martes, 8 de noviembre de 2005

La lectura y sus alrededores

Esos viajes que nos sacan de nuestras introspecciones... Con el regreso se recuperan los detalles que dejamos a medias, y se vive como nunca la sensación de que nada empieza ni acaba jamás, todo es una perpetua sucesión de acciones que se encadenan y que, acaso, sólo interrumpimos a veces por un traslado temporal o por una enfermedad curable. Los libros que no nos llevamos mantienen su punto de página en el mismo lugar, y el paréntesis de su lectura se torna profundo, melancólico. Aunque nos separen diez días entre dos páginas parece como si ese libro hubiera sido abandonado con premeditación, incluso con una saña malévola: hay que pedir perdón al reiniciar la aventura y esperar que nos sea concedido.

Mientras, también llega buen correo de personas confiables. Aún espero cierto libro de cierta persona (comienzan los temores de extravío) pero ya llegaron un par de ejemplares de este mismo año de Letra internacional, una extraordinaria revista a cuyo cargo se encuentra un buen amigo. De entre los primeros artículos leídos me ha interesado el de Carlos Monsiváis, "Elogio (innecesario) de los libros". Poco hay que decir a estas alturas sobre Monsiváis: casi el ensayista oficial de México, pero no por gubernamental sino por obligado, por certero y por algunos adjetivos más. Nunca pierde su gracejo, hable de lo que hable, ni tampoco su capacidad para convertir lo profundo en algo liviano y sin tambalearse. Así, cuando en el artículo habla de la relación automática que él establece entre los best-sellers y los viajes en avión, apunta que estando ya en el sofá de casa, si se encuentra con una de esas novelas entre las manos, hace el gesto instintivo de abrocharse el cinturón.

El artículo en sí no es otra cosa que una invitación a la lectura y un engranaje de ideas sobre el placer de leer, sometiendo a los lugares comunes a una estupenda disección. No hay escrito más fácil hoy en día que el que se refiere a los males de la televisión, internet y tecnologías varias para culparles de los males de que nuestros chicos y chicas no lean. La prosa vertida sobre el asunto es inabarcable, con ejemplos sonrojantes. Pero Monsiváis lo ataca lateralmente, al convencernos de que el poder de la imagen sí ha sido clave para cambiar el concepto de la lectura, o al menos del carácter poco menos que místico del libro, del libro como autoridad. Ya los alumnos no recurren a la Enciclopedia Británica para elaborar sus trabajos, sino a internet (malas lenguas en este país dicen que la última novela de Gioconda Belli sobre Juana la Loca ha sido producto de muchas horas de explorer). Si internet lo dice, debe ser que es cierto. Pero además se ha modificado el hábito de la lectura profunda, y supongo que en una micronésima parte también gracias a mí: los blogs son la prueba más reciente del nuevo desgajamiento intelectual del saber, de la victoria del texto breve frente a la reflexión pausada. No creo que hoy se lea menos que antes: también en el artículo se dice que la lectura ha sido siempre minoritaria y lo seguirá siendo. Pero quizá sea lea hoy más desordenadamente, recurriendo a chispazos y a visiones más sesgadas, más inmediatas.

Otro tema es el fomento de la lectura: muchas campañas que pagamos entre todos (algunas convirtiendo en tontos a los que no lo hacen) en un mundo en el que los gobernantes suelen ser los primeros que no cumplen con sus recomendaciones. En México le preguntaron al senador Medina: "Qué lee ahora?", y contestó: "Nada, porque me cambié de casa y tuve que meter mis libros en cajas". Pero el hombre hacía ya ocho años que había cambiado de domicilio. En lo que no puedo coincidir con Monsiváis, por la parte personal que me toca, es en la burda manía de meter en la papelera todos los cómics y otros elementos de incitación a la lectura. Pareciera como si los que se enfrascan con viñetas estuvieran incapacitados para saltar a Stevenson, y es justamente lo contrario: yo mismo me inicié con los tebeos y ellos fueron los que me inyectaron el hábito de permanecer en un sofá sentado mirando unas páginas de papel, leyendo letras impresas. La creación y el fomento del hábito debe comenzar por esos estadios, básicos para ir metiendo en un mismo saco las palabras lectura y placer. Aunque sí admito mi incapacidad para valorar positivamente a un adulto leyendo un libro de autoayuda. Monsiváis llama a eso "la lectura de los alejados de los libros", que es gente que lee a través de los diálogos del cine y de la televisión, y necesita ese estilo de prosa para que un libro no se le caiga de las manos: ya se sabe, la frase exacta que parece resolver nuestros problemas íntimos y que se nos adapta como la espalda al colchón, flexible y mullida. No hay que pensar demasiado, porque la frase ya piensa por nosotros. Y es entonces cuando Monsiváis alza el grito al cielo y lo mete todo a reciclar (libros de autoayuda, cómics, textos religiosos, periódicos deportivos, etc.).

Al final, me quedo con la frase de Steiner: "Leer bien es arriesgarse a mucho. Es hacer vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos. Quien haya leído La metamorfosis y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta".

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Presentación del Planeta: vestida de rosa salmón, con altos tacones, perfecto bronceado y amplia sonrisa.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Los libros...

Mi vida -como la de ustedes- está llena de renuncias, una vida hecha de seguridades que me sirven para alejar la muerte fatal y previsible que me sobrevendrá. Pero tantas renuncias me empobrecen la existencia y me convierten en un personaje presumible. Una vida así, una vida en la que hemos excluido las iniciativas más arriesgadas, nos deja con la duda de cómo pudo haber sido una existencia con otras opciones. Ya lo sabemos: lo bueno de la ficción que leemos es que nos muestra vicariamente la muerte, el peligro, la pérdida, lo que no quisimos ser y lo que habiéndolo soñado no nos atrevimos a serlo; lo bueno de la novela y de los libros es que nos presentan el paralelo potencial de nuestro futuro, el pasado por el que no optamos, pero a la vez nos faculta para distanciarnos y para sobrevivir a los personajes con quienes nos identificamos y de cuyos riesgos y temeridades nos libramos. De la ficción podemos salir sin tacha ni magulladuras; de la muerte real y de la vida nimia que vivimos, lamentablemente no. Fdo.: Justo Serna

Magda dijo...

Estuve en la presentación de este libro de Monsiváis (fue en un congreso), que veo que ya está en España. Él hace, dentro de todo lo que atinadamente señalas, toda una ironía referente a que el Estado no apoya la educación, la cultura del leer, como sucede en España también, en en varias partes del mundo, en mi opinión.

Monsiváis es un muy buen crítico, de los cuales afortunadamente tenemos varios: Garcia Ponce, Pitol, Zaid, entre muchos otros. Y ahora estamos felices, la UNAM (la Universidad Nacional Autónoma de México) está entre las 100 mejores universidades del planeta, y en el número 20 en Arte y Humanidades, imaginate qué bien, nos alegra mucho.

Te dejo muchos saludos, muy buen post.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

best regards, nice info » » »