a un precio irrisorio. Es la bienvenida de cualquier nuevo espacio: un anzuelo irresistible que nos mantenga atrapados ahí por un par de años. Sobre lo segundo, es excitante la cantidad de primos hermanos o parientas lejanas que pueden tener como única vinculación su pertenencia al club: cual testigos de Jehová en busca de almas por restaurar, llaman a nuestra puerta y después del café nos invitan a pertenecer al clan. Para ellos hay alguna cubertería de regalo, pero para nosotros el premio mayor: horas de lectura asegurada y con contrato firmado.

Hace mucho tiempo tuve mi momento de gloria: es imposible escribir este blog y no poder dejar constancia en el currículo del hecho de haber estado allí. Así que escogí mis tres títulos de bienvenida y agoté mis dos años de permanencia. Mi elección fue una novela menor y prescindible de Delibes, el último de los libros de cuentos escritos por García Márquez y una novela (déjenme respirar antes de escribirlo) de Susana Tamaro. No había mucho más donde elegir, pero lo mejor fue la respuesta asombrada del voluntarista vendedor que escuchó mi tríada y la anotó: ¡yo era un excelente lector, muy apegado a la calidad! Yo sí era un buen cliente, alguien entendido en la materia. En ese primer minuto de tomar conciencia del paso definitivo que había dado tuve ya un pequeño espasmo de arrepentimiento, pero no acostumbro a renegar con tanta rapidez de mis propias decisiones.

Otra de las claves del éxito es la posibilidad de que los libros lleguen a casa, envueltos en plástico y con olor a tinta, sin tener que pasar por la librería. Fue mi única objeción posible ante las dentelladas del vendedor, muy bien entrenado en esta lid: pero su respuesta me desarmó hasta tal nivel que fui incapaz de seguir maniobrando para quitármelo de encima. ¡Por fin podría ahorrarme el engorro de tener que buscar el libro entre miles de volúmenes, dejar de hacer colas ante la caja y poder dedicar mis tardes de sábado a otras actividades menos tediosas! Y precisamente yo, que en Barcelona dedico siempre esos días y horas de la semana a uno de mis placeres preferidos: ¡hacer crujir las maderas de La Central!

Como puede imaginarse, seguí recibiendo durante dos años (pero sin puntualidad y con cambios constantes de vendedor) un nuevo ejemplar mientras sacaba cinco o seis de mis librerías favoritas. Justamente todo aquello (casi todo aquello) que jamás se me ofertaba en la revista del club, que orillaba lo más selecto y rompedor de las narrativas británica o americana, que desconocía a los autores que yo frecuento y que me dan los placeres para seguir resistiendo. Dos años tardé, pues, en escapar del círculo vicioso y sentirme liberado, de nuevo solo ante la capacidad de elección tan desmesurada que me caracteriza y confiando en mis libreros, esos sí, voluntarios de la imaginación.

________________________________________

Para que no se entierre el comentario en las profundidades de la senda, subo hasta aquí lo dicho por Matías Pailos como respuesta al post "La literatura resistente en Blanes", pues hay tela que cortar:

"Ahhh... y bué: se murió, nomás. Este post es algo del resarcimiento a los que nos sentimos acreeditados como viudas lloronas de Bolaño. Como agridulce compensación, parece (cuentan las malas lenguas, que no sé si serán malas pero suelen estar bien informadas) que hay en su arcón una suerte de novela poética (que suena a algo entre Max Jacob y 'La muerte de Virgilio', pero, siendo Bolaño, mucho más ágil) de extensión que no le va en zaga a '2666'. Ojalá."

martes, 4 de abril de 2006

Nancites 8

1. El premio Anagrama de ensayo se viste de literatura y de intelectualidad. Según me han contado mis gargantas profundas, es un tomazo de aquí te espero y con densidad de datos, profundo. Es uno de esos libros que sale ya como ganador: el fin del castrismo se avecina y hay que ir sacando a la luz todo lo que en este último medio siglo se ha cocido en la isla. Más allá de Cabrera Infante o de Carpentier, hay mucho nombre entre tinieblas y muchos papeles que necesitan una sacudida de polvo. Es lo más triste de la política, cuando ésta fagocita todo el pensamiento y el creador se ve abocado a optar por una lista, por un grupo de semejantes, de manera comprometida o no. Dice Rafael Cruz que con la llegada de la Revolución había tres grandes líneas intelectuales: la liberal, la católica y la comunista. ¡Imagínense, tener que meterse (o peor, que te metan) en cualquiera de ellas! Después, el pensamiento único o el exilio. A view to a kill, un panorama para matar: desde el Caribe, desde estas tierras tan extremadas, nos llegará en un mes esta aportación tan valiosa y necesaria.

2. Travesuras de la niña mala, lo último del ya septuagenario Vargas Llosa, está en ciernes. Mucho se ha escrito sobre la diferencia del primer Mario que conocimos con La ciudad y los perros y el último, pero el oficio del buen escribir (y el oficio del buen lector, muy especialmente) no se pierde así como así. Por internet ya circulan las casi seguras portada y contraportada de Alfaguara, que aquí incluyo por la densidad temática extrema que se nos avecina: “Este libro narra la pasión amorosa de un hombre, Ricardo Somocurcio, por una mujer perversa y calculadora que sólo busca satisfacer sus ambiciones. Pero ésta no es sólo la novela de una pasión íntima que ocupa más de tres décadas de la vida de Ricardo, es también la crónica de un tiempo fascinante en dos continentes: Europa y América del Sur. Como telón de fondo contemplamos la historia peruana desde 1950 hasta 1987, con sus vaivenes entre democracia y dictadura. Y a la vez, el París de los años sesenta con sus grandes pensadores del momento (Sartre, Camus); el fascinante Londres de los setenta con la eclosión de la cultura hippie, la droga, la música pop y el amor libre; el Japón de los grandes traficantes, y finalmente la España de mediados de los ochenta”

3. ¿Es Jordi Gracia nuestro nuevo Ignacio Echevarría? Defenestrado el último, Gracia ya accedió a la crítica hispánica en "Babelia" por la vía grande, ocupándose de algunas de las novedades más interesantes. Por cierto, que su premio Anagrama de hace un par de años también tiene enjundia y le muestra como lo que realmente es: un profesor de la facultad de filología de Barcelona que se mete a crítico para redondear su aura ensimismada. En Babelia recetó la versión comentada de Corazón tan blanco, que yo no compraré porque acabaría teniendo una biblioteca monotemática (versión Anagrama, versión Alfaguara, edición de bolsillo...) pero envidiaré a los que sí lo van a hacer. Allí se apunta la relación entre la novela y el Macbeth de Shakespeare, Elide Pitarello mediante, y se abre la puerta al estudio de las referencias literarias en la obra de Marías, tan jugoso, tan inexplorado aún.

4. El libro que Daisy Perowne le recomendaría encarecidamente a su padre.

miércoles, 29 de marzo de 2006

Una luz en el horizonte

Los que ya me conocen de sobras (o sea, que han leído con alarmante asiduidad los casi 70 posts que por aquí se han ido acomodando) saben a ciencia cierta que yo iba a comenzar la lectura de Sábado un sábado. Nadie que me conozca lo suficiente podía albergar ni un gramo de duda sobre la ritualización de mis quehaceres literarios, y por eso busqué este fin de semana el lugar idóneo (cabaña en medio del bosque) para inaugurar uno de los principales pantanos del año, una de las novelas que con más ansias estaba deseando afrontar. Lo lamentable es que por allí cerca se celebraba una boda campestre, y los ecos de la despiadada música se metían por las rendijas de las ventanas: pero ni aun así. Uno, que es terco no ya por genética sino casi por definición enciclopédica, fue a lo suyo.

