sábado, 19 de septiembre de 2009

Ante la máquina

¡Esta es la máquina que yo estaba esperando desde siempre!



El artefacto cuesta unos 130.000 eurillos de nada, y es que se amortiza rápido: es capaz (o lo será dentro de poco) de imprimir en cuatro minutos cualquier obra literaria anterior a 1923. Qué digo literaria: cualquier texto que alguna vez haya sido un libro y que Google Books haya decidido incorporar a su torre de Babel. ¡Esto sí es una broma infinita, amigo Portnoy! Sin duda ya me veo apretando el botón y escogiendo a placer lo que voy a leer en los próximos minutos, sin necesidad de buscar entre estantes, sin intermediarios, sin libreros atentos, sin editores meticulosos, sin publicidad, sin promociones especiales. Casi diría que sin lectores, porque entre el dossier encuadernado que debe salir de las entrañas de la máquina y el usar-y-tirar hay sólo un paso. ¿Pero quién dijo lectores en este futuro digital que se nos viene encima?

La contradicción entre esta novedad y el libro electrónico es evidente: como éste no acaba de arrancar, la posibilidad de conseguir una copia en papel de cualquier obra es una alternativa más tradicional, e incluso me atrevería a asegurar que más radical. Pide y se te concederá. Desconozco la calidad del producto final, aunque cuatro minutos no creo que den para mucha bisutería. La comparación con el ciclostil también parece obligada, por mucho lomo y tapa satinada que pueda salir de sus entrañas.

Pero lo que me intriga de tanto avance, la parte moral del asunto, consiste en saber qué tipo de lector es el inventor. Quiero decir que a ningún lector de verdad, militante y entregado a la causa, con sillón, lamparita y café humeante, se le podría ocurrir la construcción de una máquina semejante. Incluso al inventor de la fregona, ingeniero aeronáutico, le tocó lustrar suelos en los hangares americanos y facilitarnos un poco la vida con la experiencia vivida y mejorada. ¿Pero qué lector idea el trasto capaz de escupir hojas impresas sin control y sin mediación? Este restaurante sin chef, este museo sin guía, sólo puede ser obra de un lector imposible. ¿Para qué tanta abundancia, si precisamente es tiempo lo que nos falta en esta vida? El problema no es tenerlo todo a petición y al instante sino que, una vez teniéndolo, no habrá cuerpo que lo resista.

Dejo de lado el vano romanticismo del café que ya apuraba en el párrafo anterior, la confianza en el sello editorial (el necesario catálogo) o la magia del libro viejo. Desde que internet ha popularizado el todo para todos, cualquiera se apunta a la moda desde la realidad más cruda.

Aprovecho para hacer un paseo, el primero, por este Google Books que tengo a un solo link y que pasa por ser la antesala de la máquina de marras sin impresión. Lo primero que me asalta es un apartado titulado "interesante" y que me propone cuatro carátulas inquietantes: Secretos de la pediatría, Manual del pediatra práctico (no logro captar el motivo de la reiteración sobre el cuidado de los niños, ni si es azaroso), Manual de fisiología y riesgo del buceo y De la policía médica a la medicina social. En cada actualización cambia el cuarteto, pero no mejora el conjunto. Pero eso ocurre también en las principales mesas de El Corte Inglés. Así que voy al grano: tecleo "Javier Marías" y aparecen ¡440 enlaces! Creo que ni García Viñó ha escrito tantos libros. El truco es que toda obra en la que se mencione a ese autor aparece reflejada, y de hecho no hay una sola novela de Marías escaneada, al menos en español, por causa de los derechos de autor.

La grandeza de Google, en cualquiera de sus variantes, consiste en la búsqueda y localización instantáneas, ese motor tan aplaudido y que cotiza en bolsa. Pero como crítico, librero, editor e impresor es un verdadero desastre. La máquina tampoco le va a solucionar su impotencia ni su límite cibernético: todas las fórmulas que pueda llegar a hacer (aunque estén basadas en la acumulación de experiencia a base del análisis de las búsquedas que hacen los usuarios) chocan contra el muro de las mayorías. Las mayorías han demostrado ser malas consejeras en cuestiones literarias, y si no preguntenle al señor Dan Brown y su millón de copias vendidas en 24 horas. Google siempre estará más interesado en venderme a Brown, o un estudio pediátrico, que a Bolaño. Lo dicta su motor (¡su intuición!), por eso su sosias Deep Blue sí es capaz de ganarle a Kasparov: cuenta, ensaya, acumula y da el mate.

La victoria definitiva del lector será llegar ante la máquina, pulsar el botón y que responda Document not found, porque no habrá podido entender nuestros gustos extraños ni nuestra selección sentimental de la literatura.

1 comentario:

José Montalvá dijo...

yo creo que ya basta de sublimar las cosas, los objetos, los formatos... la literatura está hecha de aire, siempre lo ha estado, del aire vino y al aire ha de volver, como una exhalación, como un aliento, fugaz; la literatura sólo es conversación, debería ser hablada y transmitida de padres a hijos...