miércoles, 4 de noviembre de 2009

El escritor con blog

Cuando una persona absolutamente desconocida como novelista gana un premio de novela, no hay nada que decir. Aquí podría terminar el post, y a otra cosa. Qué voy a contar de alguien como Manuel Gutiérrez Aragón, de larga trayectoria cinematográfica pero que da sus primeros pasos en la ficción literaria. Acaso lo que en otras ocasiones he hecho con premios ideológicamente dispares: el silencio ante la periodista que se pasa a la novela, que es la única respuesta posible y cauta antes de que haya más datos.

Pero uno todavía confía en que el Premio Herralde sea, entre los grandes, el único con alguna credibilidad como para seguir haciendo referencia a él cada año. Es casi seguro que no voy a comprar el libro de este ganador (la pereza anticipada que da leer un texto insiprado en el 11-M es descomunal, pero en cambio sigo en busca de la gran novela sobre el 11-S: habrá que analizar freudianamente esta dicotomía), aunque como ya me ocurrió el año pasado con Thays, tengo mucho más interés por leer al finalista. Y la razón es estrictamente bloguera: una vez más, un autor de blog se lleva el segundo galardón, e imagino que con él arrastra a una gran parte de sus lectores de la red. Me temo que ese salto sea de lo más natural hoy en día: el escritor en ciernes prueba su talento en un formato ágil e interactivo (¡y gratuito!) y una vez fogueado, se lanza al formato mayor. Tanto da que ya haya publicado algo antes: necesita el respaldo de un premio grande para consolidar su proyección.

Juan Francisco Ferré, a quien me refiero, mantiene el blog La vuelta al mundo. Curiosamente, 48 horas después de hacerse público el veredicto todavía no ha actualizado la página para comentar la noticia de la que él mismo es protagonista. Es un blog joven, creado en 2008. Tengo ganas de saber si la solapa de Anagrama, como ocurrió con Thays, va a mencionar el oficio de bloguero entre las bondades del autor. ¿Considera el bloguero medio sus posts como una extensión de su vocación literaria? ¿Se enorgullece de ello?

Antiguamente, el blog era un cajón de escritorio con libretas usadas. Como mucho, eran textos que pasaban de manos entre dos o tres compañeros de clase, los más íntimos, o acababan en las páginas de revistas locales de escasa difusión. Es por eso que no hay libros editados con recopilaciones de un blog, excepto algún caso muy contado: nadie iba a leer tanta hojarasca de uso inmediato y virtual.

Los blogueros, pues, ya están en la cúspide. Alguien podría pensar que mi adjetivo es peyorativo, y sin duda es todo lo contrario: que el escritor y el bloguero coincidan en la misma persona es más una ventaja para el primero que para el segundo, si bien se mira: no sólo los lectores de Anagrama comprarán su libro, sino también los seguidores de su blog. Es la estricta razón por la cual leí la última novela de Thays, animado por su Moleskine. Y es una razón tan poderosa como cualquier otra.
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Desde otro blog, Algún día en alguna parte, leo la suculenta cita de Francisco Ayala:

El sentido de mi vida está en la literatura, esa es la verdad y creo que la literatura es la verdadera realidad. A la vejez última he descubierto que eso de literatura y realidad es una falsa contraposición, la realidad es la literatura. La realidad real, no es real, no existe.

Necesitaría 103 años para contrarrestar esta afirmación, y creo que no serían suficientes. Llevo 37 pensando que la realidad es la literatura, pero los argumentos se me escapan como anguilas. Tendría que apellidarme Ayala y ser sabio para defender mi tesis, pero son dos cosas a las que ya he renunciado de antemano.

3 comentarios:

René López Villamar dijo...

Lo mismo me pasó a mi. Ya estoy en trámites para conseguir uno de los primeros ejemplares de Providence que lleguen a México.

Siempre lo mismo dijo...

el tal rené es un lameculos husmeador de los enlaces de otros blogs para pillar enlaces.

¿Haces lo mismo?

JacoboDeza dijo...

Lo peor es que a Ferré ya lo han metido de lleno en la Generación Nocilla, y esos experimentos me llenan de inquietud y zozobra. El primero que se atreva con su lectura, que avise e informe.