Volver a McEwan es un regreso al hogar y a la cama adaptada a la espalda, después de tanto colchón muelle y tantas sábanas con naftalina. Es la sensación que aparece cuando nos reencontramos con uno de nuestros escritores favoritos, cuando el poso de una buena lectura anterior nos anticipa la posible recuperación de placeres que pocas veces, muy pocas, están al alcance: un vino de cosecha añeja, un paisaje estremecedor por su belleza salvaje, un polvo con los cinco sentidos en alerta, una novela que permanece en el recuerdo. Por ahí precisamente, en algún hueco de la memoria, se conserva el aroma de Expiación y de sus circunstancias, como pueden ser sus primera páginas transitadas en el aeropuerto de Miami, en una de esas interminables esperas post 11-S.

Y era sábado, y era Sábado. Ya tengo la primera conciencia para apuntar algunas pautas de las primeras 30 páginas, mínimos destellos que tendremos que ir corroborando:

1. Henry Perowne es un neurocirujano común y corriente, como todos los neurocirujanos que pueblan los hospitales de medio mundo. Profesional, serio, dedicado en cuerpo y alma a su oficio. Se levanta una madrugada sin sueño, con una extraña sensación de ánimo y desvelo, y sin razón aparente se dirige a la ventana del dormitorio procurando no despertar a su esposa, que duerme a su lado. A pesar del frío exterior, Henry contempla el silencio y la quietud de la noche durante unos breves minutos y divaga, suficiente tiempo para que McEwan esboce en pocas páginas la vida de nuestro protagonista: estampas familiares, obsesiones laborales (excelente la descripción de sus últimos pacientes, con una frialdad muy british) y preocupaciones globales. Ya lo conocemos, y ha bastado una abertura de ventana y un mirar a lo lejos.

2. Pero hay en McEwan un elemento fundamental que se repite en sus novelas y que aquí ya encontramos en estos prolegómenos, en una primera escena que denota cierta pasividad y que, llevada al cine, sería una escena de relleno para enlazar otras más jugosas. Pero no: como yo ya he jugado a este juego antes, sé perfectamente que uno no se puede adormecer en ninguna página de nuestro inglés predilecto: la sensación de “aquí va a pasar algo” es permanente, y cada segundo cuenta antes de despeñarnos por el abismo. Ese decorado insustancial siempre esconde un filo de navaja, una lengua bífida asomando por debajo de la cama.

3. El elemento perturbador, pues, no tarda en llegar: Henry observa en la lejanía, por encima de los edificios londinenses, un destello y una luz que avanza. Frente a las primeras deducciones (un meteorito, un cometa) debe recapacitar ante lo inevitable de la visión: un avión tiene un motor o un ala ardiendo y se desliza con un ruido martilleante hacia el aeropuerto de Heathrow. McEwan tensa la cuerda al límite al entablar un fuerte discurso con el azar: pocas cosas tan absurdas puede haber como salir a la ventana y ver un avión derribado, lo cual no impide que eso sea perfectamente posible. Lo difícil es hacerlo creíble, y esas páginas lo consiguen: el asombro y la extrañeza de Henry es la del lector, es el punto de vista del ciudadano común e insomne que sin previo aviso experimenta un rasguño en su monotonía: “Entre tantos millones tiene que haber personas que se asoman a la ventana cuando normalmente deberían dormir (...) Que sea él y no otra es arbitrario”. Pero él se asoma y descubre, y se sorprende y exige saber más, y es entonces cuando hay novela.

4. Ya hace tiempo que busco la gran novela sobre el 11-S (lo dejé escrito) y no sé si ya estoy metido en ella. De todos modos ya hay una consecuencia que Henry explicita con tino: “Todo el mundo coincide en que las líneas aéreas parecen distintas desde entonces, predatorias o condenadas”. Cierto: ver un aparato de esos en el cielo (los de Tegucigalpa parece que quieran rascarse la barriga con las antenas, yo me agacho instintivamente cuando me sobrevuelan por la calle) ya no puede comportar la inocencia antigua del niño que imagina y se transporta con ellos a lugares misteriosos: “Hace casi dieciocho meses que la mitad del planeta presenció una y otra vez a los cautivos invisibles conducidos a través del cielo hacia la matanza”. Y si el mundo ya no es lo que era, ¿cómo van a ser iguales las novelas? ¿Se lo habrá preguntado McEwan, y nos va a contar en qué nuevo panorama estamos? Yo todavía sigo con mis ojos esa luz centelleante que desaparece poco a poco en la lejanía y que nos transporta a todos, viajeros o no, vivos o muertos.

(continuará)

miércoles, 22 de marzo de 2006

La literatura resistente en Blanes

ROBERTO BOLAÑO
Santiago de Chile, 1953 – Blanes, 2041

Escritor de prestigio, alabado por la crítica y un cada vez más numeroso grupo de seguidores que lo adoran y lo imitan, su vida y su obra pueden dividirse en dos grandes etapas: una primera, la más conocida, que arranca con algunas obras menores y una obra inclasificable, La literatura nazi en América, que le presenta al gran público como un autor de difícil inserción en la tradición literaria del momento y como un outsider arriesgado, valiente, poco proclive al halago y al autobombo. Después de publicar varias obras conocidas y de recibir algún que otro premio (el Herralde por Los detectives salvajes le confirma como uno de los mejores escritores de su generación), publica en el año 2004 una de sus cumbres creativas, 2666, obra de más de un millar de páginas con la que concluye esa primera etapa prolífica y de ascenso permanente.

El segundo Bolaño aparece con una desaparición: el autor chileno, después del esfuerzo que le supone la redacción de 2666, decide alejarse un tiempo del primer plano literario y viaja durante casi dos años por los continentes americano y africano. Hay muy pocos testimonios que hayan logrado verlo, acaso una sombra en la noche, en ese período: por orden cronológico de las apariciones se le sitúa en una cantina algo tétrica de Managua; cruzando una calle empedrada de Antigua, Guatemala; en un bus repleto de México DF (el testigo sólo vio su faz unos segundos, sus gafas redondas y un cigarro apagado en los labios); conduciendo una vieja camioneta por los arrabales de Tetuán; tomando una taza (un niño berebere dice que té, un viejo barbudo que café) en un perdido oasis del Sahara. Y así se suceden algunas declaraciones más, a cual más inconcreta sobre el paradero de nuestro autor.

En 2006, sin explicar los motivos ni el destino que lo desdibujó durante tantos meses, reaparece con dos nuevos manuscritos bajo el brazo: El afán desmedido y Una mancha en la almohada. El éxito de ambas obras, publicadas al mismo tiempo, provoca artículos elogiosos, tesis sobre el nuevo rumbo de su literatura, debates televisivos que indagan en su vida privada. Roberto Bolaño vuelve a conceder entrevistas y sugiere que su adiós temporal era un deseo de “encontrar la verdad bajo cada adoquín, sobre cada tapizado de sofá”. Estas y otras declaraciones no hacen sino acrecentar el misterio y las ganas de saber más de sus lectores.

En los diez años siguientes escribirá un monumental volumen de poesía, Los minutos amargos, que muchos emparentan con lo que 2666 significó para la narrativa, y que en este caso desnuda al Bolaño más sentimental y cruel a un tiempo, más amoroso y despiadado. Se recuerdan las elogiosas críticas que el libro recibió de Caballero Bonald, de García Montero o de Joan Margarit, y también cómo en Chile fue recibido primero con cierto estupor y después, con el poso de la lectura digerido, con ditirambos desmedidos. Se han repetido hasta la saciedad las imágenes de Isabel Allende llorando amargamente ante las cámaras cuando le preguntaron por Bolaño, y fue incapaz de emitir un solo comentario más allá de los sollozos.

También en esa misma etapa escribe el libro de relatos Imbéciles apócrifos y la miscelánea de textos Cuando lleguen las olas. Le piden conferencias y cátedras en universidades de medio mundo, pero él prefiere seguir en su Blanes de adopción, que ya no abandonará hasta el fin de sus días.

