viernes, 21 de diciembre de 2007

Un asco exquisito


Tenía por lo menos tres razones para leer este libro. La primera enlaza con mi interés evidente por conocer la literatura de autores latinoamericanos, a ser posible minoritarios y fuera de los circuitos más públicos. Quizá esto último no sea del todo cierto en el caso de Castellanos Moya, ya bastante familiar para los más atentos a lo que ocurre en ese continente, y quizá lo de latinoamericano también le venga pequeño: el autor nació en Honduras, se crió en El Salvador, pasó su juventud en México y acabó viviendo en los Estados Unidos. Ante tal movimiento perpetuo no puedo menos que esbozar una sonrisa y sentirme muy próximo a este apátrida desconsolado.

La segunda razón radica en el subtítulo de la novela: nada menos que "Thomas Bernhard en San Salvador", o sea, una correlación imposible que puede ser suficiente para atraer mi mirada a una portada así en La Central del Raval. Si hay una ciudad imposible en el mundo esa es San Salvador, que he recorrido en los últimos años de pies a cabeza, y si hay un autor maldito por excelencia ese es Bernhard, a quien escogería si alguien pusiera un revólver en mi sien y me obligaran a recitar los cinco novelistas más importantes del siglo XX.

Si todavía me faltara una razón más, esa la encontraría en la nota final del libro, un pequeño epílogo de Roberto Bolaño que loa las bondades de la novela. Tírense de cabeza a la piscina si una obra latinoamericana viene con el espaldarazo de Bolaño, conocedor como pocos de todo lo que se cocinaba en ese pedazo de tierra.

El asco es una novela de poco más de 100 páginas escrita en un único párrafo, un largo monólogo de un tal Edgardo Vega (nombre ficticio de un individuo real, aunque cueste creerlo) que se cita en un bar con un trasunto del autor. Edgardo es un salvadoreño exiliado por convicción que se ve obligado a regresar a su pútrida patria por el fallecimiento de su madre. Ese retorno, amparado por el hermano que todavía vive en el país, se convierte en una verdadera pesadilla para él: una pesadilla imaginada por la enfermiza mente del mismo Edgardo, que convierte todo cuanto ve y le rodea en ejemplos de la más absoluta bajeza moral. La realidad de El Salvador le supera y se convierte en el más acérrimo crítico de sus ciudadanos y sus costumbres.

El efecto de la narración, del ritmo del monólogo y de su sintaxis es demoledor. Lo que comienza como críticas divertidas y más o menos asumibles (la diatriba contra la marca de cerveza nacional, Pílsener, es regocijante) acaba siendo un catálogo de torpedos contra todo lo que se le pone por delante: la educación y las universidades salvadoreñas, los periódicos salvadoreños, la comida salvadoreña, los monumentos y la cultura salvadoreña, las noches de fiesta y juerga de los salvadoreños. No hay títere que quede con cabeza: según la solapa, Castellanos Moya tuvo que exiliarse del país una vez publicada la obra, y se entiende cuando nuestras sociedades siguen siendo incapaces de comprender la diferencia entre la ficción y la realidad.

Además del discurso próximo a Bernhard, es imposible no acordarse de otra gran novela anterior publicada en 1995 (la que nos ocupa es de 1997) por J.A. González Sainz, Un mundo exasperado, que fue premio Herralde. Las fórmulas superlativas recuerdan el discurso del protagonista de esa obra, incapaz de ver aspectos positivos en una sociedad que arrastra sus días con telenovelas, perros que no dejan dormir por las noches, jóvenes imbéciles que pasan sus fines de semana en discotecas y señoras gordas y maleducadas. La exageración, a medida que avanzan las páginas, mantiene el listón a una altura tan elevada que no hay lenguaje capaz de ir más allá de lo que dice la página 17:

"el lugar más insoportable que pueda existir" (pág. 17)
"una barbaridad de tales dimensiones" (pág. 36)
"no hay nada que me resulte más detestable" (pág. 44)
"lo más calamitoso de todo, lo que resulta una ignominia descomunal" (pág. 60)
“nunca había sentido una náusea de tal envergadura” (pág. 117)
“nunca había visto mujeres más lamentables” (pág. 119)

Y podría escoger otras docenas de ejemplos al azar que sitúan cada experiencia como la peor, la nunca superada en decrepitud. Ni falta hace decir que San Salvador no es esto, pero a los ojos del protagonista lo puede ser e incluso llegar a ser creíble su discurso. Tampoco está de más apuntar lo obvio, y es que un libro así puede ser escrito sobre cualquier ciudad del mundo: pero no basta con hacer un listado negro de las necedades que nos asolan, sino que al menos hay que escribir tan bien como Castellanos Moya.

La novela funciona, e incluso añadiría que merece la pena leerla: este lenguaje provocador y ajeno a las modas literarias también es un soplo muy fresco para los que buscamos con ahínco romper con el realismo mágico tan pretérito. Yo también soy, como todo defensor de Bernhard, un lector levemente enfermizo a quien este tipo de contundencia verbal le parece un hallazgo retórico. Eso sí: después regresen de nuevo a Bernhard y sigan gozando como siempre de lo sublime.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Habrá que buscarla y leerla.
Eso sí, más que regresar a Bernhard, lo difícil es salir de él: el hormigón está siempre demasiado helado para escapar.

JacoboDeza dijo...

Me olvidé decir que la obra, aun siendo escrita en 1997, la acaba de publicar Tusquets, así que en la mesa de novedades de librerías atentas la encontarás sin problemas.

Helado... ese adjetivo tan bernhardiano...

s|a dijo...

No son muchos, desgraciadamente, los que conocen la obra de J. Á. González Sainz, que para mí es una maravilla. Si por la "Senda" todavía no ha pasado, aunque lo dudo, su novela siguiente "Volver al mundo", hágala transitar cuanto antes, no se arrepentirá.

JacoboDeza dijo...

Volver al mundo es otra de mis ya endémicas promesas de lectura no cumplidas. Cuando apareció en las librerías tuve cierto temor, ya que era tan bueno el recuerdo de la anterior novela que me daba un cierto reparo regresar a ese microcosmos: su comentario me anima a no posponer demasiado la tarea pendiente.

Gracias y me daré alguna vuelta por su blog, aunque mi italiano renquea.

s|a dijo...

En el "Umbral" de momento no hay mucho, pues soy un recién llegado al mundo de los blogs... De todas formas, será siempre benvenido. Voy a dejar algunos post en español de vez en cuando, y pido perdón por las faltas cuando las haya.