La novela Réquiem por Arturo Belano, de nuevo una obra de muy amplias ambiciones y paginación, se traduce a más de treinta idiomas y le convierte en un clásico viviente, amparado ya por las Academias de varios países (la española le ofrece un asiento con la letra H mayúscula, que él rechaza a través de un famoso escrito publicado en “El País” bajo el título de “La letra muda”).

En 2021 se le concede el premio Cervantes, a pesar de lo cual aún conserva su aura de escritor para minorías, siendo esto una falsedad por cuanto sus libros permanecen siempre entre los más vendidos en cualquier lista. Y sólo un año después se le otorga el Premio Nobel por “su inventiva, que traspasa las fronteras de lo humano y lo artístico, y por su capacidad de construir mundos alternativos donde lo real y lo imaginario forman un todo indivisible”. Todavía se recuerda la llamada que el Rey de España, Felipe VI, le hizo a los pocos minutos de saberse la noticia: “Roberto, la Corona es una fiel lectora de tu obra”.

En los últimos años de su vida todavía publicará diversos volúmenes, tanto de poesía como de narrativa (Qué es una de sus novelas más aplaudidas, al igual que el poemario Infinitas luces), pero se refugiará en un silencio personal que le apartará de la prensa y de cualquier aparición pública. Se dice que, póstumamente, habrá material publicable durante varios años, tanta es la cantidad de apuntes que albergan los cajones de su escritorio. También los blogs, ese invento sustantivo de principios de siglo y que hoy son el principal motor del debate literario, recogen su testamento y rejuvenecen, día a día, la bibliografía de Bolaño: las huellas y las sendas de la red son las que mantienen hoy vivos el recuerdo y la lectura de nuestro querido compañero chileno.

viernes, 17 de marzo de 2006

Revisitando a Bolaño

Estaba en casa de un amigo, en la parte alta de San Salvador. Pequeño jardín con vistas a la metrópoli cochambrosa, guardia bien armado que vigila el acceso a la calle, y la familia: tres hijos, un perro. La mujer me comenta que los niños andan peleados, y la causa me sobrecoge: ya ha llegado también aquí el último volumen de Harry Potter y hay carreras y codazos por leer el único ejemplar de la casa. Se lo van pasando y lo devoran, uno ya ha llegado a la mitad en dos días (unas 300 páginas, calculo) y controlan el tiempo que cada quien tiene para evitar que otro lo sobrepase. Muy pronto el perro también va a pedir su cuota, seguro.

Pues estos días ha tocado nuevo viaje y mucha ocupación sin horarios. Hasta ayer la capital estaba en ascuas por un resultado electoral, y a las ocho de la tarde volaban hierros, gases lacrimógenos y alguna que otra bala. Yo me lo miraba impasible por la televisión, en riguroso directo, apartado ya del tumulto y acostado en medio de un surreal bosque de pinos. O sea, el bosque era muy cierto y las piñas también, pero esos saltos mortales (del peligro próximo a la letargia soñolienta) acaban repercutiendo en mi cuerpo y debe ser por eso que las bacterias encuentran accesos francos, hallándome sin apenas defensa que oponer.

Pero he tenido tiempo de pensar algo sobre libros digeridos, sobre ese último Bolaño que ya dejé por aquí apuntado y que sigue rondando mi cerebro. Tengo que admitir que casi nunca dejo un libro a medias, y como acostumbro a creer fuertemente en mis elecciones, no doy tregua hasta confirmar que aquello que leo se acerca a mis primeras hipótesis de fe. Pasa a menudo que uno está leyendo algo que no acaba de interesarle, o de no poder vislumbrar hacia dónde nos lleva esa historia, pero siempre mantengo la esperanza de una remontada, de algún saque de esquina en la página 257 que acabe entrando en el fondo de la red. Después siempre ocurre que lo que comienza mal suele acabar peor, pero yo sigo ahí, inasequible al desaliento. Ahora tengo por fin un motivo para sentir cierto orgullo de mi terquedad: esta literatura nazi de la que hablo me pilló muy desprevenido, y aunque ya tenía referencias de por dónde iba el libro (no las de contraportada, que nunca leo antes de las 100 primera páginas, otro de mis absurdos ritos literarios) me vi atrapado en una telaraña de historias desbocadas, sin sentido y completamente alucinantes. Cada biografía me descolocaba más que la anterior, siendo como son mentiras muy ciertas sobre los límites de la literatura, sobre los locos que pululan por estos mundos, sobre gente que escribe y escribe y no deja huella, que pasa creyéndose Borges o Rabelais y que sólo emite destellos imprecisos, obras desalmadas.

¡Y qué cambio se produce cuando esa reiteración, después de las 8 o 10 primeras puntadas, se convierte en 20 o 30 estocadas más! Lo que inicialmente era un borroso panorama de personajes prescindibles, va tomando cuerpo y se alza ágil por encima de la mera anécdota. El salto es gradual pero ya con cierta perspectiva se torna también mortal, como mis últimos viajes: a medio libro yo necesitaba que se ampliara esa amalgama de gente vil, que no parara la lista de infames que publican supuestas novelas de tesis, vanguardistas, rompedoras, únicas, tan reales como el montón de mamotretos que pueblan las mesas de novedades de El Corte Inglés. Menuda visión la de Bolaño: esas falsas biografías son trasuntos de verdades absolutas, de hombres y mujeres americanos (y europeos y marcianos) que están aquí, entre nosotros y con otros nombres, que también nacen en 1945 y mueren en 2016, pongamos; en Cartagena de Indias o en Dakota del Sur; y uno va conociendo la suerte de esas docenas de individuos y mira luego por la ventana y los ve a todos. Bolaño dejó impresos allí, para la posteridad, todos los retazos de vida posibles que acaban montando el puzzle de los fantasmas literarios que somos y serán. Yo no podía dejar esas páginas y de releer esas bio-bibliografías locas, juiciosas.

Ya tengo el ejemplo exacto para confirmar que mi idea no era tan equivocada: jamás hay que dejar un libro a medias, no vaya a ser que, como en este caso, después de varias hojas las tapas comiencen a aletear y el ejemplar de Seix Barral alce el vuelo como un pájaro. Ahora también me parece que Vila-Matas está intentando escribir desde hace mucho años precisamente esta obra, esta rara avis que tiene pocas comparaciones y menos libros de igual fuste. ¿Saben cuál es uno de los mayores elogios para el invento? Cuando uno, al leerlo, quiere inventar también y escribe sobre otros fabuladores imposibles, quiere emular y copiar al maestro. Cuando la lectura nos lleva a la escritura íntima y nos vemos impelidos a anotar cuatro párrafos en un cuaderno: ¡Qué pocas obras nos obligan a coger el lápiz y a pasarlo por encima de la hoja de papel! Bolaño es capaz de eso y, como augura mi otro acto de fe, de mucho más.

miércoles, 8 de marzo de 2006

El viaje tortuoso

La larga desconexión de la senda tiene nombres comunes: viaje trasatlántico con parada no prevista (¿no se han encontrado nunca, al llegar a un aeropuerto de tránsito, con que les digan que su siguiente vuelo está cancelado? Pues eso: contratiempo desesperante y noche extra de hotel con gastos pagados) e infección bacteriológica (llegar y vencer: ni dos días pasaron hasta que las bacterias tomaron el control de mi aparato digestivo y me mandaron a la cama con casi 40º de fiebre, apenas salgo ahora de mi debilidad corporal). Es otra forma de llegar a destino: darse cuenta de que hay azares que todavía nos pueden obligar a dormir en un país extraño o a hacerlo en nuestra propia cama con una temperatura dislocada, en ambos casos siendo huéspedes extraños de nuestro cuerpo, y todo con el escaso margen de tres días. Tanta vivencia debe ser excelente para crear literatura, cada vez tengo menos excusas para ponerme algún día a ello.

Antes, seguían ocurriendo cosas en el mundo, en mi país. Una vez más se vendía una nueva entrega de las aventuras de Harry Potter y nos obligó a los que nos dedicamos a pensar sobre estas cuestiones a otra reflexión (la quinta o sexta) sobre las ventas de los libros, la lectura, el alejamiento de los jóvenes hacia ella y tantos otros temas que nos entretienen unas horas. Los profetas del fin de los tiempos tomarán este éxito como una excepción dentro del páramo cultural, pero yo he ido agrandando mi sonrisa a medida que se iban publicando tomos: reconozco mi escepticismo inicial (extensible a todo éxito espectacular devorado por mayorías) pero la realidad acaba haciendo mella incluso en mi relativismo proverbial. Cada vez aplaudo con más entusiasmo las colas de niños, las lecturas en vivo del libro, los disfraces carnavalescos de magos y todo el marketing que se monta alrededor, sabiendo como sé (niños y no tan niños hay a mi alrededor que también están en esas colas) que al final el triunfo será el de la literatura y el de la imaginación, y por ende, el del placer lector de miles de criaturas. ¡Y qué más se puede pedir que hacer feliz a un niño!

Hace unos días leía (quizá dentro de ese avión interruptus, quién sabe a estas alturas de la fiebre) una entrevista a Alberto Manguel y expresaba su satisfacción no sólo porque se lea, sino porque precisamente se lea eso. Es decir, que lo de Harry no es un mal libro y que el fenómeno tiene una base sólida por ese camino. ¿Serán más listos los infantes de hoy, accionistas de Telefónica del mañana, que sus propios padres, que harían las mismas colas por comprarse un Dan Brown o un Paulo Coelho? Si así fuera, hay que ser optimistas: esta generación no acepta mercancía fraudulenta y exige que no le tomen el pelo.

También salía yo de Occidente y uno de sus grandes referentes penetraba en las salas de proyección, saltando de la página a la pantalla: Melissa P. ya ha sido encarnada por la nínfula Valverde y, con ella, el sexo (el referente al que me refiero, obviamente) regresa a la obsesión masculina que arrastramos desde Lolita, por lo menos. La adolescente pura que entra en lo prohibido por la autopista, sin rodeos, ya es un tema algo trasnochado. Esta Melissa no aporta nada nuevo, pero lo viejo que lleva tampoco sabe a fresa ni a chocolate: ese dejarse llevar para acabar en escenas coreográficas de grupo (es la excelente definición que, sin darse cuenta, anotó la Valverde sobre su personaje) produce una somnolencia algo triste, como ver guerras en los telediarios y dormirse con el ruido de las balas. Hay una contradicción flagrante entre la propuesta y el resultado: Melissa no sabe decir no y para ello asistimos impasibles al cúmulo de gimnasia gratuita que no da placer ni al espectador ni al lector, y menos a la protagonista. Hace unos años leí la versión original La vie sexuelle de Catherine M., otro giro más reflexivo pero igualmente terco en enumeración de posturas, de detalles. Cuando el todo es insignificante, el detalle pasa a ser una reiteración abusiva, un recordatorio al lector de que las historias requieren tejidos más resistentes.

Al fin, esta desconexión puede deberse también a nuevas dificultades para actualizar esta senda, que también requiere de estímulos fuertes para abrirse paso. El tiempo, los viajes, todo influye, pero aun con menos regularidad, que nadie dude de que seguiremos caminando, mientras sea necesario escribir y contar.

jueves, 23 de febrero de 2006

Adéu, Barcelona

Hay que ir despidiéndose de estos adoquines y de esta prisa, de toda esta gente que espera en un semáforo peatonal frente a frente y que, al ponerse verde, avanza y se cruza sin rozarse, esquivando con precisión milimétrica a sus contrincantes. Es casi un prodigio: tanta gente y tanto desorden organizado, nadie deambula. En cambio, las calles de Managua que me esperan la próxima semana están vacías de paseantes (quién se atrevería) o, cuando los hay, esperan buses o piden unos córdobas. Pero necesito de nuevo esa improvisación que aquí se escabulle y desaparece ante la avalancha de vidas cronometradas: recuperar el efecto sorpresa, la posibilidad de no saber qué o quién espera a la vuelta de la esquina. Aquí ya se sabe: el mismo quiosco, el mismo viajero que cada día se sienta en el mismo asiento del mismo tranvía, el mismo repartidor de “20 minutos”, la misma pareja de vendedoras que, a las 9 en punto (ni un minuto más ni uno menos) levantan la persiana de la cerería. Hay mañanas en que la sensación es ligeramente onírica: se repite con precisión el sueño de hace 24 horas, y esos seres que lo pueblan no pueden ser personas reales: nadie aguantaría repetir los mismos gestos y ademanes durante 40 años, pero resulta que sí. Es otro pequeño prodigio: basta con hacer el mismo recorrido diario en idénticos minuto y lugar para repetir la secuencia, como un viejo aparato de cine que se encalla y siempre proyecta los mismos fotogramas, una vez tras otra.

Pues eso, que hay que despedirse de nuevo de todo esto hasta la próxima. Mientras, aún veo alguna cosa por televisión, como la entrevista a Pérez Reverte el martes, sólo una retransmisión de uno de sus artículos: poca literatura y mucha opinión, con su verbo desbocado y su dicción supersónica. Y ya sólo queda decidir los libros que hay que meter en la maleta, la parte fundamental del equipaje. Se podría vivir sin ropa, pero ¿sin libros? Ya contaré la próxima semana mi paseo por la nueva terminal faraónica de Madrid, y confío ciegamente en que mi biblioteca no se pierda por esas longitudes quilométricas. Ya en destino, y con el espíritu de nuevo acomodado, seguiremos paseando por la senda.

martes, 21 de febrero de 2006

Una excepción: Manderlay

Voy a hacer una pequeña excepción, y quizás no sea la última, para recostarme un rato en el bancal que veo allí, al margen de la senda. Quiero hablar otra vez de cine pero sin el hilo que hasta ahora unía cualquier comentario mío a la literatura y a los libros, porque ahora se trata de escribir sobre una película no basada en ninguna novela previa. Aunque quizá, ahora que lo pienso, no me aparte tanto del camino porque lo que realmente quiero es poner un contrapunto al anterior post, y quizá encarar dos películas muy distintas para explicar mi discutible inclinación por un tipo de cine.

Tanto el guión como la dirección de esta nueva película pertenecen al mismo hombre, Lars von Trier, cuyo nombre acostumbra a crear divisiones algo radicales en los espectadores: no debe ser fácil estar a medias con él, o se le denigra o se le detesta. Cierto que el suyo no es un cine complaciente y que requiere un esfuerzo, pero la recompensa que yo he obtenido casi siempre es enorme. Salí de ver Manderlay con una sensación próxima al entusiasmo, aun reconociendo alguno de los trucos que el danés utiliza con frecuencia y que se le pueden achacar como debilidades. Pero este es el cine que yo normalmente quiero ver: el que me explica una historia de personajes, de hombres y mujeres que actúan y toman decisiones y evolucionan; una historia que se ramifica y alude a temas inmortales, que me muestra a mí mismo en la pantalla (esté ambientada la película en París, Bagdad o Adelaida), y que no me engaña. Digo esto porque esa debilidad a la que me refería puede hacer que algunos se sientan engañados con el cine de Lars von Trier, y es que el director juega constantemente con la ambigüedad. Yo la reconozco y la asumo, pero puede que otros no. Sé que no hay un mensaje unívoco en Manderlay, y eso para mí es un acierto: no acostumbro a frecuentar películas de tesis o rayanas en el dogmatismo. Y sé que dejar al criterio del espectador el mensaje posible puede ser una muestra de incapacidad o de una estructuración argumental más bien leve. No es el caso, para mí.

Manderlay arranca con precisión en el punto en que se cerraba Dogville, con un viaje de por medio. La protagonista, Grace (espléndida Nicole Kidman, espléndida Bryce Dallas Howard ahora), se sitúa de nuevo en un montaje teatral casi sin decorados para hablarnos de la libertad a propósito del pasado esclavista de América. He leído a algunos críticos que decían que el factor sorpresa ya no es el mismo por esa reiteración de montaje, y que se sintieron decepcionados por ello: como si a un autor hubiera que pedirle cada vez que se reinventara a sí mismo. Creo que estos críticos no le piden a Tàpies que no pinte como Tàpies, pero en cambio lo hacen con el cine aplicando ese síntoma tan moderno de la originalidad. ¿Había alguna necesidad intrínseca para que el danés cambiase ahora su puesta en escena, estando como estamos en una trilogía? De hecho, la puesta en escena sigue siendo un enorme acierto que funciona como un reloj suizo: se pule lo accesorio, se atiende lo significativo y todo alcanza el brillo de lo real. Ya escribí hace tiempo y en otro lugar que las flores de Dogville eran las más bellas que había visto en años: digo las líneas del suelo que anunciaban flores. En Manderlay se huele a paja, a estiércol, a viento sureño: ni que decir tiene que no aparece ni una brizna de hierba en toda la película, ni falta que hace. ¿Cuántas miles de horas de filmación de otros directores aguantarían este despojo, esta ausencia de elementos superfluos cuando viven precisamente de eso, del barroquismo que esconde la nadería que hay debajo?

Lars von Trier, además de poner de los nervios a algunos espectadores, tiene el don de enojar a todos los que se sitúan en los extremos: esta película de negros, como ya dijo el director, será tan detestada por los Panteras Negras como por el Ku Kluk Klan. Aquí no se toma partido, pero no por ello se evaden los momentos más crudos: también los hay en esta película, y no es cuestión de desvelarlos ahora. Y debo añadir que en esta historia también hay mucho de cuento. De cuento a la antigua, entendido como una historia ejemplarizante con personajes bastante estereotipados, en el que el azar no es el factor que hace avanzar la historia sino que cada escena responde a un premeditado engranaje, donde cada palabra y cada acción son signos de una historia mayor. Me parece que es la mirada más acorde para entender algo de lo que sucede en la pantalla: creo que antes no miré así Dogville, que ahora también se me aparece como un cuento de líneas muy clásicas, con su horror y sus personajes que provocan respuestas siempre emocionales.

Hay que ir a ver Manderlay para dejarse seducir de nuevo por las historias, lejos de los efectismos y las tecnologías punta. También son eso los cuentos: historias susurradas en la oreja, a la orilla de la chimenea.
________________________________________

Juan Cueto, este domingo en EPS, etiquetó definitivamente a los que fagocitan los comentarios de ciertos blogs y viven casi en su interior, opinando con mala saña e insultando a todo el que no piensa como ellos: ciberfachas.

viernes, 17 de febrero de 2006

El jardinero mustio

Hace años que tengo clara la disyuntiva que afecta al orden de lectura y visionado de un libro y una película. Por mucho que sea cierto que ver un film de una historia ya leída acostumbra a llevarnos a la decepción (el complejo engranaje de una trama y unos personajes queda diluido ante una hora y media de resumen gráfico), nunca recomendaré a nadie que vea primero la película. Suele pasar que acatando este orden podamos hacer una valoración bastante favorable de ambos, pero a costa de cargarnos el instrumento esencial que las convoca a nuestra vera: la imaginación. Nunca olvidaré mi lectura tardía de El nombre de la rosa, que sin duda me pareció excelente, pero con el añadido de ver a Sean Connery en cada página y ser incapaz de moldear el laberinto ya visitado con el laberinto que me contaba el autor: ¡el traidor pasaba a ser Eco, que no había descrito una biblioteca como la que yo había recorrido, vela en mano, en un monasterio real y palpable!

Ahora me he enfrentado a la versión cinematográfica de El jardinero fiel, habiendo leído ya el libro de John Le Carré cuando se publicó. Iba prevenido, porque uno no es neófito en el asunto y no esperaba para nada ver mi propia versión de lector imaginativo sino la de Meirelles, así que tampoco se me puede achacar una decepción anunciada. Pero las percepciones son las que son, y en este caso la película me pareció peligrosamente banal en comparación con el mecanismo de relojería que Le Carré ejecutaba en la novela. Lo peor que le puede pasar a una historia de espías es que se le entienda todo, y lo que en las páginas impresas era mera sospecha, vericuetos intangibles y complicados enigmas, en la pantalla no pasa de ser una historia amorosa con trasfondo comprometido. Al árbol se le han podado todas las ramas y nos ha quedado un hermoso ejemplar de jardín francés, muy exquisito pero al que se le ven todas las estrías.

Los primeros diez minutos de metraje son para echar a correr: por principio ya acostumbro a ser poco crédulo, pero a veces pienso que a uno lo obligan a comportarse así. El encuentro entre Justin y Tessa se resume en una vulgar muestra del flechazo amoroso convertido en una dosis concentrada de lugares comunes: alumna rebelde + profesor inteligente y atractivo = paseo, mirada a los ojos y cama. Diez minutos. O sea, la historia que nos pasa a todos cada día, al salir a la calle para ir a la oficina. Montarnos la escena a partir de la novela permitía ese plus de difuminación que hace que las cosas tengan mil matices, pero en el cine del siglo XXI lo que cuenta es un buen polvo. Tessa, después de que a ella le hagan decir en el auditorio las mismas frases literales que en la novela (aunque tampoco lo pienso comprobar, pero ofrece una imagen de lección bien aprendida cuando la ocasión ameritaba improvisación, menos Stanislavski y más Corbacho, para entendernos) recorre un largo trecho en una zancada y a partir de ahí hay que hacer verdaderos esfuerzos para creer en su rol.

El argumento político de la novela plantea una cuestión de gran calado: el beneficio empresarial de la industria farmacéutica ante la realidad africana, una contradicción sangrante entre el negocio que supone que haya muchos enfermos y muchas epidemias y el lucro que se obtiene perpetuando la dependencia hacia las medicinas. Los implicados en la amoralidad, además de los dueños y científicos, también son los diplomáticos británicos y, por ende, el gobierno de ese país. Justin, como pieza que se mueve entre el amor por una transgresora solidaria y su puesto en la embajada, siginifica el hilo que entreteje todos los intereses y el que pone de manifiesto las dobles y triples jugadas de los personajes.

Pero la película, como decía antes, nos enseña esta red con demasiada claridad, todo aparece muy diáfano y la línea que separa lo bueno de lo malo está trazada con Rotring y escuadra. Hay poco margen para la duda y uno piensa, saliendo de la sala, que no todo está perdido: una vez más, sólo hay que ir a por los malos para que ganen los buenos. Tessa renace en varias escenas como un fantasma que tiene el don de poner nerviosos a todos: es la perfecta heroína que sola (su supuesto amante no pasa de ser una sombra) reduce al imperio británico para que acepte sus pecados y los expíe. Mucha Tessa para un jardinero tan mustio.

No sería justo si no valorase un cierto afán de modernidad en muchas de las escenas corales, en los ambientes africanos que están bien retratados. Es una mirada muy externa, contemplando el transcurrir de los nativos con un ojo exótico, pero es lo que hay, y aporta sustancia a lo que en conjunto es levedad. Las palabras de quien va a evacuar en avión a la gente que huye de un ataque armado reflejan la sucia realidad: "aquí sólo entran cooperantes", pues no se puede tocar ni cambiar el entorno de trabajo. La niña que se había colado sale del aparato, ante la mirada peprpleja de Justin, y corre, corre por la arena mientras las hélices levantan más polvo, y en esa niña, en sus ojos abiertos y en su sonrisa inerte vemos por un instante la película que pudo haber sido y no fue.

lunes, 13 de febrero de 2006

Nancites 7

1. Dos noticias del mundo de la edición me han devuelto estos días a mi infancia y adolescencia. La primera de ellas, que ya apunté hace un tiempo en el blog, es la recuperación de Editorial Bruguera bajo la dirección de Ana María Moix, y ese curioso premio literario que tiene un jurado conformado por una sola persona (Eduardo Mendoza este año). Mis primeras páginas corresponden a este sello, pero desde mucho antes de que yo llegara a la literatura: Bruguera es en cierto modo la responsable de crear en mí una pasión fervorosa por la letra escrita, y me inicié como tantos: con los tebeos, con el Mortadelo (semanal, súper o extra) que mi padre me compraba en los quioscos de Barcelona y que yo coleccionaba y después repasaba, quizá apuntando también mi afán posterior por la relectura. Y es que los cómics, con sus globos de diálogo llenos de expresiones sorprendentes, nos empujaron a muchos a seguir probando y acabamos en las garras del gato que servía de logo de todos los productos Brugera. Y de ahí a los blogs, veinticinco añitos de nada.

2. La segunda noticia, en clave catalana, es la reaparición de la colección "La cua de palla", que también nos traslada a un buen grupo de lectores hacia nuestro pasado. Yo gocé del último renacimiento que tuvo el invento, a finales de los años ochenta, y aprendí técnicas narrativas que sólo pueden hallarse en la mejor novela de género. "La cua de palla" publicó clásicos negros de Chandler, Simenon, Macdonald, Cain... Y triunfó, entre otros asuntos, por el diseño: portadas reconocibles a larga distancia, en amarillo y negro, con formato de bolsillo, manejable y económico. Vuelve ahora a las librerías con la prudencia que dan la experiencia y las dentelladas de la edición: un par de títulos para este año (el número 1 es El halcón maltés de Hammet) y cuatro previstos para 2007. La colección se inició en los 60 bajo la dirección de Manuel de Pedrolo, una de cuyas obras, Joc brut, tuvo ventas espectaculares, igual que Parany per a una noia, de Sébastien Japrisot, que incluso se recomendaba en algunos institutos de secundaria. ¿Llegarán los jóvenes de hoy a los libros también a través de estas batallas perdidas, o ya no hay esperanza posible?

3. Recomendación: Arcadia publica (otra vez en catalán, pero me imagino una traducción inmediata al español) Una aventura anomenada Europa, de Zygmunt Bauman, casi una coda del tan bien recibido libro de Steiner un año atrás. Más reflexión sobre este continente que ahora debe pedir perdón para conservar libertades y alejar miedos: un precio mucho más alto de lo que parece a primera vista.

4. ¿Quién era ese hombre con zapatos de terciopelo y pantalones y abrigo grises, sentado en el metro frente a mí, con su melena morena recién lavada y un ejemplar de Cuando fui mortal en las manos? Y acto seguido pensé, avanzándome a la posibilidad que hoy he vislumbrado y que algún día me ocurrirá: ¿es posible experimentar ante un lector con libro la misma incomodidad que se siente frente a un anónimo pasajero que lleva el mismo jersey que tú?

viernes, 10 de febrero de 2006

Anochecer con Alan Hollinghurst

Subir hasta la parte Norte de la Diagonal desde el centro tiene el atractivo de conocer al menos dos Barcelonas distintas o dos tipologías de urbanitas, que al fin y al cabo son quienes conforman las ciudades y las moldean con sus cuerpos, sus voces, sus miradas. Hacer una parte de esa ruta en bus supone un cruce violento de escenario, con el propio trayecto como interregno invisible. La Barcelona gótica y arrabalera ya es un barrio promiscuo, de grandes contrastes poco mezclados, y se nota que los paquistaníes van a los suyo, los niños filipinos se relacionan sólo entre sí, los ecuatorianos ponen siempre cara de perdidos. Es difícil ver catalanes entre esos callejones, quizá algún joven alternativo (que por muy alternativo que sea tampoco se mezcla en el mejunje) y viejos apartados de esta sociedad, solos y desamparados, que bajan con sus zapatillas a la calle para comprar en los supermercados regentados por orientales.

Entonces, cuando uno se baja del bus veinte manzanas al Norte, las carnicerías de corderos degollados con la mirada hacia la Meca se transforman en tabernas de diseño para catar vinos, y los locutorios de internet en exquisitas tiendas de Adolfo Domínguez. Las chilabas han dejado paso a los Armani, a los Toni Miró llevados por perchas bien perfumadas. Incluso cuando llego al British Council, destino del día, en su puerta se despiden los alumnos de inglés que son los hijos de los anteriores, altivos y fatuos. Pero así son las cosas: Anagrama presenta los libros anglosajones ahí (los francófonos en el Instituto Francés, la próxima semana viene Amélie Nothomb), en tierra tan extrañamente ajena.

Las facilidades del lugar se agradecen, eso sí: sala de dimensiones humanas, con el autor a poco pasos, traducción simultánea, sonido perfecto. Más de media entrada en la que destacaba el público de habla inglesa, alguno bastante puesto en la trayectoria del autor. Y con sólo 10 minutos de retraso llegó Alan Hollinghurst, para mi sorpresa sin la compañía de Herralde. Poco efusivo, observador y de maneras suaves, escuchó por el audífono la presentación de Justo Barranco, habitual de las páginas de “La Vanguardia”: una presentación sobria pero nada atractiva, más bien escueta.

Hollinghurst venía a presentar la traducción de La línea de la belleza, novela recién aparecida en las librerías de este autor que se dio a conocer a partir de la Generación Granta de 1993, la posterior al grupo de McEwan y compañía, que compartió con Tibor Fischer, Kazuo Ishiguro, Lawrence Norfolk o Philip Kerr. Aunque precisamente esta obra se sitúa en esa década anterior, la del esplendor thatcherista de una Inglaterra rendida a los pies del Dios dinero y en un momento de boom patriótico por el efecto Malvinas. Sólo un elemento empaña la existencia de algunos seres, todavía entonces restringido a ciertas pausa de comportamiento sexual: el Sida. En este ambiente se mueve Nick, el protagonista de esta historia de relaciones con trasfondo político.

La charla (que no conferencia: el acto fue un siempre más ágil toma y daca de preguntas y respuestas) derivó en la primera mitad hacia un discurrir sobre los años ochenta y los efectos de las políticas neoliberales de entonces en el actual presidente laborista, hasta el punto que el propio autor tuvo que verse en la tesitura de decir que él no era politólogo y solamente un simple escritor. La otra mitad tuvo bastante más enjundia, a pesar de la inevitabilidad del recurso: ya es un momento esperado el que, durante una presentación de un libro de marcado tema gay, se le pregunte al autor por este subgénero literario. Hollinghurst no escurrió el bulto, pero derivó en una sentencia implacable: él hace literatura de personajes homosexuales pero no para lectores homosexuales, y contó que su novela The spell, quizá la más cerrada en este asunto, fue la menos vendida, como si hubiera asustado su temática y sus personajes muy declarados.

Citó a Henry James como evidente referencia para escribir el libro (curiosamente, otras dos novelas finalistas del Booker, además de la suya que fue la ganadora en 2004, también mencionaban la influencia de James), y alguien mencionó la película Match Point como otra posible clave de lectura expost, aunque el autor ni siquiera ha visto este último Allen. El público, reservado como los buenos ingleses, no dio más juego y la velada terminó con el aplauso de rigor, para dar paso a lo que interesa: la lectura solitaria y silenciosa. Afuera las calles empezaban a quedar desiertas, y los pájaros del Turó Park ya habían callado desde hacía un buen rato, emigrantes todos ellos que también hicieron escala en esta Barcelona lumpen de la parte alta de la Diagonal.

lunes, 6 de febrero de 2006

Por una caricatura

No quise adjuntar a este blog la imagen más burda de todas: la del musulmán con turbante y mecha encendida, más que nada porque me pareció falaz, tópica y de mal gusto. Pero eso no excluye mi defensa de la libertad para que una revista o diario europeo puedan (si así lo desean) publicarla. Pero sí me pareció acertado el dibujo de ese extraordinario portadista de "Le Monde" que tantas veces ha dado antes en el clavo de la sensatez. Plantu resumió en una sola imagen el eterno conflicto entre los límites de la censura y la capacidad de herir sensibilidades, entre la libertad de expresión y el veto a ciertos temas o personajes. Entonces sí me pareció acertado subir esa imagen al blog y solidarizarme así con los Rushdies, Lmrabets o Van Goghs que de vez en cuando se convierten en chivos expiatorios de causas difusas.

Porque seamos claros: lo que aquí está en juego es mucho más que la simple publicación de una viñeta en un periódico. La reacción desproporcionada, airada y violenta de estos últimos días es una perfecta estrategia de unos pocos con mucha capacidad de persuasión. También en otros lares hay gente que, de manera totalmente pacífica, firma preguntas idiotas sobre derechos, deberes y resquebrajamientos territoriales: la misma persuasión aunque sea con mejores modales. La falsa idea de que el islam es sólo eso (turbas incendiando embajadas) es la misma que hace que un pésimo humorista dibuje a musulmanes con cara de terrorista. Y encrespar ánimos está al alcance de unos cuantos elegidos, que aprovechan cualquier ocasión para invocar supuestos agravios que deben ser respondidos de manera contundente. A Salman Rushdie le sucedió lo mismo: tuvo a su particular Jomeini, necesario para prender el fuego, y el perro del estereotipo quedó suelto. Todos los musulmanes pasaron a ser potenciales asesinos del escritor, convirtiendo a las masas pacíficas (que se levantan cada día, comen, duermen, llevan a los niños a la escuela: muy intransigentes todas, como puede verse) en turbantes con bomba. El dibujante aprovechó su mínimo intelecto para reflejarlo en un papel y conseguir ser un nuevo Rushdie, pero sin arte y sin ninguna gracia.

Hay dos elementos que conviene poner sobre la pantalla para entender mejor la situación: el primero es el papel de las potencias militares occidentales en el mundo islámico. Las reacciones coyunturales que aparecen de vez en cuando no podrían surgir con la misma intensidad de no ser por el esperpento, nada teatral por cierto, que se vive diariamente en Irak. Hay individuos que ahora se ponen la mano derecha en la cabeza, estremeciéndose ante las manifestaciones diarias, mientras con la mano izquierda aprietan el lanzador de mísiles del jet a propulsión. Y otros que pisan banderas danesas y aplauden a suicidas que se llevan por delante autobuses repletos de gente, invocando en los dos casos al mismo Dios. La mecha es muy larga, ciertamente, y habría que investigar quién la encendió primero. Otro elemento fundamental es la concepción radicalmente opuesta entre los actuales Oriente y Occidente. Mientras que el primero ha divinizado el dogma, el segundo lo ha hecho con la ley: y esta es una realidad inamovible, al menos en el siglo XXI. Y entender esta diferencia es clave para entendernos mutuamente: es imposible cambiar este estado de cosas, y por lo tanto hay que convivir con la contradicción. Desde mi óptica de ciudadano español no puedo defender un sistema basado en leyes divinas, con marcada discriminación en muchos ámbitos (la sexual sería la primera de ellas) y con un sistema nada democrático. Incluso defenderé mi opción racionalmente con empeño, de manera que las libertades de las que disfrutamos en mi país no sean puestas en duda o puedan sufrir el más mínimo rasguño. Y si alguna vez viajo a Irán, pongamos, me adaptaré a las normas que hayan decidido imponer allí, y si no me agradan, me quedaré en mi casa. Lucharé por mi espacio cultural, quizá desearé que los demás puedan acceder a algo similar, pero dejaré que cada uno se gobierne a su antojo: ni tiraré bombas en casa del vecino ni prohibiré aquello que aquí está completamente admitido. Y siempre preferiré cometer un error que rebajar el nivel de libertades para no repetir ese mismo error.

Mucho se habla ahora de encuentro de culturas o, desde el otro lado del precipicio, de enfrentamiento entre civilizaciones. Qué manía la de pensar en maximalismos siempre: o conmigo o contra mí. ¿Alguien ha pensado que quizá es mejor dejar que cada uno construya su camino, y que los puentes de concordia se tienden cuando nadie quiere imponer nada a su vecino, siquiera su visión de la realidad inmediata? ¿Con qué legitimidad se puede pedir que nos dejen publicar anatomías completas del cuerpo de Mahoma mientras invocamos el derecho de invasión en territorios milenarios? El respeto al otro, a la persona que tenemos enfrente o al lado, es quizá un buen inicio para todo el embrollo, sin que nadie me obligue a cambiar mi pensamiento por ello. La frase volteriana, algo manida ya, sigue siendo digna de esculpirse en mármol: no estoy de acuerdo en absoluto en lo que usted dice, pero daría mi vida porque usted lo pueda seguir diciendo. Yo creo que no daría mi vida por casi nada, pero quiero seguir teniendo el derecho de decidir sobre ella y sobre mi propio futuro. Incluso creo, humildemente, que Alá debe estar bastante de acuerdo en esto.

viernes, 3 de febrero de 2006

La literatura subterránea

Una de mis aficiones subterráneas, además de leer cuando viajo en metro, es la de fijarme en los libros que leen los demás viajeros. No puedo evitarlo, y quizá rompo con ello alguna regla no escrita de indiscreción excesiva, pero como un imán mis ojos son atraídos por cualquier objeto con páginas. El juego comienza con los dos o tres segundos iniciales de observación: tiempo suficiente para echar un rápido vistazo a la portada (a veces ni eso, al lomo solamente, pues la perspectiva desde la que se atisba un reflejo o un brillo obliga a un esfuerzo de cuello, a un requiebro de los hombros entre los apretujones) e intentar adivinar, con rápidas asociaciones del siguiente tipo, la lectura:

- Si este libro tiene el lomo negro, y además tiene un grosor muy pequeño, y si las letras blancas del lomo, ilegibles desde mi distancia, ocupan toda su longitud, y si quien lo está leyendo es una muchacha de mediana edad pero joven todavía, que a pesar de los traqueteos del vagón no levanta la mirada de la hoja (ergo le añade una clara pasión al hobby y busca una cierta calidad literaria que supere la inane comercialidad, pero sin llegar a bucear en los clásicos, y que por tanto debe comprar normalmente en las mesas de novedades de un Fnac, y se siente atraída por nombres ligados a un lejano exotismo), entonces, sin lugar a dudas, está leyendo Sueño profundo, de Banana Yoshimoto.

Cuando, tres o cuatro paradas más allá, la muchacha (bueno, tampoco es tan joven: mujer) se abre paso para salir del vagón, no tiene más remedio que acercar su libro al pecho y se manifiesta con contundente claridad la imagen de la portada, que me obliga a su vez a sonreír y a seguir con más afán si cabe con mi Bolaño. Tres segundos, no más. El porcentaje de aciertos suele ser sorpresivamente elevado, y quizá debería pensar en ir a uno de esos programas de televisión que muestran destrezas varias e individuos con aficiones rarísimas. A veces no puedo dar con el título exacto, pero me acerco lo suficiente como para concretar el estilo y el género (me sucede con los best-seller, cuya profusión me impide estar al día de todo cuanto se publica), y en cualquier caso hay unos parámetros mínimos que son los que me otorgan las victorias habituales:

  • Chico joven informal con mochila pero arreglado, normalmente sin gafas, poco peinado o despeinado a secas, soltero pero con relaciones ocasionales, un pendiente en una oreja: Grimpow, de Rafael Ábalos.
  • Mujer entre los treinta y los cuarenta, reloj en la muñeca, aspecto moderno y un punto seductor, lleva el “20 minutos” bajo el brazo y no siempre va con libro, levanta nerviosamente los ojos de la página y se fija en cualquiera que pasa por su lado o roza su pierna: Pasiones romanas, de Mª de la Pau Janer.
  • Chica que va por los veinticinco, camiseta Desigual y pantalón Bershka y bolso al hombro, se sienta correctamente (la espalda recta), nunca dice “perdón” cuando se levanta pero se abre paso con mucha discreción, pasa desapercibida como lectora aunque no como chica: Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • Hombre o mujer indistintamente de mediana edad, tiene trabajo bien remunerado por su aspecto, a veces lleva auriculares con bossa nova, nunca viaja sin “El País” (se compra de lunes a miércoles todos los discos de Mozart) y mira mal a los que hacen gestos ostentosos o gritan, jamás votará a un partido de derechas: un libro de Anagrama los días pares, uno de Tusquets los impares.

Hace años que ya no veo a gente vieja con novelitas del oeste, que todavía se pueden encontrar en los mercados de segunda mano. Yo he llegado a emocionarme sinceramente viendo en un autobús a un señor con la novela pegada a los ojos, descifrando con mucha dificultad cada galope, cada disparo. Por eso, pese a la críticas que tantas veces hacemos a los que leen lo que nosotros jamás compraremos, la elección de leer y no limitarse a mirar la oscuridad del túnel merece todo mi apoyo moral. Y no es porque tenga que ser obligado: es simplemente que esa elección libre ha sido tomada antes de salir de casa (el libro bien metido en el bolso o la mochila) para distraerse en el recorrido y superar el simple vagar, el acontecer mundano, el diario ir y venir. Lo importante, como pretendía Conrad, es que gracias a la palabra escrita podamos oír, sentir y, sobre todo, ver, “captando una fase transitoria de la vida del torrente inexorable del tiempo”.

¿Hombre joven que camina hacia la madurez, canas que se esparcen, incrédulo y exigente, viajero y coleccionista, callado y sentimental? Un libro de Marías, sin duda.

________________________________________

Entre Rushdie y esto, muy pocos años de diferencia y muy poco camino recorrido.

lunes, 30 de enero de 2006

En un lugar de Manhattan

Llovía a cántaros frente al Teatre Lliure, una noche desapacible de frío y humedad pese a la cual se congregó una buena cantidad de público en la sala. Este año todo viene con morbo, desde que se promocionan estúpidos boicots, se usan papeles salmantinos como proyectiles y se discute sobre el nombre de la niña: nación, nacionalidad, comunidad nacional. O sea, que no sé si toda esa gente dispuesta a salir en una noche de perros estaba atacada por un desbordado interés hacia el teatro o llegaban para demostrar apoyo a una causa concreta. Yo, tan iluso como siempre, había comprado mi entrada por la curiosidad de ver reflejada en una tarima la novela de Cervantes, acaso para comprobar si eso es posible o si el director lo había dejado todo en una reflexión sobre su hipotética puesta en escena.

Hace años que no acudía a ver una obra de Els Joglars, aunque la razón sea una simple incompatibilidad de fechas con sus estrenos. Sigo pensando que ejecutan un trabajo inteligente, con guiones más profundos de lo que la anécdota parece esconder, y eso a pesar de que el teatro histriónico o paródico me interesa más bien poco. Albert Boadella siempre ha jugado con ese doble reclamo: unas historias totalmente enlazadas con la realidad del momento (las ejecuciones del franquismo, la intromisión de lo católico en todos los ámbitos sociales, y en especial la cosmovisión del catalán medio a partir de grandes mitos de la farándula del siglo XX: Pujol, Pla y Dalí) y que retratan un conjunto de fobias más profundas que definen las líneas maestras de este rincón del mundo, tan pequeño él. Pero ahora le tenía ganas a esta obra por su conexión directa con lo literario y con ese monumento de la novelística universal.

La primera media hora es un trabajo coral de varios actores a partir de un ensayo del Quijote (¿metateatro?). La directora, una argentina muy posmoderna, pretende montar una obra vanguardista lo más alejada posible del texto original, como si escenificar un clásico a la manera clásica fuese lo más pedante a lo que se pudiera llegar. Para ello inventa un Quijote mujer que tiene una relación de lesbianismo con otro Sancho femenino, y desplaza a los personajes al tiempo actual en una Mancha de rascacielos: las torres gemelas como nuevos molinos contra los que lucharán los Mohammed Atta del futuro (ahora que acabo de escribir este nombre pienso en los rastreadores informáticos de la inteligencia secreta, que perseguirán este blog por mentar vocablos prohibidos). Este gran disparate escénico pone de manifiesto también la vacía profundidad de muchas apuestas artísticas del momento: la originalidad se vende bien, sobre todo porque se puede disimular entre todas las supercherías del mercado actual. Entonces, ¿para qué seguir las líneas de un texto de hace 400 años si lo podemos maquillar convenientemente para que parezca escrito ayer? Ante este estado de cosas, Boadella se rebela y lanza un divertido azote contra la posmodernidad más exacerbada.

Cruzada esa media hora de despropósitos intelectuales llega en motocicleta ese gran actor que es Ramón Fontseré, grande también como Sánchez Mazas en la película de Trueba. Que un solo actor consiga ser Jordi Pujol y Alonso Quijano en pocos años no es cosa despreciable: y este Quijote que se despliega en el escenario durante el resto de la obra es de una sentimentalidad a prueba de lanza. Aunque nace de un mundo de estricto realismo (no es más que un interno de un sanatorio que para integrarse en la sociedad realiza tareas de fontanería, bajo el seguimiento de sus psiquiatras y de las pastillas) su locura no deja de ser metafórica, y a la vez es un juego metaliterario, éste sí, nada afectado: es un lector del Quijote que ha aprendido de memoria todos los diálogos del libro y que deriva en un nuevo loco, no a causa de las novelas de caballerías, sino de la propia novela cervantina.

Y a su lado un Sancho también enorme: Pep Vila, que borda el personaje del esquizofrénico que, pese a todo, intenta poner los pies en el suelo. Ambos forman una pareja espléndida, contagiada de vivacidad y al mismo tiempo de una melancolía penetrante, que deja al espectador siempre con la duda de si ponerse a reír ante cada sarcasmo o apiadarse de estos locos románticos, utópicos y entrañables.

Las dos horas de función recogen algunos de los momentos más característicos del Quijote, en el mismo orden que el de los capítulos (desde las primeras salidas hasta la llegada a Barcelona) y en dos horas sin pausa. La cuestión de fondo es si existe la posibilidad de llevar con éxito esta novela total a un escenario: queda claro que la intención de Boadella no ha sido tanto explicar el Quijote como criticar su uso indiscriminado como arquetipo válido para todo (y por tanto, como amigo cercano que es, lo podemos desmontar a voluntad y construir Quijotes verdes, homosexuales, groseros, profundos, infantiles, estratosféricos, submarinos, mozambiqueños y lo que nos plazca: da para un roto y para un descosido), mientras nos vamos alejando más y más del texto hasta banalizarlo por completo. Es elocuente la escena en que la directora argentina lanza con desprecio un ejemplar de la novela diciendo que ella no necesita libros para montar obras, siquiera un Quijote para montar el Quijote. Pero cuando llega nuestro fontanero y comienza a hablar con la lengua del siglo XVII arranca la música: ante tanta verborrea previa, la literatura apenas necesita diez segundos para imponer su verdad, que es la misma de la que están hechas las grandes obras de todos los tiempos.